Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ĜØŁĐ - Capítulo 24

  1. Inicio
  2. ĜØŁĐ
  3. Capítulo 24 - Capítulo 24: Capítulo 24 "Sombras por su Amanecer Parte 3"
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 24: Capítulo 24 “Sombras por su Amanecer Parte 3”

Mientras observaba el muro frente a mí, no dejaba de pensar en que tal vez si hubiera podido salvar a William, pero dentro sabia que ya era tarde.

De hecho lo supe en el instante en que vi la mano de William avanzar. Podía ver la escena de lo que pasó en mi cabeza.

Demasiado confiado.

Demasiado rápido.

La mano de William rozó la superficie del muro…

Y en menos de un segundo, el hielo se volvió dorado.

Un brillo extraño recorrió la pared desde su punto de contacto, avanzando como un rayo que lo tragaba todo.

El oro creció sin freno, devorando la textura helada y transformándola en una masa lisa, brillante, pesada…

William intentó apartarse, pero sus dedos ya estaban cubiertos de oro.

—¿Eh? ¿Qué—?

No alcanzó a terminar.

La transformación lo envolvió entero en un parpadeo.

Su piel, su ropa, su rostro sorprendido…

Todo quedó atrapado en una estatua de oro perfecta.

Mientras seguía perdido en mis pensamientos uno de mis hombres me hizo regresar a la realidad.

—L… líder… ¿Qué… qué fue eso? —balbuceó uno.

Apreté los dientes sin apartar la mirada de lo que había sido William.

Un muro dorado.

Un hombre convertido en oro.

Y un mensaje claro:

Del otro lado, había alguien que no estaba dispuesto a caer.

Respiré hondo.

Control.

Siempre control.

—Tengan mucho cuidado —dije, con la voz dura y la expresión cargada de tensión—.

Lo que sea que esté ahí dentro… no es algo normal.

Me quedé mirando la estatua dorada que segundos antes había sido William.

Mi mandíbula tembló apenas.

Lo contuve.

No era miedo cualquiera…

Era ese miedo que te aprieta el corazón y te obliga a pensar dos veces antes de respirar.

Di un paso atrás.

Los otros cinco hombres se agruparon detrás de mí, nerviosos, apuntando sus armas al muro dorado como si eso sirviera de algo.

—Líder… —dijo uno, tragando saliva—. Esto no puede ser real. ¿Quién carajos hace eso?

—No es tecnología… —susurró otro—. Eso… eso parece maldito.

Maldita.

No quería oír esa palabra.

No aquí.

No ahora.

Apreté los puños.

—Cállense —gruñí—. No digan esa palabra sin saber lo que significa.

Bajaron la cabeza.

Bien.

Respiré lento.

Analicé el muro dorado.

Analicé la estatua.

Analicé la sangre seca en el piso que marcaba un rastro hacia la sección 3.

Alguien herido… alguien peligroso… alguien usando una maldición muy fuerte…

Ese pensamiento me picó la nuca.

—Escuchen —dije finalmente, girándome hacia ellos—. Nadie toca nada más. Nadie. Si algo raro aparece, me lo reportan de inmediato.

—Sí, líder —respondieron al unísono.

Levanté la mano y señalé la entrada a la sección 3.

—Vamos a seguir avanzando.

Con cuidado.

Demasiado cuidado.

Asintieron.

Uno murmuró:

—¿Y William…?

No volteé.

No podía permitirme eso.

—No lo toquen. No lo miren. No lo mencionen.

Ya murió.

Y con eso sellé el asunto.

No había espacio para duelo.

Avancé primero.

Bordeamos el muro dorado.

Cada paso era un cálculo.

El silencio dolía.

Al llegar a la entrada, uno apuntó su linterna al borde del muro.

—Líder… miré esto…

Marcas profundas.

Golpes desde el otro lado.

Y sangre.

Mucha.

Me tensé.

—Esa sangre… es reciente —murmuró uno.

