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ĜØŁĐ - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 Un destino entrelazado
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3: Capítulo 3 “Un destino entrelazado” 3: Capítulo 3 “Un destino entrelazado” Al día siguiente me levanté deseando que lo que había pasado fuera solo una pesadilla.

Hice mi rutina diaria, pero me quedé observando la ciudad desde la gran ventana de mi habitación, con temor de iniciar este nuevo día.

Solo suspiré y me alisté para salir, pero ya no sentía el mismo ánimo que el día anterior; todo había quedado roto y destrozado.

Con cada paso que daba, mi espíritu flaqueaba y el miedo me invadía: ¿qué pasaría si ella le contó a todo el mundo?, ¿me mirarían como un monstruo?

Esos eran los pensamientos que invadían mi mente.

Tal era mi preocupación que ni siquiera me di cuenta de que ya me encontraba frente a la entrada de la escuela.

Al entrar a mi salón, sentí la presión en el pecho: ¿y si se los contó?

No quiero ver esas miradas de terror y horror en los ojos de mis compañeros.

Con temor, abrí la puerta y, para mi sorpresa, no ocurrió nada.

Todos estaban en su propio mundo, como si yo no existiera.

Eso me relajó un poco y hasta me alegró; quizás aún podía tener la tranquilidad que tanto deseaba.

Me dirigí a mi asiento y, de reojo, la vi.

Era ella, la chica a la que había salvado, platicando normalmente con sus amigas.

Cuando la miré, ella también me devolvió la mirada.

Nerviosa, aparté la vista de inmediato y me senté rápidamente.

Para mi sorpresa, vi que empezó a caminar hacia mí.

Mil pensamientos cruzaron mi cabeza: ¿y si quiere chantajearme?

¿y si está esperando que todos estén aquí para revelar mi secreto?

Un frío escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando se detuvo frente a mi escritorio.

Ella abrió la boca, a punto de hablarme… Cuando en ese mismo instante, sonó la campana que señalaba el inicio de clases.

Un suspiro de alivio salió de mi boca, pero sabía que ella volvería a buscarme.

Durante todo el día me esforcé por evitar tanto al grupo de Xenón como a ella; cada vez que los veía acercarse, me escabullía por otro pasillo.

Así logré zafarme de ambos, aunque el cansancio de estar en alerta constante me dejó agotado.

Pronto sonó la campana de la tarde.

Cuando me disponía a cruzar el portón de salida, la vi: ella me detuvo con una voz suave.

—¿Me acompañas un tramo?

—preguntó, fingiendo despreocupación.

El camino fue incómodo.

Caminamos en silencio, las palabras se quedaron atascadas en la garganta, hasta que ella decidió romper el hielo.

Justo entonces, como una sombra esperada, apareció el grupo de Xenón.

Xenón se adelantó con una sonrisa cruel.

—Conque escabullendote por todo el instituto —dijo, clavando los ojos en mí—.

¿De verdad pensaste que podías esconderte para siempre?

No creas que me he olvidado de lo nuestro, ¿eh?

Todavía tienes una deuda conmigo, y hoy pienso cobrármela.

El que siempre iba a su lado, con la mandíbula apretada, añadió: —Hoy vas a aprender que a los nuevos se les pone en su lugar.

Xenón dio un paso y me agarró de la camisa, tirando de mí con fuerza hasta dejarme sin aliento.

La presión en el pecho se hizo insoportable.

No sabía qué hacer; el pánico me apretaba la garganta.

Si me quitaban los guantes, todo podía volverse un desastre.

Entonces ella intervino, apartandole de un golpe las manos que me sujetaban, con una voz que quiso sonar firme más que valiente: —¡Oye!

¿Qué les pasa?

Déjalo en paz.

Xenón la empujó con desprecio.

—Deja de estorbar —escupió—.

Esto no es asunto tuyo.

Ella cayó al suelo desmayada por la fuerza del empujón y el choque con el suelo.

