GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 el culto demoniaco 12: Capítulo 12 el culto demoniaco “La aldea vacía” En la salida de Dreville, un grupo de aventureros avanzaba hacia la aldea, cumpliendo la misión encomendada por el barón Aritz.
Entre ellos, Keitaro se detuvo un instante, señalando con una sonrisa torcida a un niño acompañado por un lobo y a una niña con un tigre.
El brillo de sorna en sus ojos contrastaba con la seriedad del viaje.
Iris, tras soltar una risita burlona, replicó: —¿Ah, sí?
Pero tú no eras diferente…
siempre rodeado de caballeros, siempre inaccesible.
Keitaro carraspeó, fingiendo humildad mientras sus dedos rozaban la empuñadura de su espada.
—Siempre un humilde aventurero, luchando por tu bienestar, mi querida esposa.
Iris arqueó una ceja con una mezcla de ironía y nostalgia.
—Ahora olvidaste que eras el heredero de los Macallister…
y que me secuestraste.
Keitaro tosió, intentando suavizar el reproche, y la mirada que le lanzó Iris no disminuyó ni un ápice la acusación.
—Pero anoche…
parecía feliz a mi lado.
—Solo aparentaba —respondió Iris, guiñándole un ojo—, para que no te sintieras mal.
El intercambio continuó, ligero y cargado de complicidad, hasta que la aldea apareció ante ellos.
El silencio los golpeó antes que la vista: calles desiertas, ventanas abiertas como bocas mudas, ningún alma a la vista.
Todo indicaba que el abandono era reciente.
Caín, líder del grupo de grado Obsidiana, dio un paso al frente.
Su voz no necesitó elevarse; la gravedad en sus palabras hizo que todos se tensaran.
—La información del barón es correcta.
Las aldeas están quedando vacías.
Descubran qué está pasando.
El grupo se dispersó, inspeccionando casas y calles.
Los nueve obsidiana se colocaron con precisión; los diamante doblaban su número y formaban perímetro, mientras más de veinte aventureros de grado oro revisaban las casas cercanas.
—El barón no pudo enviar soldados —murmuró Caín mientras avanzaba—.
Por eso estamos nosotros.
—¿Cinco grupos en total?
—preguntó Lusian, observando la escena.
—Ojalá baste —respondió Caín, y sus ojos recorrieron la aldea vacía con cautela.
De repente, un no muerto, avanzado en descomposición, irrumpió desde una calle lateral y se lanzó sobre Iris.
Su bastón brilló, el mana de agua fluyendo con precisión quirúrgica, y un enjambre de espadas líquidas cortó al atacante en mil fragmentos.
Pero el alivio duró poco.
Una horda emergió de las sombras, y a lo lejos, una figura envuelta en un aura de mana rojo apareció: un Linch.
Caín palideció apenas lo reconoció.
—¡Linch!
Si no lo detenemos, levantará a toda la horda.
El combate comenzó, brutal y caótico.
Espadas y hechizos chocaban, cuerpos caían, los no muertos avanzaban implacables.
Uno de los compañeros intentó intervenir contra los hechizos del Linch, solo para ser atravesado por espinas de mana.
La desesperación se palpaba en cada respiración.
Keitaro, evaluando la situación, buscó a Iris entre el caos: —¡Iris!
Mantente junto a mí.
Sabes qué hacer.
Ella no dudó.
Su agarre al bastón era firme, y en sus ojos brillaba la certeza de quien ha sobrevivido a peores batallas: —Lo sé.
Sigamos la estrategia.
Desde una colina, hombres con túnicas negras observaban.
Apenas un contingente de caballeros se acercó, y los Linch se retiraron obedeciendo órdenes silenciosas.
Con el enemigo disperso, los aventureros despejaron rápidamente la aldea de no muertos.
Lusian recorrió la escena.
No podía contar cuántos sobrevivieron; demasiados cuerpos yacían en el suelo.
—Reúnan a los que todavía puedan pelear —ordenó, avanzando entre los heridos.
Iris permaneció en silencio, sus manos temblando apenas mientras cerraba los ojos de uno de los caídos.
La calma forzada era solo una máscara para lo que sentía.
Apenas terminaron de reagruparse, el sonido de cascos rompió el silencio.
Un carruaje avanzó lentamente por la aldea vacía, anunciando la llegada de alguien más.
“Los niños escondidos” El joven avanzó entre los cuerpos y preguntó, con la voz cargada de curiosidad y alerta: —¿Qué pasó aquí?
Caín se incorporó con dificultad, sus ojos fulminantes clavados en él.
