Good kid mAAd city - Capítulo 5
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: 5 5: 5 Capítulo 5: El Hundimiento Han pasado semanas desde aquel día.
Nada ha mejorado.
Esa es la primera cosa completamente honesta que escribo en este diario en meses.
Ya no quiero ir a la escuela ni salir de casa.
Prefiero quedarme en mi habitación, lejos de todo.
Mi habitación se convirtió en un búnker.
Las cortinas permanecían cerradas, manteniendo el mundo afuera.
Desarrollé un horario que evitaba a mamá: dormía cuando ella estaba despierta, me despertaba cuando ella dormía.
Nos convertimos en fantasmas compartiendo la misma casa.
La escuela se sentía como actuar en una obra de teatro donde había olvidado todas mis líneas.
Cada pregunta de un profesor era una trampa.
Cada conversación con compañeros era un examen que sabía que reprobaría.
—Kaid, ¿hiciste la tarea?
—Lucas preguntaba en el almuerzo.
—No.
—¿Estás bien, hermano?
Has estado raro últimamente.
—Estoy bien.
Esa palabra otra vez.
“Bien.” Mi palabra favorita.
Mi mentira favorita.
Intento distraerme escuchando música y durmiendo, pero nada es suficiente.
Descubrí que si ponía música lo suficientemente alta, podía ahogar los pensamientos.
Rock, rap, no importaba el género.
Lo que importaba era el volumen.
Necesitaba que fuera tan fuerte que vibrara en mis huesos, que reemplazara mi pulso, que me recordara que aún existía.
Dormía catorce, dieciséis, dieciocho horas al día.
No porque estuviera cansado.
Porque despierto tenía que estar consciente.
Consciente del vacío.
Consciente de la ausencia.
Consciente de que papá estaba muerto y el mundo continuaba como si nada, como si no importara, como si una persona pudiera simplemente desaparecer y la única evidencia de su existencia fuera un adolescente roto en una habitación oscura.
La comida ha perdido su sabor.
Sinceramente, prefiero no comer.
Esto era literal.
Mamá dejaba platos de comida afuera de mi puerta.
Los encontraba horas después, fríos, intactos.
A veces los tiraba.
A veces los dejaba allí durante días hasta que ella los recogía, sin decir nada.
Mi cuerpo empezó a cambiar.
La ropa que me quedaba bien en julio colgaba floja en septiembre.
Mis costillas empezaron a sobresalir.
Cuando me miraba en el espejo del baño, veía un extraño: ojos hundidos, piel pálida, alguien que parecía enfermo de algo que no tenía nombre en español.
Las noches son una tortura.
No puedo dormir porque los recuerdos vuelven una y otra vez, y con ellos, la tristeza.
Aquí está la verdad que no escribí en el diario: Las noches, los recuerdos no eran dulces.
No recordaba momentos felices con papá, tardes de pesca tranquilas o conversaciones significativas.
Recordaba cada palabra cruel.
Cada momento de tensión.
Cada vez que me decepcionó y cada vez que yo lo decepcioné a él.
Y lo peor: recordaba el último viaje de pesca, esa cosa horrible que dijo sobre mamá, y me odiaba a mí mismo por no haberla defendido.
Me odiaba por haber sido cobarde.
Me odiaba por haber asentido y fingido que todo estaba bien.
Mi última conversación real con mi padre fue una en la que me tragué mi dignidad y la de mi madre.
Y ahora nunca podría rectificarlo.
Termino llorando hasta que me vence el cansancio.
No lloraba como en el funeral.
No había catarsis en estas lágrimas.
Era un goteo constante, como una filtración de un tanque con grietas.
Lloraba hasta que mi almohada estaba empapada, hasta que mi cabeza dolía, hasta que finalmente caía en un sueño intranquilo lleno de sueños sobre paredes con grietas que se expandían hasta tragar todo.
Mamá intenta ayudarme, pero cada vez que lo hace, solo me siento más irritado y enojado.
Hemos discutido varias veces por ello, pero simplemente no puedo evitarlo.
Las discusiones seguían un patrón: Mamá tocaba la puerta.
Yo no respondía.
Ella abría de todos modos.
—Kaid, necesitas comer algo.
—No tengo hambre.
—No puedes seguir así.
Tienes que— —¿Tengo que qué?
¿Fingir que todo está bien?
¿Actuar como si papá no estuviera muerto?
¿Como si tú no estuvieras feliz de que se haya ido?
—Yo nunca dije— —No tienes que decirlo.
Lo veo en tu cara.
—Estoy preocupada por ti.
No por mí, no por tu padre.
Por ti.
—No necesito tu preocupación.
Necesito que me dejes en paz.
Y así, una y otra vez, hasta que ella se rendía y cerraba la puerta suavemente detrás de ella.
Odiaba hacerle esto.
Odiaba el dolor en su voz.
Pero el odio hacia mí mismo era más fuerte que el odio que sentía por lastimarla.
Año Nuevo llegó en un parpadeo.
Literalmente.
Un día era octubre, luego noviembre desapareció, diciembre fue un borrón de luces navideñas que veía desde mi ventana cerrada, y de repente todos los idiotas en la televisión estaban gritando y tirando confeti porque un número arbitrario había cambiado a otro número arbitrario.
Los meses pasaron tan rápido que apenas me di cuenta, sumido en mi encierro dentro de mi habitación.
En enero, mamá entró sin tocar.
No la había visto de cerca en semanas.
Se veía cansada.
No cansada como después de un día largo de trabajo.
Cansada como si hubiera envejecido diez años en seis meses.
—Kaid, han pasado siete meses desde que tu padre falleció —comenzó, su voz cuidadosamente neutral, como si hubiera ensayado esto—.
Me duele verte así y sentir que no puedo hacer nada para ayudarte.
Sé que lo que he intentado no ha sido suficiente, pero es momento de seguir adelante.
Tienes que retomar tu vida.
Hizo una pausa.
Respiró profundo.
—Por haberte ausentado tanto, reprobaste el año.
El mundo se detuvo.
O tal vez siempre había estado detenido y solo ahora lo notaba.
—¿Qué?
—Reprobaste.
Demasiadas ausencias, demasiadas tareas sin entregar.
Van a hacerte repetir el año.
De todas las cosas que había perdido —mi padre, mi cordura, mi peso, mi propósito— esto era lo que finalmente me rompía.
No podía explicar por qué.
Tal vez porque era concreto.
Era una consecuencia con un nombre.
Era evidencia en papel de que había fallado en algo más que solo estar feliz.
—¡Mamá, no intentes darme ánimos ahora!
Las palabras explotaron fuera de mí, semanas de silencio convertidas en vómito verbal.
—Durante estos siete meses apenas has estado en casa.
Te la pasaste trabajando y, cuando regresabas, solo me gritabas por no haber hecho lo que me pediste, sin importarte que yo me sentía mal, que no podía con nada.
¡Déjame en paz!
Me quedaré en mi habitación.
Mamá se quedó quieta por un momento.
Luego, su compostura cuidadosamente construida se fracturó.
—¿Crees que esto ha sido fácil para mí?
—Su voz subió, cruda, sin filtros—.
Tu padre murió y yo tuve que seguir trabajando.
Seguir pagando la renta.
Seguir poniendo comida en la mesa que no comes.
Seguir pretendiendo que tengo las respuestas cuando no las tengo.
Perdiste a tu padre, Kaid, pero yo perdí…
yo perdí —Su voz se quebró—.
Perdí años con ese hombre.
Buenos y malos.
Y ahora te estoy perdiendo a ti también.
—No pedí nacer —dije, las palabras más crueles que pude encontrar, diseñadas para herir—.
No pedí esta familia de mierda.
No pedí nada de esto.
El silencio que siguió era del tipo que no se puede deshacer.
Mamá asintió lentamente, como si yo hubiera confirmado algo que había sospechado todo el tiempo.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella.
No con violencia.
Suavemente.
Definitivamente.
Después de eso, pasamos semanas sin dirigirnos la palabra.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com