Good kid mAAd city - Capítulo 27
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: 26 27: 26 Capítulo 26: Tres Días DÍA UNO: DOMINGO Desperté a las 5 AM de una pesadilla donde Haden me perseguía por calles vacías, su cuello sangrando pero aún vivo, aún hablando, preguntándome una y otra vez: “¿Por qué?” No tenía respuesta.
Ni en el sueño ni despierto.
Mamá ya estaba levantada cuando bajé.
Me miró con ojos que habían llorado—podía ver las marcas, el rojo, la hinchazón que ninguna cantidad de agua fría podía esconder completamente.
—¿Dormiste algo?—preguntó.
—Un poco.
¿Tú?
—Un poco.—Vertió café—.
Mentimos ambos.
Me senté en la mesa.
Ella puso una taza frente a mí.
Negro, sin azúcar—había aprendido que yo había dejado de tomar cosas dulces hace meses, aunque nunca le dije por qué.
(Porque las cosas dulces me recordaban a infancia, y infancia me recordaba a ser inocente, y ser inocente era algo que nunca podría ser de nuevo.) —Tenemos que hablar—dijo.
—Lo sé.
—De verdad hablar.
No conversaciones hipotéticas.
No baile alrededor de verdad.
Real, honestidad brutal.
Mi estómago se apretó.
—No puedo— —Puedes.
La pregunta es si quieres.—Se sentó frente a mí—.
Kaid, anoche te vi volver.
Vi tu cara.
Vi la forma en que caminabas, como si cargaras peso que no debería ser posible para alguien tu edad.
Y supe.
Supe que algo irreversible había pasado.
No respondí.
—Así que aquí está lo que voy a hacer.
Voy a hacerte preguntas.
Preguntas específicas.
Y vas a responder con la verdad.
Porque si no lo haces, si sigues mintiéndome, voy a policía yo misma.
¿Entiendes?
Mi sangre se heló.
—No puedes— —Puedo.
Y lo haré.
Porque prefiero que odies vivo que muerto porque no hice nada.—Su voz era acero—.
Así que decide ahora: ¿confías en mí lo suficiente para ser honesto?
¿O te obligo a serlo?
Miré su rostro.
Vi determinación allí, pero también amor.
Amor tan feroz que estaba dispuesta a destruirme para salvarme.
—Pregunta—susurré.
—¿Lastimaste a alguien el viernes por la noche?
Mi garganta se cerró.
Palabras atascarron.
—Sí.
—¿Físicamente lastimaste?
¿O peor?
—Peor.
Vi el impacto golpearla.
Vi su rostro palidecer, sus manos agarrar borde de mesa como si necesitara algo sólido para evitar caer.
—¿Estás solo?
¿O otros están involucrados?
—Otros.
—¿Los amigos que mencionaste?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
Incluyéndome.
—¿Y la persona que lastimaron?
¿Está…?
No podía decirlo.
Ni podía yo.
—Sí—susurré.
El sonido que mamá hizo era animal.
Gutural.
Dolor puro que ninguna palabra podía contener.
Se dobló, su frente tocando mesa, sus hombros sacudiéndose con sollozos que intentaba silenciar.
Quise alcanzarla.
Quise consolarla.
Pero mis manos estaban congeladas en mi regazo, inútiles, manchadas de sangre que solo yo podía ver.
Tardó cinco minutos en poder hablar de nuevo.
—¿Por qué?—preguntó finalmente, su voz áspera.
—Era amenaza.
Había ido a policía.
Iba a exponernos a todos.
—Entonces vayan a policía primero.
Volteen contra él.
Hagan trato.
—No funciona así.
No en nuestro mundo.
—¿Tu mundo?—Levantó la cabeza, sus ojos rojos pero feroces—.
Kaid, tienes catorce años.
No tienes mundo.
Tienes mi mundo.
Tienes el mundo que yo te dí.
Y ese mundo tiene reglas.
Tiene leyes.
Tiene consecuencias.
—Tus reglas no me salvaron.
Tus leyes no me protegieron cuando papá murió.
Cuando bullies me torturaron.
Cuando estaba tan solo que quería morir.—Las palabras salieron en torrente—.
Tu mundo me dejó atrás.
Así que encontré otro.
Y sí, es feo.
Y sí, hice cosas horribles.
Pero al menos allí importo.
Al menos allí soy visto.
—Eres visto aquí— —¡No lo soy!
Trabajas todo el tiempo.
Cuando estás en casa estás cansada o triste o ambas.
No me has preguntado realmente cómo estoy en meses.
Solo asumes que estoy mal y sigues adelante porque es más fácil que enfrentar cuán roto realmente estoy.
El silencio que siguió era absoluto.
Entonces mamá habló, su voz quebrándose: —Tienes razón.
Parpadeé, sorprendido.
—Tienes razón sobre todo—continuó—.
Fallé.
Estuve tan perdida en mi propio dolor después de tu padre que no vi el tuyo.
Te dejé ahogar porque estaba demasiado ocupada ahogándome yo misma.
Y por eso, hiciste elecciones que nunca deberías haber tenido que hacer.
Encontraste familia en lugares que nunca deberías haber tenido que buscar.—Lágrimas corrían por su rostro—.
Pero Kaid, escúchame: nada de eso—nada—justifica asesinato.
Nada.
—Lo sé—susurré—.
Dios, lo sé.
Pero qué hago ahora?
¿Voy a policía?
¿Traiciono a única gente que me mostró lealtad?
¿Me condeno a prisión antes de siquiera vivir?
—Sí.
La palabra simple, definitiva, imposible.
—No puedo— —No es que no puedes.
No quieres.
Hay diferencia.—Se inclinó hacia adelante—.
Kaid, aquí está verdad que necesitas entender: ya estás en prisión.
Tal vez no literalmente, no todavía.
Pero estás atrapado.
Por secretos, por culpa, por lealtad mal colocada.
Y esa prisión solo se volverá más pequeña cada día hasta que no puedas respirar.
—¿Y prisión real es mejor?
—Prisión real tiene fin.
Tiene posibilidad de rehabilitación, de perdón eventualmente.
Esto—lo que estás viviendo ahora—solo tiene más oscuridad.
Quería creerle.
Quería creer que entregar era respuesta, que enfrentar consecuencias traería paz.
Pero entonces pensé en Illt.
En Astrid.
En promesa que había hecho solo ayer de quedarnos juntos, de no rendirnos mutuamente.
—Dame tres días—dije finalmente.
—¿Por qué tres días?
—Porque eso es lo que grupo acordó.
Tres días para decidir qué sigue.
Si dispersarnos o quedarnos juntos.
Si seguir o parar.
—¿Y qué harás en esos tres días?
—Pensar.
Realmente pensar sobre qué quiero.
Sobre si puedo vivir con esto o si necesito confesarlo.
Mamá me estudió por largo momento.
—Tres días.
Pero Kaid, entiende esto: si después de tres días no vienes a mí con plan para arreglar esto, voy a policía yo misma.
Te amo demasiado para observarte destruirte.
—¿Me entregarías?
—En latido de corazón.
Porque vivo con culpa de no salvarte es mejor que vivir con conocimiento de que moriste o fuiste a prisión de por vida porque esperé demasiado.
Era amenaza y promesa y acto de amor todo junto.
—Okay—dije—.
Tres días.
Pasamos resto del día en silencio incómodo.
Mamá en sala, fingiendo ver televisión.
Yo en mi cuarto, mirando techo, contando grietas.
Veintitrés.
Siempre veintitrés.
Me pregunté si en prisión tendría techo que contar.
Si encontraría nuevo patrón que memorizar, nueva forma de marcar tiempo.
Mi teléfono vibró.
Mensaje de Astrid.
*¿Puedo venir?* *¿A dónde?* *A tu casa.
Necesito estar con alguien que entienda* Miré mi puerta cerrada.
