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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 18

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18: Capítulo 18 La Muerte del Rey del Bosque 18: Capítulo 18 La Muerte del Rey del Bosque “Diez Mil Marchan al Bosque” Al amanecer, una gran caravana de soldados magos y caballeros avanzaba hacia la Academia, con estandartes ondeando al viento y el retumbar de cascos resonando como un tambor de guerra.

La familia Erkham había enviado tres mil soldados, entre caballeros y magos; las familias Bourlance y Douglas, mil cada una; mientras que las diez familias nobles restantes aportaban quinientos hombres cada una.

En total, diez mil almas entrenadas marchaban con un solo propósito: descubrir qué había causado el altercado y asegurarse de que el culto demoníaco no hubiera echado raíces en el bosque Cymopelia.

Al llegar, la escena era desoladora.

Los escombros de los edificios derrumbados yacían esparcidos por el suelo, testigos mudos de la magnitud del desastre.

La clase A, antaño un edificio majestuoso y lleno de vida, ahora yacía en ruinas, sus paredes derrumbadas y ventanas destrozadas reflejando la luz del sol como fragmentos de un recuerdo roto.

Sofía avanzaba al frente de las tropas de la familia Douglas, montada sobre Tunder, un corcel negro que parecía absorber la luz del entorno.

Su porte imponente y mirada firme la destacaban entre la multitud, un faro de determinación en medio de la devastación.

A su lado, Lusian cabalgaba con igual firmeza, observando cada rincón con una alerta silenciosa.

La preocupación en su rostro era clara, pero su compostura permanecía intacta, como si su presencia fuera un escudo ante la destrucción.

—Maestro Magnus —dijo Sofía, su voz firme pero suave al mismo tiempo—.

Se ve…

terrible.

¿Por qué no se toma unos días de descanso?

Magnus, el director de la Academia, se mostró demacrado y agotado, pero alzó la cabeza con respeto.

—Duquesa, es un honor verla —respondió, con un hilo de voz—.

¿Ha venido a ayudarme a corregir mis errores?

Sofía negó con suavidad.

—No se culpe.

Todo esto fue obra del culto demoníaco.

—Aun así, siento que es mi responsabilidad —replicó Magnus—.

Debí protegerlos.

Es injusto que los jóvenes enfrenten la muerte mientras los mayores solo podemos observar impotentes.

Sofía frunció el ceño, tratando de contener su inquietud.

—Escuché que no había forma de detenerlo.

Apareció un monstruo enorme…

¿puede decirme cómo era?

Magnus cerró los ojos, como reviviendo el horror.

—Era un reptil de seis metros de altura y trece de largo, verde oscuro.

Salía del bosque persiguiendo a otros monstruos.

Se acercó a la muralla y…

usamos todos los hechizos que pudimos imaginar.

Nada funcionó.

Intentar atacarlo fue un error.

Se sintió amenazado, lanzó un rayo de luz de su boca…

destruyó la muralla de un solo golpe.

Muchos guerreros y magos desaparecieron en un instante.

Por suerte, se alimentó de los monstruos que lo rodeaban y se retiró.

Sin la muralla, los demás monstruos invadieron la Academia mientras huían de él.

Sofía tragó saliva, estudiando cada palabra.

—¿Ningún elemento le afectó?

—Nada —confirmó Magnus—.

Ni la fuerza combinada de magos y guerreros.

Fue una fuerza absoluta y destructiva.

Lusian escuchaba atentamente, recordando su experiencia en el juego.

La criatura era prácticamente invencible: un lagarto mágico de nivel Omega de luz, resistente a todos los elementos y capaz de aniquilar sin piedad en el bosque.

Solo un golpe preciso con magia de oscuridad, en un punto específico y en el momento exacto, podría dañarlo.

De lo contrario, incluso los monstruos del bosque, expertos en magia oscura, eran superados por su poder.

Si esa bestia aparecía en la realidad como en el juego, pensó Lusian, no habría posibilidad de victoria.

Sería una masacre total.

La joven, hábilmente infiltrada entre las tropas Bourlance, se movía con cautela.

Se había amarrado el cabello y llevaba una armadura completa, sin quitarse el casco en ningún momento.

