GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 19
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Capítulo 19: Capítulo 19 El Regreso a la Capital
“El Hijo Caído”
El sol se ocultaba tras los muros de la capital cuando el estandarte de los Douglas apareció entre la polvareda del camino. Las puertas de la ciudad se abrieron con urgencia, y una sensación de inquietud se extendió entre la multitud que aguardaba noticias del bosque Cymopelia.
Sofía y Lusian, cubiertos aún de las cicatrices del combate, cruzaron el umbral de la mansión Douglas. Lo que encontraron allí fue un caos absoluto.
Sirvientes llorando. Soldados desorientados. Y en el centro del salón, el duque Laurence Douglas, con la mirada vacía y el rostro consumido por la furia.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó Sofía, con voz firme pero cargada de preocupación.
Un guardia se adelantó, inclinando la cabeza con respeto temeroso.
—Mi señora… el joven Caleb ha sido asesinado.
El silencio cayó como una losa. Lusian dio un paso al frente, incapaz de procesar las palabras.
—¿Asesinado…? —repitió en un murmullo.
Su madre no respondió. La expresión de Laurence bastaba para confirmar la tragedia
La investigación había revelado lo impensable: una carta de Isabella Armett, hallada en la habitación de Caleb, lo había citado en el mismo lugar donde fue encontrado muerto.
La tinta, el sello y la caligrafía coincidían con los registros de la familia Armett.
Todo apuntaba a una traición.
En un arranque de locura, Laurence ordenó capturar a todas las personas presentes en el sitio del crimen. La capital se convirtió en un hervidero de rumores y miedo.
Incluso el rey debió intervenir para evitar una matanza entre nobles.
En el despacho del duque, el ambiente era insoportable.
El fuego de la chimenea proyectaba sombras rojas sobre los muros, mientras Laurence caminaba de un lado a otro, consumido por la rabia.
—¡Los culpables de la muerte de mi hijo deben morir! —rugió golpeando la mesa con el puño.
Sofía, de pie junto a la ventana, lo observaba con calma helada. Su voz, aunque suave, cortó el aire como una daga.
—No puedes actuar guiado solo por el dolor, Laurence. Si te precipitas, arrastrarás a toda la familia con tu ira.
El duque levantó la vista, sus ojos rojos de furia.
—¿Y qué harías tú, Sofía, si alguien matara a tu hijo? ¡Dime! ¡Si fueras Lusian, cómo reaccionarías!
La duquesa giró lentamente, su mirada ardiendo con una mezcla de desprecio y verdad.
—Yo jamás permitiría que alguien capaz de dañarlo se acercara a mi hijo.
Y tú… descuidaste al tuyo.
Sus palabras cayeron con el peso de una sentencia.
Laurence se quedó inmóvil, temblando entre la culpa y la rabia.
—Reuniré a los soldados —anunció el duque, su voz grave resonando en el salón—. Llevaré conmigo a la caballería de bestias mágicas. Arrasaré su territorio y haré confesar al conde Noah con mi propia espada.
Sofía lo observó con desdén.
—No es necesario enviar un ejército para aplastar un territorio menor —respondió con frialdad—. Solo iré con quinientos jinetes. Si deseas vengarte, hazlo tú mismo. Pero no arrastraré a miles a una guerra absurda.
Laurence la miró, furioso, incapaz de comprender su serenidad.
Golpeó la mesa, las llamas del fuego temblaron.
—¡No te atrevas a desobedecerme!
Sofía no respondió. Se giró hacia la puerta, su capa ondeando con el movimiento.
Larryet la esperaba afuera. Sin mirar atrás, dijo con voz firme:
—Toma tus decisiones, Laurence. Pero no esperes que todos compartan tus errores.
El duque maldijo entre dientes cuando la puerta se cerró tras ella.
“La mansión Armett”
Mientras tanto, en el otro extremo de la capital, la mansión Armett hervía de preocupación.
El conde Noah Armett había convocado a toda la familia. En el gran salón, los rostros estaban pálidos, las voces llenas de miedo.
Benjamin se volvió hacia su hermana menor, su voz quebrada por la desesperación.
—Isabella… dime que no es cierto. Dime que tú no escribiste esa carta.
La joven, vestida de luto, levantó la vista.
Sus manos temblaban.
—No fui yo, Ben. No lo hice —susurró con un hilo de voz—. Pero los magos dicen que mi sello y mi letra son auténticos… alguien me imitó. Alguien quiere destruirnos.
Benjamin se pasó las manos por el cabello, desesperado.
