GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 17
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Capítulo 17: Capítulo 17 El precio de la sangre
“La Promesa del Bosque”
El carruaje avanzaba entre la neblina de la tarde, con el emblema de los Douglas grabado en dorado sobre las puertas. Las ruedas crujían sobre el camino empedrado mientras el paisaje se deslizaba, sombrío y silencioso. En su interior, Lusian y su madre, la condesa Sofía Douglas, compartían el trayecto de regreso a la mansión familiar.
—¿Qué hablaste con la reina madre? —preguntó Lusian, rompiendo el silencio con un dejo de curiosidad contenida.
—La academia sufrió daños graves —respondió Sofía, sin apartar la mirada del horizonte que se teñía de escarlata—. Suspenderán las actividades durante un mes. Aprovecharemos ese tiempo para internarnos en el bosque, investigar qué provocó que las bestias enloquecieran… y confirmar si el culto demoníaco se oculta allí.
—¿Piensan enviar tropas? ¿No es demasiado peligroso?
—Sí. Todos los nobles enviarán contingentes. Será una incursión sin precedentes. Si no resolvemos esto ahora, la academia tendrá que trasladarse a otro lugar.
—¿Y quién liderará a nuestros caballeros?
—Yo —dijo ella, con firmeza—. Laurence está ocupado rastreando a los traidores del reino.
—Madre, no es seguro que vayas al bosque.
Sofía sonrió levemente y, con gesto travieso, le pellizcó las mejillas.
—Mira quién lo dice: el joven que se pone en peligro cada cinco minutos.
—Ya, para —rió Lusian, apartándola con suavidad—. Pero entonces llévame contigo.
—¡No! No pienso exponerte al peligro.
—¿Y si me quedo? ¿Vas a dejar a Umber conmigo?
—Por supuesto que no. No te dejaré desprotegido.
—Entonces, con más razón, tengo que ir. Tú tendrás tus tres bestias mágicas en el bosque… ¿qué lugar puede ser más seguro que a tu lado?
Sofía alzó una ceja, divertida.
—Me halagas, pero no voy a llevarte. Larryet y Thunder bastan para mantenerme a salvo.
—Madre, quiero que veas cuánto he crecido. Confía en mí. Déjame mostrarte que soy digno de ser tu hijo.
El carruaje se estremeció al pasar sobre un puente. Sofía lo observó con ternura y guardó silencio largo rato. Finalmente suspiró.
—Está bien —concedió—, pero no te alejarás de mí ni un instante… o te castigaré cuando regresemos.
El Hotel Oasis se alzaba como un palacio de mármol y cristal en el corazón del distrito noble. En uno de sus salones privados, iluminado por lámparas de ámbar, se encontraban el conde Noah Armett y su hija Isabella, junto al conde Tomas Denisse y su hijo Lorenzo. El ambiente olía a vino añejo y diplomacia envenenada.
—¿Ha considerado mi propuesta de compromiso entre su hija y mi hijo, conde Tomas? —preguntó Noah, cruzando los dedos sobre la mesa.
—La he considerado —respondió Tomas con una sonrisa cortés—, pero no creo que sea posible. Mi hija tiene mejores candidatos.
—Ha pasado mucho tiempo y aún no ha elegido a ninguno. Tal vez ellos no supieron ganarse su corazón. Mi hijo, en cambio, podría ser la pareja perfecta para la señorita Isabella.
—No hay prisa —replicó Tomas—. Es mejor esperar.
Lorenzo se levantó entonces, con aire despreocupado.
—Padre, ¿por qué no permite que acompañe a la señorita Isabella a dar un paseo? Podrán conversar mientras usted atiende al conde Noah.
Tomas asintió sin sospechar. Isabella se levantó con desgano y lo siguió al jardín interior, donde el perfume de las flores apenas lograba disimular el aire pesado de intriga.
—Señorita Isabella —dijo Lorenzo, inclinándose con falsa cortesía—, está deslumbrante hoy.
—Gracias por tus elogios, pero son innecesarios. Permíteme aclararte que no me interesas.
Lorenzo sonrió, pero en su interior hervía la rabia.
Maldita perra.
—No debería rechazar las oportunidades que se le presentan. La belleza no es eterna… un día se desvanecerá.
—Esperaré ese día con alegría, señor Lorenzo —replicó Isabella, sin perder la compostura.
En ese momento, un hombre elegantemente vestido se acercó con paso seguro.
—Señorita Isabella —dijo con voz suave—, permítame presentarle a un buen amigo mío, Elton.
Elton hizo una reverencia y extendió la mano. Isabella, educada, respondió al gesto.
—Encantado de conocerla, señorita.
En cuanto sus manos se tocaron, el mundo se desvaneció. Su mente quedó en blanco, su mirada vacía.
—¿Ya está hecho? —susurró Lorenzo, nervioso.
—Sí —respondió Elton con voz áspera—, pero debemos apresurarnos. Mi habilidad no durará mucho.
