ĜØŁĐ - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 “Te traeré de vuelta” 7: Capítulo 7 “Te traeré de vuelta” La noche era fría, silenciosa, bañada por la luz pálida de la luna.
Mis pasos resonaban contra el asfalto vacío mientras avanzaba por la calle, arrastrando las cadenas que envolvían el ataúd sobre mi espalda.
El aire olía a hierro, a lluvia próxima, a culpa.
Muy pronto cumpliría mi objetivo.
Después de años de búsqueda, de sangre, de sacrificios, solo me faltaba una cosa.
Y esa noche, al fin, iba a conseguirla.
La voz de aquella persona —la que me había ofrecido el pacto— resonaba en mi mente como un eco lejano, inhumano, envolvente: “Cuando cumplas todas las condiciones… ella volverá.” Mi pecho se tensó.
Apreté el ataúd con ambas manos, sintiendo el frío del metal contra mis dedos.
Dentro… descansaba el cuerpo de quien más amé.
Mi amiga de la infancia.
Mi promesa rota.
Mi razón para continuar respirando.
“Ya casi, Nia…” murmuré.
“Ya casi te traigo de vuelta.” Sonreí, pero aquella sonrisa se quebró al recordar todo lo que había hecho para llegar hasta aquí.
Las vidas que tomé.
Los gritos que ignoré.
Las ciudades que dejé arder solo para cumplir con ese trato.
No podía retroceder.
Ya había manchado mis manos demasiado.
Si el infierno me esperaba, que así fuera… mientras pudiera verla una vez más.
Lo que me motivaba era la promesa de aquel hombre: –Si cumples al pie de la letra mis instrucciones, la traeré de vuelta.
Esa fue la promesa de aquel hombre y ya solo me faltaba una cosa para cumplir sus condiciones.
Nunca me dijo quién era, pero su voz todavía resonaba en mi cabeza.
Me detuve cuando sentí una presencia.
Al otro lado de la calle, un muchacho avanzaba tambaleante, cubierto de sangre, sujetándose el costado con una mano.
Parecía de mi edad.
Su respiración era débil, irregular.
Y, aun así… sonreía.
Una sonrisa burlona.
Dirigida hacia mí.
Esa simple curvatura en sus labios me crispó el alma.
Era como si se burlara de mi promesa, de mi dolor, de la tumba que cargaba sobre los hombros.
Qué suerte la mía, pensé.
El destino me lo había puesto frente a mí.
Mi última pieza.
Mi último sacrificio.
El aire se volvió denso, casi irrespirable.
Mis cadenas tintinearon suavemente, respondiendo a mi voluntad.
El muchacho me observó con confusión, luego con alarma.
Sabía lo que estaba por ocurrir.
Sin decir palabra, dejé que las cadenas se deslizaran desde el ataúd como serpientes vivas.
El sonido metálico cortó el silencio, y el suelo vibró cuando lo rodearon.
Su cuerpo se tensó, intentando huir, pero sus movimientos eran torpes.
Estaba herido.
—¿Por qué me atacas?
—gritó él, con una voz quebrada por el esfuerzo.
No respondí.
No podía.
Si hablaba, si titubeaba… su rostro me recordaría al de ella.
Y no podía permitírmelo.
Las cadenas se enredaron en su torso, en sus piernas, sujetándolo con fuerza.
Solo necesitaba un instante, una orden, y su vida sería mía.
Pero entonces, algo cambió.
Un destello dorado surgió de su mano.
El metal de mis cadenas empezó a transformarse… a tornarse de oro puro.
Una luz cálida y cegadora que devoraba mi control, que quemaba mis sentidos.
“¡No!” Corté las cadenas antes de que el brillo alcanzara el ataúd.
Antes de que tocara su cuerpo.
Las piezas cayeron al suelo, pesadas, brillantes, muertas.
Y él aprovechó ese momento para escapar.
Corrí tras él, pero una punzada helada en el pecho me detuvo.
La voz volvió a hablar dentro de mí, susurrando desde lo profundo de mi mente: “No lo mates todavía… su existencia te será útil.
Aún no es momento.” Respiré con dificultad, soltando el aire lentamente.
Lo observé perderse entre las luces del hospital.
Lo vi caer, desvanecerse… y comprendí.
Ese chico también estaba marcado.
También era un maldito.
Las sombras se movieron a mi alrededor, respondiendo al llamado del pacto.
En cuestión de segundos, el hospital se distorsionó: paredes agrietadas, luces muertas, ecos de dolor.
