Good kid mAAd city - Capítulo 21
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 21: 21
Capítulo 21: Dos Semanas de Espera
Los días se arrastraban como heridos.
Esa es la mejor forma de describirlo. El tiempo no fluía normalmente durante esas dos semanas. Cada hora se sentía como un día. Cada día como una semana. Todos vivíamos en un estado constante de anticipación y terror, esperando que Vega cambiara de opinión, que la competencia encontrara el producto antes que nosotros, que la policía apareciera en nuestras puertas.
El primer día después de la reunión con Vega, no fui a la esquina. Me quedé en casa, encerrado en mi habitación, mi tobillo elevado, hielo improvisado de una bolsa de vegetales congelados envueltos en una toalla.
Mamá tocó mi puerta tres veces ese día. Cada vez, no respondí.
La cuarta vez, no tocó. Solo entró.
Me encontró en mi cama, mirando el techo, contando las grietas. Había veintitrés grietas visibles desde donde estaba acostado. Me había memorizado cada una durante las últimas seis horas.
Se sentó en la silla de mi escritorio. No habló inmediatamente. Solo se sentó allí, sus manos en su regazo, esperando.
El silencio se extendió. Cinco minutos. Diez. Quince.
Finalmente, habló:
—Cuando tenías cinco años, tuviste pesadillas durante meses. No querías decirme de qué se trataban. Solo llorabas y llorabas cada noche. Tu padre decía que te estaba malcriando al dejarte dormir en nuestra cama, pero yo no podía soportar escucharte asustado. Así que te dejaba venir. Cada noche durante cuatro meses.
Hizo una pausa. Yo seguía mirando el techo.
—Eventualmente me contaste. Las pesadillas eran sobre ser olvidado. Sobre que te dejábamos en algún lugar y nos íbamos a casa sin ti. Sobre gritar nuestros nombres y que no pudiéramos escucharte.
Mi garganta se apretó. Recordaba esas pesadillas. Todavía las tenía a veces, solo que ahora, en las versiones adultas, no gritaba por mamá y papá. Gritaba por nadie en particular porque no había nadie que viniera.
—Pensé que las pesadillas se detendrían cuando crecieras. Pensé que te sentirías seguro. —Su voz se quebró—. Pero nunca te sentiste seguro, ¿verdad? Incluso cuando tu padre y yo estábamos juntos. Incluso cuando la vida era relativamente buena. Algo en ti siempre tuvo miedo de ser abandonado.
—Mamá—
—Y luego tu padre y yo nos divorciamos. Y yo… yo te abandoné. No físicamente. Estaba aquí. Pero no realmente aquí. Estaba tan perdida en mi propio dolor que no vi el tuyo. Y cuando tu padre murió, te abandoné de nuevo. Cuando más me necesitabas, me encerré.
Las lágrimas corrían por su rostro ahora, imparables.
—Así que encontraste gente que no te abandonaría. Gente que te veía. Que te hacía sentir parte de algo. No te culpo por eso, Kaid. Te entiendo. —Respiró profundo, temblando—. Pero esa gente, quienquiera que sean, te están destruyendo. Puedo verlo. Y tengo tanto miedo de que un día toques mi puerta y no estés allí. Que hayas desaparecido en ese mundo y nunca vuelvas.
Finalmente miré hacia ella. Su rostro estaba devastado, envejecido por meses de preocupación que había ignorado, había fingido no ver porque era más fácil fingir que ella no se preocupaba que enfrentar que sí lo hacía.
—No puedo parar —dije, mi voz apenas un susurro—. Aunque quisiera. Hay cosas… hay deudas. Hay gente que me mataría si intento irme.
Vi el miedo cruzar su rostro, seguido por algo más fuerte: determinación.
—Entonces nos vamos. Los dos. Esta noche. Empacamos lo que podemos llevar y vamos a algún lugar donde no puedan encontrarnos.
—Mamá, no puedes—
—Puedo. Lo haré. —Se arrodilló junto a mi cama, agarrando mi mano—. Kaid, escúchame. No me importa el trabajo. No me importa esta casa. No me importa nada excepto mantenerte vivo. Si tenemos que comenzar de nuevo sin nada, lo haré. Pero no te dejaré morir por orgullo o miedo o cualquier razón estúpida por la que la gente deja que el mal las consuma.
Quería decir sí. Dios, qué desesperadamente quería decir sí. Imaginé una vida diferente: mamá y yo en una ciudad nueva, en un pequeño apartamento, ambos trabajando en empleos normales, reconstruyendo lentamente algo parecido a la normalidad.
Pero entonces pensé en Vega. En sus conexiones, sus recursos, su promesa de que si algo pasaba con su producto, pasaría cada día haciéndonos desear estar muertos.
Y pensé en Illt. En Astrid. En Wayng y Bund y incluso Ripper. El grupo que me había salvado cuando estaba ahogándome en soledad, que me había dado propósito cuando no tenía ninguno, que se había convertido en la única familia que funcionaba.
Correr no solo nos pondría en peligro a mamá y a mí. Los pondría en peligro a ellos también. Porque Vega vendría por ellos primero, buscando información, buscando el producto, buscando cualquier forma de encontrarme.