—Entonces haz que escriba una carta dirigida a Caleb Douglas Florence. Usa tu control para eso —ordenó Lorenzo, esbozando una sonrisa cruel.
Los minutos pasaron. Cuando el hechizo se disipó, Isabella parpadeó confusa. Estaba sentada, con las manos manchadas de tinta y la mirada perdida. Lorenzo fingió preocupación y se inclinó hacia ella.
—¿Se siente mejor, señorita Isabella? Casi se desmaya.
—¿Desmayarme? No… no lo recuerdo —balbuceó ella, mirando alrededor, desconcertada.
—Volvamos con nuestros padres —dijo Lorenzo, ofreciéndole el brazo—. Deben de estar preocupados.
Ella asintió, sin notar la sombra oscura que se cernía sobre su destino. En la mesa quedaba la carta aún húmeda, sellada con un nombre que pronto arrastraría al reino hacia una tormenta.
Isabella asintió con una leve inclinación, aún envuelta en la confusión que le nublaba la mente. Su paso era incierto mientras seguía a Lorenzo de regreso hacia el salón donde los aguardaban sus padres. A cada respiración, sentía como si una niebla invisible le oprimiera el pecho, dejando tras de sí el eco de algo que había olvidado… algo que no debía haber olvidado.
“Flores y Veneno”
En el despacho del duque, la penumbra caía como un manto solemne sobre los estantes repletos de grimorios y mapas. Laurence Douglas, de pie junto a la ventana, observaba el estandarte del ducado ondear bajo el viento gris. La puerta se abrió con suavidad, y Caleb entró.
—Padre, ¿irán los caballeros al bosque? —preguntó el joven con ansiedad contenida.
—Sí —respondió Laurence, sin volverse—. Tienen una misión asignada por el reino.
—¿Puedo acompañarlos?
—No. Tu madre estará a cargo de esa misión, y no puede cuidar de ti —dijo con voz firme.
Caleb bajó la mirada, los puños temblándole.
—Pero Lusian irá. ¿Por qué el trato es diferente entre él y yo? ¿Es porque él es un Epsilon y yo solo un Delta? Escuché que los generales murmuran… que preferirían verlo a él como heredero del ducado.
Laurence giró entonces, con los ojos encendidos de autoridad.
—No vuelvas a repetir esas tonterías. Yo decidiré quién será mi sucesor, y he decidido que serás tú. Nadie en este ducado osará contradecir mi palabra.
Caleb asintió, aunque la sombra de la duda seguía ardiendo en su pecho. Al salir del despacho, vio pasar a una criada que llevaba una elegante caja adornada con el sello de la familia Armett.
—¿Para quién es ese regalo? —preguntó con falsa casualidad.
—Para el joven señor Lusian, mi lord —respondió la criada con una reverencia—. Fue enviado por la señorita Isabella Armett.
—¿Puedo verlo un momento?
—Señor Caleb, la duquesa se enojará si descubre que tocó las pertenencias del señor Lusian —titubeó la mujer, nerviosa.
Caleb fingió no escucharla y siguió a la criada hasta la habitación de su medio hermano. Encontró a Lusian reclinado en un sofá, un grueso tomo de hechicería entre las manos.
—¿Qué necesitas, hermano? —preguntó Lusian sin levantar la vista.
—Quiero saber por qué Isabella te ha escrito.
—No lo sé —dijo él con tranquilidad—. Léelo tú mismo.
Caleb se acercó. Sobre el escritorio reposaba una carta, delicadamente escrita, junto al obsequio. La desplegó y leyó en voz baja:
“Estimado señor Lusian Douglas The Mondring:
Le deseo una pronta recuperación de sus lesiones. Le envío este pequeño presente, con la esperanza de que le ayude a perfeccionar su arte con la flauta. Si en algún momento desea recibir mis consejos sobre el uso de este instrumento, estaré encantada de ofrecérselos.
Con respeto,
Isabella Armett.”
—Vaya, qué formalidad —comentó Lusian con una sonrisa tranquila—. Parece una chica educada.
—Sí… —respondió Caleb, con un brillo turbio en la mirada—. Muy especial, sin duda.
—No tienes por qué preocuparte —replicó Lusian, cerrando el libro—. No estoy interesado en ella.
Caleb apretó los dientes, pero no respondió. Se dio la vuelta para salir y, al abrir la puerta, se encontró frente a Sofía. La duquesa lo miró con una severidad gélida.
—¿Qué haces aquí, Caleb? —preguntó, su voz cortante como una hoja—. Te he advertido muchas veces que no te acerques a Lusian.
—Lo siento, duquesa —respondió él, inclinando la cabeza—. Solo vine a hacerle una pregunta. No volverá a suceder.
—Vete —ordenó ella, sin apartar la mirada.
El joven se retiró, sintiendo el peso de su humillación arderle en la espalda. Sofía observó la puerta cerrarse y suspiró con un dejo de preocupación. En aquella casa, los silencios comenzaban a oler a traición.
