Good kid mAAd city - Capítulo 7
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7: 7 7: 7 Capítulo 7: El Encuentro Un día, mientras caminaba por el centro de la ciudad, noté a un grupo de chicos reunidos en una esquina.
Era media tarde, el sol todavía brillante pero comenzando su descenso.
La calle estaba moderadamente ocupada: oficinistas saliendo temprano, madres con niños comprando vegetales en puestos callejeros, el ruido constante de tráfico y conversaciones superpuestas.
El grupo destacaba.
No por ser ruidosos o violentos, sino por su quietud.
Siete chicos, edades que parecían variar desde mi edad hasta principios de veinte, recostados contra la pared de un edificio abandonado.
No estaban vendiendo nada.
No estaban pidiendo dinero.
Solo… estaban.
Parecían estar divirtiéndose.
Esa fue mi primera observación, y me golpeó porque no había visto a nadie realmente divirtiéndose en meses.
Risas genuinas, no las risas de hienas de Sebastián y su grupo.
Estas eran risas de personas que disfrutaban estar juntas.
Había caminado bastante.
Mi garganta estaba seca, mi estómago vacío porque había saltado el almuerzo otra vez.
Vi una tienda en la esquina y compré una botella grande de refresco con el poco dinero que había encontrado en el bolsillo de un pantalón viejo.
El refresco era dulce, casi dolorosamente dulce, pero refrescante.
Tomé un sorgo largo, sintiendo el líquido frío bajar por mi garganta, y continué mi camino.
Justo cuando pasaba por el lado del grupo, una voz me detuvo: —Eh, ¿me invitas un trago?
Me giré.
Uno de los chicos me miraba.
Tenía mi edad, tal vez un año mayor, con ojos oscuros que parecían mucho más viejos que su cara.
Llevaba ropa que había visto mejores días, pero que de alguna manera se veía intencional, estilizada.
Con algo de nervios, asentí y le pasé la botella.
¿Por qué asentí?
Podría haberlo ignorado.
Podría haber seguido caminando.
Pero algo en su expresión me detuvo.
No era amenazante.
No era burlón.
Era… neutral.
Una pregunta simple esperando una respuesta simple.
El chico tomó un trago largo, su nuez de Adán subiendo y bajando.
Luego pasó la botella al chico a su lado, quien también bebió y la pasó al siguiente.
La botella hizo la ronda por todo el grupo.
Nadie preguntó mi permiso.
Simplemente asumieron.
Debería haberme molestado.
Pero no lo hizo.
Cuando la botella regresó a mí, estaba casi vacía.
El chico que había hablado sonrió.
—Soy Illt —dijo, extendiendo su mano—.
¿Y tú?
—Kaid.
Su apretón de manos era firme pero no agresivo.
La mano de alguien que había trabajado, que había peleado, que había sobrevivido.
—¿Tienes algo que hacer ahora, Kaid?
—No.
—Entonces quédate con nosotros.
No fue una pregunta.
No fue una orden.
Fue una invitación presentada como un hecho.
Acepté.
No porque tuviera un plan.
No porque creyera que estos extraños serían mis amigos.
Sino porque en ese momento, la alternativa era volver a casa o seguir caminando solo, y ambas opciones se sentían más vacías que quedarse.
Me deslicé hacia abajo contra la pared, encontrando un espacio entre Illt y otro chico que aún no me había mirado.
El cemento estaba frío a través de mis pantalones.
Podía oler una mezcla de humo de cigarrillos, sudor, y algo dulce que no podía identificar.
Pasé la tarde con ellos, hablando durante horas.
“Hablar” hace que suene más participativo de lo que fue.
Mayormente escuchaba.
Ellos contaban historias: peleas que habían tenido, lugares que habían estado, planes que tenían.
Sus voces se superponían, interrumpiéndose mutuamente, terminando las oraciones del otro con la familiaridad de gente que había pasado mucho tiempo junta.
No hablaban de escuela.
No hablaban de familia.
Hablaban de supervivencia, de territorio, de respeto ganado y perdido.
Era un idioma que yo estaba empezando a entender.
Descubrí que tampoco iban a la escuela y pasaban sus días en la calle.
—¿Hace cuánto dejaron?
—pregunté durante una pausa en la conversación.
Illt miró al cielo, como si estuviera calculando.
—¿Dos años?
—Se giró hacia el grupo—.
¿Dos años, verdad?
—Casi tres para mí —dijo un chico grande con una cicatriz sobre su ceja.
—La escuela es una mentira —declaró Illt, su voz súbitamente seria—.
Te dicen que si estudias, si obedeces, si haces lo que te dicen, todo saldrá bien.
Pero mira a nuestros padres.
La mayoría estudió.
Todos trabajaron.
¿Y dónde están?
Rotos.
Pobres.
Engañados.
Los otros asintieron con la certeza de quienes habían tenido esta conversación muchas veces antes.
—Entonces, ¿qué hacen?
—pregunté—.
¿Solo… viven en la calle?
—Sobrevivimos —corrigió Illt—.
Hacemos lo que tenemos que hacer.
Y nadie nos dice qué pensar o cómo vivir.
Había una lógica en eso.
Retorcida, tal vez, pero lógica.
La sociedad había fallado en protegerlos, entonces ¿por qué debían obedecerla?
Me sentí identificado.
Eso es quedarse corto.
Me sentí visto.
Por primera vez desde la muerte de papá, alguien estaba hablando un idioma que yo entendía.
El idioma del abandono.
El idioma de la desilusión.
El idioma de preguntarse si las reglas aplican cuando las reglas nunca te protegieron.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí acompañado.
No estaba solo en mi cuarto oscuro, ahogándome en pensamientos.
No estaba caminando por calles sin dirección.
Estaba con gente.
Gente rota como yo, pero rota junta.
Había algo poderoso en eso.
El sol se ponía, pintando el cielo de naranjas y púrpuras.
Las sombras se alargaban.
La temperatura bajaba.
La ciudad comenzaba su transformación nocturna.
—Deberías volver mañana —dijo Illt cuando finalmente me levanté para irme.
—¿Por qué?
—Porque hoy apenas hablaste.
Mañana hablarás más.
Y pasado mañana, tal vez seas uno de nosotros.
No sabía qué significaba ser “uno de ellos”, pero asentí de todos modos.
Esa noche, llegué a casa tarde.
Mamá estaba despierta, esperándome en la sala.
—¿Dónde estabas?
—Su voz estaba llena de preocupación y enojo mezclados.
—Afuera —respondí.
—¿”Afuera” dónde?
Kaid, la escuela llamó.
Dijeron que has faltado toda la semana.
¿Qué está pasando?
Debería haberle dicho la verdad.
Debería haber pedido ayuda.
Debería haber dicho: “Mamá, me están destruyendo en la escuela y no puedo más y hoy conocí a gente que me hace sentir menos solo.” En cambio, dije: —No es tu problema.
Y subí a mi habitación, dejándola con preguntas sin respuesta y preocupaciones confirmadas.
Esa noche, por primera vez en semanas, no lloré.
No porque me sintiera mejor.
Sino porque estaba anticipando algo.
Anticipando mañana.
Anticipando volver a esa esquina y encontrar a esos chicos y tal vez, solo tal vez, encontrar un lugar donde pertenecer.
No sabía entonces que estaba parado en el borde de un precipicio.
No sabía que mañana tomaría un paso.
Y que después de ese paso, no habría forma de trepar de regreso.
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