Desde la distancia, observaba a Magnus mientras conversaba con la duquesa y su hijo.

Notaba a su tío herido y quería acercarse para animarlo, pero sabía que si la descubrían, le impedirían continuar con la misión.

La prudencia era ahora su mejor aliada.

La coordinación de la exploración se llevó a cabo con precisión militar.

Diez grupos de mil hombres cada uno fueron distribuidos para adentrarse en el bosque y cumplir tareas específicas: descubrir qué provocó la estampida de monstruos, asegurarse de que el culto demoníaco no tuviera un refugio en sus entrañas y, finalmente, localizar a la bestia mágica responsable del caos.

Sofía se acercó a Lusian con expresión seria, marcando con claridad la importancia de la situación.

—Lusian, quiero que permanezcas a mi lado en todo momento —dijo con firmeza—.

No quiero que te aventures solo en la exploración.

Esto no es como los torneos que hemos practicado en casa.

Nos adentramos en lo más profundo del bosque, donde se enfrentarán monstruos poderosos y el peligro será extremo.

¿Lo entendiste?

—Sí, madre —respondió Lusian con seriedad, aunque un destello de emoción brillaba en sus ojos—.

Prometo tener cuidado.

Estoy aquí para ayudar y no quiero que te preocupes por mí.

Sofía le dio una ligera sonrisa, aunque su mirada no suavizaba la advertencia implícita.

—Observa atentamente a ese joven —dijo, señalando a Albert—.

Me aseguraré de que no haga travesuras.

Puedes confiar en mí para mantenerte a salvo y olvídate de todo lo demás.

—Sí, mi señora —respondió Albert con respeto.

Con un movimiento coordinado, los grupos comenzaron a internarse en el bosque, conscientes de que pasarían varios días allí, sin garantía de regresar.

Cada paso se sentía más pesado, cada sombra parecía guardar un secreto, y el silencio del bosque se volvió un recordatorio constante de que el peligro acechaba en cada rincón.

En la mansión Douglas, un hombre entregó una carta dirigida a Caleb junto con un presente.

Cuando Caleb recibió la carta, su alegría fue completa, ya que era una carta de confesión de Isabella Armett.

En la carta, Isabella solicitaba encontrarse en un lugar alejado para reunirse a solas.

Caleb respondió a la carta y se la entregó al mensajero que aún estaba esperando.

Leopoldo caminaba por las calles de la capital junto a su sobrino, la mirada fija en los muros antiguos y las torres que dominaban el horizonte.

Su gesto era severo, cargado de un orgullo que no podía ocultar.

—Tío, no te preocupes —dijo Leonardo con un atisbo de rabia contenida—.

Algún día nos vengaremos de ese desvergonzado.

Solo porque tiene el respaldo de su familia, cree que puede hacer lo que quiera.

Leopoldo giró la cabeza, observando al joven con cierta mezcla de orgullo y advertencia.

—¿Así que a ti también te ofendió?

—preguntó—.

¿Tu padre no le dijo nada?

—Mi padre tiene una enemistad con esa familia —respondió Leonardo—.

Presentó una queja, pero le dijeron que se trataba de actividades de la academia.

Que no había falta de respeto hacia la familia real, pues todos son tratados por igual allí.

Leopoldo frunció el ceño.

—Tu familia es demasiado tolerante.

Si esto ocurriera en el imperio, jamás sería permitido.

Recuerda siempre que llevas la sangre del emperador en tus venas.

Y cuando enfrentes a un guerrero de clase Epsilon, alguien como Lusian, debes mantenerte firme, sin titubear.

Leonardo arqueó una ceja, intrigado.

—¿Guerrero de clase Epsilon?

¿Hablas de Lusian, tío?

—Sí —respondió Leopoldo con voz grave—.

No es un secreto para nadie, aunque en este reino los guerreros de las familias más prestigiosas suelen guardar su afinidad mágica en reserva.

Quieren tener ventaja en combate.

—Si Lusian es Epsilon…

—musitó Leonardo—, ahora entiendo por qué es tan fuerte.