—La persona detrás del muro está herida —añadió otro.

Herido… pero capaz de hacer esto.

Eso no me gustaba.

Nada.

Me giré hacia ellos.

—Mantengan las armas listas.

Nos acercamos al objetivo…

Pero también a alguien que no quiere que lo encontremos.

Tragaron saliva.

Dieron dos pasos.

Y lo vi con claridad.

Miré la estatua de William.

Luego el muro.

Sin grietas.

Sin debilidad visible.

Perfecto.

Demasiado perfecto.

—Maldita sea… —murmuró uno de los hombres, tocando el dorado con cuidado—. Esto… esto es oro de verdad.

Retiró la mano de inmediato.

Me acerqué.

Golpeé con el nudillo.

Clonk.

Denso.

—El oro es blando, sí… —dije—. Pero también es denso. Muy denso.

No lo vamos a romper con fuerza bruta.

—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó uno.

Ya lo estaba resolviendo.

—Podemos deformarlo… aplastarlo… abollarlo… pero no romperlo.

Necesitamos abrir una entrada por compresión, no por impacto.

Vi sus miradas confundidas.

No necesitaban entender.

Solo obedecer.

—No vamos a destruirlo. Vamos a hundirlo hasta que ceda.

—¿Cómo? —preguntó otro.

Levanté la mano.

—Preparando carga pesada. La de presión sostenida. No la explosiva.

Se movieron de inmediato.

Bien.

A pesar del miedo, seguían siendo soldados.

Mientras ajustaban la carga, uno murmuró:

—¿Y si la persona que hizo esto todavía está detrás…?

Clavé los ojos en el oro.

—Entonces no lo toquen.

No quiero un segundo William.

Silencio.

Conectaron el cilindro.

—Listo, líder.

Pero… esto no va a romperlo. Solo lo va a hundir.

—Exacto —respondí—. Y cuando tengamos suficiente espacio, abriremos paso por el borde. El oro no se parte, pero sí podemos cortarlo si lo debilitamos antes.

—¿De verdad vamos a cortar oro a mano…?

Lo miré fijo.

—¿Quieres volver sin el objetivo?

—No, líder.

—Entonces prepárate.

Porque esto apenas empieza.

—En tres segundos activo la presión —avisó el del cilindro—.

Tomen distancia.

Todos retrocedieron.

Yo no.

—Algo o alguien hizo esto —susurré para mí mismo—.

Y quiero saber quién demonios fue.

—Tres…

Dos…

Uno…

Activaron.

El metal vibró.

Las placas empujaron.

El oro comenzó a hundirse.

Milímetro a milímetro.

Sonreí, tenso.

—Perfecto.

Sigan así.

Abriremos este muro… cueste lo que cueste.

Pasaron minutos.

Sudor y vapor en el aire frío.

—¡Líder! El oro ya se deformó un metro y treinta centímetros. Podemos cortar.

—Bien. Prepárense.

La sierra rugió.

Fshhhhhhhh.

—Corta solo el borde. No quiero que esto caiga encima de alguien del otro lado.

—Sí, líder.

El olor a metal caliente llenó el pasillo.

Entonces—

—¡Líder! Algo en el suelo.

Miré.

Sangre.

Rojas.

Secas.

Y frescas.

Toqué.

—Sí… esto es sangre.

—¿Entonces… sí hay gente ahí dentro…?

—Pero en la sección 2 no había nadie…

—¿Es alguien que se quedó atrás…? ¿Otro grupo como nosotros?

Me enderecé.

—No.

Este tipo de muro… nadie normal lo crea.

—¿Qué quiere decir, líder?

—Que el que está ahí detrás no es un estudiante despistado.

Es alguien peligroso.

Alguien muy peligroso.

Y está… herido.

Eso lo hacía impredecible.

—Eso lo hace aún más impredecible.

—¡Hueco listo, líder! Podemos tirar esta parte hacia afuera.

—Háganlo.

El oro cayó.

