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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 Muerte y Renacimiento 1: Capítulo 1 Muerte y Renacimiento PRÓLOGO — El Heraldo de la Ruina Dicen que los dioses escriben el destino de los hombres antes incluso de que tomen su primer aliento.

Que todo lo que será está trazado en piedra celestial.

Pero esa tarde, en el bosque Mongrul, el destino se tambaleó.

Veinte héroes marchaban colina arriba, sus armaduras reluciendo con la bendición de los cielos.

Espadas alzadas, ojos firmes, corazones llenos de certeza.

Entre ellos, Emily caminaba con la mirada fija, la promesa de la luz de su diosa grabada en cada gesto.

Debía matar al hombre que una vez había salvado al mundo.

Debía matar a Lusian Douglas de Mondring.

Lusian los esperaba sentado sobre una roca, la capa desgarrada, el rostro marcado por un cansancio que ningún humano podría comprender.

Sus ojos dorados recorrían a cada héroe que avanzaba, y cuando se posaron en Emily, algo se tensó entre ellos: un amor prohibido, una fidelidad dividida.

—¡LUSIAN!

—gritó Arnos, líder del grupo—.

¡Por orden de los dioses, tu existencia termina aquí!

El bosque contuvo la respiración.

Las raíces se agitaban bajo los pies de los héroes, la magia latía en el aire como un corazón que nadie podía controlar.

Lusian se levantó, la espada negra brillando con una luz propia, y comprendió de golpe el dilema que lo asfixiaba: huir y arriesgarse a que los héroes lo alcanzaran, o luchar y convertirse en aquello que siempre temió ser.

Un rugido de energía hizo temblar la tierra.

Un hechizo de área lanzado por Lusian partió el suelo bajo sus pies; gritos y polvo cegador llenaron el aire.

Uno a uno, los héroes desaparecieron de su vista, cayendo al abismo que se abría entre las raíces y la roca.

Solo Arnos permaneció en pie, jadeante, con su espada apuntando al corazón de Lusian.

—¡Eres el heraldo del fin!

—exclamó, con la furia de quien cree cumplir la justicia divina.

—Entonces tus dioses mienten —respondió Lusian, su voz calma y firme, cargada de un peso que ningún humano debería sostener.

El choque de sus espadas sacudió el bosque, chispa tras chispa, golpe tras golpe.

Cada instante parecía estirarse hasta el infinito.

Lusian esquivó, bloqueó, y con un giro perfecto, la hoja de Arnos encontró la tierra en lugar de su pecho.

Un segundo después, Arnos yacía inmóvil.

La calma regresó, pero el aire seguía temblando.

La batalla había terminado, al menos por ahora.

Lusian observó a los cuerpos de los héroes dispersos por el abismo, y su mirada se posó en Emily, que temblaba a la distancia, atrapada entre su amor y la orden divina que debía cumplir.

En lo profundo del bosque Mongrul, Lusian Douglas, el falso villano, comprendió algo que ningún héroe o dios podría jamás aceptar: no estaba allí para morir.

Estaba allí para decidir.

Para reescribir un destino que nunca pidió, con su propia sangre, con su propia voluntad.

Y esa noche, bajo un cielo que ardía como un presagio, el verdadero fin comenzó.

1.

El triunfo La empresa NewGames había anunciado, por fin, al ganador del gran premio de su JRPG estrella: Guerra del Mundo Arcano.

En la página oficial, un solo nombre brillaba en la pantalla de Erwin: hine_pro Su usuario.

Su victoria.

Erwin Lenox apenas podía creerlo.

Tenía las manos sudorosas, los ojos rojos por las noches sin dormir y un cansancio tan profundo que le hormigueaba la espalda, pero aun así siguió rellenando cada formulario con precisión obsesiva.

Código de validación.

Pruebas de registro .Capturas del tiempo total de juego.

Había pasado días encerrado, alimentándose de café barato y comida rápida, luchando contra jefes imposibles y afinidades mágicas que en el juego parecían poesía… y en la vida real, solo fantasía.

Cada hechizo, cada duelo, cada misión respiraba dentro de él como si el mundo digital hubiera empezado a rozarlo desde el otro lado.

Cuando por fin presionó Enviar, el corazón le martillaba el pecho.

Medio millón de dólares.

Su vida por fin cambiaría.

No sabía que ya había cambiado.

A la mañana siguiente, El timbre sonó mientras Erwin aún trataba de despegarse del sofá.

Arrastró los pies hasta la puerta.

Al abrir, encontró a un hombre con traje negro, perfectamente planchado, una expresión neutra y una sonrisa educada que no le llegaba a los ojos.

