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ĜØŁĐ - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El portador del ataúd
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4: Capítulo 4 “El portador del ataúd” 4: Capítulo 4 “El portador del ataúd” Con dificultad, caminaba rumbo al médico más cercano.

Cada paso era un tormento: había perdido demasiada sangre y podía sentir cómo mis piernas flaqueaban.

El mundo me daba vueltas, pero la idea de que, tal vez, después de todo esto podría volver a tener una vida tranquila me daba fuerzas para seguir avanzando.

La noche había caído, y la luz fría de la luna apenas iluminaba el camino.

Mis pensamientos eran un zumbido lejano, hasta que, a poca distancia del consultorio, lo vi.

Un muchacho.

O al menos parecía de mi edad.

Iba vestido de manera extraña, demasiado siniestra para la hora y el lugar.

Sobre su espalda cargaba un ataúd envuelto en cadenas pesadas que tintineaban con cada paso.

Era tan irreal que, en un principio, quise convencerme de que era algún tipo de cosplay barato.

Qué pésimo disfraz, murmuré para mis adentros, intentando burlarme y mantenerme consciente.

Pero cuando lo pasé de largo, algo cambió.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Giré apenas, y entonces lo sentí: una presión aplastante en el aire, como si algo invisible me apretara los pulmones.

Antes de que pudiera reaccionar, vi cómo las cadenas se deslizaban desde el ataúd como serpientes vivas, avanzando hacia mí.

Con torpeza y dolor, traté de esquivarlas, pero el tirón de mi herida hacía cada movimiento más lento, más torpe.

—¡¿Por qué me atacas?!

—grité, con la voz rota por el esfuerzo.

No hubo respuesta.

El chico ni siquiera levantó la cabeza.

Solo el tintineo metálico y el arrastre de las cadenas llenaban el silencio.

En un instante quedé atrapado.

Las cadenas se enredaron en mi torso, mis brazos, mis piernas, inmovilizándome como si quisieran aplastarme contra el suelo.

Me revolví desesperado; el miedo, el dolor y la impotencia se mezclaban en un mismo temblor.

Entonces pensé en lo único que podía salvarme.

El guante de mi mano izquierda estaba rasgado por la herida de la daga, dejando al descubierto parte de mi piel.

Aprovechando el pequeño espacio que dejó el desgarrón en el guante, logré tocar con la palma de mi mano las cadenas.

El metal comenzó a brillar, a cambiar.

Primero un destello apagado, luego un fulgor intenso: oro.

Las cadenas se transformaban ante mis ojos, avanzando el brillo hasta casi alcanzar el ataúd.

El chico reaccionó al instante.

Con un gesto seco, cortó las cadenas antes de que la transformación llegara al féretro, como si fuera lo único que debía proteger a toda costa.

Las cadenas rotas cayeron a mi alrededor con estrépito.

Era mi oportunidad.

Ignorando las punzadas ardientes de mi costado, corrí con todas mis fuerzas, tambaleante, hasta que logré alcanzar la entrada del hospital.

Apenas crucé el umbral, todo comenzó a girar.

El frío del suelo subió a mi cara.

Lo último que recuerdo son las voces lejanas de los médicos corriendo hacia mí mientras mi visión se nublaba.

Cuando recobré la conciencia, estaba en una camilla de hospital.

Tenía vendado el costado y hasta me habían hecho una transfusión de sangre, pero mi mano seguía libre, desnuda.

Quizá no hubo tiempo, pensé, aunque en el fondo lo agradecí… Si alguien la hubiera vendado, todo se habría convertido en oro.

Mientras meditaba, algo extraño sucedió.

Las paredes limpias y blancas del hospital comenzaron a deformarse; la luz cálida de las lámparas se transformó en un resplandor frío y opaco.

En cuestión de segundos, el hospital parecía abandonado, con grietas en las paredes y un olor a óxido en el aire.

El silencio era tan pesado que podía escuchar los latidos de mi corazón.

Entonces… el sonido.

Clink… clank… El arrastre de cadenas resonó en los pasillos oscuros.

Me levanté con dificultad y avancé hasta la puerta de la sala de urgencias.

Al asomarme, lo vi: el mismo muchacho, cargando aquel ataúd encadenado, avanzando como si me oliera entre las sombras.

Y entonces, el horror comenzó.

Las cadenas se sacudieron como serpientes vivas, rompiendo paredes, destrozando lámparas, recorriendo el hospital en todas direcciones.

El muchacho bajó el ataúd, y cuando este tocó el suelo, empezó a abrirse con un chirrido metálico.

Un humo oscuro salió a borbotones, llenando todo el lugar, hasta ahogarme la respiración.

Cada paso que daba me dolía como si mi costado se desgarrara de nuevo, pero no podía detenerme.

Tenía que salir de ahí… tenía que sobrevivir.

