GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 Consecuencias 16: Capítulo 16 Consecuencias “Los que quedaron atrás” Alejandro, miembro de los caballeros de la guardia real, se mantuvo firme al lado de Andrew y Elizabeth, velando por su seguridad.
Asher también había recibido la orden de permanecer junto a su señor, mientras que Leonardo se encontraba en el mismo grupo.
Por fortuna, ese sector no había sufrido grandes daños; el objetivo del culto demoníaco parecía estar concentrado en otro punto, por razones que aún nadie comprendía.
—La duquesa Sofía llegó con sus bestias mágicas —dijo Andrew, con el ceño fruncido—.
Algo debe haberle sucedido a Lusian.
—Debemos ir a ver qué le ocurrió —replicó Elizabeth, visiblemente preocupada.
Andrew suspiró, y con un gesto afectuoso le dio un pequeño golpe en la cabeza antes de acercarse para susurrarle.
—Necesitamos ser más discretos.
No podemos simplemente ir a verlo.
—Su Majestad, por favor, no se alejen —intervino Alejandro con firmeza—.
Debemos protegerlos en todo momento.
El caballero real los observó con una mezcla de respeto y tensión.
Sabía que su deber era mantenerlos con vida, incluso si eso implicaba contener su preocupación.
A poca distancia de allí, Lusian yacía recostado sobre las piernas de Emily.
Pese a haber bebido una poción de curación y a los esfuerzos desesperados de ella, su respiración seguía débil.
Kara combatía cerca, abatiendo a los cadáveres de bajo nivel que todavía representaban un peligro.
Adela y su hermano se mantenían a la defensiva, rodeando a Lusian y cumpliendo su deber con determinación.
Cuando el grupo de maestros llegó al lugar, la maestra Clara fue la primera en acercarse, su rostro cargado de angustia.
—¿Cómo están ellos?
—preguntó, agitada.
—Lusian aún no ha despertado, y Umber está herido…
pero mejorará —respondió Emily sin apartar la mirada de él.
—Bien.
Manténganse a salvo.
Aún hay sectores que debemos asegurar.
Clara dio la orden y los maestros se dispersaron.
Poco después, el sonido de cascos resonó con fuerza: Sofía había llegado montada en Thunder.
Saltó del lomo del imponente corcel y caminó con paso decidido hasta su hijo.
—Gracias por cuidar de él —dijo, la voz templada pero cargada de emoción.
—No hace falta que me lo agradezca, duquesa —respondió Emily con serenidad—.
Solo cuido de mi prometido.
Sofía se sorprendió un poco, apenas alcanzó a dedicarle una mirada antes de volverse hacia los maestros, su semblante endurecido por la ira.
—¿Cómo terminaron así?
¿No es trabajo de los maestros proteger a los estudiantes?
—Lo sentimos mucho, duquesa —contestó Clara, inclinando la cabeza—.
Esto fue una emergencia.
Sin la ayuda de Lusian, todos estaríamos en una situación mucho más peligrosa.
Es vergonzoso admitirlo…
pero los estudiantes fueron de gran utilidad.
Sin ellos, habríamos muerto.
Un grito desgarrado interrumpió sus palabras.
Jerges, con el rostro deformado por la locura, se incorporó tambaleante.
—¡Tú!
—vociferó—.
Maldita mujer…
¡yo soy igual que tú, un Mago genio!
Pero mientras a ti todos te adoran, yo fui repudiado incluso por mi propia familia, solo por ser un nigromante.
¿Dónde está la justicia?
¿Es justo que…?
No terminó la frase.
Un rugido estremeció el aire y, en un parpadeo, una garra gigantesca lo partió en tres.
Larryet rugió detrás de Sofía, todavía erizada por la furia contenida.
Agustín tragó saliva, pálido.
—Duquesa…
necesitábamos a Jerges.
Era nuestra única pista para hallar los otros puntos donde se ocultan los miembros del culto.
—No es necesario —replicó Sofía, sin un atisbo de duda—.
Mis jinetes ya se están encargando de eso.
Y no podía permitir que alguien que lastimó a mi hijo siguiera con vida.
Sus palabras resonaron con la misma fuerza que su mirada: fría, implacable.
No habría clemencia para nadie que osara tocar a su sangre.
Sofía se inclinó, acarició el rostro de Lusian y lo colocó con cuidado sobre Larryet.
—Emily, sube.
Nos vamos.
