GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capítulo 26 El Juramento del Camino
“El Viaje del Luto”
El amanecer caía gris sobre la capital.
El aire olía a hierro y tierra húmeda, como si el mundo se preparara para sangrar de nuevo.
el estandarte de los Douglas flameaba sobre la calzada principal: un dragón plateado en fondo negro. Bajo él, la caravana aguardaba en silencio.
Los caballos resoplaban. El vapor de sus alientos se mezclaba con la neblina baja.
Las ruedas de los carruajes crujían apenas, impacientes por partir.
Trescientos caballeros formaban los flancos de la procesión, sus armaduras negras y plateadas reflejando la luz del amanecer.
Cada uno llevaba la insignia del lobo bordada en la capa: símbolo del orgullo, del linaje, del miedo que el nombre Douglas despertaba entre los vivos.
Lusian se apoyó en la ventanilla del carruaje y miró hacia adelante.
El primer carruaje era más grande, forrado en acero y madera oscura.
Allí viajaban su padre, el duque Laurence, y Martha…
La mujer que había sido el amor de su infancia, y la herida abierta que había devorado lentamente el corazón de su familia.
No podía ver sus rostros, pero sabía que iban uno junto al otro.
El pensamiento le dejó un vacío agrio en el pecho.
Laurence, vestido de luto, mantenía el rostro impasible.
Martha, envuelta en un velo negro, sostenía entre las manos un relicario con la imagen de su hijo muerto.
Ninguno hablaba.
El silencio era su único refugio.
Entre ellos se alzaba el peso insoportable del nombre Caleb: el heredero que no volvería.
El murmullo del viento arrastró polvo y recuerdos.
Las puertas del norte se abrieron con un chirrido, y la caravana comenzó a moverse.
Las ruedas giraron sobre el empedrado húmedo, marcando el compás de una marcha fúnebre.
En el carruaje posterior, la duquesa Sofía mantenía las manos sobre el regazo.
Sus guantes blancos estaban manchados de polvo, pero no pareció notarlo.
Miraba por la ventana el movimiento de los estandartes, el reflejo de las armaduras, el brillo metálico del amanecer sobre las lanzas.
En su interior, algo se agitaba: no tristeza, no rencor.
Era una calma tan tensa que casi parecía ira.
Frente a ella, Isabelle Armentt —su sirvienta y guarda personal— mantenía la cabeza inclinada, el cabello rubio ocultando el rostro.
La marca del juramento brillaba apenas sobre su cuello: un trazo pálido, como una llama dormida.
Aquel símbolo unía su vida a la de Lusian.
Si alguna vez lo traicionaba, el sello se volvería negro, y la maldición la consumiría lentamente desde adentro.
En Kuria, la lealtad tenía precio, y ese precio era la muerte.
Luian, el heredero legítimo, dormitaba contra la ventana, ajeno al peso de los secretos que lo rodeaban.
Sofía lo miró apenas.
Luian, el heredero legítimo, dormitaba contra la ventana, ajeno al peso de los secretos que lo rodeaban.
Sofía lo miró apenas.
Luego, su mirada se deslizó hacia el carruaje frontal.
Sabía quién iba dentro.
Sabía también lo que Laurence había perdido.
Pero en algún rincón de su alma, una voz murmuró que al fin, tal vez, el destino empezaba a equilibrar las cuentas.
Adele cabalgaba por el flanco izquierdo.
Su bestia mágica, una criatura de pelaje negro y ojos azules como el hielo, avanzaba con la elegancia de un depredador al acecho.
Detrás de ella marchaban las tres bestias de Sofía:
Thunder, el corcel eléctrico, cuyas crines chispeaban bajo el sol;
Umber, el lobo de sombra, que apenas proyectaba reflejo alguno;
y Larriet, el león dorado, cuya sola mirada bastaba para doblegar el espíritu de un hombre.
El sonido de los cascos, el viento entre los estandartes, el brillo frío de las armaduras…
Todo componía una sinfonía solemne, una procesión de acero y memoria.
Avanzaban hacia el norte, hacia las montañas que marcaban los dominios de los Douglas.
Tras ellos, la capital se desvanecía lentamente entre la bruma.
Lusian cerró los ojos un instante.
El vaivén del carruaje lo arrulló, pero su mente seguía despierta.
No pensaba en su padre.
Ni en Martha.
Pensaba en su madre, en esa mujer que había transformado la humillación en poder, la tristeza en determinación.
Y pensaba, en silencio, que él también había heredado algo de esa fuerza.
El sol emergió débil entre las nubes.
La caravana se internó en los caminos de Kuria, donde los árboles parecían observarlos y el aire olía a magia antigua.
