Good kid mAAd city - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: 23 24: 23 Capítulo 23: La Semana de Silencio El primer día sin el grupo se sintió como perder un miembro.
No metafóricamente.
Literalmente así—como si hubiera despertado y descubierto que mi brazo había sido amputado durante la noche.
La ausencia era física, dolorosa, imposible de ignorar.
Me forcé a establecer una rutina.
Rutinas eran seguras.
Rutinas eran normales.
Si podía actuar normal, tal vez podía convencer al mundo—y a mí mismo—de que lo era.
7:00 AM: Despertar.
Aunque “despertar” implicaba haber dormido, y yo mayormente había estado flotando en ese espacio gris entre conciencia e inconsciencia, donde los pensamientos se volvían sueños y los sueños se volvían acusaciones.
7:30 AM: Bajar.
Encontrar a mamá en la cocina, su rostro cuidadosamente neutral, sus ojos gritando preguntas que no hacía en voz alta.
—Buenos días—decía ella.
—Buenos días—respondía yo.
Intercambio transaccional.
Reconocimiento de existencia mutua sin profundidad real.
Como extraños compartiendo un elevador, excepto que el elevador era nuestra casa y el viaje nunca terminaba.
8:00 AM: Ella se iba a trabajar.
Yo me quedaba.
Y entonces comenzaban las horas verdaderas.
Las horas donde no había distracción, no había propósito, solo tiempo extendiéndose como un desierto que tenía que atravesar sin mapa o dirección.
Intenté ver televisión.
Cada programa se sentía absurdo—gente con problemas inventados, finales felices garantizados, un mundo donde las consecuencias eran temporales y el bien siempre triunfaba eventualmente.
Mentiras.
Todas mentiras.
Intenté leer.
Las palabras flotaban en la página, sin sentido, mi cerebro incapaz de procesar narrativa cuando mi propia vida se sentía como ficción escrita mal.
Intenté comer.
La comida sabía a cartón, a ceniza, a nada.
Tres mordidas y mi estómago se rebelaba, amenazando devolver incluso eso.
Mayormente, caminaba.
No a lugares específicos—eso habría requerido propósito, decisión.
Solo caminaba.
Dejaba que mis pies me llevaran donde quisieran, observando la ciudad moverse a mi alrededor como si estuviera detrás de vidrio, separado del mundo real por una barrera invisible.
Vi madres empujando carriolas.
Hombres de negocios apurados hacia reuniones.
Adolescentes yendo a la escuela—mi edad, mi demografía, pero de un universo paralelo donde la normalidad aún era posible.
Una vez, pasé por mi antigua escuela.
Era martes, cerca del mediodía.
Tiempo de almuerzo.
Estudiantes llenando el patio, riéndose, quejándose, existiendo en esa burbuja protegida donde el mayor problema era un examen reprobado o un crush no correspondido.
Busqué a Sebastián y su grupo.
Los encontré cerca de las canchas de básquet, haciendo exactamente lo que probablemente hacían cada día—riendo fuerte, empujándose unos a otros, existiendo en esa masculinidad performativa que requería audiencia constante.
Me pregunté si aún hablaban de mí.
Si yo era todavía la historia—el “huérfano raro” que había desaparecido, proporcionando seis meses de material de burla antes de volverse irrelevante.
O si ya había sido reemplazado por otra víctima, otro objetivo conveniente.
Probablemente lo último.
Los depredadores siempre encuentran nueva presa.
Esa es su naturaleza.
Me alejé antes de que alguien pudiera verme, antes de que pudieran señalar al dropout, al criminal, al chico que solía ser alguien y ahora no era nadie.
El tercer día, visité al gato.
No lo había visto en más de una semana.
Parte de mí esperaba que hubiera desaparecido—muerto, adoptado por otra persona, simplemente ido de la manera en que las cosas en mi vida tendían a desaparecer.
Pero estaba allí.
En el mismo callejón, más flaco de lo que recordaba, su pelaje naranja y blanco opaco por falta de nutrición.
Me vio y maulló.
No el sonido desesperado de antes—un sonido de reconocimiento.
De esperanza.
—Hola—dije, mi voz áspera por falta de uso.
El gato se acercó cautelosamente.
Se frotó contra mi pierna.
El contacto físico—tan simple, tan puro—casi me hizo llorar.
Había traído comida.
Un sándwich de la casa, uno que mamá había hecho y que yo había fingido comer.
Lo rompí en pedazos pequeños, los puse en el suelo.
El gato comió con la urgencia de alguien que no sabía cuándo vendría la siguiente comida.
Entendía esa incertidumbre.
Todos en mi vida la entendíamos.
Me senté contra la pared mientras comía, observándolo, encontrando algo parecido a paz en este simple acto de cuidado.
Aquí, en este callejón, con este gato sin nombre, podía ser solo una persona alimentando a un animal.
No un criminal.
No un cómplice.
Solo alguien haciendo una cosa buena.
—Deberías tener un nombre—dije cuando terminó de comer.
El gato me miró con esos grandes ojos que habían visto demasiado, que entendían hambre y abandono y el tipo de soledad que hace doler los huesos.
—Ceniza—decidí.
No sabía por qué.
Tal vez por el color de su pelaje.
Tal vez por la metáfora—ceniza era lo que quedaba después de que todo se quemaba.
Apropiado para ambos.
Ceniza ronroneó, el sonido quebrado pero real.
Pasé una hora allí, solo sentado, sin pensar, sin planear, simplemente existiendo en este momento donde nada me necesitaba excepto este gato que había elegido confiar en mí a pesar de no tener razón para confiar en nadie.
Cuando finalmente me levanté para irme, Ceniza me siguió hasta el final del callejón, como siempre.
Luego se detuvo, observándome alejarme.
Miré hacia atrás una vez.
El gato aún estaba allí, pequeño y solo contra el cemento sucio.
Una imagen perfecta de lo que todos éramos, realmente.
El cuarto día, rompí mi primera regla.
Illt había dicho sin contacto.
Una semana mínimo.
Déjalos enfriarse.
No crees patrones que alguien pueda rastrear.
Pero a las 3 AM, acostado en mi cama, mirando esas veintitrés grietas que había memorizado como un mapa, no pude soportarlo más.
Necesitaba saber que no estaba solo en esto.
Que los demás también estaban sufriendo, también dudando, también cuestionando cada decisión que nos había llevado aquí.
Envié un mensaje a Astrid: *¿Estás despierta?* Inmediatamente apareció como “escribiendo”.
Luego se detuvo.
Luego comenzó de nuevo.
Finalmente: *Sí* *¿Cómo estás?* *Miente, no lo sé.
¿Tú?* *Igual* Una pausa larga.
Luego: *¿Has salido?* *Para caminar.
Nada más.
¿Tú?* *No.
No puedo.
Sigo sintiendo que todos me miran.
Como si supieran* *Nadie sabe* *Yo sé.
Eso es suficiente* Tenía razón.
El conocimiento era su propia prisión.
No necesitábamos que otros nos juzgaran cuando nos juzgábamos a nosotros mismos más duramente que cualquier tribunal podría.
*Astrid, no podemos pensar así.
Nos volveremos locos* *Tal vez ya estamos locos.
Tal vez esa es la única forma de hacer lo que hicimos* *No lo hicimos.
Ripper lo hizo* *Estuvimos allí.
Lo dejamos.
Huimos.
Eso nos hace cómplices.
Eso nos hace igual de culpables* No tenía argumento contra eso.
Porque tenía razón.
En cualquier sistema moral coherente, estar presente para un asesinato y no reportarlo te hacía cómplice.
Y tomar dinero manchado de sangre como pago te hacía algo peor—no solo cómplice sino beneficiario.
*¿Has pensado en ir a la policía?* pregunté, necesitando saber si era el único considerándolo.
*Todo el tiempo.
Cada hora.
Cada minuto* *¿Pero?* *Pero entonces qué pasa con Illt?
¿Con Wayng?
¿Con todos?
Los traiciono.
Me convierto en soplona.
Y los soplones no duran mucho, Kaid.
Sabes eso* *Sé que vivir con esto tampoco dura mucho* *Entonces estamos atrapados* *Sí* *Odio esto* *Yo también* *Pero no lo suficiente para parar* *No.
No lo suficiente* Esa era la verdad terrible, la que ninguno de nosotros quería enfrentar: odiábamos lo que éramos pero no lo suficiente para cambiar.
Odiábamos las consecuencias pero no lo suficiente para aceptarlas.
Odiábamos la prisión pero amábamos a los otros prisioneros demasiado para escapar.
*Tengo que irme* escribió finalmente.
*Si sigo hablando voy a decir algo que lamentaré* *Como qué?* *Como que te extraño.
Como que eres la única persona que entiende.
Como que si tuviera que hacer todo de nuevo, elegiría el mismo camino porque el camino me llevó al grupo y el grupo es la única familia real que he tenido* Las palabras me golpearon como un puño.
Porque yo sentía lo mismo.
Exactamente lo mismo.
Y ese sentimiento—esa mezcla de amor y autodesprecio—era quizás lo más peligroso de todo.
Porque si amabas tu prisión, nunca escaparías.
*Te entiendo* escribí.
*Te entiendo completamente* *Lo sé.
Por eso duele* Se desconectó después de eso.
Dejándome solo con mis pensamientos y la comprensión de que ninguno de nosotros estaba bien, ninguno de nosotros sería normal de nuevo, y todos lo sabíamos pero pretendíamos que solo necesitábamos tiempo, que las cosas se calmarían, que eventualmente podríamos respirar sin sentir el peso de lo que habíamos hecho.
Mentiras.
Todas mentiras que nos contábamos para sobrevivir un día más.
El quinto día, mamá finalmente quebró.
Llegué a casa de otra de mis caminatas sin rumbo y la encontré en la mesa de la cocina con documentos esparcidos frente a ella.
Formularios.
Folletos.
Aplicaciones.
—¿Qué es todo esto?—pregunté.
—Opciones.—No levantó la vista—.
Escuelas en otras ciudades.
Programas de tratamiento para adolescentes en riesgo.
Consejería familiar.
Incluso una consulta con un abogado criminal por si acaso.
Mi estómago cayó.
—Mamá— —No.
—Finalmente me miró, y su rostro estaba devastado pero determinado—.
No me digas ‘mamá’ en ese tono.
No me digas que estoy sobrereaccionando.
Porque no lo estoy.
Algo está mal.
Terriblemente mal.
Y si no vas a decirme qué es, entonces voy a preparar para cada posibilidad.
—No necesitas hacer esto.
—Sí necesito.
—Se levantó, caminó hacia mí, puso sus manos en mis hombros—.
Kaid, mírame.
Realmente mírame.
Lo hice.
Vi las arrugas que no había notado antes.
El gris en su cabello que había aparecido en los últimos meses.
El cansancio en sus ojos que venía no del trabajo sino de la preocupación que nunca terminaba.
—Eres mi hijo.
Mi único hijo.
Tu padre se fue.
Mi matrimonio fracasó.
Mi carrera está estancada.
Pero tú…
tú eres lo único que importa.
Lo único real.
Y te estoy perdiendo.—Su voz se quebró—.
Cada día, más y más.
Y no puedo solo sentarme y observar sin hacer nada.
—No me estás perdiendo—mentí.
—Sí lo estoy.
Te conozco.
Conozco tu rostro, tu voz, tu forma de moverte.
Y el chico frente a mí ahora…
no eres tú.
Eres alguien que se parece a ti pero que lleva peso que un niño de catorce años no debería cargar.
Catorce.
Había olvidado que aún tenía catorce años.
Me sentía como si tuviera cuarenta.
—Mamá, no puedes arreglar esto.
—Tal vez no.
Pero puedo intentar.
Puedo luchar por ti incluso cuando no pelearás por ti mismo.—Señaló los papeles—.
Entonces esto es lo que va a pasar.
Vamos a mirar estas opciones.
Juntos.
Y vas a elegir algo.
No me importa qué—terapia, nueva escuela, mudarnos a otra ciudad.
Pero vas a elegir una forma de salir de donde sea que estés.
—¿Y si no quiero?
—Entonces haré la elección por ti.
Porque eres menor.
Porque aún soy tu madre.
Y porque prefiero que me odies por salvarte que me ames mientras te observo autodestruir.
Había acero en su voz que nunca había escuchado antes.
Determinación que venía no de enojo sino de amor—el tipo de amor que lucha incluso cuando la pelea parece imposible.
Y parte de mí quería rendirse.
Quería dejar que ella salvara, dejar que ella tomara control, dejar que ella arreglara el desastre que había hecho de mi vida.
Pero la parte más grande—la parte que había sobrevivido estos meses, que se había endurecido en algo que no se rompía fácilmente—sabía que no podía.
Porque salir significaba traicionar al grupo.
Significaba ser el que quebró.
Significaba vivir sabiendo que había abandonado a las únicas personas que me entendían, que me habían salvado cuando estaba ahogándome.
—Dame hasta el fin de semana—dije finalmente—.
Déjame pensar sobre esto.
Realmente pensar.
Y te prometo que tendremos una conversación real.
Honesta.
Sin mentiras.
Mamá me estudió, buscando señales de engaño.
—¿Me prometes?
—Te prometo.
Era una mentira.
Otra mentira apilada sobre la montaña de mentiras que había construido entre nosotros.
Pero era una mentira necesaria, porque la verdad—que ya estaba demasiado profundo, que no había salida que no destruyera todo, que había hecho elecciones que no podían revertirse—habría destrozado lo poco que quedaba de su esperanza.
Ella asintió lentamente, queriendo creer aunque probablemente sabía mejor.
—Fin de semana.
Sábado.
Nos sentamos y hablamos.
De verdad.
—De verdad—repetí.
Subí a mi habitación, cerré la puerta, me deslicé hacia abajo contra ella hasta sentarme en el suelo.
El fin de semana era en dos días.
Dos días para encontrar una forma de salir de esto que no traicionara a nadie, no destruyera todo, no terminara con arresto o muerte o peor.
Dos días para hacer lo imposible.
Me reí.
El sonido salió quebrado, al borde de histeria.
Imposible.
Todo había sido imposible.
Imposible recuperar de la muerte de papá.
Imposible sobrevivir la escuela.
Imposible encontrar pertenencia.
Imposible hacer el trabajo de drogas.
Imposible escapar de esa persecución.
Imposible dejar a ese hombre morir.
Y sin embargo aquí estaba.
Habiendo logrado todos esos imposibles, cada uno dejándome más roto que el anterior.
¿Qué era un imposible más?
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
*Necesitamos hablar.
Todos nosotros.
Mañana.
El lugar usual.
Mediodía.
No opciones.* No estaba firmado, pero reconocí el tono.
Illt.
Algo había pasado.
Algo que requería que rompiéramos el silencio, que nos arriesgáramos a crear el patrón que habíamos estado tratando de evitar.
Mi estómago se apretó.
Las únicas cosas que requerían reunión de emergencia eran cosas malas.
Muy malas.
Respondí: *Estaré allí* Luego me senté en mi piso oscuro, abrazando mis rodillas, esperando que el sol se pusiera para poder pretender intentar dormir, sabiendo que el día siguiente traería nueva crisis, nueva consecuencia, nuevo precio por las elecciones que había hecho.
El sexto día, cuando caminé hacia nuestro punto de encuentro, supe que algo estaba definitivamente mal por la forma en que los demás se veían.
Wayng estaba allí primero, pero no recostado casualmente como de costumbre.
Estaba de pie, rígido, sus ojos escaneando constantemente la calle.
Postura defensiva.
Postura de amenaza.
Bund llegó siguiente, sin su libro por primera vez en…
¿alguna vez?
Sus manos estaban vacías, inquietas, moviéndose como si no supieran qué hacer sin páginas que girar.
Astrid llegó viéndose aún peor que cuando habíamos hablado por mensaje.
Ojeras tan profundas que parecían moretones.
Ropa arrugada como si hubiera dormido en ella—si había dormido del todo.
Ripper estaba de pie apartado, su mano constantemente moviéndose hacia su chaqueta donde presumiblemente aún llevaba su navaja.
Listo para violencia en un segundo, como siempre.
E Illt…
Illt se veía como si hubiera envejecido diez años en seis días.
Se sentó contra nuestra pared usual, fumando, pero sus manos temblaban lo suficiente para ser visible incluso desde distancia.
Su rostro estaba pálido, sudoroso, del tipo de color que viene de noches sin dormir y miedo constante.
—Gracias por venir—dijo cuando todos estábamos reunidos.
Su voz estaba ronca, raspada—.
Sé que dije una semana.
Sé que rompemos el protocolo estando aquí.
Pero necesitaban saber.
—¿Saber qué?—preguntó Wayng, su voz tensa.
Illt tomó otra larga calada de su cigarrillo.
—El hombre que murió.
Lo encontraron.
Todos nos congelamos.
Eso no era sorpresa—sabíamos que eventualmente alguien encontraría el cuerpo.
Pero el tono de Illt sugería que había más.
—¿Y?—presionó Bund.
—Y no fue solo cualquiera quien lo encontró.
Fue la policía.
Punta anónima.
Alguien llamó, les dijo dónde mirar, qué buscar.
Mi sangre se heló.
—¿Quién llamaría?—preguntó Astrid—.
Solo nosotros y ese otro tipo sabían sobre el edificio.
Y el otro tipo corrió.
¿Por qué reportaría?
—Porque—dijo Illt, tirando su cigarrillo y pisándolo con fuerza innecesaria—porque la punta no vino de él.
Vino de nuestro lado.
El silencio que siguió era absoluto.
El tipo de silencio que precede a terremotos, a colapso estructural, al fin de todo.
—Estás diciendo que alguien del grupo llamó a la policía—dijo Wayng lentamente, cada palabra cuidadosa, precisa.
—No del grupo.
No uno de nosotros.
—Illt nos miró a cada uno, evaluando, calculando—.
Haden.
La revelación cayó como una bomba.
—¿Haden?—Ripper se inclinó hacia adelante—.
¿El hombre que nunca está aquí?
¿El que apenas conocemos?
—Exactamente.
El que siempre está en las sombras.
El que sabe cómo desaparecer, cómo cubrir huellas, cómo jugar ambos lados.
—Illt encendió otro cigarrillo con manos aún temblorosas—.
Tengo un contacto en el departamento de policía.
Bajo nivel, pero confiable.
Me dijo que la punta vino de alguien que describió el edificio perfectamente.
Que sabía exactamente dónde buscar el cuerpo.
Que dio suficientes detalles que tuvieron que investigar.
—¿Pero por qué?—pregunté, mi mente corriendo—.
¿Qué ganaría Haden reportándolo?
—Protección.
—La voz de Bund era clínica, ya procesando las implicaciones—.
Si la policía está buscando al asesino, no están buscándolo a él.
Es distracción.
Están tan ocupados investigando el crimen que no notan al informante.
—O—dijo Wayng suavemente—es algo peor.
¿Qué si Haden no solo es informante ocasional?
¿Qué si es informante regular?
¿Qué si ha estado jugando ambos lados este tiempo entero?
La implicación me golpeó como un camión.
Si Haden era informante policial, si había estado reportando nuestras actividades, entonces todo lo que habíamos hecho—cada robo, cada trabajo, cada crimen—potencialmente tenía registro.
Evidencia.
Un caso siendo construido pieza por pieza.
—Mierda—susurró Astrid—.
Mierda, mierda, mierda.
—Hay más—dijo Illt, y de alguna manera su tono se volvió aún más grave—.
Mi contacto dice que están buscando a adolescentes.
Específicamente adolescentes.
Alguien les dijo que el asesino era joven.
Que no estaba solo.
Que era parte de un grupo.
—¿Cuán específico?—preguntó Bund.
—Suficientemente específico que si nos ven juntos, si alguien hace la conexión, estamos todos jodidos.
—Illt se levantó, paseando—.
Por eso necesitaba que todos vinieran.
Por eso rompemos el protocolo.
Porque el protocolo ya está roto.
Haden lo rompió.
Y ahora necesitamos decidir qué hacer al respecto.
—¿Qué podemos hacer?—pregunté—.
Si ya habló con la policía, si ya dio información, es demasiado tarde.
—No es demasiado tarde para protegernos.
—Los ojos de Illt eran duros, calculadores—.
Haden sabe dónde viven algunos de ustedes.
Sabe historias.
Sabe suficiente para guiar una investigación directamente hacia nosotros.
Entonces necesitamos eliminar esa amenaza.
El aire salió de mi pulmón.
—¿Eliminar?—la voz de Astrid era apenas un susurro—.
Illt, ¿qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que Haden es un riesgo.
Un riesgo que crece cada día que está afuera hablando con policías, construyendo un caso contra nosotros.
—Se giró hacia Ripper—.
Necesitamos manejarlo.
Ripper asintió lentamente, entendiendo lo no dicho.
—No.
—Me paré, mi voz más fuerte que mi convicción—.
No.
No podemos…
Illt, estás hablando de matar a alguien.
De matar a uno de los nuestros.
—Ya no es de los nuestros.
Nos traicionó.
Esas son las reglas.
—Illt caminó hacia mí, sus ojos feroces—.
Kaid, entiendo que esto sea difícil.
Entiendo que no querías que las cosas llegaran aquí.
Ninguno de nosotros quería.
Pero aquí estamos.
Y tenemos dos opciones: protegernos o ir a prisión.
¿Qué eliges?
Miré alrededor del círculo.
Wayng evitaba mis ojos.
Bund observaba clínicamente, su cerebro sin duda ya calculando probabilidades de éxito versus falla.
Ripper esperaba órdenes, dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
Astrid me miraba con ojos que suplicaban que dijera algo, que encontrara una tercera opción, que detuviera esto antes de que cruzáramos la línea que nunca podríamos descruzar.
Pero no había tercera opción.
No en este mundo que habíamos elegido, en este camino que habíamos tomado.
—No puedo hacer esto—dije finalmente—.
Lo que pasó en el edificio…
eso fue autodefensa.
Eso fue caos.
Esto es…
esto es premeditado.
Esto es asesinato.
—Esto es supervivencia.
—La voz de Illt era acero—.
Y si no estás con nosotros en esto, entonces estás contra nosotros.
Simple como eso.
—¿Así que ahora me amenazas?
—Afirmo realidades.
—Se acercó, su cara a centímetros de la mía—.
Escucha, Kaid.
Te respeto.
Te quiero como hermano.
Pero el grupo sobrevive.
Siempre.
Por encima de todo.
Si eso significa sacrificar a Haden, lo sacrificamos.
Si eso significa sacrificarte a ti, lo hacemos.
Si eso significa sacrificarme a mí mismo, lo hago.
Esas son las reglas.
Esas son las que acordamos.
—Nunca acordé eso.
—Lo hiciste.
Cuando te uniste.
Cuando tomaste tu primer pago.
Cuando dejaste a ese hombre morir en el edificio.
—Su voz era tranquila ahora, casi gentil—.
No hay salida inocente de esto, Kaid.
No para ninguno de nosotros.
Solo hay sobrevivir juntos o morir separados.
Miré a Astrid.
Ella me devolvió la mirada, su expresión desgarrada entre lealtad al grupo y horror ante lo que estábamos a punto de hacer.
Miré a Wayng, quien finalmente me encontró los ojos y asintió casi imperceptiblemente.
No aprobación.
Entendimiento.
Aceptación de lo inevitable.
Miré a Bund, quien había sacado un pequeño cuaderno y estaba escribiendo—sin duda planificando, calculando, encontrando la forma más eficiente de hacer lo imposible.
Y miré a Ripper, quien ya no nos miraba.
Quien observaba la calle, su mano en su chaqueta, listo para violencia que todos sabíamos que venía.
—¿Cuándo?—pregunté, las palabras saliendo como vidrio de mi garganta.
Illt me estudió por un largo momento, luego asintió.
Reconocimiento de mi rendición.
Aceptación de mi complicidad.
—Esta noche—dijo—.
Antes de que pueda hablar más.
Antes de que haga más daño.
—¿Cómo lo encontramos?
—Haden es predecible de ciertas formas.
Trabaja turnos nocturnos en un almacén en el distrito industrial.
Termina a medianoche, camina a casa tomando la misma ruta cada noche.
—Bund habló sin levantar la vista de su cuaderno—.
Lo he observado.
Por si acaso alguna vez necesitábamos…
información.
“Información.” Qué palabra limpia para vigilancia.
Qué forma educada de decir que habíamos estado preparando para traición, para violencia, para esto.
—Entonces esta noche, medianoche—dijo Illt—.
Wayng, Ripper y yo manejamos el trabajo real.
El resto de ustedes—coartadas.
Estén en lugares visibles, con gente que pueda testificar que estaban allí.
Astrid, ve a ese café que nunca cierras.
Bund, biblioteca.
Kaid— —Voy contigo—dije.
—Kaid— —Voy contigo.
—Mi voz no dejaba espacio para argumento—.
Si vamos a hacer esto, si vamos a cruzar esta línea, entonces lo hago sabiendo exactamente qué es.
No escondiéndome detrás de coartadas.
Frente a ello.
Illt me estudió, luego asintió lentamente.
—Está bien.
Cuatro de nosotros.
Bund, Astrid—coartadas todavía.
El resto—nos reunimos aquí a las 11:30 PM.
Nos dispersamos sin más palabras.
No había nada más que decir.
Las decisiones habían sido tomadas.
Las líneas habían sido cruzadas.
Todo lo que quedaba era seguir adelante y esperar que cuando esto terminara, todavía habría algo de nosotros que valiera la pena salvar.
Caminé a casa en aturdimiento.
El mundo se movía a mi alrededor—autos, gente, vida—pero todo se sentía distante, irreal, como si estuviera caminando bajo agua.
En ocho horas, sería parte de un asesinato.
No autodefensa.
No accidente.
Asesinato premeditado de alguien que había sido parte de nuestro grupo, que nos había ayudado, que había sido llamado familia.
Y la parte más aterradora no era el horror de lo que estaba a punto de hacer.
Era lo fácil que había sido acordar hacerlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com