El espacio entre los mundos se abrió, y el alma de los débiles fue arrastrada a la oscuridad.
Mis cadenas se agitaron, vivas.
El ataúd comenzó a resonar.
Un susurro escapó de dentro, dulce y triste como un recuerdo: “Nox…” Mi corazón se detuvo.
Su voz.
Era su voz.
El féretro se estremeció, y el humo oscuro comenzó a salir por las rendijas.
La energía contenida me sobrepasaba, pero no importaba.
Si eso era el precio por traerla de vuelta, lo pagaría sin dudar.
Vi al muchacho pelear, resistir, aferrarse a su vida.
Sus ojos reflejaban el mismo miedo… y la misma tristeza que los míos.
Y cuando me rozó el rostro con esa maldita mano dorada, sentí algo que no debía sentir: Compasión.
Su poder intentó consumir mi máscara, devorar mi carne.
Pero lo que más dolía no era el oro… era su mirada.
Esa mezcla de furia y desesperación que conocía demasiado bien.
Caí.
Las cadenas se disolvieron.
El silencio regresó.
El humo se disipó.
Y supe que había perdido.
No la batalla… sino el control.
Cuando abrí los ojos, estaba en un callejón.
El muchacho me había arrastrado hasta allí, inconsciente, junto al ataúd.
–¿Por qué no me había matado?…
¿Por qué salvarme?
El pacto exigía que tomara su alma, pero mi cuerpo se negaba a moverse.
Mi mente solo repetía su nombre.
Lira… –“¿Estás viendo esto?” —murmuré, mirando el ataúd—.
Alguien me salvó… alguien que debí destruir.” El silencio me respondió.
Solo el eco de las cadenas contestó a mis palabras.
Y entonces lo comprendí.
Ese chico… Podría ser la clave.
El último eslabón de mi promesa.
Cuando el amanecer asomó entre los edificios, me levanté con dificultad.
Aún podía escuchar su voz resonando en mi mente, entre la penumbra y la locura: –”Cumple las condiciones… y ella volverá.” Apreté el ataúd con fuerza y sonreí, aunque me sangraban los labios.
—Lo haré.
Aunque tenga que cargar con el infierno entero sobre mi espalda… lo haré.
Y bajo la luz tenue del alba, continué caminando, con la muerte a mis espaldas y la promesa ardiendo en mi pecho.
Al día siguiente, no perdí el tiempo.
Fui directo a la escuela del chico.
Ya había hecho los registros de inscripción, falsificado los documentos y pagado las cuotas necesarias.
Era fácil cuando uno sabía a quién debía manipular… Y todo gracias a un detalle insignificante, pero crucial: el uniforme que llevaba puesto aquella noche.
Esa tela manchada de sangre me dijo exactamente a dónde debía ir.
Cada paso que daba por los pasillos del instituto era un eco de mi propia promesa.
El féretro que había cargado toda mi vida ahora descansaba oculto, en un lugar seguro, pero su peso seguía conmigo, clavado en los huesos.
Dentro de él dormía mi razón de existir, mi pecado y mi redención.
–“Solo cumpliendo las condiciones”, había dicho aquella voz, “podrás verla despertar otra vez.” No sabía si era un dios, un demonio o algo peor, pero su palabra era la única que me quedaba.
Oscuridad.
Eso fue lo primero que recordé al entrar en el aula.
No era una oscuridad cualquiera… era la misma que me había envuelto cuando vi morir a Lira.
Esa que me susurra cada noche que mi culpa no se irá hasta que ella vuelva.
La puerta se abrió con un sonido seco, y todas las miradas se posaron en mí.
Los rostros eran todos iguales, jóvenes, ingenuos, tan llenos de vida que resultaban insoportables.
Excepto uno.
Él.
Ahí estaba el chico de la mano dorada.
El que había sobrevivido al poder del ataúd.
El que había tocado mis cadenas, mi máscara… y casi lo destruye todo.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y lo supe.
Recordaba.
No necesitaba su nombre para reconocerlo.
Su respiración se alteró, su mirada se tensó.
La herida en su costado debía arderle tanto como a mí me ardía el alma.
“Interesante”, pensé.
“Sigue con vida.” El profesor me indicó presentarme, y lo hice con calma, sin dejar de mirarlo.
—Mi nombre es Nox —dije con una sonrisa apenas perceptible—.
Un gusto… espero que nos llevemos bien.