—¿Señor…?

—murmuró Erwin, confundido—.

¿Puedo ayudarlo?

El hombre no respondió.

Solo movió la mano.

Un destello metálico.

El frío entrando en su pecho.Un filo perforando carne, costillas y corazón con la precisión de un asesino profesional.

—Ah… —Erwin jadeó, incapaz de comprender.

El mundo se derrumbó en luces, sonidos apagados, un goteo caliente bajando por su camisa.

El hombre lo observó mientras se desplomaba, con una sonrisa torcida que no tenía nada de humana.

La oscuridad lo engulló.

Esa noche, en las noticias, mencionaron un incendio.

Un apartamento destruido.

Un cuerpo irreconocible.

Para el mundo, Erwin Lenox había muerto.

Abrió los ojos entre un olor a musgo húmedo y tierra mojada.

No estaba en su apartamento.No estaba ni siquiera en su mundo.

El dolor era real, profundo, brutal.

Intentó incorporarse, pero sus brazos y piernas respondieron con torpeza, como si no fueran suyos.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Y entonces lo vio.

El mismo hombre del traje negro estaba allí… aunque ya no llevaba traje.

Una túnica oscura se agitaba con el viento, su cabello caía desordenado sobre el rostro, y sus ojos —antes humanos— brillaban ahora con un rojo intenso, casi sobrenatural.

No era un hombre.

Era algo más.

—Lamento la forma en que te traje aquí —dijo, con una voz grave que retumbó en el aire—.

Pero no tenía otra opción.

Erwin retrocedió instintivamente, aunque sus piernas temblaron.

—¿Qué… qué me hiciste?

—jadeó.

—Te apuñalé —respondió la figura con calma inquietante—.

Pero superaste mi prueba.

—¿Qué prueba?

¡Me mataste!

—Era necesario —contestó, sin alterarse—.

Tu cuerpo no habría resistido el tránsito.

Tu alma sí.

Erwin lo miró, aturdido.

Cada palabra sonaba más absurda, más imposible… pero el dolor en su cuerpo, el aire extraño, la humedad del suelo bajo sus manos lo obligaban a aceptar lo impensable.

—Guerra del Mundo Arcano —continuó el hombre— no fue solo un juego.

Fue un filtro.

Un entrenamiento.

Una forma de encontrar a alguien capaz de adaptarse a Kuria.

Kuria.

El nombre vibró en el aire como una campana antigua.

—¿Quién eres…?

—susurró Erwin.

Los ojos rojos brillaron más.

—Soy Kheris.

El nombre se clavó en su mente como un eco prohibido.

—Este mundo —prosiguió Kheris— es real.

Aquí, la magia gobierna, los dioses moldean la historia y cada alma sigue un destino escrito… salvo la tuya.

Erwin tragó saliva.

Su respiración se volvió errática, y el terror comenzó a cerrar su garganta.

—Te traje porque no existes en el Libro del Destino —dijo Kheris—.

Nadie puede predecirte.

Nadie puede encontrar tu camino.

Y eso… es exactamente lo que necesito.

—¿Para qué…?

—preguntó Erwin, casi suplicando.

—Para cambiar la historia que viste en el juego —respondió el dios, con una sombra de tristeza—.

Y para sobrevivir.

Kheris se acercó un paso.

Su presencia era aplastante, pero no hostil.

No ahora.

—Has tomado el cuerpo de Lusian Douglas de Mondring —explicó—.

En la historia, era uno de los villanos.

Uno destinado a morir joven.

En una semana ese cuerpo y tu alma estarán completamente fusionados completo.

Úsala bien.

Erwin sintió que el suelo desaparecía bajo él.

Todo.

Absolutamente todo era demasiado.

—Estoy… jodido —murmuró.

Kheris esbozó una sonrisa fría.

—Sobrevive —susurró— y te enviaré de vuelta.

Su figura comenzó a disiparse como humo negro.

—Si mueres aquí… morirás para siempre.

Y entonces desapareció.

El silencio del bosque cayó sobre él.

Un silencio pesado, inmenso, lleno de sonidos desconocidos acechando entre los árboles.

Erwin jadeó, intentando controlar el pánico mientras miraba sus manos.

No eran sus manos.

No eran suyas.

Sentir la respiración desfasada, el cuerpo extraño, los músculos que no recordaba…Todo lo llevó al borde del colapso.

No pertenecía a ese cuerpo.

No pertenecía a ese mundo.

Y nadie sabía que estaba vivo.

Un crujido entre los árboles lo sacó de su espiral de pánico.

Erwin se tensó, aferrándose al suelo húmedo.