—Los Douglas no escucharán razones. Si la guerra empieza, no sobreviviremos.
Isabella apretó los puños, con lágrimas contenidas.
—Entonces encontraré quién lo hizo… lo juro por mi nombre.
Las luces del salón titilaron mientras afuera, los mensajeros del reino anunciaban oficialmente la guerra entre las casas Douglas y Armett.
El sol se filtraba entre los ventanales del corredor principal, bañando de luz dorada los tapices con el emblema de los Douglas.
Fuera, el sonido metálico de espadas y los cascos de bestias mágicas resonaba en el aire: el ducado comenzaba, discretamente, a prepararse para la guerra.
Soldados se entrenaban en los patios, magos practicaban encantamientos de refuerzo, y los herreros trabajaban sin descanso en la forja. Todo bajo la estricta discreción de Sofía.
Mientras tanto, en una de las habitaciones del ala este, Lusian despertó tarde.
Su cuerpo aún resentía el agotamiento del bosque, pero su mente estaba más inquieta que nunca.
Buscaba paz, o al menos un momento para despejar sus pensamientos.
Decidido, tomó su espada y se dirigió al salón de entrenamiento.
Al abrir la puerta, se encontró con una escena inesperada.
Una persona yacía tendida en el suelo, y a su lado, Albert, con una sonrisa tan divertida como cruel, se reía a carcajadas.
—Vaya, llegas tarde, Lusian —comentó Albert, cruzado de brazos—.
Tenía una invitada para entrenar, pero parece que… ya no podrá hacerlo.
Lusian frunció el ceño, reconociendo a la persona en el suelo.
—Ni siquiera le tienes compasión a tu propia sobrina, maldito demonio —dijo con rabia contenida.
Albert soltó una risa baja, sin una pizca de culpa.
—Esa es mi manera de demostrar cariño.
El tono irónico en su voz hacía evidente la naturaleza retorcida de aquel ser.
Lusian se agachó junto a la chica —Jean— y la miró con preocupación.
—¿Cómo estás?
Jean lo miró, con el rostro empapado en sudor.
—No siento las piernas —susurró, intentando mantener la compostura.
—Tranquila, es temporal. Tu cuerpo solo está reaccionando al exceso de energía —le aseguró Lusian.
Albert dio un paso al frente, sonriendo con malicia.
—¿Y tú, chico? ¿Solo viniste a compadecerte o piensas entrenar también?
Lusian apretó el puño. Sabía que enfrentarse a Albert era inevitable.
Inspiró hondo y desenfundó su espada.
—De acuerdo —dijo con determinación—.
Veamos si eres tan fuerte como hablas.
“La batalla”
Lusian extendió la mano y diecisiete esferas de energía oscura se materializaron a su alrededor.
Su cuerpo se tensó; la carne de Basilco que había consumido seguía fortaleciendo su núcleo mágico.
Sentía el poder fluir por sus venas.
Albert arqueó una ceja, divertido.
—Interesante… muéstrame qué tanto aprendiste.
Sin perder tiempo, Lusian lanzó las esferas hacia su oponente, seguido de un golpe frontal.
El impacto hizo vibrar el aire, pero Albert lo detuvo con un simple movimiento del brazo, sonriendo.
Entonces Lusian activó su nuevo hechizo.
Una espada de maná oscuro giró en espiral a su alrededor, como si tuviera vida propia.
Cada vez que Albert la destruía, volvía a formarse instantáneamente, atacando desde todos los ángulos.
Era un hechizo de área, un ataque continuo e inagotable.
Albert entrecerró los ojos, viéndose obligado a tomarlo en serio.
—¿Así que esta es tu nueva creación? Fascinante.
Durante treinta minutos, el salón se llenó de destellos y choques metálicos.
Albert esquivaba, bloqueaba, contraatacaba, pero Lusian no se detenía.
Cada golpe era más rápido, más preciso, más desesperado.
Finalmente, el maná de Lusian se agotó.
El hechizo colapsó, y su cuerpo cayó de rodillas, jadeante.
Albert, aún sonriendo, se acercó con calma.
—Qué hechizo tan interesante —dijo mientras lo observaba con genuina curiosidad—.
Así que para eso mantenías la espada materializada en el bosque.
Lusian, frustrado, respondió con un suspiro:
—Sí… pero no funcionó. No pude tocarte ni una vez.
Intenté recrear un hechizo que vi en un anime… donde el mago creaba cientos de espadas.
Yo solo logré una.
Albert se echó a reír.
