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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 15

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Capítulo 15: Capítulo 15 Sombras en el Bosque Cynophelia

“El Precio de la Oscuridad”

La oscuridad del bosque Cynophelia se extendía como un manto vivo, sofocando la luz de la luna entre sus ramas retorcidas. Un silencio antinatural dominaba el aire, roto solo por el crujir de hojas bajo los pasos de Bragoz y Dimitri, que avanzaban entre el follaje húmedo y espeso.

Bragoz caminaba con paso firme, su figura imponente emanaba una presión casi palpable. Su mirada ardía con una mezcla de ira y frustración contenida, mientras que Dimitri lo seguía unos pasos atrás, cuidando cada movimiento, consciente de que una palabra fuera de lugar podría costarle la vida.

De pronto, Bragoz se detuvo. Giró con violencia, sus ojos carmesí reflejando la furia de los abismos.

—Dimitri, eres un inútil —gruñó, su voz retumbando como un trueno entre los árboles—. Ni siquiera puedes reunir a diez mil almas para invocar a uno de mis hermanos.

El vampiro tragó saliva, sintiendo el aire volverse pesado. La simple presencia del demonio bastaba para hacer que su cuerpo temblara, pero forzó las palabras.

—Mi señor, sabe bien que mi lealtad hacia los demonios es absoluta —respondió con voz temblorosa—. Pero no puedo ejecutar este plan solo. Por eso solicito su ayuda, para asegurar que todo esté listo cuando el aumento de maná comience.

Los ojos de Bragoz se encendieron con furia contenida. Dio un paso hacia él, y la sombra de su cuerpo cubrió por completo al vampiro.

—Veinticinco días a tu lado, y cada uno ha sido una tortura —escupió con desprecio—. Si crees que tu incompetencia puede ser compensada con palabras, estás muy equivocado. Habla. Explícame qué piensas hacer para enmendar tus errores… antes de que pierda la paciencia.

Dimitri bajó la cabeza, respirando hondo. Sabía que un solo error podía sellar su destino.

—He reunido a todos los miembros del culto dentro del reino —dijo, su voz más firme ahora—. He preparado una emboscada para los estudiantes de la academia. Cuando los obliguemos a salir de sus escondites, los utilizaremos como sacrificios. Pero necesito su poder, mi señor. Usted puede atraer a los monstruos más peligrosos del bosque. Con ellos, el ritual será imparable.

Bragoz lo observó con desdén, sus colmillos asomando entre una sonrisa cruel.

—¿Así que pretendes usarme como cebo para tus torpes maquinaciones? —preguntó con voz gélida—. Muy bien, vampiro. Si tu plan falla, te arrancaré el alma y la ofreceré como ofrenda a mis hermanos.

—Entendido, mi señor —respondió Dimitri con una reverencia servil, aunque sus pensamientos ardían en silencio.

(Algún día… me liberar é de ustedes. Y cuando eso ocurra, el infierno sabrá quién fui realmente.)

Las sombras parecían susurrar sus pensamientos mientras avanzaban. Entre los árboles, los cincuenta miembros del culto se movían como espectros, portando antorchas de fuego verde que iluminaban sus rostros deformes por la devoción y la locura.

El aire se volvió más denso a medida que se internaban en lo profundo del bosque Cynophelia, donde la niebla ocultaba raíces tan grandes como muros y criaturas cuyos ojos brillaban en la penumbra. Su objetivo era claro: atraer a los monstruos más poderosos, incluso al temido Rey del Bosque, una bestia mágica de rango Ω (Omega), tan antigua y devastadora que su despertar era considerado una calamidad natural.

Magos corruptos, guerreros marcados y bestias invocadas formaban aquel ejército maldito.

El ritual estaba a punto de comenzar.

Y con él, una nueva oscuridad se cernía sobre el reino de Carpatia.

Mientras tanto, Lusian viajaba hacia la ciudad de Acrópolis, acompañado por su escolta personal. El fin de mes se acercaba rápidamente, y con él, la promesa que le había hecho a Elizabeth: una cita.

El sonido de los cascos sobre el empedrado lo acompañaba mientras su mente divagaba.

Sabía que debía prepararse mentalmente: la princesa era una tormenta vestida de seda, y resistirla no sería tarea fácil.

En su vida anterior, Elizabeth —convertida en reina demonio— había sido el fondo de pantalla de su computadora, un símbolo de poder y deseo. Ahora, compartir una cita con ella en carne y hueso le resultaba irreal.

El pensamiento lo hacía sonreír… y temblar.

El encuentro tendría lugar en un teatro, uno de los más refinados del reino. Lusian se preguntaba qué tipo de “actividad” había planeado la princesa. ¿Verían una obra? ¿Un concierto? ¿O algo mucho más elaborado, propio de su carácter impredecible?