—No podemos —dije finalmente—. Mamá, lo juro, si hubiera una forma de salir, la tomaría. Pero no la hay. No sin hacer que la gente que me importa muera.
—La gente que te importa ya te está matando —dijo, su voz desesperada—. Kaid, por favor. Por favor.
—Lo siento —susurré—. Lo siento mucho.
Se quedó arrodillada allí por un largo momento, luego se levantó lentamente. Caminó hacia la puerta, se detuvo con su mano en el pomo.
—Cuando esto termine —dijo sin girarse—, cuando estés listo para salir, estaré aquí. Sin importar cuánto tiempo tome. Sin importar qué tan malo se ponga. Estaré aquí.
Salió, cerrando la puerta suavemente detrás de ella.
Me quedé solo con mis veintitrés grietas en el techo y la comprensión de que acababa de rechazar mi última salida real de este camino.
El tercer día, volví a la esquina. No porque tuviera que hacerlo—Illt había dicho que actuáramos normal, que no hiciéramos nada. Pero quedarme en casa significaba quedarse solo con mis pensamientos, y mis pensamientos eran más oscuros que cualquier cosa que el mundo exterior pudiera ofrecer.
Astrid ya estaba allí cuando llegué, sentada contra la pared con sus rodillas abrazadas a su pecho. Se veía más pequeña que de costumbre, más joven, más asustada.
—Hola —dije, deslizándome hacia abajo a su lado.
—Hola.
Nos sentamos en silencio durante un rato. No era el silencio cómodo de antes. Era el silencio de dos personas que habían visto la muerte venir y no sabían cómo hablar de ello.
—¿Crees que sobreviviremos a esto? —preguntó finalmente.
—No lo sé.
—Honesto. —Una sonrisa pequeña, triste—. Eso es más de lo que Illt nos daría.
—Illt tiene que ser optimista. Es el líder. Si él duda, todos dudamos.
—¿Y dudas tú?
Consideré mentir. Consideré darle la respuesta que se suponía debía dar, la que mantendría la moral, que mantendría al grupo unido.
En cambio, dije la verdad:
—Todo el tiempo. Dudo cada decisión que he tomado desde que conocí a Illt. Dudo que esto termine bien. Dudo que haya una salida que no involucre cárcel o muerte.
—Entonces, ¿por qué te quedas?
—Porque dudando aquí es mejor que estar seguro y solo.
Astrid asintió como si eso tuviera perfecto sentido. Tal vez lo tenía.
—Mi madre —dijo después de un momento— solía decir que los humanos no estamos hechos para estar solos. Que incluso la peor compañía es mejor que ninguna compañía. Solía pensar que era estúpido. Ahora lo entiendo.
—¿Extrañas a tu madre?
—Todos los días. —Miró sus manos—. Incluso sabiendo cómo era, cómo me trataba, todavía la extraño. ¿No es eso jodido? Extrañar a alguien que te lastimó más que ayudarte.
—No es jodido. Es humano.
—Tal vez ser humano es estar jodido. —Se rió, pero no había humor en el sonido—. Tal vez por eso Illt está tan decidido a convertirnos en otra cosa. En lobos, dice. Pero creo que solo quiere que dejemos de doler.
Wayng llegó entonces, seguido por Bund. Luego Ripper. Pero no Illt. Era extraño—Illt siempre era el primero. Siempre.
Esperamos una hora. Luego dos.
Mi teléfono finalmente vibró. Un mensaje de Illt: “No puedo hoy. Manejando algo. Manténganse juntos. Manténganse seguros.”
—¿Qué está manejando? —preguntó Wayng, leyendo por encima de mi hombro.
—No lo sé.
—No me gusta esto —dijo Bund, cerrando su libro—. Illt nunca es críptico. Siempre explica. Si no está explicando, significa que es algo que no quiere que sepamos.
—¿O algo que no puede decirnos? —sugirió Astrid—. Tal vez está con Vega. Tal vez está manejando la situación con el producto.
—¿O tal vez está haciendo un trato que nos excluye? —Ripper habló por primera vez, su voz sospechosa—. ¿Tal vez está salvando su propio pellejo?
—Illt no haría eso —dije, pero incluso yo no sonaba convencido.
—¿No? —Ripper se giró hacia mí—. Kaid, despierta. Todos harían eso. Llegado el momento, cuando es tu vida o la de ellos, todos eligen la suya. Eso no es maldad. Es supervivencia.
—Illt nos trajo aquí —argüí—. Nos salvó. A todos nosotros. ¿Por qué haría eso solo para traicionarnos ahora?
—Porque entonces éramos útiles. Ahora somos un riesgo. —Bund habló clínicamente, sin emoción—. Ripper tiene razón. Desde una perspectiva puramente lógica, sacrificarnos a nosotros para salvarse a sí mismo es la jugada inteligente.
—Ustedes no conocen a Illt como yo —dijo Astrid, su voz subiendo—. Él me salvó cuando nadie más lo haría. Me alimentó. Me protegió. No de utilidad. De bondad.
—¿O de posesión? —preguntó Wayng suavemente—. Astrid, te amo como hermana. Pero tienes que preguntarte: ¿Illt te salvó porque eres valiosa, o porque eres leal? Porque lealtad es útil. Lealtad es controlable.
