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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 La Rutina de la Academia 14: Capítulo 14 La Rutina de la Academia “Ecos de Sangre y Nobleza” Sofía llegó a Dreville escoltada por ochocientos caballeros y doscientos magos bajo el mando del mayor general Aleph Douglas.

El estruendo de las armaduras hizo temblar los cimientos del pequeño feudo.

Un aldeano corrió hasta el barón Aritz con el rostro pálido para informarle de la situación.

Aritz, sosteniendo las manos de sus hijos, apenas podía ocultar su temblor.

—Si muero —dijo con voz rota—, intenta llegar a la familia real.

—Padre, ¿qué ocurre?

¿Por qué hay un ejército tan grande fuera de la ciudad?

—preguntó su hijo mayor, Iker.

Aritz desvió la mirada, avergonzado.

—El joven que nos visitaba salió a caminar fuera del pueblo, pero anoche no regresó.

No creí necesario enviar escolta, iba bien acompañado…

ahora lo lamento.

Por su causa movilizaron a todos los soldados.

Andrea rompió en llanto.

—Te amo, papá…

gracias por todo.

Iker lo abrazó con fuerza.

—Siempre te recordaré como un gran hombre.

Margarita, su esposa, lo miró con lágrimas contenidas.

—Fuiste un buen esposo.

Pase lo que pase, te amaré siempre.

Mientras caminaba hacia el lugar donde Sofía aguardaba, el barón sentía cómo el sudor le empapaba la espalda.

No entendía cómo una simple omisión podía haberse convertido en una pesadilla.

La duquesa Sofía, montada sobre su bestia Thunder, se aproximó con el rostro endurecido.

—¿Dónde está mi hijo?

—rugió, con una furia que heló el aire.

Aritz se inclinó con torpeza.

—Dijo que saldría a pasear por un pueblo cercano, excelencia.

—¡Llévame allí ahora!

—ordenó ella.

Quince minutos después, al llegar al poblado, los caballeros locales se arrodillaron ante su presencia.

Ella no aceptó saludos; exigió respuestas.

Cuando le informaron lo ocurrido, Sofía se dirigió sin dudar hacia las montañas donde habían visto por última vez a Lusian.

Desde lejos, divisaron un contingente que se aproximaba.

Sofía montó de nuevo a Thunder y avanzó junto a Larryet, seguida por su escolta personal.

Albert se adelantó para saludarla, pero apenas se acercó al rango de Thunder, una descarga eléctrica lo arrojó al suelo.

Charles, Leónidas y Jaiden quedaron paralizados.

Sofía desmontó con rapidez y corrió hacia Lusian.

—¿Qué haces aquí, Lusian?

—preguntó con severidad.

El joven tragó saliva, consciente de la gravedad de la situación y del cuerpo de Albert aún humeante a un lado.

—Perdón, madre.

Solo quería…

Emily intervino con valentía.

—Es mi culpa…

Lusian la colocó detrás de sí y habló con firmeza: —Salí a dar un paseo, pero ocurrió un accidente.

Si no fuera por Albert y los demás, habría sido un desastre.

Me haré responsable por la muerte de los caballeros, así que aceptaré…

Antes de que pudiera terminar, Sofía lo abrazó con fuerza.

—Me alegra que estés a salvo, hijo.

No imaginas cuánto temí perderte.

Sorprendido, Lusian tardó unos segundos en corresponder.

Hasta ese momento solo había conocido a la duquesa, no a la madre.

—Lo siento, mamá…

Solo quise cumplir con el deber de un noble.

I’m so sorry —murmuró con la voz quebrada.

Sofía acarició su cabello con ternura.

—Ya todo está bien.

Lo importante es que regresaste vivo.

—¿Entonces no estás enojada?

—preguntó Lusian, con una débil sonrisa.

—Bueno…

—respondió ella con calma contenida—.

Antes de que me lo preguntaras, no.

Pero ahora que lo hiciste, sí.

Y mucho.

¿Por qué tus caballeros no pudieron protegerte?

—Ellos estaban muriendo, madre.