Días después, la capital se agitó bajo el sonido de trompetas imperiales. Los carruajes del Imperio Ferrussi atravesaron las murallas adornadas con estandartes carmesí. Entre ellos, destacaba uno con relieves de plata y águilas negras: el vehículo del noveno príncipe, Leopoldo Ferrussi Fabrini, un hombre de porte regio, cabello azul como el acero y ojos verdes como gemas frías. A su lado, marchaba Marcus Valentine, el general de la duodécima legión, conocido en los campos de batalla como El Chacal.
Los nobles del reino los miraban con un respeto contenido, algunos con abierta desconfianza. En las escalinatas del palacio, la concubina real Alessia Ferrussi, hermana del príncipe, esperaba su llegada.
—Qué gusto verte, Leopoldo —dijo ella con una sonrisa ensayada.
—Hermana —respondió él, besando su mano—, me alegra verte. Aunque, debo admitir, vivir en este rincón del mundo debe ser… primitivo.
—No ha estado tan mal —contestó Alessia, con un brillo diplomático en los ojos—. ¿Cómo están las cosas en el Imperio?
—Bien —respondió él, encogiéndose de hombros—. Aunque me enviaron aquí con una tarea ridícula: comprometerme con una princesa campesina.
—Hermano, no te enojes —dijo ella, bajando la voz—. Debes entender que la gente de este reino es distinta. No esperes reverencias ni banquetes como en la corte imperial. Te pido tolerancia. No arruines nuestros planes.
Leopoldo soltó una risa amarga.
—¿Tolerancia? ¿Me estás diciendo que estos campesinos se atreverán a faltarme el respeto?
Entraron al salón del trono, donde el rey Felipe Erkham los aguardaba. No hubo alfombra de pétalos ni música de bienvenida; solo el eco sobrio de sus pasos resonando en el mármol. El monarca, con expresión imperturbable, se puso de pie.
—Bienvenido, príncipe Leopoldo —dijo con tono mesurado.
—Las formas en este reino son… frías —replicó el príncipe con una sonrisa cargada de veneno—. Tal vez recomiende al emperador enviar a alguien que les enseñe etiqueta.
El rey sostuvo su mirada, sereno.
—No es necesario. El imperio tiene sus costumbres, y nosotros tenemos las nuestras. Si no le agradan, puede regresar cuando desee.
Leopoldo apretó los labios, ocultando la furia tras una máscara de cortesía.
—No será necesario, Su Majestad. Me quedaré unos días. Quisiera conocer a mi prometida.
Felipe arqueó una ceja.
—Debo corregirle, príncipe. Jamás acepté esa petición. La princesa no está a su disposición.
Leopoldo lo miró en silencio. Una sombra cruzó su rostro.
—¿Esa es su decisión final? —preguntó con voz baja, cargada de amenaza—. ¿No teme las represalias del Imperio?
El salón se llenó de tensión, como si el aire mismo esperara el estallido de una tormenta. En aquel instante, el destino de dos reinos comenzó a pender de un hilo invisible, tan fino como el filo de una espada.
El eco de las trompetas resonó en el salón del trono.
El heraldo, de pie junto a las puertas doradas, levantó la voz con solemnidad:
—¡La duquesa Sofía Douglas The Mondring!
Las enormes hojas de ébano se abrieron, y el murmullo de los presentes se apagó de inmediato.
Desde el umbral, Sofía avanzó con paso sereno, vestida con una capa azul oscuro que se movía al ritmo de su andar. A su lado, una bestia majestuosa rugía suavemente: un león de melena plateada, tan grande como un carruaje, cuyos ojos de fuego parecían advertir a todos que un solo movimiento en falso significaría la muerte.
El príncipe Leopoldo Ferrussi, sorprendido, retrocedió instintivamente. Su rostro, altivo apenas un instante antes, se tornó pálido. Se refugió tras el general Marcus Valentine, el Chacal, quien observó la escena y pensó: Un príncipe que habla demasiado y escucha muy poco. En la guerra, eso es una sentencia de muerte. Mientras tanto, el animal cruzaba el salón con un leve gruñido que hizo estremecer los candelabros.
Sofía se inclinó ante el trono.
—Su Majestad, vengo a informar que todas las unidades están listas para la exploración del bosque.
El rey Felipe Erkham asintió con dignidad.
—Duquesa, es un placer verla. El general Joshua Erkham estará al mando de mis tropas. Coordine con él las formaciones necesarias.
—Así se hará, su Majestad —respondió ella con voz firme.
—Muy bien, duquesa. Puede retirarse.
Sofía se dio media vuelta sin siquiera dedicar una mirada a la delegación imperial. Para ella, eran poco más que sombras arrogantes, gusanos vestidos de seda… seres que algún día tendría que aplastar.