Thunk.

El aire helado salió.

—Líder… esto está demasiado frío…

—Silencio. Avancen.

Entré primero.

Sección 3.

Frío insoportable.

—Busquen señales. No disparen sin mi orden.

Avanzamos.

Y entonces—

—Líder… allá…

Los vi.

Dos cuerpos.

Una chica de cabello blanco abrazando a otra inconsciente.

Y frente a ellas…

Un chico cubierto de sangre.

Levantó la cabeza.

Nos miramos.

Esa mirada…

No era miedo.

Era decisión.

Furia contenida.

Comprendí de inmediato.

Él.

El del muro.

El de William.

Sentí rabia.

Y algo más.

Respeto forzado.

Di un paso al frente.

Y dejé que la furia saliera.

—¡¡¡TÚ…! ¡TÚ ERES EL CULPABLE!!! —rugí—. ¡¡¡POR TU CULPA MURIÓ MI HOMBRE!!!

El eco sacudió el museo.

Y supe, con absoluta claridad—

Esto ya no era una misión.

Era personal.

Y el verdadero enfrentamiento… apenas comenzaba.

El chico no huyó.

No suplicó.

Levantó los puños.

Maldita sea…

Ni siquiera sabía pelear.

Y aun así estaba ahí.

Mis hombres levantaron las armas.

El chico habló.

—Te quejas de que maté a tu hombre… cuando ustedes atacaron a unos simples estudiantes. Yo solo me defendí.

Parpadeé.

Estudiantes.

Miré alrededor.

Cuerpos inconscientes.

Uniformes.

Sangre.

Así que era cierto.

Solté aire por la nariz.

—Parece que no nos informaron bien sobre quién estaría aquí hoy —admití—. Pero eso no cambia nada. Tú mataste a uno de los míos.

Así que hagamos un trato. A cambio de uno de tus brazos… te dejaremos ir.

Uno de mis hombres estalló.

—¡¡¿CÓMO PUEDES DECIR ESO?!! ¡¡ÉL MATÓ A WILLIAM!! ¡¡ERA TU GENTE!! ¿¡ACASO NO TE IMPORTABA!?

Lo miré.

Y reí.

—Ha, ha, ha… solo bromeaba. Jamás lo dejaría ir por un brazo.

Volví a mirar al chico.

Directo a los ojos.

—A cambio de tu vida —dije con voz baja y segura— no lastimaremos a tus compañeros… ni a las dos chicas detrás de ti.

Ahí estaba.

El miedo.

No por él.

Por ellas.

Perfecto.

—Quita esa mirada.

A menos que quieras que les vuele la cabeza a esas dos chicas.

Su voluntad se rompió frente a mí.

—… Está bien. Acepto.

Pero no les harás nada. A nadie.

Sonreí.

—Perfecto. Sabía que entrarías en razón.

Entonces uno de mis hombres levantó la mano.

—Alto.

Yo… me encargaré personalmente de él.

Le permití hacerlo, ya que era el hermano de William.

Realmente lo merecía, vengarse de la persona que mato a su hermano.

Lentamente vi como el hermano de William se acercó al chico lanzándole un golpe en el estómago.

El golpe lo dobló.

Haciendo que el chico cayera derrotado.

Alcé la mano y di la señal y todos mis hombres a la orden de mi señal apuntaron al chico.

Se acabó pensé dentro de mí.

Pero entonces—

El techo explotó.

Una figura cayó como un meteorito.

Impactó.

Aplastó a mi hombre.

Lo mató al instante.

Mis ojos se abrieron.

Otro enemigo.

—… Así que tú también quieres morir.

Levanté la mano y sin dudar di la orden.

—¡Fuego!

Dispararon.

Pero fue Inútil.

Unas extrañas cadenas lo protegían.

Tenía la edad de un estudiante al principio creí que era aliado del chico que íbamos a matar, pero al notar su reacción hacia él pude notar que era su aliado.

