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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El Viento del Imperio
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28: Capítulo 28 El Viento del Imperio 28: Capítulo 28 El Viento del Imperio “La Princesa de los Tres Soles” El viento llegó primero.

Un viento seco, denso, que arrastraba consigo el olor del hierro y la ceniza.

Los vigías sobre las murallas de Caparthia lo sintieron antes de verlo; un aire extraño, pesado, cargado de un silencio que precede a las tragedias.

Luego, en el horizonte, el polvo se alzó como un muro.

A lo lejos, bajo el sol blanco del mediodía, apareció el ejército imperial.

Era una mancha dorada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, avanzando con una sincronía perfecta.

Cada escudo reflejaba la luz del sol como una llama; cada estandarte rojo ondeaba con la cadencia de un corazón gigante latiendo al unísono.

Ciento cincuenta mil hombres marchando sin gritar, sin dudar, con el emblema del dragón dorado grabado en sus corazas.

Detrás de ellos, monstruos de acero: las máquinas de asedio del Imperio, torres rodantes impulsadas por cristales de maná, y bestias aladas entrenadas para la guerra.

El sonido era un trueno continuo, como si el suelo mismo protestara ante tanto peso.

Desde la torre principal, los heraldos del Reino guardaron silencio.

Solo se oía el murmullo del viento y el repicar de las campanas que anunciaban la llegada del enemigo.

Desde el balcón principal, el rey Erkhan, el duque Laurence Douglas, y los demás nobles observaban en silencio la marea dorada.

Los rostros de los consejeros estaban tensos; algunos contenían el miedo con dignidad, otros apenas podían ocultarlo.

Solo Laurence mantenía la mirada fija en el horizonte, el reflejo del sol danzando sobre su armadura negra.

A su lado, el rey murmuró: —La séptima princesa ha llegado…

—dijo con gravedad—.

ese es el emblema del heredero del imperio.

Esa misma tarde, cuando el polvo aún no se asentaba, un heraldo del Imperio llegó bajo bandera blanca.

Portaba una invitación sellada con el emblema de los Tres Soles.

La séptima princesa, Naira Ferrussi Becker, deseaba parlamentar con el rey Felipe Erkhan antes del amanecer.

El encuentro se realizó al día siguiente, en la Llanura de Darn, una franja de tierra estéril entre ambos ejércitos.

Allí, sobre un terreno sin dueño, se alzaba una gran tienda blanca, custodiada por soldados imperiales de la guardia personal de la princesa.

El rey Erkhan llegó acompañado por el duque Laurence Douglas y un pequeño séquito de caballeros.

No había palabras innecesarias.

No había confianza.

Cuando la princesa apareció, el viento cambió.

Cabello negro como la medianoche, ojos del color del amanecer, y una armadura de mithril bruñido que parecía irradiar su propia luz.

Avanzó con serenidad, cada paso medido, cada gesto calculado para dominar el aire a su alrededor.

El viento rasgaba la lona blanca de la tienda, trayendo consigo el olor del hierro y la desconfianza.

Dos mundos frente a frente.

Dos respiraciones contenidas.

Naira Ferrussi Becker observó al rey Felipe Erkhan como quien estudia un animal antes de abrirle el cuello.

Cabello blanco, ojos del amanecer, labios que parecían tallados para pronunciar promesas falsas.

El mithril de su armadura destellaba como un sol contenido.

—Vengo en nombre de mi padre, el Emperador Ferrussi, soberano de los Tres Soles —dijo con voz suave, modulada—.

Traigo un mensaje de clemencia.

Un silencio pesado siguió.

Laurence Douglas, de pie junto al rey, la observaba sin apartar la mirada.

No veía una mujer, sino una máscara.

Una criatura forjada por el poder y el orgullo del Imperio.

Ella continuó: —El Imperio no busca destruir, sino unir.

—Dejó que la palabra “unir” se deslizara como un veneno lento—.

Entregadnos a Lusian Douglas, y prometo ante los Soles que Caparthia conservará su nombre, sus tierras y su corona.

