Guardián Dimensional: Todas Mis Habilidades Están en el Nivel 100 - Capítulo 1022
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Capítulo 1022: Regreso al Continente Perdido
Un fuego se prendió en el corazón de Max, un odio tan afilado que se abrió paso entre su pena.
No quería culpar a nadie más que a los demonios: ellos eran los carniceros que habían destruido su mundo. Pero el hecho de que el humano vivo más fuerte le hubiera dado la espalda, que simplemente hubiera observado mientras masacraban a millones, lo carcomía como la podredumbre. Ignorarlo era insoportable.
Su rabia se filtró en su aura. Llamas escarlatas estallaron alrededor de su figura y, con un chasquido seco, dos enormes alas de luz rojo sangre se desplegaron desde su espalda. Brillaban como cuchillas de cristal ardiente, extendiéndose lo suficiente como para eclipsar la luz que había sobre él.
Con un poderoso batir de aquellas alas, el cuerpo de Max salió disparado hacia arriba, rasgando las nubes como un cometa de furia.
Se remontó a lo alto del cielo, su figura dejando una estela de fulgor escarlata, directo hacia el Continente Perdido.
Cuando llegó, la escena que se encontró solo alimentó sus emociones encontradas. El continente era pacífico. Los bosques eran frondosos, sin rastro de fuego o corrupción. Las ciudades humanas prosperaban en silencio junto a las gráciles moradas de los elfos.
Los niños corrían por las calles empedradas, y sus risas resonaban a lo lejos. Los granjeros trabajaban sus campos. Los ríos eran cristalinos y refulgían con la luz. Era como si la guerra jamás hubiera tocado aquella tierra.
La mandíbula de Max se tensó. «Los demonios gemelos en verdad no atacaron el Continente Perdido…».
Reprimiendo la tormenta en su interior, descendió hacia la imponente estructura que atravesaba el horizonte: la Torre de la Verdad. Su aguja dorada relucía débilmente bajo el sol, sagrada y eterna. A medida que su figura se acercaba, desató su Cuerpo Tridimensional, escaneando cada centímetro de la torre, cada aposento en sus vastas y misteriosas profundidades.
Y entonces, el alivio lo inundó como una marea. Su mirada se suavizó, el pecho se le liberó del agarre sofocante de la culpa. Dentro de la Torre, los vio. Amelia. Jack. Aelric. Los demás. Todos vivos. Todos a salvo. Cada uno de ellos se encontraba en profunda meditación, sus mentes inmersas en la comprensión de las leyes de la Torre de la Verdad. Estaban a salvo de la masacre de Valora, protegidos en el interior de este santuario.
Max exhaló, trémulo, y sus alas temblaron a su espalda. Por primera vez desde la destrucción, se le quitó un peso enorme del corazón.
Sin dudarlo, descendió aún más y abrió el pasadizo oculto que conducía al aposento secreto de la Torre. Al deslizarse las pesadas puertas, una luz dorada brotó del interior, cálida y sagrada. En el interior, se formó una figura, tejida con la esencia misma de la energía de la Torre.
—Max —lo saludó la figura, con una voz que era a la vez ancestral y amable. El cuerpo humanoide y dorado del Espíritu de la Torre se erguía, imponente, irradiando sabiduría—. Has vuelto.
Los ojos carmesíes de Max se entrecerraron ligeramente mientras estudiaba la figura dorada que refulgía ante él. El aposento pulsaba débilmente con una luz sagrada, pero la opresión en su pecho se negaba a desaparecer.
—¿Sucedió algo extraño mientras estuve fuera? —preguntó en voz baja, con un tono tranquilo pero teñido de cautela.
La forma dorada del Espíritu de la Torre parpadeó una vez antes de negar con la cabeza. —Todo ha estado en orden desde que te fuiste —respondió con voz neutra, suave y con un leve eco en las paredes del aposento.
Max asintió levemente, con una expresión indescifrable. Permaneció en silencio durante unas cuantas respiraciones y luego, finalmente, formuló la pregunta que lo carcomía. —¿Sabes algo de los demonios que invadieron nuestro mundo hace más de diez mil años… incluso antes de que los nulos descendieran sobre nosotros?
Los ojos del Espíritu de la Torre relucieron débilmente. —Lo sé.
La firmeza de aquella respuesta sorprendió a Max, aunque mantuvo el semblante impasible. Sus dedos se curvaron a los costados mientras el espíritu proseguía.
—Ciertamente, invadieron nuestro mundo —dijo el Espíritu de la Torre, y su voz adquirió más peso—. Fue una guerra sin igual: despiadada, inmisericorde. Pero la humanidad logró prevalecer. Los demonios fueron repelidos. La mayoría fueron sellados por los más poderosos de aquella era. Pero… no todos. Oí rumores —susurros— de que algunos escaparon al sello. Si esa información es fidedigna, es algo que no puedo asegurar.
Los ojos de Max se oscurecieron mientras escuchaba. Sintió una opresión en el pecho, como si pudiera sentir el peso de aquellas guerras ancestrales sobre él. Cerró los ojos un instante y exhaló. Luego, su voz se oyó de nuevo, más grave esta vez. —¿Sabes dónde fueron sellados los demonios?
—Lo sé. —La respuesta del Espíritu de la Torre fue inmediata. Su cuerpo dorado emitió un pulso de luz mientras hablaba—. Antes de que el propietario original de esta Torre partiera, me confió el conocimiento sobre las grandes verdades de este mundo. Entre ellas, el paradero del sello de los demonios.
Los ojos de Max se abrieron de golpe, y sus iris carmesíes destellaron con intensa expectación.
—Hay dos lugares —dijo el Espíritu de la Torre con gravedad—. Dos grandes santuarios en el Dominio Medio. El primero… es la sede de la Asociación de Cazadores, conocida como la Torre del Cazador. El segundo… es el Palacio del Buda Brillante. El maestro original me dijo que esos eran los lugares donde yacen los antiguos sellos. Allí, los demonios aún duermen.
Max se quedó helado. Sintió que el pecho se le oprimía mientras aquellos dos nombres resonaban en sus oídos. —¿La Asociación de Cazadores… y el Palacio del Buda Brillante? —repitió en un susurro, como para confirmar lo que había oído.
Su mente se aceleró. Acudieron a su mente imágenes de la Región de Almendra: las interminables batallas entre humanos y nulos, los incesantes frentes de guerra que nunca parecían aquietarse. Siempre había pensado que era simplemente otro frente, una sangrienta escaramuza en la guerra mayor contra los nulos. Pero ahora… ¿saber que había demonios sellados en la Torre del Cazador?
No era coincidencia.
No podía serlo.
La revelación lo golpeó como un relámpago.
«Los demonios… y los nulos…»
La expresión de Max se oscureció. Su cabello carmesí relució, adquiriendo un tono más profundo mientras su aura temblaba con violencia. Sus ojos rojos ardieron con más intensidad, brillando como ascuas avivadas por una tormenta. La propia sala pareció encogerse bajo el peso de su presencia mientras su energía infernal se agitaba sin descanso.
La figura dorada del Espíritu de la Torre parpadeó, y sus luminosos ojos se abrieron de par en par mientras estudiaba a Max. Su voz tembló con algo cercano a la incredulidad. —¿Tanta energía infernal… Qué te ha pasado?
El aura carmesí de Max pulsó con violencia, pero su expresión permaneció impasible, y sus brillantes ojos, fríos. Él negó levemente con la cabeza. —Nada digno de mención. Mejor dime una cosa… ¿sabes por qué los demonios invadieron nuestro mundo? ¿El propietario original dijo algo al respecto?
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