Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ĜØŁĐ - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ĜØŁĐ
  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Entre hielo y cadenas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: Capítulo 9 “Entre hielo y cadenas” 9: Capítulo 9 “Entre hielo y cadenas” Nunca pensé que presenciaría algo así.

Todo comenzó con aquella voz.

Una voz que heló el aire, que hizo que el corazón de Jay se detuviera por un segundo.

Ni siquiera la había visto y ya podía sentir el peso de su presencia.

Luego la vi… esa mujer.

Su piel pálida, su cabello blanco como la nieve, esos ojos grises que no parecían mirar, sino juzgar.

Era como si una escultura hubiera cobrado vida… una escultura que podía matarte con solo pestañear.

—Ha pasado un tiempo, amo —dijo ella.

Amo.

Esa palabra se clavó en el ambiente como un cuchillo invisible.

Miré a Jay, luego a Nox, esperando que alguno explicara qué demonios acababa de pasar.

Pero nadie dijo nada.

Jay se quedó paralizado, como si hubiese visto a un fantasma del pasado.

Y de cierta forma, creo que lo había hecho.

La tensión era tan densa que podía oír los latidos de mi propio corazón.

Esa mujer, Lilith, no mostraba ni un solo rastro de emoción.

Y, sin embargo… había algo en la forma en que miraba a Jay, algo que no comprendí.

Su rostro seguía siendo una máscara impenetrable, y quizá por eso… nunca supe lo que escondía su mirada.

—Sabes que puedes llamarme solo Lilith —le dijo con una voz que parecía tan fría como dulce.

Y en ese instante supe que algo pasaba entre ellos.

No era solo lealtad, era… devoción.

Todo empeoró cuando Nox intervino.

Su tono fue el de siempre, arrogante, desafiante.

Bastó una sola frase para que Lilith reaccionara como una bestia en guardia.

El suelo empezó a congelarse y una espada de hielo emergió en sus manos con un sonido que me erizó la piel.

Y Nox, por supuesto, no se quedó quieto.

Las cadenas de su ataúd aparecieron, negras y vivas, sacudiéndose como si tuvieran hambre.

—¡Ya basta!

—gritó Jay, poniéndose en medio.

Fue entonces cuando entendí lo peligroso que era estar allí.

Esa aura que los rodeaba… no era humana.

Lilith obedeció, aunque no parecía convencida.

Nox retrocedió con una sonrisa burlona.

Yo solo pude dar un paso atrás, rogando que nada más explotara.

Cuando Jay decidió que los tres iríamos a su casa, aunque ya había estado ahí me sentía muy nerviosa y ansiosa.

Al llegar al penthouse, todo era demasiado silencioso.

Lilith inspeccionó cada rincón con esa mirada fría que parecía capaz de juzgar el alma de las paredes.

Nox se limitó a cruzarse de brazos y observarlo todo con esa expresión de “yo no pertenezco aquí”.

Entonces Lilith encendió la televisión.

Lo que siguió fue… raro.

El noticiero hablaba de una estatua de oro con forma humana, cadenas esparcidas en un hospital, gente que no recordaba nada.

Y Jay se puso pálido.

Lilith lo miró directo a los ojos y le dijo que había roto el trato que tenía con “el señor de la casa”ocasionando que apartir de ahora lo esté vigilando.

No entendí del todo lo que significaba, pero la forma en que Jay bajó la mirada me bastó para saber que era algo serio.

Muy serio.

Yo trataba de mantenerme al margen, aunque las ganas de gritar “¿Alguien puede explicarme qué carajos está pasando aquí?” eran enormes.

Pero algo en el ambiente me decía que si hablaba, el hielo me atravesaría el pecho.

Luego vino la parte más tensa.

Jay y Nox frente a frente.

Lilith detrás de él, vigilando como un perro guardián de mirada mortal.

—¿Por qué me atacaste aquella noche?

—preguntó Jay.

Yo contuve la respiración.

Nox se limitó a sonreír, como si no le importara nada.

Pero en sus ojos había algo… dolor.

Cuando habló, su tono cambió por completo.

