Guardián Dimensional: Todas Mis Habilidades Están en el Nivel 100 - Capítulo 1014
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Capítulo 1014: El Propósito de la Dama Divina
Max estrelló el puño contra la barrera y el impacto resonó por la cámara. Su voz se quebró con una mezcla de furia y desesperación. —¿¡Qué hay que entender, maldita sea!? —gritó, con todo el cuerpo temblando.
Sus manos se apretaron contra la superficie resplandeciente, mientras la energía infernal a su alrededor se retorcía con violencia, como si quisiera liberarse. Las lágrimas brotaron de sus ojos inyectados en sangre y rodaron por sus mejillas. —Toda la gente con la que crecí…, la gente a la que respetaba, los que me ayudaron cuando no era nadie, los que me apoyaron…, todos estaban en el Continente Valora. Y ahora ya no están. Masacrados. ¡Reducidos a cenizas!
Se le quebró la voz. La ira de su tono se transformó en un dolor puro e insoportable. —¿Y quieres que actúe como si nada hubiera pasado? ¿Que me quede aquí sentado, encerrado, mientras sus asesinos se ríen y se burlan de nosotros?
Las lágrimas corrían libremente ahora, cada una cargando con el peso de un continente perdido. Sus amigos, los ancianos, los innumerables rostros familiares del Dominio Inferior… cada recuerdo se le clavaba con una precisión despiadada. Inclinó la cabeza, con su pelo carmesí cayéndole sobre los ojos, y sus hombros temblaban mientras apretaba la frente contra la barrera.
En ese momento, Max no era solo un monstruo de energía infernal. Era un muchacho afligido, aplastado bajo el peso de la culpa, la ira y una pérdida demasiado pesada para que sus jóvenes hombros la soportaran.
—Max —dijo ella con más suavidad, cambiando su tono de una orden a una súplica—. No te estoy diciendo que no hagas nada. Te estoy diciendo que te calmes. ¿No lo entiendes? Si te precipitas a su trampa ahora, morirás. Y si mueres, ¿de qué habrá servido el sacrificio del Continente Valora? ¿Y Lenavira? ¿Y los que siguen vivos y te necesitan? ¿A ellos también los abandonarás?
Max se quedó paralizado un momento, con las palabras de ella atravesando su ira como dagas. Sus hombros temblaban, su respiración era entrecortada. Pero entonces, su mirada se endureció una vez más y las llamas rugieron a su alrededor.
—No puedo abandonarlos. No esta vez. No otra vez —dijo con voz baja y temblorosa, pero cada palabra contenía hierro—. Cada vez que he decidido contenerme, cada vez que he decidido quedarme en las sombras, ha muerto más gente. No dejaré que vuelva a pasar. Aunque muera, me llevaré a esos cabrones conmigo.
La Dama Divina cerró los ojos un momento y suspiró como si el peso de los siglos la aplastara. Podía verlo con claridad: el muchacho se estaba quebrando, no por ser débil, sino porque cargaba con demasiado. Su dolor se estaba convirtiendo en su arma y, a la vez, en su mayor peligro.
—Max —susurró, con una voz como la de una madre a un niño furioso—, no estás solo en esta guerra. No te consumas hasta las cenizas antes de que empiece de verdad.
Pero Max solo apretó las manos contra la prisión rúnica, con sus lágrimas brillando bajo la luz carmesí y su susurro resonando como un juramento:
—Los masacraré a todos. A cada uno de ellos. Hasta que la palabra «demonio» no sea más que una maldición olvidada.
La mirada de la Dama Divina se detuvo en Max, fija y escrutadora. Sus ojos brillaban con un rojo penetrante, su pelo ardía como fuego líquido y la energía infernal se arremolinaba a su alrededor en olas interminables. Había visto a innumerables cultivadores ser consumidos por su propia oscuridad, pero Max… Max era diferente.
Aquello la inquietó.
Desde que tenía memoria, la energía infernal solo había significado una cosa: la liberación de los impulsos más oscuros enterrados en el corazón humano. Ira. Angustia. Odio. Sed de sangre. Empuñarla era rendirse a su naturaleza. Esa era la verdad que había visto una y otra vez. Y, sin embargo, ahí estaba Max, irradiando todo lo que se suponía que la energía infernal debía desatar, pero al mismo tiempo… permanecía intacto.
Sí, temblaba de ira. Su dolor era agudo y su intención de matar, palpable, sí. Pero nada de eso lo consumía. Nada de eso lo convertía en una bestia. Al contrario, estaba sereno en su furia, lúcido en su desesperación, y su dolor aún estaba ligado a la compasión. Esas contradicciones le ardían en la mente.