Pronto, el grupo se abalanzó sobre mí como bestias; intenté esquivar golpes y retroceder, pero uno de ellos sacó una daga.

El mundo se redujo al brillo frío del metal y a un grito ahogado en mi pecho.

Sentí el filo hundirse en mi costado: una punzada aguda y caliente.

Instintivamente me cubrí con la mano antes de ser apuñalado, pero aun así la hoja me atravesó la mano y un poco el abdomen.

Empujé al que me había apuñalado con lo que me quedaba de fuerzas y noté algo raro: el arma empezó a cambiar, a tomar un tono distinto, como si el metal mismo se transformara.

Lo que vi me heló: el metal tenía un brillo que no era normal.

Comprendí entonces que cualquier objeto que me atravesara la mano se convertiría en oro.

Ignorando el dolor, tembloroso, saqué el cuchillo y lo escondí en el bolsillo del pantalón.

Entonces la escena se volvió extraña y rápida.

Ella, que había quedado en el suelo tras el empujón, permaneció quieta unos segundos… hasta que el olor metálico de mi sangre fresca alcanzó el aire.

Sus ojos se abrieron de golpe, brillando con un fulgor desconocido.

Se levantó con una lentitud inquietante, y su mirada cambió: fría, afilada, como la de una fiera a punto de atacar.

Antes de que pudiera reaccionar, lo vi.

Uno a uno, los matones de Xenón fueron cayendo.

Sus cuerpos se desplomaban como si alguien les hubiera robado el aliento, apagados desde dentro, hasta que todo el grupo yacía en el suelo, inconscientes.

Solo quedábamos ella y yo.

Dio un par de pasos hacia mí, con esa misma mirada depredadora, hasta detenerse justo frente a la mancha de sangre que goteaba de mi costado.

Se inclinó lentamente, rozó el charco con la punta de sus dedos y, sin vacilar, llevó la sangre a su boca.

Su expresión era inquietante: mezcla de hambre, alivio y dolor.

Sentí un escalofrío.

No supe si gritar, apartarme o abrazarla.

—¿E-estás bien?

—alcancé a decir con voz temblorosa.

Al oírme, sus ojos se suavizaron.

Como si de repente volviera en sí, se tambaleó y cayó desplomada a mis pies.

Alarmado, me arrodillé enseguida.

Con mi mano derecha la sostuve contra mi pecho, cuidando con desesperación de no tocarla con la izquierda ensangrentada, aún descubierta, porque si mi maldición la alcanzaba… no me lo perdonaría jamás.

Ella entreabrió los ojos, respirando con dificultad, y en sus labios apareció una sonrisa débil, rota pero sincera.

—Yo… yo igual soy como tú —susurró, con voz frágil, como si esas palabras hubieran estado esperando toda su vida para ser dichas.

Con cuidado la subí a la espalda, apoyando su peso contra mí mientras ataba el cinturón alrededor de ambos para que no se resbalara.

Con la mano izquierda me presioné la herida del costado; el dolor ardía, pero tenía que mantenerla segura.

Con la derecha la sujeté por las piernas para evitar que se doblara.

Además, agarré con los dientes las mangas de su chaqueta y las colocqué sobre su espalda como si fuera un soporte improvisado, para que no cayera hacia atrás.

Cada paso fue una lucha: mis piernas temblaban, el mundo daba vueltas y la sangre calentaba mis dedos, pero avancé con paso firme, decidido a llevarla a un lugar seguro.

El camino a mi departamento me pareció eterno; pasé esquivando miradas y respirando con cuidado para no desmayarme.

Cuando finalmente llegué, la recosté en la cama con delicadeza y le arropé la chaqueta alrededor.

Me quité la camiseta con torpeza y, entre sollozos contenidos, limpié la herida lo mejor que pude y la vendé con cuidado.

No era gran cosa, pero era lo que había: intentos de detener la hemorragia y calmar el latido desbocado del pecho.

La miré un instante mientras respiraba, agotado y todavía temblando.

Ella dormitaba, pálida pero estable.

