Good kid mAAd city - Capítulo 2
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2: Cap 2 2: Cap 2 Capítulo 2: Catorce Hoy es mi cumpleaños.
Estoy celebrando mis catorce años con un viaje de pesca junto a mi padre.
Solíamos hacer este viaje cada mes, antes del divorcio.
Por eso, hoy me siento realmente feliz.
Eso es lo que escribí en mi diario la noche anterior.
Mentí.
No en papel, sino en mi cabeza.
No me sentía “realmente feliz”.
Me sentía con esperanza, que es diferente.
La esperanza duele más cuando se rompe.
—¡Kaid!
Levántate ya —la voz de mamá atravesó mi sueño como un cuchillo—.
Tienes que prepararte y desayunar.
Tu padre llamó hace un rato, ya está en camino.
El sueño se estaba desvaneciendo, pero aún podía sentir sus bordes.
Había soñado con el juego de la pared otra vez.
Siempre el mismo sueño: yo frente a la pared, contando, pero cuando llegaba a cien y me giraba, no había nadie.
La casa estaba vacía.
Solo yo y esa grieta en la pared que seguía creciendo.
—Está bien, mamá, ya voy.
Me quedé en la cama cinco minutos más.
Mi habitación olía a cerrado, a ropa que necesitaba lavarse.
Las paredes estaban cubiertas de pósters: equipos de fútbol, un mapa del mundo, una foto de papá y yo con un pez que él había pescado cuando yo tenía siete años.
El pez parecía más grande en la foto de lo que recordaba en la vida real.
Todo parecía más grande en las fotos.
Intenté no pensar en el sueño.
Hoy es el último día del verano.
Debo aprovecharlo.
Cuando papá llegó, el ambiente se volvió tenso.
Observé desde la ventana de mi cuarto cómo él se estacionaba frente a la casa.
Su auto era viejo, con una abolladura en la puerta del copiloto que él decía que le daba “carácter”.
Se quedó sentado dentro por un minuto completo antes de bajar.
Fumando.
Siempre fumaba antes de entrar a la casa.
Bajé las escaleras de dos en dos.
Mamá ya estaba en la puerta, con los brazos cruzados.
Esa postura.
La conocía bien.
—Buenos días —dijo papá, sin mirarla realmente a los ojos.
—Buenos días —respondió mamá.
Silencio.
El tipo de silencio que tiene peso, que empuja el aire fuera de la habitación.
—¿Listo, campeón?
—papá finalmente me miró.
Su sonrisa era genuina, creo.
Quiero creer.
—Listo.
Mamá puso su mano en mi hombro.
La sentí temblar ligeramente.
—Diviértete —dijo.
Pero lo que escuché fue: “Ten cuidado.” El viaje en auto fue más silencioso de lo que recordaba.
Antes, papá siempre ponía música, rock clásico que decía que yo debía conocer para “tener cultura”.
Ahora solo estaba el sonido del motor y el viento entrando por su ventana entreabierta.
Observé el paisaje.
Casas que se convertían en tiendas que se convertían en árboles.
La ciudad se desvanecía gradualmente, como si alguien estuviera bajando el volumen del mundo.
Me gustaba esa parte.
La parte donde todo se volvía más simple.
—¿Cómo va la escuela?
—preguntó papá después de veinte minutos de silencio.
—Bien.
—¿Qué significa “bien”?
—Significa que voy, hago mi tarea, vuelvo a casa.
Él asintió, como si eso fuera una respuesta completa.
Quizás lo era.
El lago apareció detrás de una curva, súbitamente, como siempre.
Primero solo un destello de azul entre los árboles, luego todo el espejo de agua extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
El agua era cristalina.
Podías ver las rocas en el fondo, los peces moviéndose en círculos lentos.
Preparamos el equipo sin hablar mucho.
Había un ritual en esto: papá sacaba las cañas del maletero, yo cargaba la hielera, él preparaba los anzuelos, yo verificaba que tuviéramos suficiente carnada.
Cada uno sabía su rol.
Era reconfortante, de una manera que no podía explicar.
Finalmente estuvimos en el lago.
Nuestra pequeña lancha inflable apenas causaba ondas en el agua.
El silencio aquí era diferente al silencio del auto.
Este silencio transmitía tranquilidad.
En casa rara vez se sentía esto.
—Y dime, hijo —papá rompió el silencio después de lanzar su línea—, ¿qué planes tienes para el futuro?
Has comenzado una etapa muy importante.
Es bueno que vayas pensando en eso.
Había ensayado esta respuesta.
La había pensado durante semanas.
—Quiero estudiar y entrar a la universidad.
Cuando me gradúe de médico, quiero trabajar ayudando a tantas personas como sea posible.
Era verdad.
Quería ayudar a la gente.
Quería arreglar cosas rotas.
Quería que cuando la gente me mirara, viera a alguien que hacía el bien.
Papá me miró por un largo momento.
Su expresión era ilegible, como un idioma que había olvidado cómo leer.
—Me parece bien que quieras estudiar —dijo finalmente, su voz casual, casi distraída—.
Así no terminas como la estúpida de tu madre.
El mundo se detuvo.
No el mundo metafórico.
El mundo real.
El agua dejó de moverse.
El viento dejó de soplar.
Mi corazón dejó de latir por un segundo completo.
—Papá…
—¿Qué?
—Se giró hacia mí, su rostro genuinamente confundido, como si no entendiera por qué había dejado de respirar—.
Es la verdad, hijo.
Ella nunca terminó la secundaria.
Quedó embarazada y arruinó cualquier oportunidad que tuviera.
No seas como ella.
No dejes que nadie te arruine.
Quería decir algo.
Quería defender a mamá.
Quería gritarle que él era quien había arruinado todo, no ella.
Pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta, como anzuelos.
En cambio, miré el agua.
Mi reflejo me devolvía la mirada, distorsionado por las pequeñas olas.
En el reflejo, mi boca estaba abierta, como si estuviera gritando.
Pero no salía ningún sonido.
Pescamos durante tres horas más.
Atrapamos algunos peces.
Papá habló sobre su trabajo, sobre sus compañeros, sobre una mujer llamada Carolina que “al menos sabía cocinar decentemente”.
Yo asentía en los momentos apropiados.
Cuando terminamos, emprendimos el viaje de regreso.
En el auto, con el sol poniéndose y convirtiendo el cielo en sangre y oro, papá encendió la radio.
Rock clásico.
La canción hablaba sobre un hombre que se alejaba de todo y nunca miraba atrás.
—¿Lo pasaste bien?
—preguntó papá.
—Sí —mentí.
—Bien.
Feliz cumpleaños, campeón.
Cuando llegamos a casa, mamá estaba en la puerta.
Vi su rostro y supe que había estado esperando, contando los minutos, preocupándose.
Siempre preocupándose.
—¿Cómo estuvo?
—me preguntó cuando papá se fue.
—Bien —dije.
Esa palabra otra vez.
“Bien”.
La mentira más fácil.
Esa noche, en mi cama, escribí en mi diario: “Hoy cumplí catorce años.
Fui a pescar con papá.
Atrapamos seis peces.
Hablamos sobre la universidad.
Fue un buen día.” Y debajo, con letra tan pequeña que apenas podía leerla yo mismo: “Creo que algo en mí se rompió hoy.
No sé qué.
Pero puedo sentir la grieta.”
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