No podía quedarme mirando.

Umber no obedeció mis órdenes, así que tuve que intervenir.

Sofía suspiró profundamente.

—No quiero que vuelvas a ponerte en peligro.

Todos los caballeros del ducado existen para protegerte, incluso si deben morir por ello.

En ese momento llegó Aleph Douglas, acompañado de Aritz, que respiró aliviado al ver a Lusian con vida.

—Mi señor, qué alegría verlo a salvo —dijo Aleph con respeto—.

Nos tenía sumamente preocupados.

Eres el futuro del ducado, por favor, no te arriesgues así otra vez.

—No volverá a pasar.

Gracias, general —respondió Lusian.

Aritz, nervioso, dio un paso adelante.

—Señor Lusian, disculpe por no haberle asignado escolta.

Fue un error imperdonable.

—Señor Aritz —intervino Emily—, debo informarle que el culto demoniaco estaba secuestrando personas para invocar a un demonio.

—Señaló hacia los prisioneros liberados.

Aritz abrió los ojos con horror.

—¿Qué dice?

¿Eso es cierto?

Lusian lo miró con frialdad.

—¿Acaso crees que mentimos?

Habla con ellos y encárgate de que reciban atención inmediata.

—Su tono era el de un noble acostumbrado a ser obedecido.

Mientras tanto, Albert se reincorporó con dificultad.

—¿Te dolió mucho?

—preguntó Charles.

Albert estiró el cuello y sonrió.

—No.

Es bueno para relajar los músculos.

Lo recomiendo.

—Los demás rieron nerviosos.

De regreso en Dreville, Lusian se recostó en su cama, agotado.

Adela entró en silencio.

—¿Necesitas algo, señor?

—preguntó.

—¿Mi madre estaba muy enojada?

—susurró él.

—Claro que no.

—Adela sonrió—.

La última vez que la vi realmente furiosa fue el día que te escapaste.

Lusian frunció el ceño.

—¿De verdad?

—Sí.

Ese día discutía con el duque porque quería nombrar heredero a Caleb sin su consentimiento.

Y cuando entré a informar que habías desaparecido, la cabeza del señor Laurence estaba entre las fauces de Larryet y Umber devoraba su propio brazo, el que solía portar su espada.

Créeme, ese fue un día terrible.

Lusian se llevó una mano a la frente.

—¿Eso…

realmente pasó?

—Así fue.

Comparado con aquel día, hoy solo estaba preocupada.

—Adela lo cubrió con una manta—.

Descansa, mi señor.

Al amanecer, el convoy emprendió el regreso a la capital.

Las columnas de caballeros avanzaban en perfecto orden, llevando consigo tanto la gloria de la victoria como el peso de las pérdidas.

Entre ellos, viajaban dos invitados especiales: Lusian Douglas, heredero del ducado, y Emily Laurent, hija del marqués de Lanter.

Al llegar, Lusian escoltó personalmente a Emily hasta su mansión.

Frente al portón principal, el marqués Daniel aguardaba ansioso, con el rostro marcado por la preocupación.

—Hay un escándalo en toda la capital —dijo apenas los vio—.

Todos vieron a la duquesa Sofía partir con cientos de soldados hacia las montañas.

Algunos rumores dicen que el gobernador de Dreville fue ejecutado.

¿Es cierto eso?

Emily negó con rapidez.

—No, padre.

Nada de eso pasó.

Nos encontramos con un grupo del culto demoníaco.

Daniel se acercó de inmediato y la tomó de los hombros.

—¿Estás bien, hija mía?

¿Te hicieron daño?

—Estoy bien, padre.

Nunca estuve en peligro…

Lusian no lo habría permitido.

—Su voz tembló apenas.

El marqués exhaló con alivio.

—Cumplió con su deber, como corresponde a tu prometido.

Entonces, ¿por qué luces tan abatida?

Emily bajó la mirada, incapaz de contener la culpa que la oprimía.

—Fui yo quien insistió en ayudar a los aldeanos secuestrados por el culto.