—¡Duquesa!
—gritó Kara, corriendo hacia ella—.
Por favor, espere.
¿No podría ir a ayudar a mi tío?
—No es mi deber, niña —respondió Sofía sin mirarla—.
Pero no te preocupes.
El ejército de los Erkham y el de tu familia ya están en camino.
Se volvió hacia sus escoltas.
—Adela, Síganme.
Cuando estaban por partir, una figura apareció entre el humo y los restos del campo de batalla.
Clarisse Stanley corría acompañada de varios maestros, los ojos hinchados de tanto llorar.
Se desplomó frente a Emily, ahogada en sollozos.
—Emily…
lo siento…
lo siento…
fue mi culpa, fue mi culpa…
—murmuró, cayendo de rodillas.
—¿Qué pasa?
—exclamó Emily, bajando de Thunder para sostenerla—.
Tranquila, no es tu culpa.
Pero dime, ¿qué ocurrió?
Clarisse alzó el rostro, devastada.
—Manuel…
murió por mi culpa.
Emily se quedó inmóvil, la voz atrapada en la garganta.
—¿Manuel?
No…
no puede ser…
—susurró, abrazándola con fuerza.
—Nos atacaron muchos no muertos —continuó Clarisse, temblando—.
Él recibió el golpe que iba dirigido a mí…
me salvó.
Yo…
yo debería estar muerta, no él…
—Muéstrame dónde está —dijo Emily con voz quebrada.
En la academia, el silencio posterior a la batalla era más pesado que el rugido del Rey del Bosque.
Los muros, ennegrecidos y agrietados, aún exhalaban el olor a magia y sangre.
Apenas habían logrado repeler a la bestia, pero el costo había sido descomunal.
Magnus permanecía sentado entre los escombros, el rostro cubierto de vendas, una sombra donde antes hubo un ojo.
A su lado, Axel observaba los restos del campo de batalla con semblante sombrío.
—Las pérdidas son demasiado grandes —dijo Axel, con la voz cargada de pesar—.
tantos guerreros y magos que han caído.
Además, la mitad de la academia fue destruida cuando el Rey del Bosque derribó la muralla.
Magnus apretó el puño sobre su rodilla.
Su respiración era lenta, casi contenida por la rabia.
—Tantas vidas perdidas…
—murmuró—.
Por lo menos los estudiantes están a salvo.
Debemos descubrir qué provocó la locura de esas bestias.
A lo lejos, entre la espesura del bosque, dos figuras avanzaban tambaleantes bajo el manto de la noche.
El Conde Demoníaco Bragoz arrastraba su cuerpo maltrecho, cubierto de heridas y polvo.
A su lado, Dimitri, el vampiro, mantenía una expresión de hastío y furia contenida.
—Dimitri, no puedo sentir el aura demoníaca de la invocación —gruñó Bragoz—.
¿Qué sucedió?
—No lo sé —respondió el vampiro con sarcasmo helado—.
He estado contigo todo este tiempo, huyendo de esos malditos monstruos.
Por tu culpa perdí a todos mis subordinados.
Pensé que tenías el control de esas bestias.
—¡Cállate, vampiro inútil!
—bramó Bragoz, girando hacia él con los ojos encendidos de ira—.
Nunca dije que podía controlarlos.
Solo puedo atraerlos.
Averigua qué pasó y por qué mi hermano no ha aparecido.
La invocación ya debería haber terminado.
Mientras tanto, en el interior de un carruaje cubierto con el estandarte de los Douglas, Lusian abrió lentamente los ojos.
El vaivén del vehículo le hizo recordar el dolor en su cuerpo, aunque más le dolía el peso de la incertidumbre.
Frente a él, Sofía lo observaba con una mezcla de alivio y severidad.
—Parece que por fin despertaste —susurró ella.
—¿Cómo te sientes?
—Madre ¿Qué pasó?
—preguntó Lusian, incorporándose con dificultad.
—¿No recuerdas, Lusián?
—dijo Sofía, con un dejo de tristeza—.
¿No recuerdas lo que sucedió?
—Solo recuerdo estar peleando contra un Lich y, de repente, una luz brillante…
después, nada más.
Sofía suspiró, exhalando una tensión contenida.
—¿Por qué te pusiste en peligro otra vez?
No aprendes las lecciones, Lusian.
Esta vez tendré que ser más severa contigo.
—No tuve opción —respondió él, mirando hacia la ventana empañada—.