—Sigue practicando ese hechizo tan peculiar. Si Jean estuviera en condiciones, te mostraría lo devastador que puede ser.
Felicitaciones, chico. Me diste un buen rato de diversión.
Lusian, extenuado, se dejó caer junto a Jean, que seguía tumbada en el suelo.
—¿Cómo sigues? —preguntó con una débil sonrisa—. ¿Ya puedes levantarte?
Jean, con la mirada perdida en el techo, respondió:
—No, creo que me quedaré aquí todo el día.
Pero… alcancé a ver tu entrenamiento. Ese hechizo tuyo… es aterrador.
—¿En serio? —Lusian arqueó una ceja—. No veo que sea para tanto.
Jean sonrió débilmente.
—Contra un mago, tal vez no. Pero contra un espadachín… ese hechizo es una pesadilla. No podrían acercarse a ti sin ser cortados.
Lusian guardó silencio, reflexionando. Luego bromeó:
—Ya veo… ¿te molestaría si me quedo aquí tirado todo el día contigo?
Jean lo miró, divertida.
—¿No sientes las piernas?
Lusian suspiró, con resignación.
—No, no las siento… maldito Albert.
Jean soltó una leve risa, y tras unos segundos de silencio, habló en voz baja:
—Por cierto, quería pedirte un favor… si no te molesta.
—Claro —dijo Lusian, sin abrir los ojos—. Diez centavos por favor concedido.
Jean sonrió apenas.
—Es sobre Isabella. Está muy preocupada por todo lo que pasó.
¿Podrías… ayudarla?
Lusian abrió los ojos lentamente, pensativo.
—No creo poder hacer mucho. Mi relación con mi padre es un desastre…
Pero puedo hablar con mi madre. Tal vez ella pueda intervenir.
Jean asintió, con un atisbo de esperanza en su mirada.
“La Furia del Duque”
Desde el ventanal del salón se veía el patio principal del ducado.
Cientos de soldados marchaban en formación, jinetes practicaban con sus bestias, y las forjas no dejaban de brillar en la noche.
La guerra aún no había comenzado…
pero el duque Douglas ya había encendido la mecha.
2 días después, La noche caía sobre la mansión Douglas. Antorchas y faroles perfumaban los corredores con humo y cera caliente. En las salas secundarias, oficiales revisaban mapas y recibían mensajeros con rostros tensos: la movilización avanzaba con sigilo.
Sofía había invitado a Emily a cenar. Tras tres semanas sin ver a Lusian, temía que la distancia enfriara la relación entre ambos.
La temporada social de los nobles duraba apenas cuatro meses; después, cada familia regresaba a su territorio, y los encuentros se volvían escasos.
Emily, vestida con elegancia contenida, hizo una reverencia al entrar.
—Saludos, gran duquesa. Espero que su viaje haya sido beneficioso —dijo con educación.
—Hace mucho que no te veía —respondió Sofía con una sonrisa tenue—. ¿Cómo sigue tu familia?
—Estamos más tranquilos, duquesa. Gracias por preguntar —contestó Emily.
Sofía asintió, y con voz firme pero amable, continuó:
—Pronto será el decimosexto cumpleaños de Lusian. Como su prometida, te corresponde organizar el evento. Invita a las familias nobles; podrás usar los recursos que necesites.
Sé que estás pasando por un momento difícil, pero distraer la mente te ayudará.
Emily asintió, algo más animada.
—Como usted desee, duquesa. Gracias por su consideración.
En el salón principal, Marta y Catalina cruzaban el pasillo. Marta lanzó a Sofía una mirada cargada de resentimiento: el dolor por la muerte de su hijo la consumía, y su frustración se reflejaba en cada gesto.
Sofía lo notó sin perder la compostura.
—Aunque te compadezco —dijo con frialdad—, no toleraré faltas de respeto.
Catalina se apresuró a intervenir.
—Disculpas, duquesa. Íbamos de paso. Si nos disculpa, nos retiraremos. —Hizo una reverencia y se llevó a Marta del lugar.
Lusian, que observaba desde el corredor, siguió con la mirada a las mujeres antes de acercarse.
—¿Qué querían? —preguntó.
—Probablemente venir a ganar simpatías —respondió Sofía con un suspiro—.
Por cierto, ¿Albert no está yendo demasiado lejos con tus entrenamientos? —añadió, notando los moretones en el rostro de su hijo.
Lusian se encogió de hombros, exhausto.
—Desde que le mostré un hechizo nuevo, no me deja en paz. Quiere que lo perfeccione.
En ese momento, Emily se acercó y saludó con una sonrisa tímida.