Pensé que sería una simple misión de rescate, pero…

fue una masacre.

Muchos de los caballeros de Lusian murieron, y él carga esa culpa sobre los hombros.

No sé si hice lo correcto.

Daniel la abrazó con ternura.

—Te conozco, Emily.

Siempre has tenido un corazón noble.

Hiciste lo que era correcto.

Los fuertes deben proteger a los débiles, aunque el precio sea alto.

Emily cerró los ojos y se dejó sostener, mientras las palabras de su padre aliviaban solo un poco el peso de su conciencia.

—Aun así…

—susurró—, cuando lo vi entre los cuerpos de sus hombres, entendí que la bondad también puede doler.

Daniel le acarició el cabello y respondió con firmeza: —Entonces asegúrate de que ese dolor no sea en vano.

Agradeceremos formalmente al joven duque.

Le enviaré varios obsequios en nombre de nuestra casa, como muestra de respeto por su valentía y sus nobles acciones.

Emily asintió con suavidad.

Mientras observaba a su padre retirarse para dar órdenes, su mirada se desvió hacia la ventana.

Allí, entre los rayos del sol de la mañana, pensó en Lusian.

En lo alto de la montaña, los supervivientes del culto habían improvisado un campamento entre rocas y pinos chamuscados.

Las antorchas chispeaban y el humo se mezclaba con el frío nocturno; hombres y mujeres vendados murmuraban plegarias al filo de la desesperación.

Jerges, pálido y con la capa manchada de sangre, se mantuvo apartado, sujetando un artefacto mágico que emitía un leve palpitar escarlata.

A distancia, una voz resonó desde el artefacto, fría y autoritaria.

No era un hombre que hablase con preocupación: era una orden revestida de ira.

—Excelencia —dijo Jerges, la voz quebrada—.

Lo lamento profundamente.

Hemos fracasado.

Descubrieron nuestra base y solo unos pocos lograron escapar.

La respuesta fue un bufido de furia contenida.

—¡Inútil!

—cortó la voz—.

¿Quién se atreve a interferir con nuestros planes?

—Era la familia Douglas —replicó Jerges, tragando saliva—.

Un niño paseaba por la zona y, por accidente, dio con nosotros.

Hubo un silencio que pareció tragar el crepitar de las antorchas.

Finalmente, la voz dictó, fría como hierro: —Dime su nombre y su ubicación.

Lo buscaré yo mismo y me aseguraré de que reciba el castigo que merece.

El artefacto vibró en la mano de Jerges.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de él; la luz roja se hizo más intensa como si respondiera a la promesa de sangre.

—Lo haré —murmuró Jerges—.

No fallaré de nuevo.

La voz no concedió piedad.

—No tolero la ineptitud.

Recupera lo perdido o tu vida pagará el precio.

Mientras la comunicación se apagaba, Jerges miró al horizonte, donde las sombras de la montaña ocultaban el sendero por el que se había fugado la paz del valle.

A su lado, los pocos reclutas que quedaban clavaron sus miradas en la lejanía, sabiendo que aquel fracaso no sería el final, sino apenas el preludio de algo peor.

El artefacto siguió latiendo en la noche, y en su pulso resonó una promesa: volverían.

“Sudor y Acero” Al llegar a la mansión, Lusian escribió una carta a Andrew pidiéndole que se reunieran, y después insistió a Albert para que lo entrenara; se sentía débil frente a los peligros que acechaban en ese mundo.

—Bien, Lusian —dijo Albert con determinación—.

Te enseñaré una técnica avanzada.

Atácame con todas tus fuerzas.

Lusian se lanzó al ataque.

Albert dio un paso adelante con sorprendente agilidad, bloqueó el golpe con maestría y, aprovechando el choque de las espadas, giró el cuerpo para golpear la espalda de Lusian con la suya.

Lusian quedó en el suelo, adolorido y quejándose.

—Sí, viste el movimiento —comentó Albert—.

¿Quieres que lo repitamos?

—No deberías explicarme cómo hacerlo antes de golpearme —gruñó Lusian, frustrado por el método de entrenamiento.