La ira chispeaba en cada músculo de su rostro.
—¡Espantaron mi presa, mocoso inútil!
¿Qué haces aquí?
Antes de que la situación pudiera escalar, Albert dio un paso al frente.
Con un rápido movimiento, golpeó con la funda de su espada el estómago de Caín, quien cayó de rodillas, jadeando.
—No tolero la falta de respeto —dijo Albert, la firmeza en su voz contrastando con la humillación del otro—.
Ignorante o no, no permitiré que insultes a mi señor.
Un silencio tenso cayó sobre el grupo, interrumpido por el sonido de cascos que se acercaban.
Más de doscientos caballeros rodeaban la escena, escoltando a Lusian.
Este levantó una mano con calma, su presencia suficiente para que la tensión disminuyera.
—Cálmense todos —dijo con voz serena—.
Solo estamos de paseo.
Iris dejó escapar un suspiro de alivio, sus hombros relajándose apenas.
—Gracias por venir, su gracia.
Nos han salvado la vida.
Lusian negó con modestia, sus ojos claros reflejando cierta distancia, como si no quisiera atribuirse el mérito.
—No he hecho nada.
No es necesario agradecerme.
Pero detrás de esa aparente indiferencia, Lusian calculaba.
Este era el momento perfecto para ganarse la confianza de Keitaro, el vengador que había eliminado al culto responsable de la muerte de su esposa.
Sin embargo, el caos y la incertidumbre desviaron sus planes.
Emily, preocupada, miró alrededor y preguntó, con la voz temblando de impotencia: —¿Qué pasó aquí?
¿Por qué tantos cadáveres?
Keitaro se colocó frente a Iris, una barrera protectora que hablaba más de instinto que de estrategia.
—No lo sabemos —dijo, apretando la mandíbula—.
Solo fuimos contratados para inspeccionar esta aldea, porque habían personas desaparecidas.
Caín se enderezó lentamente, tomándose el estómago dolorido.
—Apenas llegamos, fuimos atacados por esos…
seres.
Emily se volvió hacia Lusian, decidida.
—¿Podemos ayudar a buscar a las personas desaparecidas?
Lusian frunció el ceño, evaluando la situación.
—Mientras no salgan de esta aldea, está bien.
Adela, acompaña a Emily durante la búsqueda.
Emily se adentró en las casas, con paso firme y mirada alerta.
Adela la seguía, y pronto Aureus, su compañero canino, comenzó a rascar con insistencia una pared.
Curiosas, se acercaron y escucharon los sollozos de varios niños.
Tras derribar la pared, encontraron a los jóvenes escondidos, encogidos por el miedo.
Emily se arrodilló, sus ojos suaves y confiables.
—Tranquilos, hemos venido a ayudarlos.
No les haremos daño.
Una niña, con lágrimas que surcaban sus mejillas, murmuró: —No nos lastimen…
haremos lo que digan.
Emily tomó sus manos con delicadeza, transmitiendo seguridad.
—Todo estará bien.
Estamos aquí para protegerlos y encontrar una solución.
No tienen por qué temer.
Después de darles alimento y un momento de consuelo, Emily llevó a los niños hacia Lusian para contarle lo sucedido.
Los pequeños narraron cómo hombres vestidos de negro habían llegado a la aldea, secuestrando a los habitantes.
Ellos solo lograron esconderse y sobrevivir.
Con urgencia, Emily se volvió hacia Lusian: —Debemos ayudarlos.
Sus padres fueron secuestrados.
Lusian frunció el ceño, cauteloso.
—No es nuestra responsabilidad, Emily.
Esto pertenece al rey.
Debemos informar al barón Aritz y cumplir con nuestro deber.
Pero Emily no cedió.
Su mirada lo atravesaba con convicción.
—Por favor, podemos ayudarlos.
Si no rescatamos a sus padres, estos niños quedarán solos.
Lusian trató de razonar, pero sus palabras carecían de fuerza frente a la firmeza de Emily: —¿Entiendes lo que pides?
Hombres secuestrando personas, magia negra…
solo un grupo me viene a la mente.
Nuestro paseo termina aquí.
Volveremos a Dreville.
Iris intervino, sus ojos brillando con determinación: —Es deber de todo noble ayudar a los necesitados y proteger a los ciudadanos.
Su excelencia demostrará grandeza ayudando desinteresadamente a estas pobres almas.
Lusian la miró sorprendido, evaluando la seguridad y la sabiduría de sus palabras.
Keitaro se adelantó, protegiendo a Iris con un gesto firme.
