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Good kid mAAd city - Capítulo 18

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18: 18 18: 18 Capítulo 18: Preparación Las dos semanas antes del trabajo fueron las más intensas de mi vida.

Illt nos entrenaba como si fuéramos soldados preparándose para la guerra.

Y tal vez lo éramos.

Nos reuníamos cada día al amanecer en lugares diferentes—nunca el mismo dos veces.

Almacenes abandonados, parques antes de que llegaran los paseadores de perros, estacionamientos vacíos de centros comerciales que habían cerrado.

Illt era paranoico sobre patrones, sobre ser rastreables.

—Vega no es de los que dan segundas oportunidades —decía—.

Si esto falla, no solo perdemos el trabajo.

Perdemos su confianza.

Y sin su confianza, volvemos a ser niños de calle robando carteras.

—¿Y con su confianza?

—preguntó Wayng.

—Nos convertimos en algo más.

—Illt encendió un cigarrillo, sus ojos perdidos en algún punto distante—.

Nos convertimos en jugadores reales.

El entrenamiento era específico.

Bund memorizaba rutas—primarias, secundarias, terciarias.

Si algo salía mal en el punto A, teníamos punto B.

Si B fallaba, C.

Nunca íbamos a un trabajo con menos de tres planes de escape.

Wayng practicaba ser múltiples personas.

Lo veía transformarse: postura cambiando, expresión facial ajustándose, incluso su forma de caminar volviéndose diferente.

Era perturbador verlo—como ver a alguien borrarse a sí mismo y dibujar a otra persona encima.

—No puedo ser memorable —explicaba—.

Si alguien me describe a la policía, quiero que no puedan ponerse de acuerdo sobre mi altura, mi peso, ni siquiera el color de mi pelo.

Contradicción es invisibilidad.

Haden nos enseñaba sobre vigilancia y contra-vigilancia.

Cómo detectar si te seguían.

Cómo perder una cola sin hacer obvio que sabías que estaba ahí.

—La gente común no revisa sus espejos retrovisores —decía—.

Los criminales revisan constantemente.

Entonces revisa, pero hazlo parecer casual.

Mira un escaparate.

Átalos zapatos.

Mira tu teléfono.

Y en ese momento, observa reflejos.

Observa quién cambia dirección cuando tú lo haces.

Ripper nos entrenaba en algo más oscuro: qué hacer si las cosas se ponían físicas.

Cómo golpear para incapacitar, no para matar.

Dónde estaban los puntos débiles en el cuerpo humano.

Cómo escapar de un agarre.

—No son lecciones de pelea —aclaraba, su voz monótona como siempre—.

Son lecciones de supervivencia.

Si estás peleando, ya fallaste.

Pero si no tienes opción, más vale que sepas cómo acabar rápido.

Me hacía practicar en él.

La primera vez que lo golpeé—un golpe de práctica, controlado, al plexo solar—jadeó, se dobló, luego me sonrió.

—Bien.

Otra vez.

Más fuerte esta vez.

Después de una semana, mis nudillos estaban magullados, mi cuerpo lleno de moretones de las sesiones de práctica.

Pero había aprendido.

Mi cuerpo ahora sabía cosas que mi mente odiaba saber.

Astrid tenía el trabajo más extraño: nos enseñaba a actuar normal.

—El crimen no es solo sobre hacer lo malo —explicaba—.

Es sobre no parecer que estás haciendo algo malo.

Así que practiquen.

Caminen por una calle como si pertenecieran allí.

Entren a una tienda como si fueran a comprar algo.

Sonrían.

Hagan contacto visual.

Sean aburridos.

Nos hacía juegos de rol.

Ella era un policía, nos detenía, nos hacía preguntas.

Teníamos que responder sin sudar, sin tartamudear, sin mostrar pánico.

—Tu nombre.

—Kaid Moretti.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Yendo a casa de la casa de un amigo.

—¿Qué amigo?

—Lucas.

Lucas Fernández.

—¿Dirección?

—Calle Rivadavia 847.

Respuestas preparadas, ensayadas hasta que fluían naturalmente.

Mentiras tan practicadas que casi se sentían como verdad.

Entre sesiones de entrenamiento, Illt nos hablaba de filosofía.

Su filosofía.

—El mundo está dividido en lobos y ovejas —decía—.

Las ovejas creen en reglas, en justicia, en que si hacen lo correcto serán recompensadas.

Los lobos saben la verdad: solo sobrevive el más fuerte.

No el más moral.

El más fuerte.

—¿Y nosotros somos lobos?

—preguntaba Bund con tono escéptico.

—Todavía no.

Pero lo seremos.

—Illt nos miraba a todos—.

Nacimos como ovejas en un mundo diseñado para matarnos.

Nuestros padres eran ovejas.

Se sacrificaron por un sistema que no les dio nada.

Nosotros elegimos diferente.

Elegimos convertirnos en lobos.

Era una narrativa seductora.

Nos hacía sentir poderosos en lugar de desesperados.

Elegidos en lugar de desechados.

Pero a veces, tarde en la noche, me preguntaba: ¿los lobos también se sienten atrapados?

¿O solo las ovejas con dientes?

Tres días antes del trabajo, Illt finalmente nos dio los detalles.

—El paquete es droga.

Cocaína, específicamente.

Dos kilogramos.

El aire se espesó.

Hasta ahora habíamos robado cosas.

Esto era diferente.

Esto era tráfico.

Esto era serio tiempo de cárcel si nos atrapaban.

—La recogemos del punto A —continuó Illt, desplegando un mapa—.

Un almacén cerca del puerto.

La llevamos al punto B, un edificio de apartamentos en el centro.

Tiempo de tránsito: cuarenta y cinco minutos si todo va bien.

