GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 20
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Capítulo 20: Capítulo 20 Guerra Territorial
“Torneo Relámpago”
El día siguiente, el sol iluminaba los patios de la academia con un resplandor intenso. Magnus Bourlance, director de la institución, se encontraba sobre la plataforma central, su presencia imponiendo respeto entre los estudiantes reunidos frente a él. Cada rostro reflejaba anticipación, nervios y emoción contenida.
—¡Escuchen todos! —exclamó Magnus, su voz firme resonando sobre el patio—. Ha llegado el momento del torneo relámpago de la clase A. Cada uno de ustedes demostrará su fuerza, habilidad y estrategia.
Colocó un gran listado frente a los estudiantes, dividiendo claramente los enfrentamientos entre guerreros y magos de las clases 1A y 2A contra los de las clases 3A y 4A. Las batallas serían eliminatorias y rápidas, un choque de talentos en un tiempo limitado: dos semanas para definir a los mejores.
—Debido a la falta de tiempo —continuó Magnus—, los cuatro mejores clasificados de los caballeros y los magos se enfrentarán entre sí para determinar quién se llevará la gloria de esta temporada. Les deseo la mejor de las suertes y les recuerdo: den lo mejor de ustedes, porque cada combate cuenta.
Los estudiantes intercambiaron miradas, algunos ansiosos, otros con el ceño fruncido, evaluando a sus futuros oponentes. El listado se colocó en un mural de cristal, reflejando la luz del mediodía y haciendo que los nombres parecieran brillar con promesas de gloria y peligro.
Guerreros 1A vs 2A:
Lusian Douglas el Mondring contra Hector Douglas
Craig Denisse Vs Regina Pan
Kasper Bourlance contra Edrick Collins
Darilyn Macallister Vs Ezequiel Owen
Nilson Stanley contra Cadel Sneider
Conwick Briggs contra Blair Greig
Walker Wall contra Jean Mondring
Corwin Armett contra Leonardo Erkhan
Guerreros 3A vs 4A:
Kara Bourlance vs Lorenso Denisse
Sett Kesller Vs Benjamin Armett
Julian Erkhan contra Andrew Erkhan
Mathew Bronw Vs Alejandro Jones
Ethan Douglas contra Dilan Bourlance
Emmet Carter Vs Niel Sneider
Liam Briggs contra Kendal el Mondring
Magos 1A vs 2A:
Emily Carter vs Melodi Denisse
Sandra The Mondring vs Roxy Briggs
Abdel Brown contra James Kesller
Verano Kesller contra Mark Brown
Naomi Sneider contra Adela Douglas
Jaslin Erkhan Vs Isabella Armett
Magos 3A Vs 4A:
Elizabeth Erkhan contra Nora Rymer
Daniela Sneider contra Lizbeth Brown
Ámbar Armett contra Dayana Harrison
Ian Gressel contra Violet Kessler
Clarise Stanley Vs Katherine El Mondring
Regine Macallister contra Camilla Briggs
Algunos estudiantes murmuraban nombres, anticipando las rivalidades y estrategias que se avecinaban. Lusian observaba con calma, evaluando cada enfrentamiento con una mezcla de interés y desdén; sabía que algunas batallas serían simples formalidades para él, mientras que otras pondrían a prueba su ingenio y velocidad.
Emily, por su parte, respiró hondo, consciente de que pronto se enfrentaría a Melodi Denisse. Su mirada se cruzó con la de Lusian, y un breve intercambio silencioso transmitió confianza mutua: cada uno tenía su propio camino, pero compartían un objetivo: demostrar que la habilidad y la estrategia podían superar cualquier rival.
El murmullo de los estudiantes se mezclaba con el viento que recorría los patios de la academia, anticipando un torneo que no solo mediría fuerza, sino voluntad y control. Cada nombre en la lista era una promesa de batalla, y cada mirada, un recordatorio de que, en el torneo relámpago, solo los más eficientes y determinados se alzarían con la victoria.
Un día después, la tensión en el aire era casi tangible. Isabella se acercó a Lusian con pasos vacilantes, sus manos temblando ligeramente.
—Disculpa, señor Lusian… ¿podría darme un momento, por favor? —su voz se quebró, revelando su nerviosismo.
Lusian asintió y propuso buscar un lugar más privado para conversar con tranquilidad. Se dirigieron a un rincón apartado del patio, donde el bullicio de la academia quedaba amortiguado, y podían hablar sin ser interrumpidos.
—Bien, te escucho —dijo Lusian, preparado para enfrentar cualquier revelación que Isabella trajera.
Isabella respiró hondo antes de comenzar, sus palabras saliendo con esfuerzo:
—Sé que puede parecer difícil de creer… pero los culpables son los Denisse. No sé exactamente cómo lo hicieron, pero lograron que escribiera la carta que citó a Caleb… sin mi voluntad.
El corazón de Lusian se tensó, y sus pensamientos se escaparon sin querer.
—¿Control mental? —susurró—. Eso es magia demoniaca.
Isabella retrocedió un paso, aterrada ante la mención.
—¿Magia demoniaca? —preguntó con voz temblorosa.
Lusian levantó las manos con calma, tratando de tranquilizarla.
—Tranquila… te creo. Sé que no eres culpable. No tienes por qué preocuparte. —Hizo una pausa, evaluando sus palabras—. ¿Te hicieron algo más, además de obligarte a escribir la carta?
Isabella negó con la cabeza, con el rostro pálido.
—No… Lo único que recuerdo es que, un día, cuando mi padre y yo íbamos a encontrarnos en el restaurante La Cúpula Dorada, Lorenzo me invitó a un lugar donde me presentó a un tipo extraño. Cuando le di la mano… mi mente se volvió un vacío. No recuerdo nada más. Cuando regresé en mí, tenía tinta en las manos, pero no había escrito nada ese día.
Lusian apretó los puños, la ira reflejada en sus ojos.
—¡Esos malditos trabajan con el culto demoniaco! —exclamó con indignación.
Isabella lo miró con esperanza, casi suplicante.
—¿Entonces me crees? ¿Podrías salvar a mi familia?
Lusian suspiró, serio, y le respondió con sinceridad:
—Puedo asegurar tu vida y la de tus hermanos, probablemente. Pero la del Conde Noah… no estoy tan seguro de poder hacer algo.
La desesperación de Isabella se tornó visible, y ofreció incluso su propia vida a cambio de la de su padre. Lusian negó con la cabeza, con tristeza.
—Eso no serviría de nada —dijo—. Enviaré una carta a mi madre explicándole toda la situación. Te aseguro que no te hará daño.
Isabella, con la voz entrecortada por el llanto, agradeció con toda su alma.
—Aunque solo sean mis hermanos, estaré eternamente agradecida.
Por instinto, Lusian acarició suavemente la cabeza de Isabella, un gesto protector y consolador.
—Lamento mucho que estés envuelta en todo este caos —dijo con sinceridad.
Lusian estaba ansioso, y un frío de impotencia le recorría la espalda. Pese a su alto estatus, la nobleza que le otorgaba respeto, influencia y recursos casi ilimitados, se sentía atrapado frente a los eventos que no podía controlar. Laurence Moría en esta guerra, y aunque su memoria del juego no recordaba todos los detalles, sabía con certeza que el imperio movía piezas invisibles sobre un tablero donde él apenas podía actuar. Cada plan, cada estrategia que tratara de concebir, se veía limitada por su falta de experiencia en la burocracia y en las complejas tramas políticas a las que no estaba acostumbrado.
La frustración le quemaba el pecho: podía intentar proteger a Isabella, explicarle la situación a Sofía y suplicarle ayuda, cuidar a Laurence y evitar su muerte —aunque su relación con su padre era mala, su fallecimiento sin duda debilitaría al ducado—, pero más allá de eso, el mundo seguía girando sin que él pudiera alterar el rumbo de los acontecimientos. Esa impotencia lo abatía profundamente, y por primera vez en mucho tiempo, Lusian se sintió realmente vulnerable. La vulnerabilidad le recordaba que cada día se acercaban los eventos que podrían conducirlo a su propia muerte, y que estaba indefenso ante esa realidad, generando en su interior una frustración contenida. La rabia, mezclada con culpa por no poder hacer más, lo envolvía como un manto helado que nadie, ni siquiera él mismo, podía retirar.
“Celos y Sombras”
En su camino hacia su habitación, Lusian se encontró con Andrew.
—Hola, Lusian —saludó Andrew, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Lusian lo miró, frío, calculador.
—Creo que tengo una cuenta pendiente contigo, príncipe Andrew.
Andrew frunció el ceño, confundido.
—¿Conmigo? No recuerdo haber hecho algo en tu contra.
Lusian esbozó una sonrisa breve, cargada de sarcasmo.
—No te pases de tus límites, Lusian Douglas.
Andrew se tensó, buscando excusas.
—Ah… hablas de eso. Solo lo dije para que el príncipe Leopoldo dejara de molestarte. No fue nada personal.
—No esperes compasión en el torneo, Andrew —respondió Lusian, su voz helada.
Andrew, desafiando el frío que emanaba su rival, intentó presionarlo.
—Oye, no te pases. ¿Quieres que hable con mi madre y le cuente sobre tus reuniones secretas con Elizabeth?
Lusian lo observó, y por un instante la rabia se dibujó en sus pensamientos: Maldito príncipe inútil.
En voz alta, controlando su ira:
—Tú ganas esta vez. Pero a propósito, Andrew… necesito que investigues a los malditos Denisse.
Andrew parpadeó, sorprendido.
—Pierdes y cambias de tema… ¡qué inmaduro eres! Quiero verte suplicar un poco, vamos, Lusian, suplica.
Lusian tosió, reprimiendo el desprecio, y su voz se volvió firme:
—Esto es serio. Esos malditos pueden estar relacionados con el culto demoniaco.
El color abandonó el rostro de Andrew.
—Espera… ¿no estás bromeando, Lusian? Si esto es cierto, es un problema muy serio. Debemos informar de inmediato.
—¿Crees que bromearía con algo así? —su tono no admitía dudas.
Andrew tragó saliva, entendiendo que Lusian no jugaba.
—Ya no creo que estés bromeando… Maldición. No puedo creer que una casa noble se relacione con gente tan asquerosa. Enviaré gente a investigar. Esto es más complicado de lo que parece. Ya no podemos ignorarlo, o todo el reino sufrirá. Lusian alzó una ceja, evaluando cada reacción del príncipe.
—Por cómo estás actuando, supongo que tienes pruebas irrefutables, ¿no es así? pregunto Andrew
—Si tuviera pruebas, no te estaría pidiendo este favor, idiota —dijo Lusian con una sinceridad que cortaba el aire—. Necesito que tú consigas esas pruebas. Solo te aseguro que los Denisse son una plaga que ha llegado demasiado lejos.
Andrew respiró hondo, asimilando la gravedad de la situación.
—Bien… bien, te creeré.
Leonardo, que observaba la conversación entre Lusian y Andrew desde la distancia, se sorprendió al verlos tan cercanos. No recordaba que tuvieran algún vínculo significativo. Cuando Lusian se alejó, decidió acercarse a Andrew.
—Hermano, ¿desde cuándo eres tan cercano a ese sujeto? —preguntó Leonardo, entre curiosidad y desconfianza.
Andrew respondió de inmediato, con un tono casi defensivo:
—Cercano con ese maldito, claro que no. Solo estaba siendo un poco cortés esta vez. ¿Necesitas algo?
Leonardo suspiró, frustrado, y se explicó:
—Hermano… necesito que me ayudes con la familia de Isabella. Sé que son inocentes. Por favor… mi padre no quiso escucharme.
Andrew lo miró, pensativo, evaluando cada palabra:
—Trataré de ayudarte, pero no puedo prometer nada. Es un asunto delicado. Apenas tenga resultados, te avisaré.
Al día siguiente, mientras Lusian se dirigía al restaurante de la academia, se cruzó con Jean y Adela, quienes conversaban tranquilamente bajo la luz de la mañana.
—¡Mi señor, es un gusto verlo! —saludó Adela con una reverencia ligera y una sonrisa sincera.
—¿Entraste en modo guardaespaldas, Adela? —respondió Lusian con una sonrisa contenida—. Hola, compañero de entrenamiento —saludó a Jean, con un gesto amistoso.
Luego, Lusian se inclinó para acariciar a Aureus, el compañero de Adela.
—Se ve mucho más fuerte ahora, mi señor. Si Umber se descuida, nosotros ocuparemos su lugar —bromeó Adela, provocando que Umber le lanzara una mirada desaprobadora.
Jean, aprovechando la pausa, preguntó con cautela:
—Escuché que vas a visitar a la duquesa Sofía. ¿Ocurrió algo, señor?
Lusian mantuvo la calma y respondió con naturalidad:
—No ha pasado nada importante. Solo estoy tratando de arreglar algunos asuntos pendientes.
Al ingresar al restaurante, Lusian lo recorrió con la mirada, y fue entonces cuando vio a Emily. Sus ojos se iluminaron por un instante, y sin dudarlo, se levantó y se dirigió directamente a su lado. Lusian la observó acercarse, el corazón latiéndole más rápido de lo habitual. Cada paso de Emily parecía ralentizarse, como si el tiempo mismo se plegara a ese instante.
Desde la esquina, Elizabeth y Kara se mantenían ocultas tras sus copas y platos, observando con atención la escena. Cada gesto, cada movimiento, parecía capturar su completa atención.
Elizabeth, con un hilo de voz cargado de desdén, murmuró apenas audible:
—Maldita zorra.
Kara frunció el ceño, girando un poco la cabeza, confundida:
—¿Qué? ¿Dijiste algo?
Elizabeth se encogió de hombros, su sonrisa radiante y venenosa al mismo tiempo:
—No he dicho nada.
Luego, inclinándose hacia adelante, como si el susurro pudiera perforar la distancia, cambió de tema con curiosidad evidente:
—A propósito… ¿por qué estás usando vestidos ahora? Pensé que los odiabas. ¿Estás intentando conquistar a alguien?
Kara sintió cómo sus mejillas ardían y sus manos se crispaban sobre la mesa; la frustración y el rubor se mezclaban:
—¿¡Quién crees que estoy intentando conquistar, ese idiota!?
Elizabeth arqueó una ceja, divertida por la reacción de Kara, dejando que el silencio hablara por un momento antes de preguntar con precisión quirúrgica:
—¿Fue con Lusian con quien apostaste?
Kara bajó la mirada, la voz apenas audible y cargada de vergüenza:
—Sí… ese idiota me venció otra vez. Se ha vuelto muy fuerte. Aposté que tendría que usar vestidos toda la semana.
Elizabeth la miró con la frialdad de quien dicta una sentencia, sus ojos penetrantes recordándole la realidad:
—Recuerda que las cuatro casas principales del reino no pueden mezclarse. Mantente alejada de Lusian.
Kara levantó la cabeza, con la determinación burbujeando en cada palabra y en cada línea de su cuerpo:
—Eso ya lo sé. No hace falta que me lo digas. Cuando lo derrote, podré estar tranquila.
Al medio día, Lusian salió de la academia llevando a Isabella con él. Su paso era firme, decidido, como si cada zancada lo acercara un poco más a derribar los planes de los Denisse. Isabella caminaba junto a él, con una mezcla de nervios y determinación, consciente de que el éxito de su misión dependía de este momento.
Llegaron al templo de Sangus, imponente y silencioso, con sus columnas altas y estatuas que parecían vigilar cada movimiento. Lusian esperó unos instantes, observando la entrada, hasta que escuchó las voces tensas de Sofía y Laurence. Cuando Laurence vio a Isabella, su ira explotó; sus ojos se cargaron de furia y su postura amenazante mostraba que no dudaría en usar la fuerza.
Lusian y Umber se colocaron inmediatamente a su lado, formando un escudo protector alrededor de Isabella. Lusian respiró hondo y habló con voz firme:
—Tranquilízate, padre. Hay algo que necesitas escuchar para entender la situación.
Laurence, rojo de ira, casi gritando, respondió:
—¡Tú eres el que no entiende la situación! ¡Hazte a un lado!
Lusian, con el rostro serio y los hombros firmes, replicó:
—Es mi deber garantizar su protección, por lo tanto, no permitiré ningún intento de hacerle daño.
Laurence se detuvo un instante, sorprendido por la determinación de Lusian:
—¡Tú también has caído bajo los encantos de esa bruja! ¡Qué decepcionante!
Sofía se colocó a su lado, cruzando los brazos con una expresión severa y firme:
—Deja de ser tan inmaduro, Laurence. Querer hacerle daño a una niña de la que no sabes si es culpable es lamentable.
Lusian, tratando de mantener la calma, se inclinó un poco hacia Laurence:
—Escucha lo que ella tiene que decir. Estamos en el templo del dios de la verdad. Isabella no podrá mentir, y entenderás que la situación es más complicada de lo que crees.
Dentro del templo, la luz del sol se filtraba a través de los vitrales, proyectando patrones irregulares sobre los fríos pisos de piedra. Un monje apareció frente a la estatua del dios Sangus y comenzó a conjurar un hechizo sobre Isabella. Una luz azulada y etérea envolvió su cuerpo, y un escalofrío recorrió su espalda. Cualquier mentira que pronunciara activaría una maldición que la llevaría a una muerte dolorosa.
Laurence observaba desde un costado, los puños apretados y la mandíbula tensa. Sus ojos no se suavizaron ante la joven, pero la tensión en su ceño empezó a ceder mientras escuchaba atentamente la confesión de Isabella. Con cada palabra, comprendía que detrás de la desaparición de los Armett había intereses de una familia que se beneficiaba de su desgracia. Su investigación sobre los traidores del reino lo había preparado para entender que todo era parte de una estrategia del imperio para desestabilizar el reino, y que Caleb había sido una víctima inocente dentro de ese plan.
Al terminar la confesión, Isabella bajó la mirada, agotada y temblorosa, mientras Laurence apretaba los puños, su rostro una mezcla de furia contenida y resignación, y salió del templo con pasos firmes.
Sofía, que había seguido la escena desde un costado, se acercó a Lusian y le pellizcó suavemente las mejillas, sonriendo con ternura:
—Lo hiciste muy bien, mi pequeño.
Lusian, con el rostro todavía teñido de tensión, balbuceó:
—¿Crees que sirva de algo esto que hicimos, madre?
Sofía continuó pellizcando sus mejillas mientras hablaba con firmeza y afecto al mismo tiempo:
—No te preocupes, claro que servirá. A pesar de todo, Laurence no es estúpido, entendió claramente lo que sucedió.
Un suspiro de alivio escapó de Lusian, y su cuerpo relajó la rigidez que había sostenido durante toda la situación:
—Entonces, Isabella y su familia estarán a salvo.
—No es tan sencillo, pequeño. La ofensa de la familia Armett debe ser pagada, e Isabella está muy involucrada en esto —advirtió Sofía, clavando sus ojos en los de Isabella con la seriedad de quien sabe que no hay vuelta atrás.
Se detuvo un momento, midiendo cada palabra mientras explicaba las opciones que la nobleza ofrecía para castigarla:
—De acuerdo a los reglamentos de la nobleza, ella tiene 3 opciones. Primero, la muerte. Segundo, la esclavitud. Y tercero, la servidumbre. A pesar de que ella no tuvo la intención de estar involucrada en la muerte de Caleb, sigue siendo su responsabilidad y debe pagar por ello.
Sofía, fija y solemne, miró directamente a los ojos de Isabella:
—Te dejaré elegir tu castigo. Decide.
Isabella tragó saliva, sus manos temblando levemente y los ojos llenos de miedo:
—¿Tengo que decidir ahora?
—Te daré una semana para escuchar tu decisión. Si no decide, yo elegiré por ti —respondió Sofía con voz firme, dando media vuelta y retirándose, dejando un silencio pesado que parecía llenar todo el templo.
De camino a la academia, Lusian caminaba junto a Isabella, su gesto mezclando preocupación y alivio. Con un leve suspiro, se disculpó:
—No esperaba que fuera tan estricta.
Isabella, con una sonrisa tímida y los ojos brillando de gratitud, respondió:
—Gracias, señor Lusian.
Mientras caminaban, Lusian prometió intentar convencer a su madre para que disminuyera el castigo de Isabella. Sin embargo, Isabella mantenía la decisión de no causar más problemas y aceptar lo que viniera. Lusian insistía en que lo importante era resolver la situación lo más pronto posible, mientras su mirada, más suave que nunca, se cruzaba con la de ella.
Isabella, pensando en los esfuerzos y la determinación de Lusian, se preguntó si él podría tener sentimientos por ella. Con un gesto de gratitud y una leve inclinación de cabeza, le dijo de nuevo:
—Gracias, señor Lusian.
Al llegar a la academia, el cielo ya estaba teñido de naranja y violeta, y las sombras de los edificios se alargaban sobre el patio. Isabella caminaba con pasos rápidos hacia su habitación, tratando de calmar los nervios que todavía le recorrían el cuerpo después del día intenso.
De repente, fue interceptada por sus dos hermanos, que habían salido a buscarla preocupados. Sus ojos reflejaban miedo y confusión mientras la miraban de cerca.
Benjamín, con el ceño fruncido y la voz temblorosa de preocupación, preguntó:
—Hermana, ¿estás bien? ¿No te hizo nada ese monstruo?
Isabella detuvo sus pasos, respiró hondo y se inclinó ligeramente hacia él, con una sonrisa tranquila intentando transmitir seguridad:
—Estoy bien. El señor Lusian fue muy amable. No se preocupen, todo estará bien.
Corwin, cruzando los brazos y con las cejas arqueadas por la curiosidad, agregó:
—¿Por qué saliste con él? ¿Te tiene amenazada?
Isabella bajó la mirada un momento, recordando las tensiones del día, y luego la levantó con firmeza mientras explicaba con voz calmada pero segura:
—El señor Lusian quería ayudarme con nuestra situación. Aunque aún no se ha solucionado del todo, es posible que podamos evitar la guerra.
Benjamín dio un paso adelante, el rostro cargado de ansiedad mientras su voz temblaba ligeramente:
—Hermana, ¿qué precio debemos pagar para lograr eso?
Isabella los miró a ambos, con una leve sonrisa que mezclaba alivio y determinación, y los tranquilizó con un gesto de cabeza:
—Ustedes no tienen que pagarle nada. Yo me haré cargo de eso.
Por un instante, los tres permanecieron en silencio, envueltos por la luz del atardecer que caía sobre la academia. Benjamín suspiró, mientras Corwin bajaba la mirada, con culpa y preocupación, comprendiendo que, aunque la situación seguía siendo grave, posiblemente tendría una solución… aunque Isabella tendría que pagar un alto precio.
El pasillo estaba casi vacío cuando Lusian avanzaba con paso tranquilo, las manos en los bolsillos, perdido en sus pensamientos. De pronto, una descarga eléctrica rozó su espalda, chispeando en el aire con un zumbido agudo. Reaccionó al instante, girando sobre sí mismo y esquivando el siguiente destello que se estrelló contra la pared.
Frente a él, entre la penumbra y el resplandor azul del hechizo disipándose, estaba Elizabeth, con la mirada encendida y el ceño fruncido.
Sin decir palabra, ella le hizo una seña con la mano para que la siguiera. Lusian suspiró, sabiendo que negarse sería inútil. La siguió por un pasillo lateral hasta que llegaron a una habitación vacía. Apenas cruzó el umbral, Elizabeth lo empujó con fuerza contra la pared.
El golpe resonó. Ella se acercó, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
Con un tono cargado de sarcasmo y celos mal contenidos, murmuró:
—Veo que te gusta tener muchas mujeres a tu alrededor, querido mío.
Lusian intentó mantener la calma, levantando las manos en señal de paz.
—No es lo que piensas, Eli. Podrías calmarte un poco.
Elizabeth lo observó con ojos centelleantes, su expresión oscilando entre enojo y duda.
—Será que estoy confundida —respondió con voz tensa—. Está tu prometida, Kara persiguiéndote siempre, y ahora te llevas a Isabella a una cita. Explícame o tendrás muchos problemas conmigo.
Lusian soltó un suspiro cansado.
—Sabes que mi compromiso con Emily no fue lo que quise. Kara está obsesionada con pelear, y en cuanto a Isabella, hay un conflicto que podemos evitar. La llevé con mis padres para aclarar la situación.
Elizabeth lo miró en silencio unos segundos… luego se inclinó lentamente hacia él. De pronto, lo mordió suavemente en la oreja, una mezcla de castigo y provocación. Estaba por alejarse cuando Lusian la tomó del brazo y, sin pensarlo, la atrajo hacia sí.
El beso fue intenso, una explosión de tensión contenida. Elizabeth, con las mejillas encendidas, golpeaba su pecho con rabia contenida.
—¡Qué crees que haces! No estoy de humor para esto —dijo entre jadeos, su voz temblando entre ira y deseo.
Pero Lusian no se apartó. La sostuvo con delicadeza, su mirada fija en la de ella, y volvió a besarla, esta vez con ternura.
—Sabes que tú eres la única —confesó en voz baja—. He tenido sentimientos intensos hacia ti desde hace mucho tiempo. Que actúes tan celosa solo me hace quererte más.
El silencio que siguió fue denso. Elizabeth lo observó, el pecho agitado, sus labios aún temblando entre orgullo y emoción.
“Sombras de la Corona, Espadas del Futuro”
El salón del trono olía a cera y a tapices viejos; la luz que se filtraba por las altas ventanas dibujaba líneas doradas sobre el mármol pulido. Laurence Douglas, con la capa aún manchada del polvo del camino, se arrodilló frente al rey Felipe. En su mano sostenía un pequeño estuche de cuero —las pruebas—, pero su peso era simbólico, casi insoportable.
—Majestad —dijo con voz grave, el eco rebotando en las paredes del recinto—. He confirmado que los principales culpables de la traición son la familia Denisse. Pero no están solos. Hay otras tres casas implicadas: los Sneider, los Brown y los Armett. Todas mantienen lazos con el imperio.
El rey Felipe se dejó caer lentamente en su trono, cubriéndose el rostro con una mano. La corona, aunque ligera, parecía aplastarlo.
—¡Qué desastre! —murmuró con frustración contenida—. Cuatro familias… en un momento como este. No podía esperar otra estupidez semejante.
Laurence no respondió de inmediato. Su silencio pesaba más que cualquier acusación. Los Douglas rara vez hablaban más de lo necesario. El rey lo sabía, y aquello lo inquietaba.
—¿Cómo planeas proceder? —preguntó Felipe al fin, intentando sonar autoritario, aunque su tono traicionaba una sombra de cautela.
Laurence levantó la vista, sus ojos grises fríos como el acero.
—Los Denisse son míos, majestad. Mi hijo murió por su mano, y yo mismo los erradicaré. Le corresponde a usted decidir el destino de las demás familias.
El rey asintió, pero Laurence no se movió.
—Hay algo más —añadió con calma—. Los Denisse parecen tener tratos con el culto demoníaco. Aún no tengo pruebas concluyentes, pero lo sabré pronto.
El silencio se extendió, tan tenso que el crepitar de una vela sonó como un trueno. Felipe lo observó, sabiendo lo que esas palabras implicaban. Los Douglas no hablaban en vano; cuando declaraban una amenaza, era porque ya habían decidido eliminarla.
Laurence inclinó ligeramente la cabeza.
—Nuestra casa ha servido al reino desde su fundación. Somos la espada que corta en la oscuridad para que la corona pueda brillar. Actuaremos como siempre, sin ruido ni aviso.
El rey entrecerró los ojos, incómodo. Sabía lo que eso significaba. Cuando los Douglas “actuaban en silencio”, los enemigos del reino simplemente… desaparecían. Y, en ocasiones, también lo hacían los aliados que se habían atrevido a cruzar la línea.
—Laurence —dijo el rey con un dejo de advertencia—, recuerda que solo yo decido a quién se aplica la justicia del reino.
Laurence esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Por supuesto, majestad. Pero recuerde… nuestra espada no sirve a hombres, sino al reino.
Y sin esperar permiso, giró sobre sus talones y se retiró.
El sonido de sus pasos resonó en el mármol como un juramento antiguo, recordándole al rey que, incluso en su trono, había cosas en este reino que no le pertenecían del todo.
El sol caía a plomo sobre la arena de entrenamiento, tiñendo el campo con destellos dorados. El aire vibraba con el murmullo de los aprendices que se detenían para observar. En el centro, Lusian sostenía su espada con calma, mientras frente a él se alzaba Adel Douglas, hermano gemelo de Adela, su expresión firme y su mirada llena de orgullo.
—Mi señor, con su permiso… quiero luchar correctamente y demostrarle mi fuerza —dijo Adel, inclinando la cabeza con respeto antes de adoptar su postura de combate.
Lusian asintió apenas, el filo de su espada reflejando la luz.
—Adelante, veamos qué tan fuerte eres.
El primer choque de acero retumbó en la arena. Hector avanzó con ímpetu, su espada cortando el aire con precisión. Golpe tras golpe, buscaba una apertura, pero Lusian, sereno, desviaba cada ataque con movimientos medidos, casi elegantes. Su respiración permanecía estable, su mirada fija, anticipando cada movimiento como si pudiera leer el ritmo del combate.
Hector frunció el ceño, dando un paso atrás. Con un giro de su muñeca, conjuró un círculo mágico bajo sus pies; el aire se volvió húmedo y denso. De su espada brotó un corte de agua comprimida que silbó al desplazarse, lo bastante afilado como para partir en dos a un hombre.
Un murmullo recorrió a los espectadores. Lusian, en cambio, no se movió hasta el último instante. Entonces, una chispa oscura recorrió sus ojos; su cuerpo se inclinó hacia un lado con un movimiento casi instintivo, dejando que el tajo pasara rozando su hombro y destrozara el suelo a sus espaldas.
Antes de que Hector pudiera recomponerse, Lusian canalizó maná oscuro en su espada. Un energía etéreo emergió de la hoja, lanzándose hacia el costado izquierdo de su oponente mientras él mismo se movía hacia la derecha, atacando en un doble ángulo. Hector logró bloquear el golpe físico, pero el impacto del maná lo alcanzó, arrancándole un gemido y haciéndolo tambalear.
Lusian no dudó. Giró su espada y, con un solo movimiento fluido, colocó el filo en la garganta de Hector.
El silencio cayó sobre la arena.
—Bien hecho, eres bastante habilidoso, Hector —dijo Lusian, retirando la espada con una leve sonrisa.
Hector respiró hondo, aún sorprendido por la velocidad de su señor. Luego se arrodilló, bajando la cabeza.
—Gracias, mi señor… no merezco sus halagos.
El público contuvo la respiración, y por un instante, el sonido del viento fue lo único que llenó el lugar.
El aire de la academia aún estaba impregnado del eco de los combates. Durante toda la semana, las arenas habían sido testigo de duelos intensos que mantenían a estudiantes y maestros en vilo. Entre los enfrentamientos más comentados estuvo el de Jean contra Walker Wall, un joven recién ascendido a la clase A.
La multitud observó con expectación cómo Walker intentaba demostrar que merecía su nuevo rango, pero bastaron unos pocos intercambios para que la diferencia quedara clara: el poder y la experiencia de un legionario intermedio eran abrumadores. Jean lo derrotó con firmeza, sin arrogancia, dejando que su desempeño hablara por él.
En el otro extremo del campus, la arena de magos vibraba con una tensión distinta.
Emily se encontraba frente a Melodi Denisse, la catorceava mejor maga de la academia. Muchos esperaban que Emily cayera con rapidez; algunos incluso apostaban en su contra. Pero el aire cambió cuando los círculos mágicos comenzaron a brillar a su alrededor. La luz de su maná se elevó, pura y temblorosa, hasta condensarse sobre su cabeza.
De pronto, una lluvia de rayos de luz descendió como una tormenta divina.
Melodi intentó conjurar una barrera, pero el impacto la desbordó, aturdiéndola por completo. El silencio posterior fue abrumador: todos sabían que acababan de presenciar algo excepcional.
Emily descendió lentamente de la plataforma, el sudor marcando su frente, su respiración entrecortada pero triunfante.
Fue entonces cuando lo vio: Lusian, observando desde las gradas. Su mirada tranquila, pero llena de orgullo, se cruzó con la de ella.
—Felicidades por tu victoria, Emily. Perfeccionaste el hechizo, eres una maga muy talentosa —dijo Lusian al acercarse, su voz serena pero genuinamente cálida.
Emily parpadeó, algo sorprendida, y una leve sonrisa suavizó sus rasgos.
—Gracias, Lusian. No sabía que venías a apoyarme —respondió, su tono cargado de gratitud.
Lusian inclinó ligeramente la cabeza, los reflejos de la luz mágica aún danzando sobre su armadura.
—Claro, quería presenciar tu victoria. Estaba seguro de que ganarías. Definitivamente serás una de las mejores este año —afirmó con convicción.
Ella bajó la mirada, jugando con los dedos del guante mientras el rubor le subía a las mejillas.
—Trataré de cumplir con tus expectativas. ¿No te desilusionarás si pierdo? —preguntó, su voz temblando apenas.
Lusian sonrió, una expresión rara en él, sincera y serena.
—Claro que no. Sé que lo harás muy bien. Incluso si enfrentas derrotas, es parte del crecimiento y la experiencia. Lo importante es que siempre des tu mejor esfuerzo y aprendas de cada desafío.
La multitud rugía, ansiosa por el siguiente combate.
Elizabeth subió con elegancia a la plataforma, su cabello ondeando bajo la brisa mágica que recorría la arena. Antes de adoptar su postura de combate, su mirada, casi de forma instintiva, se desvió hacia las gradas.
Allí estaba Lusian, de pie junto a Emily, inclinándose hacia ella con una sonrisa leve, diciendo algo que la hizo reír.
Una punzada de incomodidad cruzó el pecho de Elizabeth. No era celos —o al menos eso se dijo a sí misma—, sino una sensación amarga, casi desconocida, que prefirió enterrar bajo una capa de orgullo. Inspiró hondo y se obligó a mirar al frente.
La voz del juez resonó por encima del bullicio:
—¡Elizabeth Erkhan contra Nora Rymer! ¡Comiencen!
El duelo comenzó con una explosión de luz y sonido.
Nora lanzó una cadena de relámpagos hacia ella, pero Elizabeth, sin perder la compostura, giró su varita en el aire, trazando un arco eléctrico que desvió el ataque con elegancia. La energía crepitaba entre ambas, iluminando sus rostros con destellos dorados y azulados.
Sin embargo, algo en Elizabeth había cambiado.
Sus movimientos eran más veloces, sus ataques más agresivos; el maná a su alrededor parecía vibrar con furia contenida. Un impulso la empujaba a demostrar algo —quizá a alguien— que no podía poner en palabras.
El público contuvo la respiración cuando Elizabeth reunió electricidad en su mano, formando un orbe que rugía con un poder casi salvaje. Con un solo movimiento, lo lanzó directo contra Nora.
El impacto levantó una onda de aire que sacudió los estandartes del lugar. Cuando la luz se disipó, Nora yacía de rodillas, exhausta, sin poder continuar.
El juez alzó la mano, declarando el resultado:
—¡Victoria para Elizabeth Douglas!
El clamor del público la envolvió, pero ella apenas lo escuchó. Sus ojos ya buscaban entre las gradas.
Y entonces lo vio: Lusian, con una expresión serena pero llena de reconocimiento, le hizo una pequeña señal con la mano, como si compartieran un secreto silencioso.
Elizabeth contuvo una sonrisa, pero una chispa traviesa se escapó en la curvatura de sus labios.
Respondió con una sonrisa coqueta, orgullosa, mientras una descarga eléctrica cruzaba el aire, iluminando por un instante el espacio entre ambos.
Tres días después de la crucial reunión entre Laurence y el rey Felipe, el aire estaba cargado de un silencio ominoso. Noah Armett permanecía inmóvil, escuchando las condiciones impuestas por los Douglas, su rostro una máscara de frustración contenida. Sofía había dictaminado que su ejército quedara bajo el completo control de los Douglas y que Isabella fuera entregada a la familia en cuestión. Cada palabra caía sobre Noah como un golpe frío: la rendición era inevitable, pero su orgullo ardía, y lo único que podía hacer era ganar tiempo, mientras la tensión se expandía por toda la región.
En un movimiento que nadie esperaba, Laurence declaró la guerra contra los Denisse. La noticia cayó sobre Tomas Denisse como un rayo en la noche. Había esperado un Laurence consumido por la ira, un hombre que arrasaría con los Armett sin contemplaciones. Pero frente a él estaba un estratega, frío y calculador, alguien que superaba incluso sus previsiones más despiadadas.
Tomas se frotó la frente, aturdido. ¿Cuándo había tenido Noah la oportunidad de hablar con Laurence? Cualquier encuentro entre ellos habría significado sangre y muerte, y sin embargo, Laurence había actuado con precisión, dejando sus planes hechos añicos. El miedo se arrastró por su espalda como un río oscuro: todo lo que había construido ahora pendía de un hilo.
—Humano, has tomado una decisión, ¿no es así? —la voz de Bragoz resonó en la sala, grave, cargada de irritación.
Tomas tragó saliva, su voz temblando apenas perceptiblemente: —Sí… si hago un trato contigo, ¿cumplirás mis deseos?
Bragoz inclinó la cabeza, evaluándolo con ojos como brasas: —Dependerá de tus acciones. Si realmente deseas poder, puedo otorgártelo.
—Ahora no solo necesito poder —dijo Tomas, apretando los puños—. Necesito tropas, una fuerza considerable. Mi familia está en peligro de desaparecer.
—Dame sacrificios en forma de vidas humanas —respondió Bragoz, su tono no admitía discusión— y tendrás a tu disposición un ejército imparable.
Tomas sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Puedo proporcionarte las personas que necesitas… pero debes saber que solo tengo treinta días antes de que los Douglas nos ataquen.
El silencio cayó como un manto pesado. En esa sala, cada respiración contaba, cada segundo era una cuenta regresiva hacia el conflicto. El destino de los Denisse y la sombra oscura que los Douglas proyectaban sobre ellos se sentía inminente, una tormenta que nadie podría detener.
La luz de la tarde se filtraba por las ventanas del salón, dibujando franjas doradas sobre el piso de madera. Lusian caminaba con paso tranquilo, pero podía sentir las miradas críticas clavándose en su espalda. Cada suspiro, cada cuchicheo a su alrededor le resultaba incómodo, como si el aire mismo juzgara sus decisiones.
Al llegar a su pupitre, Corwin Armett lo esperaba, los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Sus ojos reflejaban una mezcla de rabia y miedo: rabia por lo que Lusian había hecho, miedo de que Isabella sufriera por ello.
—Así que eso era lo que tenías planeado —dijo Corwin, la voz cargada de reproche y afecto protector.
Lusian arqueó una ceja y, sin alterar el ritmo de su andar, respondió: —No sé qué malentendido tienes, pero no estoy dispuesto a tolerarlo.
Corwin dio un paso al frente, sus puños temblando de indignación: —Querías quedarte con mi hermana, despreciable…
Antes de que la tensión estallara, Umber se lanzó sobre Corwin, levantándolo del suelo con un movimiento firme pero sin violencia mortal. Lusian aprovechó la distracción para continuar su camino, ignorando los murmullos que comenzaban a surgir en el aula. Sabía que cualquier explicación sobre su decisión de proteger a Isabella caería en oídos sordos; para todos, era un acto depravado, no de valentía.
Emily se deslizó entre los escritorios y se sentó a su lado, observando con atención cada gesto.
—Entonces… ¿esa fue la solución que encontraste? —preguntó, su voz mezclaba curiosidad y un dejo de reproche.
Lusian suspiró, recostándose ligeramente en su asiento, como si llevara siglos cargando ese peso. —Sé que muchos me juzgarán, pero no puedo dejar que eso me afecte. Lo que hice fue para ayudar, aunque otros no quieran entenderlo. Gracias a ti por ver más allá… y reconocer que soy una buena persona.
Emily le devolvió la mirada con una sonrisa tranquila, casi cómplice, antes de añadir con tono divertido: —A propósito, ¿podrías llamar a Umber? Corwin se está asfixiando debajo de él.
Lusian llamó a Umber, quien liberó a Corwin. El joven se levantó tambaleante, con la cara roja y humillada. Lusian lo observó un instante, y su mirada era clara, fría: —No te atrevas a faltarme al respeto otra vez. Aunque estemos en la academia, debes conocer tu lugar, Corwin.
Corwin se dejó caer en su asiento, la cabeza baja, mientras un silencio pesado se instalaba en el salón. Los demás estudiantes no pronunciaban palabra; ninguno quería interponerse en la autoridad silenciosa de Lusian.
Lusian cerró los ojos por un instante, y un dolor sordo le recorrió la frente. Actuar como el Lusian original le agotaba más que cualquier combate o hechizo. Sus pensamientos anhelaban algo simple y seguro: regresar esos viejos tiempos en donde estaba en su habitación, encendía su computadora y olvidaba por unas horas cualquier problema.
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