Tenía el control.
Absoluto.
Igual que otro hombre que había conocido en su larga vida. Un recuerdo que había intentado enterrar. Por un momento, sintió una opresión en el pecho, y un rastro de miedo se deslizó en su corazón, por lo demás tranquilo.
—Este es un asunto muy grave, Max —dijo finalmente, con la voz serena, aunque su corazón sentía todo lo contrario—. No puedo dejar que hagas lo que se te antoje aquí.
Sus palabras parecieron quedar suspendidas en el aire, luchando contra el aura infernal que presionaba contra los muros de su prisión.
—Puede que no entienda del todo tu dolor —admitió con un tono más suave, y en sus ojos parpadeó algo parecido a la lástima—, pero sé que esto es duro para ti. Aun así, no puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que el mayor genio de la humanidad tire su vida por la borda. No cuando el que actualmente ostenta el título del genio más fuerte no es más que un necio cobarde que observa desde las sombras, negándose a actuar mientras el mundo arde.
Entrecerró los ojos y su voz adquirió más peso mientras continuaba: —Seamos sinceros. Los demonios nos tomaron por sorpresa. Su infiltración fue tan profunda, tan exhaustiva, que de no haber sido por ti, habríamos permanecido ciegos a sus planes hasta que hubiera sido demasiado tarde. Fuiste tú quien rasgó su disfraz, quien reveló sus complots. Y por eso, puedo decir con certeza que esta guerra contra los demonios… solo empeorará para nosotros, los humanos, de ahora en adelante.
Siguió un largo silencio, pero la Dama Divina insistió: —Por eso, cuando Hermes vino a mí buscando ayuda para un elfo, pidiéndome que la restaurara de su forma de elfo oscuro, me ofrecí voluntaria. No se trataba solo de Lenavira. Se trataba de ti. Desde ese día, decidí vigilarte para asegurarme de que no hicieras ninguna imprudencia. Para evitar que cometieras un error que pudiera acabar no solo con tu vida, sino con nuestra esperanza como raza.
El aura de Max se intensificó, presionando con más fuerza el cubo, pero su expresión no flaqueó. Lentamente, alzó la cabeza y sus ojos carmesí se clavaron en los de ella, firmes como una hoja sobre su garganta. Su voz era tranquila, pero la agudeza en su interior cortaba más profundo de lo que su ira jamás podría.
—¿Estás sola en esto? —preguntó.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un desafío, silencioso pero despiadado.
—Claro que no —respondió la Dama Divina con voz tranquila, aunque sus ojos revelaban un atisbo de acero—. No soy solo yo. Esta es la decisión unánime de la Nación de los Cuatro Dioses, la Asociación de Cazadores, la Orden Obsidiana y el resto de las Siete Fuerzas Supremas.
Le sostuvo la mirada con firmeza. —Eres muy importante para la raza humana, Max. Más aún ahora que los demonios nos han declarado la guerra abierta. Por eso no puedo, bajo ninguna circunstancia, permitir que salgas ahí fuera a desperdiciar tu vida. Por favor… intenta entenderlo.
Su súplica fue tranquila, casi gentil, pero las palabras golpearon a Max como cadenas que se apretaban alrededor de su cuello.
Durante un largo momento no dijo nada. Se quedó ahí de pie, con los ojos carmesí encendidos, el aura roja de su energía infernal haciéndose más densa: extendiéndose, enroscándose alrededor de su cuerpo como una tormenta a punto de estallar. Sus hombros temblaron ligeramente mientras la furia hervía en su interior y, entonces, finalmente, habló.
—¿Por qué —dijo Max, con voz baja y peligrosa—, todo el mundo cree que solo soy un peón al que controlar?
Su mirada la cortó como una cuchilla.
—Mark era igual. Lucien era igual. Esa bruja era igual. Tú… —la señaló con un dedo—, y todos los demás líderes de la raza humana sois iguales. Y hasta cierto punto… —su voz se quebró ligeramente y su aura tembló con ella—, incluso mi hermana era igual. Siempre. Siempre soy solo un peón. Me usan cuando me necesitan. Me desechan cuando no. Y yo… —Apretó los dientes, su aura avivándose con más fuerza—. ¡Estoy harto de esto!
El rostro de la Dama Divina se ensombreció ante sus palabras. —No es as…
—¿¡Crees que no lo entiendo!? —El rugido de Max acalló la voz de ella como un trueno. Su grito hizo que las runas rojas de la prisión cúbica temblaran débilmente.