Dijo que lo hizo por una razón, una que estaba a punto de revelar.

Luego, el ataúd se abrió.

Casi grité al ver el cuerpo dentro.

Una chica… parecía dormida, pero su piel estaba tan pálida que era evidente: estaba muerta.

El corazón me dio un vuelco.

Jay también se quedó sin palabras.

Y entonces Nox habló.

—¿Qué harías si pudieras revivir a la persona que más amas?

Esa pregunta hizo que Jay se quedara helado.

Y, por alguna razón, a mí también me dolió escucharla.

No sé por qué.

Quizás porque entendí que la historia de Nox no era solo de violencia… sino de pérdida.

Nox explicó todo sobre los objetos malditos, sobre cómo su ataúd no solo preservaba cuerpos, sino que podía usarse para canalizar poder.

Pero todo requería un precio.

Siempre un precio.

Y cuando dijo que había atacado a Jay porque necesitaba su maldición como sacrificio… sentí un escalofrío en todo el cuerpo.

No podía creer lo que oía.

Jay lo enfrentó, gritándole si no veía que lo estaban usando.

Y Nox… simplemente respondió con una tristeza que no había mostrado antes: —Es en lo único que puedo tener esperanza ahora.

Luego se fue.

Sin mirar atrás.

Jay se quedó en silencio, con la mirada perdida.

Lilith seguía firme, pero en sus ojos por un segundo —solo un segundo— vi preocupación.

El ambiente era tan pesado que incluso el aire dolía al respirar.

Lilith estaba de pie, firme como una estatua, observando a Jay con una mirada imposible de descifrar.

No mostraba emoción alguna… pero había algo en sus ojos, una especie de brillo extraño, casi imperceptible.

No entendía qué era.

Solo sabía que me hacía sentir incómoda.

Jay intentó levantarse, insistiendo en acompañarme a casa.

Su voz sonaba débil, pero en ella se notaba esa terquedad que parecía definirlo.

—Te acompaño… no queda lejos —dijo, tambaleándose un poco.

Yo iba a responderle, pero antes de que dijera algo, Lilith dio un paso al frente.

Su aura cambió por completo; era fría, autoritaria.

—No vas a ningún lado.

—Su tono fue firme, casi cortante—.

Estás herido, y si intentas moverte, empeorarás.

Yo la llevaré a casa.

Jay trató de replicar, pero bastó con una mirada suya para hacerlo callar.

Una mirada que, incluso desde donde estaba, me hizo estremecer.

No sé si era enojo, preocupación… o ambas cosas.

Al final, él suspiró derrotado y se dejó caer de nuevo en la cama.

Antes de salir, me lanzó una sonrisa débil.

Era la primera vez que veía a alguien sonreír así… con dolor, pero también con cierta paz.

No supe por qué, pero esa imagen se me quedó grabada.

Salimos en silencio.

Las calles estaban desiertas, y la luna parecía observarnos con indiferencia.

Cada paso que dábamos sonaba demasiado fuerte, como si el mundo entero nos escuchara.

Intenté romper el silencio.

—Gracias por acompañarme… —murmuré, más por cortesía que por otra cosa.

Lilith solo asintió sin mirarme.

Su paso era firme, constante.

Había algo en ella que imponía respeto, pero también distancia.

Después de unos minutos, me atreví a hablar otra vez.

—Tú… ¿conoces a Jay desde hace mucho?

Ella no respondió de inmediato.

Solo volteó un poco el rostro, y en sus ojos vi algo que no supe identificar.

Era una mezcla entre fastidio, cansancio… y algo más.

Algo más profundo.

—Lo suficiente —dijo al fin, seca, cortando cualquier intento de conversación.

El resto del camino fue aún más incómodo.

Yo miraba el suelo, fingiendo que el silencio no me afectaba, pero podía sentir su mirada en mí de vez en cuando.

Una mirada fría… pero también cargada de algo que no entendía.

¿Celos?

No podía afirmarlo.

Pero algo me decía que no era simple desconfianza.

Cuando por fin llegamos frente a mi casa, respiré aliviada.