El hospital se seguía deformando frente a mis ojos, convertido en un laberinto lúgubre, con sombras pegadas a las paredes y un aire tan pesado que costaba respirar.

El sonido de las cadenas era como campanas de muerte que anunciaban mi final.

Pronto, de las salas comenzaron a salir doctores y pacientes… pero ya no eran ellos.

Sus cuerpos se movían como títeres torpes, sus miradas vacías, su piel cenicienta, como cadáveres arrastrados de la tumba.

Esos cuerpos vacíos, marchando como marionetas sin alma, me helaron la sangre.

No eran zombis comunes: podía sentir que aún había vida en ellos, atrapada, suplicando en silencio.

—¡¿Por qué haces esto?!

—grité, con la voz quebrada entre furia y miedo.

El chico del ataúd no respondió.

Su máscara ocultaba cualquier emoción, pero sus cadenas hablaban por él, silbando en el aire, cortando paredes, destrozando todo a su paso.

Corrí.

No por valentía, sino porque, si me detenía, moriría.

Cada vez que mis dedos rozaban una bata o un uniforme, el oro los devoraba y caían como muñecos pesados, abriendo paso entre la multitud.

El dolor en mi abdomen me arrancaba lágrimas, pero no podía parar.

No aquí, no ahora.

—¡Yo no pedí esta maldición!

—rugí, mientras una cadena me sujetaba el brazo y me lanzaba contra el suelo.

Tosí sangre, pero aún tenía fuerza en la otra mano.

Con un toque rápido, la cadena brilló en oro puro, y el chico del ataúd tuvo que cortarla antes de perder el control.

Sus movimientos eran calculados, inhumanos.

Los míos, desesperados, torpes… pero llenos de rabia.

Cuando una cadena atrapó mi mano derecha, lo supe: o lo jalaba hacia mí o moría aquí mismo.

—¡Si voy a caer, caeremos los dos!

—grité con todas mis fuerzas.

Lo arrastré, y su cuerpo se inclinó hacia mí.

Mi mano izquierda, desnuda, rozó su máscara.

El oro se extendió lentamente, como veneno, deformando la expresión fría que ocultaba.

Un destello de desesperación apareció en sus ojos cuando arrancó la máscara antes de que fuera demasiado tarde.

Y por primera vez, lo vi: un rostro joven, como el mío, con ojos cargados de rabia, tristeza… y algo más, como si también estuviera encadenado a un destino cruel.

No pensé.

No dudé.

Salté hacia él, y mi puño derecho lo alcanzó con una fuerza que no sabía que tenía.

El suelo retumbó cuando cayó.

El silencio fue absoluto.

Las cadenas desaparecieron.

Los cuerpos comenzaron a recuperar su humanidad.

Y yo, jadeando, sudando, temblando, comprendí que había ganado… pero al borde del abismo.

El hospital volvía a la normalidad, y si despertaban y me veían ahí, todo se arruinaría.

Con los últimos restos de fuerza, me puse el guante, tomé al chico inconsciente y arrastré también ese ataúd maldito.

—Ni siquiera sé por qué… —susurré antes de dejarlos en un callejón y marcharme tambaleando.

Cada paso era un tormento, pero logré llegar a mi departamento.

Abrí la puerta, y ahí estaba ella.

La chica.

Viva, erguida, con esa energía inquietante en los ojos.

Yo apenas pude suspirar antes de caer de rodillas y desmayarme frente a ella.

————————————————— Después de un rato me levanté.

El recuerdo regresó de golpe: aquel chico, cubierto de sangre y con la ropa destrozada, apenas en pie, había cargado conmigo hasta aquí.

Aún podía escuchar en mi mente sus pasos pesados, la forma en que jadeaba, y sin embargo, no me soltó ni un instante.

Me dejó en una cama con cuidado, como si yo fuera lo más frágil del mundo.

Miré a mi alrededor y me sorprendí.

No era un cuarto cualquiera: amplias ventanas dejaban entrar la luz plateada de la luna y mostraban una vista panorámica de la ciudad.

Un penthouse, silencioso y vacío, como si él viviera apartado, aislado del resto.

Toqué mis labios, aún recordando el sabor metálico de su sangre.

Ese sabor que había despertado en mí esa parte oscura que siempre quise ocultar.

Esa maldición que me había acompañado desde niña.

Recordé flashes de mi pasado: Una amiga de la infancia llorando, con la rodilla raspada, y yo perdiendo el control al oler el hierro en su herida.

Animales pequeños heridos que terminaban destrozados bajo mis manos sin querer.

Y lo peor: mi hermana.

Su grito ahogado cuando un cuchillo la cortó en la cocina, y yo, temblando, luchando por resistirme… hasta que la sangre me envolvió y la ataqué.

Desde entonces, ella duerme en un hospital, en coma, mientras mis padres intentan mantenerme en una vida “normal”.

