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Good kid mAAd city - Capítulo 4

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4: 4 4: 4 Capítulo 4: Agosto (La Grieta) Pensé que agosto sería un mes alegre.

El final del verano, las últimas semanas antes de volver a la rutina escolar.

Tal vez papá y yo haríamos otro viaje de pesca.

Tal vez esta vez él no diría nada cruel.

Tal vez esta vez sería diferente.

Pero no fue así.

Papá falleció repentinamente debido a una enfermedad rara.

Así es como lo dice todo el mundo.

“Falleció.” Como si simplemente hubiera decidido no estar más, como apagar una luz.

Pero la verdad es más fea.

Enfermedad hepática.

Cirrosis.

Complicaciones.

Palabras que los doctores usaban como si fueran conceptos abstractos y no la descripción de un órgano que literalmente se pudrió desde adentro por años de whisky barato.

No pude despedirme de él en el hospital.

Nos enteramos de su muerte días después.

Esto es lo que realmente pasó: Papá vivía solo en un apartamento del otro lado de la ciudad.

Un lugar que nunca visité porque mamá dijo que “no era apropiado” y papá nunca insistió en invitarme.

Vivió allí durante tres años después del divorcio.

Tres años de soledad que yo trataba de no imaginar.

Un vecino lo encontró.

El vecino había notado un olor.

Pensó que era basura acumulada, tal vez un animal muerto en las paredes.

Llamó al casero.

El casero abrió la puerta.

Papá había estado muerto durante cuatro días cuando lo encontraron.

Cuatro días.

Nadie notó su ausencia durante cuatro días.

Nadie en su trabajo llamó.

Ningún amigo preguntó por él.

Carolina, la mujer que “sabía cocinar decentemente”, aparentemente había dejado de contestar sus llamadas meses atrás.

Mamá me lo dijo en la cocina, a las tres de la tarde de un martes.

El sol entraba por la ventana, iluminando las motas de polvo en el aire.

Todo se veía normal.

El mundo no debería verse normal cuando te dicen que tu padre está muerto.

—Kaid, necesito que te sientes —dijo mamá.

Su voz temblaba.

Me senté en la silla donde desayunaba cada mañana.

La madera crujió como siempre.

—Es sobre tu padre.

Y entonces me lo dijo.

Las palabras salieron de su boca pero no las procesé inmediatamente.

Era como si mi cerebro se negara a traducir el idioma.

Enfermedad.

Hospital.

Demasiado tarde.

Falleció.

—¿Cuándo?

—pregunté.

—El jueves pasado.

Hoy era martes.

Había estado muerto durante cinco días y yo no lo sabía.

Había comido, dormido, visto televisión mientras él estaba muerto.

¿Cómo era posible no sentir cuando alguien que compartía tu ADN dejaba de existir?

¿No se suponía que debías sentir algo?

¿Un temblor en el universo, un escalofrío, algo?

No sentí nada cuando sucedió.

Solo sentí el vacío de no haber sentido nada.

—¿Estás bien?

—preguntó mamá, su mano en mi hombro.

—Sí —mentí.

Fuimos al funeral tres días después.

El ataúd era cerrado.

“Mejor así,” escuché a alguien susurrar.

No reconocí a la mayoría de la gente allí.

Rostros que decían haber conocido a mi padre, que compartían anécdotas sobre un hombre que no reconocía en sus historias.

Mi padre el bromista.

Mi padre el amigo leal.

Mi padre que siempre estaba dispuesto a ayudar.

¿Hablaban del mismo hombre?

Un cura que nunca había visto a papá en vida habló sobre la misericordia de Dios y el descanso eterno.

Las palabras sonaban huecas, ceremoniales, vacías de cualquier conocimiento real sobre el hombre en el ataúd.

Mamá lloró silenciosamente a mi lado.

No de tristeza, creo.

De algo más complicado.

Alivio, tal vez.

Culpa por sentir alivio.

Tristeza por lo que pudo haber sido pero nunca fue.

Yo no lloré.

No durante el servicio.

Después, cuando nos dejaron pasar para “despedirnos”, vi el ataúd de cerca.

Madera barata con manijas de plástico que pretendían ser bronce.

Flores que ya se estaban marchitando en el calor.

Una foto de papá de cuando tenía treinta años, sonriendo a la cámara como si el futuro fuera un lugar brillante y lleno de promesas.

Esa foto.

Esa maldita foto.

Fue cuando la vi que algo dentro de mí se fracturó.

No pude contener las lágrimas.

Salí del lugar casi corriendo, empujando la puerta con demasiada fuerza, y lloré como nunca antes lo había hecho en mi vida.

Lloré en el estacionamiento del funeral, entre autos que esperaban llevar dolientes de regreso a sus vidas normales.

Lloré hasta que no pude respirar, hasta que mi garganta dolía, hasta que el mundo se convirtió en un borrón acuoso de formas y colores sin significado.

Lloré por el padre que tuve.

Lloré por el padre que nunca tuve.

Lloré por los viajes de pesca que no haremos.

Lloré por las conversaciones que nunca tendremos.

Lloré porque la última cosa significativa que me dijo fue un insulto sobre mi madre.

Lloré porque me di cuenta, con una claridad terrible y absoluta, que nunca podría preguntarle si me amaba.

Y nunca sabría la respuesta.

Mamá me encontró eventualmente.

No dijo nada.

Solo se paró a mi lado, su mano en mi espalda, mientras yo me deshacía.

Cuando finalmente pude respirar de nuevo, cuando las lágrimas se secaron dejando sal en mis mejillas, subimos al auto en silencio.

—Lo siento —dijo mamá en el camino a casa.

No le pregunté por qué se disculpaba.

Por su muerte.

Por su vida.

Por el matrimonio.

Por traerme a un mundo donde los padres mueren solos y los hijos lloran en estacionamientos.

—Yo también —respondí.

Y lo decía en serio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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