El viaje había comenzado.
Y con él, el lento despertar de un mundo que aún no comprendía quién era realmente Lusian Douglas.
“La Voz de los Juramentados”
Isabelle Armentt mantenía la espalda recta y las manos cruzadas sobre las rodillas.
El movimiento del carruaje hacía que la luz se deslizara por su rostro, suave y pálido como porcelana.
Tenía una belleza que no buscaba llamar la atención, pero lo hacía de todos modos: una clase de elegancia que parecía ajena al polvo y la ruina.
Quizá por eso el segundo príncipe del reino se había enamorado de ella, y con ello, Lusian se había ganado su odio.
Ella no debía estar allí.
No debía ser su sirvienta.
Pero en Kuria, las decisiones raras veces nacían de la voluntad.
Lusian abrió los ojos apenas y la observó.
En su cuello brillaba débilmente la marca del juramento: un círculo de luz plateada, grabado por la magia del dios Sagmus.
Esa marca lo unía a ella por la vida… o por la muerte.
El precio de su lealtad era su existencia.
—Señorita Isabelle —dijo de pronto, sin abrir los ojos—.
¿Por qué hiciste el juramento?
La joven alzó la vista, sorprendida.
—¿El juramento… de lealtad?
—Sí —murmuró él, girando apenas el rostro hacia ella—.
Nadie te obligó. Y sabes lo que ocurre si se rompe.
Isabelle tardó en responder.
El traqueteo del carruaje llenó el silencio; el sonido metálico de las ruedas parecía marcar el compás de una confesión.
—Lo sé —dijo al fin, con una voz que era calma y temblor al mismo tiempo—.
Pero algunos necesitamos creer en algo.
Aunque duela.
Su mirada se perdió en la ventana, donde los árboles pasaban como sombras fugaces.
—El juramento… no es una cadena —continuó con suavidad—.
Es una elección. Una que no puedo traicionar.
Lusian la miró, intentando descifrarla.
No era devoción lo que había en sus ojos, sino una determinación silenciosa, casi resignada.
La muerte de Caleb Douglas había desatado una furia imposible de contener.
Los Douglas exigían su cabeza, y por estar vinculada a los hechos que llevaron a la muerte de Caleb.
Lusian apenas había logrado mediar, convirtiendo la venganza en castigo, y el castigo en un vínculo.
Convertirla en su sirvienta había sido la única forma de salvarla.
El mejor resultado posible… dadas las circunstancias.
Lusian desvió la mirada, incómodo. Afuera, los árboles pasaban como sombras.
Sentada al lado de Lusian, Sofía Mondring observaba el paisaje cambiante.
Colinas suaves, aldeas de techos de paja, humo que se elevaba perezosamente entre campos de trigo dorado.
El aire olía a tierra y a viento, y los estandartes con el emblema del lobo ondeaban con orgullo sobre la caravana.
Tres centenares de caballeros escoltaban la marcha, sus armaduras relucían como escamas de plata bajo el sol.
Era un despliegue digno de los Douglas, símbolo de poder y advertencia silenciosa para todo el reino.
Sofía miraba por la ventana, pero no veía los prados.
Su mente estaba lejos, perdida entre memorias que aún dolían.
“La familia Mondring ofrece a su hija Sofía en unión con el heredero Douglas.”
Aún podía escuchar la voz solemne del sacerdote del dios Sagmus pronunciando esas palabras.
No hubo celebración ni música, solo el eco hueco del juramento sagrado resonando en el gran salón.
Los Mondring —una antigua casa de condes con más miedo que poder— ofrecieron a su hija como tributo, buscando protección ante la sombra colosal de los Douglas.
El duque de esa época, un hombre severo y calculador, había descubierto que Sofía poseía una afinidad mágica Omega, un don que solo se manifestaba una vez por generación.
Y en su mente, aquello no era una bendición… sino un recurso.
“Uniré el poder de tu sangre con la de mi hijo”, había dicho el viejo duque.
“El ducado necesita un heredero fuerte, no un poeta enamorado.”
Así se selló su destino.
Laurence Douglas, joven y enamorado de otra mujer, la dulce Martha de la casa Vernier, se convirtió en su esposo bajo el juramento del dios Sagmus.
El juramento aseguraba no solo el matrimonio, sino la obediencia.
Ni la voluntad de un hijo ni las súplicas de una esposa podían romper un vínculo bendecido por Sagmus.
Sofía recordó el rostro de Laurence aquel día: joven, apuesto… y completamente vacío.
El suyo, frío por fuera, roto por dentro.
Luego vino Martha.
Siempre Martha.
Su risa ligera llenando los pasillos del ducado.
Las miradas que Laurence creía ocultar.
Las noches de silencio.
El amor negado, reemplazado por un odio tranquilo, constante, como el fuego que nunca muere pero tampoco ilumina.
Cuando el viejo duque murió, Laurence heredó el título… y liberó su corazón.
Se casó en secreto con Martha, la instaló en el ducado como concubina, y los sirvientes empezaron a susurrar el nombre de Caleb, el hijo que nació de aquel amor prohibido.
Sofía, aún esposa legítima, no había sido tocada.
Para el mundo era la duquesa.
Para Laurence, un juramento.
Una sombra con apellido noble.
La humillación fue su alimento durante años.
Pero cuando Caleb nació, Sofía decidió romper el silencio.
La sangre de un Douglas debía fluir también por su vientre.
Y así, casi por imposición, Laurence se vio obligado a cumplir con su deber.
De esa unión forzada nació Lusian.
El niño respiró por primera vez entre sus brazos, mientras la lluvia golpeaba los ventanales del castillo.
En ese instante, algo dentro de Sofía cambió.
No fue amor hacia Laurence, ni perdón hacia Martha.
Fue algo distinto.
Una grieta en el vacío.
Una chispa de propósito.
Porque Lusian era su herencia.
Su venganza.
Su respuesta a un destino que nunca eligió.
La afinidad mágica del niño fue una sorpresa incluso para los magos del ducado: Epsilon, un grado que rozaba lo divino.
El resultado perfecto de una unión que ella había despreciado.
Y mientras Caleb crecía bajo las risas de su madre, Lusian se convertía en el reflejo silencioso de su fuerza.
La disputa por la sucesión del ducado comenzó entonces, silenciosa y venenosa, como todas las guerras de sangre.
Sofía volvió la vista hacia su hijo.
Él descansaba con los ojos cerrados, ajeno a los fantasmas que viajaban junto a ellos.
El paisaje de Kuria se extendía frente a ella: aldeas que olían a pan recién hecho, campesinos que se detenían a mirar la caravana pasar, templos dedicados a los antiguos dioses.
Sofía apoyó una mano sobre el vidrio del carruaje.
Su reflejo la observó: el rostro de una mujer que había sobrevivido al matrimonio, a la humillación y al peso de un nombre que nunca fue suyo.
Lusian.
Su hijo.
Su razón.
No de Laurence, ni de los Douglas… sino suyo.
Lo había criado bajo una protección férrea, intocable, como si el mundo entero fuera indigno de tocarlo.
Antes de darlo a luz, creyó que sería su venganza contra un destino cruel.
Pero al tenerlo entre los brazos, al verlo respirar, al verlo crecer, algo cambió.
Ya no quería venganza.
Quería un lugar donde él pudiera ser feliz.
Donde nadie impusiera su voluntad sobre él.
Donde pudiera decidir su propio camino…
algo que a ella jamás le fue permitido.
Verlo triunfar sobre Caleb, sobre Laurence, sobre todos los que alguna vez la despreciaron… ese era su propósito.
Y en el fondo, más allá del orgullo y del rencor, había algo más puro, más peligroso: el amor.
Porque si llegaba el momento, Sofía daría la vida por él.
Sin dudarlo.
El séquito atravesó el primer poblado antes del mediodía.
Las casas, de piedra clara, se alzaban entre prados exhaustos.
Las ventanas relucían con cristales de maná que, antaño, apenas brillaban; ahora ardían con una luz azul más intensa, como si algo en el aire los alimentara.
Un molino giraba impulsado por un cristal de afinidad. Su zumbido era irregular, inestable.
Niños jugaban con pequeñas esferas arcanas que titilaban demasiado fuerte,
y Sofía lo notó de inmediato.
Había pasado por ese lugar muchas veces, viajando entre el ducado y la capital.
Antes, el maná del valle era escaso, dócil.
Ahora, lo sentía vibrar bajo la piel.
El aire estaba cargado, espeso, como si respiraran dentro de un conjuro descontrolado.
—El flujo ha cambiado —murmuró Sofía, observando el horizonte.
El paisaje también lo confirmaba: tierras agrietadas, cultivos quemados desde dentro,
y en los límites del camino, criaturas que no deberían estar allí.
Ciervos de tres cuernos, aves de plumas metálicas y ojos translúcidos.
Miraban a los hombres sin miedo.
El maná había alterado sus instintos.
La naturaleza ya no recordaba su lugar.
Cuando el sol comenzó a hundirse, el rugido llegó.
Un sonido tan profundo que el suelo tembló.