Marcus Valentine la observó con atención. Sus ojos, fríos como cuchillas, estudiaron cada músculo del león. Lo evaluó, lo midió, lo comparó con sus propias capacidades. Llegó a una conclusión silenciosa: podría vencerlo… pero no saldría con vida.
Y eso, claro, sin contar las otras dos criaturas mágicas que respondían a la voluntad de Sofía Douglas.
Incluso si el Emperador —el único humano con rango de Campeón Epsilon— se enfrentara a ella, la victoria no estaría garantizada.
El príncipe rompió el silencio con una voz crispada.
—Su Majestad, ¿cómo puede permitir que una bestia semejante ponga en peligro la vida de los diplomáticos del Imperio?
El rey lo miró sin inmutarse.
—Parece que la gente del Imperio se asusta con facilidad. Mi opinión sobre usted acaba de disminuir aún más.
—No hay necesidad de ser tan agresivo, Su Majestad —replicó Leopoldo con una sonrisa forzada—. Después de todo, somos familia.
—Por ahora —respondió el monarca con frialdad—. Descanse, príncipe. Esta noche habrá un banquete. Será bienvenido… si lo desea.
El silencio cayó como una sentencia. Sofía se marchó del salón, y el rugido del león resonó en la distancia como un presagio.
“El Banquete de las Máscaras”
Horas después, Lusian Douglas se detuvo frente a la mansión Carter. La luz de las lámparas bañaba las columnas de mármol y el jardín perfumado. Cuando Emily salió a su encuentro, el aire pareció detenerse.
Vestía un delicado vestido color marfil, con encajes que atrapaban la luz como hilos de luna. Su cabello castaño caía sobre los hombros en suaves ondas, y sus ojos, aunque aún enrojecidos por la tristeza, brillaban con una calma melancólica.
—Hola, Emily —saludó Lusian, un tanto sorprendido.
—¿Me veo rara con este vestido? —preguntó ella, nerviosa, bajando la mirada.
—En absoluto —respondió él con una sonrisa sincera—. Estás espectacular. ¿Cómo te sientes?
—Mejor —dijo ella, intentando sonreír—. Aunque todavía… estoy bastante triste. Pero lo superaré.
Lusian le ofreció la mano, y Emily subió al carruaje. El sonido de los cascos sobre la piedra acompañó su silencio compartido.
El gran salón del palacio resplandecía bajo centenares de lámparas de cristal.
Los nobles conversaban entre risas y copas, mientras la música llenaba el aire de notas elegantes. Cuando Lusian y Emily hicieron su entrada, las miradas se desviaron hacia ellos: algunos los observaban con curiosidad, otros con abierta envidia.
Entre la multitud, Clarise los vio y se apresuró a recibirlos. Abrazó a Emily con afecto antes de saludar a Lusian, y juntos se unieron a un pequeño grupo de conocidos.
Desde la distancia, Lusian divisó a Elizabeth, radiante como un lirio entre sombras. Pero no estaba sola. A su lado, imponente, se encontraba el general Marcus Valentine, el Chacal, aquel que Lusian recordaba de las crónicas del juego: un enemigo formidable, un jefe de guerra que debía ser derrotado en la futura invasión imperial.
La tensión se apoderó del aire. Lusian apartó la mirada justo cuando el príncipe Leopoldo iniciaba su siguiente intento de conquista. El noble imperial se inclinó hacia Isabella Armett, ofreciéndole la mano con fingida gentileza.
—Mi señora, ¿me concede este baile? —preguntó por tercera vez.
Isabella lo miró apenas, con frialdad glacial.
—No tengo ánimos para bailar, alteza —respondió, cortante.
El príncipe forzó una sonrisa, mientras los cortesanos fingían no escuchar su humillación. Sin embargo, su expresión cambió al notar hacia dónde se dirigía la mirada de la princesa.
Ella observaba discretamente al joven que acababa de llegar… al mismo Lusian Douglas, acompañado por la hermosa Emily Carter.
Un destello de celos —o tal vez de curiosidad— cruzó los ojos de Leopoldo. Su mente imperial comenzó a tejer una idea venenosa.
Así que la princesa muestra interés por ese plebeyo engreído…
Perfecto.
Le haré recordar la distancia que separa a los elegidos de los insignificantes.
Con ese pensamiento, el príncipe se alisó la chaqueta, sonrió con fingida cortesía y se dirigió hacia ellos.
El banquete apenas comenzaba, y las verdaderas máscaras empezaban a caer.
Fue en medio de esa atmósfera perfumada de lujo y peligro cuando el príncipe Leopoldo Ferrussi Fabrini, de sonrisa arrogante y mirada inquisitiva, se acercó al grupo donde estaban Lusian y Emily.
—Qué hermosa señorita —dijo con voz melosa, extendiendo la mano—. ¿Me permite invitarla a bailar?
—Lo siento —respondió Emily con firmeza—, no sé quién es usted, y mi prometido está presente.
Se acercó a Lusian, buscando refugio en su presencia. El gesto llamó la atención de todos a su alrededor.