Me tumbé en una silla junto a la cama, con la mano sobre mi costado, sintiendo cómo el peso de todo lo que había pasado caía sobre mí.

Podía sentir la sangre resbalar por mi mano izquierda, al igual que la herida en el costado de mi abdomen que no dejaba de sangrar.

Hice todo lo posible para detener la hemorragia con vendas improvisadas, pero sabía que necesitaba atención médica lo antes posible.

Aun así, no podía dejarla sola.

Ni siquiera nos habíamos presentado correctamente.

No sabía su nombre porque, *¿quién rayos se aprende el nombre de todos el primer o segundo día?*.

Esperé hasta que la noche cayó y ella seguía inmóvil, sin despertar.

Conforme la sangre seguía filtrándose entre los paños, sentí cómo mis fuerzas se agotaban poco a poco.

El mareo venía en oleadas y supe que tenía que salir.

Antes de irme, la arropé con cuidado, la acomodé sobre la almohada y le puse su chaqueta bien encima, como si un gesto simple pudiera protegerla.

Me incliné sobre ella un segundo, la miré a los ojos cerrados y susurré, más para mí que para ella: —Vuelvo enseguida.

Salí de mi departamento con el corazón en la garganta, cada paso una mezcla de miedo y prisa.

No sabía qué pasaría mañana… pero sentía que, desde ese día, nuestro destino se había entrelazado de alguna forma.

————————————————— Al día siguiente me desperté sintiendo que todo lo que había pasado en ese callejón era una pesadilla.

Pero al abrir los ojos, la realidad me golpeó: seguía temblando, mi corazón no recuperaba su ritmo, y el recuerdo de su mirada –la del chico que me salvó– seguía persiguiéndome como una sombra.

Intenté hacer mi rutina como siempre, pero las manos me temblaban al cepillarme el cabello y mi reflejo en el espejo parecía el de otra persona.

Caminé hacia la ventana, miré la ciudad y sentí miedo.

Todo se sentía diferente, roto… como si yo también me hubiera roto por dentro.

Cuando por fin llegué a la escuela, fingí normalidad.

Reí con mis amigas, respondí preguntas, pero mi mente estaba en otro lugar.

A ratos veía su rostro en mi memoria, la sangre, los guantes, el oro.

Me mordí el labio.

Tenía que hablar con él.

No podía dejar que pensara que yo lo odiaba o temía.

No después de lo que hizo por mí.

Entonces, entre conversaciones dispersas, lo vi.

Ahí estaba él, entrando al salón, con esa misma expresión cansada, casi derrotada.

Mis ojos se encontraron con los suyos, solo por un instante, y noté cómo apartaba la vista enseguida.

Mi corazón dio un vuelco.

No me atreví a levantarme en ese momento.

Sentí un nudo en la garganta.

Junté valor y me puse de pie, caminando hacia su escritorio.

Cada paso me parecía eterno, y mil pensamientos se atropellaban en mi cabeza: ¿y si me rechaza?

¿Y si me odia?

¿Y si cree que quiero chantajearlo?

Justo cuando abrí la boca para hablar, sonó la campana.

El sonido me cortó la voz.

Fue entonces que vi como él suspiraba, como aliviado.

Volví a mi asiento con las manos temblorosas.

Durante el resto del día traté de alcanzarlo, pero él siempre se escabullía, alejándose por otros pasillos antes de que yo pudiera siquiera saludarlo.

Sentí cómo se me apretaba el pecho: no me des la espalda… por favor.

Cuando sonó la campana de salida, vi mi oportunidad.

Me acerqué despacio y, con la voz más calmada que pude, le pedí: —¿Me acompañas un tramo?

Él me miró unos segundos, como dudando, y luego asintió sin palabras.

Caminamos lado a lado, pero el silencio entre nosotros era espeso, casi insoportable.

Yo buscaba las palabras y no las encontraba.

Iba a romperlo, a decir algo, cuando la sombra familiar del grupo de Xenón nos cortó el paso.

Lo vi tensarse al instante.