—Sería aburrido —replicó Albert con calma—.

La práctica vale más que la teoría.

Lusian se incorporó frotándose la espalda.

—Deberías combinar teoría y práctica.

Eres un pésimo maestro.

Albert se tomó un momento para pensar y luego habló con paciencia: —Muy bien.

Escucha.

Primero aprovechas la fuerza del choque de las espadas.

Después, tus pies hacen el trabajo: usa el impulso para moverte más rápido y completar la rotación.

Ahora, inténtalo.

Pasaron horas.

Lusian practicó la secuencia una y otra vez, sudando y repitiendo los pasos, pero los avances fueron lentos.

Cada repetición lo dejaba más fatigado; la técnica no terminaba de encajar.

En la mansión del conde Denisse, Tomás reprendía con dureza a su hijo Lorenzo.

—Eres una decepción —le espetó—.

Ni siquiera sabes aprovechar tu buena apariencia para conquistar a una mujer.

Lorenzo bajó la mirada, resentido.

—Padre, desde que me acerqué a la princesa, ella me ha mirado siempre como si yo fuera inferior.

No es culpa mía que nuestra casa no se compare con la realeza.

—No hay excusas, idiota —gruñó Tomás—.

Si no te hubieras pasado la vida jugando con tantas mujeres, tendrías mejor reputación y tal vez la princesa te vería de otra manera.

Aunque, en parte tienes razón: dudo que la conquistaras.

Tomás se reclinó y frunció el ceño, pensativo.

—Dicen que la princesa está interesada en alguien.

Si averiguamos quién es, podremos aprovecharlo.

Así que encárgate de descubrirlo.

—Sí, padre —respondió Lorenzo con aparente disposición—.

Pero ella se mantiene alejada de la mayoría de los nobles; los ve como sus subordinados.

El único que parece mirarla de otra forma y sonreírle es Lusian Douglas.

—¿Lusian Douglas?

—masculló Tomás, entre dientes—.

Maldición…

claro, ella debe estar cercana a él por la relación entre la reina y la duquesa.

Está bien.

Olvídate de Elizabeth por ahora y enfócate en Isabella.

Podemos utilizarla en nuestros planes.

Lorenzo tragó saliva.

—Padre, es una mala idea.

Mi vida sería un infierno.

El príncipe Leonardo y Caleb Douglas están siempre cerca de ella; no permiten que nadie se le acerque.

Tomás clavó la mirada en su hijo, tajante.

—Deja de quejarte y haz lo que te digo.

—Y no esperó más explicaciones.

Un día antes de regresar a la academia, Lusian fue convocado por la princesa Elizabeth a una habitación privada.

—Hola —saludó ella con una sonrisa traviesa—.

¿Me extrañaste?

—Princesa, es un gusto verla —respondió Lusian, intentando mantener la compostura.

—Escuché que tuviste un lindo paseo con tu prometida —comentó ella, con una mirada curiosa—.

¿Se divirtieron?

—Sí…

aunque ocurrieron cosas desagradables —respondió él con cautela.

—Si no hubiera pasado nada de eso, ¿te habrías divertido más con ella?

—Tal vez…

no lo sé.

Supongo que sí.

—Entonces tendrás que pasear conmigo para averiguar con quién te la pasas mejor.

(Maldición…

estar a solas con la princesa es demasiado desafiante.) —Si me quedo a solas contigo, tal vez no pueda contenerme —dijo Lusian, dando un paso hacia ella.

—Pues intentémoslo —susurró Elizabeth, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.

En ese preciso momento, Andrew entró en la habitación y se detuvo al verlos casi cara a cara.

Saludó, pero ninguno respondió.

Tosió un par de veces y dijo: —¿Recuerdan que soy el futuro rey, verdad?

Ambos respondieron al unísono: —Sí, ¿y?

Andrew rodó los ojos.

—Entonces, Lusian…

¿me llamaste solo para que presenciara cómo coqueteas con mi hermana?