—Adele —dijo Sofía con voz firme.
La caballera giró las riendas. Thunder relinchó, y el aire se volvió eléctrico.
Larriet, el león dorado, rugió en respuesta; Umber se desvaneció entre sombras.
El ataque fue instantáneo: tres bestias carnívoras emergieron del bosque,
piel de escamas negras, ojos inyectados en maná líquido.
El primero alcanzó a destrozar un árbol antes de caer bajo la lanza de Adele.
El segundo fue cercenado por el relámpago que estalló bajo los cascos de Thunder.
El tercero, el más grande, fue abatido por las fauces ardientes de Larriet.
Menos de un minuto.
Y el silencio regresó.
Solo el olor a sangre y ozono flotaba sobre la calzada.
Lusian había visto todo desde la ventanilla. y por primera vez en mucho tiempo, sintió un escalofrío que no provenía del viento.
Sus ojos, quietos, siguieron el rastro de la sangre que se filtraba en la tierra.
—Incluso la naturaleza —susurró— está perdiendo su lugar.
Su mirada se desplazó hacia los cuerpos deformes de las criaturas.
El flujo de maná que emanaban era brutal: nivel noventa, al menos.
Algo así no debería existir tan lejos de los bosques primarios.
“El fenómeno ha comenzado”, pensó.
“Los herbívoros huirán de las zonas saturadas de maná… y los carnívoros los seguirán.
Los humanos quedarán en medio. Y los pueblos pequeños serán los primeros en caer.”
“Los Signos del Desbordamiento”
El carro avanzó lentamente por la senda.
Los cuerpos de aldeanos aparecían a los costados del camino —hombres, mujeres, niños.
No había muros, ni sacerdotes, ni caballeros que los protegieran.
Solo ruinas y silencio.
Sofía miró los cadáveres, su expresión impasible.
Sabía que intervenir no serviría de nada.
—Mantengan la formación —ordenó con voz helada—.
Ante una bestia de ese nivel, los débiles solo mueren como daño colateral.
Su mirada se alzó hacia el norte.
El suelo vibró nuevamente.
Desde la línea de árboles emergió algo más grande —un oso colosal, cubierto de placas negras de maná solidificado.
El aire a su alrededor se deformaba, como si la realidad temblara para sostener su existencia.
Sofía desmontó.
Su capa ondeó con el viento.
—Nadie se acerque —dijo.
Subió a Thunder, y con un solo gesto, las tres bestias respondieron a su llamado.
El corcel relinchó, el león rugió, el lobo emergió de las sombras.
Sofía apretó las riendas.
La batalla estaba por comenzar.
Y Kuria entera, sin saberlo, respiraba el preludio de una nueva era:
la era del maná desbordado.
El cadáver del monstruo yacía sobre la tierra humeante.
La sangre, saturada de maná, formaba charcos que brillaban con una luz azulada.
Sofía desmontó de Thunder y, sin cambiar su expresión, observó el campo.
—Monten el campamento aquí —ordenó con calma.
Su voz aún llevaba el peso de la batalla.
Los soldados se movieron con cautela, evitando acercarse demasiado al cuerpo de la bestia. El aire vibraba a su alrededor, como si incluso muerta la criatura aún respirara poder.
Laurence se aproximó, con gesto tenso.
—¿Estás bien? —preguntó, su tono forzado.
Sofía se volvió apenas.
—¿A qué debo el honor de tener al duque aquí? —respondió con ironía—. Debería regresar al carruaje. No querría que corriera peligro.
Laurence frunció el ceño.
—No pensé que necesitaras ayuda.
Sofía lo miró, fría, con una sombra de rabia contenida.
—El duque parece haberse tomado un descanso prolongado —dijo—. Deberías estar liderando las tropas, no observando cómo otros hacen su trabajo.
Hubo un silencio tenso.
El viento sopló, trayendo un olor metálico y extraño.
Laurence desvió la mirada hacia el cielo: un resplandor difuso teñía el horizonte, un velo de luces danzantes que no pertenecían al atardecer.
—Ese brillo… no lo había visto antes —murmuró.
Sofía también alzó la vista.
El firmamento parecía respirar. Tonos púrpuras, azules y dorados se entrelazaban en una niebla que ondulaba lentamente, como si el cielo se estuviera abriendo.
—Los sacerdotes hablaban de esto en sus antiguos textos —dijo Sofía en voz baja, casi para sí misma—. “Cuando el cielo arda sin fuego, el maná se derramará sobre el mundo”.
Laurence arqueó una ceja.
—¿Profecías? Pensé que eran solo supersticiones del clero.
Sofía negó levemente.