Al anochecer, ingresó al teatro. El edificio tenía siete salas, cada una decorada con candelabros de cristal y cortinas rojas que absorbían la luz tenue. Elizabeth le había indicado que lo esperaría en la sala número cuatro.

Cuando Lusian entró, la encontró sentada sola en el centro de la gran sala, iluminada por un foco dorado que caía sobre su figura. Su postura era elegante, pero su mirada, desafiante.

—¿Vas a actuar para mí, querida princesa? —preguntó Lusian, con una sonrisa traviesa.

—Sí —respondió Elizabeth, alzando una ceja—. Y tú también actuarás para mí.

—¿Quieres decir que has reservado todo un teatro solo para que juguemos a actuar?

Elizabeth levantó un libro, con una expresión encantadoramente peligrosa.

—Esta es una de mis novelas favoritas. Quiero representarla contigo. Yo seré Lilith, la doncella, y tú serás el duque malvado que intenta corromperla y destruir el reino.

Lusian arqueó una ceja.

—No me des ideas tan grotescas, princesa.

—Oh, no te preocupes —replicó Elizabeth, guiñándole un ojo mientras se dirigía al vestidor—. Solo sigue el guion… y no improvises demasiado.

Lusian suspiró y tomó el libreto. La historia era sorprendentemente intensa: un duque obsesionado con una sirvienta que representaba la pureza, atrapados en un juego de seducción y poder.

Cuando Elizabeth regresó vestida como doncella, el corazón de Lusian dio un vuelco. El contraste entre su atuendo humilde y su porte real la hacía aún más cautivadora.

—¿Le gusta, mi querido duque? —preguntó, inclinándose con picardía.

Lusian sintió cómo su autocontrol se tambaleaba.

—Me estás llevando al límite, princesa.

—Solo es un pequeño acto. ¿Empezamos? —dijo ella, con una sonrisa peligrosa.

La representación comenzó. Sus voces llenaron la sala vacía, resonando entre los ecos del teatro. A medida que la historia avanzaba, los personajes parecían consumir a quienes los interpretaban. Elizabeth se movía con una mezcla de inocencia fingida y encanto calculado, mientras Lusian encarnaba con naturalidad al duque tentador.

Entonces llegó la escena crucial: el beso.

Elizabeth lo esperaba nerviosa, anticipando la vacilación habitual de Lusian. Pero él no titubeó. La tomó por la cintura y la besó, con firmeza, sin dudar.

Por un instante, el tiempo se detuvo.

(Si algún día muero en este mundo, al menos me llevaré este recuerdo.) pensó Lusian.

Se separó lentamente y sonrió.

—¿Qué pasa, princesa? Pareces haber olvidado tus líneas.

—Idiota —susurró Elizabeth, aún con el corazón acelerado.

—Esa no es la frase que sigue. Creo que deberíamos repetir la escena —dijo Lusian, desafiante.

—¿Estás disfrutando esto, verdad? —preguntó ella, entre divertida y confundida.

—Solo estoy cumpliendo con los deseos de la princesa. ¿O acaso te arrepientes?

—¿Crees que me voy a acobardar con algo como esto? —replicó, alzando el mentón.

—Demuéstralo, princesa —dijo él, acercándose una vez más.

Repitieron la escena tres veces.

Pero al final, Elizabeth ya no sabía si seguían actuando o si estaban cayendo en algo mucho más peligroso.

Durante años, ella había disfrutado provocarlo, jugando con su timidez y viendo cómo se sonrojaba.

Pero ahora, Lusian era diferente. Desafiante. Seguro. Capaz de mirarla a los ojos sin apartar la vista.

Y eso la desarmaba.

Mientras la luz del escenario se apagaba lentamente, Elizabeth comprendió que este juego había dejado de ser una simple broma. Había cruzado una línea invisible…

y, por primera vez, no estaba segura de quién tenía el control.

“El Rugido del Bosque”

Cuando Lusian regresó a la academia, la rutina parecía haberse restablecido. Kara seguía retándolo con obstinación y perdiendo con idéntica constancia, las clases transcurrían con su monotonía habitual, y las batallas clasificatorias se desarrollaban sin sobresaltos. Todo cambió en un instante, cuando la alarma de emergencia retumbó por los corredores, cortando la normalidad como una hoja rasgando seda.

—No se alarmen. Salgan ordenadamente hacia las arenas de combate —anunció Clara, representante del salón 1A, con voz firme pese a la tensión. Se ajustaba al protocolo, pero sus manos temblaban.

