GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Sombras del Ducado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2 Sombras del Ducado 2: Capítulo 2 Sombras del Ducado Descubrimiento del cuerpo y bestias Una semana había pasado desde que su alma fue arrancada de su mundo.
Una semana en la que Lusian se sintió atrapado entre el miedo y la desesperación, buscando respuestas que no llegaban.
Según los sirvientes, estaba en el año 714 del reino…
y tenía apenas quince años.
—¿Quince?
—murmuró ante el espejo.
Perfecto…
de vuelta a la adolescencia.
Y en el mundo más letal que he conocido.
Sus rasgos finos y la musculatura del joven guerrero eran un recordatorio incómodo: no estaba en su cuerpo.
Y, aun así, se sentía…
extrañamente familiar.
Mientras los sirvientes lo bañaban y limpiaban, Lusian se mantuvo quieto, cuidando no mostrar incomodidad.
El agua tibia resbalaba por un cuerpo que no sentía suyo, y las manos ajenas trabajaban con la precisión de quienes conocían esa piel mejor que él.
No estaba acostumbrado a tanta cercanía, y mucho menos desnudo frente a extraños, pero tragó la vergüenza como si fuera un mal hábito.
Mantener el mentón alto era más fácil que aceptar la carne que lo cubría.
—Este tipo se tomaba en serio el entrenamiento —murmuró con ironía seca.
Lo secaron, vendaron y comenzó el ritual de vestirlo cuando la puerta se abrió sin aviso.
Sophia Douglas de Mondring, la mujer que este cuerpo llamaba madre, entró con paso firme.
A su lado avanzaba un león de pelaje oscuro, cuyas garras resonaron contra el mármol pulido.
Una luz azul comenzó a danzar entre los dedos de la duquesa, iluminando la estancia como un relámpago contenido.
—Voy a otorgarte autoridad parcial sobre dos de tus bestias —anunció, acercándose sin preocuparse por la escena—.
Thunder, mi corcel eléctrico de nivel setenta y seis, y Umber, mi lobo oscuro de nivel setenta y uno.
Trazó símbolos sobre su brazo, sellando el vínculo como quien firma un contrato con fuego.
Lusian frunció el ceño, sintiendo el ardor de la magia.
—Autoridad parcial…
Es decir, obedecerán mis órdenes, pero su lealtad sigue siendo tuya.
—Exacto —asintió Sophia—.
Pero si tu vida corre peligro, se interpondrán sin dudarlo, incluso si eso les cuesta la suya.
El león de melena dorada descansaba cerca de la ventana.
Su presencia imponía respeto.
Sophia sonrió, con un dejo de tristeza, al presentarle a su tercer compañero: Larriet, un león de clase A Delta, todavía esquivo y testarudo.
—Este es Larriet, de clase A —explicó Sophia, el león abrió un solo ojo, y el aire a su alrededor pareció densificarse—.
No puedo darte control sobre él, pero está entrenado para responder a tu voz en caso extremo.
—Perfecto —dijo Lusian con una sonrisa nerviosa—.
Si ese gato decide atacarme, espero que tengas otro cuerpo de repuesto, madre.
Sophia rió suavemente, aunque sus ojos seguían serios.
—Entonces será mejor que aprendas a ganarte su respeto, hijo mío.
Cuando terminó de grabar el último sello, Lusian sintió un hilo invisible conectarse con su alma.
No era solo magia: era un lazo ancestral de profunda lealtad, y sintió el conocimiento instintivo de que esos poderosos guardianes ahora eran su manada, una familia que respondería a su llamada hasta el final.
Y por primera vez, comprendió que no podía huir.
No solo estaba atrapado en un cuerpo prestado…
estaba comenzando a formar parte de un mundo que no perdonaba a los debiles.
Y, mientras miraba las marcas en su piel, una certeza surgió entre el miedo y la ironía: si quería sobrevivir, debía convertirse en Lusian Douglas de Mondring.
Umber, el lobo oscuro, se acercó a él: enorme, silencioso, con ojos atentos y calculadores.
Olfateó su mano y, con un suspiro profundo, casi humano, transmitió a Erwin una calma inesperada.
—Cada una de estas bestias tiene su propia afinidad mágica —explicó Sophia, acariciando la melena dorada de Larriet—.