Leopoldo asintió, el aire a su alrededor cargado de advertencia y respeto por aquel joven guerrero que había logrado lo que pocos podían: desafiar la fuerza de la nobleza y el poder de la sangre.

—Es ridículo —dijo Leopoldo finalmente—, guardar secretos así de la familia real.

Eso, Leonardo…

eso debería considerarse traición.

“El Rey Del Bosque” Una semana después, Sofía avanzaba por el bosque siguiendo las huellas que la bestia mágica había dejado atrás.

El aire era denso, cargado de un mana tan concentrado que hacía doler incluso a los más experimentados.

Muchos caballeros y magos habían quedado rezagados; incluso Sofía sentía cómo su núcleo mágico protestaba.

—Lusian, ¿te encuentras bien?

—preguntó, con voz firme pero preocupada.

—¿Qué ocurre?

—respondió él, jadeando—.

Mi pecho…

me duele como nunca antes.

—La densidad de mana es más intensa aquí —explicó Sofía—.

Nuestros núcleos no están acostumbrados a asimilar este tipo de energía.

Lusian cerró los ojos y respiró profundo, recordando los días en que viajaba a ciudades situadas en lugares elevados.

Pero esto…

esto era diferente, multiplicado por diez.

—No podremos continuar…

¿Qué haremos, madre?

—Debemos esperar —dijo Sofía con resolución—.

Nuestros cuerpos deben adaptarse gradualmente a este entorno.

Solo así podremos avanzar sin perecer.

Mientras tanto, en otra parte del bosque, Gonzalo Sneider, comandante de los Sneider, caminaba entre un pantano traicionero.

Cada paso era un desafío; cada sonido, un aviso.

Los árboles ocultaban peligros que ya habían cobrado varias vidas.

Criaturas voladoras descendían sin aviso, llevándose a sus hombres en un parpadeo.

Y él, impotente, solo podía escuchar los gritos de desesperación que resonaban desde lo alto de las copas.

En un instante, una mandíbula gigantesca surgió de las profundidades del agua y lo atrapó.

Antes de que pudiera reaccionar, el comandante fue arrastrado al fondo del lago, desapareciendo para siempre.

El comandante de la unidad de los Briggs se adelantó y habló con voz grave: —El comandante Gonzalo ha muerto.

Todos, mantengan la calma.

Yo asumiré el mando.

Este lugar es extremadamente peligroso.

No bajen la guardia.

Cuatro días después, sobre una planicie, el grupo de los Bourlance se encontraba reunido cuando Kara, accidentalmente, cayó en medio de un combate.

—Señorita, ¿qué hace aquí?

—gritó el comandante Wilbur Bourlance, alarmado.

—No has visto nada —respondió Kara mientras se colocaba el casco, con una calma que desmentía la situación—.

¿Entendido?

—¿Su padre sabe que está aquí?

—inquirió el comandante—.

Todo el ducado debe estar hecho un desastre.

—No sé de qué habla —replicó Kara, reincorporándose al grupo con paso firme.

—Por favor, regrese.

Le pondré escoltas para su seguridad…

El suelo tembló con violencia.

Una manada de majestuosos ciervos de clase B, junto con sus crías, cruzaba la planicie en un estampido de miedo.

Los caballeros se prepararon para defenderse; la confusión era total.

Sin embargo, los ciervos seguían corriendo, ciegos por el pánico.

Con precisión y rapidez, los Bourlance derribaron a varios ciervos.

La oportunidad de aprovechar la caza era clara: la carne de esos animales, un manjar entre los nobles, no podía desperdiciarse.

Mientras recogían su botín, una sensación ominosa recorrió el aire.

—¡Humanos!

—una voz resonó en sus mentes—.

¡Me roban mi presa y invaden mi hogar!

¡Los mataré a todos!

—¿Esa cosa…

nos habla?

—murmuró Kara, sin poder ocultar su asombro.

El desconcierto se apoderó del grupo.

Frente a ellos, Basilco, el rey del bosque, una bestia mágica de ocho metros de altura y quince de largo, se alzaba imponente.

Sus ojos brillaban con una furia primigenia mientras abría la boca y lanzaba un rayo de luz que arrasó con todo a su paso.