Mamá al otro lado, herida y asustada pero aún intentando.
Y Astrid, también herida, también asustada, también sola.
*Okay.
Pero tendrás que conocer a mi mamá* *¿Eso es bueno o malo?* *Ambos* Llegó treinta minutos después.
Cuando abrí puerta, casi no la reconocí.
Había perdido peso que no podía permitirse perder.
Su ropa colgaba floja.
Sus ojos eran pozos sin fondo.
—Hola—dijo.
—Hola.
La dejé entrar.
Mamá apareció de sala, su rostro cuidadosamente neutral.
—Mamá, esta es Astrid.
Astrid, mi mamá.
—Hola, Sra.
Moretti.—Voz de Astrid era pequeña, niña-como.
Mamá la estudió por largo momento.
Vi cálculo sucediendo detrás de sus ojos—esta era una de las personas involucradas, una de las que habían ayudado a matar a alguien.
Pero entonces vi algo más: reconocimiento.
Mamá veía en Astrid lo que yo veía—niña rota fingiendo ser adulta, sobreviviente haciendo lo mejor que podía con herramientas horribles.
—¿Comiste hoy?—preguntó mamá.
Astrid parpadeó, sorprendida.
—Yo…
no, creo que no.
—Siéntate.
Haré algo.
Astrid me miró, confundida.
Yo me encogí de hombros.
No entendía tampoco.
Pero seguimos a mamá a cocina.
Ella hizo sándwiches.
Simples, básicos—pan, queso, tomate.
Puso platos frente a nosotros.
—Come—ordenó.
Obedecimos.
Porque cuando mamá usaba ese tono, obedecías.
Comimos en silencio.
Mamá nos observaba, asegurándose de que termináramos cada bocado.
Cuando terminamos, habló: —Astrid, necesito que respondas pregunta honestamente.
—Okay—dijo Astrid cautelosamente.
—¿Tienes lugar seguro donde quedarte?
—Yo…
sí.
Más o menos.
Hay edificio donde algunos de nosotros— —No pregunté sobre ‘nosotros’.
Pregunté sobre ti.
¿Tienes lugar que es seguro?
¿Donde no tienes que preocuparte sobre violencia o ser expulsada o no tener comida?
Silencio.
—No—admitió finalmente Astrid.
Mamá asintió como si hubiera confirmado sospecha.
—Entonces esto es lo que va a pasar.
Puedes quedarte aquí.
Cuarto de invitados.
No es elegante pero es limpio y cálido.
—Sra.
Moretti, no puedo— —Puedes.
Y lo harás.
Porque seas lo que seas que hayas hecho, aún eres niña.
Y niños merecen techo sobre sus cabezas.—Miró entre nosotros dos—.
Ambos merecen eso.
Vi a Astrid quebrarse.
No dramáticamente.
Solo pequeño colapso—hombros hundiéndose, ojos llenándose, labio temblando.
—¿Por qué?—susurró—.
¿Por qué serías amable conmigo cuando sabe lo que hice?
—Porque amabilidad no es sobre merecer.
Es sobre necesitar.
Y claramente necesitas.
Astrid lloró entonces.
Sollozos reales que sonaban como se habían estado guardando por meses.
Mamá se movió alrededor de mesa, la abrazó.
Dejó a esta extraña—esta criminal, esta asesina—llorar en su hombro mientras murmuraba cosas tranquilizadoras que probablemente no ayudaban pero que se sentían necesarias de todos modos.
Miré esta escena—mi madre consolando a mi cómplice—y algo en mí se movió.
Algo que había estado congelado desde la noche que murió papá comenzó a descongelarse.
Porque esto era lo que familia real hacía.
No solo te protegía cuando eras bueno.
Te sostenía cuando estabas roto.
Astrid se quedó esa noche.
Y siguiente.
Y siguiente.
Tres días que debían ser sobre decidir qué hacer se volvieron sobre algo más: aprender a ser humanos de nuevo.
— **DÍA DOS: LUNES** Desperté y encontré a Astrid ya en cocina con mamá, ayudando con desayuno.
Parecían cómodas juntas de forma que me sorprendió.
—Buenos días—dije.
—Buenos—ambas respondieron.
Comimos juntos.
Huevos revueltos, tostadas, fruta.
Comida simple que sabía como normalidad.
—Necesito ir a trabajar—dijo mamá después—.
Pero Astrid, te dejé ropa limpia en tu cuarto.
Y Kaid, hay comida en refrigerador si tienes hambre más tarde.
—Espera—dije—.
¿Solo nos vas a dejar solos?
—Sí.
—¿No tienes miedo de que…
no sé, hagamos algo estúpido?
Mamá me miró con expresión que no podía leer.
—Confío en que tomarás decisiones correctas.
Ambos.—Besó mi frente—.
Nos vemos esta noche.
Se fue, dejándonos en silencio incómodo.
—Tu mamá es rara—dijo Astrid finalmente.
—Sí.
—Pero buen tipo de rara.
Como, genuinamente se preocupa tipo de rara.
—Sí.
—¿Siempre fue así?
—No.
Se cerró después del divorcio.
Empeoró después de que papá murió.
Solo recientemente—como, últimos días—comenzó a pelear de nuevo.
A intentar alcanzarme.
—Debes ser afortunado.
—¿Afortunado?
—Tener mamá que pelea por ti.
Mía me abandonó hace años.
Eligió drogas sobre mí cada vez.—Astrid jugueteó con su tenedor—.
¿Por qué tu mamá me está dejando quedar?
Sabe lo que hice.
Debería odiarme.
—Creo que te ve como me ve a mí.
Como víctima tanto como perpetradora.
—¿Somos víctimas?
Era buena pregunta.
¿Éramos víctimas de circunstancia, de trauma, de sistemas que fallaron en protegernos?
¿O éramos solo criminales que usaban pasados duros como excusas para elecciones malas?
—No lo sé—admití—.
Creo que somos ambas.
Y ninguna.
Pasamos mañana haciendo nada.
Viendo televisión sin realmente verla.
Hablando sobre cosas sin importancia.
Evitando la conversación real que necesitábamos tener.
Finalmente, cerca de mediodía, Astrid habló: —¿Vas a entregarnos?
—¿Qué?
—A policía.
Tu mamá te dio tres días para decidir, ¿verdad?
¿Vas a entregarnos?
—No lo sé.
¿Tú?
—No.
Nunca.—Su voz era firme—.
Illt me salvó.
Me dio familia cuando no tenía nada.
Traicionarlo sería…
no puedo.
—Incluso si significa que vas a prisión eventualmente?
—Incluso entonces.—Miró sus manos—.
Kaid, he estado pensando.
Sobre lo que dijiste en reunión.
Sobre cómo grupo es familia.
Y tienes razón.
Ellos son mi familia.
Solo familia real que he tenido.
—Familia no te hace matar gente.
—Familia real haría cualquier cosa para protegerte.
Incluyendo cosas horribles.
—Eso es…
esa es lógica retorcida.
—Tal vez.
Pero es mi lógica.
Es lo que puedo vivir con.—Pausó—.
¿Qué puedes vivir tú?
Pensé en mamá.
En su amenaza de ir a policía si yo no lo hacía.
En tres días que rápidamente se agotaban.
Pensé en grupo.
En lealtad que predicábamos pero que se estaba fracturando bajo presión.
Pensé en Haden.
En su cara.
En su hermana.
—No puedo vivir con esto—dije finalmente—.
Pero tampoco puedo vivir traicionando.
Así que estoy atrapado.
—¿Y si no estuvieras atrapado?
¿Si hubiera tercera opción?
—¿Como qué?
—Como…
y si grupo terminara.
De verdad terminara.
No dispersión.
Fin completo.
Todos van caminos separados.
Prometen nunca hablar de nuevo.
Nunca verse de nuevo.
—¿Y eso ayuda cómo?
—Porque entonces no estás traicionando.
Estás dejando.
Hay diferencia.
Consideré esto.
—Illt nunca aceptaría— —Tal vez sí.
Si entiende que alternativa es que alguien finalmente quiebre y hable.
Que grupo manteniéndose junto es más riesgoso que dispersarse.
—¿Y qué hay de ti?
¿Podrías dejarlo?
Silencio largo.
—No lo sé—admitió—.
Illt es…
es complicado.
Me salvó.
Pero también me arrastró más profundo en esto.
No sé si lo amo o lo temo.
Tal vez ambos.
—Eso no es amor.
—Tal vez no.
Pero es lo único que tengo.
Esas palabras me persiguieron resto del día.
Por la noche, cuando mamá volvió, nos encontró a ambos en sala, viendo noticias.
Había historia sobre cuerpo encontrado.
Hombre no identificado, treinta y tantos, apuñalado.
Policía buscaba información.
No era Haden.
Era hombre de edificio.
El que Ripper había matado.
Pero ver historia—ver cómo reducían vida humana a estadística, a problema por resolver—hizo todo demasiado real.
—Apaga eso—dijo mamá suavemente.
Obedecí.
Nos sentamos en silencio hasta que mamá habló: —Dos días quedan.
¿Han pensado sobre qué van a hacer?
—Sí—dijo Astrid—.
Creo que voy a hablar con Illt.
Intentar convencerlo de terminar grupo.
Dejar que todos sigan adelante.
—¿Y tú?—Mamá me miró.
—No lo sé todavía.
Pero lo sabré para mañana.
—Bien.—Se levantó—.
Voy a hacer cena.
Astrid, ¿puedes ayudar?
Las observé trabajar juntas—este par extraño de mamá herida y criminal arrepentida, encontrando consuelo en acto simple de cocinar.
Y me pregunté: si hubiera venido a mamá antes, si hubiera confiado en ella cuando todo comenzó, ¿habría terminado aquí?
Probablemente no.
Pero no había forma de saber seguro.
Solo había ahora.
Y elección que tenía que hacer.
— **DÍA TRES: MARTES** El día final llegó demasiado rápido.
Desperté sabiendo que hoy, de una forma u otra, todo cambiaría.
Encontré nota de mamá en cocina: *Tuve que ir temprano a trabajo.
Emergencia en hospital.
Estaré de vuelta esta noche.
Por favor, por favor, tomen decisiones correctas.
Los amo a ambos.
—Mamá* Astrid ya estaba despierta, sentada en mesa con café.
—Hoy es el día—dijo.
—Sí.
—¿Sabes qué vas a hacer?
—No.
¿Tú?
—Voy a reunirme con Illt.
Intentar convencerlo de terminar esto.
De dejar que todos seamos libres.
—¿Y si dice que no?
—Entonces supongo que aprendo a vivir como fugitiva.
Intenté sonreír, pero no llegó a mis ojos.
Mi teléfono vibró.
Mensaje de Illt: *Reunión.
2 PM.
Lugar usual.
Decisión final.* Lo mostré a Astrid.
—Supongo que es ahora o nunca—dijo.
Pasamos mañana preparándonos.
Astrid se duchó, se vistió con ropa que mamá había dejado.
Se veía diferente en ropa limpia, normal.
Se veía como chica que debía estar en escuela, no en reunión de pandilla criminal.
—¿Estás asustada?—pregunté.
—Aterrorizada.
¿Tú?
—Sí.
—Bien.
Miedo significa que aún te importa.
Significa que aún estás vivo.
Caminamos juntos hacia punto de encuentro.
Silencio entre nosotros no era incómodo.
Era entendimiento.
Reconocimiento de que sin importar qué pasara siguiente, habíamos compartido algo—horror, culpa, el peso de secreto que nunca podríamos soltar completamente.
Los demás ya estaban allí cuando llegamos.
Illt, Wayng, Bund, Ripper.
Todos viéndose tan destrozados como Astrid y yo.
—Gracias por venir—dijo Illt—.
Sé que fueron tres días difíciles para todos.
Sé que todos han estado pensando, decidiendo, luchando con esto.
Asentimos.
—Así que seamos honestos.
Completamente honestos por primera vez tal vez.—Miró cada rostro—.
¿Quién aquí puede seguir haciendo esto?
¿Quién puede continuar siendo parte de este grupo?
Silencio.
Entonces Ripper habló: —No puedo.
Pensé que podía.
Pero matar a Haden—eso fue diferente.
Fue premeditado.
Y no puedo…
no quiero ser persona que hace eso fácilmente.
Sorpresa registró en cada rostro.
—¿Ripper?—Wayng se inclinó hacia adelante—.
¿Tú eres quien está dudando?
—Maté dos personas ahora.
Ambas con mis manos.
Y sí, primera fue autodefensa.
Y sí, segunda fue por grupo.
Pero están muertos de todos modos.
Y cargo eso.
Y no quiero cargar más.
Su honestidad era impactante.
Brutal.
Real.
—Yo tampoco puedo—dijo Bund—.
Lo pensé lógicamente.
Hice matemáticas.
Y conclusión es clara: eventualmente, nos atraparán.
Tal vez meses.
Tal vez años.
Pero nos atraparán.
Y cuando lo hagan, todo esto—todo lo que construimos—será nada.
Así que mejor terminar en nuestros términos.
—Astrid?—Illt la miró—.
¿Tú?
—Vine aquí para decirte que te amo.
Que eres familia que nunca tuve.
Que haría cualquier cosa por ti.—Lágrimas corrían por su rostro—.
Pero Illt, no puedo hacer esto más.
No puedo seguir matando.
No puedo seguir huyendo.
No puedo seguir siendo fantasma en mi propia vida.
Illt se cerró.
Vi dolor cruzar su rostro, rápido pero real.
—¿Wayng?—preguntó.
—Hermano, sabes que te seguiría a cualquier parte.
Pero creo que todos necesitamos ir a partes diferentes ahora.
Por nuestro bien.
Solo quedaba yo.
—Kaid?—La voz de Illt era tranquila—.
¿Qué dices tú?
Miré alrededor del círculo.
Estos criminales, estos asesinos, estos niños rotos fingiendo ser adultos.
Mi familia elegida.
Mi prisión elegida.
—Creo que grupo termina aquí—dije finalmente—.
Creo que nos separamos.
Vamos caminos diferentes.
Intentamos construir vidas que no estén hechas de secretos y sangre.
—¿Y si no puedo dejarlo ir?—preguntó Illt—.
¿Si ustedes son todo lo que tengo?
—Entonces encuentras otra cosa—dijo Astrid suavemente—.
Como tendremos que hacer todos.
Illt miró abajo por largo tiempo.
Cuando levantó la vista, sus ojos estaban mojados.
—Okay—dijo—.
Okay.
Grupo termina.
Todos vamos caminos separados.
Prometemos nunca hablar de esto de nuevo.
Nunca contactarnos mutuamente.
Vivimos como si esto nunca pasara.
—¿Y Haden?—pregunté—.
¿Y el otro hombre?
—Cargamos eso.
Solo.
Para siempre.
Ese es precio de elección que hicimos.
—¿Pero no vamos a policía?
—No.—Illt sacudió cabeza—.
No traicionamos.
Solo terminamos.
Hay diferencia.
No estaba seguro de estar de acuerdo.
Pero asentí de todos modos.
—Última vez todos juntos—dijo Illt—.
Manos al centro.
Vacilamos.
Entonces, lentamente, pusimos manos juntas.
—Por familia—dijo Illt.
—Por familia—repetimos.
Pero palabra se sentía vacía ahora.
Hueca.
Como todo lo demás que habíamos dicho para justificar lo injustificable.
Soltamos.
Comenzamos a alejarnos.
Entonces voz llamó: —¡Policía!
¡Nadie se mueva!
El mundo se congeló.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com