Good kid mAAd city - Capítulo 6
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6: 6 6: 6 Capítulo 6: El Regreso Sin embargo, ella tenía razón.
Eso es lo que me mantuvo despierto una noche en febrero.
La habitación estaba oscura excepto por el resplandor del reloj digital: 3:47 AM.
Había dormido toda la tarde y ahora estaba atrapado en esa zona horrible entre el insomnio y el agotamiento.
Ella tenía razón.
Tenía que volver.
No porque quisiera.
No porque estuviera “mejor”.
Sino porque no tenía otras opciones.
Me había quedado sin caminos.
Así que volví a la escuela.
El primer día de regreso fue surrealista.
Caminé por los mismos pasillos, vi las mismas caras, me senté en la misma silla incómoda en la parte de atrás del aula.
Pero todo se sentía diferente.
Más pequeño.
Más insignificante.
Como si hubiera estado en guerra y hubiera regresado para descubrir que todos los demás habían estado jugando.
Lucas me vio en el pasillo.
—Kaid, ¿dónde mierda estabas?
—Sonaba genuinamente preocupado.
—Ausente —respondí.
—Sí, ya sé, pero— —Tengo que ir a clase.
Lo dejé parado allí, confundido, mientras yo desaparecía en la marea de estudiantes.
No tenía energía para explicaciones.
No tenía energía para nada excepto la rutina mecánica de existir.
Esperaba que todo mejorara, pero no fue así.
Eso es quedarse corto.
Las cosas empeoraron de formas que no había anticipado.
Empecé a sufrir acoso escolar.
La palabra “acoso” suena muy clínica, muy limpia.
Esto era más sucio que eso.
Comenzó sutilmente.
Risitas cuando pasaba.
Susurros que se detenían cuando me acercaba.
Pero gradualmente escaló.
Alguien escribió en mi casillero: “El huérfano volvió.” Técnicamente no era huérfano.
Mamá aún vivía.
Pero la palabra dolía de todas formas, diseñada para doler, para reducir la complejidad de mi dolor a una etiqueta cruel.
—Hey, Kaid, ¿tu papá también está repitiendo el año en el cielo?
—Un chico llamado Sebastián gritó esto en el almuerzo.
Su mesa entera estalló en risas.
Me quedé congelado, la bandeja de comida en mis manos.
Todo el comedor parecía estar mirando, esperando mi reacción.
Llorar les daría satisfacción.
Pelear resultaría en suspensión.
Ignorarlos era imposible porque las palabras ya habían entrado, ya habían hecho su daño.
Me senté solo y fingí comer hasta que sonó el timbre.
Se burlaban de mí, incluso por la muerte de mi padre.
Esto era lo que más me destruía.
Podía soportar ser llamado gordo o flaco o estúpido.
Esas eran crueldades estándar de adolescentes.
Pero convertir la muerte de papá en material para bromas, usarla como munición para su entretenimiento, eso era una categoría diferente de maldad.
—¿Crees que se suicidó porque tenía un hijo tan patético?
—Otra vez Sebastián, rodeado de su audiencia de hienas riéndose.
No respondí.
Nunca respondía.
¿Qué podría decir que no les diera más material?
Cuando llegaba a casa, me encerraba en mi habitación y lloraba, preguntándome por qué la gente podía ser tan cruel si yo nunca les había hecho nada.
Esta fue mi pregunta existencial durante meses: ¿Por qué?
¿Por qué Sebastián me odiaba?
Nunca le había hecho nada.
Nunca habíamos tenido una pelea o un desacuerdo.
Su odio parecía surgir de la nada, espontáneo y puro.
Años después entendería: no me odiaba personalmente.
Yo solo era un objetivo conveniente.
Alguien visiblemente roto, alguien que no se defendería, alguien cuyo dolor era entretenimiento.
Fui elegido no por quien era sino por lo que representaba: vulnerabilidad.
Pero en ese momento, en esa habitación oscura con mi almohada empapada de lágrimas, no entendía nada excepto que existir era doloroso y la escuela era donde el dolor se amplificaba.
Cada día iba con menos ganas.
Desarrollé un ritual: despertarme, mirar el techo durante media hora, negociar conmigo mismo sobre si realmente tenía que ir.
La negociación siempre terminaba igual: sí, tenía que ir, porque si no iba tendría otra discusión con mamá y no tenía energía para eso.
No prestaba atención en clase, solo miraba por la ventana, esperando que el tiempo pasara.
La profesora Sánchez lo notó.
Un día me pidió que me quedara después de clase.
—Kaid, ¿está todo bien?
—Sí, profesora.
—Me preocupa tu desempeño.
Has estado… ausente.
Incluso cuando estás aquí.
Me encogí de hombros.
¿Qué podía decirle?
¿Qué su clase sobre células y tejidos y la milagrosa maquinaria de la vida me parecía una burla cruel cuando mi padre se había descompuesto como materia orgánica común?
¿Qué cada vez que hablaba sobre corazones pensaba en el corazón de papá finalmente rendirse?
—Estoy bien —dije.
Esa palabra.
