Good kid mAAd city - Capítulo 9
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9: 9 9: 9 Capítulo 9: Illt Tomó dos semanas antes de que Illt me hablara directamente más allá de saludos casuales.
Fue un martes.
Los otros se habían dispersado para hacer sus trabajos diarios.
Solo quedábamos Illt y yo, sentados en esa esquina bajo un sol que quemaba el cemento hasta hacerlo casi intocable.
Illt encendió un cigarrillo.
Lo observé: el ritual de sacarlo del paquete, golpearlo dos veces contra su palma, el click del encendedor, la primera inhalación profunda.
No ofrecía compartir.
No todavía.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—preguntó, el humo saliendo con las palabras.
—No sé.
—Esa respuesta otra vez.
—Sonrió levemente—.
Wayng tenía razón sobre ti.
Estás aquí porque no tienes otro lugar.
—¿Es malo eso?
—No.
Es honesto.
La honestidad es rara.
—Otra inhalación.
Sus ojos estaban fijos en algún punto distante—.
La mayoría de la gente miente.
Mienten sobre por qué hacen las cosas.
Se mienten a sí mismos sobre quiénes son.
Pero tú… tú aún no has aprendido a mentir bien.
No supe si eso era un cumplido o una crítica.
—¿Por qué me dejaste quedarme?
—pregunté.
Illt me miró directamente por primera vez en la conversación.
Sus ojos eran oscuros, inescrutables.
—Porque reconocí algo en ti.
Lo mismo que estaba en mí cuando tenía tu edad.
¿Sabes qué es?
Negué con la cabeza.
—El vacío.
—Golpeó su pecho—.
Aquí.
Hay algo que solía estar allí y ya no está.
Y duele tanto que harías cualquier cosa para no sentirlo.
Las palabras me golpearon como un puño.
Exacto.
Exactamente eso.
—Mi padre… —comencé, pero mi voz se quebró.
—Lo sé —dijo Illt suavemente—.
Wayng preguntó sobre ti.
Alguien en tu escuela le contó.
Sabemos lo que pasó.
Debería haberme molestado que investigaran sobre mí.
En cambio, me sentí aliviado.
No tendría que explicar.
Ya sabían.
Ya entendían.
—¿Sabes qué aprendí?
—continuó Illt—.
Aprendí que el mundo está dividido en dos tipos de personas.
Los que tienen algo que perder, y los que ya perdieron todo.
Los primeros viven con miedo.
Miedo de perder su casa, su familia, su reputación.
Ese miedo los hace débiles, predecibles.
Los segundos… nosotros… somos libres.
Porque cuando ya no tienes nada, nadie puede amenazarte con quitarte nada.
Había una lógica seductora en sus palabras.
Una filosofía que convertía el dolor en poder, la pérdida en liberación.
—Pero no es solo pérdida —continué—.
Todavía tengo a mi madre.
—¿La tienes?
—Su pregunta era suave pero cortante—.
¿O solo comparten un espacio?
¿Cuándo fue la última vez que realmente hablaron?
¿Qué ella te vio, no al problema que representa’s, sino a ti?
No respondí.
No tenía que hacerlo.
—Escucha, Kaid.
No te estoy diciendo que abandones tu vida.
Estoy diciendo que reconozcas que tu vida ya te abandonó a ti.
Tu padre se fue.
Tu escuela te tortura.
Tu madre está tan perdida en su propio dolor que no puede verte en el tuyo.
Eso no es culpa de nadie.
Así son las cosas.
Pero puedes seguir fingiendo que hay un camino de regreso, o puedes aceptar que el único camino es hacia adelante.
—¿Hacia adelante dónde?
Illt sonrió.
Era una sonrisa triste, como si se compadeciera de mi inocencia.
—Ahí.
—Señaló alrededor, a la calle, al edificio abandonado, a la ciudad extendiéndose en todas direcciones—.
Esto es real.
Esto es honesto.
No hay mentiras aquí sobre meritocracia o justicia.
Si quieres algo, lo tomas.
Si quieres sobrevivir, peleas.
Si quieres familia, la construyes con quienes también fueron desechados.
—¿Y ustedes son mi familia ahora?
—Todavía no.
—Finalmente me ofreció el cigarrillo—.
Pero podrías serlo.
Tomé el cigarrillo.
Mis dedos temblaban levemente mientras lo llevaba a mis labios.
Nunca había fumado antes.
La primera inhalación quemó mi garganta, me hizo toser, lágrimas brotando en mis ojos.
Illt rió, pero no cruelmente.
—Así empieza —dijo—.
Duele la primera vez.
Pero te acostumbras.
Eventualmente, es lo único que se siente normal.
No estaba seguro de si seguía hablando del cigarrillo.
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