Ese vínculo espiritual con un elemento define su fuerza, sus habilidades y la eficiencia con la que usan su energía.
Thunder canaliza la electricidad con precisión; Umber se mueve en las sombras y manipula la oscuridad, aprovechándola como ninguna otra criatura.
Permanecerán a tu lado para protegerte.
Erwin sintió un escalofrío recorrer su espalda.
No eran solo aliados: eran guardianes, y vigías, sin duda Sofia su madre, sabría que hacia en cada momento atreves de ellos.
“Entre pasillos y maná” Tres días después, cansado de permanecer encerrado, Lusian decidió recorrer el castillo.
Umber caminaba tan cerca que podía sentir el calor de su aliento: una protección…
o una vigilancia, mientras detrás caminaba la señorita Mónica, hija de Albert y asistente personal de Sophia.
Medía cada gesto de Lusian con paciencia.
—¿También me sigues a mí ahora, Mónica?
—preguntó Lusian, con media sonrisa.
Mónica ajustó sus lentes —un movimiento sutil, preciso— antes de responder con su habitual calma entrenada.
—No es seguimiento, mi señor.
Es supervisión —respondió ella, impecable en su cortesía—.
La duquesa ordenó que me asegurara de que no se metiera en problemas otra vez.
—¿Otra vez?
—replicó Lusian, fingiendo indignación—.
Solo me morí una vez.
No creo que eso cuente como “problema”.
Mónica parpadeó, confundida.
Lusian sonrió y continuó su paseo, buscando en el majestuoso castillo rastros de la vida del Lusian original: trofeos, armas y libros con runas brillantes.
“Este mundo se siente tan real…
demasiado real” pensó.
Los días pasaron, y Lusian pronto se enfrentó a un problema que lo empujó al borde de la desesperación.
A pesar del repertorio de técnicas que recordaba del juego, había un abismo insalvable: no sentía el maná.
Intentó una y otra vez, buscando en su interior aquello que todos describían como una corriente, una vibración, un pulso.
Pero no halló nada.
Solo silencio.
Cada intento fallido desgastaba un poco más su seguridad.
Porque en aquel reino, no percibir el maná no era una simple desventaja.
Era una condena.
Y el vacío dentro de su pecho no era solo ausencia de poder.
Era una sentencia de muerte.
Días después, Sophia decidió que un viaje fuera del ducado sería beneficioso, tanto para la mente como para el cuerpo.
Peregrinaron hacia Thruin, una ciudad pequeña y acogedora, donde los mercados bullían de vida y los comerciantes pregonaban sus productos con voces ásperas, mientras los aromas de pan recién horneado, hierbas curativas y carne asada flotaban en el aire.
Las calles empedradas estaban flanqueadas por casas de madera con techos inclinados y balcones rebosantes de flores, y los niños correteaban entre las patas de caballos y carros cargados de mercancías.
La ciudad, volcada al comercio y la hospitalidad, conservaba un aire de historia: murallas bajas y torres vigías que habían resistido antiguas invasiones, y faroles de hierro forjado que parpadeaban al caer la tarde, proyectando sombras danzantes sobre los adoquines.
La cercanía con las ruinas homónimas despertó en Lusian recuerdos encontrados: la nostalgia por el reto de explorar lo desconocido y el miedo a que aquella tierra albergara peligros reales.
Un recuerdo extraño y perturbador llegó a Lusian.
En el juego, Thruin eran unas ruinas: edificios derruidos, barricadas rotas y marcas de garras que señalaban el paso de monstruos enormes.
Contrastaba con la realidad que veía: un lugar seguro, con calles limpias, mercados bulliciosos y ningún peligro que temer.
Lusian recordaba mapas, misiones y desafíos del juego.
Esa imagen del futuro le heló la sangre.
Lo que veía en su memoria no coincidía con la ciudad frente a él; era como si el tiempo le hubiera mostrado un Thruin que aún no existía, un lugar devastado que debía evitar a toda costa.
El contraste entre la seguridad actual y la catástrofe que recordaba del juego lo descolocó.
Cada calle, cada rincón de la ciudad, ahora le parecía un enigma: ¿Cómo podría alguien que conoce el final actuar en un presente intacto sin acelerar la tragedia que ya ha visto?
“Entrenamiento” Por orden directa de la duquesa Sophia, el primero en presionarlo fue Albert, su tutor y guardián desde la infancia.
Nadie en la mansión Douglas se atrevía a discutirle, y menos aún cuando se trataba del heredero.
Albert, descendiente del linaje materno, había servido a la familia durante tres generaciones; su lealtad era tan sólida como el acero que empuñaba.
No solo era responsable de la seguridad del joven duque, sino también su maestro en combate.
Sophia había dado la orden con voz firme, sin posibilidad de réplica:—El cuerpo débil engendra una mente débil —había dicho aquella mañana, mientras observaba desde el balcón cómo el sol iluminaba los campos.
Albert acató la instrucción con la severidad que lo caracterizaba.
Al entrar en los aposentos de Lusian, su sola presencia llenó la habitación: el olor del cuero, el tintineo metálico de su armadura, el peso del deber en cada movimiento.
—La razón por la que enfermaste es que te falta entrenamiento —dijo, sin rodeos y con una mirada que no admitía discusión—.
A partir de hoy, moverás ese cuerpo aunque tenga que arrastrarte hasta el campo.
Lusian intentó protestar, aún envuelto en la pereza que confundía con debilidad:—Aun me siento mal…
que sea otro día —murmuró, con voz apagada, más para sí que para Albert.
Albert se acercó, erguido como un muro de autoridad.—No hay otro día.
El tiempo perdido es peligro.
Cada momento que desperdicias aquí te aleja de sobrevivir a este mundo.
Lusian tragó saliva, consciente de que discutir era inútil.
Pero en su interior, algo chispeaba: el primer atisbo de desafío, un pensamiento que le recordaba que, aunque aquel cuerpo no era suyo, su mente aún podía trazar su propio camino.
Antes de que pudiera terminar, Albert lo empujó hacia el campo de entrenamiento.
El campo de entrenamiento se extendía ante él: un patio amplio de arena mezclada con piedra, rodeado por murallas bajas y torres de vigilancia donde los soldados practicaban esgrima y hechicería bajo la mirada del comandante.
—¡Saludos al joven maestro Lusian!
—gritaron al unísono los caballeros mientras él avanzaba hacia el centro del campo.
El eco de las voces retumbó en las murallas, y por un instante, Lusian sintió el peso de todas esas miradas fijas en él.
La vergüenza lo envolvió como un manto pesado; no era un jugador tras una pantalla, sino un joven duque que debía cumplir con las expectativas de todos.
Albert apareció junto a él, recogiendo dos espadas con un giro seco de muñeca.—Aún no aprendes, Lusian.
Debes comportarte según tu estatus.
Hoy recordarás lo que significa entrenar —dijo, lanzándole una de las espadas que Lusian atrapó por reflejo, tambaleándose con el peso.
—Maestro…
—dijo Lusian, bajando la mirada—…
no puedo sentir el maná.
Albert frunció el ceño, evaluando a su discípulo con desdén.—¿No puedes, dices?
¿O solo es otra excusa para no entrenar?
—susurró, el aire a su alrededor vibrando con energía.
Sin más, envolvió su puño en maná, un brillo rojo intenso que hacía que el aire chispeara y oliera a ozono—.
Vamos a comprobarlo.
El golpe llegó rápido, directo al pecho de Lusian, el choque lo lanzó hacia atrás.
Otro golpe, directo al abdomen, lo dejó sin aire.
Rodó por el suelo, entre el polvo y el eco de risas contenidas.
El dolor era real.
No era un número en una pantalla ni la vibración de un control: era hierro presionando su carne, el sabor metálico en la boca, el zumbido en los oídos.
Así se siente morir…
de verdad, pensó, intentando ponerse de pie.
Entonces lo percibió: algo dentro de él se agitó, una corriente primitiva que respondía al contacto del maná ajeno.
El golpe no solo lo había herido…
lo había despertado.
El dolor se transformó en vibración, y del vacío emergió una energía fría, viscosa, que recorrió sus venas.
Un maná negro, espeso como tinta, surgió de su piel.
Primero en hilos, luego en ondas que distorsionaban la luz a su alrededor.
El aire olía a ozono y ceniza.
Recordando lo que sabía del juego, comprendió que todos nacen siendo nivel 1: débiles, frágiles, vulnerables.
Se asciende solo con entrenamiento y alimentación.
Los alimentos ricos en maná —carne de monstruos de alto nivel, frutas y hierbas cargadas de energía— eran la clave para crecer rápidamente.
La mayoría de los humanos comunes apenas alcanzaban nivel 20 o 25 a los 15 años.
Los nobles, acostumbrados a banquetes cargados de maná, podían superar el nivel 40 con mínima dificultad.
Lusian, con solo quince años, había alcanzado el nivel 45: un punto intermedio entre cadete y legionario.
La afinidad mágica, en cambio, no se adquiría con comida ni entrenamiento.
Era un don hereditario, transmitido por la madre, que conectaba al portador con un elemento primordial: agua, fuego, tierra, aire, luz, oscuridad, hielo o rayo.
Los afines podían canalizar maná con facilidad, reducir el costo de sus hechizos y potenciar su poder elemental.
Era por eso que los héroes bendecidos por los dioses, los que Lusian recordaba del juego, no eran simples aventureros.
Combinando nivel y afinidad, eran capaces de alterar el destino de Kuria.
Y ahora, en aquel cuerpo y con aquel poder ajeno, Erwin se daba cuenta de que sobrevivir no sería solo cuestión de habilidad…
sino de adaptarse a algo mucho más profundo y peligroso de lo que jamás había imaginado.
De acuerdo a lo que recordaba del juego, Albert era la mano derecha del villano Lusian, siempre fiel, siempre respetuoso.
Aquí, no mostraba clemencia.
Nadie lo ayudaba.
Nadie se atrevía.
—¿Vas a entrenar en serio o vas a recibir una paliza?
—Albert dio un paso al frente, su sombra cubriéndolo.
Lusian se puso de pie tambaleante.
Su respiración era irregular, pero algo en su interior ya vibraba con fuerza.
El golpe de Albert había sido más que un castigo físico: había activado su maná dormido, el mismo que hasta ahora no había sentido.
Los recuerdos del juego y el instinto del cuerpo se fusionaron en un solo impulso.
Fortalecimiento físico…
velocidad, fuerza.
El hechizo se activó casi solo: un resplandor oscuro envolvió sus músculos, el suelo crujió bajo sus botas.
Envolvió su espada con aquella misma energía, y el filo se tiñó de sombras líquidas.
Con un grito gutural, extendió la mano.
Siete lanzas negras se materializaron a su alrededor, flotando en un círculo perfecto antes de lanzarse hacia Albert.
El anciano sonrió.
Con un simple movimiento, envolvió su espada en fuego.
Las llamas ardieron con un rugido contenido.
Cada lanza que lo alcanzaba se desintegraba en una lluvia de chispas.
Cuando la última se extinguió, Albert avanzó, su arma encendida como una antorcha.
—¡Bien, lo recuerdas al fin!
—gruñó Albert con una mezcla de severidad y orgullo—.
Ahora sí podemos entrenar.
El corazón de Lusian latía con fuerza, pero ya no había miedo: había despertado, y por primera vez sentía que su propio poder estaba en sus manos.
Momentos después, Lusian retrocedió, tambaleante, e improvisó un hechizo de agua, concentrándose sin control.
El vapor surgió a su alrededor, chispeando en el aire, pero enseguida sintió cómo su maná se drenaba con brutal rapidez, dejándolo casi vacío.
Cada intento de canalizar energía que no coincidía con su afinidad lo debilitaba aún más, mostrando la cruda realidad: en este mundo, cualquiera puede usar magia de cualquier elemento, pero hacerlo sin armonía con su afinidad es un desperdicio letal de maná.
En una batalla real, ese despilfarro no es un error: es una sentencia de muerte.
—¿Así que pretendes desperdiciar tu maná para evitar entrenar?
—gruñó Albert, con voz seca y un dejo de diversión fría—.
Eso me irrita.
Con un gesto, el aura de fuego que lo rodeaba envolvió el vapor, evaporándolo en un instante.
El calor lo golpeó como un muro invisible, sofocante y abrasador.
Antes de que pudiera reaccionar, el siguiente golpe lo derribó al suelo con fuerza.
Albert no detuvo su ritmo.
Lo hizo rodar, lo levantó, lo empujó a ponerse de pie de nuevo, cada ataque medido y letal, mientras su voz grave cortaba el aire entre cada impacto: —Usa solo la magia de tu afinidad.
Todo lo demás es desperdicio…
y en el campo de batalla, el desperdicio muere.
Desde el balcón, Sofía observaba en silencio.
Cada golpe que recibía su hijo la hacía apretar los puños.
Sus manos temblaban entre deseo de intervenir y la obligación de no hacerlo.
Thunder, su bestia, relinchó inquieto.
—Si lo golpeas una vez más, Albert…
—murmuró entre dientes— te haré probar mi ira.
Aun así, no intervino.
En el fondo, sabía que ese fuego, ese espíritu que veía en Lusian, era nuevo.
Ya no era el niño impulsivo de antes.
Había algo distinto en él.
Algo…
que no podía explicar.
El entrenamiento se prolongó por horas.
Cuando finalmente cesó, el sol había cambiado de ángulo, proyectando largas sombras sobre el campo.
Lusian yacía en el suelo, respirando con dificultad, con la ropa desgarrada y el cuerpo cubierto de sudor, polvo y moretones.
Cada músculo dolía, pero algo en él brillaba: la satisfacción silenciosa de haber superado un límite.
Albert lo observó en silencio, los brazos cruzados, mientras el polvo aún caía alrededor de Lusian.
Sus ojos, endurecidos por la disciplina militar, ocultaban mal una emoción más profunda.
Lo había visto dar sus primeros pasos, había presenciado sus berrinches infantiles, sus risas torpes, sus caídas y sus pequeñas victorias.
Para Albert, Lusian no era solo su señor.
Era, en muchos sentidos, el nieto que nunca tuvo.
Y quizá por eso dolía tanto verlo allí, magullado y exhausto.
Una parte de él deseaba decirle que bastaba por hoy, que debía levantarse, sacudirse la arena y salir a disfrutar de su juventud mientras aún podía.
Pero no podía hacerlo.
Lusian no era un niño común.
Era el heredero de los Douglas, futuro duque de una región que no perdonaba la debilidad.
Si no lo entrenaba ahora, si no lo endurecía, si no lo preparaba para lo que inevitablemente vendría…
entonces su vida estaría en peligro.
Y Albert no permitiría que el muchacho al que había visto crecer muriera por no haber sido lo suficientemente fuerte.
Así que mantuvo su expresión firme.
Erwin, pálido y tembloroso, sintió que podría morir allí mismo.
Cada respiración era un esfuerzo, y el aire le sabía a hierro.
El suelo áspero y cubierto de polvo parecía más real que nunca, cada grano rozando su piel como un recordatorio de su fragilidad.
De repente, Adela irrumpió desde los límites del campo, su falda agitada por el viento, un tigre blanco la seguía.
En sus manos llevaba dos frascos: uno contenía un líquido verde que chispeaba con luz curativa; el otro, una poción azul oscuro, impregnada del aroma penetrante de menta y maná concentrado.
Se arrodilló junto a Lusian, las manos temblorosas, y le ofreció ambos con cuidado.
Garet, que hasta entonces había observado en silencio, dio un paso al frente, frunciendo el ceño.—No deberías ser tan rudo, Albert.
Aún no se ha recuperado por completo —dijo, su voz grave retumbando entre las murallas de piedra.
Albert limpió su espada con un paño, sin molestarse en mirarlo.—Es joven.
Puede soportarlo.
Debe hacerse más fuerte —respondió con la calma fría de quien ha repetido esa frase mil veces.
—Si algo le sucede, te haré responsable —replicó Garet, su mano rozando el mango de su espada, tensión viva en cada músculo.
El silencio que siguió se sintió como un peso tangible.
Los soldados pretendieron mirar al frente, pero el aire estaba cargado de electricidad.
Dos de los hombres más poderosos del ducado se enfrentaban, no con armas, sino con ideales opuestos sobre un muchacho que apenas podía mantenerse en pie.
Lusian, todavía arrodillado, bebió la poción verde.
El líquido ardió en su garganta y luego se extendió por su cuerpo como un fuego líquido, disipando el dolor y reemplazándolo con un hormigueo que mezclaba energía y fatiga.
—¿Qué nivel tengo?
—preguntó, apenas levantando la mirada hacia Adela, la voz cargada de serenidad inesperada.
Ella parpadeó, desconcertada.—La última medición fue nivel cuarenta y cinco, mi señor.
Lusian asintió, su gesto simple pero firme.—Ya veo…
gracias.
Adela se quedó inmóvil un instante.
“Gracias.” Esa palabra, que nunca antes había salido de sus labios frente a él, flotaba ahora en el aire.
Antes, Lusian habría exigido otra poción o reprochado a quien tardara en traerla.
Pero aquel joven que respiraba con esfuerzo frente a ella ya no era el mismo.
En sus ojos, antes turbios por la arrogancia, ahora brillaba algo distinto: comprensión.
Una chispa de respeto por quienes lo rodeaban, y quizá, un primer indicio de lo que sería capaz de convertirse si sobrevivía al entrenamiento y al mundo que ahora lo reclamaba.
“Viaje a la Capital” No había margen para la objeción.
La Academia Mágica de la Capital estaba a punto de iniciar su ciclo anual, una convocatoria ineludible.
Aunque Sophia prefería mantener a su hijo bajo la protección del Ducado, la duquesa comprendía que era un acto político necesario.
Los nobles debían reportarse a la Capital por cuatro meses para recibir instrucción y demostrar lealtad a la Corona.
Luego regresarían, pues el Ducado Douglas era vital para la economía del reino, para supervisar la cosecha y enfrentar la peligrosa temporada de apareamiento y migración de monstruos que emergían del denso maná del bosque.
El verdadero problema, sin embargo, no era la burocracia, sino el destino.
Allí, en el corazón del reino, Lusian se encontraría inevitablemente con su prometida, Emily, la futura Santa de la Luz, la misma mujer destinada a clavarle la espada.
La urgencia era doble: la inminente fecha de clases y la fractura interna de la Casa Douglas que amenazaba con condenarlo.
Faltaba apenas un mes, y Lusian sentía que lo arrastraban hacia el cadalso.
Aunque el destino era ineludible, la logística del viaje fue inesperada.
Lusian se dirigió instintivamente hacia el carruaje principal, el vehículo ostentoso reservado para el Duque Laurence.
Pero Sophia, impecable y envuelta en una capa de lana de seda, lo detuvo con un gesto apenas perceptible.
—Viajarás conmigo, Lusian —anunció con esa voz melódica que no aceptaba réplicas.
Lusian no necesitó los recuerdos del joven Douglas para comprender la implicación: la convivencia familiar era un campo minado.
El Duque Laurence y su concubina, Martha, viajarían con Caleb, el medio hermano favorito del padre.
Sophia, la Duquesa por decreto y la mujer de afinidad Omega elegida por linaje, viajaría con el heredero legítimo.
La familia estaba literalmente dividida en dos facciones, incluso en el viaje.
Junto a ellos, el contingente de viaje era inmenso: quinientos guerreros y soldados marchaban bajo el mando de Albert y Garet.
Mónica, la asistente personal de Sophia, viajaba con ellos en el carruaje.
Ante tal despliegue, Lusian pensó con ironía: “Monstruos o bandidos deben temer.
Viajamos con un ejército”.
Siguió a su madre hasta un carruaje más discreto, cuyo emblema era una compleja runa de protección.
Al subir, el interior lo asombró: los cojines eran de terciopelo y la luz suave se filtraba a través de cristales grabados.
No había caballos que jalarán el vehículo.
—La tecnología aquí funciona diferente —murmuró Lusian, observando cómo un núcleo de maná brillaba bajo el suelo, alimentando el movimiento del carruaje.
—Es magia aplicada, hijo mío —respondió Sophia, tomando asiento con calma.
Su simple presencia le recordó a Lusian que su madre era la razón de la existencia de este confort.
Ella era la mujer más poderosa del reino, elegida para el linaje Douglas por su afinidad mágica.
Una afinidad que Laurence, el Duque, despreciaba, favoreciendo abiertamente a Martha.
El carruaje se deslizó por el camino con una suavidad absoluta, impulsado por ese maná silencioso.
El viaje duró una semana, y gracias a la comodidad mágica, Lusian apenas sintió el recorrido.
Cada kilómetro lo acercaba a la Capital, y con ella, a la prometida que lo asesinaría: Emily, la Santa de la Luz.
Lusian miraba el atardecer, pensando en lo molesto que serían los conflictos futuros.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com