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Good kid mAAd city - Capítulo 10

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10: 10 10: 10 Capítulo 10: La Primera Vez —Ven conmigo hoy —dijo Illt una semana después.

—¿A dónde?

—A trabajar.

El “trabajo” resultó ser observar.

Illt me llevó al centro comercial.

No el que yo visitaba durante mis días de evasión—ese era pequeño, local.

Este era el grande, el que atraía turistas y gente con dinero.

Tres pisos de tiendas brillantes, aire acondicionado que te congelaba en contraste con el calor exterior, el olor omnipresente de comida de food court mezclándose con perfumes caros.

—¿Qué hacemos aquí?

—pregunté mientras caminábamos entre la multitud.

—Educación —respondió Illt—.

Observa.

Durante dos horas, solo caminamos.

Illt señalaba personas—no obviamente, solo un leve movimiento de su barbilla—y me pedía que le dijera qué veía.

Una mujer de unos cuarenta, bolsas de compras de tiendas caras, teléfono en una mano, café en la otra, cartera colgando abierta de su hombro.

—¿Qué ves?

—preguntó Illt.

—Una mujer rica que no presta atención.

—Más específico.

Observé más cuidadosamente.

La cartera abierta.

La billetera visible dentro.

El hecho de que estaba tratando de balancear demasiadas cosas.

La forma en que miraba su teléfono más que su entorno.

—Es una oportunidad —dije.

Illt sonrió.

—Exacto.

El mundo está lleno de oportunidades.

Solo tienes que entrenar tus ojos para verlas.

Continuamos.

Illt me enseñaba a leer a la gente: lenguaje corporal, patrones de distracción, quién estaba alerta y quién estaba en piloto automático.

Me enseñaba a identificar cámaras de seguridad, ángulos muertos, rutas de escape.

—No se trata de ser rápido —explicó—.

Se trata de ser invisible.

De moverte como si pertenecieras.

La confianza es la mejor herramienta.

Si actúas como si debieras estar haciendo algo, la gente asume que es verdad.

No robamos nada ese día.

Era puramente observación.

Entrenamiento.

Pero tres días después, Illt me pidió que lo acompañara nuevamente.

Esta vez, Wayng venía con nosotros.

—Hoy harás algo —dijo Illt mientras caminábamos hacia el centro.

Mi estómago se apretó.

—¿Qué?

—Algo pequeño.

Simple.

Para ver si puedes hacerlo.

El objetivo era una tienda de electrónicos.

Wayng y yo entraríamos.

Wayng haría preguntas complicadas al empleado sobre especificaciones técnicas, manteniéndolo ocupado.

Yo tomaría unos auriculares de un estante lateral—no los caros, solo unos de rango medio que no activarían las alarmas más sensibles—y saldría casualmente.

—Es simple —dijo Illt—.

Sin correr.

Sin pánico.

Solo toma y camina.

—¿Y si me atrapan?

—No te atraparán.

Pero si pasa, niegas.

Dices que ibas a pagarlos, que te confundiste, que eres solo un niño estúpido.

Lloras si tienes que llorar.

Los adultos siempre creen las lágrimas.

Entramos a la tienda.

Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que todos podían escucharlo.

El aire acondicionado me congeló el sudor en mi espalda.

Cada empleado parecía mirarme, aunque racionalmente sabía que no era cierto.

Wayng se acercó al mostrador y comenzó su actuación.

Era brillante—genuinamente sonaba como un cliente confundido pero serio, haciendo preguntas técnicas que obligaban al empleado a pensar, a revisar información, a darle su atención completa.

Me moví hacia el estante lateral.

Los auriculares estaban allí, colgando en sus paquetes de plástico.

Mis manos temblaban.

El paquete crujió cuando lo toqué, el sonido amplificado mil veces en mi cabeza.

Simplemente tómalo.

Mételo en tu bolsillo.

Camina hacia afuera.

Pero no podía.

Mis dedos no obedecían.

Mi cuerpo estaba congelado, atrapado entre el miedo y la acción.

Una empleada caminó por mi pasillo.

Me miró.

Sonrió.

—¿Necesitas ayuda?

—N-no.

Solo estoy mirando.

Ella se alejó.

Respiré.

Agarré los auriculares.

Los empujé dentro del bolsillo de mi sudadera en un movimiento torpe y rápido.

Ninguna alarma sonó.

Ningún empleado gritó.

Caminé hacia la salida.

Cada paso se sentía como caminar sobre vidrio.

Esperé que una mano se posara en mi hombro.

Esperé que una voz me detuviera.

Esperé las sirenas, las esposas, la llamada a mamá desde la estación de policía.

Nada de eso pasó.

Crucé el umbral.

Las puertas de vidrio se deslizaron abiertas.

El calor del exterior me golpeó.

Illt estaba esperando media cuadra abajo, fumando, viéndose completamente casual.

Solo cuando llegué a él, cuando vi su sonrisa de aprobación, mi cuerpo finalmente liberó la adrenalina acumulada.

Mis piernas casi cedieron.

—Bien hecho —dijo Illt, palmeando mi hombro—.

La primera vez es siempre la más difícil.

Wayng salió minutos después, caminando con la misma casualidad practicada.

Se reunió con nosotros sin decir nada, pero me hizo un pequeño gesto de aprobación con la cabeza.

Nos alejamos del centro comercial, tomando una ruta indirecta de regreso a nuestra esquina.

Solo cuando estuvimos lejos, a salvo en territorio familiar, Illt me hizo parar.

—Dame los auriculares.

Los saqué de mi bolsillo.

El paquete estaba arrugado de mi agarre nervioso.

Illt los tomó, los examinó, luego los tiró en un contenedor de basura cercano.

Me quedé helado.

—¿Por qué…?

—No necesitamos auriculares —dijo Illt—.

Eso no era sobre conseguir auriculares.

Era sobre descubrir si podías hacerlo.

Y pudiste.

—¿Entonces fue solo una prueba?

—Todo es una prueba, Kaid.

—Encendió otro cigarrillo—.

Pasaste esta.

Habrá más.

Esa noche llegué a casa y vomité.

No del miedo, aunque eso era parte.

Sino de la revelación: había cruzado una línea.

No una grande—solo unos auriculares baratos que terminaron en la basura.

Pero había cruzado.

Había robado.

Había elegido activamente hacer algo que sabía que estaba mal.

Y la parte que más me asustaba: no me había sentido completamente terrible mientras lo hacía.

Durante esos segundos de pura adrenalina, caminando hacia esa salida, había sentido algo que no había sentido en meses.

Me había sentido vivo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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