—Lamento mucho eso —replicó el príncipe, con una sonrisa calculada—. Soy el príncipe Leopoldo Ferrussi Fabrini, del Imperio de Ítaca.
Emily se tensó de inmediato. Ser descortés con un príncipe extranjero podía provocar un conflicto diplomático. Pero antes de que pudiera responder, Lusian dio un paso al frente.
—Ese título solo tiene peso en tu imperio —dijo con voz tranquila, pero cortante como acero—. Aquí no significa nada. Si eres un invitado, deberías comportarte como tal.
Los murmullos se propagaron como fuego. Leopoldo frunció el ceño, incapaz de creer lo que acababa de oír.
—¿Qué has dicho? ¡Eres un ignorante! No conoces las consecuencias de tus palabras.
—Por supuesto que las conozco —replicó Lusian, desafiante—. ¿Por qué no me las enseñas, príncipe imperial?
Un silencio tenso cayó sobre la sala. Antes de que el príncipe pudiera reaccionar, una figura femenina irrumpió entre los presentes, apartándolo con un empujón.
—Mocoso, ¿ya te has recuperado? —gruñó Kara, colocándose frente a Lusian.
Lusian se cubrió la cara para contener la risa. Verla con un vestido era casi una visión imposible. Kara, la temible espadachina que despreciaba las galas, se veía fuera de lugar entre encajes y cintas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, divertido—. Nunca te han gustado este tipo de eventos.
—Primero, ¿cómo sabes eso? —replicó ella con una sonrisa desafiante—. Segundo… mañana, en el anfiteatro del dios Dynamus, por la tarde, te venceré.
—Lo siento, pero no puedo —respondió Lusian—. Iré a la incursión en el bosque Cymopelia. Tu derrota tendrá que esperar otro día.
Emily, nerviosa por la tensión del momento, le susurró al oído:
—Deberías ser más respetuoso con el príncipe…
—¿Príncipe? ¿Cuál príncipe? —bromeó Lusian con ironía.
—¿Intentas huir de mí? —intervino Kara, cruzando los brazos—. ¿Cómo es que tú irás a la incursión y a mí no me dejaron? ¡Injusto!
—¿De verdad van a ignorarme, malditos mocosos? —estalló Leopoldo, su rostro enrojecido de ira.
Desde un extremo del salón, Andrew observó la escena con una mezcla de preocupación y cálculo. Dio un paso al frente, su voz resonando con autoridad.
—Lusian Douglas The Mondring, no deberías ofender a nuestros invitados.
Lusian lo miró con calma.
—Si no se presta atención a los invitados, podrían ocurrir “accidentes”… y alguien podría salir herido.
El aire se volvió más denso. Andrew suspiró, intentando controlar la situación.
—Compórtate, Lusian. No cruces los límites.
(Andrew se retiró con el príncipe Leopoldo, tratando de calmar la situación). Tomó al príncipe del brazo y lo apartó del lugar, susurrando algo para calmarlo. Mientras se retiraban, las miradas de los nobles los siguieron con mezcla de temor y fascinación.
La concubina real Alessia Ferrussi tenía una misión que odiaba en silencio: contener los impulsos de su hermano, el príncipe Leopoldo. El emperador, su padre, le había confiado esa tarea con la misma frialdad con que uno asigna un arma a la guerra. Ella debía mantener bajo control al hijo más impetuoso y menos obediente del linaje imperial.
Pero el príncipe era incorregible. Se consideraba superior a todos, incluso a su propio destino, y bastó un solo instante de descuido para que su arrogancia escapara del protocolo y provocara un conflicto con las personas más peligrosas del reino.
En la sala del trono, la duquesa Sofía Douglas The Mondring permanecía erguida como una estatua viviente. Su presencia imponía silencio, su mirada cortaba el aire.
—Agradezco sus disculpas en nombre de su hermano —dijo la duquesa con voz gélida, dirigiéndose a Alessia—, pero es vital que el príncipe comprenda y se acostumbre a nuestras costumbres cuanto antes. De lo contrario, situaciones como la de hoy podrían repetirse… y el resultado podría no ser tan benigno.
—Por supuesto, alteza —respondió Alessia con una reverencia impecable—. Estaré encantada de instruirlo. Le enseñaré los protocolos y tradiciones de este reino. Es fundamental que entienda la importancia de su papel… y las consecuencias de sus actos.
La duquesa asintió apenas. Su expresión no cambió, pero la advertencia quedó flotando en el aire como una espada suspendida.
Desde la distancia, Elizabeth Douglas observaba la escena, divertida. Sus ojos, brillantes de curiosidad, buscaron a Lusian, que se encontraba entre los invitados. Cuando sus miradas se encontraron, ella le hizo una discreta señal.
Mientras tanto, en otro extremo del salón, Andrew Carter acompañaba al príncipe Leopoldo, intentando reducir la tensión.
—Intenta no involucrarte más con ese tipo —dijo Andrew, esforzándose por mantener un tono diplomático—. Tiene una personalidad terrible.
Leopoldo soltó una risa amarga.
—¿Y por qué no puedes controlar a tu gente? En el Imperio, un sujeto tan insolente sería sentenciado a muerte sin dudarlo.
—Quizás —respondió Andrew, sin perder la compostura—, pero si tu padre estuviera en nuestra situación, creo que lo manejaría de la misma manera.
—Te equivocas —replicó el príncipe, erguido, lleno de orgullo—. Mi padre lo habría decapitado en el acto.
Andrew sonrió, un gesto más de ironía que de burla.
—Sin duda, muy valiente. Cualquiera que se atreva a desafiar a la duquesa Sofía Douglas merece respeto.
Leopoldo lo miró con extrañeza.
—¿Qué tiene que ver la duquesa en todo esto?
Andrew lo observó, divertido.
—No eres muy perspicaz, ¿verdad? Te metiste con su hijo. Si le hubieras puesto un dedo encima, probablemente ahora serías alimento para una de sus bestias mágicas.
Leopoldo guardó silencio. Por primera vez, comprendió el peso de la sombra que se cernía sobre él.
Esa noche, Lusian se retiró a los aposentos de los Douglas. En la cámara secreta que se ocultaba tras el muro de mármol, lo esperaba Elizabeth. La luz de las velas danzaba sobre su cabello dorado.
—Fue divertido verte jugando con ese tonto —dijo ella con una sonrisa traviesa, acercándose lentamente.
—No me pareció tan gracioso que se acercara a ti —replicó Lusian, su tono más serio.
—Entonces estás celoso… —susurró ella con una risa ligera—. Qué inesperado. Pero ahora sabes cómo se siente.
—Sí, lo estoy —admitió él, dando un paso más, atrapado por una fuerza invisible que parecía empujarlo hacia ella—. Increíblemente celoso.
—Lusian… no lo hagas… —susurró Elizabeth, pero antes de que pudiera decir algo más, sus labios fueron silenciados por un beso que detuvo el tiempo.
En el cuarto de descanso de la concubina real, el eco de un golpe retumbó como un trueno.
La mesa tembló bajo la furia del príncipe Leopoldo, cuyas manos, crispadas por la rabia, dejaron marcas sobre la madera tallada. La luz de las lámparas danzaba sobre su rostro deformado por el desprecio.
—¡Maldita gentuza asquerosa! —rugió—. ¡No conocen su lugar! ¡Son unos bárbaros inmundos!
Su hermano, reclinado con elegancia forzada en un diván, lo observaba con una sonrisa cargada de cinismo.
—Montaste todo un espectáculo, hermano —dijo con calma venenosa—. Si no piensas cumplir las órdenes de nuestro padre, al menos tu muerte servirá como una causa justa para iniciar una guerra.
Leopoldo se volvió hacia él, con los ojos encendidos de ira.
—¿Crees que mi padre permitiría que eso suceda en un lugar como este?
Su voz era una mezcla de orgullo herido y temor reprimido. La habitación olía a incienso imperial y a desesperación.
En el fondo, Alessia Ferrussi, la concubina real y su hermana, los observaba en silencio. Sus pasos resonaron fríos sobre el mármol antes de hablar.
—Claro que sí —dijo con la serenidad de quien sabe que su palabra es un puñal—. Tu destino se decidió el día que se confirmó tu afinidad mágica. Al ser solo un Gamma, padre te ve como una herramienta… algo que puede usar y desechar cuando le plazca. Ni siquiera te considera su hijo. No seas ingenuo, Leopoldo. Sabes que está obsesionado con la pureza de la sangre.
La voz de Alessia se tornó aún más fría, casi académica.
—En nuestra línea, la fuerza de la magia fluye por la sangre materna. Es la madre quien dicta el límite del poder. Ningún hijo puede nacer con una afinidad superior a la de la mujer que lo engendra. Es una ley inquebrantable… salvo en los raros casos en que el destino interviene. Uno entre millones. Y tú, hermano, fuiste simplemente… común.
Leopoldo apretó los puños, conteniendo una rabia que amenazaba con consumirlo.
—Es cierto que mi afinidad no es tan poderosa como la de otros —respondió con voz ronca—, pero eso no define mi posición. Sigo siendo un príncipe del Imperio. No puedo cambiar cómo me ve, pero puedo forjar mi propio camino.
Alessia soltó una risa amarga.
—Hablas como un niño que aún cree en los cuentos del honor imperial. La heredera es Naira Ferrussi Becker, nacida con afinidad Epsilon. Padre ha hecho de ella su diosa. Está obsesionado con mantener la pureza del linaje… y no hay lugar en su visión para alguien como tú.
Un sonido seco, como el chasquido de un arma, interrumpió el silencio.