Si no lo hacía, habrían muerto más personas.
¿Cómo están Emily y los demás?
—Están bien —contestó ella con tono grave—, pero hubo un accidente.
El hermano de Emily murió.
Lusian sintió que el aire le faltaba.
Su respiración se hizo entrecortada, y una punzada helada recorrió su pecho.
Aquello no debía haber pasado.
En la historia que recordaba, Manuel jamás moría.
—Es cierto…
lo viste —susurró con la mirada perdida.
—Cálmate, Lusian —dijo Sofía, tomándolo del hombro—.
Estás pálido.
Todo está bien ahora.
No debes preocuparte por estas cosas.
Tendrás que consolar a Emily, pero nada de esto es culpa tuya.
Él no respondió.
Su mente se hundía en un mar de pensamientos.
El ataque a la academia, la emboscada del culto demoníaco, la muerte de Manuel…
ninguno de esos sucesos figuraba en la historia original.
¿Había alterado el destino de ese mundo con sus acciones?
Recordó el efecto mariposa: un simple movimiento podía cambiarlo todo.
¿Y si su mera existencia era el origen del caos?
Durante los días siguientes, Sofía le prohibió salir de la mansión hasta recuperarse por completo.
Umber aún sanaba de sus heridas, así que Larryet se convirtió en su nuevo compañero.
Aun así, Lusian apenas dormía.
La culpa no le daba tregua.
Escribió varias cartas a Emily, pidiendo disculpas y ofreciéndole apoyo.
Cuando finalmente ella lo visitó, la encontró sentado junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte.
—¿Cómo estás?
—preguntó Emily, corriendo a abrazarlo—.
¿Ya te has recuperado de tus heridas?
—Estoy bien…
¿y tú?
—respondió Lusian en voz baja.
Ella no contestó.
Sus lágrimas humedecieron la camisa del joven, mientras el silencio pesaba entre ambos.
—No me siento bien —murmuró finalmente—.
Mi familia está devastada.
Nunca imaginamos que algo así pudiera pasar.
—Lo sé —dijo Lusian con tono sereno—.
Fue algo que nadie esperaba.
Pero debes mantenerte fuerte.
Si necesitas algo, no dudes en decírmelo.
—¿Podrías acompañarme al funeral?
—preguntó ella, temblando—.
Necesito tu apoyo.
—Por supuesto.
Estaré allí para rendirle homenaje a tu hermano.
—El funeral será para todos los que cayeron —explicó Emily—.
La familia real organizará la ceremonia para honrar a los hombres y mujeres que murieron en este ataque.
Los del culto demoníaco…
convirtieron aldeanos en no muertos y los enviaron a atacarnos.
¿Cómo puede haber tanta maldad en el mundo?
—El corazón humano es insondable —respondió Lusian, bajando la mirada—.
A veces, la oscuridad se oculta incluso en los lugares más luminosos.
Lejos de allí, en una mansión bañada por la luz del crepúsculo, Tomás Denisse discutía con su hijo Lorenzo.
El aire estaba cargado de tensión.
—Padre, fue inútil el obsequio que nos dio el culto —gruñó Lorenzo, arrojando un sello al suelo—.
Fracasaron.
—Cuéntame qué pasó —dijo Tomás, llevándose una mano a la frente.
—Cuando comenzaron a evacuar la academia, nos dividieron en grupos.
A mí me asignaron con Katerin The Mondring.
Pero los no muertos empezaron a salir del cementerio, y los maestros tuvieron que intervenir.
Clarise Stanley estaba en peligro.
Pude ayudarla, pero no lo consideré necesario.
Su prometido se lanzó a salvarla y murió como un tonto.
Nunca entenderé por qué alguien arriesgaría su vida por una simple mujer cuando hay tantas más disponibles.
Tomás lo miró con furia contenida.
—¡Idiota!
—rugió golpeando la mesa—.
Un favor de la familia Stanley habría sido valioso.
Si nos debieran una deuda, podríamos usarla en nuestro beneficio.
Tu estupidez no tiene límites.
—¿Cómo iba a saberlo?
—replicó Lorenzo, retrocediendo—.
Estaba asustado.
Había demasiados cadáveres atacando.
—Maldición…
—murmuró Tomás entre dientes—.
Sabes que estamos en una situación crítica.
Los Armett quieren traicionarnos, y debemos adelantarnos.
¿Cómo va lo de Isabella?