Si no que era algo más peligroso quizás alguien que también venía por nuestro objetivo.

Entonces Atacó.

Sus cadenas vinieron directo a mi cuello.

Pero sonreí.

Mi brazalete brilló.

El escudo se formó.

Clang.

Las desvié.

—Interesante… —murmuré.

Saqué el cilindro.

Y lo activé.

La onda salió y sacudió todo el museo.

Haciéndolo caer de rodillas.

Mientras Observaba como sangraba.

Comencé a reír.

Y mientras me dirigía hacia él disfrutando cada paso.

Me detuve frente a él.

—¿Lo sientes? —dije con voz tranquila, casi amable—. Esa presión en la cabeza… ese vacío… No es daño físico. Es tu mente siendo aplastada.

Me incliné.

—¿Lo sientes? —repetí, ahora con voz firme—. Esa presión en la cabeza… ese silencio forzado… No es dolor común.

Lo miré a los ojos.

—Es tu voluntad siendo aplastada.

Caminé alrededor de él.

Como un juez.

—Eres fuerte —admití—. Lo suficiente como para causar problemas. Pero la fuerza sin control… sin preparación… solo sirve para alargar lo inevitable.

Me detuve frente a él.

Pequeño.

Roto.

—Aquí, arrodillado, sangrando… este es tu verdadero lugar.

Levanté el cilindro.

—Este lugar no es para mocosos como tú.

Bajé la mirada.

Fría.

Final.

—Ahora dime…

¿Dónde quedó tu confianza ahora?

Porque en ese momento…

Ya había ganado.

Saqué los artefactos de mi abrigo.

El metal frío se acomodó entre mis dedos como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Los observé un segundo.

Cuatro.

Solo cuatro.

No más.

No porque no tuviera más… sino porque no los merecían.

Los lancé.

Uno por uno.

Cada artefacto giró en el aire antes de caer en las manos de mis hombres.

—Acaben con todos los presentes —ordené con voz dura, sin emoción—. No dejen ni a uno vivo.

Hice una pausa.

Mis ojos se clavaron en el mocoso.

Sangrando.

De rodillas.

Roto.

—Yo me haré cargo de este mocoso.

Asintieron sin dudar.

Activaron los artefactos.

El zumbido llenó el aire.

Sentí cómo la energía se desplegaba alrededor de ellos.

Bien.

Así debía ser.

El chico intentó moverse.

Inútil.

Entonces—

Las cadenas se movieron.

Mis ojos se entrecerraron.

Salieron disparadas.

Desarmaron a mis hombres.

Aplastaron sus armas.

Metal retorcido.

Inservibles.

—No… —murmuró el chico—. No van… a tocar… a nadie.

Algo dentro de mí se rompió.

—¡¡¡BASTA!!!

Me moví.

En un instante estuve frente a él.

Mi puño impactó su rostro.

Sentí el crujido.

Su cuerpo salió volando.

Se estrelló contra el muro.

Cayó.

Las cadenas cayeron con él.

Respiré.

Lento.

Pesado.

—No te metas donde no te corresponde —dije con desprecio—. Ya te di demasiadas oportunidades.

Avancé.

Entonces—

Se rio.

Me detuve.

Lo miré.

Seguía en el suelo.

Riéndose.

—Ha, ha, ha…

Fruncí el ceño.

—¿Todavía puedes moverte…? —gruñí.

Se levantó.

Me miró.

Sin miedo.

—No van a tocar a nadie.

Mis hombres dudaron.

—J-jefe… este tipo está mal…

—Concéntrense —ordené.

Avanzó.

—Porque el único que puede hacerles algo… soy yo.

Silencio.

Presión.

—¿Por qué no dispara nadie? —rugí.

Entonces habló otra vez.

—La única razón por la que no dejaré que maten a nadie… es porque también matarían a mi objetivo.

Lo miré.

Directo.

—Y yo… soy la única persona que lo matará.

Entendí.

No era un héroe.