Xenón se adelantó con esa sonrisa cruel que tanto odiaba.

—Conque escabulléndote por todo el instituto… —escupió.

El corazón me latía con fuerza, sintiendo cómo me retumbaba en los oídos.

Quise interponerme, pero apenas alcancé a decir algo cuando me empujaron con violencia.

Sentí el golpe en la espalda y la cabeza me dio vueltas.

Todo se volvió borroso.

El suelo me recibió frío, y por un momento creí que me desmayaba.

Fue entonces cuando me golpeó el olor metálico.

La sangre.

Su sangre.

Mis ojos se abrieron de golpe.

Todo mi cuerpo se tensó y, sin entenderlo del todo, me levanté sin pensarlo; mi cuerpo se movía por sí solo.

En ese estado, su olor me guiaba, me inundaba.

Sentí cómo la energía recorría mis venas, un calor amargo, salvaje.

No pensé.

Solo actué.

Uno a uno, los vi caer.

Sus cuerpos se apagaban como velas sin oxígeno.

Yo apenas respiraba, apenas los veía, como si alguien más estuviera en mis huesos moviéndome.

Hasta que, de pronto, todo quedó en silencio.

Solo él y yo.

Di un paso hacia él.

La mancha de sangre en el suelo me llamaba, me quemaba por dentro.

Me arrodillé y la toqué con los dedos, llevándola a la boca.

El sabor era tan intenso que cerré los ojos.

Era fuerza pura.

Fuego líquido.

Y también, vergüenza.

Lo escuché llamarme.

Su voz rompió ese trance.

Sus ojos me hicieron recordar que yo era humana.

Y entonces mi cuerpo se apagó.

La energía se fue como vino, dejándome débil.

Me desplomé.

Antes de caer del todo, sentí su brazo derecho sujetándome.

Se cuidó de no tocarme con la mano izquierda.

Incluso herido, incluso temblando, me protegía de él mismo.

Eso me rompió por dentro.

Abrí los labios apenas: —Yo… yo igual soy como tú… —susurré, con la poca fuerza que me quedaba.

Era lo único que podía decirle antes de perder la conciencia.

La última imagen fue la de su espalda, su calor, su respiración agitada mientras me cargaba.

Su calor era distinto al mío: era cálido y tembloroso, pero firme.

Sentí cómo me levantaba, usando su cinturón y mi chaqueta para evitar que me cayera.

Se esforzaba agarrando las mangas de la chaqueta con los dientes.

Cada movimiento era torpe, pero con mucho cuidado.

Cada gesto era torpe pero cuidadoso, como si temiera hacerme daño.

Apoyé mi rostro contra su hombro y, por un segundo, entre el dolor y el mareo, me sentí a salvo.

La última imagen antes de cerrar los ojos fue la de sus manos manchadas de sangre, pero alejándome de su mano izquierda, protegiéndome de su maldición.

Sabía que sangraba, que se debilitaba, y aun así no me soltó.

No sé cuánto tiempo pasó después.

Solo recuerdo la calidez de una cama, la sensación de que me arropaban y una respiración entrecortada cerca de mí.

Quise abrir los ojos, decirle mi nombre, pero el sueño me venció.

En algún rincón de mi mente, repetí una promesa: *Cuando despierte, hablaré con él.

Esta vez…

de verdad lo haré.* REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 En este capítulo quise mostrar el contraste entre la fragilidad y la fuerza.

El protagonista, aunque herido y debilitado, se aferra a la vida y a la promesa de una tranquilidad que nunca llega del todo.

Al mismo tiempo, la chica empieza a revelar un lado más oscuro y enigmático, donde la sangre no representa solo debilidad o pérdida, sino también poder y atracción.

Este cierre es clave porque marca el inicio de algo más grande: dos destinos rotos que empiezan a entrelazarse, aunque ninguno de los dos lo quiera aceptar del todo.

Lo que viene será tensión, secretos y giros inesperados.

¡Prepárense, porque esto apenas comienza… y será épico, papus!.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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