¿Has logrado acercarte a ella?
Lorenzo dudó antes de responder.
—Intenté invitarla a unirse a mi grupo, pero no se separa de Lusian.
—Ese mocoso otra vez…
—Tomás sonrió con malicia—.
Bien.
Usaremos a los Douglas para eliminar a los Armett.
Prepárate, Lorenzo.
Habrá una reunión pronto, y quiero que trates muy bien a la señorita Isabella.
“La huella de la batalla” El día del funeral, el cielo estaba cubierto por un manto gris, como si incluso los dioses lloraran por los caídos.
Todas las familias nobles del reino se reunieron en el gran patio de mármol blanco, donde el rey, vestido con una túnica negra de bordes dorados, presidía la ceremonia.
Con voz solemne, juró vengar al reino, prometiendo erradicar al culto demoníaco sin dejar rastro.
Cada linaje tenía su cripta designada, donde los nombres de los suyos quedaban grabados para la eternidad.
En la tumba de los Carter, Lusian permanecía junto a Emily, quien se despedía de su hermano con lágrimas silenciosas.
Alejandro Jones, el mejor amigo del difunto, estaba allí también.
Su semblante, habitualmente sereno, mostraba una tristeza que parecía desbordarlo.
—Siento mucho no haber estado ahí para ayudar a tu hermano —dijo Alejandro, con la voz quebrada—.
Pero puedes contar conmigo para lo que necesites.
—Gracias —susurró Emily, aceptando el abrazo—.
Mi hermano te apreciaba mucho.
No tienes por qué culparte.
—Manuel era más que un amigo para mí —replicó él, mirando el féretro—.
Era como un hermano.
Y tú también lo eres, Emily.
Si alguna vez necesitas algo, solo dímelo.
—Gracias, Alejandro…
y por favor, cuídate.
Yo también te considero como un hermano.
No quiero perder a nadie más.
Alejandro asintió, pero al apartarse sus ojos se cruzaron con los de Lusian.
En ese instante, un impulso oscuro se apoderó de él; una corriente de odio tan intensa que incluso el aire pareció tensarse.
Larryet, el majestuoso león mágico que custodiaba a Lusian, gruñó con ferocidad y mostró los colmillos, su mirada fija en Alejandro.
El aura mágica que lo envolvía hizo que el joven retrocediera, helado por el miedo.
—¡Lusian, por favor, no le hagas nada!
—gritó Emily.
—Larryet no es como Umber —respondió él con calma, sin apartar la vista del león—.
No puedo controlarlo.
Solo mi madre puede hacerlo.
Avanzó hasta ponerse frente a la criatura.
Aun sintiendo el peso abrumador de su presencia, el muchacho se mantuvo firme.
—Tranquilo, amigo —susurró al animal, que lentamente bajó la cabeza—.
Controla tus emociones, Alejandro.
Tal vez la próxima vez no tengas tanta suerte.
El joven Jones no respondió.
Dio un paso atrás y se marchó, intentando ocultar su temblor.
Emily se acercó preocupada.
—¿Qué fue eso?
—Tu amigo —dijo Lusian, con voz serena—.
Desprendió un odio muy intenso.
Larryet solo reaccionó a su instinto.
—Lo siento.
Hablaré con él.
Debe de haber sido un malentendido.
—No te preocupes.
Lo entiendo.
Si alguien se llevara al amor de mi vida, también sentiría rabia.
Emily lo miró, sorprendida.
—Te equivocas.
Alejandro y yo somos solo amigos.
Lo considero un hermano, y él me ve igual.
No malinterpretes las cosas.
Lusian sonrió, apenas perceptible.
—Eres demasiado inocente, Emily.
Pero te entiendo.
Si yo hubiera crecido contigo…
también me habría enamorado.
Emily lo miró con las mejillas sonrojadas.
Lusian, notando su error, bajó la mirada.
—Lo siento.
No era el momento para eso.
El resto de la ceremonia transcurrió sin sobresaltos.
Al caer la tarde, Lusian se reunió con su madre.
—Madre, la ceremonia terminó —anunció él.
—Sí —respondió Sofía, mirando el horizonte—.
Pero debo reunirme con la reina.
Si estás cansado, puedes regresar a la mansión.
—No, está bien.
Te acompañaré.
Sofía arqueó una ceja, divertida.
—¿Desde cuándo te agradan estas reuniones?