Elizabeth sonrió con malicia y, antes de retirarse, le guiñó un ojo a Lusian.

—No estaba coqueteando con ella —dijo Lusian, aclarando la garganta—.

Te llamé porque encontré a alguien que podría interesarte.

Andrew cruzó los brazos.

—¿De quién se trata?

—¿Has oído hablar de la fuga del heredero de la familia Markallister, del Imperio?

Andrew se irguió, sorprendido.

—¿Lo encontraste?

—Sí.

Se esconde como aventurero dentro del reino.

Andrew guardó silencio unos segundos, evaluando las implicaciones.

—Eso sería problemático…

pero también muy útil.

¿Qué nivel tiene?

—Legionario, en una etapa avanzada.

Pronto ascenderá a Lord.

Su afinidad mágica es Delta.

Andrew esbozó una sonrisa.

—Tentador.

Valdrá la pena el riesgo, aunque si la familia Markallister lo descubre, tendremos problemas.

—La decisión es tuya —respondió Lusian—.

Si no lo quieres para la corona, lo llevaré al ducado.

—Consultaré con mi padre —concluyó Andrew—.

Esto podría convertirse en un conflicto externo…

o en una oportunidad perfecta.

“Persiguiendo Fantasmas” Al día siguiente, Lusian y los demás regresaron a la academia para retomar sus actividades escolares.

Emily, siguiendo a su hermano, se encontró con Alejandro en el pasillo principal.

—Emily, ¿cómo estás?

—preguntó él con tono amable—.

Escuché lo que pasó.

Toda la capital está conmocionada por la aparición de esos seres malignos.

—Sí, fue horrible —respondió ella, bajando un poco la voz—.

Mataban a las personas y las convertían en no muertos.

Por suerte, Lusian decidió acabar con ellos.

Lideró a sus tropas de una manera magnífica.

Alejandro sonrió, aunque con cierta incomodidad.

—Parece que lo estás alabando demasiado.

Tal vez solo intenta mostrarse como una buena persona para conquistarte.

Emily frunció el ceño.

—Sabe perfectamente que no quiere casarse conmigo, y aun así, dice eso.

Además, tú no estuviste allí.

No viste cómo se comportó.

Sin esperar respuesta, Emily se marchó hacia su alojamiento, dejando atrás a Alejandro y a Manuel.

—Parece que se está volviendo muy cercana a ese imbécil —murmuró Manuel, con una mezcla de celos y preocupación.

—¿Por qué no reconoce nuestros esfuerzos?

—replicó Alejandro, molesto.

—Tranquilo —respondió Manuel con frialdad—.

Cuando acabemos con los Douglas, lo hará.

Más tarde, en el aula del salón 1A, la profesora Carla impartía la clase de historia.

—Hace setecientos catorce años —comenzó—, debido a las constantes invasiones de bárbaros en nuestro territorio, los cuatro grandes clanes decidieron unirse para hacerles frente.

Tras vencerlos y expulsarlos, fundaron lo que hoy conocemos como el Reino de Carpatia.

La creación del reino no fue sangrienta: con el tiempo, las tribus vecinas, buscando protección, se unieron mediante tratados y alianzas que aún perduran.

En representación de las familias más antiguas están los tres ducados y, por supuesto, la familia real…

A lo lejos, Lusian luchaba contra el sueño, recostando la cabeza en su brazo.

Emily, sentada a su lado, le dio un codazo.

—No te duermas, presta atención.

—Es muy aburrido —murmuró él—.

¿No podemos saltarnos esta clase?

—No seas vago, Lusian —respondió ella, frunciendo el ceño.

—Cuando pasas el día huyendo de una loca destructiva que te persigue sin descanso, escuchar una clase es lo de menos —se quejó él, medio en serio.

—¿Kara sigue molestándote?

—Sí.

No ha aprendido la lección.

Es…

molesto.

En ese momento, la voz de la profesora los interrumpió.

—Bueno, ya que tenemos entre nosotros a un representante de uno de los antiguos ducados —dijo con una leve sonrisa—, tal vez el joven Lusian pueda responder: ¿qué motivos justifican una guerra territorial y cuáles son sus procedimientos?