—No lo sé. Pero cada bestia que aparece está más lejos de su territorio, más fuerte, más irracional…
Algo está empujando al maná fuera de equilibrio.
Laurence guardó silencio, observando cómo el resplandor se extendía lentamente por el cielo, como una aurora de maná que cubría el mundo.
—Sea lo que sea —dijo al fin—, no parece algo que podamos detener.
Sofía miró el cadáver de la bestia, la tierra agrietada bajo su cuerpo.
—No. Pero podemos prepararnos.
Porque cuando el cielo termine de abrirse…
nadie sabrá qué clase de criaturas caerán de él.
El viento sopló otra vez, más frío.
En la distancia, el horizonte titilaba con una luz que no era del sol ni de las estrellas.
La noche había caído por completo, y el campamento se iluminaba con el resplandor suave de las lámparas de maná.
El aroma de la carne asada se mezclaba con el humo de las fogatas. Lusian comía con apetito, con los ojos brillantes.
—Está deliciosa esta carne —dijo con una sonrisa satisfecha, llevándose otro trozo a la boca.
A su lado, Isabella comía con elegancia, casi en silencio, los movimientos precisos, la mirada perdida en las llamas.
Adele se acercó, cruzando los brazos.
—Mi señor Lusian, coma más despacio. Si se satura de maná otra vez, tendré que cargarlo hasta el carruaje.
Lusian levantó la vista, masticando aún.
—No te preocupes. Mi estómago es fuerte —replicó con seguridad.
Adele soltó una risa breve.
—¿Fuerte? La última vez que comió carne de un monstruo de alto nivel estuvo enfermo tres días seguidos. ¿Lo olvidó, mi señor?
El joven frunció el ceño, algo avergonzado.
—Eso fue porque la carne del “Rey del Bosque” tenía demasiado maná. No fue mi culpa.
Adele se inclinó un poco hacia él, con una sonrisa traviesa.
—Y esta carne viene de un oso de nivel alto también. Si no se controla, el resultado será el mismo.
Lusian alzó una ceja, sorprendido.
—¿Carne de oso…?
—Sí —asintió Adele—. El mismo que mi maestra derrotó hace unas horas.
Pocos pueden cazar algo así y vivir para contarlo. Y mucho menos convertirlo en cena.
Lusian suspiró y dejó el plato a un lado, rindiéndose.
—Ya sé que mi madre es genial. No tienes que recordármelo frente a todos.
Adele rió abiertamente.
—No lo hago para presumir, mi señor. Solo para que no termine con fiebre mágica otra vez.
Isabella sonrió por primera vez en toda la noche, bajando la mirada para ocultarlo.
El fuego crepitó, arrojando chispas al aire.
“Dunverne”
Dos días después
El amanecer los recibió entre colinas cubiertas de neblina. A lo lejos, las murallas grises de Dunverne emergían como una corona de piedra sobre el valle.
Era una ciudad pequeña, pero bien defendida. Los muros, de bloques pulidos, reflejaban la luz del sol como plata vieja. Torres cuadradas flanqueaban la entrada principal, y sobre el portón ondeaba el estandarte de los Douglas: el dragón plateado en fondo negro.
Las calles eran estrechas y empedradas; el aire olía a pan recién hecho y a hierro. Los herreros trabajaban junto a las murallas, los mercaderes abrían sus puestos, y los niños corrían entre los soldados con sonrisas amplias.
Cuando la caravana cruzó la puerta principal, el bullicio se transformó en un clamor.
Hombres, mujeres y ancianos se arrodillaron al paso de los carruajes. Algunos agitaban pañuelos; otros arrojaban pétalos secos de flores del valle.
Era irónico, pensó Lusian.
Fuera de los dominios del ducado, el nombre “Douglas” inspiraba temor y odio.
Pero aquí, dentro de sus tierras, eran venerados como protectores, casi como reyes.
El duque Laurence saludó con un gesto sobrio desde su carruaje, mientras Martha inclinaba la cabeza con una sonrisa tenue. Sofía, en cambio, apenas levantó la vista; observaba los rostros de la gente como si buscara algo que no estaba allí.
A la entrada de la plaza mayor los esperaba el conde Aurel Van Drast, administrador fiel del ducado. Era un hombre de edad, con barba gris y ojos firmes, vestido con una capa azul profunda.
—Mi señor duque —dijo inclinándose—, Dunverne se honra con su regreso. El castillo ha sido preparado para recibirles.
Laurence asintió con solemnidad.
—Gracias, Aurel. Es bueno volver a casa.
El conde montó a caballo y guió la procesión por las calles hasta el Castillo de Ardenthal, una fortaleza erguida sobre una loma, rodeada por jardines de piedra y antiguos cipreses.
El recibimiento fue digno de reyes. Los sirvientes esperaban formados en el vestíbulo, las antorchas iluminando el salón con tonos dorados.
El duque Laurence y Martha ocuparon la habitación principal del ala norte.
Sofía, como era costumbre, se instaló en la habitación de invitados del ala este, junto a Lusian.
El silencio volvió poco a poco al castillo, pero en los muros aún resonaban los ecos del júbilo del pueblo.
En la habitación de invitados del ala este, la luz de las antorchas proyectaba sombras cálidas sobre las paredes de piedra.
Sofía estaba sentada en un sillón junto a la ventana, y Lusian, atrapado entre sus brazos, intentaba en vano zafarse del abrazo que lo envolvía como una prisión de terciopelo.
—Madre… por favor —protestó entre risas ahogadas—. Ya no soy un niño.
—Eso lo dirás tú —respondió Sofía con una sonrisa apenas contenida, acariciándole el cabello con una ternura que contrastaba con la firmeza habitual de su voz—. Para mí, siempre lo serás.
Un golpe suave resonó en la puerta.
—Adelante —dijo Sofía sin soltar a su hijo.
El capitán Albert, su viejo hombre de confianza, entró con paso firme y reverente. Vestía su uniforme de campaña, y el brillo del acero en su hombro reflejaba la disciplina de toda una vida de servicio.
—Mi señora —saludó con una leve inclinación—. Las tropas están acomodadas. El personal ha sido distribuido en las dependencias del castillo según las órdenes.
—Bien hecho, Albert —respondió Sofía sin variar el tono, aún jugando con el cabello de Lusian—. Descansaremos un día. Luego partiremos hacia la capital del ducado. Asegúrate de que todos estén listos al amanecer del segundo día.
—Como ordene, mi señora. —El capitán hizo una reverencia, pero antes de retirarse, una voz lo detuvo.
—Albert —dijo Lusian, asomando la cabeza entre los brazos de su madre—. Hacía tiempo que no te veía, viejo. ¿Dónde te habías metido?
El veterano sonrió, esa sonrisa de soldado que había visto demasiadas batallas.
—¿Acaso mi joven señor extraña los entrenamientos? —preguntó con fingida inocencia—. Si lo desea, puedo disponer de mi tiempo para reanudar las sesiones.
Lusian frunció el ceño de inmediato, recordando las inhumanas palizas que acompañaban aquellas “sesiones”.
—No, gracias. Solo quiero dar un paseo por el lugar. Me acompañarás, ¿verdad?
Sofía alzó una ceja.
—¿Y desde cuándo puedes salir sin pedirme permiso, Lusian Douglas?
Él se giró, con una expresión mezcla de resignación y rebeldía.
—Madre… tengo dieciseis años
El joven giró hacia ella, entre divertido y exasperado.
—Mamá… tengo dieciséis años. No soy un niño.
Sofía lo miró fijamente, sin decir nada. Luego sonrió con esa dulzura que solo precedía a sus pequeños gestos de autoridad.
—Claro que no lo eres… —susurró, pellizcándole suavemente la mejilla—. Pero aún eres mi hijo.
Lusian soltó un bufido de derrota, mientras Albert trataba de disimular una sonrisa.
—Ve —concedió Sofía al fin—, pero vuelve antes del anochecer. Mañana debemos continuar el viaje, y no quiero que te encuentren vagando entre tabernas.
—Lo prometo —respondió Lusian, liberándose al fin del abrazo.
Cuando salió de la habitación, Sofía lo siguió con la mirada un instante más, su expresión suavizada por algo entre el orgullo y la preocupación.
Lusian descendió los escalones del castillo mientras el sol se filtraba entre las torres de piedra gris.
El aire olía a pan recién horneado y a hierro templado: la mezcla inconfundible de una ciudad viva.
A su lado, Albert caminaba con el porte rígido de un veterano que jamás se permitía bajar la guardia.
Un poco más atrás, Adele montaba sobre su tigre blanco, Rasha, cuyos ojos celestes parecían dos cristales de hielo.
La joven vestía su uniforme de combate, el cabello recogido en una trenza alta que se movía al compás de cada paso.
Y, como si eso no bastara, Isabelle avanzaba a su lado, con una elegancia discreta que contrastaba con su armadura ligera.
Tras ellos, diez caballeros formaban un pequeño escuadrón, sus capas con el emblema del dragón plateado ondeando al viento.
Lusian suspiró.
—Solo era un paseo para despejarme —murmuró—. No una expedición militar.
