Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 27

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 - El Eco de la Sangre
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

27: Capítulo 27 – El Eco de la Sangre 27: Capítulo 27 – El Eco de la Sangre “La Sangre del Príncipe” El amanecer trajo consigo un silencio extraño.

En las murallas del Reino de Carpathia, las campanas no repicaban; el viento apenas rozaba los estandartes.

Pero en los pasillos del palacio real, ese silencio era el preludio de una tormenta.

Un mensajero irrumpió en el salón del consejo, cubierto de polvo y sangre seca.

Cayó de rodillas ante el trono, extendiendo un pergamino sellado con el emblema del Imperio Ítaca: el halcón de tres alas.

—Su majestad…

—su voz temblaba—.

El tercer príncipe imperial ha muerto…

en territorio del reino.

El rey se puso de pie, y el sonido de su armadura retumbó como un trueno.

Los nobles presentes se miraron unos a otros, pálidos.

Solo una frase rompió el silencio: —El Imperio…

pedirá sangre por sangre.

El cielo gris se cernía sobre la capital del Reino de Caparthia cuando el heraldo imperial cruzó las puertas principales.

Vestía una capa carmesí y portaba un estandarte dorado con el emblema del dragón bicéfalo del Imperio.

Su paso era lento, pesado, y tras él marchaban seis caballeros de armadura negra, montados en corceles cubiertos con placas metálicas.

Cada golpe de los cascos contra el empedrado resonaba como un presagio.

Durante dos semanas, el rumor del asesinato del noveno príncipe Leopoldo Ferrussi había estremecido las cortes.

El Imperio acusaba al Reino de haber conspirado en su muerte.

Los nobles debatían en voz baja, los templos rezaban por paz…

pero nadie creía ya en ella.

Cuando el heraldo llegó al centro de la plaza principal, desenrolló un pergamino sellado con cera roja.

Su voz, amplificada por un hechizo, retumbó sobre los tejados: —”Por mandato del Sagrado Emperador Ardeus Ferrussi Becker, portador de la corona de los mil reinos, se declara que la sangre imperial ha sido derramada en tierra extranjera.

El Reino de Caparthia ha cometido un crimen contra la divinidad del Imperio, y por ello se le ofrece una oportunidad de redención antes del castigo.” El silencio era absoluto.

Solo el viento movía las banderas del reino, aún intactas sobre las torres.

—”El Emperador concede tres condiciones para evitar la guerra total:” El heraldo alzó una mano enguantada, y una llama azul marcó cada punto en el aire.

1.

La rendición absoluta del Reino de Caparthia, aceptando su condición de vasallo y jurando lealtad eterna al trono imperial.

2.

La entrega inmediata de Lusian Douglas de Mondring, acusado de ser el instigador del atentado contra el príncipe Leopoldo.

3.

El envío de diez mil soldados de Caparthia al frente oriental, para servir bajo bandera imperial en la campaña de Espartaco.

Las últimas palabras resonaron con un eco frío: —”El Reino tiene siete días para responder.

Después de eso, las legiones marcharán.” “La Importancia de la Sangre” En el gran salón del castillo de Mondring, la duquesa Sofía Douglas sostenía la carta imperial entre los dedos.

El pergamino temblaba ligeramente bajo su mano, no de miedo, sino de furia contenida.

A su lado, Lusian observaba en silencio, con la mente dividida entre el desconcierto y la incredulidad.

—¿Yo…?

—murmuró—.

¿Qué sentido tiene?

Jamás he visto a ese príncipe.

Albert, el veterano comandante, habló con voz grave: o buscan justicia, mi señor.

Buscan excusa.

Su muerte fue una ofrenda, y usted es la pieza que necesitan para vestir de honor su guerra.

Sofía bajó la vista, pero una chispa de comprensión cruzó sus ojos.

—No…

no es solo una excusa, Albert.

Es algo más.

Lentamente, soltó el pergamino y miró a su hijo, como si viera en él algo que los demás no podían percibir.

—El emperador Valten no necesita guerras.

Él necesita sangre.

Y la tuya, Lusian…

vale más que todo un ejército.

Albert frunció el ceño.

—¿Sangre?

¿A qué se refiere, mi señora?

—A lo que el Imperio ha buscado por generaciones —respondió Sofía con un hilo de voz—.

Poder puro.

El emperador y su hija, la séptima princesa, nacieron con afinidad mágica epsilon.

En todo el imperio no existe otro con tal bendición…

hasta ahora.

Lusian sintió un escalofrío.

—¿Estás diciendo que…

me quieren por eso?

Sofía asintió lentamente.

—Quieren tus genes, tu herencia.

Tu afinidad es única, una réplica del linaje omega que corre por mis venas.

Si llegaran a unir esa sangre con la de la princesa…

el hijo que naciera podría alcanzar la afinidad Mágica omega.

El silencio cayó sobre la sala.

El eco de esas palabras era más pesado que cualquier amenaza militar.

Albert murmuró, incrédulo: —Entonces esta guerra…

no es por venganza.

Es por perfección.

Sofía asintió con amargura.

—El Imperio no busca destruirte, Lusian.

Busca poseerte.

Y eso…

jamás lo permitiré.

Cada nota de bronce atravesaba aldeas y caminos, viajando como un presagio por los campos de cosechas doradas.

No era música.

Era un llamado al deber.

El llamado de los vivos hacia la sombra de la guerra.

El aire en el salón principal del castillo Douglas olía a cera derretida, hierro y pergamino.

En el centro, la gran mesa de guerra se alzaba como un altar de piedra consagrado al sacrificio.

Sobre ella reposaban mapas, sellos y marcadores de madera tallada con formas de ejércitos: un tablero donde el destino de miles sería decidido.

El duque Laurence Douglas, de pie junto al estandarte carmesí del Lobo Solar, observaba en silencio a los hombres reunidos.

Eran condes, viscondes y barones, cada uno señor de sus tierras, pero todos con el emblema dorado de la Casa Douglas en el pecho.

No eran cortesanos.

Eran vasallos de guerra.

Hombres que conocían el olor de la sangre y el peso del acero.

—El llamado del rey Erkham no puede ignorarse —dijo Laurence, su voz grave resonando entre los muros—.

No es solo un deber con el trono, sino con el reino, con nuestra gente…

y con nuestros ancestros.

El eco de sus palabras apagó los murmullos.

El duque señaló el mapa extendido ante él, donde el sur ardía marcado con tinta negra.

—Dividiremos nuestras fuerzas.

La mitad marchará conmigo al frente sur, bajo la bandera del reino.

La otra mitad permanecerá aquí, protegiendo el ducado.

Giró hacia sus capitanes.

—El Imperio no esperará en las fronteras.

Cuando ataquen, lo harán como una marea.

Nuestras fortalezas caerán una tras otra si el norte queda vacío.

No defender nuestro hogar sería una sentencia de muerte para todos.

Uno de los condes, Lord Darven, un veterano de barba gris y mirada cansada, se inclinó.

—Mi señor, si partimos todos, los pantanos del norte quedarán desprotegidos.

Las aldeas no resistirán ni a las bestias, ni a los hombres.

Laurence asintió lentamente.

—Por eso tú y los tuyos permanecerán en el ducado.

Protegerás el valle y las minas.

Mientras un Douglas respire, ninguna bandera imperial ondeará sobre nuestras tierras.

Con mano firme, movió un marcador de hierro sobre el mapa.

—Los condes Rhed, Sovann y Marlowe marcharán conmigo.

Cada uno llevará sus mejores guerreros y magos.

Los viscondes enviarán refuerzos ligeros y suministros.

Los barones custodiarán las rutas interiores y los pasos montañosos.

A su lado, Sofía Douglas permanecía en silencio.

Su túnica azul oscuro, adornada con hilos dorados, parecía absorber la luz de las antorchas.