Lusian parpadeó, algo sorprendido, pero leyó rápidamente las notas de Emily y respondió: —Maestra, existen varios motivos.

El primero sería la defensa del territorio; el segundo, proteger el honor y el prestigio; y el tercero, resolver disputas que no hayan podido solucionarse pacíficamente.

En cuanto a los procedimientos, se debe informar al rey y a los nobles implicados en la declaración de guerra.

La profesora Carla asintió, ligeramente impresionada.

—Parece que está algo informado, señor Lusian —dijo con una sonrisa—.

Pero procure atender a la clase, no solo leer el cuaderno de su compañera.

Lusian soltó un suspiro mientras Emily intentaba ocultar una sonrisa.

Lusian buscó refugio en la biblioteca, el único lugar donde, al menos por un rato, podía escapar de la incansable persecución de Kara.

El silencio del lugar, el suave aroma a papel antiguo y el tenue resplandor de la luz filtrándose entre los ventanales parecían prometerle un momento de paz.

Sin embargo, su tranquilidad duró poco.

Una voz alegre rompió el silencio.

—¡Señor Lusian, qué gusto verlo!

—exclamó Isabella, acercándose con una amplia sonrisa.

Lusian levantó la vista del libro que sostenía y respondió con cortesía: —Señorita Isabella, el gusto es mío.

¿Cómo se encuentra hoy?

—Muy bien, gracias —respondió ella, con un brillo sincero en los ojos—.

En realidad, vine a disculparme por lo ocurrido el otro día.

Realmente lo lamento.

—No tiene de qué preocuparse —contestó Lusian, cerrando suavemente el libro—.

No fue su culpa.

Aunque debo admitir que me sorprendió la actitud del príncipe Leonardo…

fue bastante agresivo.

¿Siempre actúa así?

Isabella suspiró con cierta frustración.

—Sí, siempre.

El príncipe y el señor Caleb se encargan de ahuyentar a cualquier hombre que intente hablar conmigo.

Es…

agotador.

—Lamento la actitud de mi hermano —dijo Lusian con tono comprensivo—.

Y parece que el refrán es cierto.

—¿Qué refrán, señor Lusian?

—preguntó Isabella, inclinando la cabeza con curiosidad.

Lusian sonrió apenas.

—Que la belleza, en ocasiones, puede ser una maldición.

Y, en su caso, me temo que el dicho aplica con precisión.

Un breve silencio se formó entre ellos, roto por una sonrisa traviesa de Isabella.

—Tal vez —respondió ella, con un tono juguetón—.

Por cierto, ¿cuándo piensa visitar la sala de arte?

Estoy segura de que el príncipe Leonardo aprendió la lección, y el señor Caleb parece tenerle respeto.

Si no le molesta…

¿podría considerarme su amiga?

Lusian alzó una ceja, notando el trasfondo en sus palabras.

—Déjeme adivinar —dijo con una sonrisa socarrona—, ¿quiere mantener alejados a esos dos, verdad?

Isabella se llevó una mano a la boca para ocultar una risita.

—No me malinterprete, señor Lusian.

Solo deseo aprender más sobre música —dijo, intentando sonar inocente, aunque sus ojos delataban una astucia encantadora.

Lusian soltó una leve risa.

—Entonces, señorita Isabella, será un placer enseñarle.

Lusian disfrutaba de aquella conversación tranquila con Isabella, quien seguía mostrándose amable y curiosa.

Por un momento, creyó que podría tener un día sin sobresaltos.

Sin embargo, una sensación incómoda le recorrió la espalda.

Conocía demasiado bien esa sensación: el presentimiento de peligro.

Miró hacia el segundo piso de la biblioteca y, para su desgracia, la vio.

Kara acababa de entrar.

Y su expresión era la de alguien que había jurado venganza.

(Genial…

justo cuando las cosas empezaban a mejorar), pensó Lusian, suspirando.

Desde su posición, observó cómo ella miraba de un lado a otro, claramente buscándolo.