Albert, sin mirarlo, respondió con calma.
—Mi señor, en estas tierras su seguridad es el reflejo del honor del ducado.
—Entonces el ducado debe estar muy aburrido —replicó Lusian, cruzándose de brazos.
Adele soltó una pequeña risa.
—Vamos, no te quejes. Podría ser peor. Podrías tener a mi maestra siguiéndote también.
—Eso sería el fin de mi libertad —dijo él, con un gesto resignado.
Atravesaron la puerta principal de la fortaleza y se adentraron en la ciudad de Dunverne, corazón del territorio Douglas.
Las calles empedradas estaban limpias y vivas; comerciantes voceaban mercancías, los herreros trabajaban sin descanso, y los niños corrían agitando pequeños banderines con el emblema del dragón plateado.
Al verlos pasar, la gente se detenía, inclinando la cabeza con respeto.
No había miedo en sus miradas.
Solo orgullo.
—Es extraño —pensó Lusian en silencio—.
Fuera de estas murallas, nuestro nombre inspira terror…
Pero aquí, somos casi dioses.
En una plaza, un grupo de aprendices manipulaba pequeñas runas de energía.
Una de ellas estalló con un destello azul, haciendo retroceder a todos entre risas nerviosas.
Albert frunció el ceño.
—No deberían jugar con artefactos inestables. Los cristales de maná están reaccionando de manera irregular últimamente.
Lusian se detuvo, observando las luces residuales en el aire.
—¿Reacción del maná ambiental?
—Tal vez —respondió Albert—. Los sacerdotes dicen que las corrientes mágicas se están moviendo hacia el norte. Algo grande se aproxima.
Lusian asintió, sin decir nada.
El resplandor suspendido sobre la plaza le recordó algo: la sensación opresiva del bosque, la forma en que la tierra parecía latir bajo sus pies.
Continuaron avanzando hasta el mercado central, donde los puestos rebosaban de frutas brillantes y carnes de caza aún humeantes.
Un grupo de músicos tocaba un laúd y una flauta, llenando el aire con una melodía ligera.
Adele se detuvo frente a un puesto de armas y tomó una daga forjada en acero oscuro.
—Buen equilibrio —murmuró—. Hecha por un Douglas, sin duda.
El herrero sonrió, inflando el pecho.
—Por mi propia mano, mi señora. Para servir al ducado.
Isabelle, en cambio, se había detenido ante una florista. Tomó una pequeña rama de lavanda blanca y la acercó a su rostro.
Por un instante, Lusian la observó en silencio.
Había en su gesto algo profundamente humano, algo que no encajaba con la sirvienta juramentada que lo acompañaba a todas partes.
Albert notó la mirada y carraspeó, interrumpiendo el momento.
—Mi señor, deberíamos regresar antes de que el sol caiga.
Lusian asintió, aunque algo dentro de él quería seguir explorando.
Aquella ciudad, tan viva y ordenada, tenía un pulso distinto…
Bajo la calma, el aire vibraba con un exceso de energía casi imperceptible, como si las piedras mismas respiraran maná.
Mientras emprendían el regreso, una ráfaga de viento levantó polvo brillante desde los adoquines.
Adele lo notó primero.
—Albert… ¿eso era…?
El veterano frunció el ceño.
—Sí. Cristales de maná en suspensión. Nunca antes había visto algo así dentro de la ciudad.
Lusian se giró, observando cómo el polvo luminoso flotaba en el aire como una niebla encantada.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—El fenómeno está avanzando —susurró para sí—.
Y nadie parece darse cuenta todavía.
Al amanecer, la caravana partió una vez más.
Las ruedas de los carruajes resonaban sobre el camino de piedra húmeda mientras el estandarte del lobo plateado ondeaba al viento. Detrás, trescientos caballeros marchaban en formación perfecta, sus armaduras reluciendo bajo la primera luz del día.
El aire estaba frío, cargado con el aroma de los pinos que bordeaban la ruta. A lo lejos, las montañas se alzaban majestuosas, coronadas de nieve.
Su destino: Eldras, la capital del ducado Douglas, una ciudad fortificada construida sobre la confluencia de tres ríos, donde el poder político y militar del ducado se concentraba.
Dentro del carruaje, Lusian observaba el paisaje pasar.
Su mirada, normalmente despreocupada, estaba fija en el horizonte.
“Hay muchas cosas que hacer…” pensó.
“Un censo. Sí, eso serviría. Una excusa perfecta para reunir a la población en los núcleos urbanos. Si logro concentrar a todos en las ciudades principales, podría protegerlos del fenómeno del maná antes de que se descontrole.”