En un instante, 221 caballeros y 76 magos desaparecieron, dejando tras de sí el silencio y la desesperación.

Los sobrevivientes, atónitos, lanzaron hechizos hacia Basilco, pero era inútil: la bestia no sufría daño alguno.

Con cada paso, su cuerpo colosal se acercaba, decidido a aniquilar a quienes osaban desafiarlo.

Wilbur no dudó.

Activó la señal de auxilio que llevaba consigo, con la esperanza de que algún grupo cercano respondiera al llamado.

Tomó a Kara y se alejaron del centro de la batalla, conscientes de que muchos caballeros no podían luchar con eficacia debido a la densidad del mana que saturaba el entorno.

Justo cuando lograban distanciarse, un nuevo resplandor surgió de Basilco.

Otro grupo de caballeros desapareció en un instante, devorado por la furia del rey del bosque.

—¡Debemos ir a ayudarlos!

—gritó Kara, desesperada—.

¡Van a morir todos!

—Señorita, su seguridad es lo primero —respondió Wilbur, intentando calmarla—.

Esperemos a que llegue un grupo de apoyo, y la sacaré del bosque.

Al observar la señal de auxilio, Sofía no dudó en ordenar el despliegue inmediato.

A la distancia, distinguieron la silueta imponente de Basilco.

Lusian tomó aire y habló con calma, midiendo cada palabra: —¿Ese es…

Basilco?

Madre, espera.

—¿Qué pasa, hijo?

—preguntó Sofía, preocupada—.

¿No ves que estamos en apuros?

—Esa criatura es el rey del bosque —explicó Lusian con determinación—.

Enviar soldados sería un suicidio.

Su número no cambiará nada.

Pero hay una manera de derrotarlo.

—Dime lo que sabes, pero los soldados quedarán atrás —ordenó Sofía, confiando en su hijo pero consciente del peligro.

—Este monstruo se llama Sarcosuchus imperator.

Es resistente a todos los elementos.

Su ataque más letal es un rayo de luz que lanza por la boca.

Se le puede dañar de dos formas: con fuerza física, aunque su tamaño hace que un ataque frontal sea casi inútil, o mediante magia oscura igual o más poderosa que la suya.

Tiene una debilidad: justo antes de disparar su rayo, concentra mana en cuatro puntos alrededor de sus patas.

Si logramos golpearlo con magia oscura en ese momento, quedará inmóvil por un instante, y podremos lanzar todos nuestros ataques.

Si confías en mí, puedo coordinar con Umber y atacar en el instante exacto.

Sofía reflexionó, mezcla de orgullo y preocupación surcando su rostro.

—No quiero ponerte en peligro, Lusian.

Es mejor que permanezcas con el grupo —dijo con suavidad, tratando de protegerlo.

—Madre, estaré con Umber —respondió él con convicción—.

Nadie más puede apoyarlo como yo.

Confía en mí, pero prometo alejarme si estoy en peligro.

Sofía asintió, resignada.

Sabía que no podía detener a su hijo cuando estaba decidido.

—Está bien —dijo—.

Confiaré en ti esta vez, pero recuerda: si estás en peligro, te alejarás de inmediato.

Tu seguridad es lo más importante.

Con determinación, Sofía avanzó y organizó el despliegue de cinco pequeños grupos: cada uno con diez caballeros y cinco magos.

El resto de la unidad permaneció atento en los alrededores, listo para responder ante cualquier amenaza.

Mientras tanto, Basilco continuaba masacrando al grupo de los Bourlance.

De repente, un dolor agudo lo atravesó: un león se abalanzaba sobre él, y el monstruo intentó reaccionar.

Pero sus patas se entumecieron al recibir una descarga eléctrica que se propagaba por el terreno, humedecido por los hechizos de agua de los magos Douglas.

La apertura permitió que la duquesa y Tunder impactaran con sus ataques.

Enfurecido, Basilco concentró mana para un ataque devastador.

En ese instante, uno de los puntos de concentración fue golpeado con magia oscura, y el monstruo se retorció de dolor.

Larryet no dudó: se lanzó sobre la cabeza de Basilco, destrozando uno de sus ojos.

La bestia intentó morderlo, pero nuevamente fue víctima de un fuerte choque eléctrico.

