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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 25

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25: Capítulo 25 El Rugido del Bosque Mongrul 25: Capítulo 25 El Rugido del Bosque Mongrul “Cacería de Hielo” Dentro del oscuro y misterioso bosque Mongrul, un grupo de cazadores de la tribu Refrvollr realizaba su cacería diaria.

Con sigilo y precisión, se mantenían ocultos entre la espesa vegetación, aguardando cerca del río la aparición de un grupo de monstruos que solían moverse en manadas por aquella región.

Estos hombres, herederos de antiguas tradiciones, habían perfeccionado sus técnicas de caza durante generaciones.

Sabían que su supervivencia dependía de la paciencia y del momento exacto del ataque.

Cada respiración era controlada, cada paso medido.

El sonido del viento entre los árboles y el murmullo del río se mezclaban en una melodía hipnótica.

Los cazadores permanecían en silencio absoluto, con los sentidos afilados como sus cuchillas.

Finalmente, las bestias emergieron entre las sombras: enormes criaturas de aspecto bovino, cubiertas por placas óseas y ojos rojos como brasas.

La manada avanzaba con ferocidad, desgarrando el suelo a su paso.

Entonces, en un movimiento perfectamente sincronizado, los cazadores desataron su poder.

Lanzas de hielo cayeron sobre los monstruos, congelando a varios al instante.

La humedad del bosque reforzaba el efecto del hechizo, adhiriendo el hielo a sus cuerpos y transformándolos en estatuas cristalinas.

El resto de la manada, aterrada, huyó hacia lo más profundo del bosque.

Diez de aquellas criaturas quedaron atrás —algunas muertas, otras agonizantes.

Los cazadores se aproximaron con cautela.

Con movimientos precisos, terminaron con el sufrimiento de las bestias que aún respiraban.

Luego, procedieron a desmembrarlas, recolectando carne y materiales útiles con la eficacia de quien ha hecho esto mil veces.

Hippo Bekker, líder del grupo, dio la orden de almacenar todo en los brazaletes mágicos —artefactos enviados por su hermana mayor.

Aunque al principio se había negado a usarlos, resentido con su padre por no haber atacado al reino ni rescatado a su hermana durante la invasión años atrás, terminó aceptando su utilidad.

Mientras continuaban con su labor, un guerrero irrumpió en el claro, jadeante y cubierto de sudor.

—¡Nos atacan!

¡Rápido, regresen a la aldea!

—gritó.

Hippo se giró alarmado.

—¿Qué?

¿Quién nos ataca?

El mensajero apenas alcanzó a responder mientras seguía corriendo hacia otro grupo de caza: —¡Es Galdrok!

Un silencio pesado cayó sobre todos.

El nombre por sí solo helaba la sangre.

La última vez que aquel dragón había atacado, decenas de miembros de la tribu habían muerto.

Cuando llegaron a la aldea, el caos reinaba.

Invald, montado sobre sus dos bestias mágicas, lanzaba torrentes de fuego contra el enemigo.

Sin embargo, Galdrok —un dragón de escamas azul oscuro y ojos como relámpagos— se movía con una agilidad imposible, esquivando cada ataque con un rugido que sacudía los árboles.

Los guerreros hacían lo que podían, pero el poder del dragón era abrumador.

En un momento crítico, Galdrok inhaló profundamente y liberó un aliento helado que arrasó con media aldea, congelando guerreros y chozas por igual.

Cuando Hippo llegó, lo primero que vio fueron cuerpos esparcidos, cubiertos por una capa de escarcha.

El aire olía a sangre y a madera quemada.

Los gritos de los supervivientes resonaban en la distancia.

Galdrok, enfurecido, rugió: —¡Malditos insectos!

¿Ustedes trajeron a ese demonio a mi bosque?

Invald, desconcertado, respondió entre jadeos: —¿Demonio?

¿De qué estás hablando, Galdrok?

El dragón soltó un gruñido profundo, pero no respondió.

Al verse rodeado, batió sus alas con violencia y se elevó hacia el cielo, desapareciendo entre las nubes.

Invald montó su Wyber y lanzó un último ataque de fuego, pero la velocidad de Galdrok era demasiado grande.

Solo pudo observar cómo se alejaba, dejando tras de sí una estela de hielo y devastación.

Mientras observaba el horizonte, Invald apretó los puños.

—Maldición…

¿”demonio”?

¿A qué se refería con eso?

“El Beso de los Ausentes” Una semana después, Lusian se dirigió al lugar indicado en la carta de Elizabeth, donde por fin volverían a encontrarse.

Ella había planeado todo con precisión: el lugar, la hora y la manera de evitar cualquier mirada indiscreta.

Había pasado demasiado tiempo desde su última despedida, y ambos sentían que la distancia se había vuelto insoportable.

El recuerdo de su último beso aún ardía en sus mentes.

Cuando finalmente se vieron, el mundo pareció detenerse.

Durante unos segundos solo se miraron, conteniendo la respiración, hasta que el deseo reprimido rompió toda barrera.

Lusian avanzó hacia ella y Elizabeth no retrocedió; se encontraron en un abrazo que condensaba todos los días de espera.

El beso que siguió fue intenso, desesperado, casi doloroso.

Cada caricia era una confesión muda, un intento por memorizar al otro antes de volver a separarse.

Las manos temblaban, los suspiros se entrelazaban; el tiempo se disolvió en aquel instante robado.

Lusian sabía que no debía hacerlo, que lo correcto era alejarse, pero el corazón —esa fuerza indomable— le gritaba lo contrario.

Elizabeth, por su parte, se aferraba a él como si el solo contacto pudiera borrar el peso de su nombre y el deber que los mantenía apartados.

Por un momento, el mundo exterior dejó de existir.

No había títulos, ni linajes, ni promesas ajenas; solo dos almas que se buscaban en silencio, unidas por una pasión tan prohibida como inevitable.

Cuando el temblor de la emoción se apaciguó, quedaron abrazados, respirando el mismo aire, con los ojos cerrados y el alma desbordada.

Elizabeth ocultó su rostro en el pecho de Lusian, abrumada por lo que acababa de suceder.

—¿Este es mi regalo de cumpleaños?

—preguntó Lusian con una sonrisa suave, intentando romper la tensión del momento.

Elizabeth lo miró con el ceño fruncido, intentando mantener la compostura.

—Claro que no, esto no se suponía que pasara —dijo con voz temblorosa—.

Te aprovechaste de mí.

Lusian sonrió con suavidad, sin soltarla.

—¿Aprovecharme?

No recuerdo haberte escuchado decir que me detuviera —respondió con tono burlón, aunque su mirada seguía siendo tierna.

—¡Eso no es cierto!

Yo…

—balbuceó, buscando palabras—.

Eres un impertinente.

—Lo golpeó débilmente en el pecho, más por vergüenza que por enojo.

Lusian atrapó su mano y la llevó a sus labios, depositando un beso en sus nudillos.

—Admite que lo disfrutaste tanto como yo —susurró, dejando que su voz bajara apenas a un murmullo.

Elizabeth desvió la mirada, mordiéndose el labio inferior.

El rubor en sus mejillas la delataba.

—Tal vez…

un poco —murmuró al fin, con una mezcla de timidez y desafío.

Lusian soltó una breve risa y la atrajo hacia sí.

—Entonces no te arrepientes —dijo, rozando sus labios con los de ella.

Elizabeth suspiró, rindiéndose ante el calor de sus brazos.

—No…

supongo que no —confesó en un hilo de voz, apoyando la cabeza sobre su pecho.

El silencio los envolvió.

Solo se escuchaba el murmullo del viento y el ritmo pausado del corazón de Lusian, contra el cual Elizabeth se dejó adormecer.

Él, por su parte, acarició su cabello con delicadeza, saboreando la calma después de la tormenta.

Ni en sus sueños más osados había imaginado algo así.

En su vida pasada, nunca había sentido una conexión tan pura, tan inevitable.

En ese instante comprendió que, más allá del deseo o del deber, lo que unía sus almas era algo que escapaba a cualquier explicación.

Durante todo ese tiempo, había intentado comportarse como el auténtico Lusian Douglas: el heredero perfecto, el noble de mirada firme y pasos seguros.

Pero la verdad era otra.

En su interior, seguía siendo Erwin Lenox, un joven común que había pasado sus días encerrado en una habitación, buscando sentido entre pantallas y juegos.

Alguien que, antes de despertar en este mundo, tenia una vida diferente…

una cultura diferente.

Y, sin embargo, allí estaba, sintiendo el calor de otra persona, escuchando el latido de un corazón que respondía al suyo.

Por primera vez, Erwin comprendió que tal vez no necesitaba imitar a nadie.

Que no hacía falta ser “el verdadero Lusian” para vivir algo genuino.

Quizá, simplemente siendo él mismo, podría escribir su propio destino.

Cada suspiro de Elizabeth, cada roce de su piel, le recordaban que no tenía que tener todas las respuestas para sentir, para amar, para existir.

Se permitió ser vulnerable, soltar la máscara, dejar que el chico inseguro que alguna vez fue respirara libremente bajo el nombre de Lusian.

Por primera vez, no pensó en su pasado ni en el peso de un futuro incierto.

Solo en ese instante.

En ella.

En sí mismo.

Mientras Elizabeth descansaba entre sus brazos, él cerró los ojos y se hizo una promesa silenciosa: dejaría de actuar, de fingir ser alguien más.

Viviría como Erwin Lenox, aun dentro del cuerpo de Lusian Douglas.

Aprendería, caería, se levantaría…

pero viviría de verdad.

Después de todo, ¿de qué servía sobrevivir si uno nunca se atrevía a vivir?

Elizabeth, cuando logró calmar su respiración, alzó la vista hacia Lusian.

Sus ojos, aún encendidos por la mezcla de deseo y determinación, se clavaron en los de él.

—Voy a romper tu compromiso con Emily —dijo con voz firme, sin apartar la mirada.

Lusian la observó en silencio por un momento.

En sus ojos había ternura…

y una tristeza oculta.

Sabía que ese compromiso terminaría tarde o temprano, cuando el destino de Emily se revelara y recibiera la bendición de la Diosa.

Pero no podía decirlo.

Nadie le creería si afirmaba conocer el futuro.

Y, si se equivocaba en un solo paso, ambos serían destruidos por la presión del reino.

—Entiendo tu deseo, Eli —respondió con calma, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—.

Pero si nos exponemos ahora, solo traeremos caos.

Este reino vive de apariencias, y un movimiento en falso podría hundirnos a todos.

Cuando llegue el momento oportuno…

podremos mostrarnos al mundo sin temor.

Elizabeth frunció el ceño.

En sus ojos se reflejaba la misma lucha que ardía dentro de él: amor y deber, pasión y destino.

—Entonces déjame hacerlo a mi manera —insistió, aferrándose a sus brazos—.

No quiero que nada ni nadie se interponga entre nosotros.

Lusian la besó suavemente, buscando apaciguar la tormenta que había despertado en su pecho.

—Confío en ti, Elizabeth —susurró junto a sus labios—.

Sé que encontrarás la forma…

sin poner en riesgo lo que estamos construyendo.

Ella asintió despacio y se refugió contra su pecho.

Su respiración se acompasó con la de él, mientras el silencio los envolvía.

En su interior, Elizabeth sabía que Lusian tenía razón.

Pero su corazón —indómito, impetuoso— ardía con el deseo de gritarle al mundo que él le pertenecía.

Lusian regresó a su habitación con la mente aún atrapada en las imágenes del cuerpo de Elizabeth, en la calidez de su piel y en la dulzura de su voz pronunciando su nombre.

Su felicidad, por un instante, rozó el cielo.

Pero la realidad se impuso con la misma fuerza con la que el sol disipa un sueño: al día siguiente debía regresar al ducado y permanecer allí durante ocho largos meses, lejos de ella.

Su pecho se contrajo con una mezcla de frustración y vacío.

Se dejó caer sobre la cama, hundiendo el rostro entre las manos.

Todo lo que habían compartido —la pasión, la entrega, la promesa silenciosa de un amor imposible— parecía ahora un espejismo que se desvanecía con la distancia.

Cerró los ojos, intentando grabar cada detalle de ese momento: el aroma de su cabello, el roce de su piel, el sonido entrecortado de su respiración.

Si podía conservar esos recuerdos intactos, quizá soportaría la ausencia que lo esperaba.

Un suspiro largo y cansado escapó de sus labios.

En su mente, la felicidad y la tristeza se entrelazaban como dos hilos imposibles de separar.

Sabía que, a partir de ese instante, tendría que ser más cuidadoso que nunca.

Un paso en falso y todo se vendría abajo.

Por fortuna, contaba con la ayuda de Sofía.

Gracias a ella, la inminente invasión de monstruos en el territorio no sería un problema.

El ejército ya estaba en proceso de alistamiento, y la defensa estaba siendo reforzada con precisión militar.

Lusian confiaba en que, cuando el momento llegara, podría cumplir los acuerdos de su compromiso y acudir en auxilio de los Carter sin mayores contratiempos.

Pero, aun con todo en orden, había algo que lo inquietaba.

Una sensación persistente, como una sombra en el borde de su conciencia, le decía que los verdaderos desafíos que se avecinaban no serían ni políticos ni militares.

“Humo sobre Mongrul” En el corazón del bosque Mongrul, la aldea aún estaba envuelta en un silencio pesado.

El aire olía a ceniza y tierra húmeda, y en cada rincón se respiraba una tristeza que parecía no tener fin.

Los cuerpos ya habían sido enterrados, pero el dolor seguía latiendo, invisible, en cada mirada.

Cuando Lynn llegó, fue recibida con rostros abatidos y gestos de desolación.

Al conocer los detalles de la tragedia, sintió un nudo en la garganta.

Conocía bien la magnitud de aquella pérdida; no solo eran vidas, eran historias, vínculos, generaciones.

Pero no había tiempo para dejarse consumir por la pena.

Ordenó que los ancianos se reunieran de inmediato.

Poco después, los sabios de la tribu ocuparon sus lugares en la gran tienda comunal.

El fuego del centro crepitaba débilmente, arrojando sombras que danzaban sobre los rostros arrugados de los mayores.

Lynn los observó con determinación, consciente de la gravedad de lo que estaban por decidir.

Explicó lo que había descubierto en su viaje al reino: la creciente actividad de criaturas mágicas, los rumores sobre una fuerza oscura que alteraba el equilibrio natural, y las amenazas que pronto llegarían hasta ellos.

El silencio inicial se rompió con voces que reflejaban el miedo y la esperanza por igual.

—Nuestro hogar ya no es seguro —dijo uno de los ancianos, su voz temblando con el peso de la resignación—.

Debemos partir y buscar un nuevo lugar donde nuestras familias puedan vivir en paz.

Si nos quedamos, pereceremos todos.

—¿Y abandonar lo que somos?

—replicó una mujer de mirada firme, golpeando el suelo con su bastón—.

Nuestros antepasados lucharon y murieron aquí.

¿Qué clase de herederos seríamos si huimos ante la primera sombra que nos amenaza?

El debate se tornó tenso, cargado de emoción y orgullo herido.

Algunos clamaban por prudencia; otros, por honor.

Entre ambos extremos, Lynn escuchaba en silencio, con el ceño fruncido.

Sabía que cualquier decisión tendría un precio: la pérdida de su hogar o la pérdida de su gente.

Mientras el fuego crepitaba y las voces se alzaban, comprendió que el destino de la tribu Refrvollr estaba a punto de cambiar.

Mientras los sirvientes terminaban de preparar los carruajes para el viaje de regreso al ducado, Lusian se encontraba junto a Emily, de pie en el jardín del condado.

El viento otoñal agitaba las hojas caídas, y con ellas, una sensación de melancolía flotaba en el aire.

En su interior, Lusian estaba resuelto: debía mantener una relación cordial con Emily, una amistad sincera que, llegado el momento, pesara lo suficiente como para evitar su odio.

Sabía que algún día ella tendría que decidir si lo mataba o no.

Todo dependía de las emociones que él lograra despertar ahora.

Por eso midió cada palabra con precisión, buscando un equilibrio entre calidez y prudencia.

No podía revelar lo que sabía del futuro, pero sí fortalecer el lazo que los unía.

—¿Le hablaste a tu padre sobre la invasión de monstruos?

—preguntó con tono tranquilo, observando cómo ella desviaba la mirada hacia el horizonte.

Emily asintió con un suspiro cargado de impotencia.

—Sí, pero…

parece que no tomará grandes medidas.

He intentado hacerlo entrar en razón, pero desde la muerte de mi hermano, su espíritu está roto.

Ya no muestra el mismo interés por el condado —dijo, bajando la voz, con tristeza contenida.

Lusian asintió despacio, fingiendo sorpresa, aunque ya conocía ese desenlace.

—Entiendo tu preocupación.

—Sus ojos se suavizaron—.

Sé que él atraviesa un momento difícil, pero no puede dejar que el dolor lo consuma.

Si la invasión llega sin preparación, el resultado será catastrófico.

Emily apretó el borde de su vestido, su frustración visible.

—Créeme, lo he intentado todo.

Incluso el rey ha enviado cartas de advertencia, pero muchos nobles se niegan a creer que sea algo serio.

Haré lo que pueda…

hablaré con mi madre.

Si algo como eso realmente ocurre…

—se detuvo un instante, su voz quebrándose—, será una tragedia.

Lusian la miró con gravedad y un dejo de compasión genuina.

—Haz lo mejor que puedas, Emily.

Si algo sucede, el ducado enviará ayuda, pero debes saber que movilizar tropas tomará tiempo.

Si el ataque ocurre, resistir será difícil…

los monstruos no se detendrán ni de día ni de noche.

Emily asintió lentamente.

En sus ojos se mezclaban miedo y determinación.

—Lo sé…

pero no pienso quedarme de brazos cruzados —respondió, más para sí misma que para él.

Lusian sonrió levemente, admirando aquella chispa de fortaleza.

“Esa será la luz que la diosa verá”, pensó.

Por dentro, sabía que este adiós sería más importante de lo que Emily jamás imaginaría.

Hizo una pausa, sosteniéndole la mirada.

—Aun así, te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para llegar a ustedes lo más rápido posible.

No voy a descansar hasta que tu gente esté a salvo —dijo Lusian con voz firme, pero cálida.

Emily lo observó, con una mezcla de preocupación y gratitud brillando en sus ojos.

—Gracias…

es bueno saber que puedo contar contigo —respondió, apenas sonriendo.

Lusian le devolvió esa sonrisa.

—Puedes contar conmigo, Emily.

Estaré ahí para ti, sin importar lo que suceda —le prometió, apretando su mano con suavidad pero con una convicción que ella sintió genuina.

Emily asintió y, luego de despedirse, se alejó lentamente.

Mientras cruzaba el corredor hacia la salida de la mansión Douglas, un sirviente se le acercó discretamente y le entregó una carta sin remitente.

La caligrafía, elegante y estilizada, le resultó familiar.

Pensando que se trataba de Lusian, la joven decidió seguir las instrucciones: “Te espero en el jardín, junto al estanque”.

El atardecer bañaba el jardín con tonos dorados y rosados cuando Emily llegó al lugar…

pero lo que encontró la dejó inmóvil.

Lusian ya estaba allí, en el centro del jardín, frente a Elizabeth.

Por un instante, se quedó oculta tras los setos, incapaz de dar un paso más.

Lusian, sorprendido por la inesperada visita, preguntó: —¿Cómo estás aquí?

Elizabeth sonrió con una mezcla de picardía y orgullo.

—Bueno…

tu madre me dio permiso de quedarme un rato.

No fue nada fácil convencerla, claro —dijo, acercándose con paso elegante.

Lusian arqueó una ceja, intrigado.

—¿Eso significa que está de acuerdo con…

nosotros?

Elizabeth soltó una risa corta y suave, pero su tono se volvió agrio al responder: —Ojalá fuera así de fácil.

Parece que tu madre se ha encariñado con esa…

campesina.

Lusian frunció el ceño.

No le gustaba cómo Elizabeth hablaba de Emily.

A pesar de su nobleza y la calidez que él había aprendido a amar, Elizabeth tenía un orgullo profundo, moldeado por su linaje real.

A veces, ese orgullo se convertía en un muro entre ella y el mundo.

“Qué se puede esperar…

es una princesa”, pensó con resignación.

Pero aun así, no podía ignorar cómo esas palabras resonaban en su mente.

—Elizabeth, por favor —pidió Lusian con voz serena, aunque la tensión era evidente—.

Mantén tus comentarios sobre Emily a un nivel respetuoso.

Ella es una persona importante para mí.

Elizabeth suspiró, bajando la mirada apenas un instante antes de responder: —Lo siento, amor.

Sabes que a veces no puedo evitar ser un poco…

territorial cuando se trata de ti.

Lusian dio un paso hacia ella y la envolvió entre sus brazos.

—Lo sé, y te entiendo.

Pero debes saber que mi corazón te pertenece, solo a ti —susurró, buscando calmarla.

Elizabeth se aferró con fuerza a su pecho, consciente de que pronto deberían separarse.

—Entonces prométeme que volverás a mí, sin importar lo que pase.

Lusian sonrió con ternura, acariciándole el cabello.

—Te lo prometo, Elizabeth.

Nada ni nadie podrá mantenerme alejado de ti.

Siempre seré tuyo.

Ella lo besó una última vez, desesperada por grabar su sabor en la memoria.

Ambos se quedaron abrazados, respirando el uno en el otro, sabiendo que aquel instante sería su despedida antes de largos meses de distancia.

El viento movía las flores del jardín cuando, a lo lejos, una silueta se detuvo entre los arbustos.

Emily, siguiendo la carta anónima que había recibido, avanzó sin sospechar lo que iba a encontrar.

Pero al llegar al claro, el mundo pareció detenerse.

Ante sus ojos, Elizabeth y Lusian se abrazaban y se besaban bajo la tenue luz del atardecer.

Por un segundo quiso retroceder y marcharse, pero la voz de Elizabeth rompió el silencio.

—Emily —dijo, con una mezcla de sorpresa y arrogancia—, parece que nos has descubierto.

Lusian se giró sobresaltado, su expresión se tornó pálida al verla allí.

—Espera, Emily…

tenemos que hablar —dijo, acercándose despacio.

Emily permaneció quieta, con la mirada baja, incapaz de ocultar la confusión en su rostro.

Lusian respiró hondo antes de hablar, escogiendo cada palabra con cuidado.

—Sé que esto debe ser muy confuso para ti.

Pero debes entender que mi compromiso contigo fue una obligación impuesta por nuestras familias.

Nunca he querido lastimarte.

Te lo dije desde el principio: no deseaba este compromiso.

Emily levantó la vista, sus ojos reflejaban tristeza…

pero también comprensión.

—Lo entiendo, Lusian.

Ambos estamos atrapados por deberes familiares.

No quiero causar problemas, y tampoco puedo romper un acuerdo que no depende de mí.

Lusian asintió lentamente, aliviado de escucharla.

—Aun así, quiero que sepas que valoro tu sinceridad.

Mi intención es mantener una amistad contigo, una sincera.

Y te prometo que siempre te ayudaré en lo que necesites.

Emily le sonrió con una melancolía silenciosa.

—Aprecio tu honestidad, Lusian.

Haré todo lo posible por cumplir con mis deberes como tu prometida…

sin importar lo que pase.

Lusian se relajó un poco al ver la madurez con la que Emily afrontaba la situación.

—Gracias, Emily.

Sé que eres una mujer admirable, y que, sin importar lo que ocurra, siempre podremos mantener la cordialidad entre nosotros —dijo con sinceridad.

Emily asintió, aunque su mirada se desvió hacia Elizabeth.

—Entonces, princesa…

¿por esto fue que me ofreció romper el compromiso?

Elizabeth sostuvo su mirada con serenidad, aunque su tono denotaba cierta superioridad.

Ella misma había planeado aquel encuentro.

Su relación con Lusian ya había cruzado un límite.

—Sí.

Hubiera sido más fácil si hubieras aceptado.

Aun así, tu compromiso con él se disolverá pronto —dijo con voz firme—.

Solo te pido que mantengas esto en secreto y sigas actuando como hasta ahora, hasta que llegue el momento en que seas libre.

Emily la observó con calma, pero en sus ojos brilló un destello de ironía.

—Entiendo, princesa.

Parece que ya lo tiene todo resuelto…

aunque ha olvidado que su familia y los Douglas no mantienen precisamente una buena relación.

El ambiente se tensó.

Lusian notó el filo en las palabras de ambas y decidió intervenir antes de que la situación escalara.

—Elizabeth, hablaré con Emily a solas —dijo, con voz conciliadora.

Elizabeth lo miró un momento y luego asintió sin decir nada.

Lusian tomó suavemente del brazo a Emily y la condujo fuera del jardín.

—Lo siento —murmuró—.

Hablemos en privado.

Caminaron unos pasos entre los senderos bordeados de rosas.

Emily rompió el silencio: —¿Estás bien, Lusian?

Él asintió, aunque su expresión era sombría.

—Emily…

nunca quise arrastrarte a los enredos del reino ni hacerte daño.

Pero hay cosas que debes saber.

Emily frunció el ceño, confundida.

—¿De qué hablas?

Lusian respiró hondo.

—Prométeme que lo mantendrás en secreto.

Ella asintió sin dudar.

—Las cuatro familias fundadoras del reino —continuó Lusian— cumplen funciones específicas que no todos conocen.

La enemistad entre los Douglas y la familia real es solo una fachada, una puesta en escena para mantener el equilibrio y el orden entre los reinos y sus súbditos.

Emily lo miró incrédula.

—¿Quieres decir que la supuesta rivalidad…

no es real?

—Así es —confirmó Lusian—.

La función de mi familia es actuar como verdugo de quienes amenazan la estabilidad del reino.

Incluso si eso implica enfrentarse a la propia familia real.

Emily sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Entonces…

todas las familias que han sido ejecutadas por los Douglas…

¿eran culpables?

Lusian levantó la vista al cielo, donde las nubes se teñían de gris.

—Traidores.

Conspiradores.

Corruptos.

Y ahora…

demonios —dijo con voz baja, casi como si le pesara cada palabra.

Emily guardó silencio.

En su mente, el concepto de justicia se mezclaba con el sacrificio.

¿Una familia odiada por decisión propia?

¿Por deber?

Intentando desviar el peso de la conversación, preguntó con suavidad: —¿Y tú y Elizabeth llevan mucho tiempo juntos?

Lusian sonrió apenas.

—No, pero nos conocemos desde hace años.

Nuestra relación está prohibida…

y aun así, no pudimos evitarlo.

La amo desde hace mucho tiempo.

Emily asintió despacio, con una sonrisa triste.

—Espero que algún día puedas resolver todo esto…

y ser feliz, Lusian.

Él la miró, sorprendido por su serenidad.

En ese instante comprendió que Emily no solo era fuerte, sino también compasiva, capaz de poner el bienestar de los demás por encima del suyo.

La heroína de la historia, pensó con un dejo de admiración y culpa.

Emily, ya sola, se detuvo junto al estanque.

El reflejo del atardecer onduló…

pero su rostro no se movió.

El agua tembló por ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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