—Hola, Lusian. ¿Quieres que te ayude con tus heridas?
—Te lo agradecería mucho —respondió él con sinceridad—. Gracias.
La cena transcurrió tranquila, pero Emily comenzó a sentirse extraña. Se llevó una mano al pecho.
—¿Qué es esto? —preguntó, algo alarmada.
Sofía la tranquilizó con serenidad:
—No te preocupes. No es dañino. Solo tardará un poco en asimilar el fortalecimiento de tu núcleo de maná.
La comida fue preparada con carne del Rey del Bosque Cymopelia. Es un tesoro en sí mismo.
Emily abrió los ojos, sorprendida.
—¿El Rey del Bosque? ¿Cazaron algo así?
—Sí —respondió Lusian, con orgullo—. Fue gracias a mi madre.
Cuando Emily se recuperó, Lusian la acompañó al Santuario de la Fuente Arcana, en la zona norte de la capital.
El lugar, rodeado de estanques iluminados por runas, era famoso por estabilizar el maná tras una mejora repentina.
—Aquí te sentirás mejor —dijo Lusian—. La energía del lugar ayuda a equilibrar el núcleo.
—Gracias por traerme —respondió Emily, respirando más tranquila—.
¿Cómo fue el viaje al bosque Cymopelia? ¿Muy peligroso?
—Agotador —admitió él—, y el regreso… aún peor. Hubo ciertos inconvenientes.
Mientras conversaban, una voz interrumpió la calma.
—¡Lusian! —dijo Kara, acercándose con paso decidido y un grupo de guardias tras ella—.
Parece que tú también vienes a estabilizar tu maná.
Lusian alzó una ceja al ver su séquito.
—Veo que estás bien atendida. Me sorprende que aún salgas. Si yo fuera tu padre, te habría encerrado un par de años en un calabozo.
—Eres insoportable —replicó Kara—. Además, escuché que una vez escapaste. No tienes derecho a juzgarme.
Emily, confundida, los miró alternando la vista.
—Perdón, pero… ¿desde cuándo son tan cercanos?
Ambos respondieron al mismo tiempo:
—No somos cercanos.
Emily arqueó una ceja.
—Parece lo contrario.
Kara sonrió de lado.
—Jamás sería amiga de alguien que se mueve tanto en la cama —bromeó.
Emily se sonrojó. Lusian apretó los dientes.
—¡Oye! Es un malentendido. Y tú, deja de decir cosas que se malinterpretan. Además, todo fue culpa tuya.
—No seas tan dramático —replicó Kara con aire provocador—.
¿Por qué no te demuestro que ya no eres un rival para mí?
—¿Quieres hacerlo? —Lusian sonrió de lado—. Me vendrá bien darte una paliza.
Si pierdes, usarás el uniforme de la academia durante una semana.
Kara entrecerró los ojos.
—Perfecto. Pero si tú pierdes, tendrás que obedecerme durante una semana.
Una conmoción resonó en todo el parque cuando varios caballeros de las familias Douglas y Bourlance rodearon el área, formando un círculo que parecía un coliseo improvisado. Lusian desenvainó su espada, sus ojos centelleando con determinación.
—¿Sólo porque has ganado un poco de fuerza te crees capaz de derrotarme? —comentó Lusian con una sonrisa torcida—. Qué decepcionante.
—No sólo soy más fuerte… pronto lo descubrirás —respondió Kara con una confianza desafiante, ajustando la empuñadura de su espada.
Sin previo aviso, Kara lanzó su primer ataque. Las hojas chocaron con un estruendo metálico que retumbó en todo el parque. Lusian sintió cómo sus manos temblaban; el hechizo de fortalecimiento físico de Kara amplificaba su fuerza más allá de lo esperado. Rápidamente comprendió que no podía subestimarla: un golpe desprevenido sería devastador.
Decidió combinar su espada con ataques mágicos. Espinas negras surgieron del suelo, bolas de energía oscura se dispararon a la velocidad del rayo, y lanzas surgieron de la tierra con precisión letal. Cada movimiento estaba calculado para impedir que Kara preparara su temido ataque de área.
Kara, por su parte, detectó la mejora en Lusian y frunció el ceño. Su estrategia cambió: activó la armadura de maná que su padre le había enseñado, un escudo brillante que cubría cada centímetro de su cuerpo. La magia absorbía los golpes físicos y reducía el daño de las técnicas mágicas. Con esta ventaja, desató un contraataque explosivo: cada movimiento de su espada era un corte doble de maná que hacía vibrar el aire, obligando a Lusian a retroceder constantemente.