Desesperado, Basilco intentó concentrar mana de nuevo, pero otro golpe de magia oscura lo interrumpió, deteniendo su ataque.

Cada movimiento del monstruo era ahora más errático, cada acción más vulnerable, mientras los héroes aprovechaban el momento para atacar con precisión y fuerza.

Basilco, superado y acorralado, intentó huir, pero sus patas eran presa de un león y un lobo que lo mordían con fiereza.

Sofía, concentrando su hechizo de área que amplificaba la fuerza y velocidad de sus bestias, cabalgó directamente hacia el monstruo.

Su lanza se hundió en el ojo que aún conservaba, dejándolo completamente ciego.

Un llanto, nunca antes escuchado en aquel bosque, resonó con fuerza.

Basilco, hasta ese momento invencible, había aprendido lo que era el miedo.

Sus días como gobernante de aquel territorio llegaban a su fin.

Desde su nacimiento, no había conocido oponente.

Los monstruos de su bosque sucumbían ante su aliento de luz, y ninguna bestia Omega podía desafiarlo.

Hoy, todo había cambiado.

“El Precio del Botín” Kara observaba desde la distancia, boquiabierta.

Ver a la duquesa Sofía en acción era sobrecogedor, una lección de poder y destreza que dejaba clara la brecha entre su debilidad y la fuerza de los guerreros experimentados.

Pero también sus ojos se dirigían a Lusian, que cabalgaba sobre el lomo del lobo, atacando desde la retaguardia del monstruo.

Cada golpe de Lusian era preciso, cada hechizo interrumpía el ataque de Basilco, abriendo la oportunidad para que Sofía lo asestara sin peligro.

La bestia comenzó a ceder, debilitándose bajo el implacable asalto.

Su rugido, antes atronador, se volvió un gemido apagado, hasta que con un último esfuerzo emitió un sonido gutural.

—Nunca…

había conocido…

tal poder…

—susurró con voz quebrada—.

Los maldigo…

en nombre de Asira…

Y luego, el silencio.

La vida abandonó su cuerpo, y el bosque quedó envuelto en una calma solemne.

Lusian se acercó lentamente a Sofía, admiración y asombro brillando en sus ojos.

En su mente, un pensamiento fugaz: Qué fácil fue.

En el juego hice innumerables intentos y nunca obtuve un resultado tan abrumador.

Ella es realmente fuerte.

Sofía, con una sonrisa orgullosa, le pellizcó la mejilla.

—¿Dónde aprendiste tanto sobre monstruos, pequeño buscador de problemas?

—preguntó con cariño.

Lusian, algo nervioso, respondió rápidamente: —En la biblioteca de la academia.

Encontré un libro sobre monstruos y sus debilidades.

Una pequeña risa escapó de sus labios, mientras pensaba que era conveniente que la biblioteca estuviera destruida y nadie pudiera verificar su historia.

Wilbur y Kara se acercaron, la gratitud escrita en sus rostros.

—Duquesa, gracias por venir en nuestra ayuda —dijo Wilbur con sinceridad—.

Jamás hubiéramos podido enfrentar a una bestia tan poderosa sin ti.

Kara, aún con la incredulidad en los ojos, preguntó: —Duquesa, ¿aquella cosa…

hablaba de verdad?

¿O fue solo mi imaginación?

Sofía asintió con seriedad.

—Escuchaste bien, Kara.

Algunos monstruos de alto nivel adquieren conciencia y pueden comunicarse.

Basilco era uno de ellos.

Fue inusual, pero no imposible.

En ese momento, Lusian no pudo contenerse y lanzó una broma, rompiendo la tensión: —Oye, ¿qué haces aquí?

¿No me digas que te escapaste?

—dijo entre risas, mientras Sofía sacudía la cabeza con un gesto divertido.

La respuesta de Kara llegó desafiante, cortante como un filo de acero: —Chismoso.

Eso no es asunto tuyo.

Te desafío aquí y ahora, para que tu madre vea lo débil que eres.

Sofía, observando el intercambio, decidió intervenir.

Se inclinó ligeramente hacia Lusian y le susurró: —Los dejaré a solas, pequeño casanova.