Ella se detuvo, y por un momento, creí ver tristeza en su rostro, aunque desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado.

—Ya estás a salvo —dijo con un tono neutral—.

Descansa.

Asentí en silencio.

Mientras ella se alejaba, la vi perderse entre las sombras.

Y por alguna razón, sentí que esa noche no solo me habían protegido… sino también vigilado.

No entendía mucho, y aunque la tensión del ambiente me dejó sin palabras, algo me quedó claro: Esto nos marcaría a todos.

————————————————— El silencio del lugar era pesado, casi sofocante.

Allí estaban ellos tres: Jay, Scarlett y ese chico de cabello negro en forma, rostro sereno y mirada seria: Nox.

Había seguido sus pasos desde hacía un tiempo, observando desde las sombras.

No porque desconfiara de él… sino porque temía lo que pudiera haberle pasado.

Cuando finalmente me mostré, vi su expresión: sorpresa, incredulidad… y algo más.

Miedo.

—Ha pasado un tiempo, amo —dije, con mi tono habitual, firme y sin emociones.

Su respiración se agitó apenas.

Scarlett y el otro chico se quedaron en silencio, confundidos por mis palabras.

Era de esperarse.

Nadie en ese lugar comprendía lo que significaba realmente “amo”.

Jay se mantenía de pie, herido, aunque trataba de ocultarlo.

Lo noté desde el primer momento: su respiración irregular, la rigidez de su postura y la forma en que mantenía la mano sobre el costado izquierdo.

Pero no podía confirmarlo todavía.

Solo observé… en silencio.

Cuando me dirigí a él y me llamó “Lilith Nevaris”, sentí un nudo en el pecho.

—Sabes que puedes llamarme solo Lilith —le respondí sin mirarlo directamente.

Mi voz, aunque fría, traicionaba un leve temblor.

No sabía si era enojo o tristeza.

Quizás ambas.

Había pasado tanto tiempo sin verlo… y ahora, frente a mí, estaba actuando como si yo fuera una extraña.

Después, ese tal Nox habló.

Su presencia era molesta.

Su cabello negro perfectamente peinado, su semblante sereno y esa mirada calculadora me resultaban insoportablemente arrogantes.

Tenía ese aire de quien siempre está un paso adelante.

Y sin embargo… algo en él me incomodaba más de lo normal.

Cuando Jay dijo que él “solo estaba de metido”, lo comprendí de inmediato: no confiaba en él.

Y yo tampoco.

Pero entonces, la atmósfera cambió.

Sentí la presión de su energía, una oscuridad envolviéndolo.

Instintivamente, conjuré mi espadón de hielo.

Mi deber era proteger a mi amo.

Nada más importaba.

Aunque… cuando Jay se interpuso entre los dos, cuando su voz tembló al decirme que confiara en él, sentí algo que dolió más que cualquier herida: La necesidad de obedecerlo, aunque mi corazón gritara lo contrario.

Deshice mi espada, y el hielo se convirtió en vapor.

Aun así, no bajé la guardia.

Después, lo seguimos hasta su apartamento.

El lugar era grande, elegante, pero vacío.

Frío.

Como él.

Scarlett observaba todo con curiosidad.

Su cabello castaño claro reflejaba la luz cálida del pasillo, y sus ojos brillaban con esa mezcla de alegría y nervios.

Tenía buena figura, un cuerpo equilibrado y natural.

Era… humana.

Demasiado humana.

Yo, en cambio, solo observaba.

Callada.

Distante.

Encendí la pantalla.

—Les habla Rrrricarrrdo Marrrrtínez… —decía el presentador.

Mientras las imágenes aparecían —cadenas de oro, un callejón, una estatua humana—, vi de reojo a Jay.

Su rostro lo decía todo.

Esa noticia estaba relacionada con él.

—La condición era simple —dije sin mirarlo—: no debía haber incidentes relacionados con su maldición.

Él no respondió.

Solo asintió, con esa resignación que tanto detesto.

Entonces escuché las palabras de Nox: “Te atacaré cuando te recuperes.” Mi cuerpo se tensó.

¿Herido?

Lo miré sin poder disimular mi preocupación.

No había querido mostrármelo, claro… siempre tan orgulloso.

Pero ahora lo sabía.

Apreté los puños sin que nadie lo notara.

Así que estaba lastimado… y me lo había ocultado.

—Como ordene, señor —fue lo único que dije cuando él me pidió no atacar a Nox.

Pero dentro de mí… sentía fuego.

¿Herido?

¿Y esa chica… a su lado todo este tiempo?

En fin.

Lo seguiría vigilando.

Era mi deber… y mi deseo.

Más tarde, cuando Nox se marchó y Scarlett aún estaba allí, Jay intentó acompañarla a casa, con ese aire terco tan suyo.

Pero yo lo detuve con una mano sobre su hombro.

—No irás a ninguna parte —le dije con frialdad.

Noté el temblor en su cuerpo.

No sabía si por dolor o por miedo a mi tono.

—Estás herido.

Yo me encargaré de que la chica llegue a salvo.

Scarlett asintió, aunque su incomodidad era evidente.

El camino fue silencioso, incómodo.

Ella trató de iniciar conversación, pero no estaba de humor.

Sus pasos eran ligeros, su voz amable.

Una chica cálida, confiada, de sonrisa fácil.

Y cada palabra suya me sonaba como un eco molesto en mis oídos.

—Jay parece confiar mucho en ti —dijo, con una sonrisa nerviosa.

Giré mi rostro hacia ella.

Mi mirada fue suficiente para congelar cualquier intento de conversación.

—Cumplo mi deber —respondí simplemente.

El resto del trayecto fue silencio.

Y aunque nunca lo admitiría, me dolió ver cómo ella hablaba de él con tanta naturalidad, con una cercanía que yo nunca podría tener.

Cuando regresé, Jay ya estaba medio dormido.

Su respiración era irregular, y el vendaje de su costado apenas contenía la sangre seca.

Suspiré.

—Tonto… —murmuré.

Con cuidado, preparé una venda limpia y una compresa fría.

Mientras lo curaba, sentía el calor de su piel bajo mis dedos.

Un calor que me quemaba más que cualquier llama.

Por fuera, mantenía el rostro impasible, profesional, obediente.

Por dentro… me estaba rompiendo.

Al terminar, me quedé observándolo unos segundos.

Dormía tranquilo, como si el peso del mundo no lo aplastara cada día.

Desde que tengo memoria, nunca sentí calor.

Ni el del sol, ni el de un abrazo.

Nací fría.

Mi cuerpo, mi voz, mi alma… todo en mí inspiraba distancia.

La gente evitaba tocarme.

Los niños lloraban si me acercaba.

Decían que no tenía corazón.

Y quizás tenían razón.

Mi familia lleva en la sangre una maldición: El Corazón de Hielo.

Nuestro pulso es débil, nuestras emociones apenas existen, y nuestro tacto gélido como la muerte.

No sentimos ternura ni amor, solo deber.

Pero conmigo fue diferente.

Mi maldición nació más fuerte.

Tan fuerte que incluso el fuego más intenso apenas lograba herirme.

Hasta que lo conocí.

Jay.

Era solo un niño cuando me asignaron a su cuidado.

“Protegerás al heredero con tu vida”, dijeron.

Yo obedecí, sin entender el peso de esas palabras.

Recuerdo la primera vez que lo vi: cabello ondulado de color castaño oscuro, ojos color miel que brillaban con una vida que parecía desafiar al mundo.

Yo, una sombra sin alma, me quedé mirándolo en silencio.

Él se acercó con curiosidad, y preguntó: —¿Puedo tomar tu mano?

Le advertí que no debía hacerlo, que mi piel era demasiado fría, que no sentiría nada más que vacío.

Pero él sonrió.

Se quitó un guante y, con el otro aún puesto, tomó mi mano.

El cuero evitó que su maldición lo consumiera, pero aun así, el contacto me estremeció.

A través del guante, su calor se filtró como una corriente débil, casi imposible, pero real.

—Tu mano está helada… —dijo— pero me gusta el frío.

Esa frase quedó grabada en mí.

Por primera vez en mi vida, alguien no temió tocarme.

Por primera vez, alguien no me vio como un monstruo.

Desde entonces, mi maldición dolió menos.

Porque él fue el único que logró cruzar ese muro de hielo.

Volví al presente.

Jay dormía frente a mí, exhausto.

Su respiración era tranquila, su expresión serena.

Había crecido, pero su luz seguía igual.

Yo, en cambio, seguía siendo la misma sombra congelada que lo seguía desde la infancia.

Me incliné, y con el guante que me permitía tocarlo sin peligro, acaricié su mejilla.

Incluso a través del cuero, su piel era cálida.

Y ese calor… ese maldito calor que nunca sentía, me recorrió el pecho.

Mis labios quedaron a unos centímetros de los suyos.

Por un momento, el mundo pareció detenerse.

Solo un movimiento más, y podría… No.

No debo.

Soy una sirvienta.

Una sombra nacida del hielo.

No tengo derecho a amar.

Me aparté lentamente, y susurré: —Aunque no pueda tenerte, seguiré cuidándote.

Él murmuró entre sueños, con voz adormecida: —Lilith… sonríe más… te ves linda cuando lo haces… Mi pecho se apretó.

Sentí un calor desconocido subir a mis mejillas.

Y aunque lo negué en silencio, una sonrisa se dibujó sola.

—Idiota… —susurré.

Apagué la lámpara, lo cubrí con la manta, y me quedé a su lado, velando su sueño.

Mientras el hielo en mi interior… por un instante, se derretía.

Cuando despertó, lo primero que vi fueron sus ojos entreabiertos, confusos.

—¿Q-qué haces… Lilith?

Ya es muy tarde —dijo.

Lo miré sin emoción.

—¿Cómo que qué hago?

Estoy cuidando de ti.

No puedo creer que no me dijeras que estabas herido.

¿Acaso pensabas ocultármelo?

—No quería preocuparte —respondió nervioso.

Le di un leve golpe en la frente.

—Tonto.

Es mi obligación cuidar de ti.

Mientras lo curaba, él intentó bromear.

—¿Sabes que das miedo cuando dices eso?

—Cállate y respira —dije, sin mirarlo.

El silencio se llenó de algo diferente.

Por un momento, el aire ya no fue tan frío.

Al terminar, lo observé con calma.

—Listo.

Duerme.

—Pero si no tengo… —bostezó— …sueño… Y se quedó dormido.

Le aparté el flequillo con cuidado y murmuré: —Descansa… idiota.

Y ahí me quedé.

Velando su sueño.

Como siempre.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 Esta escena nació de la idea de que incluso las almas más frías pueden temblar ante un poco de calidez.

Lilith no es solo un personaje con una maldición; es el reflejo de aquellos que han aprendido a sobrevivir sin sentir, de quienes se acostumbraron a mirar el mundo a través de una ventana congelada.

Su frialdad no es crueldad, sino defensa.

Su distancia, un grito silencioso de alguien que teme romper si se acerca demasiado.

Jay, en cambio, representa lo opuesto: un ser condenado a convertir en oro —y, por tanto, destruir— todo lo que toca.

Ambos son extremos del mismo castigo: ella no puede sentir, él no puede conservar.

Uno congela, el otro quema.

Y, sin embargo, en medio de esas maldiciones, encuentran un punto en común: el instante efímero en que pueden rozarse sin miedo.

Cuando Jay dice “me gusta el frío”, no está hablando del tacto, sino del alma.

Está aceptando a Lilith por lo que es, sin intentar cambiarla ni salvarla.

Y esa aceptación, tan simple y humana, se vuelve más poderosa que cualquier hechizo.

Lilith, por su parte, nunca deja de ser hielo, pero por primera vez, ese hielo siente.

Y aunque sabe que su amor está condenado a la distancia, lo abraza igual, porque algunas maldiciones no se rompen… solo se aprenden a amar.

y bueno…si les gusto éste capítulo, prepárense, porque los que vienen serán aún más épico, papus.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo