GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 29
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Capítulo 29: Capítulo 29 – Una Semana de Sangre
“La Rabia de la Princesa”
Una semana había pasado.
Y el paisaje que antes era un tramo verde y vivo a las puertas de Dara… ahora era un cementerio abierto.
El viento arrastraba el olor metálico de la sangre, mezclado con humo, carne quemada y el eco lejano de los cuervos.
Los estandartes imperiales, impecables al inicio de la campaña, ahora estaban rasgados, ennegrecidos, unos incluso clavados en montículos de cadáveres para evitar que rodaran colina abajo.
Dentro de la gran tienda imperial, el ambiente era peor que el exterior.
—¡INÚTILES! —rugió la princesa Naira, su voz cargada de furia y mana—.
La voz de la princesa imperial Naira cortó el aire como una espada.
Sus generales y consejeros se arrodillaron de inmediato, temblando ante ella.
La joven princesa, envuelta en su armadura carmesí, caminaba de un lado a otro como una tormenta contenida.
Su mirada ardía.
—Me prometieron —dijo con un tono suave, demasiado suave— que en una semana tomaríamos esta maldita fortaleza.
Su mirada descendió hacia ellos, como si observara basura en lugar de guerreros de élite.
—Una semana —repitió, marcando cada sílaba—.
Y no solo no hemos avanzado ni un palmo, sino que…
Tomó una tabla de reportes y la arrojó al suelo.
—Más de treinta mil soldados imperiales han muerto.
—A-A-Alteza… —intentó decir uno.
—¡CÁLLATE! —rugió ella, y el hombre se desplomó con la cabeza pegada al piso.
Naira respiró hondo.
—Y del lado del reino… ¿cuántas bajas?
Un general tragó saliva.
—C-cinco mil, Alteza… De un contingente inicial de veintiún mil seiscientos treinta y siete.
Naira sonrió.
Una sonrisa sin rastro de humor.
—Cinco mil… por treinta mil.
Una proporción digna de un cuento de terror… o de una comedia absurda.
Su mirada se volvió aún más fría.
—Y por si fuera poco… cuatro de los diez generales que me asignó el emperador están muertos.
Uno más agoniza sin poder volver al campo.
Sus uñas rasparon la mesa de campaña.
El silencio fue tan pesado como una lápida.
Un consejero se atrevió a susurrar:
—Pero Su Alteza, logramos retirar del campo de batalla al duque Bourlance… su herida es grave, aunque podría volver en unas semanas—
Naira apretó los dientes.
—¿Y eso les parece un logro?
Ese bruto no era el problema.
El problema sigue allí.
Su dedo golpeó el mapa, justo sobre el frente central.
—Laurence Douglas.
El Segador de la Muerte.
El hombre que ha acabado con tres de nuestros generales él solo.
Los ojos de todos se clavaron en el piso.
Naira inspiró hondo… y por un momento, la furia se mezcló con algo más: ansiedad.
—¿Cómo le explicaré esto al Emperador? —susurró—.
Me envió con diez generales élite.
Y ya perdí casi la mitad… sin tomar un solo muro.
¿Cómo justifico eso?
Uno de los estrategas intentó hablar:
—Su Alteza… quizá debamos solicitar refu—
—No. —lo interrumpió ella, esta vez sin gritar, pero su tono heló la sangre de todos—.
Si pido refuerzos, admitiré que no puedo con un reino de cuarta categoría.
Y mi padre… no perdona la incompetencia.
Su expresión cambió.
La ira se afiló en determinación.
—Si no puedo romper sus defensas con fuerza…
entonces lo haré con estrategia.
Pero Dara caerá.
Sea como sea.
La princesa enderezó la espalda.
Su mana imperial iluminó la tienda con un fulgor violáceo que hizo que todos se arrodillaran sin pensar.
—Prepararemos un ataque nocturno.
Dos escuadrones de élite.
Y quiero informes exactos del estado físico de los tres comandantes del Reino.
Necesito saber cuánto puedo forzarlos antes de quebrarlos.
“El Dueño de la Noche”
Naira cerró los ojos.
La imagen de Laurence, cubierto de sangre, cortando hombres como si fuera una danza, apareció en su mente.
—”Segador de la Muerte”…
Veamos cuánto tiempo puedes mantenerte en pie.
Su sonrisa, fina y peligrosa, marcó el inicio de una semana aún más sangrienta.
Y así la noche cayó sobre el campo como un sudario negro.
En la oscuridad, el viento se volvió frío, silencioso… expectante.
Los cadáveres aún calientes de la jornada parecían mirar al cielo, ignorados por el paso marcial de un ejército decidido a morir o conquistar.
Los tambores del Imperio callaron.
No querían despertar a los defensores de Dara.
