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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 21

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Capítulo 21: Capítulo 21 Asedio

“El Peso de las Decisiones”

Al día siguiente, mientras Lusian se preparaba para iniciar su jornada en la academia, le avisaron que alguien solicitaba audiencia. Intrigado, salió a recibir al visitante.

Al abrir la puerta, encontró a Isabella, que se inclinó profundamente, sus ojos brillando con una mezcla de determinación y gratitud.

—Buenos días, mi señor. Me presento como su nueva sirvienta —dijo con voz firme—. Haré todo lo que esté a mi alcance para cumplir sus deseos y honrar el pacto que hice para salvar a mi familia.

Lusian suspiró, recordando que no había logrado aliviar por completo el castigo que recaía sobre ella. Cada palabra de Isabella le recordaba lo extraño y complejo que era este mundo.

—No es necesario que sigas las normas tan estrictamente —respondió, intentando suavizar la tensión—. Puedes continuar tus días en la academia como siempre lo has hecho.

Pero Isabella permaneció firme. Su mirada reflejaba respeto y una gratitud profunda, casi tangible.

—Le agradezco, mi señor —dijo, con la voz apenas temblando—. No lo hago solo por obedecer. Estoy sinceramente agradecida y quiero cumplir con mi deber por lo que hizo por mi familia. Seguiré las normas como su sirviente, con lealtad y honor.

Lusian cerró los ojos por un instante, sintiendo un leve dolor punzante en la cabeza. La situación lo agotaba más que cualquier combate, pero no podía ignorar la sinceridad de sus palabras. Con un hilo de resignación y cuidado, respondió:

—Está bien… haz lo que quieras.

Por un instante, el silencio se apoderó del salón, lleno de un entendimiento tácito: ella cumplía su promesa, y él debía aceptar las consecuencias de sus decisiones.

La pastelería de la capital estaba tranquila, con el aroma dulce de pan recién horneado flotando en el aire. Sofía entró, sus pasos resonando suavemente sobre el suelo de madera. La guiaron hacia una sala privada, y al abrir la puerta, la reina Adelaine la esperaba, sentada junto a la ventana, con la luz de la mañana iluminando su rostro.

—Hola, Adelaine —dijo Sofía, con una sonrisa leve, intentando ocultar la preocupación que bullía bajo su calma—. ¿Cómo va todo?

Adelaine la miró fijamente, sus manos entrelazadas sobre la mesa. Cada palabra que siguió llevaba un filo de ansiedad:

—Tengo problemas… dos, para ser exactos. Están rompiendo las reglas, y no veo que hagas nada para impedirlo.

Sofía inclinó la cabeza ligeramente, como si adivinara de inmediato de quién hablaba:

—¿Te refieres a Lusian y Eli?

—¿No crees que exageras con el trato que le das a Lusian? —replicó Adelaine, sus ojos brillando con firmeza y preocupación—. Deberías ser más estricta. ¿Te tengo que recordar que él será el futuro duque?

Sofía respiró hondo, dejando que la luz del sol atravesara la ventana y jugara sobre su rostro antes de hablar:

—¿Y si le permitimos decidir por sí mismo?

Adelaine se levantó, casi al borde de gritar, sus manos temblando ligeramente:

—¡Sabes lo que estás diciendo!

Sofía se acercó un paso, bajando el tono, como si compartiera un secreto:

—¿Acaso cuando eras joven no quisiste decidir sobre tu propia vida?

Adelaine cerró los ojos, recordando decisiones que la habían marcado:

—Aunque quisiera, tenía responsabilidades que cumplir.

—Yo aún lo deseo… —susurró Sofía, dejando que su vulnerabilidad se filtrara por primera vez—. Poder decidir sobre mi vida. ¿Por qué no permitirírselo a mi hijo?

—No es lo correcto, Sofía —dijo Adelaine con firmeza, aunque su voz suavizó un instante—. No puedes comportarte así.

Sofía bajó la mirada, dejando escapar un hilo de confesión que parecía pesarle años en los hombros:

—Aún me siento culpable de haber dado a luz a un hijo por venganza. Quería arruinar la felicidad de Laurence y no pensé que podía hacer sufrir a un ser inocente. Solo cuando lo tuve en mis brazos entendí lo valioso que era… Por eso deseo con todas mis fuerzas compensarlo. Haré todo lo posible por verlo feliz.

El silencio se adueñó de la sala. Solo el suave tic-tac de un reloj rompía la tensión. Adelaine se acercó, y sin palabras, la abrazó. Sofía cerró los ojos un instante, dejando que el calor de la amistad y la comprensión llenara el espacio.

—Está bien, entiendo —dijo Adelaine, separándose ligeramente—. Pero tendremos mucho trabajo por delante para asegurarnos de que nada ni nadie los dañe.

Sofía asintió, sus ojos brillando con determinación, mientras la luz de la ventana iluminaba su perfil. La batalla por el bienestar de su hijo apenas comenzaba.

La arena vibraba con el murmullo de la multitud, pero para Lusian, todo se reducía a un único punto: Leonardo. La calma en su mirada contrastaba con la furia que chispeaba en los ojos de su oponente. Desde que se enteró de los acuerdos que entregaban a Isabella a los Douglas, Leonardo había estado consumido por la rabia. No había advertencia que pudiera calmarlo; el orgullo y el miedo de perderla lo habían encendido.

—Tu familia es repugnante —gritó Leonardo, la voz cortante como un látigo eléctrico—. Usan la fuerza para doblegar a todos los que están por debajo. No tienen honor.

Lusian respiró hondo, y con un gesto casi despreocupado, respondió:

—Cuida tus palabras y no te inmiscuyas en asuntos que no te corresponden.

—Los asuntos de Isabella son mis asuntos —insistió Leonardo, los músculos tensos, cada palabra cargada de ira contenida.

—Quieres parecer un salvador, pero solo proteges tus propios intereses —dijo Lusian, la voz tranquila, fría como el acero—. No entiendes la situación real.

—¡Cállate! —rugió Leonardo, y un aura azul centelleante empezó a envolver su cuerpo—. Haré que tu familia pague por todo lo que ha hecho.

El choque comenzó como un estallido. Lusian avanzó con precisión quirúrgica: cinco estocadas consecutivas, cada una bloqueada con el filo chispeante de la espada de Leonardo. Este respondió con electricidad, el aire alrededor de su espada vibrando y zumbando, enviando descargas hacia Lusian. El maná que lo cubría absorbía parte del daño, pero cada chispa le recorría los músculos, entumeciendo sus extremidades, ralentizando sus movimientos.

Con la mirada fija, Lusian esperó el momento oportuno. Aprovechó la fuerza de un ataque de Leonardo, bloqueando y girando en un solo movimiento. Se lanzó hacia la espalda de Leonardo, pero este, sintiendo el peligro, se impulsó con una descarga de electricidad, rodando por el suelo con agilidad. Lusian no perdió un segundo: una patada bien dirigida envió a Leonardo nuevamente al suelo, y un torrente de lanzas de maná oscura lo golpeó una y otra vez, perforando la defensa de su campo eléctrico y dejándolo tambaleante.

El príncipe no se rindió. Creó un campo eléctrico a su alrededor, un halo de centellas que chisporroteaba y quemaba el aire, protegiéndose de los ataques. Pero el esfuerzo constante drenaba su maná; sus rodillas tocaron la arena mientras jadeaba, cada respiración un recordatorio de su límite. Solo le quedaba un último intento. Clavó la espada en la arena, y del cielo descendió un rayo que lo atravesó, utilizando su cuerpo como conductor. La electricidad explotó a su alrededor, sincronizada con el ataque de Lusian, obligándolo a reforzar su maná, absorbiendo el impacto mientras los cabellos se erizaban y la piel se cubría de pequeñas chispas.

Cuando la luz se desvaneció y la arena dejó de temblar, Lusian permanecía en pie. Sus músculos vibraban por el esfuerzo, el cabello erizado, el rostro manchado de sudor y polvo. Leonardo, exhausto, se mantenía de pie solo por orgullo, los pulmones ardiendo, el maná agotado.

—¿Te rindes o debo darte el último golpe, príncipe entrometido? —preguntó Lusian, la espada en alto, la voz firme y helada.

—No me rendiré —jadeó Leonardo, con los dientes apretados, sus ojos destilando desafío y frustración.

Con un solo movimiento preciso, Lusian golpeó la nuca de Leonardo. El príncipe cayó inconsciente, el cuerpo derrumbándose en la arena mientras el polvo se levantaba alrededor, suspendido en la luz del sol. Lusian se inclinó ligeramente, respirando con dificultad, Mientras Leonardo caía, Lusian no pudo evitar pensar que el conflicto entre ellos ya era inevitable.

“Quinientas Mil Almas”

En el territorio de los Denisse, la noche caía sobre la ciudad principal. Desde lo alto de las murallas, el conde Tomás observaba el horizonte con ojos fríos, su corazón latiendo al ritmo de un plan que lo consumía. La desesperación y la ambición lo habían llevado a un pacto que pocos podrían soportar: cada vida inocente traída ante él era un sacrificio, y cada sacrificio fortalecía su magia y su poder.

Más abajo, los habitantes de su territorio llegaban confiados, siguiendo la promesa de seguridad que les había hecho. Nadie sospechaba lo que les aguardaba. Los cultistas habían preparado “refugios”, grandes edificios iluminados por antorchas, pero cada habitación era una trampa: altares improvisados y círculos de invocación cubrían los suelos, esperando a las víctimas que jamás saldrían de allí con vida.

Un grito resonó desde uno de los edificios, seguido por el eco de cadenas y la caída de cuerpos. Demonios surgían de las sombras, ojos ardientes y garras afiladas, alimentándose de la desesperación y el miedo. Quinientas mil almas en apenas quince días habían desaparecido en el silencio de la noche, y el poder de Tomás crecía con cada una.

Mientras tanto, en una cafetería de Vayllencity, Keitaro, Richard y Edward intercambiaban palabras rápidas, sus rostros iluminados por la luz cálida de las velas.

—Les digo que es cierto lo que vi —dijo Keitaro, la voz firme pero cargada de alarma.

Richard palideció. —No puede ser… ¿me estás diciendo que están quemando a la gente?

—Eso es solo la fachada —intervino Keitaro—. Los Denisse dicen que es una epidemia, pero no es cierto. Cada muerte está calculada. Cada sacrificio tiene un propósito. Debemos descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Edward cerró el puño, temblando de rabia. —¡Malditos! Hicieron un trato con demonios… ¡están sacrificando a miles de inocentes!

Mientras hablaban, un relámpago distante iluminó el cielo, reflejando en las ventanas los horrores que ocurrían en las calles y edificios. La ciudad parecía tranquila, pero en cada sombra, en cada callejón, el miedo crecía como un animal hambriento.

Los tres hombres intercambiaron miradas; sabían que lo que se avecinaba no sería un simple enfrentamiento. Era una guerra contra algo que trascendía la lógica, un poder oscuro que podía devorarlos a todos si no actuaban rápido.

La arena de la academia estaba en un silencio tenso, como si incluso el viento contuviera la respiración. Cada espectador sabía que estaba a punto de presenciar la revancha que había esperado durante semanas: Conwick Briggs contra Kasper Bourlance.

—Por fin nos enfrentamos de nuevo, Kasper —dijo Conwick, su voz grave resonando entre los espectadores—. Esta vez, te venceré.

Kasper lo miró, sereno pero con los músculos tensos, recordando los entrenamientos junto a su hermana. —Lo siento, pero tendré que mostrarte la diferencia entre tú y yo —respondió, la mirada fría y calculadora, los labios apenas moviéndose.

Conwick activó su transformación. Su armadura metálica surgió de su cuerpo como un relámpago oscuro, reflejando la luz del sol en un brillo que cegaba por momentos. Cada músculo parecía reforzado, cada respiración resonaba como un tambor. Con un rugido que sacudió la arena, se lanzó al ataque, sus puños cortando el aire con fuerza aterradora y levantando ráfagas que hicieron ondear su capa y agitar la arena.

Kasper se movía como agua entre corrientes invisibles. Sus pasos eran ligeros, casi imperceptibles, y cada giro de su espada trazaba arcos de luz azulada que desviaban los golpes de Conwick como si el acero siguiera un patrón de danzas milenarias. Cada choque de metal era un trueno seco que vibraba hasta los cimientos de la arena, levantando polvo que giraba en remolinos a su alrededor, pintando destellos sobre la armadura de Conwick como cristales rotos.

—¡No importa cuánto me golpees! —gritó Conwick, jadeando, la ira dibujada en su rostro—. ¡Puedo resistirlo todo!

Kasper no respondió. Sus ojos se entrecerraron y concentró su maná; un resplandor azul recorrió su cuerpo y su espada, chispeando como relámpagos contenibles. Se lanzó al ataque con movimientos fluidos, rápidos y calculados. No había vacilación: cada embestida, cada giro de su espada, superaba la defensa metálica de Conwick. Cada impacto hacía crujir la armadura, vibrar los brazos y piernas de Conwick, y levantaba chispas que se mezclaban con el polvo que flotaba en el aire.

Conwick intentó resistir, bloqueando y empujando, pero Kasper parecía anticipar cada reacción. Lo golpeó con precisión, lo giró en el aire, lo empujó con tal fuerza que Conwick voló varios metros, girando sobre sí mismo antes de estrellarse contra la arena. El polvo levantado atrapó los rayos del sol, pintando destellos sobre el metal astillado de su armadura.

Kasper dio un paso adelante, con la espada brillando como un rayo contenible, su respiración firme y controlada, el cabello ligeramente despeinado por el viento generado durante la batalla. Cada músculo estaba tenso, preparado para un solo golpe decisivo. Con un movimiento fluido, derribó a Conwick con un golpe final que resonó como un trueno seco, dejándolo fuera de combate.

La arena quedó en silencio absoluto. Conwick yacía en el suelo, cubierto de polvo y metal astillado, mientras Kasper permanecía firme, respirando con control, observando con frialdad y precisión. La multitud estalló en vítores, pero en su mente solo había una certeza: la fuerza impulsiva nunca podría vencer al control absoluto.

Lusian había estado esperando este momento durante días. Desde la discusión sobre Isabella, Elizabeth lo había evitado, y cada segundo de silencio lo quemaba por dentro. Finalmente, al verla sola en un pasillo apartado, no dudó. La tomó suavemente por la cintura y la condujo hacia un rincón donde nadie pudiera interrumpirlos.

Elizabeth intentó resistirse, pero su fuerza era más simbólica que real. Lusian inclinó la cabeza hacia ella, buscando sus labios, y ella se apartó de inmediato, con los ojos brillando de frustración y confusión.

—¿Te cansaste de tu sirvienta y ahora vienes a mí? —dijo con voz firme, aunque un hilo de vulnerabilidad se escapaba entre sus palabras.

—No es así —respondió Lusian, con la respiración entrecortada—. Sé que me equivoqué, que no hablé contigo antes de que todo esto se desbordara… pero por favor, no me castigues así.

Elizabeth lo miró, cruzando los brazos, intentando mantener la compostura. —Si no te castigo, ¿cuántas más se verán involucradas contigo? —su voz tembló un poco—. No quiero compartirte con nadie.

Lusian sintió un nudo en el estómago. Cada palabra de ella era un recordatorio de lo mucho que podía herirla sin siquiera desearlo. La abrazó con cuidado, acercándola sin invadirla demasiado, su corazón latiendo con fuerza. —Entonces… ¿me perdonarás? —susurró, buscando en sus ojos una chispa de esperanza.

Elizabeth bajó la mirada, luchando contra la mezcla de enfado y afecto que lo confundía tanto como a él. —No… eres un mujeriego desvergonzado —replicó, golpeando suavemente su pecho, intentando mantener el enojo, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras.

Lusian suavizó su abrazo y le habló con voz casi temblorosa, cargada de sinceridad. —No se trata de eso… de nadie más. Eres tú, Elizabeth. Eres tú a quien quiero proteger, quien… quien significa más que cualquier error que haya cometido. Déjame demostrarte cuánto te valoro.

Por un instante, Elizabeth lo miró y vio todo lo que Lusian callaba: arrepentimiento, deseo, miedo de perderla. Su frustración se mezcló con un anhelo que no quería admitir siquiera a sí misma. Lentamente, dejó caer la guardia y permitió que Lusian la acercara, que sus labios se encontraran en un beso suave, lleno de tensión y cuidado.

Mientras se separaban, el silencio entre ellos estaba cargado de promesas no dichas. Elizabeth no podía negar que lo extrañaba, que cada roce despertaba emociones que había intentado reprimir. Lusian, por su parte, sentía el peso de sus errores, pero también la certeza de que no podía dejarla ir.

“Guerra Inminente”

El ejército del duque Laurence estaba listo. Aleph Douglas, general de confianza, se presentó ante el duque para informarle que todas las tropas estaban preparadas. Laurence evaluó la situación con mirada firme y dio la orden de movilización inmediata. El viaje hacia el territorio de los Denisse duraría casi dos semanas, y cada soldado debía permanecer alerta ante cualquier eventualidad.

Mientras los soldados se preparaban, en la ciudad de Vayllencity, Edward, Richard y Keitaro observaban con horror cómo hombres con túnicas negras apilaban cadáveres y los incineraban con magia de fuego. Niños, mujeres y hombres desaparecían en minutos. Los sobrevivientes confirmaban la aparición de demonios tras cada muerte.

—Esto no es solo una epidemia —dijo Edward con el rostro tenso—. Están sacrificando a la gente para invocar demonios.

Usando la tele transportación de Keitaro, el trío se dirigió a un bosque donde los Erkham mantenían una base secreta, planeando cómo detener la masacre sin exponerse.

Mientras tanto, en la academia, la final de magas comenzaba. Roxy Briggs e Isabella Armett se enfrentaban en un duelo de habilidades extraordinarias. Roxy invocó un mar de llamas que avanzaba como un río ardiente, mientras Isabella levantaba un tornado de viento que absorbía y dispersaba el fuego, creando un espectáculo imponente en el cielo.

Isabella lanzó cuatro lanzas de viento con precisión quirúrgica. Roxy levantó un muro de fuego, intentando bloquearlas, pero el tornado mantenía las lanzas firmes y cortantes. El calor y la fuerza del viento obligaban a Roxy a usar su propio mana de fuego para protegerse. Al final, ambas magas quedaron exhaustas. Con sus últimas reservas, Roxy lanzó bolas de fuego desesperadas, pero la maestra Clara intervino, declarando a Roxy como vencedora.

Emily, que observaba la batalla, se sintió intimidada. Lusian se acercó y le acarició suavemente la cabeza:

—¿Siempre vienes a ver mis combates? —preguntó Emily, sorprendida.

—Solo quiero asegurarme de que no te lastimes —respondió Lusian—. Me importa el bienestar de mis compañeros de equipo.

Emily se sintió reconfortada, aunque desconocía los motivos reales de Lusian.

De regreso al frente, los soldados del duque Laurence avanzaban por el territorio Denisse. Cada paso estaba lleno de tensión, pues los rumores sobre demonios y cultos se confirmaban con cada cadáver y cada sobreviviente. Richard y Edward guiaban a Keitaro mientras recopilaban información.

En un claro del bosque, se produjo el primer enfrentamiento con los demonios. Chispas de magia y rayos de fuego cruzaban el aire. Keitaro transportaba a los soldados en saltos espaciales precisos, evitando los ataques mientras los Erkham mantenían la línea defensiva. Cada combate era una prueba de resistencia y estrategia, y la sensación de urgencia se intensificaba.

Mientras Lusian acompañaba a Emily, otra batalla comenzaba en la arena de la academia: Conwick Briggs se enfrentaba a Kasper Bourlance en un duelo lleno de orgullo y rivalidad. Conwick mostraba su forma metálica avanzada, aumentando su fuerza y defensa. Kasper, recordando sus entrenamientos recientes, bloqueaba sus ataques con facilidad, golpeando repetidamente.

Con un ataque decisivo, Kasper logró superar la defensa metálica de Conwick, enviándolo fuera de combate. La multitud estalló en vítores, pero Lusian y Emily apenas prestaban atención, conscientes de que, fuera de la arena, la guerra se acercaba rápidamente.

Al final de la semana, Richard se presentó ante el rey para informar sobre los Denisse. Confirmó la alianza entre el conde Tomás y el culto demoníaco, así como el sacrificio masivo de ciudadanos para invocar demonios. Ante esta amenaza, el rey convocó a todos los nobles a formar una alianza.

—¿Ya terminamos? —preguntó Keitaro, preocupado.

—Por ahora —respondió Richard—. ¿Cuál es tu apuro?

—Iris está embarazada y quiere que esté a su lado —dijo Keitaro, con el rostro serio.

Richard asintió: —Corre a su lado, niño. Nunca sabes cuándo será la última vez que puedas verla mientras eres soldado.

Mientras el ejército del duque Laurence avanzaba hacia el territorio de los Denisse, los estudiantes de la academia se encontraban en las etapas finales del torneo. Lusian, Andrew y Jean The Mondring esperaban ansiosos en la arena para ver quién se convertiría en el último semifinalista.

Kara se colocó firme en la plataforma, sus ojos brillando con arrogancia mientras evaluaba a Alejandro.

—Espero que esta vez no te rindas tan rápido —dijo con un tono desafiante, recordando la última derrota de su oponente.

Alejandro respiró hondo, apretando la empuñadura de su espada. Recordaba con claridad la humillación de la batalla anterior, pero ahora estaba decidido: había mejorado y no dejaría que Kara lo subestimara.

—No subestimes lo que puedo hacer —respondió con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza.

El combate comenzó con un estallido de velocidad. Kara lanzó una serie de golpes rápidos y directos, cada uno acompañado por un leve destello de maná que hacía que sus movimientos fueran casi imposibles de predecir. Alejandro bloqueó con su espada envuelta en fuego, sintiendo cómo el calor quemaba sus muñecas y recorría sus brazos. Cada choque era un martillazo que retumbaba en sus huesos, y la plataforma bajo ellos parecía vibrar con la fuerza del enfrentamiento.

Kara se movía como una ráfaga, esquivando con precisión los contraataques de Alejandro, quien intentaba desesperadamente encontrar una apertura. El sudor le corría por la frente, y por un instante, dudó: ¿sería suficiente su fuerza para superar la velocidad brutal de Kara? Pero no podía permitirse flaquear; el recuerdo de su derrota lo empujaba a seguir adelante.

Llegó el momento crítico. Kara reunió todo su maná y liberó su golpe de área, una onda de energía que sacudió la plataforma y levantó una nube de polvo que cegó momentáneamente a Alejandro. Instintivamente, él canalizó su maná en un corte de fuego, una llamarada que chocó contra la energía de Kara en un estallido cegador. La fuerza del impacto hizo que ambos retrocedieran varios pasos, respirando con dificultad, mientras pequeñas grietas aparecían en la plataforma.

El sudor le caía a Alejandro por la espalda, y su brazo empezaba a temblar. Sabía que estaba consumiendo maná mucho más rápido que Kara. Necesitaba un movimiento decisivo. Reuniendo el último impulso de fuerza, intentó atacarla por la espalda, confiando en la sorpresa.

Pero Kara estaba lista. Con un giro rápido, bloqueó el ataque y usó la fuerza de su golpe para impulsarlo fuera de la plataforma. Alejandro cayó al borde con un dolor agudo que recorrió su brazo derecho: un crujido seco confirmó que estaba fracturado. El impacto le robó el aire, y apenas pudo incorporarse, respirando con dificultad, sintiendo cada fibra de su cuerpo dolorida.

La multitud contuvo el aliento mientras los jueces levantaban la mano de Kara, declarándola vencedora. Kara respiraba con intensidad, su cabello pegado al rostro por el sudor, y miró a Lusian con una mezcla de desafío y diversión:

—Tú serás el siguiente.

—Es malditamente molesto que no lo supere —murmuró Lusian, frunciendo el ceño y apretando los puños con frustración, mientras sus hombros se tensaban.

Emily lo miró con calma, inclinando ligeramente la cabeza y acercándose un poco más, apoyando una mano suavemente sobre su brazo.

—Sabes que no puedes negarte, ¿verdad? Es la regla de la academia.

—¡Sí, lo sé! —respondió Lusian, exasperado, sacudiendo la cabeza y dejando escapar un suspiro pesado—. Pero no significa que no sea molesto. Justo cuando creo que puedo relajarme, ahí está, esperándome con otro desafío.

Emily le sonrió, suavizando la tensión con un toque de ternura, mientras acomodaba un mechón de su propio cabello detrás de la oreja.

—Al menos tienes que admitir que te mantiene alerta. Y… —hizo una pausa, bajando un poco la voz y cruzando las manos frente a ella— además pronto podrás descansar por unos meses.

Lusian levantó la mirada, sorprendido por el cambio en la conversación, y relajó un poco los hombros, apoyando su peso sobre una pierna.

—Tienes razón… con todas las casas nobles regresando a sus territorios, no volveré a verla por un tiempo.

Emily asintió, inclinándose un poco hacia él y colocando una mano sobre su antebrazo, transmitiendo seguridad.

—Sí… serán unos ocho meses, Lusian. Cuando vuelvas al territorio de los Douglas, ¿vendrás a visitarme en mi territorio?

Lusian inhaló profundamente, cerrando momentáneamente los ojos y apretando ligeramente los labios, —Claro, te visitaré en cuanto pueda —respondió, abriendo los ojos y fijando la mirada en Emily, con un leve gesto de determinación, mientras su mente se llenaba de pensamientos sobre la catástrofe apocalíptica que se acercaba y cambiara el mundo para siempre.

Luego, el foco pasó al primer combate de magas: Elizabeth contra Katerine The Mondring. Ambas se colocaron en posición, midiendo la distancia entre ellas. Elizabeth, con el ceño fruncido y los puños ligeramente cargados de maná eléctrico, avanzó con confianza. Katerine, con la palma de las manos abiertas y agua fluyendo a su alrededor, intentó controlar la ofensiva, pero cada ataque eléctrico de Elizabeth atravesaba sus defensas con precisión. Tras un intercambio intenso, Elizabeth logró superar a Katerine y fue declarada vencedora. Su pecho se elevaba y caía con rapidez mientras recuperaba el aliento, y un destello de satisfacción cruzó su rostro.

Después fue el turno de Emily contra Roxy. La joven respiraba profundamente, sintiendo los nervios recorrer su espalda y brazos, pero su concentración se mantuvo firme. Con los ojos entrecerrados, manipuló su maná, conjurando el hechizo Lucidium. Un escudo de luz apareció a su alrededor, reflejando y devolviendo los ataques de Roxy. Roxy, visiblemente frustrada, lanzó un último intento desesperado, pero la barrera de Emily resistió y rebotó la energía directamente contra ella. Con un suspiro de alivio, Emily fue declarada vencedora.

Lusian, que había estado observando desde un costado, se acercó con paso firme y una expresión de orgullo mezclada con alivio. Posó una mano sobre el hombro de Emily, transmitiendo apoyo sin palabras.

—Descansa un poco —le aconsejó—. gastaste demasiado maná, pero lo hiciste muy bien.

El sol caía sobre el territorio de los Denisse, bañando la tierra en un dorado inquietante. Mientras Laurence y sus tropas Douglas establecían el campamento, los magos del ejército levantaban barreras mágicas de vigilancia y analizaban la energía del terreno. Sofía recorría los límites del campamento sobre su bestia mágica, detectando corrientes de mana y posibles emboscadas.

“Donde Los Débiles Caen”

Al mismo tiempo, en la capital de Vayllencity, Tomas Denisse se movía entre sus oficiales, dirigiendo la preparación de sus tropas. La ciudad, silenciosa y vacía, estaba plagada de ecos de advertencia: manantiales de mana demoníaco surgían entre las calles, y criaturas invocadas se retorcían bajo el control de los sacerdotes del culto.

Sofía montaba su corcel negro en el centro del campamento, rodeada de jinetes y bestias mágicas que relinchaban y resoplaban, ansiosos por la orden de avanzar. Su voz cortó el murmullo del campamento.

—Exploren los alrededores de la ciudad —ordenó—. No podemos permitirnos sorpresas. Busquen trampas, emboscadas, demonios… cualquier cosa.

Los jinetes desaparecieron entre los bosques y colinas cercanas, moviéndose como sombras sobre la tierra polvorienta. Laurence se volvió hacia Keitaro, que revisaba mapas extendidos sobre la mesa de campaña, sus dedos marcando posiciones y rutas de avance.

—¿Qué sabemos de la ciudad? —preguntó Laurence, frunciendo el ceño.

—Las aldeas cercanas están vacías —informó Sofía al regresar—. Parece que toda la población se ha refugiado en la capital del territorio. Esto será un asedio prolongado.

Laurence suspiró. —Entonces debemos planear cuidadosamente. Los muros no son altos, pero cada error nos costará vidas.

Un mensajero apareció corriendo, dejando caer una carta con el sello del rey Felipe. Laurence la abrió de inmediato mientras Sofía se acercaba con los brazos cruzados, la impaciencia dibujando su expresión.

—¡Maldito culto demoníaco otra vez! —gruñó—. Si interfieren con nuestros planes y me hacen perder el cumpleaños de mi hijo, su muerte no será rápida.

Al regreso de los exploradores, informaron sobre un hallazgo perturbador: cadáveres incinerados, algunos de ellos posiblemente utilizados para rituales de invocación demoníaca.

Sofía, montada sobre su corcel negro, observaba con ojos atentos el horizonte polvoriento del territorio Denisse. Los relinchos nerviosos de las bestias mágicas y los resoplidos de los jinetes se mezclaban con el viento seco, creando un silencio tenso. Al regresar al campamento, bajó del corcel y se dirigió a la carpa de Laurence, su capa ondeando detrás de ella y los dedos aún ajustando la cincha de su montura.

—Exploré gran parte del terreno alrededor —informó, la voz firme pero cargada de alerta—. No hay tropas esperándonos. Tampoco se ven personas en las aldeas. Parece que evacuaron a toda la población hacia la capital del territorio.

Laurence frunció el ceño, golpeando suavemente la mesa con el puño cerrado.

—Eso era de esperar. Deben haberse refugiado bajo la seguridad que les brinda la capital.

Sofía apretó los labios, cruzando los brazos, la mandíbula tensa.

—Entonces, esta guerra será un asedio. Podremos pasar días… tal vez semanas. Necesitamos un plan para destruirlos rápidamente. No pienso faltar al cumpleaños de mi hijo —su tono era amenazante, y cada palabra parecía dejar un eco de advertencia en la carpa.

Laurence suspiró, pasando la palma por su rostro antes de mirar a los oficiales reunidos a su alrededor.

—Contamos con suficientes magos para derribar las murallas. La ciudad es pequeña, pero no subestimemos lo que nos espera dentro.

Laurence llamó a los oficiales y magos de alto rango para una reunión estratégica. Todos se acercaron a la mesa de campaña, las manos temblorosas de algunos delataban la tensión, mientras otros apretaban los puños con determinación. Los mapas estaban extendidos y cada línea marcada parecía pesar más que la anterior.

—Nuestra prioridad —dijo Laurence, señalando con su bastón— es neutralizar las defensas mágicas y cualquier invocación demoníaca. Los exploradores reportaron rastros de maná demoníaco en el terreno y cadáveres incinerados. Posiblemente se están utilizando para rituales de invocación.

Un murmullo recorrió la sala; los oficiales intercambiaron miradas nerviosas. Algunos mordían el labio inferior, otros apretaban los dientes, conscientes de que cada decisión podría costarles la vida.

Sofía enderezó la espalda, sus ojos brillando con determinación mezclada con tensión:

—Dividiremos nuestras fuerzas. Los jinetes con bestias mágicas patrullarán y bloquearán cualquier intento de escape, además de atacar puntos débiles en las murallas.

un general señaló los mapas con los dedos temblorosos.

—Los magos concentrarán ataques en sectores específicos para derribar los muros y neutralizar la energía demoníaca. Grupos de cinco magos por sector, así reducimos el riesgo de interferencias.

Laurence asintió, pero sus ojos recorrieron cada rostro con seriedad.

—Debemos tener rutas de escape y puntos de resguardo. Si los Denisse invocan demonios poderosos, podríamos quedar atrapados en la ciudad.

Uno de los oficiales veteranos se inclinó sobre el mapa, la voz baja y grave:

—Podemos instalar trampas mágicas y barreras alrededor de la ciudad antes del ataque principal. Así reducimos el margen de maniobra de los demonios.

Sofía apretó los puños sobre la mesa, la tensión de sus hombros hablaba por sí sola.

—Bien. Dividiremos las fuerzas, aseguraremos rutas de avance y escape, y los magos prepararán los ataques. Ningún detalle puede pasarse por alto. Esta ciudad no será un paseo.

Laurence exhaló lentamente, la voz firme pero grave:

—La preparación será clave. Cada error nos costará vidas. La coordinación, disciplina y rapidez decidirán quién sobrevive y quién no.

El silencio que siguió fue casi insoportable; el aire en la carpa parecía cargado de electricidad, como si el miedo a lo desconocido flotara entre los presentes. Los oficiales asintieron, conscientes de que la batalla no sería solo contra hombres, sino contra rituales, magia oscura y lo imprevisible que acechaba en las sombras de la ciudad.

En ese momento, la tela de la carpa se agitó violentamente cuando un soldado entró corriendo, jadeante y con el rostro empapado de sudor.

—¡Mi señor! —anunció—. Llega un mensajero del rey.

Keitaro se adelantó con pasos apresurados, inclinándose con respeto antes de entregar la carta sellada con cera roja. Sus dedos temblaban ligeramente mientras sostenía el pergamino, como si la tensión del momento pesara sobre él. Laurence rompió el sello y leyó en voz alta las palabras del rey Felipe, que detallaban los últimos descubrimientos del personal de inteligencia: movimientos de tropas enemigas, posibles invocaciones demoníacas y preparativos ocultos dentro de la ciudad.

Laurence frunció el ceño, pasando la carta a Sofía con un gesto grave.

—Parece que la batalla será más difícil de lo que habíamos pensado.

Sofía cerró los puños sobre el borde de la mesa, los músculos de sus brazos tensos. Sus ojos brillaban con irritación y un dejo de furia contenida.

—¡El maldito culto demoníaco otra vez! —gruñó—. Si esos lunáticos me hacen perder el cumpleaños de mi hijo, su muerte no será rápida.

Laurence levantó las manos, intentando calmarla, su voz firme pero serena:

—Está bien, recibiremos apoyo del conde Armett. Sus tropas actuarán como vanguardia y reducirán la presión sobre nosotros.

Sofía apretó los labios, mordiendo la tensión que se acumulaba en su mandíbula antes de asentir lentamente:

—Entonces, continuaremos esperando los seis días que faltan en este lugar hasta que lleguen.

Keitaro se aclaró la garganta, la ansiedad reflejada en sus ojos mientras miraba a la duquesa:

—De hecho, duquesa… podría ser mejor atacar ahora mismo. Los Denisse están invocando demonios y, entre más tiempo les demos, más poderosos se volverán.

En Vayllencity, el conde Tomas Denisse estaba dando instrucciones a su gente para detener los rumores sobre sus supuestos vínculos con el culto demoniaco.

Un asistente informó: “Mi señor, los monjes de la diosa Sheila han informado que no hay una epidemia. De hecho, han detectado la presencia de mana demoniaco dentro de la ciudad”.

Tomas se mostró sorprendido y preocupado: “Eso no puede ser. Ordena la búsqueda de demonios en la ciudad y asegúrate de que no descuiden la preparación para la guerra contra los malditos Douglas. Faltan muy poco para que comiencen a atacarnos”.

Antes de que el asistente pudiera completar su respuesta, un soldado entró desesperado en la sala.

El soldado anunció: “Mi señor, los Douglas han llegado y están rodeando la ciudad”.

Tomás, enfurecido, gritó: “¡Cómo es posible! ¿Acaso esa familia no sigue las tradiciones del reino? ¡Son una familia sin honor!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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