Desde un rincón oscuro emergió Marcus Valentine, conocido en los campos de batalla como El Chacal. Su sonrisa era una herida abierta en un rostro curtido por la guerra.
—Mi querida princesa —dijo con voz grave y un deje de burla—, no sea tan dura con el príncipe. Su muerte podría traer grandes beneficios al Imperio.
Leopoldo lo fulminó con la mirada.
—¿Tú también me menosprecias, Marcus?
—No lo llamaría menosprecio, Alteza —respondió el chacal, encendiendo una pipa con calma casi insolente—. Simplemente reconozco la verdad. Me compadezco de usted… pero el Imperio está por encima de cualquier hombre. Si no está dispuesto a obedecer, entonces no estorbe.
El silencio que siguió fue denso, sofocante. Alessia caminó hasta su hermano y lo miró con una mezcla de lástima y desprecio.
—Escúchame, Leopoldo. Tienes una última oportunidad de demostrar tu valor. Tu primer objetivo es conquistar a la princesa. Usa esa cara hermosa que tanto te sirve. Sedúcela, gánate su confianza y haz que el reino baje la guardia. Ellos ya sospechan de nuestras intenciones… y no podemos permitirlo. Esas son las órdenes del emperador.
Leopoldo desvió la mirada, su orgullo hecho trizas.
—Ya lo intenté —gruñó—. Esa arrogante princesa me ignoró por completo. Su frialdad es intolerable. Y ese mocoso… —apretó los dientes— ese maldito bastardo no muestra el más mínimo respeto hacia mí.
Alessia lo observó con una mueca de interés.
Cuando habló, lo hizo en un tono bajo, casi susurrante, como si sus palabras fueran veneno.
—¿Sabes quién es ese “mocoso”? Es Lusian Douglas, hijo de Sofía, maga de clase Omega. Nació con afinidad mágica Epsilon. Padre tiene sus ojos puestos en él. No puede obligar a Sofía a darle otro hijo, así que ha decidido obtener lo que desea a través de su sangre. Quiere que ese joven engendre un heredero con nuestra hermana Naira. Si la suerte lo permite… tendrá al fin el linaje perfecto que tanto ansía.
El rostro de Leopoldo perdió el color. Por un instante, el silencio fue absoluto. Luego, su grito desgarró la calma.
—¿Ese mocoso… es Epsilon? ¡Maldición! —alzando los brazos, miró hacia el techo dorado como si desafiara al cielo mismo—. ¡Cuántas veces he maldecido mi destino por no haber nacido con ese don! Y ahora… ¡ese maldito campesino, ese bastardo sin título ni cuna, posee lo que a mí me fue negado!
El eco de su voz se perdió entre los muros, y el fuego de las lámparas titiló como si temiera arder ante tanta furia.
La rabia del príncipe se mezcló con algo más profundo: una sombra de dolor, el peso insoportable de saberse olvidado por su propio linaje.
En los ojos de Alessia brilló una chispa de compasión fugaz, que se extinguió tan rápido como había nacido.
El Imperio no tenía espacio para la debilidad.
El salón resplandecía con luces doradas y el eco distante de una orquesta. Entre los murmullos de la nobleza y el tintinear de copas, Emily conversaba con sus padres cuando Alejandro se acercó. Su porte era impecable, su sonrisa, amable; pero en sus ojos había algo más que cortesía.
—¿Me concederías este baile, señorita? —preguntó, extendiendo una mano con elegancia.
Emily titubeó. Su mirada se desvió hacia el extremo del salón, donde creía haber visto la figura de Lusian observándolos. Una punzada de inquietud le atravesó el pecho.
—Alejandro… —dijo al fin, con voz suave—. Necesito hablar contigo. A solas.
El joven arqueó una ceja, sorprendido, pero asintió. Se apartaron discretamente hacia uno de los corredores iluminados por lámparas de cristal. El bullicio quedó atrás, como un eco lejano.
—¿Ha pasado algo? —preguntó él, preocupado—. Te noto seria.
—Tenemos que distanciarnos —respondió ella, bajando la mirada—. El señor Lusian ha malinterpretado nuestra relación y… no quiero que eso cause problemas para ninguno de los dos.
Alejandro dio un paso hacia ella, su expresión endureciéndose.
—¿Te amenazó con algo? ¿Ya mostró su verdadera cara?
Emily negó con la cabeza.
—No. No me ha amenazado —dijo con un hilo de voz—. Esta decisión es mía. Solo quiero evitar un conflicto innecesario, tanto para ti como para mi familia. A partir de ahora, es mejor que mantengamos nuestras distancias.
La respiración de Alejandro se agitó. Dolido, la miró como si no reconociera a la muchacha que tenía frente a él.
—¿De verdad vas a desechar nuestra amistad tan fácilmente? ¿Solo porque alguien más te lo pidió?
—Nadie me lo pidió —susurró Emily—. Pero hay cosas que no puedo ignorar. No quiero convertirme en la causa de un conflicto… ni en la vergüenza de mi casa.