—Somos humildes aventureros, mi señor.
Perdone a mi imprudente esposa.
Emily respaldó sus palabras, firme y persuasiva: —Pero es cierto, Lusian.
Como nobles del reino, es nuestro deber ayudar en esta situación.
Lusian sintió cómo su inexperiencia frente a la determinación femenina se hacía evidente.
La mirada de Emily no pedía, exigía con justicia.
Finalmente, cediendo: —Bien, ayudaremos con el rescate.
Pero si nos enfrentamos a un peligro que nos supere, volveremos inmediatamente.
¿Entendido?
Emily sonrió, aliviada, y apretó su mano con gratitud: —Sí, señor.
Gracias, Lusian.
“Camino hacia la montaña” Con el ejército completo desplegado detrás de ellos, las armaduras relucían bajo la luz del sol, las capas de los magos ondeaban con el viento y los estandartes cubrían la colina como un mar de colores.
Emily inhaló profundamente, dejando que la calma se filtrara por un instante en medio del caos que se avecinaba.
Lusian llamó a Albert, buscando la opinión de un guerrero experimentado para coordinar la operación sin poner a nadie en riesgo.
Albert frunció el ceño, su voz firme y seca: —No estoy de acuerdo, mi señor.
Este asunto no nos compete.
Lusian suspiró, intentando persuadirlo: —Bien, ya somos dos en contra, pero le prometí a Emily que ayudaría.
Necesito tu apoyo.
El sarcasmo apareció en la respuesta de Albert, ligero y cortante: —Ya veo…
Entonces, cuando se casen, ¿será ella quien mande en el ducado?
¿Debo ganarme el favor de la señorita Emily?
Lusian alzó la voz, la frustración evidente en su tono: —¿Vas a ayudarme o solo te vas a burlar de mí?
El rostro de Albert cambió.
El sarcasmo desapareció, reemplazado por determinación.
—Claro que lo ayudaré, mi señor.
Y si esta misión es tan importante para ganarse el corazón de su prometida…
entonces debe ser un éxito.
Lusian exhaló un suspiro de alivio.
—Solo ayúdame a convencer a los demás caballeros de que me apoyen.
Albert sonrió, dejando ver lealtad genuina: —No tiene que convencer a nadie.
Usted da la orden y los caballeros obedecerán.
Es nuestro deber…
y el mayor de los honores.
Incluso si marchamos hacia la muerte, lo haríamos felices si es por usted.
Lusian sostuvo la mirada de su aliado, agradecido pero firme: —Gracias, Albert.
Pero no marcharemos a la muerte.
Ayúdame a que nadie salga lastimado.
Albert asintió, serio: —Daré mi mejor esfuerzo.
Pero deben hablar con los aventureros.
Tres Linch invocando no muertos son una amenaza seria, aunque superable.
Cuando llegaron a esta aldea, se retiraron antes de enfrentarnos.
Lusian frunció el ceño, comprendiendo la gravedad de la situación: —Alguien los controla, ¿verdad?
El culto demoníaco.
Albert asintió, con voz grave: —Sí.
Normalmente secuestran gente para invocar demonios.
Un demonio de alto rango requiere demasiados sacrificios; aquí la cantidad de personas es limitada.
—Entonces intentarán invocar un demonio menor.
—Exacto —confirmó Albert—.
No representará peligro para el reino, pero para aldeas pequeñas o poblados medianos será un verdadero infierno.
Lusian reflexionó, recordando lo estudiado: —Para invocaciones demoníacas, las personas deben estar vivas.
Seguramente las tienen retenidas en algún lugar.
Albert advirtió con firmeza: —No son tontos.
Seguramente colocaron trampas alrededor de su base para proteger a los secuestrados.
—Será muy peligroso, ¿verdad?
—preguntó Lusian, preocupado.
El silencio de Albert lo dijo todo.
Lusian meditó sobre la situación: Keitaro había perdido a su esposa en el reino, y él podía influir en la historia si lograba ganarse la ayuda de los héroes.
Con Emily de su lado, al menos, aumentaban sus posibilidades de éxito.
Mientras tanto, Albert organizaba a los caballeros y llamó aparte a los aventureros: —Mi señor ha decidido organizar una operación de rescate de los aldeanos.
¿Qué planean hacer ustedes?
Caín dio un paso al frente, decidido: —Ayudaremos, señor.
Queremos vengar a nuestros compañeros caídos.
Albert asintió, imponiendo autoridad: —Si deciden unirse, deberán seguir órdenes al pie de la letra.
No quiero que terminen en fuego cruzado ni que lastimen a algún caballero.
¿Entendido?
Los aventureros asintieron, preparados para coordinarse bajo Lusian y Albert.
En la montaña, Jerges, un mago negro del culto demoníaco, daba órdenes a sus seguidores: —Activen los hechizos de apoyo y alerten a todos los miembros del culto.
Si el ejército del reino ataca, nos retiraremos.
Un subordinado preguntó con nerviosismo: —Señor, ¿qué haremos con los sacrificios?
No son suficientes para invocar a un demonio.
—Si llegan los soldados, escaparemos —respondió Jerges con frialdad—.
La profecía se acerca; nuestro señor, el rey demonio, descenderá a Kuria y nos concederá nuestro deseo.
Debemos ser pacientes.
Mientras ascendían, Albert, Lusian, Emily y Adela avanzaban al centro del grupo, con Umber y Aureus vigilando los alrededores.
Lusian frunció el ceño: —¿Estás seguro de la dirección, Albert?
Tal vez deberíamos enviar a Umber a investigar.
Albert sonrió con confianza: —Puede que Umber no tenga un buen olfato, pero puedo sentir el mana putrefacto cerca.
Si necesito ayuda, mi señor, te lo haré saber.
De repente, Umber detectó movimiento.
Gracias a su conexión con Lusian, el grupo pudo ocultarse entre los árboles.
Delante, veinte hombres con capas negras tenían a varias personas amarradas: hombres, mujeres y niños.
Con una señal de Albert, los caballeros atacaron.
Su superioridad numérica y coordinación fue decisiva: tres caballeros se abalanzaron sobre cada enemigo desde diferentes direcciones, sorprendiendo al culto.
Ocho fueron abatidos, doce capturados.
Lusian ordenó a Charles: —Lleva a los capturados a una zona segura y obtén la mayor cantidad de información posible.
—Sí, mi señor.
Luego indicó al resto: —Sigamos avanzando para estudiar la zona y planear nuestro próximo ataque.
Albert agregó: —También debemos escoltar a los rescatados de regreso a la aldea.
Asignaré a diez caballeros para protegerlos.
Al caer la noche, Lusian se inclinó hacia Emily, preocupado: —¿Estás bien?
No instalaremos carpas; no podemos llamar la atención.
Emily sonrió, confiada: —Estoy bien, Lusian.
También he sido entrenada para luchar.
No me subestimes.
Un felino blanco se acercó y se sentó junto a Lusian, acompañado por Adela, la joven de cabello negro y ojos amarillos.
—Adela, ¿qué haces?
—preguntó Lusian.
—Traje su comida, señor, y la de la señorita Emily —respondió ella con naturalidad.
Lusian arqueó una ceja: —¿Así que la comida estaba “invisible”?
Adela sonrió y mostró frutas y carne seca en su brazalete espacial: —Los caballeros siempre tienen reservas para emergencias.
Es cuestión de supervivencia.
—Gracias, Adela —dijo Lusian, sonriendo.
Emily acarició a Aureus: —¿Umber tardará en volver?
—Puede descansar sobre él; yo vigilaré su seguridad —aseguró Adela.
—¿Puedo tocarlo?
—Claro, señorita Emily.
Emily sonrió mientras acariciaba al felino: —Se ve muy fuerte.
—Clase C–Épsilon —explicó Adela—.
La bestia mágica más fuerte entrenada por una domadora en el reino.
—No presumas tanto —suspiró Lusian.
—No presumo, mi señor.
Aureus y yo seremos sus sirvientes más fuertes.
Emily sonrió, apreciando la confianza de la joven.
Albert y Charles se acercaron con semblantes serios.
—Mi señor, malas noticias.
Lusian bromeó con humor negro: —Déjame adivinar: trampas y no muertos.
—Y muchos integrantes del culto demoníaco.
Tenían toda una base instalada —agregó Albert.
—¿Planeaban algo grande?
—preguntó Lusian.
—Solo hablaban de una profecía y el tiempo del rey demonio —respondió Charles.
Lusian frunció el ceño, intrigado: —Ellos lo saben…
pero ¿cómo?
Emily preguntó: —¿Saben qué?
—No importa —murmuró Lusian—.
¿Qué haremos, Albert?
—Distribuiremos soldados y magos para rodear la montaña.
Hay más de una entrada.
Charles, Leónidas y yo lideraremos grupos; mi señor, te quedarás con la entrada principal junto con Emily y Adela.
Los aventureros cubrirán una salida secundaria.
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