¿O acaso tiene algo que ver con la princesa Elizabeth?
—No, madre —dijo él, apartando la mirada—.
Solo quiero acompañarte.
—Ah, claro —replicó ella con una sonrisa traviesa—.
Justo el muchacho que fue visto encerrado en un teatro con la princesa.
¿Debo preocuparme?
—Solo estábamos ensayando una obra —replicó Lusian con nerviosismo—.
Nada más.
—No te metas en problemas —suspiró Sofía—.
Parece que todo lo que ocurre en este reino gira en torno a ti últimamente.
Cuando madre e hijo llegaron al salón reservado para la reunión con la reina, encontraron allí a Andrew y a Elizabeth.
Lusian, al ver a la princesa, sintió cómo su mente se apaciguaba.
La sola presencia de Elizabeth disipaba el peso de los recuerdos de su vida anterior, igual que en los días en que contemplaba a la reina demonio en su otro mundo, soñando con lo inalcanzable.
Mientras Sofía y la reina Adelaine hablaban, los jóvenes se sentaron para compartir el té.
—Señor Lusian —saludó Elizabeth con cortesía inusual, provocando que Andrew la mirara sorprendido.
—Príncipe, princesa —respondió él con serenidad—.
¿Cómo han estado?
—Después de lo ocurrido —intervino Andrew—, podemos decir que seguimos bien, dadas las circunstancias.
—Lo importante es que están a salvo —dijo Lusian, tomando un sorbo de té con elegancia medida.
—Escuché que resultó herido —comentó Elizabeth, en tono formal—.
¿Ya se ha recuperado?
—Gracias por tu preocupación, princesa.
Me encuentro mucho mejor.
Andrew los observó con creciente incomodidad.
—Bien, basta ya.
¿Qué sucede entre ustedes?
Este ambiente es…
demasiado raro.
—Hermano, no empieces —interrumpió Elizabeth con autoridad—.
Deberías acompañar a madre y aprender de su conversación.
Es parte de tu deber como futuro rey.
Señor Lusian, ¿me acompañaría a dar un paseo?
—Si la princesa lo desea —respondió él con una leve inclinación.
—Me están dejando fuera —murmuró Andrew, resignado al verla marchar con Lusian.
Caminaron en silencio por los pasillos del palacio hasta llegar a un salón adornado con tapices dorados.
Allí, Elizabeth se detuvo y lo miró fijamente.
—¿Por qué no me escribiste?
—¿De qué hablas?
—Estabas herido.
No supe nada de ti.
Al menos podrías haber enviado una carta.
Estaba preocupada.
—Sabes que no puedo enviar mensajes al palacio —replicó Lusian—.
Además, ¿por qué esa actitud?
—¿Por qué?
—Elizabeth apretó los puños—.
¿Te parece agradable ver a tu…
“novio” abrazando a otra mujer?
Lusian arqueó una ceja.
—¿Novio?
No sabía que lo fuera.
—Tomaste mi primer beso —murmuró ella, roja de ira y vergüenza—.
Deberías hacerte responsable.
—Tal vez si me pidieras que fuera tu novio —dijo él, acercándose—, lo pensaría.
—Sabes que estás hablando con la realeza, ¿verdad?
—Y tú sabes que estás hablando con el heredero del ducado Douglas.
Elizabeth lo golpeó en el pecho, frustrada, hasta que su voz se quebró.
—¿Quieres…
ser…
mi novio?
Lusian se inclinó y susurró junto a su oído.
—Lo pensaré.
—¡Descarado!
—exclamó ella, avergonzada—.
Nadie se atreve a hablarme así.
—Entonces será un secreto —dijo él, sonriendo, antes de besarla suavemente.
Horas más tarde, cuando la reunión concluyó, Adelaine se dirigió a sus hijos con tono severo.
—La academia suspenderá las clases por un mes.
Aprovecharemos ese tiempo para fortalecer nuestras alianzas.
¿Entendido?
—Sí, madre —respondieron los príncipes al unísono.
—Elizabeth —añadió Adelaine—, ¿a dónde fuiste con Lusian?
Te he advertido que no pueden ser vistos juntos.
Eso podría provocar rumores.
—Tranquila, madre.
Nadie nos vio.
Solo hablábamos de su salud.
—No juegues con fuego, hija.
Te prohíbo que te reúnas a solas con él.
¿Entendido?
Elizabeth bajó la cabeza.
—Sí, madre.
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