Su mente se movía con precisión, casi como la de su madre.
Sabía que el fenómeno que había visto en Dunverne no era casualidad. La tierra estaba reaccionando; el maná se agitaba, creciendo en intensidad día a día.
“El ducado debe permanecer fuerte. Si el ducado se debilita, yo me debilitaré.
Si el ducado se fortalece… yo también lo haré.”
A su lado, Sofía lo observaba en silencio, con una leve sonrisa.
Sabía perfectamente en qué pensaba.
Lo había visto crecer desde un niño impulsivo hasta un joven que comenzaba a cargar sobre sus hombros el peso del nombre Douglas.
—Planeas algo —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Lusian giró el rostro.
—Solo pienso en el ducado. Si el fenómeno del maná se extiende, las aldeas más apartadas serán las primeras en caer.
Sofía asintió con serenidad.
—Un censo… interesante. Podríamos presentarlo como una medida administrativa. Nadie sospechará tus verdaderas intenciones.
—Contaré con tu ayuda, ¿verdad? —preguntó él, con una media sonrisa.
Sofía respondió sin dudar.
—Siempre. Mientras respire, estaré a tu lado.
Por un instante, el silencio llenó el carruaje.
Solo se oía el galope constante de los caballos y el rumor del viento entre los árboles.
Lusian bajó la mirada hacia sus manos, cerrándolas lentamente.
Aún no lo sabía, pero ese pensamiento —”el ducado debe permanecer fuerte”— ese es el objetivo que debe perseguir por el momento.
“Una Muerte que Justifica una Guerra”
En un camino al sur, entre colinas cubiertas de niebla, un carruaje oscuro avanzaba lentamente.
El estandarte imperial ondeaba sobre el techo, una serpiente dorada en campo carmesí, símbolo del poder del Imperio de Ítaca.
Dentro, el tercer príncipe imperial, Leopoldo Ferrussi, golpeaba con furia el reposabrazos.
Su rostro, joven y arrogante, estaba torcido por la humillación.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes—.
Humillado por esa princesa de voz altiva… por ese bastardo Douglas… y por mi propia hermana.
La rabia hervía en su interior. Había viajado al reino con la esperanza de ganarse el favor de Elizabeth, la princesa real, y quizá una alianza política.
Pero todo fue un desastre.
Había sido tratado como un niño mimado y luego ignorado por completo.
“Ya verás, Elizabeth… cuando el imperio reclame estas tierras, te haré pagar cada desaire. Haré que implores por misericordia.”
El carruaje se mecía suavemente, el sonido de los cascos y el viento entre los árboles era lo único que rompía el silencio.
Hasta que, de repente, todo se detuvo.
El cochero gritó algo ahogado.
Luego vino el sonido del acero.
Un alarido.
El golpe de un cuerpo contra el suelo.
Y después, un rugido metálico que hizo temblar la tierra.
—¿Qué sucede? —exclamó Aren, apartando la cortina de la ventana.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
La escolta imperial yacía destrozada en el camino; lanzas rotas, caballos degollados, soldados atravesados por sus propias espadas.
El aire estaba saturado de maná, tan denso que el carruaje vibraba con su presión.
Y entre los cadáveres, avanzando con paso tranquilo, estaba un hombre envuelto en una capa negra.
Su mirada era fría, sus ojos dorados brillaban con un fulgor animal.
El General Chacal, comandante de las fuerzas especiales imperiales.
El príncipe sintió cómo su garganta se cerraba.
Su voz salió débil, quebrada por el miedo.
—¿Chacal…? ¿Qué… qué significa esto?
El hombre se detuvo frente al carruaje, su espada aún goteando sangre.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
—Mi querido príncipe… —dijo con tono cortés, casi burlón—, su muerte tiene un propósito.
—¿Mi… muerte?
—Así es. —El chacal levantó su espada, cuya hoja ardía con un brillo azulado de maná puro—.
Gracias a su noble sacrificio, el Imperio tendrá una causa justa para declarar la guerra a este reino.
El príncipe apenas alcanzó a abrir la boca para gritar cuando el filo descendió en un arco perfecto.
El sonido fue seco.
El cuerpo cayó hacia un lado, y la cabeza rodó entre el polvo.
El chacal limpió la hoja, la miró unos segundos y murmuró:
—Un soldado no elige a quién matar… solo la causa por la que mata. Gloria al Imperio.
Luego dio media vuelta.
A su alrededor, sus hombres —fantasmas vestidos de negro— comenzaron a prender fuego al carruaje.
Las llamas se alzaron, tiñendo el cielo nocturno con un resplandor rojizo.
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