Good kid mAAd city - Capítulo 3
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3: 3 3: 3 Capítulo 3: Septiembre Mi primer día de secundaria llegó como una ejecución: inevitable, temida, imposible de posponer.
La Escuela Secundaria Central era un edificio de cemento gris que parecía diseñado por alguien que odiaba a los adolescentes.
Tres pisos de ventanas pequeñas, pasillos que olían a desinfectante y sudor, y un patio central donde los grupos ya establecidos se reunían como tribus territoriales.
Me mantuve en silencio ese primer día.
Encontré un lugar en la parte de atrás de cada clase, cerca de la ventana, donde podía observar sin ser observado.
Escuchaba las conversaciones a mi alrededor como si fueran transmisiones de radio de otro planeta.
—…y entonces le dije que se fuera a la mierda…
—…¿viste el partido?
increíble…
—…mi mamá dice que si repruebo otra vez me cambia de escuela…
Palabras que llenaban el espacio vacío.
Ruido blanco.
Ninguna dirigida a mí.
Para resumir: los primeros meses no fueron muy interesantes.
Pero esa es otra mentira.
Los primeros meses fueron tortura disfrazada de rutina.
Poco a poco, logré integrarme con algunos compañeros de clase.
“Integrarme” es generoso.
Aprendí a reírme en los momentos correctos, a asentir cuando se esperaba, a desaparecer cuando no era necesario.
Me convertí en un mueble funcional del aula: presente pero no notable.
Había un grupo con el que almorzaba a veces.
Lucas, Martín y Diego.
No éramos amigos, no realmente.
Éramos personas que compartían el mismo espacio y habían llegado a un acuerdo silencioso de no estar solos.
—¿Vas a ver el partido el sábado?
—preguntaba Lucas, masticando su sándwich con la boca abierta.
—Tal vez —respondía yo, sabiendo que no lo haría.
—Deberías.
Será épico.
“Épico.” Todo era “épico” para Lucas.
Una hamburguesa podía ser épica.
Un videojuego podía ser épico.
La palabra había perdido todo significado, convertida en relleno verbal.
Las clases eran un borrón de información que entraba por un oído y salía por el otro.
Matemáticas: números que se suponía debían resolver problemas reales, pero que nunca parecían aplicarse a ninguno de mis problemas.
Historia: muertos hablando sobre otros muertos.
Literatura: libros sobre gente con problemas más interesantes que los míos.
Solo había una clase que capturaba mi atención: Biología.
La profesora Sánchez era una mujer de cuarenta y tantos años con cabello gris que no intentaba ocultar y ojos que realmente te veían cuando te miraba.
Hablaba sobre el cuerpo humano como si fuera un milagro y una tragedia al mismo tiempo.
—El corazón humano late aproximadamente cien mil veces al día —dijo una vez, sosteniend un modelo de plástico—.
Tres mil millones de veces en una vida promedio.
Y nunca descansa.
Ni un segundo.
Hasta que de repente…
para.
Chasqueó sus dedos.
—¿Pueden imaginarlo?
Trabajar incesantemente durante décadas y luego, sin advertencia, simplemente rendirse.
Como si un día decidiera: “Ya es suficiente.” Me imaginé el corazón de mi padre.
Imaginé que se veía cansado, gris, con cicatrices de todas las veces que había tenido que latir cuando estaba enojado, cuando estaba borracho, cuando decía cosas que no podía retirar.
—Kaid, ¿estás bien?
—La voz de la profesora Sánchez me sacó de mi ensimismamiento.
Toda la clase me miraba.
—Sí, profesora.
Solo…
estaba pensando.
Ella sonrió.
No la sonrisa condescendiente de adulto que finge comprender.
Una sonrisa real.
—Bien.
Sigan pensando.
Es lo único que les pido.
Han sido meses de mucho estudio y trabajos interminables, siempre esforzándome por estar al día.
Es agotador, pero hasta ahora he logrado sobrellevarlo.
Otra mentira.
La verdad: me estaba ahogando lentamente, pero había aprendido a sonreír mientras tragaba agua.
También he ganado algo de confianza para participar en clase, lo cual, para ser sincero, me parece un gran avance.
Esta parte era verdad.
Pero esa confianza era frágil, construida sobre cimientos de arena.
Un viento fuerte y todo se derrumbaría.
El viento llegó en agosto.
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