Cuando Laurence terminó, ella habló con calma: —Las rutas de abastecimiento hacia Varden y los pueblos del este son vulnerables.

Si el Imperio despliega sus magos o sus dragones de guerra, el frente colapsará antes de la primera luna.

Propongo mantener un escuadrón arcano en Mondring, bajo mi mando directo.

Laurence asintió, casi con alivio.

Sabía que mientras Sofía custodiara el ducado, ni los ejércitos imperiales ni la furia del maná lo quebrarían.

Durante un instante, el silencio volvió a reinar en la sala.

Solo el crepitar del fuego acompañaba el sonido del deber.

Laurence bajó la mirada hacia el mapa y murmuró: —Quizá Lusian podría acompañarme…

No al frente principal, claro, pero— La frase murió en su garganta.

La mirada de Sofía bastó.

Fría, serena…

inquebrantable.

Laurence sintió de nuevo recordó aquella ocasión, donde su cabeza estaba en la boca Larriet, el león su esposa, cuando le dijo que había tomado la decisión de nombra a caleb heredero del ducado.

Tosió y fingió ajustar un pergamino.

—…pero ha de quedarse —concluyó con torpeza—.

el heredero del ducado douglas debe estar a salvo.

Sofía desvió la mirada hacia el mapa, satisfecha.

Lusian permaneció en silencio, sintiendo el peso de una decisión que iba más allá de la estrategia.

Sabía que los ojos de su madre lo protegía.

El consejo se prolongó hasta el anochecer.

Las órdenes se sellaron con cera y sangre; los mensajeros partieron bajo la lluvia.

Y cuando la última antorcha fue extinguida, Laurence alzó la mano y pronunció las palabras que marcarían el inicio de una guerra inevitable: —Por el ducado, por la casa y por el reino.

Victoria o muerte.

El juramento fue repetido por cada noble, cada capitán, cada voz quebrada por la certeza de que muchos no volverían.

El eco recorrió las murallas, vibrando en los estandartes del Lobo Solar como un presagio.

El ducado Douglas marchaba a la guerra.

Y con ellos, el mundo entero daba su primer paso hacia el ocaso.

“El Precio del Honor” La lluvia golpeaba los vitrales del Palacio Real con la fuerza de un presagio.

Cada trueno hacía vibrar los estandartes del reino, y el fuego de las antorchas titilaba como si también temiera lo que se avecinaba.

En el centro de la Sala del Consejo, el mapa de Carpathia se extendía sobre una mesa de roble negro, cubierto de manchas de cera, sellos y marcas de sangre seca.

Las fronteras estaban delineadas en rojo, y el nombre “Dara” ardía en tinta como una herida abierta.

El rey Erkhan golpeó el borde del mapa con el puño.

—Cinco mil soldados de élite del Ducado Douglas marcharán hacia Dara.

La frase cayó como un golpe seco.

Nadie se atrevió a hablar.

Erkhan prosiguió: —Otros cinco mil saldrán de mis propios ejércitos.

Es el mínimo.

Un murmullo tenso recorrió la sala.

Los duques y condes se miraron entre sí, comprendiendo el peso de lo que acababan de escuchar.

No era una petición, era una sentencia.

El duque Bourlance fue el primero en romper el silencio: —Majestad…

mi casa apenas podrá enviar dos mil hombres de alto rango.

Si lo hago, dejaré mis tierras sin defensas.

—Y yo apenas mil quinientos —añadió Sneider, el rostro marcado por la preocupación—.

Briggs no podrá reunir más de mil.

El rey no los miró con reproche.

Los observó con una calma que era más terrible que la ira.

—Lo sé.

Pero enviarán a los mejores.

No quiero campesinos ni escuderos.

Quiero hombres que sepan matar sin dudar.

En Kuria, la palabra “élite” no era honorífica.

Era una sentencia de competencia: quienes partían a la guerra volvían como héroes o no volvían en absoluto.

Bourlance golpeó el suelo con su bastón.

—¿Y quién protegerá nuestras fronteras, nuestros hijos, nuestras esposas?

Si perdemos esas tropas, nuestras casas se debilitarán por generaciones.

El rey asintió.

—Sí.

Las perderán.

Y con ellas, parte de su linaje.

Pero si no luchamos, no habrá linajes que proteger.

El Imperio no tomará prisioneros nobles; tomará sus nombres, sus tierras y sus hijos como ofrenda.

Un silencio denso como hierro se apoderó de la sala.

Cada noble sabía lo que significaba ser conquistado: la humillación pública, la quema de escudos familiares, las esposas convertidas en botín, los herederos reeducados bajo la bandera imperial.

Entre la espada y la pared, solo quedaba el honor.

El rey continuó, marcando con su daga sobre el mapa: —Douglas: cinco mil.

—Corona: cinco mil.

—Bourlance: dos mil.

—Sneider: mil quinientos.

—Briggs: mil.

—Los demás condes, entre quinientos y ochocientos.

Las casas menores, doscientas, trescientas si pueden.

Luego alzó la vista.

—Quien oculte fuerzas, quien no cumpla, responderá ante mí…

y ante el pueblo que morirá por su cobardía.

El aire se volvió insoportable.

Algunos nobles bajaron la cabeza.

Otros, más viejos, miraron el mapa con resignación.

Sabían que verían esas rutas de nuevo, pero teñidas de rojo.

Sneider habló con un hilo de voz: —¿Y la Duquesa Sofía?

Sus jinetes de bestias mágicas son la mejor fuerza de choque del norte.

Erkhan apretó la mandíbula.—No.

La duquesa se queda.El silencio se tensó.—Esto no será una carga gloriosa.

Será un asedio.

En Dara, los jinetes sobran y los muros mandan.

No la expondré a la batalla a menos que sea estrictamente necesario.

Bourlance bufó, frustrado.

—Entonces la mitad de nuestro poder quedará atrás.

—La mitad del poder —replicó el rey—.—Los desgastaremos.Si cruzan la frontera creyéndose vencedores, el reino los recibirá con tropas frescas, preparadas para rematar la guerra.

Las palabras se clavaron en la sala como lanzas.

Algunos comprendieron, otros no.

Pero todos sabían que estaban sellando su destino.

Erkhan se enderezó, observando a los hombres que lo habían acompañado durante décadas.

Los había visto brindar en las fiestas de la cosecha, casarse, traer hijos al mundo.

Ahora, los veía con las sombras de la muerte reflejadas en los ojos.

—El Imperio movilizará legiones enteras —dijo, con voz baja, casi reverente—.

No podremos igualar su número, pero nuestra élite…

nuestra élite vale por diez mil hombres.

Que lo recuerden cuando lleguen a Dara.

Entonces alzó su copa de plata.

—Por el Reino, por la Sangre y por la Memoria de los que no regresarán.

Nadie brindó.

Solo levantaron sus copas con la solemnidad de quien asiste a su propio juicio.

Sabían que algunos de ellos jamás volverían a ver sus tierras.

Que los nombres grabados en sus anillos pronto serían epitafios.

Que la guerra no solo reclamaría cuerpos, sino legados enteros.

Cuando la reunión terminó, el sonido de la lluvia fue lo único que quedó.

Una lluvia que parecía llorar por adelantado a los hijos que Kuria estaba a punto de entregar al fuego.

El silencio volvió a caer sobre el consejo, más pesado que cualquier espada.

La estrategia del reino debía equilibrar ambición y precaución: enviar suficientes tropas a la frontera sin desproteger los territorios, contener a la población ante la amenaza de monstruos y saqueos, y mantener la cohesión de las casas nobles ante un enemigo que buscaba apoderarse del reino y reclamar a Lusian Douglas.

En contraste, los ciudadanos y campesinos sentían la guerra como un riesgo directo.

Sin la vigilancia de sus protectores, la temporada de cosechas y la cría de monstruos se volvía un peligro mortal: los herbívoros se descontrolaban, los carnívoros acechaban, y los aldeanos debían enfrentarse a estas amenazas con mínima defensa.

Así, el reino entero se preparaba para la guerra: los intereses personales, la ambición y el deber cívico convergían en un mismo punto.

Las diferencias internas debían dejarse de lado; la unidad era la única esperanza frente al Imperio que avanzaba, y todas las casas —desde las más poderosas hasta las menores— se movilizaban, conscientes de que la sangre derramada podría decidir el destino de Caparthia.

“El Verdugo de Caparthia” El eco de las trompetas aún resonaba en los valles cuando Laurence y Lusian cruzaron el pasillo de mármol que conducía al Salón Ancestral de la Casa Douglas.

La luz que se filtraba por los ventanales teñía las losas de un tono ámbar, y el aire cargado de incienso y polvo antiguo parecía vibrar con una solemnidad que solo los muertos podían entender.

A su lado, Umber, el lobo negro, caminaba en silencio.

Su pelaje oscuro se fundía con las sombras de los muros, y sus ojos ámbar no se apartaban de Lusian.

Laurence lo observó de reojo; reconocía aquella mirada.

No era solo la del animal: era la desconfianza de Sofía, acechando a través de su vínculo.

El duque suspiró.

—No le haría daño a mi propio hijo, Sofía…

—murmuró, más para las piedras que para el aire.

Umber levantó la cabeza, como si hubiera entendido, y el ambiente se volvió más pesado.

Lusian evitó la mirada del animal; el silencio entre los tres era tan denso que hasta el sonido de sus pasos parecía una profanación.

Llegaron al centro del salón.

Allí se alzaba un monumento de piedra negra, más antiguo que el propio reino: un obelisco cubierto de runas que palpitaban con una luz tenue, casi viva, como si respiraran.

El aire se tornó denso, y el silencio se impregnó de un eco ancestral.

Laurence se detuvo frente a él y posó su mano sobre la superficie fría.

Por un instante, el resplandor del monumento pareció responder a su toque, como si reconociera la sangre que lo invocaba.

—Es tradición —dijo con voz grave—.

Mi padre me trajo aquí antes de partir a su última guerra…

y ahora me corresponde hacerlo contigo.

Lusian asintió sin hablar.

Laurence cerró los ojos un segundo, respiró profundo y comenzó: —Con el tiempo, crecimos.

Y con el crecimiento vino la guerra.

Las tribus se devoraban entre sí por orgullo y por miedo.

La sangre regaba la tierra más que la lluvia.

Hasta que, hace setecientos veinte años, algo cambió.

Los Erkhan convocaron a las grandes casas.

Los Bourlance y los Briggs respondieron…

y de ese encuentro nació el pacto que dio forma al reino.

Laurence caminó despacio alrededor del obelisco, la luz de las runas reflejándose en su armadura.

—A nosotros, los Douglas, nos fue asignado el papel más oscuro: atacar, someter, destruir.

Éramos la sombra que obligaba a los demás a buscar refugio en la luz de los Erkhan.

Los Bourlance custodiarían las fronteras, los Briggs gobernarían con leyes y moneda, y los Erkhan reinarían.

Nosotros…

los Oscuros…

seríamos los guardianes invisibles.

Juramos eliminar cualquier amenaza al reino, incluso si provenía de ellos.

Sus dedos rozaron el símbolo grabado en la piedra: un halcón negro con las alas extendidas sobre un sol eclipsado.

—Mientras se respetara nuestra autonomía, seríamos parte del reino.

Así nació el Ducado Douglas —dijo con solemnidad—.

Y durante siglos hemos cumplido nuestro juramento…

Lusian lo observaba en silencio.

Las palabras de su padre parecían arrastrar siglos de peso y de sangre.

(“Guardianes invisibles”, “ejecutores en la sombra”…

suena más a condena que a deber.

Un destino trágico…

como todo buen villano.) pensó, sin atreverse a romper el momento.

Laurence bajó la cabeza y leyó en voz baja la inscripción tallada en el monumento: —Los Douglas no servimos a reyes ni a coronas.