Durante un rápido intercambio, Lusian bloqueó el golpe de su espada, pero fue sorprendido por una patada directa al rostro. El impacto lo hizo tambalear hacia atrás, y Kara aprovechó para lanzar su ataque de área. Una onda expansiva de energía mágica explotó a su alrededor, levantando polvo y hojas del parque. Lusian reaccionó instintivamente, lanzando un rayo que desvió parte de la fuerza del impacto, pero la explosión aún le desgarró la ropa y la carne, haciendo que la sangre gotease de su boca.
Con la determinación grabada en sus ojos, Lusian activó el hechizo de área que había practicado con Albert. Dos espadas de maná oscuro flotaron a su alrededor, atacando a Kara en un patrón alternante. Aparecían detrás de ella, golpeándola antes de desaparecer y reaparecer junto a Lusian, obligándola a moverse sin cesar. La armadura de Kara reducía el daño, pero la presión constante empezaba a acumular heridas y fatiga.
El enfrentamiento alcanzó su clímax cuando Kara, agotando su maná, canalizó toda su fuerza en un golpe final. La tierra tembló bajo la energía concentrada, y un resplandor cegador envolvió su espada. Lusian no dudó: su cuerpo se cubrió de maná oscuro, y con un movimiento fluido combinó sus dos espadas para interceptar el ataque. La colisión hizo eco por todo el parque, enviando ondas de energía que levantaron hojas y escombros al aire.
Poco a poco, la ofensiva de Lusian se volvió implacable, alternando cortes precisos y espadas de maná, hasta que Kara ya no pudo defenderse. Se quedó sin aliento, tambaleándose mientras la sangre goteaba por su frente.
—¡Tú…! ¡Estás haciendo trampa! —exclamó Kara, con el rostro rojo y el pecho agitado—. ¿Cómo… sigues teniendo maná? ¿Qué afinidad mágica tienes, maldito tramposo?
—¿Crees que voy a revelarte mis secretos, tal como lo hiciste tú, lunática? —replicó Lusian, bajando lentamente su espada, con una mezcla de cansancio y triunfo.
Emily observó detenidamente la batalla y, tras analizar la cantidad de maná que Lusian había utilizado frente a Kara, llegó a una conclusión rápida. Kara, de nivel 56 con afinidad mágica Delta, había demostrado ser fuerte, pero Lusian, de nivel 54 con afinidad mágica Epsilon, la había igualado e incluso superado en resistencia mágica. Por lo tanto, Emily dedujo que su afinidad superior explicaba la eficiencia de sus hechizos y su sorprendente manejo del maná, a pesar de tener un nivel ligeramente inferior.
—Basta, los dos. Los ayudaré a sanar —dijo Emily con firmeza, adelantándose mientras Lusian y Kara todavía recuperaban el aliento.
Kara, desviando la mirada hacia Emily, se acercó con un tono ligeramente más cordial:
—Gracias. Aprecio tu amabilidad… Lusian debería aprender de ti.
—Lusian, ¿tienes algún hueso roto? —preguntó Emily mientras examinaba su postura y posibles heridas.
—La ropa que llevo no es como los uniformes inútiles de la academia —respondió Lusian con una media sonrisa—. Están impregnados de encantamientos defensivos de alto nivel.
Kara rodó los ojos con un dejo de orgullo:
—Orgulloso como siempre. No necesito esa basura. Mi habilidad es más que suficiente.
—Bueno… tu habilidad no impidió que te golpearan —comentó Lusian con picardía mientras ajustaba su espada—. Espero verte con un vestido cuando regresemos a la academia.
Albert, que había estado observando desde un costado, se acercó y añadió con aprobación:
—Esa fue una buena pelea, Kara. Te has vuelto más fuerte.
Emily suspiró suavemente, pensando en la importancia de la afinidad mágica y el crecimiento de nivel. Cada uno había demostrado que el sistema de poder no se trataba solo de números: era estrategia, control de maná y dominio del cuerpo y la magia.
“Sombras Entre Mercenarios”
En todo el reino se escuchó el conflicto entre las familias Douglas y Armett. El conde Noah estaba desesperadamente contratando a todos los mercenarios dispuestos a combatir, pagando una gran suma de dinero. Marcus, al escuchar esto, se le ocurrió la idea de que esta sería una buena oportunidad para infiltrarse con varios integrantes de su legión y debilitar a la familia Douglas.En todo el reino se comentaba con creciente preocupación el conflicto entre las familias Douglas y Armett. A simple vista, parecía una guerra más entre nobles poderosos, pero la realidad era mucho más compleja y peligrosa. El ducado Douglas era temido por su fuerza militar descomunal, capaz de superar incluso a algunas tropas de la corona, y su reputación era suficiente para que pocos se atrevieran a enfrentarlo directamente.
El conde Noah, consciente de que no podía competir en fuerza bruta, recurrió a lo único que le quedaba: contratar mercenarios. Ofrecía grandes fortunas, pero la mayoría los rechazaba o imponía condiciones imposibles, temerosos de acabar en la primera línea de una batalla que parecía perdida de antemano.
Marcus, siempre calculador, vio en esta crisis una oportunidad estratégica. “Si no podemos enfrentarlos de frente… infiltraremos nuestras fuerzas disfrazadas de mercenarios”, pensó mientras estudiaba los informes. La idea era clara: aprovechar el conflicto como un campo de prueba para debilitar al Ducado Douglas.
Una semana después, todos los estudiantes de la academia fueron convocados para retomar las clases, pues las reparaciones tras el ataque del culto demoníaco habían concluido. Lusian regresó al dormitorio acompañado de Umber y no pudo evitar notar los cambios: muros reforzados, defensas mágicas y soldados adicionales patrullando los terrenos. Ahora, ante cualquier amenaza, cada edificio podía generar un escudo protector temporal hasta que llegara refuerzo desde la capital.
Lusian se encontraba revisando algunos registros de entrenamiento cuando la maestra Clara apareció entre las columnas del salón, acercándose con pasos cuidadosos. Quería agradecerle personalmente por haberle salvado la vida durante el ataque del culto. Lusian intercambió unas palabras con ella, mientras el aroma de libros antiguos y el leve resplandor del maná llenaban el ambiente.
Fue entonces cuando Lusian notó a Kara cruzando el salón, caminando con el vestido reglamentario de la academia. La imagen era curiosa para alguien que siempre prefería pantalones y movimientos ágiles. “Al menos mantiene su palabra”, pensó Lusian con una sonrisa, sin perder de vista la tensión que aún flotaba en el aire tras los recientes ataques.
Cuando Lusian llegó a su habitación en los dormitorios de la academia, se detuvo frente a la gran puerta de roble, tallada con intrincados símbolos de protección. Su aposento, exclusivo para los estudiantes de la nobleza, se desplegaba ante él como un pequeño palacio: alfombras de terciopelo cubrían el suelo, muebles finos reflejaban la luz cálida de los candelabros, y estanterías repletas de libros antiguos bordeaban las paredes. Sirvientes se deslizaban por la habitación con discreción, ajustando bandejas y velas, como sombras silenciosas que no interrumpían la calma del lugar.
Al empujar la puerta, lo sorprendió Elizabeth. La princesa avanzaba con sigilo, sus movimientos delicados pero decididos, evitando que los sirvientes la notaran. Su cabello dorado captaba la luz y brillaba como hilos de oro bajo los candelabros. Sin previo aviso, se lanzó a sus brazos, y sus labios se encontraron en un beso apasionado, cargado de urgencia, hasta que ambos se separaron, respirando con dificultad.
Había llegado por un pasaje secreto que conectaba los jardines exteriores con los dormitorios; igual planeaba retirarse antes de que alguien notara su ausencia, moviéndose como un suspiro entre sombras.
—Te extrañé mucho, mi amor. Sabes que no pude verte… Mi madre me ha estado vigilando de cerca —susurró Elizabeth, apoyando la frente contra su pecho.
—Lo sé, y me ha frustrado tanto como a ti. Pero al menos ahora podemos aprovechar estos momentos —respondió Lusian, con una sonrisa suave, acariciando su cabello.
Elizabeth se separó un poco y lo miró con seriedad: —He estado siguiendo tus pasos… vi que peleaste en el parque. Kara sigue molestándote. Tendremos que hablar seriamente con ella.
—Sí —dijo Lusian, soltando un pequeño suspiro—. Desde que empezó a alimentarse de la carne del Rey del Bosque, su nivel de poder ha crecido… al igual que su nivel de molestia. Por cierto, ¿recibiste el regalo de mi madre?
—Sí —respondió Elizabeth, recordando la experiencia—. Durante cinco días me dio fuerzas… los primeros fueron difíciles, pero luego me sentí más fuerte.
Lusian la atrajo de nuevo hacia él, envolviéndola con cuidado. —Dejemos de hablar de cosas aburridas —murmuró—. Cada minuto juntos es un privilegio… y debemos aprovecharlo.
Por un instante, el mundo entero desapareció: no había sirvientes, ni académicos, ni las obligaciones del reino. Solo ellos dos, compartiendo un momento robado, como si el tiempo se hubiera detenido.
—¡Emily, espera! ¿Cómo has estado? —gritó Alejandro, corriendo por el pasillo de la academia.
Emily se detuvo, respirando hondo, y lo miró con firmeza, sin dar un paso atrás.
—Alejandro… ya te dije que debemos mantener la distancia. No quiero ningún malentendido entre nosotros —su voz era tranquila, pero cada palabra cortaba como filo de espada.
—¡Es injusto! —exclamó Alejandro, sus ojos brillando con frustración y un dolor antiguo—. Hemos sido amigos desde niños, compartido todo… ¿y ahora me alejas solo porque tu prometido está cerca? ¡No es justo!
Emily guardó silencio, apartando la mirada. Sus pasos eran medidos, su postura firme. No iba a permitir que los sentimientos de Alejandro interfirieran en lo que tenía que ser su deber y su lealtad. Sin una palabra más, continuó caminando, alejándose con elegancia y determinación.
—¡Maldito Lusian! ¡Te voy a dar una paliza cuando te vea! —gritó Alejandro, su voz retumbando en los pasillos, mientras la frustración y los celos se mezclaban con un odio profundo que llevaba años acumulando.
En el aula de 1A, la profesora Clara anunciaba con voz firme:
—Debido al accidente reciente, adelantaremos las batallas de clasificación. El torneo ya está programado; se les notificará los días específicos en que deberán pelear.
Cuando el día llegaba a su fin, Lusian caminaba junto a Emily por los pasillos de la academia. El sol caía bajo, tiñendo de dorado y rojo los muros antiguos, mientras una brisa levantaba polvo y hojas secas que danzaban entre sus pies. Cada paso resonaba como un eco en un espacio que parecía detenerse.
—Lusian, te reto a un duelo clasificatorio —declaró Alejandro, apareciendo detrás de ellos, sus pasos decididos y firmes.
Emily se detuvo, aferrándose a la manga de Lusian, con el ceño fruncido y la voz cargada de preocupación.
—Alejandro, por favor detente. No hagas una escena —dijo, sus ojos buscando en Lusian alguna señal de reacción.
—¡Estamos en la academia, aquí podemos seguir las reglas establecidas! ¿Qué dices, Lusian? —insistió Alejandro, avanzando un paso más, la determinación escrita en cada línea de su rostro.
Lusian lo miró con desdén, cruzando los brazos mientras el viento movía su capa con suavidad.
—Estoy cansado, solo escucharte me da sueño —respondió, su voz fría, indiferente, como una espada que corta sin esfuerzo.
Alejandro no pudo contener una sonrisa burlona.
—No sabía que eras tan cobarde, Lusian —se burló, los ojos brillando con un fuego de desafío.
Lusian suspiró, lento, casi con pereza, y dio un paso hacia el centro del patio, donde la multitud de estudiantes ya comenzaba a reunirse.
—Eres molesto, pero si tienes tantas ganas de seguir los pasos de Kara, adelante. Veamos de qué eres capaz —dijo, aceptando el desafío con firmeza, su mirada fija en Alejandro.
La maestra Clara organizó el duelo con gestos medidos, autoridad y precisión. Los estudiantes rodearon el círculo, conteniendo la respiración, mientras la luz del ocaso pintaba sombras largas sobre sus rostros. Kara llegó corriendo, tropezando con su vestido desconocido, y sus ojos brillaron al ver el inicio de la batalla.
—¿Por qué eres tan hostil conmigo? No recuerdo haberte hecho nada —preguntó Lusian, su voz clara y firme, cortando el murmullo de la multitud.
—Ni siquiera los propios Douglas saben las atrocidades que cometen —respondió Alejandro, sus palabras cargadas de misterio, como si guardaran secretos demasiado pesados para pronunciarse.
(Maldita sea, me da pereza leer sobre estas historias de personajes aleatorios) Bueno, de todos modos, a mí tampoco me interesa —pensó Lusian, ignorando el comentario de Alejandro. La tensión se condensaba en el aire.
Alejandro se abalanzó con determinación, su espada en alto, cortando el aire con un silbido agudo. Lusian lo recibió con calma, bloqueando hábilmente el golpe y dando un paso atrás, alejándose para preparar sus propios hechizos. Cada movimiento de Lusian era preciso, casi coreográfico, mientras las luces del atardecer pintaban sombras largas sobre la arena de combate.
La batalla se convirtió en una danza frenética de magia y acero, donde cada hechizo lanzado por Lusian explotaba con eficiencia y elegancia. Alejandro, a pesar de su fuerza y determinación, se notaba agotado más rápido. Cada bola de fuego que lanzaba drenaba su maná más de lo que él podía compensar; su afinidad mágica, siendo de nivel Delta, le permitía reducir solo un 40 % del gasto en cada hechizo, mientras Lusian, con su afinidad mágica de nivel Epsilon, mantenía sus ataques sostenidos consumiendo apenas la mitad de la energía que requería cada hechizo.
—¡Acaso no sabes luchar correctamente, te escondes detrás de tu magia inútil! —gritó Alejandro, frustración y desesperación en cada palabra, mientras jadeaba y retrocedía ante la ofensiva constante.
—Cállate —respondió Lusian con voz serena—. Tú fuiste quien armó este alboroto, y ahora eres mi blanco para practicar hechizos. Solo bloquéalos si puedes.
Lusian alternaba ataques aéreos y por la espalda de Alejandro con precisión, combinando proyectiles, ondas y barreras que lo golpeaban desde ángulos imposibles. Cada hechizo de Alejandro requería más esfuerzo, más concentración, y su respiración se aceleraba; podía ver la diferencia en la eficiencia de la magia de Lusian reflejada en cada movimiento, en cada explosión que parecía no costarle nada al maestro Epsilon.
El suelo temblaba con las colisiones de energía, chispas y destellos iluminando los rostros de los espectadores. Kara observaba, conteniendo la respiración, comprendiendo que aunque Alejandro y Lusian compartían el mismo nivel de poder, la afinidad Epsilon de Lusian le otorgaba una ventaja clara y decisiva.
Cuando Alejandro logró acercarse lo suficiente para atacar cuerpo a cuerpo, Lusian bloqueó con elegancia y dio un paso atrás, lanzando un hechizo que lo obligó a retroceder de nuevo. Cada intento de Alejandro de sostener la ofensiva drenaba más su energía; su maná se agotaba mientras el de Lusian permanecía intacto, listo para mantener la presión.
Finalmente, Lusian recitó un conjuro final, calmado y medido:
—Como cortesía, me servirás para que practique un nuevo hechizo que estoy perfeccionando —dijo, mientras Alejandro intentaba levantarse para interrumpirlo, pero su cuerpo estaba exhausto, sus fuerzas al límite.
Una sombra negra emergió del suelo, formando varios proyectiles que golpearon el cuerpo de Alejandro una y otra vez. Cada impacto resaltaba la superioridad de Lusian: su afinidad mágica Epsilon le permitía controlar la energía del hechizo sin esfuerzo, mientras Alejandro, al agotar su maná, no podía defenderse ni moverse, derrotado por la eficiencia mágica de su oponente.
Kara, que había presenciado todo, recordó su reciente enfrentamiento contra Lusian. Aunque aquel combate había sido más parejo, el resultado final era similar: la diferencia de afinidad mágica resultó ser la clave entre la victoria y la derrota. Aun así, debía superar a Lusian en la próxima confrontación. La luz del atardecer iluminaba su rostro, reflejando determinación y un fuego silencioso que prometía futuras batallas.
Mientras tanto, Emily, quien había presenciado todo con tristeza, decidió acercarse a Lusian, sus pasos suaves resonando sobre la arena aún humeante por la batalla.
—¿No estás lastimado, Lusian? —preguntó Emily, su voz teñida de preocupación.
Lusian la miró con serenidad, los ojos reflejando apenas el resplandor de los hechizos que aún flotaban en el aire.
—No, estoy bien. Y tú, ¿no estás molesta por lo que acaba de suceder? —respondió con calma, como si la tensión del combate no le rozara en lo más mínimo.
Emily se detuvo un instante, sorprendida por la pregunta, pero respondió con sinceridad, su voz firme a pesar de la emoción contenida:
—¿Por qué iba a estar molesta? Él se buscó todo esto al desafiarte.
Lusian suspiró, una brisa ligera levantando su cabello mientras le dedicaba una mirada tranquilizadora.
—Te dije que no tienes que alejar a tus amigos, Emily —dijo—. No quiero que estés triste por mi culpa. La rivalidad entre Alejandro y yo no debería afectar su amistad.
Emily asintió, sintiendo un alivio silencioso mientras el viento del atardecer se mezclaba con los últimos destellos de la batalla, dejando un momento de calma en medio del caos reciente.
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