Las palabras de la princesa flotaron en el aire, hermosas y venenosas.

El rey Erkhan apretó el puño bajo la mesa.

Su mente, casi involuntariamente, imaginó la escena: mensajeros del Imperio exigiendo a Sofía Douglas que entregara a su hijo.

El solo pensamiento le heló la sangre.

No por miedo a ella —aunque todos en el reino conocían su poder— sino por lo que eso significaría.

Un conflicto interno, una ruptura entre las casas del norte y la corona…

un suicidio político.

Si Sofía se negaba —y se negaría— el Reino se desgarraría por dentro, debilitado justo cuando el Imperio los tenía contra la pared.

Y si, por absurdo que fuera, llegaban a entregarla…

¿confiar en la palabra del Imperio?

Nadie lo hacía.

Con Lusian en su poder y el Reino dividido, el camino al sur estaría abierto.

No habría necesidad de pactos, solo de avanzar.

Laurence lo entendió también.

La propuesta de la princesa no era un tratado…

era una trampa bien vestida.

Una jugada para sembrar desconfianza, debilitar su moral y abrir una grieta entre los suyos antes del primer golpe.

Naira mantenía aquella sonrisa serena, tan pulida como su educación.

En su mente, todo era un tablero perfectamente ordenado: las piezas del Reino eran simples campesinos aferrados a la superstición, un pueblo primitivo que debía sentirse agradecido de ser absorbido por la gloria del Imperio.

Esa era la enseñanza que había recibido desde niña, y jamás la había puesto en duda.

Por eso habló con tanta seguridad, revelando sus intenciones sin medir el peso de sus palabras.

Un error.

Uno que solo alguien sin cicatrices de guerra podía cometer.

El rey Erkhan lo notó de inmediato.

Aquel “ofrecimiento” no era un pacto, sino una provocación.

Y detrás de esa voz dulce y esa mirada compasiva, vio lo que realmente era: una princesa que creía saberlo todo, pero que aún no comprendía lo que significaba enfrentarse a un enemigo que no se rendía.

El silencio del pabellón era absoluto.

Solo se oía el crepitar de las antorchas y el murmullo del viento que venía desde las murallas del reino.

Naira Ferrussi Becker observaba al rey Erkhan con una calma que solo los verdaderos herederos del trono podían fingir.

Su porte era impecable: espalda recta, mentón alto, mirada fija.

La heredera de los Tres Soles, la niña prodigio que había derrotado a todos los de su generación, la que los sabios del Imperio llamaban “la hija que nacería reina”.

Pero en su interior, bajo la máscara de serenidad, se agitaba la emoción de quien está a punto de demostrar su perfección.

Había pasado años aprendiendo táctica, diplomacia y arte de la guerra.

Sabía qué decir, cuándo decirlo y cómo mover cada ficha.

Al menos, eso creía.

—Vengo a ofrecer paz —dijo, su voz tan suave como una caricia—.

Entregadme a Lusian Douglas, y el Imperio protegerá a vuestro pueblo.

Rechazad, y solo hallaréis ruina.

Laurence Douglas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

(“Paz”, pensó con amargura.

“Esa palabra, en su boca, huele a trampa.”) Imaginó por un instante lo que ocurriría si Sofía escuchara aquella oferta: las bestias del ducado devorando a los embajadores, el suelo cubierto de fuego y sangre.

El sudor le resbaló por la nuca.

El rey Erkhan, en cambio, se mantuvo impasible.

Era viejo, pero no ingenuo.

Llevaba más batallas perdidas y ganadas que los años que Naira tenía de vida.

La joven princesa no lo intimidaba; lo irritaba.

—Decís “paz”, alteza —respondió con voz grave—, pero lo que escucho es exigencia.

¿Llamáis clemencia al despojo?

Naira sonrió, convencida de que lo tenía acorralado.

—Llamo clemencia a evitar lo inevitable.

El Imperio no conquista por capricho, sino por destino.