Era una mentira, por supuesto.
No había gusto alguno.
Pero cada palabra, cada gesto, era una prueba.
Necesitaba observarlo, medirlo, entender qué era exactamente ese poder que convertía en oro todo lo que tocaba.
Porque si lo dominaba… podría usarlo para cumplir mi promesa.
Me senté a su lado.
Podía sentir su tensión, el modo en que sus músculos se preparaban para un ataque que no llegaría.
El miedo disfrazado de desconfianza.
Y, sin embargo, algo dentro de mí… no lo odiaba.
El resto del día fue una farsa bien actuada.
Los demás hablaban, reían, lo observaban, me observaban.
Pero entre él y yo había un silencio cargado, como un campo de batalla invisible.
Dos malditos fingiendo ser normales.
Cuando sonó la campana del almuerzo, lo vi salir del aula con prisa.
Lo seguí, como una sombra más entre tantas.
Sabía a dónde iba antes de que lo hiciera: el techo.
Ese tipo de persona siempre busca altura, aire, distancia del ruido.
Y ahí lo encontré hablando con una chica.
Scarlett.
La conocí porque, de lo enérgica que es, no había forma de no notar a ese tipo de persona.
Incluso me aprendí su nombre.
Los observé desde la distancia.
Él hablaba con ella con torpeza, inseguro.
Y ella sonreía.
Una sonrisa real, cálida, humana.
Una que yo ya no podía recordar cómo se sentía.
Por un segundo, lo admito… sentí celos.
No de ella.
Sino de él.
De esa libertad de hablar sin el peso de un cadáver en la espalda, de poder sentir sin tener miedo de destruir lo que tocas.
Pero los celos duran poco cuando tienes un propósito.
Bajé la mirada, ajusté los guantes y caminé hacia ellos.
Sus ojos se abrieron de golpe cuando me vio.
Podía oler su miedo, su rabia, su desconfianza.
Pero también algo más… una duda que lo carcomía desde dentro.
Me detuve frente a él, sin apartar la vista.
—No estoy aquí para pelear —le dije, con voz calmada.
Era cierto.
Si quisiera matarlo, ya lo habría hecho.
Pero la voz que me había condenado fue clara: –”Él aún te será útil.” Nos sentamos.
Scarlett los miraba confundida, sin entender la tensión que flotaba entre nosotros.
Yo fingí calma, pero por dentro analizaba cada gesto suyo: su respiración, sus temblores, la forma en que intentaba ocultar su mano izquierda con el guante.
El mismo guante que no debía romperse.
Entonces preguntó: —¿Por qué me atacaste aquella noche?
Silencio.
Un silencio tan pesado que casi podía oír los latidos de su corazón.
Lo miré fijamente, y durante un instante vi el reflejo de mi propio pasado en sus ojos.
El miedo.
La pérdida.
La rabia.
Las mismas cadenas que me sujetaban a mí.
—No lo hice porque quisiera matarte —respondí al fin, mi voz apenas un hilo entre el viento—.
—Lo hice porque tengo un propósito… y planeo cumplirlo a toda costa.
Sus ojos se endurecieron.
No entendía.
No podía entenderlo.
Porque para alguien como él, aún había esperanza.
Para mí, ya no.
La campana rompió el momento.
El sonido metálico me devolvió a la realidad.
Pero vi cómo sus pensamientos se agolpaban, confundidos, temerosos.
Perfecto.
Mientras no comprendiera mi objetivo, seguiría lejos del ataúd.
Y eso me daba tiempo.
Las clases continuaron.
Yo no aparté la vista de él.
Ni una sola vez.
Cada movimiento, cada respiración suya, era información valiosa.
Si el destino lo había cruzado conmigo, debía haber una razón.
Cuando el último timbre sonó, lo vi salir junto a Scarlett.
La seguía a casa, según escuché.
Eso facilitaba las cosas: era el momento perfecto para acercarme más.
—¿Ya se van?
—dije, apareciendo detrás de ellos.
Ambos se tensaron.
Scarlett intentó sonreír, inocente.
Jay (si es que ese era su nombre real) me observó con rabia contenida.
—No terminamos de hablar —añadí—.
Así que los acompañaré.
Caminamos los tres bajo la luz del atardecer.
Las sombras se alargaban sobre el pavimento, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Yo podía sentirlo: la energía del pacto agitándose, impaciente.
El ataúd me llamaba en silencio, reclamando otra alma, otro sacrificio.