Era la hora de la emboscada.
Miles de soldados imperiales avanzaban en formación cerrada, pisando el barro húmedo sin voz.
No querían llamar la atención.
No querían anunciarse.
Esa fue su primera equivocación.
Porque en la noche,
el mundo no pertenece a los humanos…
sino a los Douglas.
Gareth Helmström avanzaba siguiendo las órdenes imperiales, con el pecho erguido y el orgullo endurecido por años de campañas.
Veterano de la Sexta Legión, mago de tierra nivel 65, afinidad Beta…
todo un símbolo de la fuerza del Imperio.
A su alrededor, miles de soldados marchaban bajo los estandartes rojos y dorados.
El choque frontal en la muralla hacía vibrar la tierra misma, pero él mantenía la mirada firme hacia adelante.
Sin embargo, mientras el ejército avanzaba en masa, nadie vio lo que la noche ocultaba.
Entre los árboles, pegados al suelo, cincuenta hombres atravesaban la oscuridad como si fueran parte de ella.
No hacían ruido.
No respiraban fuerte.
No dejaban huellas.
El Velo Umbrío los cubría completamente, un hechizo del Clan Douglas, imposible de detectar incluso para magos élite.
Al frente de ellos, Laurence Douglas levantó dos dedos.
La señal silenciosa.
Las cincuenta sombras se dispersaron.
Apenas un chasquido…
apenas un destello negro…
Y la cabeza del primer mago imperial cayó al suelo.
Luego otra.
Y otra.
Y otra más.
Los gritos del frente, los tambores, el metal chocando…
todo servía para ocultar la matanza silenciosa que acababa de comenzar detrás de las líneas.
Laurence se movía como si flotara.
Su espada no brillaba: absorbía luz.
Cada tajo era limpio, rápido, sin sonido.
Cada mago eliminado era un golpe directo a la estrategia imperial.
Uno intentó gritar:
—¡N-no! ¡Nos atacan por…!
La oscuridad lo cortó a la mitad antes de terminar la frase.
THUM—THUM
Los tambores resonaban como el corazón del Imperio mismo.
Ese sonido profundo hacía vibrar el pecho de Gareth como un recordatorio:
Somos los conquistadores. Somos la marea imparable.
Los generales levantaron estandartes.
—¡Adelante!
Y como siempre, todos dieron un paso unísono.
Un océano de acero avanzando.
Gareth marchaba en la tercera línea: los magos de zona.
Su magia de tierra protegía, bloqueaba, reforzaba.
Sus manos temblaban un poco, no de miedo, sino por la adrenalina del combate por venir.
Dara, frente a ellos, no se parecía a ninguna fortaleza que hubiese visto.
—Esto no me gusta, Gareth —murmuró su compañero Arken.
—Calla y concéntrate —respondió, aunque él también sentía un peso extraño en el aire.
En la muralla, las antorchas se encendieron como un enjambre de estrellas naranjas.
—¡Alarma! ¡El Imperio avanza!
Los tambores del Reino contestaron, rápidos, agresivos.
Un desafío abierto.
Entonces Gareth los vio.
Magos defensores.
Decenas.
Quizás cientos.
Todos levantaron sus manos.
Una luz azul se acumuló.
—¡¡Sello de Debilitamiento: THEROS!!
La onda expansiva invisible golpeó a Gareth como un martillazo en el pecho.
Tropezó.
—Q-qué demonios…
Su armadura pesaba el doble.
Su respiración ardía.
Su mana… se movía lento, espeso, como barro congelado.
A su alrededor, los soldados gritaban:
—¡No puedo moverme bien!
—¡Mi mana no responde!
—¡Mis piernas… pesan toneladas!
Gareth intentó activar Refuerzo Petrio, un hechizo básico suyo.
No se activó.
—Maldita fortaleza… —gruñó.
Las hechizos del Reino cayeron como una lluvia.
TATATATATATAT
Los escudos pesados bloquearon lo que pudieron, pero muchos gritaron al caer.
El Imperio respondió con hechizos potenciados, pero el debilitamiento las hacía caer antes de alcanzar la muralla.
Y entonces estallaron los hechizos enemigos:
—¡¡Muro de Tempestad!!
—¡¡Lanza de Tierra!!
—¡¡Fragmentos de Hielo!!
Explosiones.
Fuego.
Hielo.
Acero.
Gritos.
El frente imperial se volvió un infierno lleno de destellos y cuerpos.
Los conjuradores de asedio aparecieron corriendo entre las filas.
—¡PRIMERA CONJURACIÓN!
—¡ATAQUE DE RUPTURA!
Gareth tragó saliva.
Eso jamás era buena señal.
Tres columnas de fuego descendieron del cielo y golpearon la muralla sur.
KRRRRAAAACK
La piedra tembló.
Se agrietó.
Cayó en pedazos.
—¡UNA MÁS! ¡UNA MÁS Y ENTRAMOS! —rugió un general.
Y por un instante…
un solo y breve instante…
Gareth creyó que ganarían.
Entonces escuchó los gritos.
Detrás de ellos.
Se giró.
Y lo que vio lo paralizó.
Los magos imperiales…
nuestros magos…
caían como espigas segadas.
Uno.
Dos.
Diez.
Cientos.
Sin ruido.
Sin pelea.
Sin defensa.
—¿Qué… qué está pasando? —susurró Arken, pálido como un cadáver.
Un mago logró encender un orbe de luz.
La luz reveló…
…filas enteras de cuerpos.
…conjuradores degollados.
…sangre en silencio.
Y al fondo, por un instante fugaz, una figura.
Humana… pero no realmente.
Ojos como brasas negras.
Una sombra envolviéndolo.
Un caminar tranquilo.
Laurence Douglas.
El Segador de la Muerte.
El orbe cayó.
El mago que lo sostenía también.
Sin cabeza.
Arken gritó.
Gareth trató desesperadamente de invocar un muro de tierra.
Nada.
Su mana no respondió.
Su cuerpo tembló.
Sus rodillas cedieron.
Y entonces lo sintió:
Una presencia detrás de él.
Fría.
Letal.
Precisa.
—No es personal —susurró una voz suave, casi educada—. Solo es guerra.
El filo entró por su espalda y salió por su pecho.
Caliente.
Húmedo.
Definitivo.
Gareth cayó de rodillas.
La sangre llenó su boca.
El mundo se volvió borroso.
Los tambores se apagaron.
El olor a sangre desapareció.
La tierra dejó de temblar.
Pensó en el Imperio.
En la Sexta Legión.
En las campañas que había sobrevivido.
No así…
pensó.
No sin haber tocado la muralla…
Su visión se nubló.
Lo último que vio fue la sombra de Laurence moviéndose entre filas imperiales…
como si fuera dueño absoluto de la noche.
Y entonces…
Gareth Helmström, veterano del Imperio, exhaló por última vez.
“Amanecer sobre Cadáveres”
El amanecer llegó sin pedir permiso.
Una línea tenue, rosada, se extendió por el horizonte, empujando lentamente las sombras de la noche.
El ejército imperial, exhausto, herido y confundido, recibió la luz como un enemigo más.
Porque la luz…
La luz mostró lo que nadie había querido ver.
No hubo tambores.
No hubo órdenes.
No hubo fanfarrias marciales que anunciaran un nuevo día de conquista.
Solo silencio.
Un silencio pesado, irrespirable.
Miles de soldados imperiales estaban quietos, de pie, con las armaduras manchadas de sangre que no era de ellos.
Todos miraban hacia atrás.
Hacia el lugar donde deberían estar los magos, los conjuradores, los pilares de la ofensiva.
Pero no había filas.
No había cuerpos vivos organizados.
No había campamento.
Había una alfombra.
Una alfombra interminable de cadáveres.
Cientos…
miles…
Todos los magos imperiales de las líneas traseras habían sido degollados con precisión quirúrgica.
El viento agitó los estandartes rojos del Imperio… pero incluso ellos parecían temblar.
El comandante de la Sexta Legión, Varos Keldren, un hombre gigantesco, famoso por no temer a nada, bajó del caballo con manos temblorosas.
Su rostro, siempre endurecido por campañas y victorias, estaba pálido como ceniza.
Se inclinó ante uno de los cuerpos.
Reconoció a un mago veterano, uno que había servido con él por seis años.
La herida era perfecta, limpia, sin señales de lucha.
Varos cerró los puños.
—Esto… esto no fue una emboscada —murmuró—. Fue una ejecución.
Los oficiales alrededor se miraron entre sí, incapaces de responder.
El general de la campaña, Hektor Narveth, llegó minutos después, acompañado por sus escoltas.
Observó la masacre en silencio.
Sus labios se apretaron.
Su respiración se volvió áspera.
Los soldados esperaban que gritara, que se enfureciera, que diera una orden.
Pero Hektor sabía exactamente qué significaba esto.
—¿Quiénes fueron?… —susurró finalmente.
No fue un grito.
No fue una declaración estratégica.
Fue un lamento.
Los oficiales a su alrededor sintieron un escalofrío recorrerles la columna.
—General… —preguntó un coronel— ¿la ofensiva continúa? Hemos perdido a más de mil magos. Nuestra ataque a distancia desapareció–…
—estaremos en desventaja táctica en futura batallas —interrumpió Hektor, con la voz tan fría como el amanecer—. No tenemos capacidad de ruptura. No tenemos soporte mágico.
Se giró hacia la fortaleza de Dara, donde las murallas aún resistían.
Donde la princesa del Imperio esperaba que sus fuerzas le demostraran poder.
Donde el Reino, ahora reforzado, miraba hacia abajo con sonrisas peligrosas.
—Retiraremos la línea dos kilómetros —ordenó—. Y quiero informes completos. Quiero saber cuántos murieron, cuántos quedaron, cuántos pudieron ver algo.
Un teniente tragó saliva.
—Mi general… los sobrevivientes dicen que no vieron al enemigo.
Hektor lo miró con dureza.
—Mintieron por miedo. Todos los hombres ven algo antes de morir.
El teniente bajó la cabeza.
—Mi general… —susurró— dicen que la muerte… les habló.
Hektor sintió un nudo helado en el estómago.
No respondió.
Entre los cuerpos, encontraron a Gareth Helmström.
Su mirada aún abierta, apuntando al cielo que recién despertaba.
El sargento de su escuadra cayó de rodillas junto al cadáver.
Gareth había sido un veterano respetado, fuerte como la roca, indomable.
Lo habían visto levantar muros gigantescos… detener catapultas… aplastar enemigos con pilares de piedra.
Y ahora estaba allí, muerto por una sola herida limpia.
—Gareth… viejo bastardo… —murmuró el sargento, la voz quebrada—. Dijiste que conquistarías Dara y volverías a casa.
Nadie respondió.
Cuando el sol terminó de subir, el Imperio ya había tomado una decisión:
La batalla no continuaría. No ese día.
No sin entender qué demonios había ocurrido.
No sin saber cómo un puñado —o quizás un solo hombre— había eliminado a toda su artillería mágica.
No sin saber quién era ese fantasma en la noche.
Hektor Narveth respiró hondo y habló:
—Prepárenlo todo. Notificaré personalmente a la princesa. Esta guerra cambió esta noche.
Su tono era oscuro, cargado de una ira que no había mostrado antes.
“Una Noche Más”
Dentro de la fortaleza Dara, el amanecer no trajo luz.
Trajo alivio.
Alivio… y un silencio incrédulo.
Durante toda la noche, los tambores imperiales habían golpeado como un corazón demoníaco.
Ahora estaban callados.
Y entonces, lentamente, casi tímidos al principio…
los vítores comenzaron a llenar la fortaleza.
Primero unos cuantos soldados desde las murallas.
Luego decenas.
Luego cientos.
Un rugido colectivo, áspero, ronco, quebrado por el cansancio.
—¡Vivimos!
—¡Seguimos vivos!
—¡Una noche más! ¡Una noche más!
Las risas eran nerviosas, más cercanas al llanto que a la alegría.
Pero eran reales.
Porque habían resistido.
Porque el Imperio había retrocedido.
Porque una noche más significaba que el Plan seguía en marcha.
Los nobles se reunieron rápidamente en el patio interior.
Los exploradores confirmaron lo que todos deseaban escuchar:
—Los imperiales se retiraron dos kilómetros para reorganizarse.
Un suspiro colectivo atravesó a los comandantes.
El conde Edgard, con la voz grave, habló:
—Nuestro objetivo no es vencerlos aquí. Es retrasarlos.
Todos lo sabían.
Todos lo aceptaban.
Dara era un muro de carne y piedra:
un sacrificio, un ancla, un obstáculo que debía durar lo suficiente.
Lo suficiente para que, al norte, en la nueva ruta defensiva, se levantara una estructura legendaria:
Fortaleza Albaterra, el proyecto más ambicioso del Reino en siglos.
Más grande.
Más sólida.
Más cargada de artefactos mágicos que cualquier otra construcción real.
Dos murallas concéntricas.
Trampas arcanas en los pasillos entre ambas.
Sistemas de drenaje de mana.
Barreras de resonancia.
Y un núcleo mágico capaz de alimentar a cientos de magos al mismo tiempo.
Además de eso, Andrew, el príncipe heredero, había movilizado:
—8000 nuevos combatientes.
Mercenarios curtidos.
Reclutas jóvenes.
Veteranos sobrevivientes del frente este.
Guardias reales.
Todo reunido bajo la orden directa de la reina Adelaine.
Solo faltaba una cosa:
Tiempo.
Y ese tiempo debía ser comprado con sangre.
En las cocinas, calderos enteros fueron repartidos sin medida.
Sopa caliente.
Pan.
Carne de monstruo rica en mana.
Un lujo en medio del infierno.
Los soldados lo devoraban como si fuese un banquete real.
—Al duque Douglas deberían ponerle un altar… —decía uno entre risas ahogadas.
—Mató más magos en una noche que nosotros en una semana —respondió otro.
—Por él seguimos aquí, maldita sea.
Los magos defensores descansaban tumbados sobre mantas, exhaustos.
Muchos habían sangrado por la nariz durante la noche; otros habían quedado inconscientes tras mantener los sellos activos demasiado tiempo.
Pero al ver a los soldados celebrar, sonreían con orgullo.
La victoria de anoche no era solo militar.
Era psicológica.
El Imperio había sentido miedo.
Por primera vez en esta guerra.
La sección sur de Dara, donde el imperio ataco, estaba irreconocible.
Las tres columnas de ruptura habían dejado grietas profundas, bloques desplazados, marcas de fuego arcano que seguían humeando.
Los ingenieros del reino medían los daños.
—Si vuelven a cargar con sus conjuradores… caerá.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó un teniente.
—Días… si los dioses son generosos.
—¿Y si no?
—Horas.
La sombra del Imperio pendía sobre ellos como un cuchillo colgando de un hilo.
Y Aun Así…
A pesar de todo:
Las risas se oían en los pasillos.
Los soldados limpiaban sus armas con gesto orgulloso.
Los magos recuperaban mana lentamente.
Los centinelas miraban el horizonte con un brillo desafiante.
Porque sobrevivir una noche más, allí…
en Dara…
era una victoria digna de celebrarse.
“El Precio de la Oscuridad”
El alba apenas había teñido de gris las murallas desgarradas de Dara cuando, en un pabellón improvisado cerca del muro norte, el Duque Laurence Douglas descansaba rodeado por un grupo de sus subordinados directos: capitanes de sombra, caballeros oscuros, herederos de casas vasallas y guerreros que habían sobrevivido a la matanza nocturna.
El ambiente era una mezcla extraña entre agotamiento y euforia silenciosa.
Uno de los capitanes, con media armadura destrozada, reía a carcajadas mientras bebía agua de un cuenco metálico:
—¡Por los dioses, mi señor…! ¡Dicen que la Quinta Legión lloró como niños cuando supo que debían luchar contra nosotros! —río—. ¡Que escribieron cartas de despedida antes incluso de marchar!
—Hmpf —bufó otro—. Y hay rumores… que los nuevos reclutas imperiales creen que nuestras sombras se comen soldados enteros. ¡Imagina a esos pobres diablos marchando hacia Dara pensando que se enfrentarán a demonios!
Las carcajadas crecieron, acompañadas de palmadas en hombros y chocar de armaduras.
Laurence los observaba.
En silencio.
Con una calma que contrastaba con la algarabía.
No porque no apreciara sus risas… sino porque cada rostro alegre le recordaba uno ausente.
Muchos de sus hombres habían muerto.
Muchos demasiado valiosos.
Demasiado jóvenes.
Aún podía ver, si cerraba los ojos, el momento en que tres generales imperiales lo rodearon en la penumbra de la noche anterior.
Había estado cerca. Muy cerca.
Si no fuera por el sacrificio de sus vasallos más fieles…
no estaría respirando en ese instante.
Dos condes del ducado habían muerto defendiéndolo.
Un tercero había perdido el brazo derecho, mano con la que escribía, luchaba y saludaba a sus hijos.
El precio de su supervivencia había sido… obsceno.
Y, sin embargo, todos ellos lo habían hecho sin dudar.
Porque él era el Duque Douglas.
El pilar del ducado.
El heredero de un linaje que cargaba la voluntad de la oscuridad misma.
El escudo de su gente.
Y él… él no podía permitirse caer.
Respiró hondo.
Sus pensamientos, como siempre que la muerte le rozaba, retrocedieron en el tiempo… hacia una herida que jamás había sanado.
Caleb.
Su hijo perdido.
Su mayor arrepentimiento.
Su fracaso más íntimo.
El bullicio de los soldados se desvaneció en su mente, sustituido por la imagen de un niño de cabello oscuro, ojos vivos, sonrisa traviesa… una sonrisa tan parecida a la de Martha.
“Si hubiera seguido el plan de mi padre…”
El pensamiento regresó, amargo.
Si hubiese aceptado que Sofia —su esposa legítima, la duquesa impuesta por la voluntad de su difunto padre— debía darle el heredero.
Si hubiera renunciado a la ilusión de permitir que su vida, por una vez, siguiera su propio deseo.
Si hubiera aceptado que Caleb, por muy amado que fuera… jamás debió ocupar el lugar de Lusian.
“Caleb estaría vivo…”
Tal vez Martha lo habría mirado con resentimiento.
Tal vez habría llorado por no ver a su hijo convertido en duque.
Pero estaría vivo.
Laurence sintió un nudo en el estómago.
El mismo de siempre.
El mismo que lo había acompañado desde el día en que tuvo que darle la noticia a Martha… y ver cómo su mundo se desplomaba frente a sus ojos.
“Fui un mal esposo para Sofía… y un peor padre para Caleb.”
Nunca amó a Sofía.
Nunca quiso compartir un hijo con ella.
Se lo dijo desde el día en que la desposó, obligado por los designios del ducado… por la estrategia de poder del viejo Douglas.
Pero Sofía…
Sofía nunca lo odió.
Nunca le gritó.
Nunca exigió amor que él no podía darle.
Solo exigió una cosa:
un heredero.
Un hijo nacido de su vientre, como correspondía al linaje.
Y cuando Laurence se negó, ella no abandonó la habitación.
No lloró.
No suplicó.
Simplemente se limitó a decirle, con voz firme, tranquila, irrompible:
—”No te lo pido por mí.
Te lo exijo por el ducado.”
Y así nació Lusian.
El momento más sorprendente de todo ese matrimonio forzado no fue el parto.
Fue la primera vez que Laurence vio a Sofía sonreír… sosteniendo al pequeño en brazos.
Una sonrisa… verdadera.
No por él.
No por su matrimonio.
Sino por el niño.
“Ella ha sufrido tanto como yo… pero jamás descuidó a Lusian.”
Lusian…
El hijo que nunca estuvo en peligro.
El niño escoltado por bestias mágicas desde la cuna.
El príncipe alabado del ducado, destinado desde siempre a ser heredero.
Incluso mil asesinos no podrían tocarlo.
Pero Caleb…
Caleb estaba expuesto desde el día en que Laurence cedió a su corazón.
Un error imperdonable.
Un error que pagó con la vida de su propio hijo.
Laurence apretó los puños.
Sus hombres seguían riendo, intercambiando anécdotas, celebrando la victoria nocturna como lobos hambrientos que habían sobrevivido al invierno.
Él los dejó.
Permitió esa alegría.
Porque tal vez ellos podían celebrar.
Tal vez ellos merecían olvidar.
Pero él…
como duque, como padre, como hombre…
él no podía hacerlo.
La carga del ducado era demasiado pesada.
La oscuridad que guiaba a su linaje era un honor… y una condena.
Y a pesar de todo…
Alzó la mirada hacia sus soldados, hacia esos hombres que estaban vivos gracias a él, y por quienes tantos otros habían muerto.
Y pensó:
“Debo seguir.
Mientras respire, debo seguir.
Por ellos.
Por Martha.
Por Sofía.
Por Caleb.
Por Lusian.
Por Aster.”
Una sombra pasó por sus ojos.
La capital del Reino, Acrópolis, hervía de actividad. Desde el amanecer, las campanas del palacio habían anunciado el inicio de una nueva fase del plan defensivo, y en el interior del Palacio Real de Atrium, la reina Adelaine dirigía cada movimiento como una general en su propio campo de batalla.
—¿El reclutamiento? —preguntó con firmeza, sin levantar la vista de los informes desplegados frente a ella.
—Completado, madre —respondió el príncipe heredero Andrew, manteniendo la postura rígida y el tono respetuoso—. Las unidades están distribuidas. La nueva fortaleza puede ser desplegada en cualquier momento; su capacidad defensiva superará la de Dara. Aguantará… aunque cedamos territorio, el Reino no caerá.
Adelaine dejó escapar una respiración que parecía haber sostenido por días.
—Entonces da la orden. Que Keitaro, el guerrero de magia espacial, parta de inmediato. Tu padre debe saber que la segunda línea está lista para recibir al Imperio.
Andrew asintió y salió a cumplir su misión, dejando a la reina sola con sus pensamientos. Durante unos segundos, la fachada imperturbable de Adelaine vaciló. Era madre, esposa y reina… y cada una de esas facetas tiraba en una dirección distinta.
Pero no había tiempo para debilidades.
Ordenó que entraran los ministros siguientes.
En otra ala del palacio, la princesa Elizabeth, agotada pero resuelta, terminaba de archivar los últimos reportes del día.
La vida administrativa del Reino pendía de un hilo, y desde la salida del rey a la guerra, ella, su madre y Andrew habían asumido casi todo el peso de mantener el país funcionando.
Los informes eran interminables:
• Aumento inusual de monstruos, el doble de lo habitual.
• Distribución de alimentos en aldeas aisladas.
• Cosechas afectadas por el desplazamiento de tropas.
• Movimiento de refugiados desde la frontera norte.
Elizabeth masajeó suavemente sus sienes. A pesar de su elegancia natural y la compostura que la educación real le había inculcado, seguía siendo humana: cansancio, estrés… y un corazón que extrañaba.
Se sentó ante su pequeño escritorio adornado con flores frescas y abrió una carta a medio escribir. Su expresión cambió por completo; una calidez suave reemplazó la rigidez de sus tareas políticas.
Era una carta para Lusian Douglas.
“Mi amado Lusian…”
Continuó escribiendo entre suspiros y sonrisas que no se permitía mostrar ante nadie más. Se quejaba exageradamente de su carga laboral, le contaba pequeñas anécdotas, y entre líneas, sin darse cuenta, dejaba escapar sus celos.
“…y si escucho siquiera el rumor de que otra mujer posa sus ojos en ti, te castigaré personalmente cuando regreses. No me provoques.”
Selló la carta con el emblema real, ajena completamente a lo que ocurría, en ese mismísimo instante, a cientos de kilómetros de distancia.
Mientras Elizabeth imaginaba a su noble y recto Lusian escribiéndole una respuesta llena de elogios y fidelidad…
Lusian estaba inmerso en otro tipo de batalla.
Una batalla… sin armadura.
Sin espadas.
Sin tregua.
Y claramente…
sin victoria para él.
—Hah… ¡rindo…! —jadeó Lusian, desplomándose sobre la cama.
A su lado cayó Isabella, completamente desnuda, igual de exhausta. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro mientras se abrazaba al joven maestro con descarada familiaridad.
—Derrotado… por tercera vez… —susurró ella, en tono de triunfo dulce.
Isabella llevaba tiempo buscando esta oportunidad. Había estudiado, calculado y preparado cada una de sus aproximaciones con paciencia de cazadora. Su belleza natural, su delicadeza y su devoción por Lusian no habían sido suficientes al principio.
Lusian era difícil.
Un Douglas… y uno criado con disciplina noble.
Resistente a tentaciones.
Correcto hasta lo frustrante.
Pero ella no se rindió.
La ocasión surgió cuando Isabella “accidentalmente” provocó una situación en la que él la vio semidesnuda. Fingió caer, él la sostuvo, y el resto fue un torbellino inevitable.
Ahora, recostada sobre su pecho, sonrió victoriosa.
Si jugaba bien sus cartas, si lo cuidaba…
si lograba que él la necesitara…
quizá ya no sería solo una sirvienta.
La posición más alta a la que podía aspirar en este mundo era ser concubina del heredero de los Douglas.
Y esa noche… había dado el primer gran paso.
Cinco días más de guerra.
Cinco días de sangre.
Cinco días de asedio que desgastaron tanto al Imperio como al Reino.
Pero desde aquella infame noche —la noche en que mil magos imperiales fueron aniquilados sin dejar rastro—, algo dentro del ejército imperial se quebró.
Le temían a la oscuridad.
No era un miedo simbólico.
No era superstición.
Era terror militar puro.
Cuando el sol se ocultaba, las legiones regresaban a su campamento como almas perseguidas, encendiendo miles de antorchas, formando barreras de luz que rodeaban sus tiendas.
Nadie vigilaba la fortaleza de cerca.
Nadie se acercaba a las sombras.
Solo la observaban desde lejos…
esperando el amanecer para iniciar otra jornada de ataques.
Y eso fue justo lo que el Reino necesitaba.
Dos noches atrás, al terminar una jornada brutal, cuando la luna estaba en lo alto y el ejército imperial corría de vuelta a la seguridad de sus luces, el ejército del Reino tomó una decisión final.
El rey felipe Erkhan reunió a los noblez:
—Es hora. Marcharemos esta noche.
—¿De madrugada, mi señor? Estamos exhaustos… —dijo uno.
—La esperanza da fuerzas que el cansancio no puede robar. —respondió el rey—. Y el Imperio… no vigila la noche.
Tenía razón.
Silenciosos, disciplinados, decididos…
más de quince mil soldados del Reino abandonaron Dara bajo la protección de la noche.
Marcharon toda la madrugada.
Marcharon con armaduras rotas, vendas manchadas de sangre y piernas que amenazaban con fallar.
Marcharon no por fuerza física, sino porque sabían que una nueva fortaleza —más grande, más fuerte, más mágica— los esperaba.
Cuando el sol salió, ya no estaban allí.
Y el Imperio, aterrado de mirar las sombras, no había visto nada.
Al día siguiente el Imperio seguiría atacaría con ferocidad,
La guerra tiene la habilidad de convertir incluso la tragedia en costumbre.
La muerte de miles ya no estremecía a nadie.
Era simplemente… otro amanecer.
Una de las últimas formaciones imperiales, compuesta por sobrevivientes de legiones ya aniquiladas, recibió la orden final antes de marchar:
—”Vuestra misión: eliminar a los Douglas.”
El silencio fue absoluto.
Muchos temblaron.
Otros palidecieron.
Algunos se persignaron, aunque el Imperio no tolerara supersticiones.
Porque todos, incluso los recién reclutados, habían oído el nombre.
Los Douglas.
Sinónimo de muerte silenciosa.
Sinónimo de sombras que devoraban escuadrones enteros.
Sinónimo… de la noche misma.
Y desde aquella noche en que la masacre ocurrió, ninguna orden había sembrado tanto terror.
Los soldados avanzaron con la resignación de quien camina hacia su tumba.
No había honor en esa misión, ni gloria, ni expectativa de ascenso.
Solo obediencia.
Pero a medida que avanzaban, algo no encajaba esa mañana.
Cuando llegaron al perímetro de Dara, esperaban flechas, magia, insultos, trampas, fuego…
sin embargo…
Silencio.
No un silencio normal.
Un silencio opresivo, como si la fortaleza misma hubiera muerto.
Los veteranos se detuvieron.
Los reclutas tragaros saliva.
Un general frunció el ceño.
—…¿Por qué no nos atacan?
—¿Dónde están los vigías?
—¿Por qué no hay movimiento en las murallas?
Las murallas —agrietadas, casi derrumbadas— estaban… vacías.
Un capitán levantó una mano.
—¡Arquero, adelante! ¡Confirma presencia enemiga!
Un explorador subió por los restos de piedra.
Solo tardó cinco segundos en asomarse.
Cinco segundos de silencio total.
Luego gritó:
—¡N-No hay nadie!
—¿Qué?
—¡La fortaleza… está vacía!
Hubo un murmullo colectivo, una oleada de confusión.
Los magos se miraron entre sí, incapaces de creerlo.
Los soldados se volvieron unos a otros, buscando explicaciones.
Un oficial tartamudeó:
—¿A-amane… amane…cieron muertos?
—¿Huyeron?
—¿Es… una trampa?
Un general frunció el ceño, tragándose su propio miedo.
—Informen inmediatamente a Su Alteza Naira. ¡YA!
En la tienda imperial, Naira estaba rodeada de mapas, con el ceño fruncido y la paciencia desgastada por cinco días de estancamiento inútil.
Un mensajero irrumpió de golpe.
—¡S-su alteza! ¡Dara… Dara está vacía!
Naira parpadeó.
—¿Vacía?
—Completamente… no hay soldados, no hay personal, no hay cadáveres recientes… Nada.
—¿Y los vigías nocturnos? —preguntó ella, con tono peligroso.
Los generales se tensaron.
Todos sabían la verdad.
—Su alteza… desde la masacre nocturna… nuestras tropas se retiran a los campamentos antes de que oscurezca.
—No vigilamos la muralla de noche desde entonces.
Naira no respondió al instante.
Sus manos temblaron ligeramente—no de miedo, sino de rabia pura.
—Entonces escaparon…
—Sí, su alteza.
—¿Cuándo?
—Creemos que durante la noche.
Silencio.
Naira golpeó la mesa con el puño.
—¡en la noche, y ninguno de ustedes lo notó!
Los generales bajaron la cabeza.
Ella respiró hondo, conteniendo la furia.
—Marcharemos. Quiero ver con mis propios ojos ese abandono.
Cuando la princesa imperial cruzó la puerta sur derrumbada, el eco de sus pasos resonó en la desolación.
Había imaginado este momento desde que su padre le asigno esta misión, su primera conquista:
entrar victoriosa en la legendaria fortaleza Dara…
con su ejército detrás, con estandartes alzados, con gloria.
Pero lo que encontró fue…
**Ruinas vacías.
Silencio absoluto.
Un cadáver de fortaleza.**
Las antorchas imperiales iluminaban pasillos rotos, torres medio colapsadas y patios vacíos.
No había cadáveres frescos.
No había armaduras abandonadas.
No había sangre reciente.
Solo restos de una resistencia que había desaparecido.
—¿Dónde está el ejército real? —preguntó Naira sin mirar a nadie.
Los generales se miraron entre sí, temblando.
—Su alteza… creemos que escaparon por la noche.
—¿Y por qué no lo vieron? —susurró Naira, con veneno puro.
—Nuestros hombres… no se acercan a la fortaleza cuando oscurece… desde aquella noche…
—Desde la masacre —completó ella.
Sus ojos ardían.
La noche.
Siempre la maldita noche.
Siempre los malditos Douglas.
—Ilusos —escupió—. No los dejare escapar.
Levantó la vista hacia la muralla rota y exhaló un suspiro amargo.
Los Douglas no solo habían vencido…
habían usado el miedo del Imperio para desaparecer bajo sus narices.
Habían convertido la oscuridad en su aliada.
Y Naira lo sabía:
—Esto no es una victoria.
Esto es una humillación.
Susurros corrieron entre los soldados.
La princesa imperial, la heredera del trono…
había sido burlada.
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