Vi a Astrid procesar esto, vi su fe en Illt sacudirse pero no romperse. No todavía.
—Están equivocados —dijo finalmente—. Todos ustedes. Illt no es perfecto. Pero no nos traicionaría. No puede.
—¿Por qué no puede? —presionó Ripper.
—Porque nos ama. —Lágrimas llenaron sus ojos—. Sé cómo suena. Sé cómo me veo, defendiendo a alguien que tal vez no lo merece. Pero juro, él nos ama. A su manera jodida y rota, pero nos ama.
Nadie respondió. Porque todos queríamos creer eso. Todos necesitábamos creer eso. Porque si Illt no nos amaba, si todo esto era solo manipulación y uso, entonces ¿qué éramos nosotros? ¿Qué habíamos sacrificado todo para convertirmos en parte de?
Nos separamos temprano ese día, cada uno perdido en sus propias dudas, sus propios miedos.
Caminé a casa tomando la ruta más larga, procesando lo que Ripper y Bund habían dicho. ¿Realmente Illt nos traicionaría? ¿Era capaz de eso?
Y la pregunta más aterradora: Si lo hacía, ¿lo culparía? ¿O entendería que en este mundo que habíamos elegido, traición era solo otra palabra para supervivencia?
El séptimo día, Illt finalmente reapareció.
Se veía cansado. No solo físicamente cansado—mentalmente agotado, como si no hubiera dormido en días, como si hubiera estado cargando un peso que finalmente estaba a punto de aplastar.
—¿Dónde estabas? —preguntó Astrid, corriendo hacia él.
—Manejando cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas que nos mantendrán vivos. —Se sentó pesadamente, encendiendo un cigarrillo con manos que temblaban ligeramente—. Reuní a todos. Necesitamos hablar.
Tardó una hora reunir al grupo completo. Incluso Haden vino, aunque se quedó en las sombras, siempre preparado para huir.
Illt nos miró a cada uno, su expresión ilegible.
—He estado negociando con Vega. Tratando de comprar más tiempo, mejores términos, algo. —Exhaló humo—. No funcionó. Quiere el producto en una semana. No dos. Una.
—¿Por qué el cambio? —preguntó Bund.
—Presión. La competencia está moviéndose más agresivamente. Necesita ese producto en las calles ahora o pierde territorio. Y cuando hombres como Vega pierden territorio, se ponen… impredecibles.
—¿Impredecibles cómo? —Wayng se inclinó hacia adelante.
—Impredecibles del tipo que mata mensajeros para hacer un punto. —Illt nos miró directamente—. Así que necesitamos recuperar ese producto. Ahora. Hoy, si es posible.
—El edificio aún está siendo vigilado —señaló Bund—. Fui a verificar ayer. Al menos dos autos, turnándose cada seis horas.
—Lo sé. Por eso necesitamos un plan diferente. —Illt desplegó un mapa marcado con sus propios símbolos—. No podemos entrar por el frente. No podemos usar las escaleras principales. Pero hay un túnel de mantenimiento en el sótano que conecta con el edificio al lado. Si entramos por allí, subimos a través de los ductos de ventilación, podemos alcanzar el tercer piso sin ser vistos.
—¿Ductos de ventilación? —Astrid sonó escéptica—. Illt, eso es de las películas. En la vida real, esos ductos no pueden soportar peso humano.
—Estos pueden. Los verifiqué. El edificio iba a ser un hospital antes de que la construcción se detuviera. Los ductos están reforzados para flujo de aire médico. Pueden aguantar peso.
—¿Los verificaste cómo? —preguntó Haden desde las sombras.
—Entré anoche. Solo. Para estar seguro de que funcionaría antes de arriesgar a todos ustedes.
Algo en la expresión de Astrid se suavizó. Aquí estaba su prueba: Illt arriesgándose primero, arriesgando su propia vida antes de pedir a otros que arriesgaran las suyas.
—¿Cuántos necesitamos para la recuperación? —pregunté.
—Cuatro. Pequeño equipo, movimiento rápido. Yo, Wayng, Kaid, y… —miró alrededor—… Astrid.
—¿Por qué yo? —preguntó Astrid—. Soy la más pequeña. No puedo cargar tanto como Ripper.
—Exactamente. Eres la más pequeña. Si algo sale mal, si los ductos son más frágiles de lo que pensé, tu peso es menos probable que los colapse. Y confío en ti más que en nadie excepto Wayng.
Vi el impacto de esas palabras en Astrid. Validación. Confianza. Amor, en la forma en que Illt podía expresarlo.
—¿Cuándo? —preguntó ella.
—Esta noche. Medianoche. La vigilancia cambia turnos entonces, tendremos una ventana de diez minutos donde están menos atentos.
—¿Diez minutos para entrar, subir tres pisos, encontrar el producto y salir? —Bund parecía escéptico—. Eso es ajustado.
—Por eso lo practicamos ahora. —Illt se levantó—. Todos. Vamos a ese edificio. Practicamos la ruta. Cronometramos cada segundo. No improvisamos esta noche. No hay margen para error.
Pasamos las siguientes cinco horas practicando. Illt nos llevó al edificio adyacente—uno que él de alguna manera había ganado acceso, no pregunté cómo. Nos mostró el túnel de mantenimiento: estrecho, oscuro, oliendo a moho y agua estancada.
Nos arrastramos a través de él. Mi tobillo protestó con cada movimiento, pero lo ignoré. El dolor era menos importante que la supervivencia.
Los ductos de ventilación eran exactamente como Illt había descrito: reforzados, más anchos que los normales, capaces de soportar peso. Pero aun así, arrastrarse a través de ellos era claustrofóbico, aterrorizante. Metal presionando desde todos los lados. Oscuridad total excepto por nuestras linternas. El sonido de nuestra respiración amplificado, haciendo eco.
—¿Qué pasa si alguien tiene un ataque de pánico aquí? —preguntó Astrid, su voz tensa.
—Entonces los dejamos atrás —dijo Illt sin emoción—. Suena duro. Pero si alguien se congela en estos ductos, bloquean la salida para todos. No podemos arriesgar eso.
—¿Me dejarías a mí? —preguntó Astrid.
Illt no respondió de inmediato. Cuando finalmente habló, su voz era más suave:
—Esperaría tanto como pudiera. Pero si te congelabas ponía en peligro a Wayng o Kaid, sí. Te dejaría. Porque dos vidas son más valiosas que una.
—Gracias por la honestidad, supongo.
—Siempre seré honesto contigo. Especialmente sobre las cosas difíciles.
Practicamos la ruta cinco veces. Para el quinto intento, habíamos reducido el tiempo a ocho minutos desde la entrada hasta llegar al tercer piso. Dos minutos completos dentro de nuestra ventana.
—Bien —dijo Illt—. Esto es lo que haremos esta noche. Bund, Ripper, Haden—ustedes son vigilancia externa. Si algo sale mal, nos avisan. Si la policía aparece, si Vega aparece, si cualquier cosa parece mal, nos gritan y corremos.
—¿Y el producto? —preguntó Ripper.
—Lo dejamos. El producto puede reemplazarse. Nosotros no.
Era la primera vez que escuchaba a Illt priorizar vidas sobre dinero. Tal vez Astrid tenía razón. Tal vez él nos amaba, a su manera.
O tal vez solo nos necesitaba vivos para futuros trabajos.
Esa duda, sembrada por la conversación anterior, había echado raíces. Y dudas, una vez plantadas, son casi imposibles de erradicar.
Medianoche vino demasiado rápido y no lo suficientemente rápido.
Nos reunimos dos cuadras del edificio objetivo. Vestidos de negro, linternas en los bolsillos, teléfonos en silencio pero encendidos para comunicación de emergencia.
Bund, Ripper y Haden tomaron posiciones de vigilancia: Bund en el techo de un edificio cercano con vista a la calle principal, Ripper en el callejón sur, Haden en un auto robado listo para recogida de emergencia.
—Recuerden —dijo Illt en el auricular que todos compartíamos—, diez minutos. Si no salimos en diez minutos, asuman que fuimos capturados y dispérsense.
—¿Y si somos capturados? —pregunté.
—Entonces no sabemos nada. Somos solo niños explorando edificios abandonados. No conocemos ningún Vega. No sabemos nada sobre drogas. Mantenemos esa historia sin importar qué.
—¿Funcionará? —Astrid sonó dudosa.
—Probablemente no. Pero es mejor que la verdad.
Wayng fue primero en el túnel. Luego yo. Astrid tercera. Illt último—siempre cubriendo la retaguardia, siempre posicionándose para sacrificio si era necesario.
La oscuridad en el túnel era absoluta. Mi linterna cortaba un delgado rayo a través de ella, pero de alguna manera eso hacía el resto de la oscuridad sentirse más profunda, más viva.
Agua goteaba en alguna parte. Algo raspaba—ratas, probablemente. El olor era peor de lo que recordaba de la práctica: putrefacción y metal y algo dulce y nauseabundo que no quería identificar.
—Sigue moviéndote —susurró Illt detrás de mí—. No pienses. Solo muévete.
Así que me moví. Manos y rodillas a través del agua estancada, a través de telarañas que se pegaban a mi cara, a través del miedo que amenazaba paralizarme.
Llegamos al punto de acceso de ventilación. Wayng lo abrió—había aceitado las bisagras durante la práctica, así que se abrió en silencio. Nos subimos uno por uno.
Los ductos eran aún más estrechos de lo que recordaba. O tal vez era solo que mi miedo los hacía sentir más pequeños. Metal presionando desde arriba, abajo, ambos lados. Moviéndome como una oruga, sin espacio para girar, sin espacio para parar.
—¿Cuánto tiempo? —susurró Astrid adelante de mí.
—Tres minutos —respondió Wayng.
Demasiado lento. Estábamos yendo demasiado lento.
—Necesitamos acelerar —dijo Illt.
Wayng aceleró el ritmo. Yo lo seguí. Mi tobillo gritaba, pero lo ignoré. Astrid jadeaba detrás de mí, hiperventilando ligeramente.
—Astrid, controla tu respiración —instruyó Illt calmadamente—. Inhala cuatro. Aguanta cuatro. Exhala cuatro. Puedes hacer esto.
La escuché tratar de seguir sus instrucciones. Su respiración se ralentizó marginalmente.
Finalmente alcanzamos el punto de salida del tercer piso. Wayng lo abrió, se dejó caer en la habitación abajo. Yo le seguí, aterrizando torpemente en mi tobillo malo, casi gritando del dolor pero mordiéndome el labio justo a tiempo.
Astrid bajó siguiente, luego Illt.
Estábamos en la habitación correcta. Wayng fue directamente al escondite, moviendo escombros con eficiencia practicada.
El producto estaba allí. Intacto. Los dos paquetes de cocaína exactamente como los habíamos dejado.
—Gracias a Dios —susurró Astrid.
—Agradecer después —dijo Illt, agarrando un paquete—. Salida. Ahora.
—Espera —dijo Wayng, su voz repentinamente tensa—. ¿Escuchan eso?
Nos congelamos. Escuchamos.
Voces. Abajo. Subiendo las escaleras.
—Mierda —Illt miró alrededor—. Todos al ducto. Ahora.
—No hay tiempo —dijo Wayng—. Estarán aquí en segundos.
—Entonces escondemos. —Illt empujó el producto de vuelta en el agujero, lo cubrió rápidamente—. Nos separamos. Diferentes habitaciones. No hagamos ruido. Esperamos que pasen.
Nos dispersamos. Wayng a una habitación sur. Astrid al oeste. Yo al este. Illt se quedó con el producto, preparado para destruirlo si era necesario.
Me apreté en un armario oxidado, dejando la puerta entreabierta solo lo suficiente para ver.
Las voces se acercaron. Dos hombres. No policía—sus voces eran demasiado casuales. Criminales, entonces. Probablemente la competencia de Vega.
—…definitivamente vi movimiento aquí antes —decía uno.
—Probablemente ratas. Este lugar está lleno de ellas.
—Ratas del tamaño de humanos?
—Hermano, has estado despierto treinta y seis horas. Estás viendo cosas.
Entraron a la habitación donde Illt se escondía. Vi a través de la grieta en mi puerta: dos hombres, veintitantos, armados con pistolas que colgaban casualmente a sus lados.
Uno caminó directamente hacia donde Illt había cubierto el producto.
Mi corazón dejó de latir.
El hombre se detuvo. Miró hacia abajo. Sus ojos entrecerrados.
—Oye, ¿esto se ve movido para ti?
Su compañero se acercó.
—Mierda, sí. Alguien estuvo aquí.
Empezaron a mover escombros. Más rápido ahora, buscando, sabiendo que algo estaba escondido.
Mis manos temblaban. En mi bolsillo, tenía mi teléfono. Podía llamar a Bund, a Ripper, pedir ayuda. Pero ayuda tomaría minutos. No teníamos minutos.
El hombre movió la última pieza de escombro. Vio los paquetes.
—¡Aquí está! —Su voz triunfante—. Dos kilos. Exactamente lo que dijeron que busca el chico de Vega.
Su compañero sonrió.
—El jefe va a estar feliz. Robamos su producto y su conexión en una noche.
Ellos no sabían que estábamos allí. Pensaban que habían llegado primero. Si solo nos quedábamos escondidos, si solo esperábamos que se fueran…
Pero entonces el primer hombre se giró.
Y vio a Illt.
Illt había salido de su escondite, parado en la puerta, bloqueando su salida. Sus manos vacías, sus ojos fríos, su postura relajada de una manera que era más aterradora que tensión.
—Ese producto no es tuyo —dijo Illt calmadamente.
Los dos hombres se giraron, levantando sus armas.
—Niño, sal de aquí antes de que te lastimes —dijo uno.
—No puedo hacer eso.
—Entonces muere, supongo.
Todo pasó en segundos.
El hombre levantó su pistola, apuntando a Illt. Su dedo empezó a apretar el gatillo.
Y Ripper salió de las sombras detrás de él.
No supe cómo Ripper llegó allí tan rápido. No supe cómo supo que lo necesitábamos. Pero estaba allí, su navaja destellando en la oscuridad, atravesando la espalda del primer hombre antes de que pudiera disparar.
El hombre gritó, cayendo. Su compañero se giró, tratando de apuntar a Ripper, pero Wayng ya se movía, golpeándole desde el lado, haciendo volar la pistola de su mano.
El segundo hombre corrió. Simplemente se giró y corrió, dejando a su compañero sangrando en el suelo, dejando el producto, dejando todo.
Nos congelamos, mirando al hombre en el suelo. Aún vivo pero mal herido, sangre encharcándose a su alrededor, su respiración superficial y borboteante.
—Mierda —susurró Astrid, saliendo de su escondite—. Mierda, mierda, mierda.
—Necesitamos irnos —dijo Illt, su voz aún calmada—. Ahora.
—¿Qué hay de él? —Señalé al hombre herido.
—¿Qué hay de él?
—Está muriendo.
—Lo sé. —Illt agarró el producto—. No es nuestro problema.
—Illt, no podemos solo—
—¡Sí podemos! —Su voz finalmente se elevó, rasgándose en los bordes—. Kaid, ese hombre iba a matarme. A matarnos a todos. Ripper lo detuvo. Eso es defensa propia. Pero si nos quedamos, si alguien nos encuentra aquí con él, nos van a cargar por asesinato. ¿Entiendes? No podemos quedarnos.
Miré al hombre. Sus ojos se encontraron con los míos. Aterrizados. Suplicantes. Muriendo.
—Por favor —jadeó—. Ayuda… ayúdenme…
—Lo siento —susurré.
Luego me giré y seguí a Illt hacia el ducto.
Dejamos al hombre allí. Sangrando. Muriendo. Solo.
Escapamos a través de los ductos como animales asustados.
El metal amplificaba cada sonido: nuestras respiraciones entrecortadas, el roce de ropa contra superficies, el goteo constante de mi conciencia. Porque cada segundo que nos arrastrábamos más lejos, ese hombre estaba más cerca de la muerte. Un hombre cuyo nombre nunca sabría. Un hombre cuya cara nunca olvidaría.
Sus ojos. Dios, sus ojos.
Suplicantes. Aterrorizados. Humanos de una manera que era imposible ignorar. No era un criminal abstracto, un enemigo teórico. Era alguien que tenía una vida, una historia, gente que lo extrañaría cuando no volviera a casa.
Y lo dejamos morir.
Mi estómago se retorció. Vomité dentro del ducto, el sonido horrible amplificado en el espacio metálico. Me tragué el resto, mi garganta quemando con ácido y vergüenza.
—Kaid, sigue moviéndote —la voz de Illt, tensa pero controlada.
Seguí. Porque eso es lo que haces cuando cruzas líneas como esta. No te detienes a procesar. No te permites sentir el peso completo de lo que acabas de hacer. Sigues moviéndote porque detenerte significa colapsar, y colapsar significa ser capturado.
Salimos del edificio siete minutos después de entrar. Tres minutos más de lo planeado, pero vivos. Todos vivos.
Excepto ese hombre. Ese hombre definitivamente no estaba vivo.
Nos reunimos con Bund, Ripper y Haden dos cuadras más allá. Haden había movido el auto de recogida—un sedan diferente, robado hace dos horas, imposible de rastrear a nosotros.
—¿Lo tienen? —preguntó Haden.
Illt levantó la mochila conteniendo los dos kilos de cocaína.
—Lo tenemos.
—Bien. Vamos. Ahora.
Entramos al auto. Haden condujo calmadamente, obedeciendo cada luz de tráfico, cada límite de velocidad. Nada que atrajera atención. Nada que sugiriera que llevábamos un millón de dólares en drogas y la sangre de un hombre en nuestras conciencias.
Nadie habló durante el viaje de veinte minutos a nuestro almacén seguro. El silencio era denso, sofocante, lleno de cosas no dichas que todos sabíamos pero nadie quería verbalizar.
Finalmente llegamos. Haden estacionó. Salimos como zombis, moviéndonos mecánicamente.
Dentro del almacén, Illt puso el producto abajo. Lo miró por un largo momento, luego se sentó pesadamente en el suelo, su espalda contra la pared.
—Mañana se lo entregamos a Vega —dijo—. Recogemos nuestro pago. Nos dispersamos durante una semana. Dejamos que las cosas se enfríen. Luego nos reagrupamos y decidimos qué sigue.
—¿Qué sigue? —La voz de Astrid era apenas un susurro—. Illt, un hombre murió esta noche.
—Un hombre que iba a matarme. A matarnos. —Illt levantó la vista, sus ojos agotados—. No pedimos esa confrontación, Astrid. Nos pusieron en esa situación. Ripper hizo lo que tenía que hacer.
Todos miramos a Ripper. Él estaba sentado apartado, limpiando su navaja con un trapo que probablemente estaba más sucio que la hoja. Sus manos no temblaban. Su expresión era vacía, como si acabara de hacer algo tan mundano como lavar platos.
—¿Cómo puedes ser tan calmado? —exploté, la pregunta saliendo más fuerte de lo que pretendía—. Acabas de matar a alguien. ¿Cómo puedes solo… sentarte ahí?
Ripper dejó de limpiar. Me miró con ojos que eran pozos sin fondo.
—Porque no es la primera vez.
El aire salió de la habitación.
—¿Qué? —Astrid se inclinó hacia adelante.
—Tenía trece años. Mi padrastro estaba golpeando a mi madre. Otra vez. Pero esta vez era diferente. Esta vez supe que si no lo detenía, la iba a matar. —Ripper reanudó su limpieza, mecánicamente—. Así que lo detuve. Bate de béisbol. Tres golpes. El tercero no era necesario, pero lo hice de todos modos.
—Jesús —susurró Wayng.
—Autodefensa. Eso es lo que dijeron los tribunales. Menor de edad, abuso documentado, peligro claro. Me dejaron ir con servicio comunitario. —Una risa amarga—. Servicio comunitario por matar a un hombre. Como si limpiar grafiti borrara la sangre de mis manos.
—¿Tu madre? —pregunté.
—Murió de todos modos. Sobredosis, seis meses después. Resulta que él era su dealer además de su abusador. Sin él, encontró producto malo. —Dobló el trapo, guardó su navaja—. Así que aprendí algo esa noche hace cinco años: matar no te hace especial. No te hace monstruo. Solo te hace capaz de sobrevivir. Y en este mundo, supervivencia es lo único que importa.
El silencio que siguió era diferente del anterior. No incómodo, sino pensativo. Todos procesando la revelación de Ripper, viendo su violencia bajo una luz diferente.
—Yo no maté a nadie esta noche —dijo finalmente—. Defendí a mi familia. Esa es la historia. Esa es la verdad. Y si alguno de ustedes tiene problema con eso, pueden irse ahora.
Nadie se fue.
Porque Ripper tenía razón, y todos lo sabíamos. En el mundo que habíamos elegido, violencia no era aberración. Era herramienta. Y sobrevivientes usaban cualquier herramienta necesaria.
Pero saber eso intelectualmente y aceptarlo emocionalmente eran dos cosas diferentes.
—Necesito aire —dije, levantándome.
—Kaid— comenzó Illt.
—Solo necesito un minuto. Solo uno.
Salí antes de que pudiera detenerme.
El aire nocturno era frío, cortante, bienvenido después del calor sofocante del almacén. Respiré profundo, intentando llenar mis pulmones con algo que no fuera culpa.
Wayng salió detrás de mí.
—¿Estás bien?
—No. —No tenía energía para mentir—. ¿Tú?
—Tampoco. —Se recostó contra la pared junto a mí—. Pero estaré bien eventualmente. Tú también.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque somos adaptables. Los humanos son increíblemente adaptables. Podemos acostumbrarnos a casi cualquier cosa si nuestra supervivencia depende de ello. —Encendió un cigarrillo—. Es una bendición y una maldición.
—¿Cuándo nos acostumbramos a esto? —pregunté—. ¿Cuándo dejamos de sentirnos humanos?
Wayng consideró esto por un largo momento.
—Creo que esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿quién decidió que esto no es humano? Los humanos han estado matando desde que existimos. Guerra, autodefensa, ejecuciones, accidentes. La muerte es probablemente la cosa más humana que hay. —Exhaló humo—. Lo que nos hace diferentes no es que no matemos. Es que nos importa cuando lo hacemos. Ese hombre allí atrás —señaló hacia donde habíamos venido— él probablemente mató antes también. Pero apuesto que no perdió el sueño por ello. Nosotros sí. Eso tiene que contar para algo.
—¿Cuenta?
—No lo sé. Tal vez. Tal vez solo nos hace sufridores más conscientes. —Tiró su cigarrillo, lo pisó—. Pero prefiero ser un sufridor consciente que un monstruo inconsciente. Al menos así sé que todavía hay algo en mí que vale la pena salvar.
Me pregunté si yo sentía lo mismo. Si había algo en mí que aún valía la pena salvar, o si las últimas semanas habían quemado todo lo redeemable, dejando solo ceniza y supervivencia.
Astrid salió siguiente. Su rostro estaba manchado de lágrimas.
—Illt dice que tenemos que irnos. Por separado. Dice que no es seguro estar todos juntos esta noche.
—¿A dónde vamos?
—A casa. O donde sea que consideremos casa. —Una risa amarga—. Como si alguno de nosotros tuviera realmente eso.
Nos separamos en direcciones diferentes. Cada uno solo con sus pensamientos, sus miedos, sus culpas.
Caminé a casa cojeando, mi tobillo pulsando con cada paso. Eran las 2:30 AM. Las calles estaban vacías excepto por algunos borrachos tambaleándose de bares cerrados y un hombre sin hogar durmiendo en un portal.
Gente viviendo sus vidas, inconscientes de que a pocas cuadras, un hombre había muerto. Inconscientes de que adolescentes criminales caminaban entre ellos, cargando secretos que los consumirían eventualmente.
La invisibilidad de todo me golpeó. Una persona podía morir y el mundo continuaba. No pausas. No momento de silencio. Solo continuaba, indiferente, eterno.
¿Importaba realmente lo que habíamos hecho? ¿O éramos solo partículas de polvo en un universo que nos olvidaría antes de que nuestros cuerpos se enfriaran?
Esos pensamientos me llevaron a casa. Pensamientos de nihilismo y insignificancia que de alguna manera hacían la culpa más manejable. Porque si nada importaba, si la muerte era solo un evento químico sin consecuencia moral, entonces ¿por qué sentirse mal?
Pero esa línea de pensamiento era peligrosa. Era la misma lógica que hombres como Vega usaban para justificar cualquier cosa. La misma pendiente resbaladiza que convertía humanos en monstruos.
Llegué a casa y encontré todas las luces encendidas.
Mamá estaba en la sala, aún vestida, claramente despierta desde que me fui. Su rostro cuando me vio—alivio mezclado con terror mezclado con algo que no podía identificar.
—Estás bien —dijo, levantándose rápidamente.
—Estoy bien.
—Estás mintiendo. —Caminó hacia mí, sus ojos escaneando mi cuerpo buscando heridas—. Tienes sangre en tu ropa.
Miré hacia abajo. Tenía razón. Salpicaduras en mi sudadera, apenas visibles contra la tela oscura pero definitivamente ahí. Sangre de ese hombre. Evidencia física de mi participación en su muerte.
—No es mía —dije.
—Lo sé. Eso es lo que me asusta. —Su voz se quebró—. Kaid, ¿de quién es?
No podía decirle. No podía ponerle esa carga, esa información que la convertía en cómplice de alguna manera, que la forzaba a elegir entre reportarme o protegerme.
—No puedo decirte.
—¿No puedes o no quieres?
—Ambas.
Ella retrocedió, su rostro mostrando el momento en que dejó de intentar alcanzarme. El momento en que aceptó que me había perdido a algo que no podía competir con, no podía entender, no podía salvarme de.
—Vete a tu habitación —dijo quedamente—. Quema esa ropa. Dúchate. Duerme si puedes. Mañana… mañana hablaremos sobre qué hacer.
Subí las escaleras, cada paso pesado con fatiga y horror diferido. En mi habitación, me quité la sudadera, la observé bajo mejor luz. Las salpicaduras eran pequeñas, apenas notables. Pero sabía que estaban ahí. Siempre sabría que estaban ahí.
Las puse en mi lavabo. Encontré cerillas—las que solía usar para velas decorativas en tiempos más simples. Encendí una cerilla, la sostuve sobre la tela.
Luego me detuve.
Quemar la ropa era eliminar evidencia. Era hacer una elección consciente de ocultar mi participación en la muerte de un hombre. Era cruzar otra línea, una que no podía descruzar.
Pero no quemarla significaba mantener evidencia. Significaba arriesgarme a arresto, prisión, destruir la vida de mamá además de la mía.
¿Qué era peor: ocultar un crimen o sufrir las consecuencias de uno que no cometí directamente? Yo no había apuñalado a ese hombre. Ripper lo hizo. Pero estuve allí. Hui. Eso me hacía cómplice de alguna manera.
Encendí la sudadera.
La observé arder en el lavabo, el olor a tela sintética derritiéndose llenando mi habitación. Abrí la ventana, pero el olor persistía—acre, químico, acusatorio.
Cuando las llamas finalmente se apagaron, dejando solo ceniza negra, las lavé por el desagüe. Evidencia desaparecida. Línea cruzada.
Me duché, el agua tan caliente que casi quemaba. Froté mi piel hasta que estuvo roja y en carne viva, intentando lavar algo que no estaba en mi superficie sino incrustado en mi ser.
Finalmente me rendí y salí. Me sequé, me puse ropa limpia, me senté en mi cama.
3:47 AM. El mismo tiempo que tantas noches antes cuando no podía dormir, cuando estaba solo con mis pensamientos y mi dolor.
Pero esta noche era diferente. Esta noche el dolor no era solo mío. Era compartido. Era real. Tenía nombre y cara, aunque nunca sabría el nombre, nunca había conocido la cara realmente excepto por esos pocos segundos de contacto visual.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Astrid:
*¿Estás despierto?*
*Sí*
*Yo tampoco puedo dormir*
*Sigo viendo sus ojos*
*Yo también*
Una pausa larga. Los tres puntos indicando que estaba escribiendo, deteniéndose, comenzando de nuevo.
*¿Crees que era buena persona?*
*¿El hombre?*
*Sí*
*No lo sé. Probablemente no. Iba a matar a Illt*
*Pero tal vez tenía razones. Tal vez Vega mató a su hermano. O su padre. Tal vez estaba buscando venganza, no poder*
No tenía respuesta para eso. Porque tenía razón—no sabíamos nada sobre ese hombre excepto que murió asustado y solo por nuestra culpa.
*Astrid, estás torturándote*
*Bien. Tal vez debería. Tal vez tortura es apropiada*
*No te ayuda*
*Nada ayuda. Nada deshace lo que pasó*
Tenía razón. Nada lo desharía. No arrepentimiento, no penitencia, no cantidad de noches sin dormir. Ese hombre estaba muerto. Eventualmente alguien encontraría su cuerpo. Eventualmente gente lo extrañaría. Eventualmente su ausencia crearía ondas en vidas que nunca veríamos, causaría dolor que nunca seríamos responsables.
Y seguiríamos adelante. Porque eso es lo que hacen los sobrevivientes. Siguen adelante, cargando los muertos como peso extra, hasta que el peso se vuelve tan normal que olvidan que alguna vez caminaron ligeros.
*Tengo que ir*
*¿Dónde?*
*A algún lugar. A cualquier lugar. No puedo quedarme quieta o empezaré a gritar*
*Ten cuidado*
*El cuidado ya no importa*
Puso su teléfono offline después de eso. La imaginé caminando por calles vacías, una chica rota buscando algo—redención, castigo, olvido, no sabía qué.
Debería haber ido tras ella. Debería haberme asegurado de que estuviera a salvo. Pero yo también estaba roto, demasiado roto para arreglar a alguien más.
Así que me quedé en mi cama, mirando esas veintitrés grietas en el techo, contándolas una y otra vez hasta que los números perdieron significado y todo lo que quedaba era el conocimiento de que había cruzado un punto sin retorno.
No el trabajo. No el robo de la anciana. No siquiera unirme al grupo.
Esta noche. Dejando a ese hombre morir. Quemando la evidencia. Eligiendo protegerme sobre hacer lo correcto.
Esta noche me convertí en lo que Illt había estado entrenándome para ser desde el principio: un sobreviviente sin líneas restantes que cruzar.
Y lo que más me aterraba no era el horror de esa revelación.
Era el alivio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com