Era la frase perfecta, la que los maestros de retórica le habían enseñado a pronunciar cuando enfrentara a los enemigos del Imperio.

Una línea diseñada para doblegar, no para dialogar.

Pero fuera de los muros de sus academias, las palabras no bastaban.

El saber no era suficiente cuando se enfrentaba al peso de la experiencia.

Erkhan la observó con una mezcla de pena y desdén.

(“Una reina sin cicatrices…

aún no conoce el precio de mandar.”) Laurence bajó la mirada, comprendiendo que no habría negociación posible.

—Acabáis de sellar la guerra, princesa.

Y que los dioses tengan piedad de los vuestros.

El rostro de Naira no se alteró, pero la tensión que siguió fue tan densa que ni el viento se atrevió a colarse en la tienda.

Cuando se retiró, su séquito la siguió con paso marcial.

A su alrededor, los generales la miraban con orgullo.

Ella, en cambio, pensaba solo en una cosa: (“Lusian Douglas…

pronto serás mío.”) Sin saber que su primera lección ya había comenzado.

El silencio en la sala del trono era espeso, apenas roto por el crujir de la madera, el parpadeo de las antorchas y el roce metálico de alguna armadura impaciente.

El rey Felipe Erkhan y el duque Laurence Douglas acababan de regresar del encuentro con la princesa imperial.

Los nobles los esperaban, tensos, como presas que huelen al cazador.

Cuando el rey relató la exigencia de Naira Ferrussi Becker, un murmullo helado recorrió el salón.

El primero en hablar fue el Duque Briggs.

Su voz temblaba apenas.

—Si…

si lo que dice es cierto, Majestad…

entregar al muchacho podría evitar la guerra.

La palabra entregar cayó como una piedra en un lago de orgullo.

Las miradas se cruzaron, algunas cargadas de duda, otras de vergüenza.

Fue Bourlance quien rompió el silencio con un bufido.

—¿Evitar la guerra?

—replicó, apoyando las manos sobre la mesa—.

No se puede negociar con un imperio que ya tiene sus espadas apuntando a nuestras murallas.

Su oferta no es clemencia, es una sentencia.

—Además —añadió con una mueca—, ¿quién será el valiente que vaya a pedirle a la duquesa Sofía que entregue a su hijo?

Briggs se encogió en su asiento.

—No…

no yo —susurró, bajando la mirada.

El solo imaginarlo lo hizo palidecer; hasta los rumores de la cólera de Sofía Douglas bastaban para erizar la piel de cualquier hombre.

—Entonces, ¿qué haremos?

—preguntó otro noble, con la voz quebrada por la incertidumbre—.

Podríamos ganar tiempo…

reorganizar las defensas, esperar refuerzos de las demás casas…

Un golpe seco resonó en la sala.

El rey había apoyado su bastón contra el suelo.

Su mirada, encendida, barrió a todos los presentes como una llamarada.

—¡Nadie más vendrá!

—tronó con voz profunda—.

Que el valor no se escape de sus cuerpos, ni el miedo nuble su deber.

El Imperio puede exigir lo que quiera…

pero no les daremos nada.

Ni nuestras tierras, ni nuestros hijos.

Solo conocerán nuestro honor…

y el filo de nuestras espadas.

El silencio fue absoluto.

Nadie se atrevió a replicar.

Los nobles más temerosos bajaron la cabeza, conscientes de que aquella decisión los arrastraba al borde del abismo.

Laurence, junto al trono, observó al viejo monarca en silencio.

No vio debilidad en él, sino una resolución que ardía como el acero al rojo vivo.

(“Así debe verse un rey antes de una guerra”, pensó.) Felipe Erkhan asintió lentamente, como sellando un pacto con la historia.

—Entonces está decidido —dijo, con una serenidad que imponía respeto—.

No habrá trato.

Caparthia luchará.

Un murmullo recorrió la sala, mitad miedo, mitad orgullo.

Sabían lo que significaba: muchos no regresarían a casa.