Las sombras del bosque se abrieron… y un lobo negro emergió entre ellas.

Era enorme, del tamaño casi de un caballo, con un pelaje que absorbía la luz en lugar de reflejarla.

Sus ojos dorados no mostraban hambre… sino inteligencia.

Y familiaridad.

Erwin debería haber entrado en pánico.

Debería haber corrido.

Gritado.

Pero algo en su interior se relajó, como si el miedo hubiese sido arrancado.

Una marca luminosa, suave y plateada, apareció en su antebrazo, brillando bajo la piel.

Su memoria —o la de Lusian— respondió antes que él.

Las tres bestias mágicas heredadas de Lady Douglas.

La marca ardió un instante.

El lobo inclinó la cabeza…y se acercó con un movimiento sumiso, como un súbdito ante su señor.

Erwin tragó saliva.

Esto no es normal.

Esto no es mío.

Esto es de él.

Pero no había tiempo para asimilarlo.

Un estruendo de cascos retumbó entre los árboles.

El lobo retrocedió de inmediato, erguido, vigilante.

Un caballo blanco con vetas azules surgió entre la maleza, montado por una mujer de cabello negro como la noche.

Sus ropas elegantes estaban manchadas de barro, su respiración entrecortada…y sus ojos, al verlo, se llenaron de lágrimas.

—¡Lusian!

—gritó mientras desmontaba casi cayéndose—.

¡Hijo mío!

Antes de que Erwin pudiera reaccionar, la mujer lo envolvió en un abrazo desesperado.

Él quedó rígido.

Atónito.

Sin saber dónde poner las manos, ni cómo respirar.

La mujer temblaba contra él.

Sophia Douglas de Mondring.

Duquesa.

Maga legendaria.

La mujer más temida y respetada de Caparthia.

Y en ese instante, solo una madre que creyó haber perdido a su hijo.

Horas después Erwin despertó en una cama suave, con sábanas demasiado finas para ser reales.

La habitación era amplia, de piedra pulida y cortinas de seda que se movían con la brisa.

Había magia en el aire, un cosquilleo constante, como si el ambiente respirara.

Sophia estaba sentada a su lado, con una sonrisa dulce y cansada.

—Por fin despiertas, Lusien… —susurró—.

Me tenías tan preocupada.

Erwin tragó saliva.

—Lo siento —murmuró.

Y era verdad, aunque no por las razones que ella pensaba.

La duquesa lo abrazó con fuerza y besó su frente.

—No vuelvas a huir así nunca más, ¿me escuchas?

Pensé que había perdido a mi pequeño.

Nadie había dicho “mi pequeño” sobre él desde que tenía memoria.

El abrazo lo desarmó.

Lo dejó vulnerable de una forma que le dolió más que la muerte.

¿Cómo se supone que puedo engañar a alguien así…?

Días después, Mientras su cuerpo —el cuerpo de Lusien— se recuperaba, Erwin comenzó a conectar los hilos con desesperación metódica.

La historia del juego.

Los recuerdos difusos de Lusien.

Los informes del ducado.

Todo encajaba en una tragedia inevitable: el mundo enfrentaba la extinción, y los dioses habían enviado a sus héroes elegidos para salvar a la humanidad.

Lusian Douglas había sido un noble brillante, pero no fue escogido.

Desesperado por la envidia y por no perder su estatus ante los héroes bendecidos, Lusian hizo un pacto con un siervo de la Reina Demonio para ganar el poder que el cielo le negó.

La visión era clara: si usaba el poder del pacto que ahora residía en él, la Reina Demonio lo reclamaría.

Y en la historia original, esa traición final le costó la vida a manos de su propia prometida, la Santa de la Luz.

Un villano clásico.

Una tragedia inevitable.

Y ahora Erwin era él.

—Genial…

—susurró con amargura—.

Me toca ser el villano con fecha de caducidad.

Kheris había sido claro: Sobrevive.

Cambia la historia.

No permitas que la misma cadena de eventos se repita.

Así que trazó un plan.

Sencillo, casi ridículo, pero el único posible: Fingir ser Lusian sin levantar sospechas.

Evitar a los héroes como si fueran plagas divinas.

Nunca hacer un trato con demonios.

Mantenerse vivo.

Punto.

Había solo un problema.

Su personaje favorito en todo el juego era la Reina Demonio.

Esa belleza, ese diseño.

Y ahora tengo que evitar a los demonios.

Erwin soltó una risa amarga.

—Estoy condenado…

Miró sus manos —las manos de otro— y respiró hondo.

Era un villano condenado a morir joven…con un dios caído jugando ajedrez desde las sombras.

Y él era solo una pieza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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