Pagos: mil dólares.

Dividido entre seis, son casi doscientos cada uno.

Doscientos dólares.

Más dinero del que había visto junto en mi vida.

—¿Qué tan riesgoso?

—preguntó Wayng.

—Moderado.

Vega dice que el área está limpia, sus contactos en la policía están manejados.

Pero siempre hay riesgo.

—¿Contactos en la policía?

—Astrid se inclinó hacia adelante—.

¿Está diciendo que tiene policías pagados?

—Bienvenida al mundo real.

—Illt sonrió sin humor—.

¿Cómo crees que operaciones como la de Vega funcionan durante años sin ser tocadas?

No es suerte.

Es dinero en los lugares correctos.

La comprensión nos golpeó a todos: estábamos entrando en algo mucho más grande que nosotros.

No éramos niños jugando a criminales.

Estábamos siendo absorbidos en una máquina que había estado funcionando durante décadas, aceitada con sobornos y amenazas y sangre.

—¿Alguien quiere salir?

—preguntó Illt—.

Última oportunidad.

Miré alrededor del círculo.

Wayng, impasible como siempre.

Bund, procesando probabilidades detrás de sus ojos analíticos.

Astrid, mordiendo su labio inferior, el único signo de nerviosismo.

Ripper, esperando como un arma lista para disparar.

Haden, ausente, probablemente ya trabajando en su próxima identidad para cubrir su participación.

Nadie se movió.

—Entonces estamos comprometidos —dijo Illt—.

Nos reunimos aquí el viernes a las 8 PM.

Vístanse normal.

Nada que llame la atención.

Wayng traerá el transporte.

Bund, verifica las rutas una última vez.

Ripper, solo por si acaso, trae protección.

—¿Armas?

—preguntó Ripper, su voz animándose levemente.

—Una.

Escondida.

Solo para emergencias.

—Illt lo miró seriamente—.

Y Ripper, escucha esto cuidadosamente: esa arma no se dispara a menos que no haya absolutamente otra opción.

Disparar atrae atención.

Atención trae policía.

Policía trae el fin del juego.

¿Entendido?

—Entendido.

Nos dispersamos esa noche en silencio.

El peso de lo que estábamos a punto de hacer colgaba sobre todos nosotros como niebla tóxica.

Caminé a casa tomando la ruta más larga, necesitando tiempo para procesar.

Las calles estaban más tranquilas que de costumbre, o tal vez solo lo parecían porque cada sentido estaba en alerta máxima.

Cada sombra podía ser una amenaza.

Cada auto que aminoraba la velocidad podía ser policía no marcado.

¿Así era como viviría ahora?

¿Mirando constantemente por encima de mi hombro, calculando riesgos, preparándome para traición o arresto?

Llegué a casa y encontré a mamá esperándome en la sala.

El reloj marcaba las 11:30 PM.

—Llegas tarde —dijo.

No enojada.

Solo cansada.

—Lo siento.

—¿Dónde estabas?

—Con amigos.

—¿Qué amigos, Kaid?

No tienes amigos de la escuela.

No vas a la escuela.

Así que, ¿qué amigos?

Me quedé en silencio.

No tenía mentiras preparadas para ella como las tenía para policías imaginarios.

Mamá se levantó, caminó hacia mí.

En la luz tenue podía ver cuánto había envejecido en los últimos meses.

Líneas alrededor de sus ojos que no recordaba.

Canas en su cabello que eran nuevas.

—Mírame —dijo suavemente.

Lo hice.

—Cualquier cosa en la que estés metido, podemos arreglarlo.

No importa qué tan malo sea, podemos encontrar una salida.

Pero tienes que dejarme entrar.

Tienes que confiar en mí.

Quería hacerlo.

Dios, qué desesperadamente quería derrumbarme en sus brazos y contarle todo.

El grupo.

Los robos.

El trabajo que venía.

Vega y sus amenazas y el hecho de que me había transformado en alguien que consideraba el tráfico de drogas como una oportunidad profesional.

Pero las palabras se atascaron en mi garganta.

Porque contarle significaba arrastrarla a esto.

Significaba hacerla cómplice o hacerla tomar decisiones imposibles entre su hijo y la ley.

—No hay nada que arreglar —mentí—.

Estoy bien.

Vi el momento en que dejó de creerme.

Vi su rostro endurecerse, sus ojos llenarse de algo peor que enojo: resignación.

—Okay —dijo quedamente—.

Pero cuando esto explote, y explotará Kaid, porque este tipo de cosas siempre explotan, recuerda que intenté ayudarte.

Que te ofrecí una salida.

Subió las escaleras sin mirar atrás.

Me quedé en la sala, en la oscuridad, procesando sus palabras.

“Cuando esto explote.” No “si”.

“Cuando.” Ella sabía.

Tal vez no los detalles, pero sabía que estaba en una trayectoria de colisión con consecuencias inevitables.

Subí a mi habitación.

Me senté en mi cama.

Miré mi reflejo en el espejo del tocador—un chico de catorce años que parecía tener treinta, con ojos que habían visto demasiado, con manos que habían hecho cosas que no podían deshacerse.

En dos días, llevaría dos kilogramos de cocaína a través de la ciudad.

Si algo salía mal, iría a la cárcel.

Probablemente cárcel de adultos si el juez decidía que era lo suficientemente culpable.

Y la parte que más me aterraba: no estaba pensando en no hacerlo.

Estaba pensando en cómo hacerlo bien.

Esa era la transformación completa.

No solo cruzar líneas, sino olvidar dónde solían estar.

Me acosté, pero no dormí.

Solo miraba el techo, contando las grietas, preguntándome cuántas grietas puede tener algo antes de colapsar completamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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