Los estudiantes, inquietos pero disciplinados, obedecieron. Pronto las arenas se llenaron de alumnos de segundo, tercero y cuarto año. Lusian buscó a Elizabeth entre la multitud; la encontró a lo lejos. Sus miradas se cruzaron, apenas un segundo. Ella desvió la vista como si el contacto quemara.

El murmullo general se apagó de golpe cuando un rugido desgarró el aire. Más de un corazón se detuvo. Lusian lo reconoció al instante.

El bramido del Rey del Bosque. La legendaria bestia A–Ω.

Una criatura que, incluso dentro del juego, era temida. Y sin embargo… estaba allí.

¿Cómo es posible…? pensó. Esto no estaba previsto. No existe registro de un ataque así contra la academia.

Antes de que la incredulidad pudiera asentarse, Axel, el subdirector, ordenó reunir a los maestros. Clara se acercó con paso acelerado, el rostro tan pálido como la lluvia que comenzaba a caer.

—¿Qué sucede? —preguntó, conteniendo el temblor en la voz.

—Escuchen con atención —dijo Axel, con gravedad impropia de su habitual compostura—. La situación es crítica. Una estampida masiva de monstruos ha salido del bosque. Los soldados habituales no están disponibles: fueron desplegados para contener la emergencia. Los maestros deben garantizar la seguridad de los estudiantes mientras evacuamos hacia la capital.

—¿Cómo… cómo vamos a lograrlo? —intervino Allan, alarmado.

—No hay otra opción —respondió Axel—. El director Magnus ha dado la orden. Los soldados detendrán a los monstruos. Ustedes evacuarán a los estudiantes. Los de clase A son los más capacitados; úsenlos como apoyo y salgan cuanto antes. Allan, coordina la retirada.

Sin esperar respuesta, Axel se alejó con determinación.

Allan Payne, veterano maestro de combate del cuarto año, tomó el relevo sin titubear.

—Formemos los grupos según el protocolo. Convocad a los mejor clasificados para liderar cada unidad de evacuación. Nos movemos ya.

Lo dijo con calma, y esa calma sostuvo la moral como un escudo cuando todo comenzaba a romperse.

El recinto se transformó en un torbellino de movimiento. Magnus, el director, impartía órdenes a gritos. En todos sus años al frente de la academia, jamás había enfrentado algo así. Sabía que lo único sensato era ganar tiempo.

Si los muros caían, no habría defensa posible.

En la línea frontal, los magos sincronizaron su poder. Llamas y corrientes de viento se fundieron en tormentas elementales que abrasaban a los monstruos. Pero la marea parecía infinita, y el maná se consumía con una rapidez alarmante.

Axel regresó, empapado, con malas noticias.

—Director —informó, la voz tensa—, las comunicaciones están interferidas. Los dispositivos no responden. Hemos usado la señal antigua para pedir auxilio. Si la capital la reconoce, tendremos apoyo… aunque no se utiliza desde hace décadas.

Magnus guardó silencio. Sus ojos recorrieron las defensas agrietadas, la línea de magos exhaustos, la sombra inmensa que se acercaba desde el bosque como si la propia naturaleza caminara contra ellos.

Finalmente habló.

—Perfecto. Quédate al frente del círculo mágico. Yo bajaré a reforzar a los caballeros. Si los muros ceden… será el fin.

Se marchó con la determinación de quien comprende que no hay lugar para la derrota.

Los grupos comenzaron a desplazarse bajo una lluvia persistente que convertía el terreno en fango.

Durante el trayecto, atravesaron una aldea que parecía deshabitada. Las puertas estaban abiertas, las mesas dispuestas, incluso algunas lámparas encendidas… pero no había nadie. Solo el eco de una vida interrumpida flotaba en el aire húmedo.

—Una aldea abandonada… no puede ser —comentó Andrew, que encabezaba uno de los grupos junto a varios maestros—. Paso por aquí cada semana. Siempre ha estado llena de aldeanos.

—Tal vez evacuaron hacia la ciudad cuando se alertó la emergencia —sugirió Elizabeth, buscando una explicación lógica.

—Tal vez… —murmuró Andrew, sin convencerse.

La miró de reojo. Conocía bien a su hermana, y aquella tensión silenciosa que mostraba cada vez que el nombre de Lusian aparecía en conversación no pasó desapercibida.

—Por cierto, ¿qué pasó con Lusian? —preguntó acompañado por una sonrisa casual que no engañaba del todo.

Elizabeth se tensó apenas.

—¿Lusian? Nada. ¿Por qué lo dices?

—Porque no insististe en que viniera en nuestra formación. Y parece que evitas hablar con él. Te conozco, Elizabeth… ¿ocurrió algo entre ustedes?

Ella bajó la mirada.

—Te dije que no pasa nada, Andrew. No insistas. Me molesta. —Su respuesta fue más cortante de lo necesario.

Andrew iba a replicar cuando un grito de Allan desde el frente cortó el aire como una cuchilla.

Un grupo de hombres con túnicas negras bloqueaba el camino. De ellos emanaba un maná putrefacto, pesado, como humedad en descomposición.

Miembros del culto.

De inmediato, Alejandro, Leonardo, Roxy Briggs —prometida de Andrew—, Benjamin Armett y otros se adelantaron junto a los príncipes. A su alrededor, las sombras y la tierra comenzaron a abrirse, dejando surgir no muertos que emergían desde su propia muerte.

—¡Retrocedan! —ordenó Allan—. ¡Son guerreros Magister, es demasiado peligroso para los estudiantes!

La idea era reagruparse en la aldea y mantener a los alumnos lejos del combate, pero antes de que pudieran hacerlo, uno de los cultistas se lanzó contra Allan con una fuerza brutal. El maestro bloqueó el golpe, pero el impacto lo lanzó varios metros atrás.

Para alguien con nivel Magister–Delta, eso era impensable.

Algo los estaba debilitando.

Un sello demoníaco engullía más del sesenta por ciento del maná de rango Magister, reduciendo sus defensas al nivel de un Lord. En un combate real… esa diferencia significaba morir en segundos.

Cordelia, Cassandra y los demás maestros lo notaron casi al mismo tiempo. Sus hechizos resultaban menos eficaces, como si alguien drenara su energía vital.

Allan apretó los dientes.

Tenían que encontrar la fuente de esa magia o serían aniquilados.

“El Sello Devora Vidas”

Más atrás, Lusian avanzaba junto a su grupo. A su lado cabalgaba Isabella, conservando una calma demasiado perfecta para ser real.

—Sé que te asignaron aquí —dijo Lusian—, pero ¿por qué no fuiste con Caleb?

—Porque me siento más segura junto a tu bestia mágica —respondió con una sonrisa leve—. Además… es un alivio no tener a alguien acosándome todo el tiempo.

Lusian estaba por responder cuando Adela se acercó con expresión tensa.

—Señor, Aureus está inquieto. Algo se aproxima. Deberíamos alejarnos. Móntese en Umber; yo lo escoltaré.

Lusian asintió, aunque su mirada seguía fija al frente.

—También lo sentí. Pero no podemos huir y dejar a los demás atrás. Esto… esto nunca pasó en el juego. Algo está mal.

Un estallido de energía retumbó a lo lejos. El sonido del choque mágico hizo que los estudiantes se detuviesen instintivamente. Al levantar la vista hacia la montaña, vieron una marea de figuras grotescas descendiendo, mientras de las casas surgían más no muertos.

Uno de ellos atacó a Lusian con rapidez antinatural. Él reaccionó al instante, interceptó el golpe con su espada y destruyó el núcleo de maná del enemigo. Pero al hacerlo, una sensación alarmante recorrió su cuerpo.

Su magia también estaba debilitada.

—Un hechizo de área… —murmuró.

Entonces escuchó el grito de Emily.

—¡Lusian!

No lo dudó. Montado en Umber, se lanzó hacia ella con la velocidad de una flecha liberada. Isabella corrió tras él, desesperada.

—¡Espera, no me dejes sola! Déjame ir contigo —suplicó, con los ojos llenos de miedo.

Cuando la alcanzó, Emily lo miró con angustia.

—¿Qué está pasando? Ese maná… es horrible. ¿Tú no lo sientes?

—No puedo sentirlo —respondió Lusian, sereno—. Pero dime dónde lo percibes. Ese hechizo debilita a quienes están dentro de su rango… y fortalece a quienes portan su sello.

Emily asintió, temblando. Adela tomó una decisión inmediata.

—Adel, sube a Aureus conmigo. —Luego miró a Lusian con firmeza—. Llevaré a mi hermano. Tú lleva a Emily e Isabella. Encontraremos el sello.

—Entendido. —Lusian afirmó las riendas—. Si está cerca, debe estar protegido. Necesitamos a los maestros.

Emily cerró los ojos, respirando con dificultad.

—Está muy cerca… ese maná repugnante… —susurró.

—Se intensifica… a cada paso.

Lusian avanzaba junto a Umber entre los edificios en ruinas, buscando a los profesores. El estruendo de los combates resonaba como un tambor de guerra. Entonces la vio.

Kara.

Estaba cercada, luchando como una bestia acorralada contra más de una docena de no muertos. El maná oscuro impregnaba el aire, y los estudiantes que la acompañaban retrocedían presa del pánico.