Pero si la muerte era el precio de la libertad, lo pagarían con la frente en alto.

El viento se coló por las grietas del salón, haciendo vibrar los estandartes del reino.

Y desde las murallas, como si el cielo respondiera al juramento, el primer rugido de los tambores de guerra resonó a lo lejos.

“Amanecer de Hierro” La guerra había comenzado.

El amanecer sobre Dara no trajo luz…

sino un presagio.

El viento, cargado de polvo y olor a hierro, soplaba desde las colinas del sur, donde el Imperio había levantado su campamento.

Desde las murallas, el horizonte parecía cubierto de sombras: tiendas doradas, estandartes carmesí y filas interminables de lanzas que reflejaban los primeros rayos del sol.

El ejército imperial se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Cien mil hombres, disciplinados, perfectamente ordenados, con las águilas de Ferrussi flameando al viento.

Cada división tenía su función: vanguardia pesada, caballería de choque, artillería arcana y las cohortes mágicas —los magos imperiales, protegidos por escudos de energía translúcida, preparando los sellos de poder que pronto harían temblar la tierra.

Pero Dara no era una ciudad cualquiera.

Era un bastión construido sobre piedra viva, reforzado por generaciones de guerras contra el Imperio.

Sus murallas estaban imbuidas de runas antiguas que absorbían parte del impacto mágico, sus torres servían tanto para arqueros como para canalizadores de hechizos.

Los habitantes sabían cómo resistir…

y cómo hacer sangrar a un enemigo superior.

Felipe Erkhan observaba desde lo alto del torreón central.

Su mirada recorría el campo, midiendo cada movimiento del enemigo.

A su lado, Laurence Douglas revisaba los mapas de los caminos del oeste.

—Si avanzan de frente, dejarán su retaguardia expuesta —dijo Laurence—.

Nuestros jinetes pueden atacar los convoyes imperiales.

—Exactamente —respondió el rey—.

Ellos confían en su fuerza.

Nosotros, en su hambre.

Y así comenzó la danza invisible de la guerra.

Mientras el Imperio desplegaba su maquinaria de asedio, los escuadrones ligeros de Caparthia se escabullían entre los bosques, destruyendo los carros de suministros, incendiando provisiones y eliminando mensajeros.

Era una guerra de desgaste, de inteligencia y astucia, donde cada bolsa de grano valía más que un estandarte conquistado.

El Imperio, aunque poderoso, no podía sostener su monstruosa fuerza por mucho tiempo sin alimento ni flujo constante de maná.

Y el Reino lo sabía.

Al mediodía, los tambores del Imperio retumbaron.

Las líneas comenzaron a moverse.

Los estandartes dorados se alzaron y, detrás de ellos, los magos de alto nivel comenzaron a entonar cánticos arcanos.

Sus cuerpos flotaban apenas sobre el suelo, envueltos en luz.

Entonces, el cielo se partió.

Rayos descendieron como lanzas divinas, abriendo cráteres entre los campos frente a Dara.

El estruendo fue tal que las murallas vibraron, y por un instante, el aire se llenó de fuego y ceniza.

Pero la respuesta del Reino no tardó.

Desde las torres más altas, los círculos rúnicos se activaron, desplegando enormes cúpulas de energía azul que cubrieron sectores enteros de la muralla.

A la vez, desde el interior de la ciudad, los magos del Reino —en su mayoría mujeres vestidas con túnicas negras y azules— comenzaron su contraataque.

El suelo tembló.

Del firmamento cayeron cometas de hielo, y un vendaval de llamas arremetió contra las posiciones imperiales más cercanas.

El cielo se volvió un lienzo de poder, una batalla de luz y furia.

Los soldados, simples hombres entre dioses, se cubrían los rostros mientras el mundo ardía a su alrededor.

Cerca de la base del muro norte, los sellos de contención del Reino comenzaron a brillar.

Era la red mágica de Dara: un entramado de runas que drenaba lentamente el maná enemigo cada vez que se acercaban.

Los magos imperiales lo notaron tarde.

Sus hechizos empezaron a debilitarse, sus sellos se fragmentaban antes de completarse.

Desde la muralla, Laurence Douglas observó el caos y sonrió.

Laurence Douglas avanzó al frente de sus hombres.

El emblema del león negro ondeaba sobre su armadura Ætherion, cuyos grabados oscuros parecían absorber la luz.

Su respiración era serena; el brillo de sus ojos, imperturbable.

A su alrededor, los guerreros Douglas —viejos lobos curtidos en cien guerras— aguardaban en silencio.

Ninguno temía; todos habían nacido y sangrado bajo su estandarte.

Cuando las primeras líneas del Imperio cargaron, el suelo se estremeció.

Eran hombres de reinos conquistados, empujados hacia la muerte por promesas vacías.

Las lanzas chocaron, los gritos se mezclaron con el sonido del metal.

Pero los Douglas no se movieron ni un paso atrás.

Laurence levantó su espada, y un pulso oscuro recorrió el campo.

La sombra de su filo se expandió, cortando incluso antes de que el acero tocara carne.

Los soldados enemigos cayeron en silencio, sin comprender cómo habían muerto.

No era un combate.

Era una ejecución.

—Mantengan la línea —ordenó con voz calma, casi ausente.

Su estilo de lucha era sobrio, elegante, sin desperdicio.

Cada golpe era mortal, cada movimiento preciso.

Mataba sin mostrar odio…

como si la muerte fuese simplemente una consecuencia natural del deber.

A medida que avanzaba, su aura se expandía.

Los hechiceros imperiales intentaron detenerlo con fuego y relámpagos, pero su armadura Ætherion absorbía el impacto, transformando la energía en fuerza física.

Laurence siguió caminando entre los restos de su enemigo, mientras el sol bañaba su silueta en un resplandor rojo.

Desde las colinas, la Princesa Naira Ferrussi observaba la batalla a través de un cristal arcano.

Sus ojos, acostumbrados a medir el valor de los hombres como se mide el peso del oro, se abrieron con sorpresa.

—¿Quién es ese hombre?

—preguntó.

—El Duque Douglas, Alteza —respondió su general consejero—.

Padre del muchacho que busca.

El nombre resonó en su mente.

Douglas.

Lo había escuchado antes, en los informes del Consejo de Guerra: una casa antigua, su linaje cargado de magia de afinidad Delta, una herencia tan rara que incluso en el Imperio se consideraría nobleza.

Mientras observaba a Laurence luchar, Naira comprendió por qué su padre valoraba tanto la pureza de la sangre.

La fuerza de ese hombre no era simple habilidad ni experiencia: era el peso de generaciones condensadas en su cuerpo, el legado de una estirpe afinada por el maná mismo.

El recuerdo de su juventud la atravesó.

En la Academia Imperial, había enfrentado a los herederos más prometedores del Imperio.

Ninguno logró vencerla.

Algunos la acorralaron por un instante, pero tarde o temprano sus reservas de maná se agotaban.

Ella no.

Su afinidad Epsilon le permitía combatir cuando todos los demás caían.

Ese era el poder del linaje, la razón por la que los débiles debían servir y los fuertes gobernar.

Y sin embargo…

al ver a Laurence, sintió una chispa distinta.

No de duda, sino de anticipación.

Si su hijo posee siquiera la mitad de esa fuerza…

El pensamiento la detuvo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.

Por primera vez, Naira sintió curiosidad —una curiosidad peligrosa, nacida del respeto—.

Quizás aquel muchacho, Lusian Douglas, no sería solo un instrumento político…

sino alguien digno de su atención.

Tal vez incluso, pensó con una mezcla de interés y arrogancia, podría llegar a desafiarla.

En el corazón del campo, el Duque Bourlance blandía su maza envuelta en energía dorada.

Con casi dos metros de altura y un torso tan ancho como un escudo, su sola presencia bastaba para intimidar.

Cada vez que el martillo descendía, el suelo se agrietaba y los cuerpos se alzaban por el aire como hojas secas arrojadas por una tormenta.

Los cráneos estallaban bajo su peso, y el eco del impacto se perdía entre los gritos y el rugido del metal.

Su afinidad mágica —fortalecimiento físico, nivel delta— convertía cada músculo en un arma.

El aire vibraba a su alrededor, distorsionado por la presión de su poder.

Y sin embargo, pese a toda esa fuerza, la frustración lo devoraba.

El frente central se tambaleaba.

Las formaciones de las casas menores eran un caos: los escudos no se alineaban, los lanceros retrocedían sin orden, los magos tardaban en activar sus círculos defensivos.

Bourlance corría de un flanco al otro, gritando órdenes, bloqueando golpes que no le correspondían, intentando tapar cada grieta con su propio cuerpo.

El sudor le caía por la frente, mezclado con polvo y sangre.

Un estallido de fuego se alzó a su derecha.

—¡Mantengan la línea, maldita sea!

—rugió, mientras su voz retumbaba más fuerte que el estruendo de la magia.

Aun con todo su poder, sabía que la formación estaba a punto de romperse.

Y si eso ocurría, el centro colapsaría y el ejército imperial los rodearía en cuestión de minutos.

Podía verlo en los rostros de sus hombres: miedo, fatiga, desorden.

Entonces, entre la bruma de polvo y humo, alzó la mirada hacia el flanco derecho.

A lo lejos, los estandartes negros de lobos de los Douglas ondeaban firmes.

Sus filas se movían como una sola entidad; una máquina de guerra perfecta.

Cada golpe, cada paso, cada grito, sincronizado como si compartieran un mismo pulso.

Laurence Douglas avanzaba al frente, sereno, implacable.

Bourlance apretó los dientes.

Una chispa de envidia —mezclada con respeto— lo atravesó.

Mientras él luchaba por mantener un ejército dividido, Laurence y sus hombres eran una muralla viviente, una tormenta oscura que barría todo a su paso.

—Viejo bastardo elegante…

—murmuró Bourlance, alzando nuevamente su martillo—.

No me dejaré humillar tan fácil.

El suelo tembló bajo sus pies.

Golpeó con fuerza, liberando un anillo de energía dorada que recorrió las líneas del frente.

Los guerreros cercanos sintieron la presión mágica recorrerles los huesos; sus músculos se tensaron, su cansancio se disipó por un instante.

—¡Caparthia no caerá hoy!

—bramó el duque.

Y con ese rugido, volvió a lanzarse al combate, aplastando el hierro y la carne con la furia de un dios olvidado.

El rey Felipe Erkhan se encontraba en el flanco izquierdo.

A diferencia de la solemnidad serena de Laurence, su presencia era como una tormenta viva.

El aire a su alrededor vibraba, saturado de energía.

Las runas eléctricas grabadas en su piel y armadura centelleaban con cada respiración, y su lanza resplandecía como si contuviera el corazón mismo de una tormenta.

Un rayo descendió desde el cielo, impactando su arma y desatando una descarga que recorrió el campo enemigo.

Los soldados imperiales cayeron fulminados, sus cuerpos convulsionando antes de quedar inmóviles sobre la tierra ennegrecida.

El olor a ozono y sangre metálica impregnó el aire.

El propio suelo humeaba bajo sus pies.

—¡Por Caparthia!

—gritó el rey.

Su voz retumbó como un trueno, haciendo vibrar los corazones de sus hombres.

Los soldados respondieron al unísono, alzando sus armas entre relámpagos y fuego.

Felipe observaba el campo de batalla con atención, sin perder el control.

Su postura era erguida, firme, la imagen misma del orgullo real.

Sabía que sus tropas no tenían la experiencia ni la coordinación letal de los Douglas, pero sí disciplina y valor.

Eran una muralla, sólida y obediente.

Una fuerza que resistía porque creía.

Aun así, el rey no se engañaba.

Mientras los Douglas aniquilaban a sus enemigos en cuestión de minutos, su propio frente apenas lograba resistir.

Por cada enemigo que caía, el esfuerzo era el doble, el consumo de mana el triple.

Cada choque de espada drenaba lentamente sus reservas mágicas, y el cansancio se acumulaba bajo el peso de la armadura y el miedo.

Felipe apretó los dientes, mirando las líneas de sus hombres.

Si seguían así, en menos de una hora muchos empezarían a desfallecer.

Y cuando un guerrero se queda sin mana en plena batalla…

la muerte es el único desenlace posible.

Observó el frente central, donde Bourlance rugía como una bestia contenida.

El duque resistía, pero su formación se desmoronaba.

A lo lejos, hacia la derecha, el estandarte del león negro se mantenía firme entre un mar de cadáveres.

Los Douglas no retrocedían.

No titubeaban.

Laurence avanzaba como si la muerte fuera su aliada.

Felipe exhaló, con una mezcla de respeto y resignación.

—Tsk…

ese demonio del norte —murmuró, observando la silueta oscura del duque entre los destellos de magia—.

Si el centro cae, tendré que pedirle que lo salve otra vez.

Sus ojos, encendidos por la electricidad, recorrieron el horizonte.

La tormenta que lo rodeaba se intensificó.

El cielo rugía como si reconociera en él a su hijo predilecto.

Por un instante, el rey de Caparthia pareció un dios envuelto en relámpagos, un hombre dispuesto a resistir hasta que el mundo mismo se quebrara a su alrededor.

Cuando el sol comenzó a descender, la batalla había teñido el paisaje de rojo.

Las llanuras frente a Dara se convirtieron en un mar de cuerpos inmóviles, un mosaico de sangre y acero.

Los tres frentes del Reino se mantenían firmes.

Aun exhaustos, sus estandartes seguían ondeando entre columnas de humo y polvo.

“Fuerza y Frustración” El Imperio, a pesar de su número y de su arrogancia, había fracasado en romper las defensas.

Su primera oleada se había estrellado contra los muros como una ola impotente.

La máscara de invulnerabilidad imperial se había resquebrajado.

Por primera vez en décadas, la sombra del Imperio sangraba.

Desde la alta torre de observación, Naira contemplaba el campo en silencio.

El viento agitaba su capa blanca, manchada por el polvo del día.

A lo lejos, los rayos del crepúsculo iluminaban los estandartes del Reino —los de Erkhan, Bourlance y los inquebrantables Douglas—, flotando sobre la devastación.

—Hemos subestimado a este reino…

—murmuró.

Su voz era serena, pero una leve contracción en su mandíbula delataba frustración.

Su asistente, un hombre de túnica gris con el sello del Cuarto Círculo Imperial, inclinó la cabeza.

—La primera batalla de prueba ha terminado, su alteza.

Ahora conocemos sus fuerzas y sus debilidades.

En una semana, nuestras líneas estarán listas para el asedio total.

El problema son esos tres frentes.

Propongo enviar dos generales de nivel ochenta, afinidad delta, contra los Douglas.

Eso bastará para romper su defensa.

Naira no respondió al instante.

Sus ojos permanecieron fijos en el flanco derecho, donde el emblema de los lobos negros ondeaba aún con orgullo entre columnas de humo.

Laurence Douglas…

Padre de Lusian.

Recordó su técnica: simple, precisa, sin desperdicio.

El tipo de guerrero que no depende del azar ni de la suerte, sino del control absoluto de sí mismo.

La clase de enemigo que no se vence con números.

—Envía tres, —dijo al fin, su tono firme, sin lugar a réplica—.

Dos no serán suficientes.

El asistente alzó la vista, sorprendido, pero no discutió.

Las órdenes de Naira se cumplían.

Siempre.

Ella se giró, observando el horizonte teñido por el fuego del atardecer.

Una chispa de emoción cruzó sus labios, una sonrisa contenida.

No era miedo…

Era anticipación.