Era un asesino.

Sonreí levemente.

—Así que tú eres el problema… —dije con voz grave—. Interesante.

Me miró.

Sonrió.

Y en ese instante…

Supe que no era como los demás.

Di un paso.

El suelo crujió.

Iba a aplastarlo.

Pero levantó la mano.

—Tu furia hacia mí te está cegando —dijo—. Estás tan concentrado en querer matarme… que ni siquiera te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor.

Fruncí el ceño.

—Así que no te sorprendas después.

Cerró la mano.

El suelo explotó.

Cadenas.

Por todas partes.

Destruyeron las armas restantes.

Mis hombres retrocedieron.

—Maldito… —gruñí.

Ya era suficiente.

Me lancé.

Lo golpeé.

El impacto rompió el muro.

Luego otro.

Y otro más.

Atravesamos la estructura.

Polvo.

Oscuridad.

Silencio.

Y mientras caíamos entre los escombros…

Sonreí.

Por fin.

Una pelea real.

Avancé hacia él.

Sin prisa.

Sin apartar la mirada.

—Detente —dijo.

Débil.

Cuando estuve frente a él vino ami mente lo que anterior mente él había dicho.

—El único que acabará con su vida… seré yo.

Lo observé.

Y comprendí.

No lo estaba protegiendo.

Lo estaba reclamando.

—Ya veo… —murmuré.

Di un paso más cerca.

—No lo dices para salvarlo.

Incliné la cabeza.

—Lo dices porque te pertenece.

Silencio.

Confirmación.

Miré al muchacho herido.

Luego a él.

—Entonces lo entiendes —dije con calma—. Entiendes lo que significa arrebatarle a alguien aquello que ha decidido matar con sus propias manos.

Sentí la ira regresar.

Fría.

Pesada.

—William también me pertenecía.

Lo señalé.

—Y tú… me arrebataste ese derecho.

Activé el artefacto.

El zumbido llenó el aire.

—Por eso pagarás.

Avancé.

—No por interferir.

Otro paso.

—No por oponerte.

Uno más.

—Si no por creer que puedes decidir quién vive y quién muere… delante de mí.

Levanté el artefacto.

—Te enseñaré lo que ocurre… cuando intentas reclamar algo que no te pertenece.

El artefacto vibró en mi mano.

El aire se volvió pesado.

Frío.

Denso.

Mortal.

Lo miré a los ojos.

No había miedo.

Eso solo hizo que mi decisión se volviera absoluta.

Y en ese instante…

Lo entendí.

Esto ya no era una misión.

No era un encargo.

No era un objetivo.

Era algo más simple.

Más puro.

Más personal.

William estaba muerto.

Y el responsable…

Estaba frente a mí.

Apreté el artefacto.

Sin dudar.

Sin compasión.

Sin intención de detenerme.

Esta ya no era una misión.

Era una ejecución.

Este capítulo muestra el momento exacto en que Magnus deja de ser solo un líder… y se convierte en el hombre que el protagonista conocería como su enemigo.

La muerte de William no solo representa una pérdida, sino una herida directa a su orgullo, a su autoridad y a su derecho de proteger a los suyos. Por eso su furia no nace únicamente del dolor, sino de algo más oscuro: la necesidad de castigar a quien se atrevió a arrebatarle algo que consideraba suyo.

Magnus no se ve a sí mismo como un villano. En su mente, él es quien impone orden en un mundo donde los débiles toman decisiones que no les corresponden. Sus palabras, sus amenazas y su crueldad no son impulsivas, son el resultado de una mentalidad que ya cruzó la línea hace mucho tiempo.

Este es el inicio del verdadero enfrentamiento, pero también es el punto donde se revela la verdad más importante: Magnus no pelea solo por una misión.

Pelea por orgullo.

Por pérdida.

Y por algo que, en su corazón, todavía llama justicia.

Prepárense porque sin dudas la perspectiva de Magnus es brutal Papus.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo