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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 24

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24: Capítulo 24 Presagio de un Nuevo Amanecer 24: Capítulo 24 Presagio de un Nuevo Amanecer “Paseo en la Capital” Mientras Linn y sus guerreros se reunían con el rey Felipe en el palacio real, Kara y Brigir aprovecharon el tiempo para recorrer la capital.

El bullicio de los mercados, las calles adornadas con estandartes dorados y el murmullo de los transeúntes formaban un cuadro vivo del corazón del reino.

Kara, con entusiasmo, guiaba a su tía por los callejones más antiguos, señalando las fuentes, los puestos de flores y las tiendas donde solía escaparse durante sus días libres en la academia.

Brigir, fascinada, no podía evitar mirar a su alrededor con una sonrisa, aunque las miradas curiosas del público no tardaron en seguirlas.

Las ropas de Brigir, propias de los clanes del norte, llamaban demasiado la atención entre los ciudadanos de la capital.

Sin embargo, nadie se atrevía a comentar en voz alta: la insignia del ducado que colgaba del uniforme de los guardias era más que suficiente para imponer respeto.

Después de salir de una tienda de joyas, Kara propuso detenerse a comer.

Eligieron un restaurante sencillo, uno que ella conocía bien, y decidieron sentarse en la zona donde la gente común acostumbraba a hacerlo.

—Te encantará la comida aquí —dijo Kara con una sonrisa, antes de acercarse al mostrador—.

Tienen el mejor guiso del distrito.

Fue en ese preciso momento que, en el piso superior, Lusian descendía por las escaleras junto a Emily.

Ambos venían del sector reservado para los nobles.

Detrás de ellos, Sofía los observaba desde la distancia con aire complacido.

Sabía que dentro de poco Lusian y Emily se separarían por ocho largos meses, y desde hacía semanas se empeñaba en acercarlos.

A cada oportunidad, Sofía invitaba a Emily a la mansión y hostigaba a Lusian con insistencia, convenciéndolo de salir con ella con la excusa de distraerla, de hacerla reír, de ayudarle a olvidar la muerte de su hermano.

Cuando Lusian y Emily se disponían a salir del restaurante, Kara regresaba a su mesa con una sonrisa, pero algo la detuvo.

Entre la multitud, su mirada se posó en la silueta de un lobo gigante que se asomaba a través de la entrada.

No había duda alguna.

—Lusian.

La voz resonó clara, casi instintiva.

Lusian se tensó al reconocerla; su paso se aceleró, intentando evitar lo inevitable.

Pero Kara ya se había lanzado a la carrera.

En un abrir y cerrar de ojos, se plantó frente a él, cortándole el paso con una sonrisa desafiante.

—Parece que ya te recuperaste —dijo Kara, con tono provocador—.

Así que puedo tener mi revancha.

Lusian entrecerró los ojos, exhalando con fastidio.

—Mira, chica loca —respondió—, no estamos en la academia, y me disgusta ver tu fea cara.

Así que deja de molestar y vete a seguir con lo que estabas haciendo.

Kara apretó los puños, el enojo encendiendo sus mejillas.

—¡Qué grosero!

Si supieras cuántos hombres están interesados en mí, no dirías eso.

Mi cara es hermosa, así me lo dice siempre mi madre.

Además, no olvides lo que me hiciste en aquella competencia.

No puedo dejarlo pasar.

Lusian la miró con creciente frustración, esforzándose por mantener la calma.

—Eso fue algo que ya pasó, simplemente olvídalo.

No tiene sentido seguir con eso.

Sin embargo, Kara no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente.

Antes de que Lusian pudiera apartarse, ella avanzó con paso firme y lo tomó por la camisa, acercando su rostro al de él con una mirada desafiante.

—No te dejaré escapar tan fácilmente, Lusian —dijo con voz firme—.

No hasta que te derrote.

El murmullo de los clientes se hizo más intenso; algunos camareros se detuvieron a mirar.

Lusian frunció el ceño, incómodo con la atención que atraían, pero antes de que respondiera, una voz nueva irrumpió con fuerza.

Una joven muy parecida a Kara, de cabellos más oscuros y mirada salvaje, se acercaba desde la entrada.

Vestía ropas que claramente no pertenecían al estilo del reino: pieles, tejidos gruesos y brazales de cuero adornados con símbolos rúnicos.

—Kara, ¿pasa algo?

—preguntó con tono firme, evaluando a Lusian de arriba abajo—.

¿Necesitas ayuda con este sujeto?

Lusian se giró sorprendido, observando a la recién llegada y luego a Kara.

Por un momento, dudó de su vista.

La semejanza era innegable, pero…

no recordaba que Kara tuviera una hermana.

Kara soltó la camisa de Lusian con un bufido y cruzó los brazos.

—No es nada —respondió con fastidio—.

Solo un sujeto odioso que presume de ser alguien importante.

Emily, que hasta ese momento se había mantenido a un lado, suspiró y dio un paso adelante.

Su tono era calmado, pero su mirada denotaba la paciencia de alguien que ya había pasado por aquello demasiadas veces.

—Kara, deberías ser más amable al saludar —dijo suavemente—.

Y tú, Lusian, podrías ser un poco más cortés con las mujeres.

No está bien decirle fea a una mujer.

Lusian entrecerró los ojos, frustrado, pero no dijo nada.

Antes de que el silencio se alargara, Brigir —la recién llegada— avanzó un paso, con una expresión de clara desconfianza.

Sus ojos se fijaron en Lusian, y por puro instinto, su mano fue hacia el hacha que colgaba de su cintura.

Su mirada asesina hizo que algunos clientes se levantaran de sus asientos.

Pero justo antes de que pudiera reaccionar, una sombra enorme se interpuso entre ellos.

El lobo gigante de Lusian se plantó frente a Brigir, mostrando los colmillos con un gruñido bajo que retumbó en el suelo de madera del restaurante.

Brigir se tensó, llevándose una mano al pecho.

No necesitó más que una mirada para entender que esa criatura no era común.

—Maldito mocoso…

—dijo con una mezcla de sorpresa y respeto—.

Resulta que eres un domador de bestias.

Kara apoyó una mano en el hombro de su tía, intentando calmarla, aunque su tono seguía cargado de sarcasmo.

—No, simplemente es un idiota al que su mamá cuida.

Brigir alzó una ceja, divertida.

—Qué desperdicio —comentó con una sonrisa burlona—.

Poner una bestia mágica a cuidar a alguien…

parece que los niños de este reino no pueden valerse por sí mismos.

Lusian la miró sin emoción, su voz baja y cortante.

—¿Y tú?

¿Quién eres?

Kara respondió antes de que Brigir pudiera abrir la boca: —Ella es mi tía.

Es de una tribu guerrera temida y respetada por muchos…

incluyendo las legiones del Imperio.

El silencio que siguió fue tenso.

El aire del restaurante parecía haberse detenido; incluso el lobo gruñó más bajo, como si comprendiera el peso de aquellas palabras.

Lusian entrecerró los ojos, una sonrisa burlona curvó sus labios mientras se giraba hacia Kara.

—Tu tía…

—dijo con tono mordaz— eso explica tu personalidad de bárbara loca.

Kara frunció el ceño, a punto de responder, pero Lusian se adelantó, dándole la espalda con desdén.

—Vamos, Emily —añadió sarcásticamente mientras comenzaba a alejarse—.

Sigamos con nuestro ¡pacífico!

paseo.

El tono burlón encendió la rabia de Kara.

Dio un paso al frente y gritó: —¡Eh!

¿A quién llamas bárbara loca?

Brigir, cruzando los brazos, sonrió con arrogancia.

Su voz resonó con un dejo de orgullo tribal.

—No solo eres protegido por tu madre, sino que ahora también huyes de tu adversaria.

¡Qué patético!

En mi tribu, ya te habrían alimentado a Galdrok.

El nombre cayó como un trueno en medio del bullicio del restaurante.

Lusian se detuvo en seco.

Su expresión cambió: de burla a asombro.

Se volvió lentamente hacia Brigir.

—¿Galdrok?

—repitió con incredulidad—.

¿El dragón de hielo del bosque Mongrul?

Brigir se tensó.

Su sonrisa se desvaneció por un instante mientras lo estudiaba con desconfianza.

—¿Cómo sabes que es un dragón de hielo?

—preguntó, esta vez con tono serio.

El aire entre ambos se volvió denso, casi helado.

Emily lo notó y dio un paso atrás, mientras Kara miraba a Lusian con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

El ruido del mercado quedó detrás como un murmullo amortiguado; sobre ellos, el cielo empezaba a teñirse de un violeta inestable que Lusian apenas notó.

Hablaba despacio, midiendo cada palabra como quien deja migas para que otros no sigan el camino completo.

—He oído rumores —dijo Lusian, la voz baja, los ojos fijos en un punto que él mismo no terminaba de ver—.

Y he estado investigando distintas especies de monstruos después de un suceso extraño que me ocurrió hace poco.

Kara lo interrumpió, afilada como siempre.

—¿Te refieres al Rey del Bosque?

Lusian negó con la cabeza, y al hacerlo un pequeño brillo cruzó sus manos vendadas.

—No solo eso —respondió—.

Mientras descansaba en un pueblo cercano, vi señales de las acciones del culto demoníaco.

No eran simples fanáticos: hablaban de una oleada, de un aumento del maná…

algo que haría que la tierra vomitara a sus antiguos dueños.

Pensó, por un instante, en cuánto estaba ofreciendo.

Sabía que soltaba la pista más importante que podía sin sonar a profeta loco.

Sonrió apenas; el equilibrio entre advertir y no alarmar era difícil.

Emily apretó su brazo con fuerza, la preocupación marcando cada sílaba.

—¿Por eso actuaban así los del culto demoníaco?

¿De verdad…

dónde sacaste eso?

—preguntó, con la voz quebrada por la incredulidad.

Lusian buscó a Emily con la mirada y trató de calmarla con lo que sonó a verdad técnica y antigua.

—En los libros de mitología —dijo—.

Textos de reinos que ya no existen.

Hablan de épocas en las que el maná brotaba como lluvia; los ecos de esas historias coinciden con lo que vi y con lo que confesaron los interrogados.

Brigir, que había permanecido en silencio hasta entonces, tragó saliva y dejó que su orgullo tribal se hiciera palabra.

—Si lo que dices es cierto —musitó—, el regreso de Galdrok y ese aumento de maná serían un presagio terrible para mi gente.

La seriedad de Lusian se endureció.

Ya no era el joven que se encogía ante los nobles; era una voz que pretendía salvar lo que estuviera a su alcance.

—Si permanecen en ese bosque cuando eso ocurra —dijo, clavando los ojos en Brigir—, morirán.

No es una amenaza; es una predicción.

Se volvió hacia Emily, y por primera vez su tono fue directo, casi paternal.

—Lo más probable es que ocurra pronto —añadió—.

Por lo que dijeron los miembros del culto bajo interrogatorio, demonios y criaturas más antiguas también aparecerán.

Dile a tu padre que refuerce las defensas del territorio.

Que aumente patrullas, sella los pozos de maná y prepare refugios.

Emily asintió, el menú de expresiones cambiando al de quien recibe órdenes que no son fáciles de llevar.

—Lo haré —contestó—.

Se lo diré.

Y…

Lusian —vaciló un beat— gracias por advertirnos.

Mientras la conversación se apagaba, una brisa fría rozó las copas de los árboles; en lo alto, una nube iridiscente, apenas perceptible, parecía acumularse en el horizonte.

Lusian no permaneció más tiempo y continuó con sus actividades junto a Emily.

Kara, aún aturdida por la información que había escuchado, se quedó observando cómo se alejaban.

Brigir, sin quitar la vista de él, murmuró con cierta desconfianza: —¿Podemos confiar en ese chico?

Kara asintió con firmeza.

—Sí.

Su familia es una de las más influyentes del reino, y Lusian ha estado involucrado en eventos muy peligrosos últimamente.

No mentiría sobre algo así.

Tía, será mejor que nos preparemos.

Le diré a mi padre y tú…

dile a tu tribu que salgan del bosque lo antes posible.

Brigir no respondió de inmediato.

Miró hacia el cielo, donde una fina neblina luminosa parecía desvanecerse entre las nubes, y finalmente asintió.

—Mi gente ya no soportaría otra catástrofe —susurró—.

Si lo que ese muchacho dice es cierto…

debemos movernos antes de que el bosque nos trague.

“La Negociación del Reino” La tensión en la sala de negociaciones era tan densa que apenas se respiraba.

Linn, líder de la tribu Refrvollr, y Felipe, representante directo del rey, se enfrentaban con una calma aparente que ocultaba una batalla silenciosa de orgullo y supervivencia.

Linn mantenía la postura erguida, el rostro impasible.

Sus ojos reflejaban la obstinación de generaciones que habían defendido su territorio a sangre y fuego.

—Mi pueblo no abandonará el valle.

Es nuestro hogar desde antes de que el primer reino levantara sus murallas —declaró con voz grave—.

No cederemos nuestras raíces por un tratado temporal.

Felipe, a pesar de su compostura diplomática, apretó los puños bajo la mesa.

Sabía que la obstinación de la líder podía costar miles de vidas, y que el reino no podía sostener otra guerra en el norte.

—No pido rendición, sino prudencia —respondió—.

Si se niegan a moverse, el ejército no podrá protegerlos.

Les ofrecemos tierras cercanas, apoyo en la reconstrucción y la protección del rey.

Solo pedimos cooperación y lealtad.

El silencio que siguió pesó como plomo.

Los miembros de la tribu intercambiaron miradas entre la lealtad a su tradición y el instinto de supervivencia.

La propuesta del reino era razonable…

pero también implicaba arrodillarse.

Linn cerró los ojos unos segundos antes de responder.

—Agradezco tu oferta, Felipe, pero la libertad de mi pueblo no tiene precio.

No nos subordinaremos a ningún trono.

Sin embargo…

—abrió los ojos, serena, pero cansada— entiendo tu deber.

Tal vez haya una forma intermedia.

Cuando Kara regresó con Brigir a la mansión Bourlance, el ambiente era más pesado de lo habitual.

El aire parecía vibrar con una energía extraña; las lámparas de maná parpadeaban como si respiraran.

—Padre, tienes que escucharme —dijo Kara al irrumpir en el despacho—.

Hay algo que debes saber sobre lo que ocurre allá afuera.

Linn levantó la mirada de los documentos y la observó con la paciencia de quien ya había lidiado con demasiadas urgencias.

—Las cosas no son tan fáciles, hija.

Todo requiere su tiempo —respondió con tono calmo.

Kara insistió, pero fue Brigir quien logró que el ambiente cambiara.

Con voz más grave, contó lo sucedido con Lusian: el joven noble que conocía el bosque, que había hablado del aumento del maná y de los peligros venideros.

Las miradas se cruzaron entre los presentes; incluso el duque, que hasta entonces había permanecido en silencio, frunció el ceño.

—¿Ese joven Douglas?

—preguntó con cautela—.

¿Está seguro de lo que dice?

—Demasiado —respondió Brigir—.

Habla como quien ha visto el fuego antes de sentir el calor.

Linn meditó un momento, luego habló con la firmeza de una líder que no ignora los presagios.

—Quiero reunirme con él.

Si realmente posee información sobre lo que se avecina, podría ayudarnos a decidir el destino de nuestra gente.

Kara sonrió, entusiasmada ante la idea.

—Yo puedo organizarlo.

Él confía en mí.

Pero el duque la interrumpió, su voz resonando con una autoridad que heló la sala.

—No.

Se hará por los canales formales de la nobleza —dijo con frialdad—.

No permitiré que te mezcles más con los Douglas.

No ahora.

El silencio posterior fue tenso.

Kara bajó la mirada, frustrada, mientras su padre se alejaba hacia la ventana.

Lusian, exhausto tras un día lleno de reuniones y compromisos, buscaba refugio en su habitación en la mansión de los Douglas.

Anhelaba un momento de paz, un instante donde nadie lo interrumpiera.

Sin embargo, al salir del baño, se encontró con Isabella sentada frente al piano en la sala.

La concentración en su rostro y la delicadeza de sus movimientos ya eran un espectáculo por sí mismos, y la melodía que surgía de sus dedos despertó en Lusian recuerdos de una vida antigua, llenando su corazón de una mezcla de alegría y nostalgia.

El sonido del piano resonaba suavemente por la sala, envolviéndolo en una atmósfera serena y cálida.

Cada nota parecía abrir un portal a un tiempo distante y olvidado, trayendo consigo memorias que Lusian creía perdidas.

No pudo evitar expresar su admiración: —Has mejorado mucho, Isabella.

Ella se inclinó con un gesto impecable de respeto, mostrando la formalidad que caracterizaba a su relación: —Gracias por el cumplido, mi señor.

Lusian tomó entonces la flauta que Isabella le había regalado hace tiempo.

Sus primeros intentos fueron torpes, improvisados, reflejo de su falta de práctica y de que solo podía tocar un instrumento.

Sin embargo, Isabella, con su talento innato y sensibilidad para la música, captó la esencia de sus notas.

Sus manos comenzaron a danzar sobre las teclas, transformando los sonidos vacilantes en una melodía rica y evocadora, tan cercana a la música de los recuerdos de Lusian que le hizo sentir que su pasado renacía en ese instante.

Mientras tocaban juntos, se estableció un diálogo silencioso: la flauta de Lusian evocaba emociones, y el piano de Isabella les daba forma y vida.

Él no necesitaba órdenes ni exigencias; ella actuaba por profesionalismo y obstinación, consciente de su papel de sirvienta, pero dejando que la música fuera su lenguaje propio.

Cada acorde reforzaba un vínculo profundo, una complicidad tácita que no dependía de palabras.

“Presagio del Aumento de Maná” Tres días después, Sofía se encontraba recibiendo a Kara, el duque Kaster, Linn, Sylvi y Brigir, quienes habían solicitado una reunión con Lusian.

Brigir no podía ocultar su entusiasmo al encontrarse con una mujer que compartía su afinidad mágica; en su tribu, los más fuertes eran altamente respetados, y saber que Sofía era la persona más poderosa de todo el reino la dejó profundamente impresionada.

Lusian descendió hasta el salón y se sentó junto a Sofía.

Observó con atención los rostros de los recién llegados mientras Kara procedía a presentar a cada uno.

Una vez iniciada la reunión, Lusian expuso sus argumentos y envió a un sirviente a traer el material que había estado investigando sobre la antigua humanidad.

Poco después, Isabella apareció, portando los documentos solicitados con la precisión habitual que caracterizaba su manera de servir.

Con voz firme, Lusian comenzó a explicar: —De acuerdo a la información obtenida de los miembros del culto demoníaco y de antiguos documentos, solo podemos formular hipótesis sobre los eventos que podrían ocurrir próximamente.

El tema ya había sido discutido previamente con Sofía durante sus cenas, y ambos coincidieron en que este escenario era posible.

Lusian se sintió aliviado; con la ayuda de Sofía, podría prevenir problemas futuros para el ducado, proteger vidas y mantener la fuerza de su territorio.

—Como he dicho —continuó—, el mundo podría entrar en una época muy oscura.

Próximamente, veremos fenómenos en el cielo que iluminarán la atmósfera con colores nunca antes observados.

Este evento ya ocurrió en épocas pasadas y trajo consigo consecuencias catastróficas.

Hizo una pausa, tomando un sorbo de agua mientras los presentes procesaban sus palabras.

—Este fenómeno provocará un aumento global del maná, lo que permitirá a los humanos superar los límites actuales de fuerza y habilidad.

Como todos saben, la persona más fuerte del mundo es el emperador de Ítaca, un guerrero de clase Champion que ha permanecido estancado durante años.

Esto cambiará con la llegada de este evento.

Guardó silencio por un momento antes de continuar: —Pero no solo los humanos se verán afectados.

Todos los seres vivos se volverán más fuertes.

Herbívoros y carnívoros se moverán fuera de sus hábitats naturales, generando confrontaciones inevitables con la humanidad.

Los más débiles entre nosotros no sobrevivirán.

Finalmente, Lusian concluyó con un tono grave: —Aunque no podemos confirmarlo con certeza, es mejor estar preparados.

Si no actuamos ahora, cuando intentemos reaccionar será demasiado tarde.

Los más vulnerables serán los primeros en perecer.

Kaster, con el ceño fruncido y un aire de preocupación, rompió el silencio.

—Estoy asimilando todo lo que has dicho, Lusian…

pero si esto es cierto, nuestro mundo está en grave peligro.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Sofía intervino con voz firme, su semblante reflejaba la urgencia de la situación.

—Dentro de nuestro territorio tomaremos medidas rápidas y efectivas.

Debemos proteger a nuestra gente y fortalecernos para lo que venga.

Les recomiendo hacer lo mismo: cada noble debe prepararse por su cuenta, reunir a los aldeanos y trasladarlos a las ciudades.

Además, refuercen las defensas.

No podemos permitirnos estar desprevenidos.

El duque Kaster asintió lentamente, pensativo.

—Es una situación delicada.

Si el aumento de maná ocurre tal como lo describes, el caos podría destruir la estabilidad del reino.

Debemos informar al rey.

No podemos permitir que el pánico se apodere de nuestra gente.

Linn, que hasta entonces había escuchado en silencio, habló con tono decidido.

—Estoy de acuerdo con el duque Kaster.

Pero, chico, necesito saber qué tan cierta es esta información.

¿Son solo tus predicciones?

No quiero ofenderte, pero no puedo tomar decisiones basadas únicamente en suposiciones, sin pruebas sólidas.

Sylvi, con evidente preocupación, intervino.

—Madre…

¿y si realmente ocurre y no nos preparamos?

Solo sobrevivirán los que tengan la fuerza para protegerse.

¿Cómo podremos asegurar la supervivencia de nuestro pueblo si eso sucede?

Lusian respiró hondo antes de responder.

—Entiendo su duda.

Pero si no establecen refugios seguros y no protegen a los niños y a los más débiles, el resultado será el mismo que en la antigüedad…

cuando la humanidad casi desapareció.

Se detuvo un momento, midiendo sus palabras.

—La buena noticia es que aún hay tiempo.

El fenómeno durará tres meses, y el mundo tardará en asimilar todo ese maná.

No deben actuar con prisa, pero si ignoran las señales cuando empiece, les aseguro que se arrepentirán después.

Cuando la reunión llegó a su fin, el ambiente seguía cargado de tensión y dudas.

Afuera, el viento agitaba las banderas del salón, como presagio de los cambios que se avecinaban.

Kara se acercó a Lusian con una sonrisa traviesa.

—Oye, tonto.

Escuché que la próxima semana es tu cumpleaños.

Así que dime, ¿qué quieres de regalo?

Lusian la miró con curiosidad.

—Ya que preguntas…

quiero algo.

Tu prima vive en el bosque Mongrul, ¿verdad?

Kara entrecerró los ojos.

—Sí, pero ni pienses que tienes alguna oportunidad con ella, tonto.

—Claro que no, tonta —replicó Lusian, indignado—.

Solo quiero algo del bosque.

—¿Ah, sí?

¿Y qué es lo que quieres?

—preguntó ella, cruzándose de brazos.

—Hay un lago en ese bosque —explicó él con calma—, uno del que ninguna criatura puede beber.

Quiero un poco de su agua.

Mientras más cantidad, mejor.

Kara suspiró.

—Veré qué puedo hacer, pero no podré entregártelo este mes.

—Está bien —respondió Lusian—.

Mientras llegue al ducado, estaré feliz.

Kara sonrió con orgullo, señalándolo con el dedo.

—En cuatro meses iré a tu ducado para desafiarte otra vez.

Más te vale no quedarte atrás.

—Está bien, bárbara loca —contestó Lusian, fingiendo molestia—.

Te estaré esperando para patearte el trasero, como siempre.

“El Baile de Emily” Una semana después, Emily no podía ocultar sus nervios.

Era su primer evento social de tal magnitud, y nada menos que para una de las familias más influyentes del reino.

Todo debía salir a la perfección.

No podía permitirse fallar ante la gran duquesa.

Mientras los sirvientes iban y venían ajustando los últimos detalles, Emily revisaba una y otra vez la disposición de las mesas, las flores y los emblemas dorados que decoraban el salón.

Su respiración era corta; cada paso resonaba en el mármol como un recordatorio de la responsabilidad que cargaba.

En ese momento, Sofía apareció en el umbral, elegante como siempre, acompañada de Lusian.

—Emily —dijo con voz firme—, hoy serás la anfitriona junto a tu prometido.

No te apartes de su lado.

Emily asintió de inmediato, conteniendo la mezcla de ansiedad y orgullo que la invadía.

Poco a poco, las distintas familias fueron llegando.

Los escudos de cada casa reflejaban los destellos de las lámparas de cristal mientras los nobles intercambiaban saludos y sonrisas medidas.

El murmullo de las conversaciones llenaba el aire con un tono festivo, aunque bajo la superficie aún se percibía cierta tensión: el eco de las noticias recientes, las sospechas, las alianzas frágiles.

Entonces, el heraldo anunció la llegada de la familia real.

El ambiente cambió de inmediato.

Todos se inclinaron en reverencia mientras los monarcas avanzaban con paso solemne.

Lusian, de pie junto a Emily, no pudo evitar dirigir su mirada hacia Elizabeth.

Llevaba un vestido de seda color morado imperial que caía como un río de luz sobre el suelo pulido.

Cada movimiento hacía brillar los pequeños bordados de plata en su cintura, y sus aretes de perlas azul oscuro parecían contener el reflejo del cielo nocturno.

Elizabeth también lo notó.

Durante un instante, sus ojos se cruzaron con los de Lusian, y el tiempo pareció detenerse.

Fue un intercambio silencioso, cargado de emociones que ninguno podía permitirse mostrar.

Ella se acercó con elegancia para saludar a Emily.

—Es un placer verte, querida —dijo con una sonrisa impecable—.

Y feliz cumpleaños a ti, Lusian.

Su tono era cortés, casi indiferente.

Pero al pasar junto a Emily, se inclinó levemente hacia su oído y susurró algo que hizo que la joven se quedara inmóvil, con el rostro pálido y los labios entreabiertos.

Por un momento, Emily no pudo reaccionar.

Elizabeth ya se alejaba, perdiéndose entre la multitud, mientras Lusian la observaba sin comprender lo que acababa de ocurrir.

Elizabeth, con una mirada tan afilada como una daga, preguntó con voz helada: —¿Sabes por qué estás aquí?

¿O debo explicártelo?

Emily, temblorosa, bajó la cabeza en una reverencia.

—No, princesa…

no sé por qué estoy aquí.

Elizabeth tomó su taza con elegancia calculada.

El leve tintinear de la porcelana fue el único sonido que rompió el silencio antes de que hablara de nuevo.

—He escuchado, de un amigo muy cercano a ti, que deseas romper el compromiso —dijo, observando con atención cada gesto de Emily—.

Pero, claro, te detiene el miedo a las consecuencias.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras se hundieran en el aire como veneno.

—Por eso te he mandado llamar.

Puedo ayudarte a terminar ese compromiso…

sin que corras ningún riesgo.

Emily sintió un nudo en el estómago.

(¿Un amigo?

No…

Alejandro.

Le dije que no hiciera nada tonto).

Pero mantuvo su compostura.

—Agradezco su oferta, princesa —respondió con una voz temblorosa pero digna—.

Sin embargo, cumpliré con mis responsabilidades y con las de mi familia.

El delicado equilibrio en el rostro de Elizabeth se quebró un instante.

Sus ojos se encendieron con un destello de furia contenida.

—¡Eres una cobarde!

—exclamó con dureza—.

Te ofrezco la oportunidad de irte a los brazos de tu amado y la desperdicias…

por miedo.

Emily, sorprendida por la agresividad en sus palabras, la miró directamente por primera vez.

—No sé qué le haya dicho Alejandro, pero no siento ningún tipo de atracción hacia él.

Entre nosotros solo hay amistad.

Nunca he pretendido nada más.

Elizabeth entrecerró los ojos, analizándola con frialdad.

—¿Entonces…

te gusta Lusian?

Emily titubeó.

Su voz salió baja, pero firme.

—He comenzado a tener una amistad muy cercana con él.

Y sé que, con el tiempo, podría llegar a amarlo.

Sus dedos se entrelazaron nerviosos sobre su regazo.

—Pero no es solo eso, princesa.

He visto cómo lo tratan, cómo lo presionan.

Si lo abandono, no tendrá a nadie en quien confiar en este ducado tan rígido y superficial.

Elizabeth la observó largo rato, sin decir una palabra.

Luego, con un gesto leve, se inclinó hacia atrás en su asiento.

(Esta chica tonta…

tendré que abrirle los ojos antes de que el poder la devore.) —Muy bien, puedes retirarte —dijo finalmente, con un tono que no admitía réplica.

Cuando el evento llegó a su fin, las familias comenzaron a retirarse.

Antes de partir, Elizabeth se acercó a Lusian.

Su voz era dulce, pero su mirada escondía algo más.

—Tu regalo te lo daré otro día —susurró—.

Pero necesitaremos estar a solas…

sin interrupciones.

Lusian asintió, aunque la frialdad en su pecho lo desconcertó más que sus palabras.

Laurence apenas se dejó ver durante la reunión.

Su rostro pálido y sus ojos hundidos eran un reflejo del dolor que lo consumía desde la pérdida de Caleb.

Su sola presencia bastaba para que el ambiente se tornara más pesado, aunque a Lusian solo le despertaba una vaga sensación de lástima.

Emily, en cambio, por fin podía respirar.

La tensión de los últimos días —las órdenes, los preparativos, las miradas inquisitivas— se disolvía lentamente al ver que todo había salido bien.

Cuando los últimos invitados se marcharon, Sofía se acercó a ella con una expresión serena.

La condujo a su despacho, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras suaves sobre las paredes.

—Lo hiciste bien, Emily —dijo con voz calmada—.

Todo salió según lo esperado.

Emily sonrió, aliviada.

Pero Sofía prosiguió, con un tono más grave: —Aprovecha estos días con tu familia.

Serán los últimos que pasarás con ellos.

Emily la miró, confundida.

—¿Los últimos?

—Sí —confirmó la duquesa—.

Cuando termine la temporada en la academia, te mudarás aquí.

Es momento de que asumas tu lugar como prometida de Lusian…

y comiences tu preparación para convertirte en duquesa.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, inevitables.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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