Otra vez.
Ella me estudió por un largo momento, luego asintió.
—Si necesitas hablar, mi puerta está abierta.
Nunca volví a esa puerta.
Los trabajos se acumulaban.
No los hacía.
¿Cuál era el punto?
Ya había reprobado el año una vez.
Reprobar de nuevo sería casi poético en su consistencia.
Los recreos se volvieron un infierno: grupos de estudiantes se reunían solo para molestarme.
No era solo Sebastián.
Tenía una pandilla ahora.
Cinco o seis chicos que habían descubierto que atormentar al “huérfano raro” era una forma eficiente de llenar los quince minutos de recreo.
Me empujaban en los pasillos.
Tiraban mis libros.
Una vez, alguien vació jugo de naranja en mi mochila, arruinando mis cuadernos.
Cuando reporté esto al vicedirector, me dijo que “tratara de no ser un blanco tan fácil.” Como si ser víctima fuera una elección.
Como si pudiera simplemente decidir no ser un objetivo.
También discutía con mi madre cada vez que me preguntaba cómo me iba en la escuela.
—¿Cómo estuvo hoy?
—preguntaba mamá, su voz cuidadosa.
—Bien.
—¿Solo “bien”?
¿Pasó algo?
—No.
—Kaid, sé que algo está pasando.
Puedo ver— —¡No puedes ver nada!
¡No sabes nada de lo que pasa en mi vida!
—Porque no me dejas entrar.
Estoy intentando— —¡Pues deja de intentar!
No necesito tu ayuda.
No necesito nada de ti.
Mentiras sobre mentiras sobre mentiras.
La verdad era que necesitaba desesperadamente su ayuda pero no sabía cómo pedirla.
No sabía cómo decir “me están destruyendo en la escuela y no sé cómo parar” sin sonar débil, sin sonar patético, sin confirmar cada cosa cruel que Sebastián decía sobre mí.
Antes, ella era atenta y cariñosa, pero desde el divorcio cambió drásticamente.
Esto también era verdad.
Mamá antes del divorcio era diferente.
Sonreía más.
Cantaba mientras cocinaba.
Me ayudaba con la tarea sin parecer agotada.
El divorcio la había transformado, y la muerte de papá la había transformado de nuevo.
Ahora era una persona que ejecutaba las funciones básicas de la maternidad pero sin la luz que recordaba de mi niñez.
Dejó de prestarme atención y se limitó a cubrir mis necesidades básicas, casi sin dirigirme la palabra.
Nos convertimos en compañeros de cuarto que compartían apellido.
Buenos días.
Buenas noches.
¿Hay leche?
El pronóstico dice que lloverá.
Transacciones verbales mínimas, intercambio de información logística, nada más profundo.
A veces la escuchaba llorar en su habitación por las noches.
Pasos hacia el baño a las 2 AM.
El sonido de agua corriendo, intentando ahogar los sollozos.
Pretendíamos no escucharnos mutuamente desmoronarnos.
Con el tiempo, dejé de ir a la escuela.
No fue una decisión dramática.
No hubo un momento de “ya es suficiente, no vuelvo más”.
Fue gradual.
Un día faltaba.
Luego dos días.
Luego una semana.
Cada ausencia hacía más fácil la siguiente.
En vez de seguir el camino habitual, me desviaba y me iba a cualquier parte.
Mi geografía de evasión: La biblioteca pública, donde podía sentarme en la sección de referencia donde nadie iba.
El parque, en un banco cerca del estanque donde los ancianos alimentaban patos y no hacían preguntas.
El centro comercial, caminando entre tiendas sin dinero para comprar nada, solo existiendo en el espacio público anónimo.
A veces simplemente caminaba.
Horas de caminar sin destino, observando la ciudad, observando a la gente viviendo sus vidas.
Un hombre vendiendo periódicos.
Una mujer arrastrando una bolsa de compras.
Niños jugando en un playground, sus madres conversando mientras vigilaban.
Vidas normales.
Vidas que funcionaban.
Vidas que yo observaba como un fantasma observando a los vivos.
Al principio lo hacía algunos días, alternando entre asistir y faltar.
Aún mantenía la ilusión de control.
Aún pensaba que podía volver cuando quisiera, que esto era temporal, que eventualmente encontraría la fuerza para regresar.
Pero finalmente, tomé una decisión: dejar la escuela sin que mi madre lo supiera.
Así que perfeccioné el engaño: me levantaba a la hora correcta, me vestía con el uniforme, desayunaba con mamá, salía por la puerta a la hora correcta.
Ella se iba a trabajar media hora después que yo.
Para cuando ella salía, yo ya estaba en el parque o la biblioteca o caminando por calles que ella nunca transitaba.
Y así, seguí vagando por las calles, sin rumbo ni propósito.
Este fue mi vida durante dos meses.
Existencia sin dirección.
Días que sangraban en otros días, ninguno memorable, ninguno significativo, solo tiempo pasando mientras yo esperaba… ¿qué?
No lo sabía.
Ni siquiera sabía que estaba esperando algo hasta que ese algo apareció.
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