Ese instante bastó.

Lusian no pensó. Actuó.

—¡Umber!

La bestia se lanzó como un proyectil viviente, aplastando con ferocidad al enemigo que estaba a punto de desgarrar a Kara por la espalda.

—¡Idiota! —rugió Lusian mientras interceptaba otro ataque—. ¡Retrocede! ¡Es suicida pelear sola!

—¡Cállate! —escupió ella, jadeante, negándose a dar un paso atrás—. ¿Qué haces tú aquí?

—¡Vuelve con el grupo! —ordenó con fría autoridad.

Kara lo miró con rabia, ojos encendidos por orgullo… pero no pudo negarlo: estaba al límite.

Mientras Lusian se alejaba, ella gritó detrás de él:

—¡¿A dónde vas?!

—Donde tú no puedes —respondió sin mirar—. ¡Vuelve!

Adela llegaba en ese instante. Se detuvo junto a Kara, con ese extraño temple que conservaba incluso en medio del caos.

—Si te quedas aquí, morirás. —Le extendió la mano desde Aureus—. Sube. Yo te llevaré.

Kara dudó… pero aceptó.

“La Casa Devora-Hombres”

Al otro extremo del pueblo, Enzo combatía en la vanguardia junto a Damaris y más de cien magos Lord. Todos resistían como podían, pero el hechizo drenaba su energía sin piedad. Nadie tenía magia de luz. Nadie podía encontrar su origen.

Hasta que una figura emergió entre las líneas, abriéndose paso entre cadáveres de no muertos.

Era Lusian.

Y sobre su espalda, aferrada como si el mundo se hundiera bajo sus pies, estaba Emily.

—¡Enzo! —bramó Lusian—. Emily puede localizar la fuente del hechizo.

Enzo exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración desde hacía minutos eternos.

—Perfecto. Emily… muéstranos.

Ella cerró los ojos, sintiendo el flujo corrupto a su alrededor.

—Está… cerca del centro de la aldea. Antes era débil, pero ahora el maná podrido la cubre por completo.

Enzo asintió con severidad.

—Lusian. Adela. Adel. Encuentren a la maestra Clara. Solo ella puede anular ese sello. ¡Rápido!

Las órdenes se propagaron, y mientras Damaris quedaba al mando de la defensa, Enzo encabezó el avance hacia el origen del hechizo junto a cincuenta y dos maestros.

La plaza amanecía en oscuridad.

Emily señaló con firmeza la residencia gubernamental.

—Ahí.

No hubo dudas.

Enzo alzó su espada.

—Entramos.

Pero la casa los devoró.

Una emboscada brutal los golpeó al cruzar el umbral. Enzo fue lanzado fuera de la construcción con un solo golpe. Que un magíster fuera repelido tan fácilmente heló el corazón de sus hombres.

Por un instante, el silencio fue peor que la batalla.

Pero entonces uno de ellos rugió, y los demás lo siguieron. Canalizaron su maná restante y lanzaron un alud de hechizos, derribando muros y techo en un acto desesperado por abrirse paso.

Enzo se levantó entre los escombros, con sangre en la comisura y furia en la mirada.

Comprendió, en ese instante, cuán cómodo lo había vuelto la academia.

—Nunca más.

Imbuyó su espada con maná puro y avanzó como un vendaval, cortando a los seguidores del culto. Sus hombres lo siguieron, esta vez no como magos… sino como guerreros.

Fue entonces cuando Jerges, líder del culto, ejecutó su verdadera jugada. Con voz cargada de fervor sacrílego, activó un cadáver que había sido cuidadosamente preparado: el cuerpo de la esposa del jefe de la aldea, corrompida hasta la médula con maná podrido. El ritual no era improvisado, sino el resultado de años de preparación—cadáveres de antiguos guerreros, fragmentos de energía recolectada en invasiones pasadas, y una marca de sangre que llevaba tiempo esperando.

Una grieta se abrió en el tejido de la realidad.

Del cuerpo emergió un espectro del inframundo.

Un Lich.

Tomó una espada oxidada arrancada de las manos del guerrero que alguna vez fue, y se abalanzó directo contra Enzo. Aunque su cuerpo se reforzaba con maná de tierra, dotándole de la dureza del metal sagrado Haxrok, apenas fue capaz de resistir el impacto. Con él debilitado, los demás maestros comenzaron a caer uno tras otro, como piezas de un tablero que se inclinaba hacia el desastre.

Fue en ese momento que Lusian irrumpió, acompañado por la maestra Clara, con Agustín y varios maestros Lord como escolta. Clara comprendió el panorama al instante. No preguntó. No dudó. Fue directo al frente.

Lo que vieron al llegar fue un cuadro sacado de una pesadilla.

Enzo, ensangrentado, de rodillas.

El suelo convertido en un camposanto improvisado.

Los cuerpos inertes de quienes habían intentado resistir.

Agustín se movió antes de pensar, bloqueando con su escudo un golpe que habría destrozado a Enzo. Jerges, al ver los refuerzos, liberó una lluvia de hechizos y ordenó al Lich abrirse paso. No quería agotar su energía ni desperdiciar futuros sacrificios, pero tampoco permitiría que destruyeran el círculo.

A pocos metros, Emily juntaba sus manos, canalizando luz para romper la magia de sello. Lusian, sobre Umber, percibía algo aún peor acercándose… una presencia que emergía de la tormenta como un animal hambriento.

Clara alzó su bastón.

El cielo respondió.

Una descarga eléctrica descendió con furia, azotando a los miembros del culto. La lluvia multiplicó su efecto, convirtiendo el agua en látigos mortales que atravesaban cuerpos y desmoronaban defensas. Sorprendido por su potencia pese al debilitamiento, Jerges centró toda su atención en ella, iniciando un duelo mágico de gran alcance.

El Lich aprovechó.

Se lanzó sobre Clara con la espada levantada… a un latido de atravesarla.

—¡UMBER! —rugió Lusian.

La bestia liberó su habilidad.

Una esfera negra envolvió a Clara, absorbiendo el impacto tanto del Lich como de los hechizos de Jerges. El estruendo fue brutal. Pero Clara sobrevivió.

Lusian espoleó a Umber hacia la línea frontal como una sombra montada en la tormenta. Antes de partir había ordenado a los gemelos y a Aureus proteger a Emily; Kara e Isabella permanecían a su lado como escoltas. Umber arremetía como una criatura de guerra ancestral, envuelto en un aura oscura que protegía también a su jinete. Lusian no podía conjurar con precisión a esa velocidad, pero no lo necesitaba: su espada trazaba sendas de acero entre los enemigos.

Jerges intentó conjurar un hechizo mayor para detenerlo.

Clara no se lo permitió.

Esferas de electricidad lo cercaron, triturando sus defensas y obligándolo a retroceder. Ese instante bastó.

Lusian alcanzó al Lich.

Y entonces, Emily, agotada pero decidida, ejecutó un hechizo avanzado de luz. Entregó todo lo que tenía. Rayos descendieron como lanzas sagradas, impactando el círculo mágico desde el cielo.

El sello se fracturó.

Estalló.

Y el debilitamiento desapareció en un solo suspiro.

Casandra, montada en su águila dorada, pasó de resistir a dominar la batalla. Su salamandra escupía fuego desde las alturas, incinerando a los enemigos cercanos a la entrada del pueblo.

Allan sintió el regreso de su fuerza como un despertar violento. Su espada ardió con maná puro y, con un solo corte, atravesó al magíster enemigo que lo enfrentaba.

Jerges gritó, con desesperación marcada por el eco de los truenos:

—¡Resistan! ¡Solo faltan treinta y cinco minutos para completar la invocación!

—¡Si interrumpen a los que realizan el ritual… seremos exterminados! —respondió un seguidor, pálido, jadeando.

El líder alzó sus manos, mientras el círculo de invocación ardía con luz púrpura, como un corazón profano.

—¡¡No permitan que se acerquen al sótano!! ¡¡Muérdanles la garganta si es necesario!! ¡¡El ritual debe continuar!!

Los miembros del culto se reagruparon frente a la entrada subterránea, formando una muralla de cuerpos desesperados. El aire vibraba con energía oscura, el suelo retumbaba con cada explosión mágica y los gritos de los heridos se perdían entre el rugir de las criaturas invocadas.

La batalla ya no era solo por el pueblo.

Era por impedir que algo… peor que la muerte… cruzara a este mundo.

Enzo y Agustín irrumpieron entre las filas del culto con una furia desatada. La ruptura del sello debilitador había liberado su poder por completo, y ambos se movían como relámpagos entre la lluvia y el fuego, abatiendo enemigos con espadas envueltas en maná ardiente. Pero incluso esa renovada fuerza parecía insuficiente ante la criatura infernal.

El Lich avanzaba imponente, cada paso distorsionando el aire a su alrededor como si la realidad rechazara su existencia.

Enzo apenas pudo reaccionar cuando la espada negra descendió. No lo pensó; se interpuso entre el golpe y Agustín.

El impacto atravesó su defensa, desgarrando su costado.

—¡Enzo! —rugió Agustín, con un estallido de rabia.

