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Good kid mAAd city - Capítulo 8

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8: 8 8: 8 Capítulo 8: Los Primeros Días Volví al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Cada mañana era el mismo teatro: me levantaba, me vestía con el uniforme que ya no usaba para su propósito real, desayunaba en silencio mientras mamá me miraba con ojos que decían más de lo que sus labios se atrevían.

Salía por la puerta a las 7:15 AM como si fuera a la escuela.

Para cuando ella salía a trabajar, yo ya estaba en esa esquina, esperando.

Al principio, solo observaba.

El grupo tenía sus propios rituales.

Llegaban en pares o solos entre las 9 y las 10 de la mañana.

Nadie tenía prisa.

El tiempo se movía diferente aquí, más lento, más denso, como si existieran en una dimensión paralela donde los relojes no tenían el mismo poder.

Illt siempre era el primero.

Llegaba con dos bolsas de pan del día anterior de una panadería cercana—el pan que ya no podían vender pero que aún era comestible—y las repartía.

No de manera formal, no como una comida comunal organizada.

Simplemente las dejaba en el suelo y la gente tomaba lo que necesitaba.

El segundo en llegar era Wayng.

Wayng era delgado hasta el punto de parecer enfermo, con ojos que nunca se quedaban quietos.

Observaba todo: cada persona que pasaba, cada auto que aminoraba la velocidad, cada cambio en el patrón normal de la calle.

Me tomó una semana darme cuenta de que estaba vigilando, evaluando amenazas constantemente.

—¿Nuevo?

—me preguntó el tercer día, aunque obviamente sabía la respuesta.

—Sí.

—¿Por qué estás aquí?

Era una pregunta simple con una respuesta complicada.

¿Por qué estaba aquí?

Porque no tenía otro lugar.

Porque la escuela era un campo de tortura.

Porque mamá era una extraña que compartía mi apellido.

Porque estos chicos rotos no me hacían preguntas que no podía responder.

—No sé —dije honestamente.

Wayng asintió como si eso fuera la respuesta más inteligente que había escuchado.

—Eso es bueno.

Los que vienen con razones siempre se van rápido.

Los que vienen porque no tienen a dónde más ir… esos se quedan.

Después llegaba Bund.

Bund era diferente.

Vestía mejor que los demás, limpio de una manera que sugería acceso a agua caliente y jabón regular.

Llevaba un libro bajo el brazo—siempre un libro diferente, novelas gruesas con títulos que no reconocía.

—¿Lees?

—le pregunté el cuarto día, señalando el libro.

—Todo el tiempo —respondió sin levantar la vista de las páginas.

—¿Por qué?

—Porque la gente en los libros hace sentido.

La gente real nunca hace sentido.

Tenía dieciséis años pero hablaba como si tuviera cincuenta.

Sus ojos eran viejos, cansados de una manera que el sueño nunca arreglaría.

El grupo completo rara vez estaba todo junto.

Había otros nombres que escuchaba pero que no veía: Haden, que manejaba “los contactos externos”.

Ripper, que tenía “trabajos especiales”.

Astrid, la única chica, quien aparecía esporádicamente y sobre quien nadie hablaba mucho.

Durante esos primeros días, mi rol era simple: escuchar.

Escuchaba mientras planificaban “trabajos”—una palabra que usaban para describir actividades que gradualmente entendí eran pequeños robos.

Una cartera descuidada en un café.

Un teléfono dejado en una mesa.

Nada violento, nada que requiriera armas o confrontación.

Oportunidades, las llamaba Illt.

“El mundo está lleno de gente descuidada.

Nosotros solo aprovechamos su descuido.” Escuchaba mientras contaban historias de sus vidas anteriores, fragmentos compartidos como quien muestra cicatrices.

Wayng: criado por una madre adicta que a veces lo recordaba y a veces olvidaba que existía durante días.

Aprendió a robar comida a los siete años.

Aprendió a mentir tan bien que ni él mismo sabía cuándo estaba diciendo la verdad a los nueve.

Bund: familia de clase media que colapsó cuando su padre fue arrestado por fraude.

De la noche a la mañana, pasaron de casa propia a desalojo.

Su madre tuvo un colapso nervioso.

Su hermana mayor se fue con un novio y nunca volvió.

Bund terminó en un hogar de acogida donde nadie le prestaba atención, así que se fue.

“Preferí elegir mi propia negligencia,” dijo.

Cada historia era un puzzle de trauma diferente pero con las mismas piezas: abandono, pobreza, violencia, desilusión.

Y en el centro de todas: Illt.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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