Entonces él habló, rompiendo el aire con una pregunta directa.
—Nox… ese “propósito” del que hablas.
¿Qué significa?
¿Por qué intentaste matarme?
Me detuve.
Cada palabra suya era como una daga clavándose en una herida vieja.
Por un segundo pensé en responderle.
Decirle la verdad.
Decirle que lo había atacado porque su poder era la clave para romper el sello.
Que su existencia podría devolverle la vida a la persona que amé.
Pero no lo hice.
Porque si lo supiera… me detendría.
—Porque tú eres… —empecé, pero las palabras se ahogaron.
Una voz interrumpió desde la distancia.
—¡¡Jay!!
Nos giramos al mismo tiempo.
Y el aire se detuvo.
El chico palideció, su mirada tembló como si hubiera visto un fantasma.
Yo también lo sentí: una energía antigua, un eco que me resultaba terriblemente familiar.
El tipo de presencia que no pertenece al mundo de los vivos.
Mi sangre se heló.
El pacto comenzó a vibrar dentro de mi pecho.
“Ella”, susurró la voz en mi mente, como si despertara de un sueño profundo.
“El siguiente paso está frente a ti.” Y entonces comprendí… el pasado de ambos acababa de alcanzarnos.
La voz resonó en el aire, cortando el silencio como una cuchilla.
Esa voz.
No necesitaba girarme para saber de quién era.
La reconocería incluso en medio de un campo de batalla, entre gritos y fuego.
“Ha pasado un tiempo, amo.” La escuché con una mezcla de curiosidad y desagrado.
No por lo que decía, sino por lo que evocaba.
Aquella mujer… esa presencia helada, imposible de ignorar, cargaba con algo más que poder: cargaba con historia.
Con un vínculo que no me pertenecía, pero que ahora se cruzaba con mi propósito.
Giré lentamente la cabeza y la vi.
Cabello blanco como la escarcha, ojos grises tan vacíos que reflejaban solo obediencia.
Lilith Nevaris.
Su sola presencia hacía que el aire se sintiera más frío, como si su existencia alterara la temperatura a su alrededor.
Y ella… lo llamaba amo.
Me quedé observándolos.
No dije nada.
No necesitaba hacerlo.
Bastaba con ver cómo ese tipo, Jay, se tensaba ante sus palabras, intentando aparentar calma mientras todo su cuerpo lo traicionaba.
Ella, en cambio, seguía imperturbable, como una muñeca de hielo.
Pero no me engañaba: algo ardía dentro de ella.
Lo noté en su respiración, apenas imperceptible, en la forma en que sus ojos se nublaban al verlo.
Así que así lo miras… pensé con cierto desdén.
Fría por fuera, pero ardiendo por dentro.
Ella dijo algo sobre no llamarla “señorita Nevaris”, que prefería que la llamaran solo Lilith.
Un detalle… insignificante para cualquiera, pero no para mí.
Ese tipo de lapsos revelan más que mil palabras.
Ese “solo Lilith” estaba cargado de deseo reprimido.
Un deseo que no tenía lugar en su mundo, ni en el mío.
Entonces lo escuché: “Perdón por interrumpir su vida tranquila.” Y ahí estaba.
Esa frase.
Vida tranquila.
La máscara del chico perfecto, del universitario normal, se agrietó por un segundo.
Esa palabra no era casual.
Esa mujer lo conocía.
Sabía exactamente qué clase de pasado escondía.
Mis ojos se movieron hacia Scarlett, la pelirroja que lo acompañaba.
Lilith también la miró, con una calma que solo ocultaba celos.
Lo noté al instante.
“¿Ella es tu amiga?” preguntó con una neutralidad forzada.
El tono me hizo sonreír internamente.
Y luego vino mi turno.
“¿Y él?” Su mirada helada se clavó en mí como si intentara borrar mi existencia.
—No soy su amigo —respondió Jay antes de que tuviera que decir algo.
Lilith bajó un poco la cabeza.
“Ya veo.” No hacía falta decir más: en su tono había desprecio.
Pero lo interesante vino después.
Cuando todo el aire del lugar se volvió denso, pesado, como si la atmósfera se preparara para romperse.
Yo di un paso al frente.
Ella lo interpretó como una amenaza.
Gran error.
El suelo comenzó a cubrirse de escarcha.
En un parpadeo, un espadón de doble filo emergió de su mano, hecho de hielo puro, resplandeciente, rugiendo como si la mismísima tormenta hubiera cobrado forma.
Yo respondí instintivamente.
Mi mochila cayó al suelo, liberando el ataúd.
Las cadenas negras se extendieron, vivas, serpenteantes, golpeando el piso con un sonido metálico que llenó el aire.
Cada eslabón respiraba furia contenida.
Por un momento, todo lo que existía era su espada… y mis cadenas.
El hielo contra la oscuridad.
El pasado contra el propósito.
Pero entonces, él —Jay— se interpuso entre ambos.
Su voz tembló, pero se mantuvo firme: “Lilith, confía en mí.
Él no es tu enemigo.” Eso me tomó por sorpresa.
Él… ¿defendiéndome?
Era absurdo.
Pero en su mirada vi algo más: miedo.
No a mí.
A sí mismo.
Al caos que podía desatar si no controlaba lo que llevaba dentro.
Cuando llegamos a su apartamento, entendí por qué se aferraba tanto a esa “vida tranquila”.
El lugar era impecable.
Demasiado perfecto.
No encajaba con alguien como él.
Era una jaula de lujo para un monstruo que fingía ser humano.
Lilith observaba cada rincón, con la frialdad de quien evalúa un campo enemigo.
Finalmente dijo: “Este lugar no está a tu altura.” No lo dijo como cumplido.
Lo dijo como quien lamenta que alguien que admira viva entre humanos.
Luego encendió la pantalla.
Y ahí estaba: el noticiero.
“Les habla Rrrricarrrdo Marrrrtínez…” Su voz resonó con esa cadencia exagerada, casi cómica, pero lo que decía no lo fue.
Una estatua de oro.
Cadenas en un hospital.
Testigos sin memoria.
Así que lo descubrieron, pensé con calma, aunque por dentro sentí un vacío helado en el pecho.
Las imágenes que pasaron después —el fuego, los cuerpos, los rumores— no tenían relación conmigo, pero sabía lo que insinuaban: un patrón.
Y si alguien lo seguía con atención, acabaría aquí.
Con nosotros.
Cuando el noticiero terminó, el silencio fue absoluto.
Lilith habló, helada, como si recitara un decreto.
Que el “señor de la casa” pasaría por alto el incidente esta vez.
Que la próxima, él tendría que hablar directamente con él.
Y aunque no lo demostró, pude sentirlo.
Jay tembló.
No de miedo, sino de impotencia.
Luego me miró, y por fin, lo que había querido desde el principio: “¿Por qué me atacaste?” Me recargué en el sofá, tranquilo, cruzando los brazos.
—Como te dije —respondí—, tengo un propósito que cumplir.
Y tú estabas en medio.
“¿Y cuál es ese propósito?” Ahí sonreí.
Esa pregunta.
La misma que me persigue cada noche.
La misma que me recuerda por qué cargo con ese ataúd.
—Antes dime tú —dije, sin apartar la mirada—: ¿qué planeas hacerme cuando te lo diga?
Silencio.
Solo el tictac del reloj.
Lilith aún tensa, Scarlett conteniendo la respiración.
Él suspiró.
“Si me lo dices, te prometo que nadie aquí te atacará.” Lo miré.
Vi que hablaba en serio.
Así que solté una leve risa y asentí.
—Bien.
Pero no esperes un cuento bonito.
Solo te diré lo necesario.
Lo que nos llevó a cruzar caminos… y por qué tuve que atacarte.
Mi voz se volvió más grave.
—Aunque déjame aclararte algo —añadí con una media sonrisa—: aquella pelea… la ganaste por pura suerte.
Él no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Ambos sabíamos que era verdad.
Me recliné contra el respaldo, mirando el techo.
—Prepárate, Jay… —susurré—.
Porque lo que vas a escuchar no es algo que quieras saber.
El reloj marcó las siete.
Las sombras se alargaron en la habitación.
Y mientras el silencio nos envolvía, solo un pensamiento cruzó mi mente: La esperanza que me dio aquel hombre…
aun si fue mentira para utilizarme como su marioneta…
fue lo que me dio un nuevo propósito para vivir…
No me importaba poner al mundo en mi contra con tal de verla de nuevo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 Este capítulo será más largo de lo normal, pero vale la pena.
Por fin sabrán por qué Nox hizo lo que hizo, y créanme… nada es tan simple como parece.
Léanlo con calma, disfrútenlo, porque aquí empieza la parte donde todo se pone serio.
Así que prepárense porque lo que está por venir será aún más épico papus.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com