Aprovechando el sacrificio de su compañero, canalizó todo su maná, hasta el límite de su alma, y con un grito que fue mitad dolor, mitad triunfo, perforó el núcleo brillante del no muerto.

El cuerpo del Lich se retorció. Un lamento espectral recorrió la aldea antes de que las llamas lo consumieran y se desintegrara en una explosión de ceniza y lamentos rotos.

Por un instante, pareció que habían vencido.

Pero la victoria duró un latido.

Jerges, temblando de rabia ante la caída de su marioneta, alzó una runa sangrienta en su mano.

—¡Si caigo… caerán conmigo! —vociferó con demencia al activar el sello de autodestrucción.

El suelo rugió.

Umber, que se abalanzaba en ese momento sobre la criatura, reaccionó como una bestia ancestral. Su cuerpo se envolvió en un aura oscura y, en un salto desesperado, cubrió a Lusian entre sus sombras justo antes de que la explosión los devorara.

El estruendo los lanzó por los aires como muñecos. Ambos impactaron contra el pavimento varios metros atrás. Lusian perdió el conocimiento al instante. Umber, con el pelaje chamuscado y la carne desgarrada, se incorporó con dificultad. A pesar de su estado crítico, cargó a su jinete sobre el lomo y se alejó cojeando del campo de batalla. Dejó un rastro de sangre oscura en la piedra, como si su propia vida se estuviera desangrando con cada paso.

La onda expansiva alteró el equilibrio de todo el frente. Varios cultistas cayeron, otros quedaron aturdidos, y el ritual empezó a tambalear.

—¡El círculo sur ha colapsado! —gritó un acólito.

—¡Reforzad los otros puntos! ¡Si el portal se inestabiliza, moriremos todos! —respondió otro, presa de pánico.

Jerges irrumpió en el sótano, cubierto de heridas y polvo, con los ojos desorbitados.

—¡Nos tienen acorralados! ¡Debemos retirarnos ahora mismo! —bramó.

—¿Por qué estamos perdiendo terreno? —preguntó uno de sus hombres, mientras otra explosión sacudía los cimientos.

—¡Una maga de luz destruyó el sello debilitador! —espetó Jerges—. ¡Ahora son más fuertes que nunca! ¡Nos aniquilarán!

—¡Pero si el ritual fracasa seremos ejecutados por el Alto Consejo! —gimió un acólito.

—¡Moriremos igual si nos quedamos aquí! —escupió Jerges, golpeando el altar de piedra—. ¡Es preferible huir que ser masacrados!

El suelo se estremeció de nuevo.

Agustín descendió por las escaleras, abriéndose paso entre los escombros como un titán emergiendo del desastre. Su armadura estaba bañada en sangre —propia y ajena— y su mirada ardía como acero al rojo vivo.

Los cultistas intentaron detenerlo, pero un fragmento del techo se desplomó, aplastando a varios supervivientes y desmoronando otro de los círculos de invocación. Desde el exterior, potentes rayos descendían sin tregua; diez magos, ocultos entre la tormenta, bombardeaban la estructura sin descanso.

Clara observaba desde la distancia, empapada, con el rostro tenso. La batalla había superado el marco de una defensa militar. Era una lucha por el alma misma de la academia.

Agustín tomó a Jerges por el cuello y lo estampó contra la pared de piedra.

—Habla —gruñó—. ¿Qué están planeando?

Jerges jadeó, cada palabra mezclada con el sabor metálico de la sangre.

—S-si me prometen no matarme… se los diré.

Agustín apretó con más fuerza.

—Hablarás ahora —le advirtió con una calma inquietante—. O desearás que te maten.

Jerges cerró los ojos, quebrado.

—El ataque a la academia fue una distracción… queríamos forzar la evacuación y atraer a los estudiantes aquí. El líder del culto ordenó esta invocación demoníaca —susurró—. Pretenden traer a un demonio de alto rango… un conde del inframundo.

Clara bajó las escaleras y se acercó lentamente, con el rostro endurecido.

—¿Qué tipo de ritual requiere semejante locura?

—Diez mil almas humanas —dijo Jerges, casi sin voz—. Los estudiantes… los niños… serían suficientes para completarlo. Hay otros cuatro puntos activos. Si me dejan vivir… puedo guiarlos.

El silencio fue tan denso como la lluvia.

Clara apretó los puños. Pequeños destellos eléctricos bailaron entre sus dedos.

—Malditos lunáticos —susurró, conteniendo el temblor de su voz—. ¿Sacrificar niños por sus delirios? No permitiré que den un solo paso más en este mundo.