Lusian respondió sin vacilar: —No es necesario, madre.

El ambiente seguía cargado de tensión, pero la duquesa, con la calma de quien conoce el valor del tiempo, se retiró para ocuparse del cadáver de Basilco.

Era consciente del poder que aquel cuerpo representaba; con cuidado y determinación, ordenó que el monstruo fuera despedazado y guardado, como un premio digno de estudio y de fortalecimiento propio y de su hijo.

Wilbur se acercó, preocupado y humilde, consciente de las pérdidas sufridas por su grupo y de la fragilidad de su posición.

Con respeto, le rogó a Sofía: —Duquesa, permítanos que Kara se una a nosotros.

Será más seguro así.

Sofía lo miró con serena generosidad y asintió: —Por mí está bien.

Todos ustedes pueden venir con nosotros.

Wilbur, con alivio evidente, inclinó la cabeza y agradeció: —Muchísimas gracias, duquesa.

—No es nada —respondió Sofía, restando importancia—.

Le debo un favor a esa mocosa.

El día del ataque a la academia, la vi proteger a Lusian.

Consideren esto como una forma de saldar esa deuda.

Mientras tanto, Kara y Lusian habían quedado atrapados en una discusión acalorada.

Sus voces resonaban por el bosque saturado de mana, ajenas a las posibles consecuencias de su disputa.

Sofía, consciente del peligro, intervino antes de que el intercambio empeorara: —¡Suficiente, ustedes dos!

—su voz autoritaria cortó el aire como un látigo—.

Debemos retirarnos.

Las bestias mágicas de este bosque pronto notarán la muerte de su rey y lucharán por el puesto vacante.

Es mejor abandonar el lugar antes de que estalle el caos.

Los caballeros obedecieron, organizándose rápidamente.

Los 478 supervivientes de Bourlance se unieron a los 940 caballeros de los Douglas, formando un ejército compacto y preparado para retirarse.

Lusian se preparó para subir a Umber, pero Kara lo interrumpió, con un brillo desafiante en la mirada: —Oye, Lusian —dijo—.

Quería preguntarte si…

¿puedo ir contigo montada en esa hermosa bestia?

Lusian, firme y directo, replicó: —Ni loco te dejaría subir a Umber.

Ve en tu patético caballo.

Kara frunció el ceño, indignada: —Eres muy grosero.

Lusian, sin ceder, lanzó su crítica: —Lo dice la lunática que me desafía cada vez que me ve.

Sin esperar más, Kara tomó la decisión más audaz: se subió a Umber y abrazó a Lusian, asegurándose de que no pudiera desalojarla.

Con determinación feroz, sentenció: —Vas a llevarme, quieras o no.

Lusian, atrapado por la fuerza y obstinación de Kara, intentó zafarse: —¡Suéltame, lunática!

—gritó, frustrado—.

No entiendo tu obstinación…

es como si tuvieras la cabeza hecha de piedra.

Mientras tanto, en otro lugar, Caleb avanzaba apresuradamente hacia la cita con Isabella, dejando atrás a su escolta en la entrada del restaurante.

Su entusiasmo por la feria primaveral y la urgencia de encontrarse con ella lo hicieron ignorar los protocolos de seguridad.

Al ingresar al cuarto privado indicado en la carta, el mundo de Caleb se trastocó.

Cuatro hombres se abalanzaron sobre él con violencia y precisión.

No hubo tiempo de reacción: una espada atravesó su pecho, y la confusión y el dolor se entrelazaron en sus ojos mientras luchaba por mantenerse en pie.

La traición, inesperada y brutal, lo envolvía, dejándolo sin comprender quiénes eran aquellos hombres ni cuál era su motivo.

Días después, mientras el bosque se sumía en la penumbra del anochecer, Lusian descansaba en el interior de su carpa, buscando un instante de paz.

Pero la calma se vio interrumpida por una presencia inesperada.

—¿Tú qué haces aquí?

¡Muéstrate antes de que Umber te arranque la cabeza!

—exclamó Lusian, con la agresividad de quien siente su territorio invadido.

La intrusa, sin el menor temor, respondió con serenidad: —Qué agresividad.

Deberías intentar ser más amable.

Lusian frunció el ceño, negando cualquier posibilidad de tolerancia.

—Kara, vete de aquí ahora.

Ella, con la naturalidad de quien no teme a la autoridad, explicó su motivo: buscaba un lugar donde descansar.

Mencionó la desaparición de los caballeros que ocupaban las otras carpas y cómo su cuerpo se sentía extraño desde que había absorbido la esencia del rey del bosque.

—Ese no es mi problema.

Vete —replicó Lusian, seco y sin compasión.

Sin pedir permiso, Kara se deslizó en la cama de Lusian, murmurando con suavidad antes de cerrar los ojos: —Que descanses.

Lusian no podía creerlo.

—¡EYYY!

¡Fuera!

—gritó, pero Kara ya dormía profundamente.

La situación le parecía surrealista; la frustración se mezclaba con la incredulidad ante la osadía de la joven.

Con resignación, decidió dejarla descansar.

Aun sintiendo una atracción que no podía negar, se recostó a su lado, manteniendo distancia y respeto.

Se arropó con cuidado y giró el rostro, evitando que los pensamientos indeseados se filtraran en su mente.

Mientras tanto, los equipos de exploración regresaron finalmente a la academia.

De los diez mil hombres que habían ingresado al bosque, solo seis mil cuatrocientos treinta y dos volvieron.

La devastación era evidente; el bosque había cobrado su precio, y aunque no habían alcanzado el corazón del lugar, al menos habían cumplido parte de su misión.

Magnus, supervisando la reparación de la muralla, se sobresaltó al ver un rostro familiar montando un lobo junto a Lusian, quien parecía agotado.

—¡KARA!

¿Qué demonios has estado haciendo?

—exclamó con preocupación—.

¡Tu padre está desesperado buscándote!

Creen que alguien te secuestró.

Kara, tranquila y con una chispa de desafío, explicó: —No encontraron mi carta.

Decía claramente lo que iba a hacer, pero como mi padre no me dio permiso de venir, la culpa es suya.

Lusian, con sarcasmo, intervino: —Maestro, le entrego a la chica demonio.

Castíguela durante al menos tres años para que no tenga que volver a verla.

—¡Lusian, deja de dar ideas idiotas!

—replicó Kara, indignada—.

No es momento para bromas.

En la reunión de comandantes, Sofía expuso las observaciones que había discutido con Lusian durante su incursión: —La causa de la estampida de monstruos es un conde demoniaco.

El culto demoníaco ha reclutado criaturas de gran poder, más peligrosas que nunca.

Esto puede repetirse en cualquier lugar.

Hasta que los localicemos y los eliminemos, no estaremos a salvo —dijo con voz firme y decidida.

—Duquesa, ¿cómo sabe esto?

—preguntó un comandante—.

¿Encontró algo dentro del bosque?

—No hay pistas directas del culto, pero los hechos hablan por sí mismos.

Debemos suponer que han tenido éxito en alguna invocación.

No exagero al decir que habrá más ataques —respondió Sofía.

Otro comandante inquirió: —Duquesa, ¿cree realmente que ya hay demonios presentes?

Sofía reflexionó, su mirada fija y solemne: —La evidencia que poseo proviene de la era del mito, cuando se decía que los demonios podían controlar monstruos.

Lo que ocurrió en la academia guarda gran similitud con esos relatos.

El silencio invadió la sala.

La mención de la era del mito evocaba recuerdos de un pasado remoto, hace cinco mil años, cuando la humanidad enfrentó la amenaza de extinción por la invasión demoníaca.

Los humanos, indefensos ante el poder abrumador de los demonios, sufrieron masacres, torturas y casi la esclavitud total.

Pero entonces, según las leyendas, los dioses descendieron para asistir a la humanidad.

Gracias a esa intervención divina, los humanos sobrevivieron y lograron derrotar a aquellos seres malignos.

La era del mito permanecía como un capítulo oscuro y misterioso de la historia.

Algunas historias habían llegado hasta el presente, pero nadie podía afirmar con certeza si todo aquello había sido real o simplemente un mito transmitido a lo largo de los siglos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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