Cerré los ojos con fuerza, reprimiendo el nudo en la garganta.

No quería volver a perder el control.

No quería hacerle daño a nadie más.

Y sin embargo… este chico.

Él también estaba maldito; lo vi en sus ojos, en la forma en que ocultaba su verdad entre esos guantes.

Se protegió, me cargó aun estando gravemente herido.

¿Por qué?

Me acerqué a la ventana.

La ciudad brillaba indiferente bajo el manto nocturno, pero yo sentía algo extraño.

Un presentimiento apretaba mi pecho, como si algo estuviera ocurriendo allá afuera.

Una presión pesada, como una sombra extendida por las calles.

Mi instinto me decía que él estaba en peligro.

Entonces, la puerta del departamento se abrió con lentitud.

Allí estaba él, avanzando tambaleante, su rostro pálido, el uniforme rasgado, una mirada agotada.

Me observó apenas un segundo… y suspiró, como si verme despierta fuera suficiente alivio para dejarse caer.

—… —no alcancé a decir nada.

Él se desplomó de golpe en el suelo.

Sentí que el corazón me dio un vuelco.

Corrí hacia él y me arrodillé a su lado, con manos temblorosas, dudando entre tocarlo o no.

Mi maldición me susurraba al oído, reclamando la sangre que aún manaba de su cuerpo, pero la reprimí con todas mis fuerzas.

Lo único que pude hacer fue quedarme allí, observando su rostro adolorido e inconsciente, y sentir cómo un miedo extraño —diferente al hambre, diferente al pasado— nacía en mi interior: miedo a perderlo.

Por primera vez, sentí la necesidad de proteger a alguien en vez de destruirlo.

Me quedé velándolo, con el corazón latiendo acelerado y la certeza firme de que, aunque no supiera cómo ni cuándo, nuestros destinos estaban irremediablemente unidos.

Después de un par de horas, vi cómo el chico empezó a despertar.

Intentó incorporarse, pero no pudo debido a la herida en su costado.

Mientras estuvo inconsciente, recosté su cabeza en mis piernas y revisé su herida.

Por fortuna, ya había sido tratada adecuadamente; solo se notaba que se había abierto un poco, pero con descanso se recuperaría.

Quise hablar con él sobre mi maldición, contarle la verdad, pero al verlo en ese estado decidí dejarlo descansar hasta mañana.

Planeaba irme a mi casa, pero no podía dejarlo ahí, herido y solo.

Así que llamé a mis padres y les dije que me quedaría en casa de una amiga.

Ellos aceptaron sin más preguntas.

Ya era tarde cuando lo escuché hablar.

—¿Podrías… recostarme en el sillón?

—su voz era débil, pero insistente—.

Quédate tú en la cama, estarás más cómoda.

Yo estaré bien.

Intenté negarme, pero tanta fue su insistencia que, al final, cedí.

Me acosté, aún pensando en cómo podría contarle al día siguiente sobre mi maldición.

Quizás… él también podría contarme sobre su pasado.

Con ese pensamiento me quedé dormida.

A la mañana siguiente me levanté y lo vi ya despierto, vestido con el uniforme de la preparatoria, como si nada hubiera pasado.

Me apresuré a alistarme también, y pronto salimos de su apartamento.

Mientras caminábamos, lo miré con discreción.

Avanzaba con dificultad, sujetándose el costado con una mano.

Pensé para mí lo doloroso que debió ser para él vestirse de esa forma con la herida aún fresca.

Aun así, se mantenía de pie.

Me pregunté también cómo era posible que viviera en un penthouse, apartado de todo, sin familia cerca… Cuando llegamos a la universidad, entramos juntos a nuestro salón, aunque nos separamos para ocupar cada quien su asiento.

El profesor, serio y de pocos amigos, carraspeó antes de hablar: —Hoy tendremos un nuevo alumno.

Al escucharlo, no pensé en nada fuera de lo normal… hasta que el alumno nuevo entró al salón.

Me sorprendió ver al chico —el de los guantes, el que me había salvado— abrir los ojos con un sobresalto.

Su cuerpo entero se tensó.

Estaba en estado de alerta, como si conociera al recién llegado.

Y en esa mirada cargada de reconocimiento… vi también algo más: miedo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 ¡Y así, papus, cerramos el capítulo 4!

Nuestro prota apenas se recupera de una pelea brutal, la chica empieza a mostrar más de su lado humano y oscuro, y cuando parece que las cosas se tranquilizan… ¡bam!

Llega un nuevo alumno cargando un misterio que pondrá todo de cabeza.

Lo que se viene será todavía más intenso: secretos revelados, más enfrentamientos y un destino que no dejará a nadie escapar.Y ojo, porque en el capítulo 5 alguien del pasado regresará con intenciones que nadie espera… Esto apenas empieza, papus… lo épico todavía está por desatarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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