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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 22

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Capítulo 22: Capítulo 22 Chispas de Luz y Sangre

“La Muralla Quebrada”

Laurence observaba la muralla de Vayllencity con el ceño fruncido. Los magos del ducado atacaban la puerta de la ciudad, organizados en tres grupos que se turnaban a medida que su maná se agotaba. Llevaban ya dos días de asedio sin descanso, evitando dar tiempo a los defensores para recuperarse. A pesar de las defensas mágicas que reforzaban la muralla, ésta empezaba a ceder bajo el asalto constante. Una vez que cayera, los caballeros avanzarían, y la lucha cuerpo a cuerpo determinaría el destino de la ciudad.

Laurence recordó la información de los espías infiltrados: la ciudad contaba con tres hechizos de área que fortalecían a los defensores y debilitaban a los atacantes. Su objetivo inmediato era claro: invadir la ciudad y enviar a las tropas más capacitadas para destruir esos hechizos, despejando el camino para que el ejército Douglas cumpliera su misión sin pérdidas innecesarias.

El ejército Douglas contaba con equipo superior: armas, armaduras y artefactos mágicos de alta calidad, fruto de un legado que se remontaba a la fundación misma del reino, forjado por generaciones de duques entrenados en la guerra y la estrategia. En contraste, el conde Denisse apenas llevaba tres generaciones como nobles, y su ejército, aunque numeroso, carecía de la experiencia y los recursos que caracterizaban al ducado.

Laurence preguntó, frunciendo el ceño:

—¿Están preparados los soldados?

El general Aleph asintió con firmeza:

—Sí, señor. Esperamos que la muralla caiga y se dará la orden de avanzar a la ciudad de inmediato.

Laurence ordenó:

—Informa a los soldados que avanzarán conmigo y diles que se preparen.

Aleph intentó persuadirlo, con un leve temblor en la voz que traicionaba su preocupación:

—Mi señor, le pido que reconsidere. Permanezca en el comando del ejército y no se ponga en peligro. Los soldados harán un buen trabajo.

Laurence respondió con decisión, sin apartar la mirada de la muralla:

—Ya te lo dije, Sofía permanecerá en el comando. No voy a quedarme de brazos cruzados cuando tengo al enemigo de frente.

Aleph ofreció escoltarlo, pero Laurence negó con la cabeza:

—No quiero que me sigas. Además, si llegara a faltar, no cumplirías tu sueño de ver a Lusian convertido en el nuevo duque. ¿No era eso lo que tanto me insistías?

Aleph aclaró con respeto:

—Mi señor, en el pasado solo le dije eso para que entrara en razón, para que nombrara a su hijo más capaz como heredero.

Laurence asintió con un gesto breve:

—Lo sé, lo sé. Solo ordena a las tropas en la retaguardia y soluciona cualquier problema que surja.

Aleph regresó a la carpa de comando, donde se encontraba Sofía. Ella notó la tensión en su rostro y arqueó una ceja:

—Por la cara que traes… ¿no te escuchó, verdad?

—No, mi señora. El duque insiste en ir a la vanguardia y ponerse en peligro —respondió Aleph con un suspiro.

Sofía lo tranquilizó, cruzando los brazos y observando el horizonte:

—No te preocupes por él. Es lo suficientemente fuerte como para cuidarse solo. Además, asignaste a las mejores tropas para protegerlo. Ahora centrémonos en terminar esta guerra lo más rápido posible.

“El Conde Sin Retorno”

Dentro de la ciudad, el conde Tomás Denisse se movía frenéticamente entre sus oficiales, reorganizando las defensas con un nerviosismo que traicionaba su habitual compostura. Era evidente que las murallas de Vayllencity no resistirían mucho más el asedio; los magos del ejército Douglas superaban en número y en habilidad a los suyos, dificultando enormemente cada intento de reforzar la barrera mágica de la ciudad. La llegada de los refuerzos de la familia Armett no hacía más que incrementar la presión, encerrando a las fuerzas defensoras en un cerco casi imposible.

La desesperación comenzaba a teñir cada decisión. La superioridad numérica y mágica del enemigo era abrumadora, y Tomás sabía que, a menos que tomaran medidas drásticas, la ciudad caería irremediablemente. Su mirada recorría las calles vacías y los tejados silenciosos, cada sombra le recordaba lo cerca que estaba la derrota.

La única esperanza, por el momento, residía en los hechizos de área que debilitaban a los invasores y en la posibilidad de que los demonios invocados regresaran a tiempo. Sin embargo, los monstruos habían partido, reuniendo fuerzas más allá de la ciudad, y Tomás sentía en el fondo que él no estaría allí para verlos regresar. Maldecía su suerte y su ambición desmedida: ser un conde joven de apenas tres generaciones no le daba el prestigio ni el poder de los ducados que habían existido desde la fundación del reino. Esa frustración lo había llevado a buscar alianzas peligrosas, incluso con el imperio, con la esperanza de igualar a los Douglas, pero ahora pagaba el precio de su audacia.

Tomás se lamentaba de cada decisión: si hubiera mantenido el estatus quo, la ciudad no estaría al borde del colapso. Pero era consciente de que ya era demasiado tarde para arrepentimientos. Sus manos temblaban mientras revisaba los mapas y órdenes de batalla; cada movimiento debía ser calculado con precisión, porque incluso un error mínimo podía significar la muerte de cientos de soldados y de su propia ciudad.

A pesar de todo, su mente buscaba oportunidades. Sabía que negociar con Laurence sería prácticamente imposible, considerando el amor que el joven duque sentía por su hijo Caleb y la determinación que ya había demostrado en el campo de batalla.

El soldado entró apresuradamente, el polvo del asalto todavía pegado a su armadura.

—Mi señor… la muralla ha caído —jadeó—. Las tropas de los Douglas han comenzado a invadir la ciudad. Lo más prudente sería retirarnos y reagruparnos.

El conde Tomás Denisse lo miró, los ojos desbordando rabia y desesperación. Su puño golpeó la mesa con un estruendo que hizo temblar los pergaminos.

—¿Retirarme? ¿A dónde iría? —su voz resonó entre las paredes de la oficina—. ¿Arrodillarme ante el rey? Ese maldito me mataría y entregaría mi cabeza a Laurence. No… lucharemos hasta el final. —sus labios se apretaron y su respiración se volvió rápida—. ¡Salgan todos a combatir! ¡Intercepten a los invasores y no permitan que lleguen al castillo de la familia!

Los soldados retrocedieron, dejando un silencio tenso mientras el conde, aún con el rostro palidecido por la furia, se dirigía a una habitación contigua. Allí, entre sombras que parecían vibrar, un ser lo esperaba sentado, con una presencia que helaba la sangre. La sonrisa de Gargranelt era escalofriante, como si conociera todos los temores de Tomás y disfrutara de ellos.

—Te ves terrible, humano —dijo Gargranelt, su voz profunda y calmada—. Te lo he dicho muchas veces, no te preocupes tanto. Esos insectos caerán… y no podrán ponerte un dedo encima.

El conde Tomás cerró los ojos un instante, intentando calmar el temblor que recorría sus manos.

—Su confianza me tranquiliza, mi señor —dijo, la voz más firme de lo que sentía—. Con un duque demoníaco a mi lado, no temo nada… aunque desearía que esta ciudad resistiera sin sufrir demasiado.

Gargranelt se reclinó, los dedos entrelazados, como si el mundo fuera un simple tablero bajo su control.

—Mis hermanos no tardarán en llegar. Relájate, humano. Todo se resolverá… a nuestro favor.

Un silencio pesado se instaló en la habitación, solo roto por el lejano retumbar de la batalla que ya se extendía por las calles de Vayllencity.

“La Espada del Duque”

Laurence avanzaba entre los escombros, con pasos firmes y mirada fija en su objetivo: una casa en el sector suroriental, donde se encontraba el hechizo de área que debía destruir. El aire estaba cargado de humo y magia residual; el olor a pólvora y sangre impregnaba cada rincón.

Algunos guerreros del conde intentaron detenerlo, pero la diferencia de poder era abrumadora. Con un solo movimiento de su espada, Laurence los partía en dos, dejando un rastro de sangre que resbalaba por las piedras mientras los gritos desesperados de los caídos se perdían entre los muros destrozados. La desesperación se palpaba en cada mirada que lo enfrentaba.

De pronto, una figura emergió entre el caos. El comandante del pelotón de defensa, Víctor Denisse, se interpuso en su camino. Sus ojos brillaban con una mezcla de determinación y miedo; sabía que probablemente moriría, pero no podía permitir que el invasor siguiera avanzando sin resistencia.

Víctor concentró su maná, y una intensa aura azul envolvió su cuerpo. Activó un hechizo de rango siete, y su espada, envuelta en vientos cortantes, trazó un arco mortal. Laurence lo esquivó con un movimiento fluido, pero la ráfaga cortó a un caballero que estaba detrás, lanzándolo por los aires. El grito del hombre se perdió entre el polvo.

Laurence frunció el ceño, un destello de furia cruzando sus ojos al ver caer a uno de los suyos. Se lanzó hacia Víctor, y el choque de sus espadas resonó como un trueno. Los soldados alrededor retrocedieron instintivamente; sabían que un solo golpe perdido podía significar la muerte.

Durante unos segundos, la batalla pareció equilibrada. El acero vibraba, el maná crepitaba, y cada impacto dejaba un destello de energía pura. Pero la fuerza de Laurence era superior. Canalizando su maná oscuro en un solo corte, su espada atravesó el aire con un silbido agudo y partió la hoja de su enemigo en dos.

El golpe fue tan brutal que el brazo de Víctor salió despedido por los aires. El comandante cayó de rodillas, gritando entre la sangre y el polvo. Antes de que pudiera reaccionar, Laurence ya estaba frente a él; su espada descendió con precisión, y la cabeza de Víctor rodó por el suelo.

Los ojos del hombre, aún abiertos, reflejaban la incredulidad de quien había creído poder detener al implacable invasor… y que ahora comprendía que la fuerza de los Douglas era algo que ningún mortal podía desafiar.

A pesar de la debilitación provocada por el hechizo de área, Laurence avanzaba con paso firme, implacable. Su mirada fija, sin temor ni vacilación, atravesaba las calles destruidas de Vayllencity. En todo el reino, solo tres personas podrían enfrentarlo; pero dos de ellas no estaban presentes, y la única capaz de matarlo se hallaba lejos, probablemente tomando té en su campamento, ajena al caos que se desataba.

Al llegar a su objetivo, Laurence no mostró piedad ni preocupación por la devastación a su paso. Con un solo gesto, liberó un ataque cargado de maná oscuro. La casa que albergaba el hechizo de área estalló en mil fragmentos, y la explosión lanzó esquirlas de piedra y madera que se confundían con el humo y el polvo que cubrían la ciudad.

Los caballeros que debían escoltarlo llegaron después, jadeantes y cubiertos de sangre, avergonzados por no poder seguir el ritmo de su señor. Laurence se detuvo frente al círculo mágico grabado en el suelo, alimentado por piedras arcanas que aún palpitaban con luz azulada. Con un golpe certero, destruyó los soportes que lo mantenían activo.

El hechizo de área se deshizo en un destello de energía pura que iluminó la calle, y de inmediato los caballeros Douglas y Armett, que combatían por toda la ciudad, sintieron cómo sus fuerzas regresaban, como si un yugo invisible se hubiese levantado de sus cuerpos.

Con la caída del hechizo, la carnicería comenzó. Las tropas invasoras avanzaban como un solo organismo, aplastando toda resistencia. Grupos enteros de caballeros irrumpían en las calles, sus armaduras resplandeciendo bajo un sol velado por el humo.

Desde el cielo, un halcón surcó el aire, sus alas extendidas sobre la ciudad en ruinas. En su lomo viajaba una mujer de ojos claros que observó la batalla con calma y precisión antes de girar el vuelo hacia el campamento de los Douglas.

Al descender, Maite ingresó a la carpa de comando y se arrodilló ante Sofía, que bebía té con la serenidad de quien observa el mundo arder sin perder la compostura.

—¿Cómo avanza la batalla? —preguntó Sofía, su voz serena pero afilada como el filo de una espada.

—Mi señora, los tres sitios con hechizos de área han sido destruidos. La batalla ya se inclina a nuestro favor —respondió Maite, aún jadeante por el vuelo.

—Excelente. Mantén la vigilancia y avísame ante cualquier cambio —ordenó Sofía, dejando la taza a un lado y poniéndose de pie.

Su conexión con las bestias mágicas vibró a través del aire, una onda invisible que la hizo tensarse de inmediato.

—Aleph —dijo, girando con brusquedad—, alerta a todas las tropas de reserva. Preparen las defensas; la batalla está lejos de terminar.

—¿Ha ocurrido algo, mi señora? —preguntó Maite, confundida por el repentino cambio en su tono.

—Se acerca una estampida de monstruos —respondió Sofía, su mirada fija en el horizonte—. Nuestros hombres deben estar listos. Avisa a los comandantes y refuercen cada punto de defensa. No podemos permitirnos sorpresas.

Sofía emergió de la carpa, la capa ondeando con el viento del campo de batalla. A su lado, Aleph seguía su paso mientras ambos evaluaban la situación. Desde la distancia, el estruendo de cientos de pisadas retumbaba sobre el suelo devastado.

Era una estampida. Pero no una cualquiera. Carnívoros y herbívoros marchaban juntos, sus rugidos y bramidos formando un coro aterrador que hacía vibrar el aire. Una amalgama imposible, guiada por un poder que trascendía lo natural.

Los antiguos escritos hablaban de esto: fuerzas demoníacas capaces de subyugar a todas las bestias, reuniéndolas en un solo ejército vivo cuyo único propósito era destruir y conquistar. El solo pensamiento helaba la sangre en las venas de Sofía y de sus comandantes.

—¿Qué han hecho esos malditos Denisse? —susurró Sofía, con los ojos fijos en la tormenta de colmillos y cuernos que se aproximaba.

—Mi señora —dijo Aleph, manteniendo la compostura—, los magos tardarán en recuperarse. Solo contamos con cinco mil soldados y mil magos activos. ¿Cuáles son sus órdenes?

—Si los demonios los controlan, no deben estar lejos —respondió Sofía, ajustando el arnés de Thunder, su bestia alada—. Saldré a buscarlos con mis jinetes. Tú organizarás la defensa y evitarás que avancen. Además, informa al conde Noah; no podemos permitirnos fallar.

—Como ordene, Duquesa. —Aleph se inclinó profundamente—. Prepararé las defensas y alertaré a Noah. Nada pasará sin que estemos listos.

Sofía se elevó sobre Thunder, rodeada de cuatrocientos setenta jinetes montando bestias mágicas de todas las formas y tamaños.

Desde las alturas, la estampida se abalanzaba sobre ellos con un rugido ensordecedor, una ola viva de colmillos y garras que sacudía el suelo.

Pero los jinetes, guiados por la voluntad de su duquesa, se movieron como un solo ser. Magia y acero respondieron al unísono; cada bestia obedecía a Sofía como si compartieran un mismo pensamiento.

Al frente, la duquesa encabezaba el ataque junto a sus dos compañeros más poderosos. A su derecha, las bestias de fuego rugían invocando llamaradas que danzaban en el aire; a su izquierda, criaturas envueltas en relámpagos chispeaban como tormentas vivas. En el centro, las de agua y viento fluyeron entre las filas con precisión letal, mientras la retaguardia, compuesta por titanes de roca y hueso, sostenía la línea como un muro imposible de quebrar.

El flanco izquierdo ardió primero. Los monstruos que intentaron rodearlos fueron barridos por descargas eléctricas que se mezclaron con torrentes de agua hirviente, creando un resplandor azul que partía el campo en dos. Por un instante, la estampida vaciló, pero los demonios que la dirigían —ocultos tras círculos de hechicería— reorganizaron sus huestes con precisión fría.

Sofía, guiada por los agudos sentidos de Larryet, localizó a los veintiséis demonios que controlaban la horda, escondidos tras un muro de bestias enfurecidas. De inmediato, cinco monstruos colosales emergieron para bloquear su avance: criaturas de cuernos retorcidos y ojos brillantes que parecían absorber la luz del día.

Thunder rugió, y su voz estremeció el cielo. La electricidad recorrió su pelaje como un río azul; con un impacto brutal, embistió al primero de los colosos, un bufaloide gigantesco que se desplomó inerte, levantando una nube de polvo y piedra. Larryet se lanzó sobre el segundo, hundiendo sus garras hasta partirle el cuello; el golpe resonó como un trueno en la tierra.

Los restantes corrieron la misma suerte. Llamas, relámpagos, viento y piedra se fundieron en una tormenta devastadora. Las filas enemigas se quebraron bajo el poder de las bestias de Sofía, sus gritos de agonía perdiéndose entre el rugido de la batalla.

La estampida comenzaba a fragmentarse, pero Sofía sabía que aquello era solo el comienzo. Los demonios no cederían con facilidad… y ella tampoco.

El aire estaba saturado de humo, sudor, sangre y magia. Cada bramido de los monstruos caídos era reemplazado por los gritos de victoria contenida de los jinetes, mientras Sofía avanzaba con la mirada encendida por una furia serena. En esta guerra, solo los poderosos sobrevivían… y ella había llegado para demostrar que los Douglas no se rendían ante nadie.

—¡Humanos insolentes, les enseñaremos su lugar! —rugió un conde demoníaco, su voz cargada de desprecio, reverberando como un trueno sobre el campo de batalla.

Los demonios, alertas ante el inminente enfrentamiento, comenzaron a concentrar el maná oscuro que los rodeaba. En perfecta sincronía, desataron una lluvia de meteoritos que cayó sobre los jinetes, rompiendo la formación y sembrando el caos. El cielo ardió en destellos carmesí; el suelo tembló al impacto.

Cuatro condes demoníacos alzaron las manos y comenzaron a recitar un hechizo de invocación. Pero antes de que pudieran completarlo, Sofía impulsó a Thunder hacia adelante, el aire partiéndose con el rugido del corcel eléctrico. Con un movimiento fluido, extrajo su lanza del brazalete y la lanzó con una precisión mortal. El arma surcó el aire envuelta en relámpagos y atravesó el pecho de uno de los condes.

El demonio, tambaleante, mantuvo una sonrisa torcida.

—Humana… ¿crees que será tan fácil detenernos? Nosotros somos inmor—

No alcanzó a terminar. Sofía lo miró con una calma helada, y con un solo gesto ordenó a Thunder canalizar su energía hacia la lanza. La descarga fue inmediata: un rayo descendió del cielo, recorrió el arma y envolvió al demonio en un resplandor cegador. Su cuerpo se desintegró entre destellos oscuros, dejando solo un eco agónico que se perdió en el rugido del combate.

Sofía se enderezó sobre la montura, el viento agitando su capa. Su voz, firme y clara, cortó el caos como una hoja afilada:

—Bien… ¿quién sigue?

A su alrededor, el campo era un torbellino de fuego y magia. Los jinetes luchaban por mantener la formación mientras los monstruos arremetían con fuerza descomunal. Gritos, rugidos y estallidos de energía se mezclaban en una sinfonía de destrucción.

Un instante después, el suelo tembló bajo el poder de los condes restantes. Dos de ellos se lanzaron contra Sofía, sus ojos ardiendo con furia. Un hechizo impactó de lleno a Thunder: el estallido los lanzó por los aires, y la duquesa cayó violentamente al suelo entre chispas y polvo.

Indefensa por un instante, la duquesa vio cómo los condes demoníacos avanzaban para atacarla. Pero antes de que pudieran alcanzarla, una sombra fulminante irrumpió entre ellos: Larryet.

Con un rugido que partió el aire, la bestia se lanzó sobre el primero de los atacantes, hundiendo sus garras en su pecho y desgarrándolo con precisión letal. El segundo conde, atónito por la intervención, vaciló el tiempo justo para sellar su destino. Sofía arrojó un talismán grabado con runas antiguas; al activarse, un hechizo de agua de bajo rango estalló en su entorno, ralentizando sus movimientos y reduciendo su capacidad de maniobra.

Thunder, recuperando el equilibrio, canalizó la electricidad a través de su cuerpo. Un rayo descendió y recorrió la lanza de Sofía, que la empuñó con firmeza y descargó toda la energía acumulada sobre el enemigo. El impacto hizo retroceder al demonio, su figura envuelta en luz azulada antes de desplomarse, derrotado.

Cuando los dos demonios más agresivos cayeron, los tres condes restantes intentaron retirarse, buscando desesperados una salida. Pero los jinetes, curtidos por el combate y la sangre, no les dieron tregua. Con maniobras coordinadas, cerraron el cerco y bloquearon cualquier intento de escape. Los demonios, sin embargo, resistían con una ferocidad antinatural, desviando los ataques con ráfagas de maná oscuro que chispeaban en el aire.

En un acto de desesperación conjunta, los tres condes combinaron su poder. El suelo se fracturó bajo ellos, y una criatura alada emergió de las sombras: un engendro de alas negras y ojos incandescentes, que exhaló un torrente de energía corrupta. Su aleteo sacudió el aire con violencia, lanzando a los jinetes hacia atrás y llenando el campo con un rugido que hizo temblar incluso a las bestias mágicas.

Sofía apenas se sostuvo sobre Thunder, mientras los diez jinetes más poderosos avanzaban a su señal. Sin dudar, cargaron juntos, sus lanzas envueltas en maná ardiente. Cada golpe impactaba con precisión quirúrgica, rompiendo el tejido mágico de la invocación demoníaca. En una sucesión de estallidos luminosos, el monstruo alado se desintegró, su forma disipándose en una lluvia de oscuridad que el viento arrastró lejos del campo.

El silencio cayó de golpe. Solo se oía la respiración entrecortada de los combatientes y el leve crepitar del maná residual que flotaba en el aire. Entre el humo y la sangre, la figura de Sofía se mantenía erguida sobre Thunder, imponente, como un faro en medio del caos.

Sofía, aún percibiendo el residuo del maná demoníaco que impregnaba el aire, sintió con crudeza el peso de la confrontación: sesenta y cuatro de sus jinetes yacían inmóviles sobre el campo. Años de entrenamiento, sacrificio y disciplina habían sido puestos a prueba en un solo instante, y ahora el precio de la victoria se extendía ante ella como una herida abierta.

No había tiempo para el duelo. Ni para la duda. Cada segundo contaba.

Debía decidir: enfrentarse directamente a los demonios y erradicar la amenaza de raíz, o girar al suroeste, donde Laurence seguía luchando por su vida.

Con la mente fría y la mirada fija, Sofía ordenó reagruparse. Las bestias se acomodaron, los jinetes se alinearon, y el aire volvió a vibrar con la energía de la disciplina. El dolor de la pérdida ardía en el pecho de cada uno, pero la voluntad de continuar era más fuerte. No lucharían por venganza, sino por propósito.

Sofía los miró uno a uno, percibiendo el cansancio, la rabia y el fuego aún vivo en sus ojos. Su voz, firme y clara, se alzó sobre el silencio:

—Reúnanse. No hemos terminado. La sangre derramada no será en vano.

Sus palabras calaron en los corazones agotados de sus hombres. En respuesta, los jinetes enderezaron el cuerpo y afirmaron las riendas de sus monturas, adoptando la postura que solo los verdaderos guerreros mantienen ante el abismo.

Sofía evaluó las opciones. Sabía que Laurence podía resistir, pero los demonios, si se reagrupaban, podrían volver a poner en peligro toda la operación. No podía permitirlo. Con un breve movimiento de mano, señaló el rumbo.

—Hacia el suroeste. Cazaremos a los demonios antes de que caiga la noche.

Thunder relinchó con fuerza, su cuerpo vibrando con electricidad pura. Los jinetes la siguieron, formando una línea que avanzaba como una tormenta viva. Desde el aire, los exploradores montados sobre bestias aladas recibieron la señal y descendieron, uniéndose al avance. El sol de la tarde bañaba la escena con un resplandor dorado, que se mezclaba con el humo y la ceniza de una ciudad que aún ardía.

“Decisiones de Sangre”

Mientras tanto, al otro extremo de Vayllencity, el ejército real, bajo el mando del segundo general Steve Erkham, avanzaba entre las calles devastadas. La visión que se desplegó ante él lo dejó sin aliento: centenares de criaturas de formas imposibles devoraban soldados, arrancaban cuerpos y sembraban caos con una furia desmedida. El aire vibraba con el rugido de las bestias y el eco de los hechizos, mientras el suelo, teñido de rojo, parecía temblar bajo el peso del infierno mismo.

Sin embargo, Erkham no vaciló. Su voz, firme y autoritaria, atravesó el estruendo de la batalla como una orden divina:

—¡Adelante! ¡No dejaremos que estos monstruos detengan nuestro avance!

El grito resonó entre las ruinas, rebotando contra las paredes ennegrecidas y elevando los ánimos de los hombres. Los soldados, inspirados por la sola presencia del general, ajustaron sus formaciones con precisión marcial. Las filas avanzaron como un solo cuerpo, un muro de acero que se abría paso entre el humo y la ceniza. Cada paso era medido, cada escudo alzado una promesa de resistencia.

A cada esquina, los monstruos emergían de la oscuridad, retorcidos y famélicos, pero la disciplina del ejército real no se quebró. Las espadas cortaban el aire con un silbido letal, las lanzas encontraban su blanco, y los proyectiles de maná surcaban el cielo como relámpagos en la noche. El campo se iluminaba en destellos azules y dorados, y los gritos de combate se entrelazaban en una sinfonía de muerte.

La misión era clara. No se trataba solo de sobrevivir, sino de erradicar la corrupción. Capturar a los Denisse, desmantelar el culto demoníaco y limpiar el reino de su sombra.

En medio del avance, un mago de luz se aproximó a Erkham. Su respiración era agitada, y el resplandor de su báculo fluctuaba como si temblara ante una presencia invisible.

—General… —dijo con voz grave— detecto un flujo intenso de maná demoníaco. Deben estar cerca.

Erkham frunció el ceño, ajustando la capa sobre su hombro. El viento le azotó el rostro mientras observaba las ruinas que se extendían al frente, el horizonte teñido de un fulgor rojizo. Sabía lo que significaba esa energía: los condes demoníacos aún estaban allí.

Con un solo gesto, ordenó a sus hombres detenerse. El silencio cayó por un instante, tan denso que incluso el humo pareció inmóvil. Entonces, con una voz que mezclaba autoridad y determinación férrea, rugió:

—¡Formación de ataque! ¡Avancemos sin retroceder!

Y el ejército respondió al unísono, haciendo temblar el suelo con su marcha. Las lanzas se alzaron, los escudos se cerraron en un solo frente, y el estandarte del reino ondeó con fuerza bajo el viento cargado de ceniza. La batalla estaba por reanudarse… y Erkham no tenía intención de ceder ni un solo paso.

Los demonios, que hasta entonces habían manipulado a los monstruos desde la distancia, reaccionaron demasiado tarde. La ofensiva de Steven y sus caballeros fue brutal y precisa. Antes de que los conjuradores pudieran invocar refuerzos, ya estaban cercados por la embestida imparable del ejército aliado. Cada hechizo fue interrumpido, cada criatura invocada cayó antes de poder sembrar caos. En cuestión de instantes, los demonios fueron abatidos, su influencia corruptora disipándose en un estallido de energía oscura que se desvaneció como humo entre los escombros.

Con el enemigo más peligroso neutralizado, los caballeros de Steven avanzaron con determinación hacia las bestias restantes. Sorprendidas por el ataque desde la retaguardia, las criaturas titubearon y retrocedieron. Las espadas relampagueaban entre el polvo, las lanzas perforaban el aire, y los soldados Douglas respondían con precisión sincronizada, levantando un muro de acero y fuego que devoraba cualquier intento de resistencia.

El objetivo era claro: liberar a los soldados atrapados y restaurar la línea de defensa. Los caballeros se movían como una tormenta desatada, aplastando y dispersando a los monstruos. A su paso, los sobrevivientes de la ciudad —sucios, heridos, pero aún con vida— alzaban la vista con renovada esperanza. La alianza entre ambos ejércitos se había vuelto una fuerza implacable, y la marea demoníaca, que momentos antes parecía infinita, comenzaba a retroceder ante el poder de la unidad y el valor humano.

Sofía, observando la oportunidad, tomó una decisión audaz. Dividió a sus jinetes en dos escuadrones para ejecutar una carga en pinza contra los demonios que aún resistían. No había margen para el error; una colisión mal calculada podría significar el desastre. Pero sus jinetes, curtidos por años de entrenamiento, se movieron como un solo ser, una danza letal de precisión y coraje.

El primer escuadrón se lanzó contra el flanco derecho, con sus bestias mágicas rugiendo y levantando torbellinos de polvo y relámpagos. Al mismo tiempo, el segundo escuadrón cargó desde la izquierda, cerrando la trampa con una sincronía perfecta. Los demonios quedaron atrapados entre ambos frentes, incapaces de resistir la presión de la ofensiva. El sonido de las lanzas atravesando carne demoníaca resonó con un ritmo implacable, el eco de una victoria que se forjaba con sangre y voluntad.

Pero no todos estaban dispuestos a caer. El duque demoníaco Irgold, comprendiendo que la derrota era inminente, lanzó un rugido que heló el aire. Invocó a su bestia mágica —un coloso de alas negras y ojos incandescentes— y se elevó hacia los cielos, arrastrando consigo una ola de maná corrupto que oscureció la luz del día.

Diez jinetes alados de Sofía ascendieron tras él, decididos a impedir su escape. Pero Irgold, con un gesto de su garra, desató una onda expansiva de energía demoníaca que los lanzó hacia atrás con violencia. Las monturas aladas se sacudieron, relinchando con desesperación, mientras el duque se alzaba sobre el campo como un presagio de oscuridad renovada.

Laurence avanzó por los pasillos del castillo de los Denisse, abriéndose paso entre ruinas y cadáveres. Las llamas devoraban tapices, las columnas se agrietaban bajo el estruendo de la batalla, y el eco de los gritos resonaba en los corredores como un lamento lejano. Los caballeros que aún intentaban resistir eran abatidos sin piedad por los Douglas, aliados del duque, mientras el aire se cargaba de humo, sangre y maná.

Al llegar al salón principal, Laurence se detuvo. Ante él, la escena parecía extraída de una pesadilla: Gargranelt lo esperaba sentado en el trono, una pierna cruzada sobre la otra, la mirada fría y relajada, como si todo el caos que lo rodeaba fuera un simple espectáculo. A su lado, Tomás Denisse ardía de furia contenida, rodeado de demonios cuya mera presencia distorsionaba la luz.

—Estaba empezando a aburrirme de esperar —dijo Gargranelt con una voz gélida, casi divertida.

Tomás, incapaz de contenerse, dio un paso al frente y rugió:

—¡Maldito Laurence! ¡Has destruido a mi familia!

Laurence lo observó sin emoción, su voz firme, casi carente de vida:

—Solo vine a hacerte una pregunta… ¿fuiste tú quien ordenó asesinar a mi hijo?

—Sí —escupió Tomás, con odio ardiente—. Fui yo. Quería verte arrodillado, lleno de arrepentimiento. ¿O ya olvidaste cómo me humillaste frente a todos? ¡Tú y tu maldita nobleza!

Laurence arqueó una ceja, su expresión helada.

—Jamás recordaría a una basura como tú.

El rostro de Tomás se crispó de rabia.

—Las familias primigenias… siempre iguales. Miran al resto como si fueran despojos. Por eso traicioné al reino, Laurence. Por gente como tú.

—Nada de eso me importa —replicó él con una calma mortal—. Pero pagarás por lo que hiciste.

El silencio que siguió fue tan pesado que pareció detener el aire. Maná oscuro se filtraba desde las sombras, serpenteando como humo vivo entre las grietas del suelo. Los demonios observaban con sonrisas deformes, saboreando la tensión antes del choque.

Laurence dio el primer paso. Luego el segundo. Y con el tercero, su espada se alzó.

El golpe descendió con la fuerza de una tormenta… pero el impacto que esperaba no llegó. Tomás desvió la estocada con un giro fluido, y la vibración del choque retumbó por todo el salón.

Laurence frunció el ceño. El aura que emanaba de Tomás era antinatural, impura, casi viva.

—Así que vendiste tu alma… —murmuró con desprecio.

Tomás sonrió con una mueca retorcida.

—No todos nacemos con poder, Laurence. Algunos debemos arrancarlo con nuestras propias manos.

Alzó el brazo y, con un gesto brusco, el aire se congeló. Picos de hielo se formaron a su alrededor y, con un movimiento de su mano, se lanzaron como una tormenta afilada hacia el duque.

Laurence no retrocedió. Su espada cortó el aire con precisión quirúrgica, destrozando las lanzas una tras otra. Los fragmentos de hielo se desmoronaron a su alrededor, brillando como cristales rotos bajo la luz rojiza de los demonios.

No necesitaba grandes conjuros. El maná fluía a través de su cuerpo con la naturalidad de la respiración, canalizado en su espada como una extensión de su voluntad. Cada movimiento suyo era limpio, eficiente, fatal.

El duelo apenas comenzaba, pero el aire vibraba con la promesa de una batalla que decidiría más que la vida o la muerte. Era el peso del destino, del linaje… y de una venganza largamente contenida.

Mientras los demonios del salón seguían enzarzados con los caballeros que habían acompañado a Laurence, la balanza se inclinaba poco a poco en contra del duque. Tomás mantenía la distancia y castigaba con hechizos precisos; la furia en sus ojos se volvía espectáculo y máquina de destrucción.

Un estremecimiento barrió el salón cuando una presencia nueva y abrumadora irrumpió en la penumbra: un demonio de talla descomunal, cuya sola llegada hizo titilar las antorchas y dobló el rumor del aire. Nadie se atrevió a interponerse en su camino. Alzó una mano envuelta en un maná negro, y con un gesto fulminante evaporó a un caballero en un estallido de llamas que consumieron su grito en un segundo; la ceniza flotó como una lluvia macabra, y el miedo se apoderó de los presentes.

El monstruo se plantó frente a Gargranelt. Sus miradas chocaron como espadas encontradas; el salón entero contuvo la respiración, como si hasta el caos hubiera decidido inclinarse a observar aquel duelo de voluntades. Los combates anexos fueron apagándose, uno a uno, como si la presencia del recién llegado absorbiera la rabia y la sangre del lugar.

Desde el rincón donde combatía, Laurence vio con la garganta apretada que la situación se desbordaba. Tomás no sólo lanzaba hechizos: ahora la fuerza que había traído Denisse cobraba cuerpo propio. La contienda estaba a punto de saltar del control.

—¡Deja de comportarte como un idiota y acabemos con esto! —rugió una voz demoníaca, rota por la furia—. ¡La situación es insostenible! Tres grandes ejércitos nos cierran el paso… ¡y tú sigues aquí con esa estúpida expresión!

—Tranquilo —replicó Gargranelt con desprecio, como quien desdeña una mosca—, estos humanos no podrán hacernos nad…

No alcanzó a terminar. El titán demoníaco lo golpeó con un golpe que resonó por las paredes; el impacto sacudió el mobiliario, y el aire olía a ozono y muerte. Irgold, el recién llegado, mostró la furia fría de quien no se deja arrastrar por la vanidad.

—¡Esto no es el mundo inferior, imbécil! —bramó—. Hay una lunática montada en una bestia mágica que puede mandarnos al abismo; si fallamos con Astarot, nos ejecutarán. No te creas intocable.

Gargranelt se incorporó con lentitud, la mejilla marcada por el golpe, y sus ojos ardieron con un fulgor rojo.

—¡Maldición! —rugió—. ¡Somos duques demoníacos! ¡Nada aquí nos hará frente!

Irgold escupió su desprecio sin bajar la vista.

—Haz lo que quieras, insensato. Yo me retiraré con los demás para cumplir la misión que se nos encomendó.

El rostro de Tomás Denisse palideció al oír esas palabras; la promesa de protección que le habían vendido a costa de su honor se desmoronaba en el mismo salón donde había puesto su nombre en juego.

—¡Esperen! —gritó Denisse con voz quebrada, agarrando el borde de la mesa—. ¡Ustedes prometieron proteger mi territorio!

—Eso no es asunto mío —dijo Irgold con dureza, y sus ojos brillaron con la determinación de quien responde sólo a órdenes superiores—. Mi problema tiene un nombre: Astarot.

Sin esperar más, Irgold se lanzó por la ventana, y las sombras lo tragaron en un torbellino de viento y oscuridad.

La sala se quedó un instante colgando entre la sorpresa y la rabia. Gargranelt, con la ira reptando bajo la piel, volvió la mirada hacia Tomás y después a los pocos aliados que aún mantenían firme su postura.

—Tranquilo, humano —murmuró Gargranelt, la voz empapada de un desprecio que olía a veneno—. No soy tan cobarde. Mataré a esta gentuza y nos marcharemos cuando todo arda.

El silencio posterior fue helador: la traición implícita, la retirada de un duque, la declaración abierta de que los intereses demoníacos eran más grandes que las lealtades humanas. Laurence, al ver cómo los hilos se rompían y los titanes se retiraban o se imponían, comprendió con crudeza que la guerra no era ya una disputa entre caballeros y condes; era un tablero dominado por voluntades más antiguas y feroces. Y en ese tablero, cada movimiento costaría sangre.

Gargranelt arremetió contra Laurence y, con un golpe brutal, lo lanzó por los aires. Una explosión de maná demoníaco desgarró el salón; el duque atravesó la pared y cayó metros más allá, sepultado por una nube de escombros y polvo. El aire olía a metal y a magia rota.

El demonio avanzó sobre el cuerpo tembloroso, dispuesto a asestarle el golpe final. Entonces un dolor punzante recorrió su brazo derecho. Miró con horror: el brazo ya no estaba. Sofía irrumpía en la sala, Thunder en potencia pura, siguiendo la estela del monstruo que huía por el aire.

—¡Por aquí! —gritó Sofía, lanzándose con la lanza cargada de maná eléctrico—. ¡Que nadie lo deje escapar!

Los diez jinetes que la seguían se alinearon en un latido: monturas relinchando, corazas centelleando. Avanzaron como una sola ola, lanzas apuntando, hechizos en los labios. La sala tembló bajo el impacto de su carga.

Sofía clavó la lanza con la furia de un rayo. Sacó un talismán antiguo, sus dedos trazaron runas en el aire y pronunció las palabras como un martillo.

—Luz pura, ven —murmuró, y el talismán estalló en un resplandor que cortó las sombras.

El rayo de luz atravesó el salón y golpeó a Gargranelt, debilitándolo. El demonio rugió, la bestialidad de su voz llenó los codos y las vigas. Intentó contraatacar, pero algo surgió de la nada: garras que atravesaron su pecho por la espalda y lo estamparon contra el suelo. Con un crujido final, su forma se hizo pedazos.

—Larryet, ¡otra vez te quedas atrás! —Sofía reprendió a su león mientras éste respiraba con un gruñido culpable.

Laurence se incorporó, sacudiéndose la tierra y la rabia.

—Gracias por la ayuda —dijo, seco pero intacto—. No era necesaria.

Sofía lo observó con una precisión afilada, la voz fría como una hoja.

—Si lo que buscas es ir a visitar a Caleb, dímelo y te hago el favor —advirtió.

Laurence frunció el ceño y cruzó los brazos, la sonrisa contenida como un filo.

—Yo me encargo de esto. Tú regresa al campamento.

Sofía se retiró, pero no sin antes abrirse paso entre un nuevo grupo de demonios que se abalanzó sobre ella. Con movimientos perfectos, sus bestias los destrozaron y electrocutaron, dejando a su paso un rastro de destrucción que iluminaba el salón con chispas y rugidos. Cada ataque era rápido, letal, una advertencia para cualquiera que se atreviera a cruzar su camino. Enfrentarse a ella era jugar con fuego.

Laurence avanzó con pasos firmes hacia Tomás. El hechicero, al verlo aproximarse, desató una lluvia frenética de hechizos, uno tras otro, intentando detener su avance. Pero Laurence los bloqueaba o desviaba con precisión helada, como si cada ataque fuera apenas una brisa que rozaba su armadura.

La distancia entre ambos se acortó. Cuando finalmente estuvo a su alcance, Laurence reaccionó con velocidad devastadora, su espada trazando un arco perfecto que cortó el aire con un silbido mortal.

Tomás, intentó contraatacar, pero la diferencia entre sus habilidades era abismal. Con un solo movimiento, Laurence le cercenó la pierna izquierda; el grito de dolor apenas se escuchó antes de que la segunda hoja descendiera, arrancándole la otra. Tomás cayó al suelo, temblando, intentando sostener su espada con desesperación. mientras pensaba no así… no pensé que sería así.

Laurence se detuvo un instante antes de atacar. No era ira lo que guiaba su espada, sino algo mucho más frío… la certeza de que ese hombre debía comprender, aunque fuera en su último segundo, lo que había arrebatado. no titubeó: un corte limpio separó su brazo derecho, luego el izquierdo.

El silencio se extendió, solo roto por los jadeos del moribundo. Laurence permaneció inmóvil, observando cómo su enemigo se desangraba lentamente sobre el mármol agrietado. Cada gemido era un eco de la justicia fría que acababa de ejecutar. Sabía que ninguna venganza podría devolverle a su hijo, pero en aquel momento encontró un extraño consuelo: un homenaje silencioso, un castigo merecido.

La furia y la tristeza se mezclaban en su mirada, reflejando la determinación implacable de un padre que no permitiría que la injusticia quedara impune.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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