Su presencia allí era tan inusual como ver a un hipopótamo en el desierto.

No cabía duda: lo estaba cazando.

—Señorita Isabella, me temo que debo retirarme.

Me acabo de acordar de…

un asunto urgente —dijo Lusian con una sonrisa algo tensa.

—¿Tan pronto?

Qué lástima —respondió Isabella con un ligero puchero, aunque su mirada divertida demostraba que intuía que algo ocurría.

Lusian se inclinó ligeramente en señal de despedida y comenzó a subir al tercer piso, con la intención de salir por la puerta lateral y así evitar una confrontación.

Pero el destino no estaba de su lado.

—¡TE ESTÁS ESCONDIENDO DE MÍ, COBARDE!

—gritó Kara desde abajo, con una voz que hizo que toda la biblioteca temblara.

Los estudiantes levantaron la cabeza alarmados, mientras Lusian se detenía a medio camino, llevándose una mano a la frente con resignación.

—Ya sé que viniste…

mejor ahorrémonos los insultos y vayamos a la arena de combate —dijo con calma, bajando lentamente las escaleras.

La pelea comenzó con la ferocidad que caracterizaba a Kara.

Utilizó todas las técnicas que había aprendido de su padre, confiada en que esta vez vencería.

Se abalanzó sobre Lusian, cuyas defensas aguantaron los primeros ataques, pero pronto notó algo extraño: ella estaba usando una secuencia de golpes que no debía dominar todavía.

(Eso no es posible…

esa técnica pertenece a una versión avanzada del juego.

¿Cómo demonios la aprendió tan pronto?) Aun así, Lusian conocía perfectamente la secuencia.

En el momento justo, canalizó su magia y combinó rayo con energía oscura, un hechizo que había perfeccionado en secreto.

La descarga impactó en la pierna de Kara, haciéndola perder el equilibrio.

Aprovechando la apertura, la desarmó y clavó su espada en el suelo frente a ella.

—Ya sabes lo que sigue, ¿verdad?

—dijo Lusian, cerrando los puños.

—¡E-Espera!

¿No eras mago?

¿Cómo hiciste eso?

—preguntó Kara, sorprendida.

—Con suficiente práctica, cualquiera con alta afinidad mágica puede dominar hechizos avanzados —respondió Lusian con una sonrisa confiada.

Los ataques continuaron, y aunque evitó golpearle el rostro, Lusian no mostró piedad.

Kara, jadeante y cubierta de sudor, apenas lograba mantenerse en pie.

—No hagas esos sonidos —bromeó Lusian—, la gente podría pensar que te estoy haciendo otras cosas.

—¡IDIOTA!

¡Aún no me rindo!

—gritó ella, volviendo al ataque con furia renovada.

Aun así, la batalla ya estaba decidida.

Lusian la derribó con un movimiento rápido y preciso.

Más tarde, en el salón de tercer año, Kara estaba sentada con vendajes en los brazos, mientras Elizabeth la observaba con una mezcla de burla y lástima.

—Así es como llamas la atención de los chicos que te gustan.

Qué desagradable —comentó la princesa, con una sonrisa ladina.

—¿G-Gustar?

¡Claro que no!

Ese idiota solo tuvo suerte.

¡La próxima vez le ganaré!

—replicó Kara, ruborizada.

—Bueno, al menos fue amable y no te golpeó la cara —añadió Elizabeth, tomando suavemente el mentón de Kara.

—Eso no importa, princesa.

Le demostraré que puedo vencerlo —dijo Kara con determinación, apretando los puños.

Llegó el fin de semana y las batallas clasificatorias del salón 1A se reanudaron.

Lusian subió a la plataforma para enfrentarse a su oponente, Craig Denisse.

El duelo duró apenas unos segundos: cuatro ataques bastaron para dejar al joven Denisse inconsciente en el suelo.

Luego vinieron las victorias de Kasper sobre Corwin y de Conwick sobre Nilson, marcando el inicio de una nueva etapa en las competencias de la academia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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