Su mirada carmesí se clavó en ella con una intensidad aterradora, sus palabras cargadas de dolor y furia. —Una vez pensé… aunque fuera por un momento… que podrías entenderme. Cuando me aconsejaste que me quedara quieto, que me contuviera ante las guerras encarnizadas, pensé que eras sincera. Pensé que tal vez, solo tal vez, te preocupabas por mí más allá de lo que yo pudiera hacer por ti. Pero ahora… —Su voz se alzó de nuevo, llena de fuego—. …ahora me doy cuenta de que todo era una fachada. Otra capa de control. Otra correa para evitar que me defendiera. Otro truco para enjaularme.
Sus manos temblaban violentamente mientras su aura rugía. —¡Estoy verdaderamente harto de esto!
¡Bang!
El puño de Max se estrelló contra la pared resplandeciente de la prisión cúbica roja. El impacto resonó en la cámara como un estruendo. Pero el resultado fue humillante: como golpear una montaña con la carne desnuda. La prisión absorbió el golpe sin esfuerzo. Solo unas tenues ondas se extendieron por su superficie antes de desvanecerse en la quietud. Nada se rompió. Nada cedió.
Max se quedó allí, con el pecho agitado. Su ira ardía con más fuerza. Su aura infernal se retorcía violentamente, y sus ojos brillaban como ascuas atrapadas en una tormenta.
Entonces, con un gruñido, levantó la mano derecha. Su palma relució, transformándose en un radiante brillo blanco: el poder del Recubrimiento del Vacío se extendió por su brazo, cubriéndolo con una capa de energía del vacío. Sus dedos se curvaron como una garra mientras se volvía hacia la pared de su prisión.
—Rómpete —siseó.
¡Bang!
Su mano brillante se estrelló contra la pared roja. Chispas de luz y runas destellaron violentamente con el impacto. La prisión se estremeció como si hubiera sido golpeada por un martillo capaz de aplastar mundos. El sonido retumbó por la sala como un terremoto.
Y, sin embargo…
El resultado fue el mismo.
La barrera cúbica solo se onduló, sus runas temblando como agua bajo presión, antes de volver a la quietud. La pared permaneció intacta, impoluta.
El poder de su furia no era suficiente. Aún no.
El pecho de Max subía y bajaba bruscamente, su respiración era entrecortada, sus ojos carmesí ardían aún más mientras el silencio que siguió oprimía como el hierro.
—No te esfuerces —dijo la Dama Divina, con un tono firme, impasible ante su ira—. Esta prisión está hecha de runas diseñadas específicamente para contener a expertos de Rango Divino. No el pico del Rango Campeón, ni el Rango Mítico. Rango Divino. Es imposible que te liberes de esto a menos que yo lo permita.
Sus palabras cayeron como un frío recordatorio de sus límites, pero Max pareció hacer oídos sordos. Sus hombros temblaron, con las venas iluminadas por un relámpago rojo mientras volvía a cerrar el puño y lo estrellaba contra la barrera.
¡Bang!
Una vez más, la superficie carmesí se onduló inofensivamente. Sin grietas. Sin daños. Solo futilidad.
La mirada de la Dama Divina se suavizó por primera vez. —Solo aquellos que han alcanzado la maestría en el Rango Divino, los del Séptimo Ciclo o superior, podrían aspirar a destruir esta prisión —continuó con calma—. E incluso ellos sangrarían por ello.
Sin embargo, sus ojos ya no estaban fijos en Max. Miraban hacia el cielo y su expresión se ensombreció.
Un latido después, el aire sobre ellos se rasgó con vetas de luz. Unas figuras descendieron rápidamente, con sus túnicas ondeando como estandartes de autoridad. Aterrizaron con el peso de montañas, rodeando el patio.
Hermes, con sus túnicas imperiales ondeando, un aura contenida pero pesada.
La Princesa Lyra, con el rostro pálido de preocupación, sus ojos esmeralda fijos en Max con una mezcla de alivio y culpa.
Detrás de ellos, muchos ancianos del Imperio del Gran Gobernante permanecían solemnes, con una presencia atronadora.
Y entre ellos, el Presidente William, con semblante sombrío, y el Anciano Liam a su lado. Los ojos de ambos hombres tenían la agudeza de veteranos curtidos, pero incluso sus miradas vacilaron al posarse sobre Max.
La multitud miró colectivamente el cubo carmesí. Vieron a Max dentro, con el pelo teñido de un rojo intenso, los ojos brillantes de furia y la energía infernal arremolinándose como una maldición alrededor de su cuerpo. La conmoción se reflejó en sus rostros, pero el alivio la siguió rápidamente cuando se dieron cuenta de que estaba contenido. La prisión de la Dama Divina se mantenía firme.
Todos lo sabían. Todos lo entendían.
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