El silencio se extendió entre ellos. Solo el lejano murmullo de la música llegaba desde el salón.
Finalmente, Alejandro inclinó la cabeza, ocultando la amargura tras una sonrisa forzada.
—Entiendo… —dijo, antes de girarse y marcharse por el pasillo.
Emily permaneció inmóvil unos segundos, respirando hondo para no dejar escapar las lágrimas. Luego, recomponiendo su expresión, regresó al salón.
Lusian estaba allí, de pie junto a una columna de mármol, observando la pista de baile. Había vuelto hacía unos minutos, con el rostro sereno pero los ojos nublados por pensamientos que no lograba ordenar.
Emily se le acercó con paso decidido.
—Lusian, regresaste —dijo, intentando sonreír.
—Sí —respondió él, con calma aparente—. Descansé un poco. Me siento renovado.
—Hablé con Alejandro —murmuró ella, bajando la mirada—. Le expliqué que ya no podemos seguir siendo amigos.
Lusian parpadeó, desconcertado.
—¿Qué…? Emily, espera. No era mi intención que te alejaras de las personas que te importan. No me molesta que sigas viendo a Alejandro.
—Cumpliré con mi deber —replicó ella, con un leve temblor en la voz—. No faltaré a mi palabra.
Lusian la miró, sin saber qué decir.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendió que no bastaba con buenas intenciones. Su intento por proteger la armonía había provocado justo lo contrario. Emily se había aislado… y él había sido la causa.
nota de autor:
Herencia de la Sangre Mágica (versión narrativa / cinematográfica)
La afinidad mágica no solo define el poder de un individuo, sino también el linaje al que pertenece.
Desde tiempos antiguos, los eruditos del Imperio de Ítaca descubrieron que la fuerza elemental de una familia no se transmite por azar, sino a través del sello materno.
En la danza de la creación, la mujer es el recipiente del maná ancestral, el canal por donde fluye la vida y el elemento. Su sangre determina los límites de lo posible. Por ello, un hijo jamás puede superar la afinidad de su madre, sin importar cuán prodigioso sea el padre.
Así, una mujer de afinidad Alpha solo puede engendrar hijos Alpha, mientras que una Epsilon puede dar vida a descendientes capaces de sacudir los cimientos del mundo.
Los estudiosos llaman a este fenómeno la Ley de la Sangre Materna, una regla inquebrantable que ha moldeado la política y las dinastías mágicas durante milenios. Los matrimonios se deciden no por amor, sino por el valor mágico del vientre.
Sin embargo, el destino, caprichoso como un dios antiguo, a veces se burla de las leyes de los hombres.
Existen raros nacimientos —uno entre cinco millones— en los que la esencia del hijo supera la del vientre que lo albergó.
A estos seres se les llama Anomalías del Maná o Hijos del Eclipse, y son considerados tanto bendiciones como maldiciones.
Su poder suele despertar antes de tiempo, y sus vidas, aunque breves, alteran el curso de la historia.
📜 Fragmento del “Códice Arcano del Imperio Ítaca”
Capítulo IV
Sistema de Herencia Elemental y Ley de la Sangre Materna1. Principio Fundamental: La Sangre Materna gobierna la afinidad mágica
La afinidad mágica del hijo se determina exclusivamente por la madre.
El nivel máximo de afinidad mágica del hijo nunca puede superar el nivel de afinidad mágica de la madre.
El padre puede influir solo en el elemento de la afinidad, no en el nivel.
2. Sincronización durante la gestación
Durante la gestación, el maná del feto se sincroniza con el flujo elemental de la madre.
Esto asegura que el hijo herede la afinidad elemental y el nivel de afinidad de la madre (ejemplo: madre Gamma → hijo Gamma).
3. Excepción extraordinaria: Despertar Espontáneo o Milagro del Eclipse
Ocurre en 1 de cada 5,000,000 nacimientos.
En este fenómeno, el maná paterno resuena con tanta fuerza que rompe la barrera genética materna.
El hijo puede heredar un nivel de afinidad superior al de la madre.
Estos hijos son considerados figuras de destino, con roles clave en el devenir del mundo (heraldos de cambio, portadores de catástrofes o salvación).
4. Implicaciones sociales y políticas
Las mujeres con alta afinidad mágica son consideradas tesoros de Estado y su linaje es extremadamente valioso.
La herencia mágica influye en alianzas matrimoniales, especialmente en las casas nobles, donde el techo mágico del linaje es crucial.
Este sistema mantiene el equilibrio mágico del mundo y evita que el poder se descontrole.
Resumen para el sistema de juego Aspecto Regla Afinidad máxima del hijo Igual o menor que la de la madre Influencia del padre, Solo define el elemento de la afinidad Frecuencia del milagro1 en 5,000,000 nacimientos Nombre del fenómeno Despertar Espontáneo, Milagro del Eclipse Relevancia social Mujeres de alta afinidad: tesoros de Estado
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