En una semana, pensó, obtendría su primera gran victoria.

El Imperio volvería a temblar bajo un solo nombre.

Tal vez entonces la llamen Naira la Conquistadora…

o Naira, la Emperatriz Suprema.

El vapor ascendía en espirales desde la bañera de mármol blanco.

El aroma de las hierbas curativas llenaba la habitación con una fragancia cálida, casi somnolienta.

Lusian estaba recostado, los ojos cerrados, mientras Isabella masajeaba sus hombros con manos temblorosas.

—L-lo siento, mi señor…

—murmuró por tercera vez, apenas un hilo de voz—.

No debí…

mesclar hiervas curativas con el tea…

ni entrar sin anunciarme.

Lusian exhaló, cansado.

Había perdido la cuenta de cuántas veces se disculpaba esa tarde.

Desde que Isabella había sido designada como su sirvienta personal, los errores se repetían con una frecuencia alarmante: agua demasiado caliente, ropa mal doblada, té amargo.

Nada grave…

pero impropio de alguien que servía a la casa Douglas.

Y aun así, él no podía culparla.

Ella no había nacido para servir.

Era la hija del conde Armett, educada entre banquetes y joyas, no entre cubos de agua y trapos de lino.

Ahora, arrodillada ante él, sus manos temblaban más por el peso del juramento que por el miedo a equivocarse.

Lusian desvió la mirada.

Cada vez que recordaba el juramento ante Sagmus, una punzada lo atravesaba.

La joven había jurado lealtad con su propia vida.

Si rompía ese voto, una maldición se activaría, su cuerpo se pudriría, y moriría.

Y todo…

por sobrevivir.

“Esto no debería ser así…” pensó.

No había querido una sirvienta.

Mucho menos una forzada por las circunstancias.

Pero una negativa suya habría significado la ejecución de toda su familia.

Y él no pudo cargar con eso.

—Basta por hoy, Isabella —dijo al fin, con voz calmada pero firme.

Ella se detuvo al instante.

Mientras él se incorporaba, la joven se apresuró a preparar el baño.

El agua burbujeaba suavemente; las hierbas de mana destellaban con reflejos verdes.

Todo parecía en orden…

hasta que ella se quedó inmóvil en mitad de la sala.

—La…

la toalla…

—balbuceó, y su expresión se tiñó de horror.

Lusian apenas alcanzó a abrir los ojos antes de que ella girara bruscamente para ir por ella…

tropezara con el borde del cubo…

y terminara cayendo de bruces dentro de la bañera.

El estruendo resonó en toda la habitación.

Por un segundo, solo se oyó el chapoteo del agua.

Isabella emergió empapada, el rostro encendido por la vergüenza.

Su vestido blanco se pegaba a la piel como una segunda capa.

Lusian se giró al instante, cerrando los ojos con fuerza.

—¡Por todos los dioses, Isabella!

—exclamó, cubriéndose el rostro con una mano—.

¿Estás bien?

—¡S-sí, mi señor!

¡Lo siento!

¡Fue un accidente!

—respondió ella, intentando salir del agua mientras resbalaba de nuevo, aún más avergonzada.

El joven apretó los dientes.

No por enojo, sino por el caos de emociones que le atravesaron.

Era joven, y su cuerpo reaccionaba con la impulsividad de la edad…

pero su mente sabía que esa no debía dejarse llevar por sus instintos.

Ella no era una sirvienta más.

Era alguien que había perdido todo.

Y lo servía, no por voluntad, sino por como se presentaron la circunstancias.

Respiró hondo.

—Sal del agua.

Y vístete.

Su voz fue firme, aunque cargada de contención.

Isabella asintió, con la mirada fija en el suelo.

El silencio que siguió pesó más que cualquier reprimenda.

Mientras él se apartaba hacia la ventana, mirando las colinas del ducado bañadas por el atardecer, La guerra avanzaba allá afuera.

Pero en el interior del ducado…

todo avanzaba de forma pacifica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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