Mientras tanto, lejos del epicentro de la batalla, Umber corría bajo la lluvia con el cuerpo desgarrado y cubierto de sangre. A su lado, Aureus, los gemelos, Kara, Isabella y Emily se abrían paso entre las sombras y los no muertos. El lobo llevaba a Lusian inconsciente sobre su lomo, mientras Kara y Adel combatían a los enemigos que los perseguían. Isabella lanzaba ráfagas de viento que cortaban la cortina de lluvia, abriendo el camino; Adela, montada sobre Aureus, los protegía desde el aire. Emily, aferrada al cuerpo inerte de Lusian, canalizaba el poco maná que aún conservaba para mantenerlo con vida.

El cuerpo de Umber empezó a temblar. Sus pasos se hicieron más torpes, su respiración más pesada. Finalmente, cayó de rodillas en el barro, exhausto. Emily descendió de inmediato, arrodillándose junto a él. Tomó la cabeza de Lusian y la recostó sobre sus piernas. Sus manos brillaron con un débil resplandor azulado… tan tenue que parecía pedir permiso para existir.

—Aguanta… —susurró, con la voz rota—. Por favor… aguanta…

El hechizo de sanación se extinguió con la última chispa de su maná.

La lluvia seguía cayendo, diluyendo la sangre en la tierra, mientras los truenos retumbaban como tambores de guerra en la distancia.

La batalla no había terminado.

Pero el verdadero precio de la supervivencia… apenas comenzaba a revelarse.

El campo de batalla era un caos de fuego, acero y rugidos. El aire vibraba con cada impacto, con cada hechizo liberado. Allan apenas lograba mantenerse en pie; su respiración era agitada, y el maná en su cuerpo se consumía como una vela resistiéndose al amanecer.

Frente a él, el líder del culto demoníaco reía con una voz ronca, alzando su espada cubierta de energía oscura.

Allan entendió, con la claridad que solo da la muerte, que si caía… los príncipes serían los siguientes.

—No… puedo… fallar… —murmuró, apretando los dientes mientras bloqueaba otro golpe.

El enemigo se preparó para rematarlo.

Entonces, un silbido cortó el aire.

Una lanza, envuelta en un resplandor dorado, atravesó limpiamente la cabeza del líder del culto. El cuerpo cayó sin vida, con una solemnidad casi ritual.

Un caballo cruzó junto a Allan como un rayo, levantando una lluvia de barro, polvo y sangre. La figura sobre él giró con precisión letal, derribando a otro enemigo con un solo tajo. Detrás, un león dorado emergió entre el humo y se abalanzó sobre un hechicero, arrancándole la cabeza con la fuerza de una tempestad contenida.

Allan alzó la mirada.

La Duquesa Sofía Douglas había llegado.

Avanzaba como una fuerza de la naturaleza. Su armadura resplandecía incluso bajo la lluvia. Su mirada era firme, y su presencia —majestuosa e implacable— abrió un silencio profundo en medio del caos.

Se detuvo frente a él.

—¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí?

Allan respiró con dificultad, jadeando.

—Gran Duquesa… es un honor. La academia fue atacada por una oleada de monstruos. Intentamos evacuar a los estudiantes, pero fuimos emboscados por miembros del culto demoníaco. No sabemos… qué está ocurriendo, pero la situación es crítica.

Sofía frunció el ceño y miró el horizonte teñido de rojo. Su instinto gritaba que aquello era solo el preludio de algo peor. Entonces lo sintió: una vibración en el alma; el vínculo con Umber, desgarrado. Y, a través de él…

Lusian.

Herido. En peligro.

No dudó.

A lo lejos, un grupo de jinetes irrumpió entre la bruma: veinte guerreros montados en bestias mágicas, portando el estandarte plateado de los Douglas. Habían intentado alcanzarla, pero su montura era más veloz que la cordura. Sofía los había dejado atrás, impulsada por algo que ningún general puede ignorar:

El miedo visceral de perder a quien juró proteger.

Los jinetes frenaron ante ella, jadeantes.

Sofía levantó la mano, señalando los flancos del bosque donde el maná demoníaco emanaba como un corazón corrupto.

—Divídanse en dos grupos. Acaben con todos los miembros del culto que encuentren.

Los jinetes asintieron y desaparecieron entre los árboles. Las bestias rugieron, y la oscuridad los tragó sin vacilar.

Sofía espoleó su montura y se lanzó sola entre los troncos. El viento azotaba su rostro, el olor a sangre impregnaba el aire.

Cada latido la acercaba al lugar donde su corazón le gritaba que Lusian estaba.

A lo lejos, Casandra la vio atravesar el bosque como un relámpago dorado. Quiso llamarla… pero no encontró voz. No había palabras capaces de detener aquello.

Sofía era luz y tormenta.

Nada podría detenerla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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