Servimos al equilibrio.

Somos la sombra que debe moverse cuando la luz se vuelve débil.

Somos el filo que corta cuando el reino olvida el precio de la paz.

Alzó la vista hacia su hijo.

—Nuestro deber es proteger…

incluso si para ello debemos destruir.

Su mirada se volvió intensa, casi trágica.

—Si no regreso de esta guerra, tú serás el nuevo guardián de la sombra.

El verdugo de Caparthia…

si el reino lo exige.

Las palabras flotaron en el aire como un juramento sellado.

Lusian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Lo impactó el compromiso de esa familia, el sacrificio al que estaban atados por su deber.

Nunca había pensado en ello; siempre estuvo demasiado ocupado buscando cómo sobrevivir para notar el peso de la realidad de este mundo.

Con firmeza, Lusian asintió, dándole su respuesta a su padre.

Laurence lo miró entonces, con una mezcla de tristeza y orgullo.

—Dime, Lusian…

¿me odias?

Lusian lo sostuvo con la mirada.

Por dentro, solo pensó: (¿Odiarte?

No puedo odiarte…

porque yo no soy quien crees.) Pero no respondió.

El silencio fue su única respuesta.

—Quiero pedirte un favor, hijo —continuó Lawrence, con voz más baja—.

—Si puedo hacerlo, lo haré —respondió Lusian, sin emoción.

—Cuida de Martha.

Lusian asintió.

Lawrence sabía lo que eso significaba.

Mientras él marchara a la guerra, Martha, su concubina, quedaría expuesta.

Y si Sofía deseaba su muerte, no habría rincón seguro para ella en todo el reino.

Solo Lusian, con el vínculo que compartía con su madre, podría protegerla.

Lawrence dio un paso atrás y observó por última vez el monumento ancestral.

La luz de las antorchas dibujaba sombras alargadas sobre su rostro.

Sabía que ese podría ser su último día en el castillo, su última mirada a su hijo, su último respiro en paz.

Horas después, las trompetas resonaron desde los muros.

El duque Lawrence Douglas partía hacia la guerra con cinco mil soldados a su mando.

Guerreros de élite, hombres y mujeres que habían jurado proteger el reino desde las sombras.

Mientras los portones se cerraban tras él, Lusian permaneció en silencio, observando la procesión alejarse entre el polvo del amanecer.

El Imperio Ferrussi se extendía más allá de las montañas negras y las llanuras del este, una tierra de orden absoluto y poder aplastante.

Desde las torres de mármol blanco del Palacio Solar, se podía ver la inmensidad de sus ejércitos entrenando día y noche, una marea metálica que hacía temblar la tierra.

El aire olía a hierro, sudor y magia comprimida.

Cien mil soldados marchaban en formación perfecta, como una sola criatura viva.

Las Legiones Imperiales, divididas en doce cuerpos principales, estaban compuestas por hombres y mujeres con niveles que oscilaban entre el 50 y el 60; guerreros de disciplina inquebrantable, cada uno capaz de diezmar pelotones enteros de enemigos comunes.

Entre ellos, destacaban los Caballeros del Sol Carmesí, la guardia personal del Emperador: tres mil guerreros de élite, cada uno portando una armadura bendecida con inscripciones arcanas y lanzas imbuidas con runas solares.

Más allá, las Cohortes Mágicas —formadas por más de cinco mil magos de batalla— dominaban el campo con hechizos de área capaces de aniquilar fortificaciones enteras.

Y sobre ellos, como símbolo del poder imperial, volaban los Wyverns Alados de la Corona, bestias dracónicas que cargaban a los jinetes de nivel 50 o superior.

En total, el Imperio podía desplegar más de ciento cincuenta mil combatientes, sin contar a las milicias locales y los mercenarios bajo contrato.

Era una maquinaria de guerra construida durante siglos…

y ahora, el ojo del Imperio miraba hacia Carpathia.

