GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 - Ecos de Sangre y Magia
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23: Capítulo 23 – Ecos de Sangre y Magia 23: Capítulo 23 – Ecos de Sangre y Magia “Fracturas de un Campeón” Lusian estaba tendido en la cama de la sala de sanación.
El aire olía a hierbas y a maná quemado.
Cada respiración le dolía como si tuviera cuchillas bajo las costillas.
En la ronda final del torneo de la Academia Real, se había visto obligado a luchar contra Kara una vez más.
Esta vez no fue solo una exhibición: ella lo atacó con una ferocidad casi personal, y aunque logró vencerla, tres costillas fracturadas y un brazo inmovilizado lo hacían dudar si la victoria había valido la pena.
Mientras yacía mirando el techo de piedra, pensó en rendirse la próxima vez.
Tal vez si la dejo ganar, se calma…
o me mata de una vez y me ahorro el dolor, pensó con ironía.
La habitación estaba bañada por una luz cálida y temblorosa, proyectada por un círculo de runas que flotaba sobre el cuerpo de Lusian.
Las líneas mágicas palpitaban al ritmo de su respiración, dibujando reflejos dorados en las paredes de piedra.
Emily se encontraba a su lado, con los ojos cerrados y las manos extendidas sobre su pecho, canalizando su maná con la concentración de quien teme cometer un error fatal.
Un suspiro escapó de sus labios cuando el hechizo se completó.
El resplandor se apagó lentamente, dejando el aire impregnado de olor a hierbas quemadas.
Lusian abrió los ojos, parpadeando ante el cambio de luz.
—¿Te sientes mejor?
—preguntó Emily, limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano.
Su voz sonó suave, casi un susurro, pero cargada de alivio.
Lusian probó mover el brazo sano, luego el que estaba vendado.
Una punzada le recorrió el costado, pero ya no era el dolor insoportable de antes.
—Sí…
gracias a ti —respondió con una sonrisa cansada, aunque su gesto se torció en una mueca.
Emily inclinó la cabeza, observando las marcas del combate que todavía cubrían su piel.
—Felicidades por ganar el torneo —dijo con una sonrisa sincera, aunque en su tono había una sombra de preocupación.
Lusian soltó una risa breve y amarga.
—No me siento como un ganador ahora mismo.
Ella rió también, bajando la mirada, y el sonido fue tan ligero que apenas rompió el silencio del lugar.
—Aun así, lo eres.
Quizás Kara finalmente entienda que no puede vencerte y te deje en paz.
Lusian giró el rostro hacia ella, arqueando una ceja con ironía.
—No estés tan segura.
Esa mujer loca no conoce el significado de “rendirse”.
Emily lo miró, divertida, cruzándose de brazos mientras negaba con la cabeza.
—Entonces será mejor que sigas vivo para cuando vuelva a intentarlo.
Él exhaló por la nariz, con una sonrisa casi imperceptible, mirando las runas que aún brillaban débilmente sobre su cuerpo.
Por un instante, el dolor pareció desvanecerse, reemplazado por algo más tenue…
una sensación de calma que hacía mucho no sentía.
El hechizo terminó, dejando una sensación tibia en sus huesos.
Las runas se disolvieron en el aire como brasas apagándose, y el silencio volvió a llenar la sala de sanación.
Emily apartó las manos lentamente; el leve temblor en sus dedos delataba el esfuerzo.
Sus ojos, cansados pero serenos, lo observaron con una mezcla de alivio y preocupación.
—Deberías descansar —dijo al fin, acomodándole la manta sobre el pecho—.
El director dará los resultados oficiales esta tarde.
Lusian asintió sin mucho ánimo.
El brillo azulado que quedaba en el aire se reflejaba en sus ojos, dándoles un tono melancólico.
—Sí…
—murmuró, desviando la mirada hacia el techo de piedra—.
Ojalá eso sirva para algo.
La oficina del director olía a papel viejo y lluvia.
Kara estaba sentada frente al ventanal, la barbilla apoyada en los nudillos, y afuera los jardines parecían acuarelas lavadas por el tiempo.
El vidrio devolvía su rostro difuminado: una joven con moretones recientes y una rabia que no terminaba de apagarse.
Las palabras de su madre le resonaban en la cabeza como un latigazo: —Si no te haces fuerte, te convertirás en una moneda de cambio.
Kara apretó los labios hasta que le dolieron las encías.
Sabía que eran verdad.
En aquel mundo donde el poder marcaba el precio de la carne, las mujeres con afinidad eran piezas codiciadas, regalos diplomáticos, garantías de sangre y magia.
La Ley de la Sangre Materna no era una fábula: dictaba quién tendría techo de poder y quién quedaría encadenado a un linaje menor.
La madre trazaba el cauce; la sangre de ella decía cuánto podía volar el maná en los hijos.
Ella lo odiaba con el fervor de quien se niega a admitir la derrota.
—No seré un trofeo —murmuró para sí misma—.
No me colgarán como un objeto en su vitrina.
La fiera en ella no era solo orgullo; era supervivencia.
Si su afinidad Delta se conocía, su vida dejaría de ser suya.
Incluso el Imperio, con su corte de Axiomas y ambiciones, había extendido miradas peligrosas hacia niñas como Kara.
Un susurro en los pasillos bastaba para que un noble empezara a tramar matrimonios, pactos, herencias.
Recordó la sensación de la hoja de Lusian al chocar con la suya: fría, precisa, y a la vez…
distinta.
En el campo de combate, él no la miraba como se miraba a una posesión.
La trataba como a un rival, y eso le dolía más de lo que quisiera admitir.
A veces, en medio del intercambio, creyó ver en sus ojos algo que no encajaba con la burla ni con el desprecio; algo pequeño y difícil de nombrar.
El director entró en la estancia con pasos suaves.
Magnus, de rostro curtido por muchos años y noches en vela, dejó el expediente sobre la mesa y la miró con esa mezcla de cansancio y afecto que tenía para los alumnos difíciles.
—¿Vas a ir a entrenar con tu madre otra vez?
—preguntó, intentando sonar despreocupado.
Kara lo miró, y por primera vez su voz perdió la aspereza.
—Sí —dijo—.
Ella prometió enseñarme las técnicas secretas del clan cuando cumpla dieciocho.
Magnus arrugó la frente, apoyando una mano sobre el borde del escritorio.
—Recuerda que esas técnicas no son bien vistas en todas partes —advirtió—.
Muchos murieron en la guerra con el clan de tu madre.
Ella dibujó una sonrisa que no alcanzó los ojos.
—Lo sé.
No me importa.
Quiero ser más que un nombre en un contrato.
Quiero que mi fuerza hable por mí.
El viejo suspiró y dejó escapar un gesto que había aprendido con los años: una mezcla de indulgencia y exasperación.
—Deja de obsesionarte con ese maldito mocoso —gruñó, aunque en su voz había un hilo de preocupación—.
Es natural que te derrote si tiene mayor afinidad que tu.
Y por cierto —añadió—, no te irás del todo: la academia no te dejará salir tras tu última escapada.
Te quedarás hasta que termine el torneo.
Kara se incorporó, apoyando las manos en el respaldo de la silla.
La determinación le encendía las venas.
—Entonces terminaré el torneo y me iré con más fuerza de la que tengo ahora —respondió—.
Le demostraré a Lusian que no es el único «especial» en este reino.
Magnus la miró, y en su semblante, bajo la dureza, se dibujó un rastro de orgullo resignado.
—Muy bien.
Pero prométeme una cosa: vuelve viva.
No te quiero enterrando orgullo en lugar de carne.
Kara cerró los ojos un instante, escuchando el rumor de sus propias convicciones.
Cuando los volvió a abrir, la noche fuera del ventanal ya teñía de sombra los jardines.
—Vuelvo —dijo—.
Y cuando lo haga, no habrá nadie que me trate como si fuera propiedad.
“Rumores y Herencias Malditas” Al caer la tarde, Lusian salió de la enfermería.
El aire tenía ese aroma metálico y fresco de las noches antes de la lluvia, y el sonido distante de las campanas de la Academia se mezclaba con los murmullos que recorrían los pasillos como serpientes invisibles.
El patio central estaba lleno de estudiantes.
Algunos hablaban en voz baja, otros apenas disimulaban la emoción morbosa de un rumor prohibido.
—Dicen que el Duque Douglas masacró a todos, incluso a los niños…
—No, fue su esposa, la hechicera del trueno.
—Sea quien sea…
mejor no cruzarse con su familia.
Lusian bajó la mirada.
Caminó despacio, con el brazo derecho en cabestrillo y la otra mano hundida en el bolsillo del abrigo, fingiendo no escucharlos.
Pero cada palabra se le clavaba bajo la piel, fría y punzante.
La voz del miedo colectivo tenía un peso diferente cuando era tu apellido el que llevaban en la lengua.
El cielo sobre las torres de la Academia ardía en tonos ámbar y violeta.
El reflejo del ocaso teñía de oro los vitrales del edificio principal, mientras el viento arrastraba hojas secas por las escaleras de mármol.
Lusian se detuvo un instante, respirando despacio.
La luz parecía quebrarse sobre su rostro, dividiendo en dos mitades su identidad: una nacida en Kuria, la otra arrastrada desde un mundo que ya no existía.
Algo en el aire había cambiado.
Un presagio, una tensión invisible que recorría los muros como electricidad contenida.
Los Denisse habían caído…
y con ellos, el equilibrio de poder del reino.
Lusian lo sintió con una claridad escalofriante: la historia empezaba a moverse.
Y él, por más que intentara mantenerse al margen, era parte de esa corriente.
Un heredero de sangre maldita en un mundo que medía el valor de una vida por la magnitud de su poder mágico.
Cerró los ojos un instante, dejando que el murmullo del viento apagara las voces a su alrededor.
El pensamiento se formó, simple y crudo, como un mantra grabado en fuego: Sobrevive.
Solo tengo que sobrevivir.
“El Precio de la Verdad” Palacio Real de Aldenor – Sala del Trono El eco de las botas resonaba en el mármol mientras el general Steve Erkham avanzaba hasta el centro del salón.
Se arrodilló ante el trono, su capa manchada aún de polvo y sangre seca.
—Su Majestad —dijo, con voz grave—.
La operación en el norte ha concluido.
La familia Denisse fue capturada por las fuerzas de los Douglas.
Están bajo custodia, a la espera de juicio por alta traición…
sin distinción entre las ramas principal y secundaria.
El rey Felipe lo observó en silencio.
Su mirada era la de un hombre que había visto demasiadas guerras y sabía que algunas victorias costaban más que las derrotas.
—¿Pruebas?
—preguntó, apenas moviendo los labios.
Erkham extendió un estuche lacrado.
—Encontramos cofres repletos de oro imperial, documentos sellados con el emblema del Dragón Blanco.
Órdenes directas para desestabilizar el norte y provocar una guerra civil.
También…
nombres, mi señor.
Nombres de otras casas implicadas.
Un murmullo recorrió la corte como una llamarada.
El rey rompió el sello y comenzó a leer.
Su expresión se endureció con cada línea.
—Recibieron tierras, honores, la protección de la corona…
—su voz tembló de rabia contenida—.
¡Y así nos lo pagan!
¡Como ratas vendiendo su propio hogar al enemigo!
Su puño golpeó el brazo del trono con tal fuerza que el eco reverberó en las columnas.
—¡Llévenlos ante mí!
Los guardias arrastraron a los prisioneros hasta el centro del salón.
Craig Denisse, el heredero menor, apenas podía sostenerse en pie.
Su rostro estaba cubierto de hollín y lágrimas.
—¡Su Majestad!
—gritó, cayendo de rodillas—.
¡Yo no sabía nada!
¡Lo juro!
Mi padre ocultó todo…
cuando me sacaron de la academia ya era tarde, no pude hacer nada.
Felipe lo observó con una calma que helaba la sangre.
—Ya veremos si eso es cierto.
Ordenó que trajeran a los monjes del templo de Sangus.
Los sirvientes apagaron parte de las antorchas, y pronto la sala se llenó del olor del incienso sagrado.
Los monjes entraron en procesión, vestidos con túnicas rojas y máscaras negras, portando una pequeña estatua del dios de la Verdad.
La colocaron en el centro del círculo de invocación y comenzaron a entonar en el idioma antiguo.
Las runas del suelo se iluminaron con un resplandor dorado.
El aire se volvió pesado, como si el salón entero contuviera el aliento.
—Iniciad el Unmask —ordenó el sumo monje.
El primero en ser interrogado fue Lorenzo Denisse, primogénito del duque traidor.
El muchacho temblaba mientras el resplandor envolvía su cuerpo.
El rey habló con voz baja, casi compasiva, pero con filo en cada sílaba.
—Dime, Lorenzo…
¿sabías de las atrocidades de tu padre?
Lorenzo tragó saliva.
—S–sí, su majestad…
pero yo…
soy una víctima.
Él me obligó, yo no quería…
No alcanzó a terminar.
El brillo del círculo se tornó rojo, y un grito desgarrador rompió el silencio.
Lorenzo cayó al suelo, contorsionándose, mientras la estatua de Sangus exhalaba un resplandor frío.
El hechizo había detectado la mentira.
Los nobles presentes retrocedieron con horror.
El rey, sin apartar la mirada, murmuró con una calma terrible: —Entonces…
no hay más que hablar.
“Los Hijos del Bosque Errante” Dentro del bosque que limitaba con el reino Carpathia habitaba una tribu considerada bárbara tanto por el reino como por el imperio.
Aquellos hombres y mujeres habían aprendido a vivir en un entorno que respiraba maná: un lugar donde la densidad mágica cambiaba constantemente, alterando la naturaleza, el clima y hasta el comportamiento de las bestias.
Esa inestabilidad obligaba a la tribu a moverse sin descanso, buscando territorios seguros antes de que las criaturas del bosque despertaran atraídas por la energía.
Los aldeanos de los reinos vecinos los temían.
Cada tanto, los bárbaros descendían del bosque como una tormenta, saqueando y desapareciendo entre la niebla antes de que los ejércitos pudieran reaccionar.
Pero internarse tras ellos era un suicidio: nadie que entrara al bosque regresaba con vida.
Así, generación tras generación, aquella tribu se volvió leyenda: salvajes protegidos por la misma magia que los demás temían.
A pesar de esa fama, su pueblo no era caótico.
Tenían leyes, una jerarquía y una cultura profundamente espiritual.
Los ancianos enseñaban a los jóvenes el arte del combate y los secretos de la magia antigua, transmitidos por los chamanes que podían comunicarse con los espíritus del bosque.
Sus rituales eran solemnes, sus cantos pedían protección a la naturaleza…
y su fortaleza, aunque primitiva, era inquebrantable.
Pero esa fuerza estaba siendo puesta a prueba.
En lo alto de la montaña, una criatura clase A-Omega había hecho su nido.
Sus ataques eran constantes, su sombra cubría los campamentos al amanecer y dejaba ruinas a su paso.
Y como si eso no bastara, el Imperio había invadido Askabin, enviando una legión para capturar a los miembros de la tribu y convertirlos en esclavos.
El bosque, su refugio durante siglos, se había convertido ahora en una trampa.
El líder de la tribu, Refrvollr Invald Bekker, convocó a los ancianos alrededor del fuego central.
Sus rostros, curtidos por los años, reflejaban la luz de las llamas.
—Si la situación sigue así —dijo Invald con voz grave—, nuestra tribu será aniquilada.
—No podemos permitirlo —respondió Aleksander, el primer anciano—.
Debemos encontrar una forma de contrarrestar a la criatura y al imperio al mismo tiempo.
—Podemos recurrir a los espíritus —propuso Joar—.
Si comprendemos la esencia de la bestia, quizás hallemos su debilidad.
—Y debemos mantenernos alerta —añadió Ingherd—.
Aunque la legión fue diezmada por los monstruos, el Imperio no descansará hasta terminar lo que empezó.
—También podríamos buscar aliados —dijo Goran—.
Si encontramos refugio en algún reino, al menos podríamos ganar tiempo.
—La unidad será nuestra fuerza —afirmó Linn—.
Sin ella, ni los dioses podrán salvarnos.
El líder asintió lentamente.
Había una sombra de tristeza en su mirada.
—Hace años —dijo—, mi hija mayor fue capturada por un noble de Carpathia.
Creí haberla perdido para siempre, pero recientemente logré contactarla.
Ahora ocupa una posición importante dentro del reino.
Le envié una carta…
y ha prometido ayudarnos.
Quizás podamos encontrar refugio entre los suyos antes de que la tribu desaparezca.
Los ancianos intercambiaron miradas silenciosas.
Aquello era arriesgado, pero también la única esperanza.
—Si esa mujer es leal a su sangre —murmuró Aleksander—, podría salvarnos.
—O condenarnos —advirtió Goran—.
No sabemos si aún recuerda quién es.
Linn, la esposa del líder, levantó la voz.
—Yo lideraré el grupo de negociación.
Si hay una trampa, yo pagaré el precio.
Invald asintió.
—Confío en ti.
Y confío en nuestra hija.
No nos traicionaría.
La reunión terminó cuando el fuego comenzó a extinguirse.
Afuera, la lluvia fina golpeaba los toldos de piel.
Dentro de su choza, Invald encontró a su hija menor, Brigir, esperándolo con ansiedad.
—¿Llegaron a un acuerdo?
—preguntó ella.
—Sí.
Enviaremos un grupo a Carpathia para negociar un pacto —respondió su padre.
Los ojos de Brigir brillaron.
—Padre, déjame ir con ellos.
Quiero ver a mi hermana Sylvi.
Linn se tensó al instante.
—No.
Es demasiado peligroso.
Si descubren que eres una mujer Omega, te convertirás en objetivo.
—Puedo cuidarme sola —insistió Brigir, con la voz temblorosa por la ira contenida—.
No quiero quedarme escondida mientras otros arriesgan su vida.
Invald se acercó a ella, apoyando una mano en su hombro.
—Hija, los dioses te enviaron para guiar a nuestra gente algún día.
No puedes arriesgarte ahora.
Tu hermano Hippo heredará el liderazgo, pero tú…
tú representas el futuro.
—Yo no quiero ser líder —murmuró ella—.
Solo quiero ver a mi hermana.
—Ya hablaremos de eso —dijo Linn con un suspiro cansado—.
Por ahora debemos concentrarnos en salvar a la tribu.
Esa noche, mientras los ancianos preparaban la expedición, Brigir permaneció despierta mirando hacia las montañas.
El rugido del A-Omega resonó en la distancia, y el bosque respondió con un eco profundo, casi humano.
Ella apretó entre sus dedos una pequeña pluma blanca, recuerdo de su hermana Sylvi, y juró en silencio que la volvería a ver.
Aunque tuviera que atravesar el infierno para lograrlo.
“Reglas del Torneo de Convergencia Mágica” En la Academia Real de Carpathia, se celebraba cada año un torneo especial donde magos y caballeros se enfrentaban bajo reglas estrictas.
El objetivo: permitir que ambas disciplinas midieran su eficacia real en combate, sin llegar a la muerte.
Objetivo de la prueba Los caballeros debían avanzar dentro de un círculo de duelo y alcanzar físicamente al mago antes de ser derribados o inmovilizados.
Los magos, por su parte, debían mantener la distancia y neutralizar al adversario sin cruzar el límite interior del círculo.
Condiciones generales Duración: cada combate duraba un máximo de tres minutos o hasta la incapacidad de uno de los participantes.
Campo de batalla: un anillo mágico de 30 metros de diámetro, dividido por círculos concéntricos de energía que amplificaban los hechizos, pero a la vez limitaban la velocidad física dentro del área.
Equipamiento permitido: Los caballeros podían usar armadura ligera y una única arma sin filo (entrenamiento).
Los magos solo podían usar hechizos de nivel Beta o inferior (no letales).
Límite de daño: el uso de conjuros o golpes que pudieran causar heridas mortales estaba estrictamente prohibido.
“Promesas Entre Destellos” El coliseo de la Academia Real vibraba con la energía de los duelos finales.
Las gradas estaban repletas de estudiantes, maestros y nobles invitados; el aire olía a maná y sudor.
En la categoría de subcampeones, Adela —segunda en el torneo de magos— se enfrentó a Kara, subcampeona de caballeros.
El combate fue brutal: relámpagos chocando contra acero, rugidos mágicos contra el eco metálico de una espada.
Al final, Kara rompió el círculo defensivo de Adela con una embestida precisa, ganando entre vítores y asombro.
En la categoría de terceros puestos, Emily —la dulce sanadora de la clase mágica— combatió contra Andrew, tercer lugar entre los caballeros.
Su duelo fue técnico y elegante, más danza que batalla, pero el golpe final del caballero logró romper su defensa.
Andrew fue declarado vencedor.
En la categoría de cuartos puestos, Katherine —la estratega de fuego— enfrentó a Jean, cuarto entre los caballeros.
El campo se iluminó con llamaradas doradas.
Jean intentó resistir, pero una explosión controlada lo lanzó fuera del círculo.
Katherine alzó el brazo, victoriosa entre chispas y humo.
Finalmente, llegó el momento más esperado.
Lusian Douglas, campeón de caballeros, se enfrentaría a Elizabeth Valtoria, campeona de magos.
El silencio cayó sobre el coliseo.
Ambos se miraron desde los extremos del círculo mágico: él, con la espada en guardia baja; ella, con el báculo apuntando hacia el suelo, la sonrisa tranquila de quien confía plenamente en su poder.
El maestro de campo levantó la mano.
—Comiencen.
El círculo brilló, y en ese instante Lusian activó un hechizo básico de rango 5.
Una capa de maná oscuro cubrió su cuerpo como una segunda piel, disipando el polvo a su alrededor.
Luego, corrió.
Cada paso retumbaba como un tambor.
Cada metro que avanzaba, la presión mágica aumentaba.
Elizabeth comenzó su contraataque: descargas eléctricas trazaron el aire, cruzando el círculo en líneas cegadoras.
Los rayos lo golpeaban con violencia, haciéndolo temblar, pero Lusian siguió avanzando.
Su piel ardía, su respiración se quebraba, y aun así, no se detuvo.
El público contuvo el aliento.
Elizabeth levantó su báculo para el golpe final, pero Lusian atravesó la onda de energía en el último segundo, su cuerpo envuelto en humo y electricidad.
La hoja sin filo de su espada tocó el hombro de la maga.
Un silencio, luego un rugido de aplausos.
El árbitro alzó la voz: —¡Victoria para Lusian Douglas!
Lusian, jadeando, apoyó la espada en el suelo.
Miró a Elizabeth, que seguía sonriendo a pesar del sudor y las chispas que aún danzaban a su alrededor.
—¿Lo disfrutaste?
—preguntó él, con una sonrisa cansada.
Elizabeth ladeó la cabeza, divertida.
—Sí…
mucho.
—Sus ojos chispearon—.
Deberíamos hacerlo más seguido.
El público estalló en vítores.
Pero Lusian apenas escuchó.
El eco de la batalla, la sensación del maná quemándole la piel, y la mirada de aquella maga…
todo quedaría grabado en su memoria.
El día de la clausura había llegado.
El eco de los discursos y los aplausos aún resonaba en los pasillos, mientras los estandartes de cada casa noble eran retirados uno a uno.
Afuera, los carruajes esperaban en fila, y el aire olía a despedidas: pergaminos enrollados, promesas vacías y miradas que intentaban ocultar la nostalgia.
Mientras las principales familias se preparaban para regresar a sus territorios, la Academia empezaba a vaciarse lentamente.
Los estudiantes comunes, aquellos sin linaje, permanecerían un tiempo más, cumpliendo con tareas menores antes del cierre definitivo.
En una habitación apartada, al fondo del edificio de los magos, dos siluetas se encontraban en silencio.
Lusian y Elizabeth.
Abrazados en un intenso beso, se aferraban el uno al otro sin intención de separarse, como si el tiempo pudiera detenerse en ese instante.
Las sombras del atardecer se filtraban por la ventana, tiñendo la habitación con un brillo dorado que hacía aún más dolorosa la despedida.
El corazón de Lusian latía con fuerza, no solo por el deseo, sino por la certeza de que ese sería uno de los últimos momentos en que podría tenerla así, tan cerca, sin máscaras, sin títulos.
Elizabeth entrelazó sus dedos en el cabello de él, y por un segundo, el mundo pareció desvanecerse.
El calor entre ambos crecía, el roce de sus cuerpos encendía una urgencia silenciosa.
Cada respiración, cada latido, los arrastraba más al borde de lo prohibido.
Pero incluso en medio de ese torbellino, sabían que no podían seguir.
—Elizabeth, es una lástima que el período académico llegue a su fin.
A partir de ahora, será más difícil encontrarnos y mantenernos en contacto.
Ella levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y determinación.
—Sí, Lusian.
Pero no podemos permitir que eso nos detenga.
Nos escribiremos cartas muy seguido, ¿verdad?
Lusian sonrió apenas, y con un gesto tierno le acarició el rostro, como si intentara grabar cada línea de su piel en su memoria.
—Por supuesto, Elizabeth.
Aunque debemos asegurarnos de que nuestras comunicaciones sean discretas, para evitar ser descubiertos.
Ella asintió, bajando la mirada, y por un instante sus pestañas temblaron, como si luchara por contener algo más profundo.
—Podemos hacerlo de manera segura.
Envía las cartas a mi hermano, él será nuestro intermediario y nos ayudará a mantener nuestras correspondencias en secreto.
Lusian la estrechó entre sus brazos, sintiendo el temblor leve de su cuerpo contra el suyo.
—Confío en ti, Elizabeth.
Si alguien puede convencer a tu hermano de ayudarnos, eres tú.
Ella se aferró con fuerza, como si temiera que al soltarlo el mundo se deshiciera a su alrededor.
—No te preocupes —susurró junto a su oído—, mi hermano hará lo que le diga.
Sus respiraciones se entrelazaron otra vez.
Afuera, las campanas del patio principal marcaban el final del día, y con él, el final de una etapa.
Capital del Reino de Carpathia — Dos días después de la clausura de la Academia La mañana despertaba lentamente sobre la capital.
El aire aún conservaba el eco de las celebraciones por el fin del año académico, y la mansión de los bourlaunce permanecía en un silencio inusual.
Kara se sobresaltó al escuchar el leve chasquido de la puerta principal.
Desde su ventana vio a su madre avanzar por el camino empedrado, cubierta con un manto gris.
Sin pensarlo, se deslizó fuera de su habitación y saltó al jardín, siguiéndola en silencio.
Al notar los pasos tras ella, Sylvi se detuvo, sin siquiera voltear.
—Voy a encontrarme con tu abuela.
¿Quieres venir conmigo?
Kara respondió con determinación: —Por supuesto que iré.
Sylvi sonrió con cierto orgullo.
—Estoy muy orgullosa de ti, mi preciosa hija.
No le temes a nada…
ni siquiera a los castigos de tu padre.
Kara arqueó una ceja.
—¿No le vas a decir, verdad?
—Eso depende de cómo te comportes en el camino, querida mía —respondió su madre con una sonrisa apenas perceptible.
Kara suspiró.
—Prometo no causar problemas.
Las dos caminaron por los senderos empedrados que conectaban la capital con los jardines exteriores, una zona tranquila donde pocos se atrevían a rondar sin permiso.
El lugar elegido para el encuentro era discreto, un claro entre viejos álamos que servía como punto de reunión para ciertos miembros del linaje Sylvi.
Pero antes de llegar, varias figuras emergieron de entre las sombras: guerreros y magos con el emblema familiar grabado en sus capas.
—Decías que vendrías sola —dijo una voz firme—.
¿Quién es la mujer que te acompaña?
Sylvi, sin mostrar temor, contestó con serenidad: —Parece que la edad ya te está afectando, madre.
No puedes ni reconocer a tu propia nieta.
Linn frunció el ceño, sorprendida.
—¿Nieta?
Ella es tu hija…
pero ¿por qué está contigo?
Sylvi dejó escapar una breve risa.
—Bueno, resulta que salió más parecida a mí de lo que pensaba.
Kara dio un paso adelante, inclinando ligeramente la cabeza.
—Un gusto en conocerla, abuela.
Deseaba conocerla desde hace mucho tiempo.
El silencio se apoderó del lugar.
Finalmente, Linn alzó la mano y ordenó a los suyos bajar las armas.
—Mis disculpas…
parece que la vejez me está cobrando factura —dijo, acercándose con paso lento—.
Me alegra verlas sanas y salvas.
Sylvi y Kara se inclinaron para abrazarla.
Linn no pudo contener las lágrimas; los años de distancia pesaban más que cualquier reproche.
En ese momento, una figura más joven salió de entre los guardias y corrió hacia ellas.
—¡Hermana!
—exclamó Brigir, lanzándose a los brazos de Sylvi—.
Te he extrañado tanto…
es un alivio verte sana, junto a tu hija.
Debe haber sido muy duro para ti.
Sylvi la estrechó con fuerza, sonriendo con una mezcla de nostalgia y alivio.
Por primera vez en mucho tiempo, la familia Sylvi volvía a reunirse.
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