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ĜØŁĐ - Capítulo 23

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Capítulo 23: Capítulo 23 “Sombras por su Amanecer Parte 2”

Decidí ir primero a casa de William.

Cuando llegué y me encontré frente a su puerta, levanté la mano, listo para llamar… pero no lo hice.

Los recuerdos llegaron sin pedir permiso.

Explosiones por todos lados.

Gritos.

Fuego.

—¡Retirémonos, general! ¡Esto es una masacre! ¡La vida de los soldados está en juego, ordene la retirada, general!

—¡General!

—¡¡General!!

—¡¡¡GENERAL!!!

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿General?

Esa voz me arrancó de golpe del pasado.

Volteé… y ahí estaba William.

—¿William? —dije, todavía un poco desorientado.

—Sí, general —respondió ladeando la cabeza—. ¿Se encuentra bien? Lleva un rato parado frente a mi casa como estatua.

—Yo… —tosí incómodo—. Creí que estabas dentro.

—Ah, perdón por eso, general —dijo rascándose la nuca—. Salí a comprarle medicina a mi madre. Mi hermano se quedó en casa… aunque ahora que lo pienso…

De pronto, su expresión cambió por completo.

—Espere… ¿usted llamó y él no le abrió?

—No, no llamé —me apresuré a decir.

—Porque si llamó y ese idiota lo dejó afuera, se lo juro por mi honor militar que lo mataré a golpes. ¿Cómo se atreve a dejar al general esperando?

Lo miré alarmado.

—¡William, cálmate! No es lo que piensas. Acabo de llegar.

Él se quedó en silencio un segundo… y luego sonrió ampliamente.

—Oh, ya veo —dijo animado—. Entonces no hay necesidad de darle una paliza a mi hermano.

Suspiré aliviado.

—Pase, general —dijo abriendo la puerta con exagerada elegancia—. Mi casa es su casa.

Mientras entraba, no pude evitar pensar:

A veces olvido que para algunos nunca dejé de ser general… aunque yo ya no sepa quién soy.

Una vez dentro, William me condujo hasta una de las habitaciones.

Al verla, mi corazón se encogió.

Su madre yacía en la cama, pálida, respirando con dificultad. Cada inhalación parecía costarle un gran esfuerzo. No hacía falta ser médico para darse cuenta de que su estado era crítico.

Miré a William con el ceño fruncido.

—William… tu madre no puede estar aquí. Necesita estar en un hospital, recibiendo tratamiento inmediato.

Él apretó los dientes con fuerza. Su mano tembló antes de cerrarse en un puño.

—Mi madre podría estar recibiendo tratamiento —dijo con rabia contenida— si ellos hubieran cumplido su promesa.

Alzó la voz, incapaz de contenerse.

—¡¿Es que acaso solo nos ven como objetos que pueden desechar cuando ya no les servimos?!

Antes de que pudiera responder, alguien más entró en la habitación.

Era su hermano.

Colocó una mano firme sobre el hombro de William, obligándolo a respirar hondo.

—Perdónelo, general —me dijo con respeto—. Desde que terminó la guerra y nuestra madre enfermó, fuimos a exigir que cumplieran lo que prometieron.

Bajó la mirada.

—Pero solo nos sacaron del lugar a la fuerza. Desde entonces hemos trabajado sin descanso para intentar pagar su tratamiento… pero no es suficiente.

Sentí un peso familiar hundirse en mi pecho.

—Por ese mismo motivo vine —dije con voz grave—. Pero antes… dime, ¿cómo están los demás del escuadrón?

El hermano levantó la vista. Sus ojos estaban apagados.

—La mayoría murió —respondió—. Solo quedamos ocho, incluido mi hermano y yo.

Sentí como si el aire se me escapara de los pulmones.

—¿Y… cómo murieron?

Tragó saliva antes de responder.

—Enfermedades. Suicidios. Traumas de guerra que nunca sanaron.

Apretó los labios.

—Y aun así, ninguno recibió la ayuda que merecía… ni la que les prometieron.

Mis manos se cerraron con fuerza.

La rabia, la culpa y el fracaso se mezclaron en mi interior.

—Hazme un favor —dije finalmente, con voz baja pero firme—. Reúne a los que quedan.

Levantó la mirada, sorprendido.

—Porque lo que estoy a punto de decirles —continué— también les va a interesar a ellos.

El hermano de William salió en su búsqueda y, para mi sorpresa, no tardó demasiado en regresar.

Uno a uno comenzaron a llegar.

Algunos con pasos firmes, otros arrastrando los pies. Rostros marcados por cicatrices, miradas cansadas, cuerpos que aún parecían listos para el combate… pero almas que ya no querían pelear.

Cuando todos estuvieron reunidos, respiré hondo.

—Como saben, después de la guerra ninguno volvió a ser el mismo —comencé—. Incluso las personas por las que arriesgamos la vida… nos dieron la espalda.

No hizo falta decir más.

Todos asintieron en silencio.

—Así que por eso les tengo una oferta.

Hice una breve pausa.

—La capitana… me buscó.

El ambiente cambió al instante.

Algunos se enderezaron. Otros fruncieron el ceño. Un par intercambiaron miradas tensas.

—Y me invitó a unirme a una organización que busca vengarse.

Un murmullo recorrió la habitación.

—Pero seamos honestos —dije con voz firme—, no acepté por venganza. Acepté porque me prometieron pagar la educación de mi hija.

Hubo un breve silencio incómodo.

—Y hoy estoy aquí para proponerles algo —añadí—. Ayúdenme con la misión que me encomendaron y, a cambio, les prometo los recursos que necesiten. Tratamientos, dinero, estabilidad… lo que nunca nos dieron después de la guerra.

Las miradas se cruzaron. La duda era evidente.

William fue el primero en romper el silencio.

—No quiero volver a meterme en algo así —dijo—. Ya perdimos demasiado.

Su hermano dio un paso al frente.

—Pero si de verdad vas a ayudarnos con el tratamiento de nuestra madre… —cerró los puños— me uniré sin dudarlo.

William lo miró unos segundos… y finalmente asintió.

—Yo también.

Eso fue suficiente.

Uno de los hombres, alto y con una cicatriz cruzándole el rostro, habló primero.

—Si esto sale mal, morimos —dijo con crudeza—. Pero si no hacemos nada, igual estamos muertos. Yo entro.

Otro, de complexión delgada y con ojeras profundas, soltó una risa seca.

—Al menos esta vez sabremos para quién estamos arriesgando el cuello… no como antes.

Un tercero negó con la cabeza.

—Nunca pensé que volvería a escuchar la palabra “misión” —murmuró—. Pero… confiaré en usted una última vez, general.

—Si esto es una locura —dijo otro encogiéndose de hombros—, prefiero una locura con propósito.

Uno más habló con voz cansada.

—No tengo nada que perder… y tal vez aún algo que proteger.

El séptimo, más joven que los demás, respiró hondo antes de hablar.

—Si usted cree que todavía podemos ser algo más que sombras… entonces lo sigo.

Finalmente, el último cruzó los brazos y me miró fijamente.

—No lo hago por venganza —dijo—. Lo hago porque estoy cansado de sobrevivir sin vivir.

Ocho voces.

Ocho decisiones.

Ocho hombres rotos… aferrándose a la última esperanza que un viejo general podía ofrecerles.

Asentí lentamente.

—No les prometo un final feliz —les dije—. Pero sí les prometo que esta vez… no los abandonaré.

Y por primera vez desde que terminó la guerra, vi algo que creí perdido en sus miradas.

Determinación.

Antes de despedirme de ellos, saqué de mi abrigo varias tarjetas y las fui entregando una por una.

—Estas tarjetas vienen de la capitana —les dije—. Tienen dinero más que suficiente para ustedes.

Algunos las miraron con desconfianza, otros con incredulidad.

—Posiblemente ellos nunca nos dieron nada —continué—, pero yo sí les doy la oportunidad y el apoyo que nos negaron. En esas tarjetas hay mucho más de lo que gastarán en tratamientos, estabilidad… y en todo aquello que nos prometieron después de la guerra y jamás cumplieron.

Hice una pausa antes de terminar.

—Usen el resto para ustedes. Disfruten. Descansen. Vivan.

Porque lo que yo necesito no son soldados rotos… sino hombres renovados, con energía y con ganas de vivir.

El silencio se llenó de emociones.

William bajó la cabeza, apretando los labios. Su hermano se secó los ojos sin disimularlo.

Uno de ellos me dio un saludo militar tembloroso. Otro simplemente me dio las gracias con la voz quebrada.

Algunos se fueron sin decir nada, pero con lágrimas recorriéndoles el rostro.

Yo también me retiré.

Tenía una misión que preparar… y me aseguraría de que tuviera éxito.

Pasaron algunos días.

Cuando finalmente llegó la señal, me dirigí al punto de reunión para encontrarme con mis antiguos hombres… ahora, nuevamente, bajo mi mando.

Al llegar, tardé unos segundos en reconocerlos.

No por sus rostros, sino por sus expresiones.

Había sonrisas. Miradas firmes. Posturas erguidas.

No eran los hombres cansados que había dejado atrás.

—Vaya… —dije, cruzando los brazos—. Parece que los cambié por otros.

William fue el primero en reír.

—General, mi madre ya está internada en un hospital privado —dijo con una sonrisa sincera—. Los médicos dicen que puede mejorar.

Su hermano añadió:

—Dormimos tranquilos por primera vez en años.

Uno de los otros dio un paso al frente.

—Yo pagué mis tratamientos… y aún sobró —dijo, encogiéndose de hombros—. Así que me fui a beber hasta olvidar mi propio nombre.

—Yo gasté el dinero en algo mejor —intervino otro—. Comida caliente, ropa nueva y una cama que no cruje.

—Yo llevé a mi familia a la costa —dijo uno más, sonriendo con nostalgia—. Nunca habían visto el mar.

El más joven rió.

—Yo simplemente dormí tres días seguidos.

Las risas se mezclaron con miradas de agradecimiento.

William se puso serio por un momento y se acercó.

—Gracias, general. No solo por el dinero… sino por recordarnos que aún somos personas.

Los miré a todos.

—No me den las gracias todavía —respondí—. Apenas estamos comenzando.

Después de esto, nos dirigimos al punto acordado.

La capitana ya nos esperaba.

Dos camionetas negras estaban estacionadas, cargadas hasta el tope.

Sobre mesas improvisadas descansaban armas para todos, trajes tácticos militares, municiones, explosivos, pasamontañas para cubrir nuestros rostros y equipo que jamás habíamos tenido, incluso en la guerra.

—Estos son sus recursos —dijo ella con tono seco—. Úsenlos bien.

Miré a mis hombres.

Ya no vi soldados olvidados.

Vi un escuadrón.

—Prepárense —ordené—. La misión comienza ahora.

Me despedí de la capitana sin ceremonias innecesarias.

—Si algo sale mal —le dije antes de subir a la camioneta—, encárgate de las familias de mis hombres.

Ella no respondió de inmediato.

Solo asintió una vez.

Eso fue suficiente.

Las camionetas avanzaron por la ciudad en silencio, sin placas, sin luces innecesarias.

Nadie habló durante el trayecto. Cada uno sabía lo que estaba en juego.

Cuando el edificio apareció frente a nosotros, fruncí el ceño.

Un museo.

—Así que aquí lo esconden… —murmuré.

Nos estacionamos junto a una de las entradas laterales. Bajé primero. El aire era tranquilo… demasiado tranquilo para un lugar que guardaba algo tan valioso.

—William —dije sin apartar la vista del edificio—. Tú vienes conmigo.

—Sí, general.

Me giré hacia el resto del escuadrón.

—Ustedes dos se quedan aquí —señalé a dos hombres—. Vigilen las camionetas y cualquier movimiento extraño. Si alguien se acerca, avisan. No actúen sin orden.

Asintieron con firmeza.

Antes de entrar, miré a los demás.

—Escuchen bien —mi voz se volvió dura—. Si hay civiles dentro, nada de matar niños, ancianos, embarazadas o estudiantes.

No somos animales.

—¡Entendido! —respondieron al unísono.

Entramos.

El vestíbulo estaba iluminado, lleno de exhibiciones… y personas. No perdí tiempo.

—Cilindro —ordené.

Uno de mis hombres sacó el dispositivo negro. Dudó apenas un segundo antes de lanzarlo al interior del museo.

El objeto rodó por el suelo.

Y explotó.

No hubo fuego.

No hubo estruendo.

Solo una onda expansiva invisible que atravesó el edificio como una presión brutal.

El suelo vibró bajo nuestros pies.

Las luces parpadearon.

Un zumbido profundo recorrió las paredes.

Gracias a los trajes, ninguno de nosotros cayó.

Los civiles no tuvieron la misma suerte.

Algunos se desplomaron de inmediato. Otros cayeron de rodillas, aturdidos, incapaces siquiera de gritar.

William apretó los dientes.

—Funciona… —murmuró.

—Muévanse —ordené—. No tenemos mucho tiempo.

Avanzamos con rapidez.

—Activen la barrera.

Uno de los hombres sacó otro artefacto. Al activarlo, una vibración recorrió el aire y, en segundos, una cúpula invisible selló todo el museo.

Algunos de mis hombres miraron alrededor, sorprendidos.

—General… esta tecnología…

—Después se maravillan —los corté—. Ahora sigan avanzando.

El aire del museo todavía vibraba por la onda expansiva cuando avancé por el pasillo principal.

El cilindro había funcionado mejor de lo esperado.

Los cuerpos de estudiantes yacían esparcidos por el suelo. Inconscientes. Aturdidos. Ninguno muerto.

Tal como ordené.

—Avancen —dije con voz firme—. No pierdan tiempo mirando alrededor.

William caminaba a mi derecha, rifle en mano, atento a cada esquina.

—General… esto fue más limpio de lo que pensé —murmuró.

—Porque nos movemos con precisión —respondí sin mirarlo—. La guerra se pierde cuando improvisas.

Nos adentramos en la primera sección.

Todo parecía despejado.

Demasiado despejado.

—Revisen subsecciones —ordené.

Se dividieron en parejas, como tantas veces antes. Coordinados. Silenciosos. Eficientes.

Mientras avanzábamos, uno de los hombres regresó.

—Primera subsección limpia. Solo civiles inconscientes.

—Segunda también.

—Tercera despejada.

Fruncí el ceño.

—Entonces está más adentro.

Miré hacia el pasillo que conectaba con la siguiente sección.

Y ahí lo vi.

Un muro de hielo colosal bloqueaba completamente la entrada.

El aire a su alrededor era antinaturalmente frío. Vapor salía de nuestras respiraciones.

William soltó un silbido bajo.

—Eso no estaba en los planos.

Me acerqué.

Observé la superficie. Perfecta. Compacta. No era hielo común.

—Interesante… —murmuré.

Uno de mis hombres tocó la superficie con el guante.

—Está sólido. No se romperá con un explosivo normal.

Sonreí bajo la máscara.

—Entonces no usaremos algo normal.

Me giré hacia ellos.

—Formación de ruptura. Ataque concentrado en el centro. Tres detonaciones escalonadas.

Prepararon cargas especiales. Tecnología que pocos en el mundo conocían.

—A mi señal.

Apoyé una mano sobre el hielo.

Frío.

Pero no era solo frío.

Era energía.

—Quien haya hecho esto… está intentando ganar tiempo.

—¿Cree que saben lo que buscamos? —preguntó William.

—No lo sé —respondí—. Pero lo averiguaremos.

Levanté la mano.

—Ahora.

La primera explosión retumbó como un trueno contenido.

El muro vibró.

La segunda detonación hizo que aparecieran grietas.

El hielo comenzó a fracturarse.

La tercera…

El sonido fue brutal. El pasillo entero se estremeció.

Fragmentos salieron despedidos.

—Continúen —ordené sin dudar.

Mis hombres siguieron atacando puntos débiles con precisión quirúrgica.

No era solo fuerza.

Era estrategia.

El muro resistía… pero cada vez menos.

—Cinco minutos más y caerá —informó uno.

Asentí.

—Mantengan presión constante.

El hielo volvió a regenerarse por momentos.

Eso me confirmó algo.

—No es un artefacto automático —dije en voz baja—. Alguien lo está manteniendo.

William tensó la mandíbula.

—Entonces también se está agotando.

—Exacto.

Las explosiones continuaron.

El pasillo ya era un campo de escombros congelados.

Finalmente, con una detonación más potente que las anteriores, el muro colapsó por completo.

Un estruendo sacudió toda la sección.

Fragmentos de hielo volaron por el pasillo y uno rebotó contra mi hombro antes de caer al suelo.

No era parte del edificio.

No era un sistema automático.

Era algo más.

Levanté la mano.

Mis hombres se detuvieron al instante, armas listas.

Bien entrenados.

Pero confundidos.

Y eso no me gustaba.

El aire cambió de golpe.

La temperatura descendió como si algo invisible hubiera pasado hacía apenas unos segundos.

No fue el edificio.

Fue alguien.

—Eso no es del sistema —murmuró uno, examinando un trozo de hielo.

—Quizá activaron un protocolo que no conocemos —dijo otro.

No respondí.

Yo sí había visto algo parecido antes.

No exactamente igual.

Pero lo suficiente como para reconocer cuando algo no era tecnología.

Y no pensaba compartirlo.

Avancé.

El hielo crujía bajo mis botas.

Primeros cinco minutos.

Revisamos toda la sección.

Huellas. Arrastres. Mochilas abandonadas. Gotas de sangre.

Sin guardias.

Sin personal.

Sin resistencia visible.

Eso era peor.

—No me gusta esto… parece que alguien llegó antes —dijo uno.

Claro que alguien llegó antes.

Podía sentirlo.

Del minuto cinco al diez.

Instalamos sensores. Revisamos rincones. Escaneamos paredes.

Cada vez que girábamos la vista… volvía a aparecer una capa fina de escarcha.

Nada exagerado.

Lo suficiente para incomodar.

—¿El sistema de refrigeración?

—No hay tuberías aquí…

—Entonces ¿qué lo causa?

Silencio.

Lo toqué.

El hielo no estaba simplemente frío.

Estaba vivo.

No lo entendía del todo.

Pero sabía algo con certeza:

No era natural.

Minuto diez.

El aire volvió a cambiar.

Una ráfaga helada recorrió el pasillo.

Y entonces lo vi formarse.

Frente a nosotros.

El muro se levantó como si el edificio lo estuviera creando.

Pero no era el edificio.

Era voluntad.

Mis hombres se quedaron inmóviles.

—¿Qué demonios fue eso?

—Nunca vi un sistema así…

Me acerqué.

Dentro del hielo había una mancha rojiza.

Sangre fresca.

Así que estás herido.

Interesante.

—Carguen las térmicas —ordené.

No vinimos a retirarnos.

Las explosiones rompieron el primer muro.

El calor chocó con el frío y el vapor llenó el pasillo.

Avanzamos a la siguiente sección.

Caos.

Sangre reciente.

Arrastres claros.

Alguien estaba siendo evacuado.

No por nosotros.

Por ellos mismos.

Minuto doce.

Nos llamaron al fondo.

Otro muro.

Más grueso.

Más definido.

Más reciente.

No lo toqué.

Pero sentí el frío desde varios pasos atrás.

El que esté detrás… está forzándose.

Y no piensa rendirse.

—Prepárense.

Uno de mis hombres dio un paso adelante.

William.

Extendió la mano.

Y algo dentro de mí se encendió.

Un instinto primitivo.

—¡William, no lo toques! ¡¡¡WILLIAM, NO!!!

Demasiado tarde.

Su mano rozó el hielo.

Y el muro cambió.

Dorado.

Un brillo recorrió la superficie como un relámpago.

El oro lo envolvió.

Sin grito.

Sin lucha.

Sin oportunidad.

En un segundo… William dejó de ser carne.

Se convirtió en estatua.

El silencio fue absoluto.

Sentí algo comprimirse en mi pecho.

No tristeza.

No todavía.

Sino rabia contenida.

Giré para observar el muro dorado.

Definitivamente era oro real.

Denso.

Pesado.

Pero, sea quien sea que lo haya hecho…

Pagará.

Lo haré sufrir hasta que me ruegue que lo mate.

Este capítulo no trata sobre una misión que salió mal. Trata sobre el momento exacto en que una decisión empieza a cobrar su precio.

Magnus creyó que podía controlar la situación. Creyó que, si esta vez hacía las cosas “mejor”, si cuidaba a sus hombres y evitaba bajas civiles, todo sería diferente. Pero la guerra nunca desapareció. Solo cambió de escenario.

La escena con William es clave: todavía lo llaman general. Todavía confían en él. Y eso es lo más trágico. Porque el liderazgo no desapareció… pero la guerra lo rompió por dentro. Él intenta convencerse de que esta vez no los abandonará. Sin embargo, en el momento en que los vuelve a reunir, también los vuelve a exponer.

La muerte de William no es solo una baja. Es la confirmación de que Magnus cruzó una línea de la que no hay regreso. No importa que sus intenciones fueran ayudar. No importa que quisiera protegerlos. Fue él quien los trajo ahí.

En esta historia, los villanos no nacen monstruos. Se forman a partir de decisiones que parecían necesarias en su momento. Y cuando Magnus jura hacer sufrir al responsable, no habla solo un antagonista.

Habla un padre. Habla un soldado. Habla un hombre que está a punto de dejar de distinguir entre justicia y venganza.

Y ese es el verdadero inicio del villano contra el que el protagonista peleó.Así que si esto les gustó prepárense porque lo esto desencadenará ¡Será Épico Papus!.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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