En el Salón Dorado, donde las columnas de mármol sostenían techos cubiertos de mosaicos y oro líquido, el Emperador Ardeus Ferrussi Becker observaba el mapa del continente.

Sus dedos, largos y envejecidos, rozaban la frontera sur: Dara.

A su lado, de pie y con la mirada firme, estaba su séptima hija, Naira Ferrussi Becker.

De cabello negro como la noche y ojos grises como el acero, Naira irradiaba una belleza hipnótica.

Su magia del viento parecía danzar a su alrededor, moviendo suavemente su capa y sus hebras de cabello con cada respiración.

Desde su nacimiento, se le había concedido el título de heredera del Imperio, pues poseía lo que pocos en la historia habían tenido: una afinidad Épsilon, la antesala del poder absoluto.

—Es hora, Naira —dijo Ardeus con voz profunda, mientras el eco reverberaba en la sala—.

Has sido entrenada por los mejores maestros del Imperio.

Has leído cada tratado de guerra, dominado cada arte mágica que tu edad permite.

Pero las palabras y los honores no significan nada si no se demuestran en el campo de batalla.

—Entiendo, padre —respondió ella con serenidad, aunque su corazón latía con fuerza—.

Me encomendarás un frente.

—Más que eso.

—El emperador sonrió, una mueca de orgullo y locura contenida—.

Te doy autoridad absoluta sobre la campaña del sur.

Las legiones cuarta, quinta y séptima estarán bajo tu mando.

Necesito que logres tu primera victoria, Naira.

El Imperio debe verte como la heredera que guiará la nueva era.

Naira asintió.

—El Reino de Carpathia es débil —dijo con tono analítico—.

Dividido, lleno de casas nobles que se devoran entre sí.

No será difícil romper su frontera si actuamos con precisión.

Ardeus soltó una carcajada, y su mirada ardió como el fuego de un fanático.

—Carpathia no es nuestro objetivo final, hija mía.

No…

—apoyó una mano sobre el mapa, y su voz bajó a un susurro—.

Hay algo más valioso allí.

Un joven…

Lusian Douglas de Mondring.

Naira alzó una ceja.

—He oído ese nombre.

Afinidad Épsilon, como la mía.

—Exacto —dijo Ardeus, excitado por la idea—.

Nació con una afinidad perfecta, pura.

Si lo traes ante mí…

si lo unes a nuestra línea…

el Imperio alcanzará lo que mis antepasados soñaron durante siglos.

—¿Una sangre perfecta?

—preguntó Naira con voz contenida.

—¡Más que perfecta!

—exclamó el Emperador, golpeando la mesa—.

Una afinidad Omega, Naira.

¡El pináculo de la magia humana!

Un heredero que combinaría el viento supremo de tu sangre con la oscuridad profunda de la suya.

—Y ese niño —su voz temblaba de emoción— sería el dios viviente del Imperio Ferrussi.

El silencio cayó por un instante.

Naira observó a su padre con expresión serena, aunque sus ojos ocultaban una mezcla de fascinación y miedo.

El emperador se inclinó hacia ella, casi susurrando: —Tráelo, hija mía.

Conquista Dara, vence al Reino, y tráeme a ese hombre.

Si no puedes traerlo…

Su voz se volvió ronca, obsesiva.

—…

entonces regresa embarazada de su hijo.

Los guardias que flanqueaban el trono bajaron la cabeza, fingiendo no oír.

El aire vibró con energía, y el viento alrededor de Naira se agitó como una respuesta inconsciente.

—Padre…

—dijo ella, con un hilo de voz—.

¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?

Ardeus la miró con una mezcla de ternura y demencia.

—Hasta donde sea necesario.

Si muero sabiendo que en nuestra sangre corre un heredero de afinidad Omega…

entonces mi alma podrá descansar.

La pureza es el destino de nuestra casa, Naira.

No lo olvides.

Ella bajó la cabeza.

El viento en la sala se calmó lentamente, aunque el corazón de Naira ardía en conflicto.

No sabía si obedecer a su padre por lealtad…

o por miedo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo