GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 3
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Capítulo 3: Capítulo 3 El peso del compromiso
“Sombras en la Mansión Carter”
El golpe de las ruedas de los carruajes Douglas resonaba sobre el empedrado húmedo, cada impacto haciéndole latir el corazón con fuerza. Emily se asomó al ventanal del salón principal, intentando que su expresión siguiera siendo serena mientras las banderas negras, con los dos lobos, ondeaban frente a la mansión del conde Carter.
Un escalofrío recorrió su espalda. Ese símbolo elegante y majestuoso era también un recordatorio: muchas casas habían caído por desafiar al ducado Douglas. Su linaje no solo imponía respeto y honor, era un riesgo constante.
Respiró hondo y alisó con cuidado el encaje tembloroso de su vestido. Debía parecer tranquila. Una Carter nunca mostraba miedo, aunque por dentro su corazón golpeara como un tambor de guerra.
—Emily, por favor —susurró su madre, apoyando una mano sobre su hombro—. Recuerda lo que está en juego.
Emily asintió sin apartar la vista del ventanal.—Lo sé, madre. No se preocupe… no cometeré errores.
El sonido de la puerta principal cortó el silencio. Sofía The Mondring, duquesa del ducado Douglas, cruzó el umbral con pasos firmes, su porte imponente y su sonrisa apenas contenida, más fría que cálida. Tras ella caminaba Lusian, su hijo, vestido con sobriedad, con una compostura que hacía evidente el peso de su linaje.
Emily notó cómo los sirvientes bajaban la mirada automáticamente. La sola presencia de los Douglas llenaba la sala con un peso invisible, un abismo entre ellos y cualquier otra familia, uno que nadie se atrevía a cruzar.
Los saludos fueron medidos, cordiales, casi ceremoniales. Palabras suaves, sonrisas tensas, miradas calculadas. Nada era espontáneo; todo era una coreografía cuidadosamente ensayada de diplomacia y supervivencia.
Emily se obligó a respirar con calma, aunque cada fibra de su cuerpo estaba alerta. Cada gesto, cada movimiento de los Douglas parecía decirle que aquí no había espacio para errores. Y ella debía cumplir.
Sofía habló con voz melódica, casi maternal, cada palabra cuidadosamente medida:—Mi hijo ha estado esperando esta reunión con ansias. Es un honor para nosotros unir lazos con una familia de tan buena reputación.
Emily respondió con una leve reverencia, controlando el temblor de sus manos, dejando que su voz sonara firme pero contenida:—El honor es nuestro, duquesa. Mi familia agradece la oportunidad de recibirlos en nuestro hogar.
Mientras los adultos intercambiaban formalidades, Emily sintió el peso de la mirada de Lusian sobre ella, quien tenía ganas de salir corriendo viendo a su futura asesina. No era la arrogancia fría que esperaba de un heredero Douglas; había algo distinto: la mirada de alguien que está analizando un veneno antes de tomarlo.
“Curioso”, pensó Emily. “No parece disfrutar esto más que yo.”
Poco después, Sofía, con esa autoridad natural que no necesitaba imponerse, propuso que los jóvenes salieran a caminar por los jardines. Emily entendió el mensaje implícito: querían que hablaran a solas, que sellaran con palabras lo que pronto sería un lazo político, más que un destino elegido.
Tomó aire y guio a Lusian hacia los jardines, bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. El perfume de las lilas flotaba a su alrededor, delicado, casi como un velo, mezclando fragancia con tensión silenciosa. Cada paso que daba parecía acercarla no solo a él, sino a un futuro que aún no sabía cómo enfrentar.
“El jardín y la súplica”
El jardín de la mansión Carter respiraba silencio. Entre los arcos cubiertos de hiedra, el perfume de las lilas parecía más denso, como si incluso las flores contuvieran el aliento ante lo que estaba por ocurrir. Emily caminaba junto a Lusian Douglas, su paso medido, el rostro sereno… pero por dentro, la sensación de quebrarse era casi palpable.
Lusian se detuvo frente a la fuente de mármol blanco, el agua reflejando un cielo gris como un espejo opaco. No la miró de inmediato; parecía evaluar, calcular… o prepararse para evitar el peligro que la cercanía de Emily representaba.
—Lady Carter —dijo finalmente, con voz firme, pero arrastrando una tristeza que no buscaba compasión—. No deseo continuar con este compromiso.
Las palabras cayeron como un golpe seco. Emily sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies; un frío punzante recorrió su espalda y le heló la respiración.
—¿P-perdón…? —susurró, incapaz de disimular la incredulidad.
Lusian mantuvo la vista en el reflejo del agua, como si fuera más seguro confesarle la verdad a un espejo que a la joven frente a él.
—No es nada personal —continuó, con un hilo de tensión contenida—. Solo creo… que ambos estaríamos mejor siguiendo caminos distintos. No busco una unión impuesta, ni un compromiso nacido de la conveniencia.
Por un instante, Emily sintió que el mundo se detenía. Apoyó los dedos contra el encaje de su vestido, conteniendo la respiración. Debía mantener la compostura. No podía mostrar miedo… aunque lo sintiera.
—Entiendo, joven maestro Douglas —dijo, con la cortesía intacta, aunque cada palabra pesaba como un reproche silencioso—. Aun así… una decisión tan repentina podría ser malinterpretada. Las casas nobles… siempre están bajo escrutinio.
Lusian parpadeó. No había considerado completamente esa presión social.
—¿Malinterpretarse?
Emily bajó la mirada, apenas para ocultar el temblor de sus labios, pero sin mostrar sumisión.
—Sí, mi señor. Un cambio de esta magnitud podría afectar la reputación de ambas familias… y la mía en particular. Le ruego… que me conceda algo de tiempo.
Él por fin la miró, y en su expresión había algo más que sorpresa: precaución. Sabía lo que ella representaba para su futuro… y, aun así, algo en su determinación lo hizo bajar la guardia un instante.
Emily dio un paso medido hacia él. Sus ojos oscuros y brillantes reflejaban una voluntad férrea, la de quien lucha contra un destino que no eligió.
—Le prometo que no le daré motivo alguno de disgusto —dijo con suavidad, pero con firmeza—. Permítame… demostrar que soy digna de permanecer a su lado. Que puedo ser la esposa que usted merece.
La súplica no estaba en sus palabras. Estaba en sus ojos. En su respiración contenida. En la dignidad que luchaba por sostener frente al miedo.
Lusian parpadeó, sorprendido. No era una niña suplicando; era una mujer que se enfrentaba a su propio abismo. Y él, consciente de que podía estar frente a quien lo mataría en el futuro, sintió una mezcla de alerta y fascinación contenida.
—Lady Emily… —murmuró, suavizando el tono—, no tiene que probar nada.
—Aun así… —lo interrumpió ella, con una sonrisa temblorosa pero decidida—. Déjeme hacerlo. Si, después de un tiempo, su decisión no cambia, la aceptaré sin objeción. Pero hasta entonces… permítame demostrarle que puedo estar a su altura.
El viento se coló entre las lilas, agitando su cabello rubio y la falda. Por un instante, Lusian no vio a la hija de un conde, sino a una mujer enfrentando su destino con gracia y coraje… y supo que debía mantenerse vigilante.
Finalmente, él asintió despacio.—Está bien, Lady Carter. No tomaré una decisión todavía.
Emily bajó la cabeza en una reverencia perfecta, ocultando el temblor de su respiración.—Le agradezco su comprensión, mi señor. Prometo no decepcionarlo.
Caminaron de regreso hacia el salón sin pronunciar palabra más. Las flores parecían inclinarse a su paso, y el cielo filtraba una luz suave, como si el mundo contuviera el aliento.
Solo cuando cruzó el umbral de la mansión y el eco de sus pasos se perdió, Emily permitió que un susurro escapara:—Solo un poco de tiempo… eso es todo lo que necesito.
El eco de las ruedas del carruaje Douglas se desvanecía entre la neblina, dejando tras de sí un silencio que oprimía el aire. Emily apenas logró mantener la compostura hasta que la puerta principal se cerró. Entonces corrió escaleras arriba, subió a su habitación y, al cerrar la puerta, todo el peso de la visita cayó sobre ella.
Se dejó caer al suelo, ocultando el rostro entre las manos. Las lágrimas brotaron sin contención, mezcladas con un miedo helado que no podía nombrar. Cada pensamiento era un recordatorio silencioso: la familia de los Douglas no perdona, y Lusian, aunque parecía amable, era un miembro de esa familia despiadada.
Poco después, su madre, Emma Pierce, entró con paso apresurado.—Emily… hija, cálmate, por favor —susurró, arrodillándose a su lado.
Emily no respondió. Solo se aferró a su madre, temblando, mientras contenía los sollozos.
Abajo, el salón principal estaba envuelto en la misma tensión. El conde Daniel Carter, su hijo mayor Manuel y Alejandro Jones, amigo cercano de la familia, permanecían en silencio, con rostros sombríos. Cada uno de ellos conocía la magnitud del peligro: los Douglas eran conocidos en todo el reino por su crueldad y por no aceptar desaires de ningún tipo.
El día temido había llegado.
Dos meses atrás, el ducado Douglas había enviado una carta anunciando su intención de formalizar el compromiso entre Lusian Douglas The Mondring, segundo hijo del duque Lawrence Douglas, y Emily Carter. Desde entonces, la mansión vivía bajo una nube de ansiedad. Rechazar una propuesta de los Douglas era impensable; equivalía a una sentencia de muerte.
Todos lo sabían. Especialmente Alejandro Jones. A sus diecinueve años, llevaba consigo un pasado teñido de sangre: su familia había sido exterminada por orden de Damian Douglas dieciocho años atrás. Solo él sobrevivió, rescatado por el caballero William Lion, quien huyó con el bebé en brazos. Desde entonces, Alejandro había crecido bajo la protección de los Carter, sirviendo como escudero y amigo de la familia.
El simple recuerdo del estandarte azul con la serpiente alada hacía que la rabia le ardiera en las venas. “Un día, terminaré lo que mi padre no pudo. “Esa promesa lo mantenía en pie, y la cercanía de Emily en peligro solo avivaba su determinación.
El silencio se volvió insoportable hasta que Manuel rompió la calma:—Padre… se lo ruego, pidámosle ayuda a Su Majestad para romper este compromiso.
El conde Daniel Carter levantó la mirada, cansado y solemne.—Hijo, hacer eso solo demostraría que somos una familia débil. Y las familias débiles… no sobreviven.
—¡Pero son los Douglas! —replicó Manuel, la voz quebrada por la rabia—. ¡Siempre hacen lo que quieren! Han masacrado nobles, aldeanos… ¡y nadie les dice nada! ¿Por qué debemos inclinarnos ante ellos? Somos una de las trece casas principales del reino, ¡tenemos derechos!
El conde suspiró, sosteniendo su copa entre los dedos.—Lo sé. Pero el reino no puede permitirse una guerra interna. Si el resto de las casas se levantaran contra los Douglas y, por un milagro, ganaran… el precio sería el caos. El Imperio ya observa nuestras fronteras. El rey lo sabe, y prefiere mantener a los Douglas como un mal necesario antes que perder el reino entero.
—¿Y Emily? —insistió Manuel, con un hilo de desesperación—. ¿Vamos a entregarla a ese demonio sin hacer nada?
Daniel cerró los ojos, intentando mantener la calma.—Manuel… somos nobles. Y los nobles tenemos deberes. Emily hará lo que debe, por su familia y por la estabilidad del reino.
—Pero no es justo —susurró Manuel, impotente.
El sonido de pasos suaves los interrumpió. Emily y su madre descendían por la escalera. Sus ojos estaban hinchados, pero su porte seguía siendo digno.
Al llegar al salón, Emily abrazó a su hermano con ternura.—Estoy bien, Manuel —murmuró, aunque su voz tembló apenas.
El conde la miró con tristeza.—¿Qué te ha dicho, hija?
Emily bajó la mirada.—Lusian… dijo que quería cancelar el compromiso.
Un silencio helado se apoderó de la habitación. Pero no era alivio. Era terror.
Emma se llevó una mano al pecho; Manuel palideció; Alejandro apretó los dientes con rabia contenida. Porque todos sabían lo que significaba.
Un Douglas no rompe un compromiso. Un Douglas elimina el problema.
En la mente de la familia Carter, aquellas palabras no sonaban a “libertad”. Sonaban a sentencia.
El conde Daniel se quedó sin aliento un instante, como si alguien le hubiese golpeado en el pecho. Luego, lentamente, tomó las manos de su hija, sus dedos fríos como mármol.
—Emily… —susurró, con un temblor que rara vez dejaba ver— debes hacer todo lo posible por ganarte su afecto. No permitas que este compromiso se rompa. Por favor… hazlo por tu familia.
Emily asintió despacio, tragando el nudo en la garganta.
—Lo haré, padre. Le demostraré… que soy digna de ser su esposa.
Daniel la abrazó con fuerza, ocultando su desesperación.—Perdóname, hija mía. Perdóname por no poder protegerte.
Ella sonrió con dulzura, aunque sus ojos estaban vacíos.—No hay nada que perdonar. Este… es mi deber.
Desde un rincón, Alejandro los observaba en silencio, con los puños apretados. Cada palabra que oía era un recordatorio de su impotencia. Mientras los demás lloraban en silencio, su corazón ardía con una sola certeza: Tarde o temprano, los Douglas pagarían.
“El peso de un juramento”
Al llegar a la mansión, Sofía condujo a Lusian directamente a sus aposentos. El aire olía a incienso de menta; los cortinajes dorados filtraban la luz en haces suaves. Cuando se sentaron, la duquesa no perdió tiempo en explicarle los términos finales del compromiso con los Carter:
Dentro de seis días, en el templo del dios Sangus, dios de la lealtad y la verdad, se celebraría la ceremonia de compromiso.
Lusian se dejó caer en un sillón, las manos apretadas contra los reposabrazos.—Madre… ¿es… es obligatorio? —su voz tembló—. ¿Todo esto, el juramento, la sangre…? ¿Y si fallo?
Sofía se sentó frente a él, su porte sereno como siempre.—Hijo, escúchame bien. Sé que esto puede parecer abrumador… pero no debes preocuparte. Escucha con calma.
Lusian, respiro hondo, tragó con dificultad, el miedo recorriendo su espalda.—Pero… ¿tendré que cargar con todo eso? ¿Seré yo quien… muera si algo sale mal?
Sofía le sonrió con suavidad, como calmando a un niño.—No, hijo —dijo Sofía, sonriendo con ternura—. Este juramento es serio, sí, y sagrado ante Sangus, pero tu parte no es la que cargará con el peso real. Esa responsabilidad… recae sobre Emily. Tú solo debes estar presente, ella jurara ante ti fidelidad… y nada más.
—Así que… si algo falla… ella paga, y yo… solo debo observar.—Exactamente —asintió Sofía—. Pero no te equivoques: no es un juego. La fidelidad de Emily ante Sangus sostendrá el pacto. Tu deber será casarte con ella y darle el lugar que merece dentro de la familia Douglas… nada más.
Lusian abrió los ojos, todavía temblando, pero un hilo de alivio se filtró entre el miedo.—Nunca… nunca había visto algo así. Es… aterrador.—Lo sé —dijo Sofía, posando suavemente su mano sobre su hombro—. Pero eso es parte de crecer, hijo. Es tu deber como futuro duque. Este juramento no amenaza tu vida…Una prueba de paciencia, de control sobre Emily.
Cuando Sofía se retiró, dejándolo solo, él cerró los ojos y trató de ordenar sus pensamientos. Cada pieza del tablero del destino estaba a punto de moverse… y cada movimiento traería muerte o desgracia.
Recordó los eventos que se avecinaban, fragmentos de un futuro que parecía escrito en sangre:
El Primer Evento: la muerte del príncipe heredero Andrew. Durante el torneo de caza real, Andrew moriría, dejando un vacío de poder que fracturaría la corte y dividiría a las casas nobles. Su muerte abriría el camino para que Leonardo, hijo de la concubina imperial, fuera nombrado heredero. Ese joven, con sangre del Imperio de Ítaca y un odio profundo hacia Lusian, no olvidaría la ejecución del conde Noah Armett y su hija Isabella. Aquella acción sembraría la primera grieta del reino, un inicio de guerra fría entre el trono y los Douglas.
El Segundo Evento: la tragedia en el ducado Douglas. El asesinato de Caleb, su medio hermano y heredero, sería presentado como represalia política. Pero Lusian sabía que era una trampa del conde Denisse, apoyada por el Imperio, destinada a sembrar caos. Aunque su muerte abriría la vía para la sucesión, también traerían consigo la ira y la venganza de su padre, el duque Laurence, quien moriría en batalla a manos de Marcus Valentini, el Chacal de la Duodécima Legión. El ducado Douglas empezaría a fracturarse por culpa de conspiraciones, culpa y venganza.
El Tercer Evento: la expansión del maná. El mundo mismo comenzaría a cambiar: la energía mágica se expandiría, rompiendo las leyes naturales. Humanos y animales mutarían, surgían seres Champion y Sacrum. Ciudades enteras serían asediadas; Ansdale, la capital de los Carter, caería bajo los ataques del maná. Durante la defensa, el conde Daniel Carter moriría, y Emily presenciaría su muerte. El ducado Douglas, obligado por la alianza, no podría enviar ayuda a tiempo. Emily sobreviviría, pero su mirada hacia Lusian cambiaría para siempre.
El Cuarto Evento: la llegada de los demonios. De las grietas abiertas por el maná surgirían demonios antiguos, hechos de deseo y corrupción. La desesperación humana alimentaría el caos: pactos con criaturas oscuras, iglesias que se transforman en poderes políticos, y un rey impotente ante la fe ciega del pueblo.
El Quinto Evento: la caída del Rey Oscuro. Lusian, atrapado por la ambición, haría un pacto con un demonio de alto nivel, convirtiéndose en un rey tirano. Su cuerpo se volvería receptáculo del mal, su mente se desmoronaría. Y, al final, los veinte héroes enviados por los dioses se alzarían contra él. La última imagen que recordaría sería su trono en llamas y la espada de Emily atravesando su corazón.
Lusian dio vueltas en la habitación, pensando, meditando. La habitación parecía más fría, más vacía que antes. Cada uno de esos eventos se desplegaba en su mente como un mapa de tragedias inevitables. Sabía que su destino y el de Emily estaban entrelazados, pero no por amor… sino por la ruina que su incumplimiento traería.
“Si no hago nada, moriré” murmuró para sí.
Lusian abrió los ojos. El amanecer teñía de dorado el horizonte. Su respiración era tranquila, pero la mirada… ardía con una resolución inquebrantable.
“Esta vez,” susurró, “cambiaré cada evento. No habrá héroes, ni demonios… solo mi voluntad.”
Apoyó los codos sobre el escritorio, los pergaminos extendidos frente a él. Sus dedos trazaban líneas invisibles sobre los nombres de monstruos y materiales, pero sus pensamientos giraban en torno a una sola palabra: afinidad.
En el juego, los mejores personajes tenían algo en común —no su fuerza, ni su linaje, ni siquiera sus habilidades—, sino su afinidad mágica. Esa sintonía entre el alma y el flujo del maná era lo que separaba a los héroes de los cadáveres.
Cuanto mayor era la afinidad, menor el consumo de maná al invocar conjuros o mantener hechizos activos. En combate, esa pequeña ventaja podía significar la diferencia entre sobrevivir o ser reducido a cenizas.
Lusian apretó los dientes al recordar los fracasos anteriores. En enfrentamientos entre magos de igual nivel, el que tuviera menor afinidad no duraba mucho; su maná se agotaba primero, dejándolo expuesto, indefenso… sentenciado.
Si quería sobrevivir, necesitaba un incremento de poder rápido y absoluto. La solución estaba grabada en su memoria: el Ritual de Resonancia Arcana. Un método ancestral y prohibido, conocido solo por aquellos que exploraban los límites del maná. Lusian sabía que este ritual se basaba en la fusión de esencias mágicas puras. Los libros prohibidos mencionaban que una forma de lograr este aumento de afinidad era recibir la bendición de una bestia mágica afín a su elemento, pero eso le costaría la vida a la bestia mágica. Lusian descartó inmediatamente esa opción: era demasiado arriesgada, cruel y técnicamente casi imposible de realizar de forma segura.
“Afinidad… poder… supervivencia. Si la historia no puede cambiar por voluntad divina, la cambiaré con mis propias manos,” murmuró, apretando los puños sobre la mesa.
“La Ceremonia del Compromiso”
Cuando llegó el día del compromiso, el sacerdote del dios Sangus arribó a la residencia Douglas, que a esas horas bullía como un enjambre. Los sirvientes corrían de un lado a otro, decorando carruajes, preparando ofrendas y alistando las prendas ceremoniales. Sofía Douglas, impecable y serena, supervisaba cada detalle personalmente. Para ella, la perfección no era una opción… era un deber sagrado.
Lusian observaba todo con una mezcla de respeto y aprensión. Nunca había sentido la presión de un juramento tan absoluto, tan irrevocable. El templo esperaba, silencioso y solemne, como si el dios Sangus mismo contuviera el aliento ante el pacto que estaba por sellarse.
Cada paso que daba hacia la ceremonia era un recordatorio de la cadena invisible que lo ataba: un compromiso de sangre, sancionado por un dios, que él no podía romper… sin condenar a otra persona. Emily.
La responsabilidad divina recaía sobre ella, sí, pero el peso moral —esa mezcla incómoda de miedo, solemnidad y culpa anticipada— se hundía en su pecho como una piedra. No quería verla sufrir por su causa.
El sonido de sus botas sobre el mármol resonaba como un tambor de guerra silencioso. Lusian tragó saliva. Un escalofrío —una mezcla de respeto y temor— recorrió su espalda.
No era solo una ceremonia. Era el primer paso hacia un camino donde cada decisión podría desencadenar tragedias.
Frente al espejo, Lusian ajustó su traje negro, cuyos bordados dorados parecían brillar con luz propia. La capa blanca caía sobre sus hombros como un manto de autoridad y destino; los hilos formaban la figura del lobo bicéfalo y las dos espadas cruzadas, emblema ancestral de su casa.
Pero ni los símbolos ni la elegancia lograban ocultar la inquietud en su mirada.
—¿Estás asustado, Lusian? —preguntó Sofía con suavidad al verlo tensar los hombros.
Él respiró hondo, intentando maquillar la verdad con serenidad.
—Un poco, madre —admitió—. Sé que el hechizo es obligatorio… pero es solo una tradición. No habrá complicaciones.
Sofía le sonrió con ese orgullo elegante que caracterizaba a los Douglas, aunque una parte de ella sabía muy bien que su hijo no temía la ceremonia. Temía lo que vendría después. El futuro. Los eventos que presionaban desde el horizonte como sombras indescifrables.
Y Sofía, sin entenderlo del todo, sintió un leve estremecimiento. Como si adivinara que, tras el juramento, algo mucho más grande que un simple compromiso estaba a punto de despertar en su hijo.
Cuando llegaron al salón ceremonial, la familia Douglas ya aguardaba frente al altar.
Laurence Douglas, con su porte imponente, permanecía erguido como una estatua de mármol: solemne, distante, inquebrantable. Martha, a su lado, mostraba una sonrisa suave, pero en sus ojos danzaba una mezcla compleja de orgullo y melancolía. Caleb y Catalina, en cambio, mantenían expresiones neutrales, casi frías; para ellos, aquello no era más que un trámite político. Ninguno parecía verdaderamente feliz. En el ducado, incluso las celebraciones tenían el peso de una obligación.
El murmullo de los invitados se fue apagando, como si una niebla callada envolviera la sala, cuando Emily Carter hizo su entrada.
Lusian levantó la mirada… y su respiración se detuvo.
Emily avanzaba por el pasillo como si flotara, envuelta en un vestido azul claro cuyas flores bordadas parecían reflejar la primera luz del amanecer. El brillo suave del templo se deslizaba por el delicado encaje rosado, y cada paso suyo resonaba en el mármol blanco con una elegancia tranquila, casi sagrada.
Los invitados se pusieron de pie. El silencio se hizo absoluto.
Solo se oían sus pasos… y los de sus padres detrás de ella.
Cuando los ojos de Emily se encontraron con los de Lusian, él sintió cómo el calor le subía al rostro. Emily le dedicó una sonrisa suave, serena, tan perfectamente controlada que casi parecía natural. Pero Lusian, que había visto el miedo en su mirada días atrás, sintió que aquella calma era una máscara tan frágil como hermosa.
Por un instante, el mundo dejó de moverse. No había dioses, no había destino, no había futuro oscuro. Solo ella. Solo ese momento suspendido.
El monje principal se acercó al altar y extendió las manos. Su voz grave retumbó en la cúpula del templo.
—Iniciaremos la ceremonia del juramento bajo la mirada del dios Sangus.
Tomó un pequeño punzón de plata, lo posó sobre el dedo de Lusian y presionó. Una gota de sangre cayó sobre un anillo de plata en el altar.
Luego repitió el gesto con Emily. Su sangre cayó junto a la de él.
Ambas gotas brillaron, primero individualmente…y luego se fusionaron en un resplandor rojo tenue que viajó a través de los símbolos del anillo, como si el metal respirara.
El murmullo de la magia llenó la sala.
—Con este juramento —proclamó el monje— se sella la promesa de unión. Que Sangus sea testigo, juez y guardián de este pacto sagrado.
Una oleada de energía recorrió el templo, un pulso profundo que erizó la piel de los presentes. El aire se volvió más pesado, como si el dios mismo hubiera inclinado su mirada hacia ellos.
Lusian sintió el peso del pacto hundirse en sus huesos. Emily bajó la mirada con un temblor casi imperceptible.
El compromiso estaba sellado. Y no había vuelta atrás.
Después de la ceremonia, los invitados pasaron al salón contiguo, donde un banquete impecablemente dispuesto los esperaba. El aroma de especias, vinos y carnes asadas flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo de nobles que ofrecían bendiciones y felicitaciones. Era una velada de apariencias, sonrisas calculadas y promesas que ningún dios escucharía.
Los anillos de sangre que Lusian y Emily llevaban en sus manos brillaban con un tenue resplandor rojizo, símbolo del pacto que ahora los unía. Para muchos, eran un honor. Para ellos, una cadena.
—Las familias nobles se acercan—
La primera familia en aproximarse fue la del conde Noah Armett, acompañado de su esposa e hijos. Su hija, Isabella Armett, de cabello blanco como la nieve y ojos azules profundos, parecía una flor invernal en medio del salón. Su belleza etérea llamó la atención de varios… pero, especialmente, la de Caleb Douglas, cuyo desvío de mirada no pasó desapercibido para Lusian.
“Así que… aquí empieza su tragedia,” pensó Lusian con un suspiro silencioso.
Luego se acercaron los Kessler, ofreciendo sus respetos, seguidos por los Macallister, provenientes del Imperio de Ítaca. Lusian los recordaba a la perfección del juego: una casa sin gran poder militar, pero con algo más valioso que la fuerza: una afinidad ancestral con la magia espacial. Sus artefactos eran codiciados en todo el continente.
Como era de esperarse, presentaron dos brazaletes encantados, capaces de almacenar objetos mágicos en un espacio dimensional. Emily abrió los ojos con asombro; Lusian mantuvo una expresión educada, aunque por dentro reconocía el valor del obsequio.
Continuaron las familias Stanley, Briggs y Schneider, cada una cumpliendo con el protocolo: un saludo, un regalo, una sonrisa. Los Mondring, la familia materna de Sofía, ofrecieron una inclinación sobria y se retiraron sin llamar la atención; como siempre, discretos, como sombras nobles.
—Los Bourlande: fuerza y fuego—
El ambiente cambió cuando llegaron los Bourlande. Guerreros natos, obsesionados con el combate, reputados por sus hechizos de fortalecimiento físico que celosamente guardaban en sus grimorios familiares.
Entre ellos destacaba Kara Bourlande Bekker, la heredera de diecisiete años. Cabello rojo ardiente, ojos azul celeste, postura firme. Era tan hermosa como letal.
Lusian la reconoció al instante. En el juego, Kara era una de las heroínas principales, una mujer imposible de vencer… literalmente. Muchas rutas terminaban en batalla contra ella, y la mayoría de jugadores morían sin poder verla sonreír.
Ella observó a Lusian con una mezcla de curiosidad y desafío. Él sostuvo su mirada. Un destello invisible cruzó entre ambos: respeto… y advertencia.
—Los Denisse: veneno disfrazado—
Los Denisse se acercaron después, envueltos en sus sonrisas diplomáticas. Lusian no apartó la vista de ellos.
Sabía quiénes eran en realidad: ratas del Imperio, conspiradores que venderían el reino al mejor postor. Su presencia allí no era un saludo… sino un recordatorio silencioso de que el peligro ya estaba dentro del país.
Cuando estrechó sus manos, Lusian lo hizo con cortesía impecable. En su mente, sin embargo, solo veía sangre.
—La familia real—
El murmullo del salón se extinguió de golpe cuando los heraldos anunciaron la llegada de la familia real.
Todos se arrodillaron. Solo los tres ducados se inclinaron.
La reina Adelaine Erkhan Stanley avanzó con la elegancia de alguien que carga un reino entero sobre los hombros. A su lado caminaban el príncipe heredero Andrew, y la princesa Elizabeth, de mirada afilada y presencia imponente.
Emily, nerviosa, intentó arrodillarse, pero Sofía la sostuvo por el brazo, evitándole un desliz que habría sido fatal.
La reina felicitó a la pareja con palabras nobles y medidas, entregándoles un regalo envuelto en terciopelo carmesí. Luego se retiró a un salón privado, seguido de su sombra real.
El regalo de los Douglas
Fue entonces cuando Sofía levantó la mano. Dos sirvientes avanzaron cargando un cofre largo cubierto por un paño negro.
Cuando retiraron el paño y el cofre se abrió, un brillo oscuro iluminó el terciopelo interior.
El salón entero contuvo la respiración.
Lusian sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
Allí estaba:
Dainslein.
Una espada de hoja negra, pulida como un fragmento de noche, con un sutil resplandor azulado que parecía latir al ritmo del maná circundante. No emanaba maldad, sino una calma profunda, una oscuridad serena que invitaba al silencio.
Un Ætherion.
Un arma antigua cuya función no era destruir, sino armonizar el flujo de maná y reducir el desgaste del portador.
Lusian la reconoció de inmediato. No porque la hubiera empuñado él… sino porque en el juego, la espada era la recompensa final por matar al Lusian Oscuro. Su versión caída. El destino que él estaba decidido a evitar.
Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.
—Dainslein… mi advertencia. —
Ese regalo no era casualidad. Era como si el mundo le mostrara el arma que, en la historia original, solo aparecería como premio para quien tomara su vida.
El primer acto había terminado. El juego… acababa de comenzar.
— Sombras de Sangre y Té Real
Las ceremonias organizadas por los Douglas eran conocidas por su brevedad. La nobleza del reino asistía más por compromiso que por entusiasmo, y aunque nadie se atrevía a rechazar una invitación del ducado, pocos disfrutaban realmente de su compañía. Los Douglas imponían respeto… pero también temor.
Una hora después de concluida la ceremonia, Lusian se encontraba despidiéndose de Emily y la familia Carter. Todo había salido según lo planeado, sin sobresaltos. Sin embargo, en su interior, un ligero cansancio comenzaba a presionar sobre sus hombros. Aún faltaba una última reunión.
En una sala privada del templo de Sangus, lo esperaban la reina Adelaine Erkhan Stanley, el príncipe heredero Andrew y la primera princesa Elizabeth. Apenas entraron Sofía y Lusian, la reina dio una orden con voz tranquila:
—Que todos los sirvientes se retiren.
El aire pareció volverse más denso. Lusian, por instinto, anticipó una conversación diplomática, rígida, cargada de restricciones protocolares. Pero lo que ocurrió después lo dejó completamente desconcertado.
Adelaine y Sofía se abrazaron.
No un gesto frío ni una inclinación formal, sino un abrazo sincero, cálido, de viejas amigas que se reencuentran tras demasiado tiempo. Luego entrelazaron las manos y se sentaron juntas, riendo con naturalidad, como dos mujeres comunes que escapaban —al menos por unos minutos— de los títulos que las encadenaban.
Lusian observaba la escena con cierta fascinación. Era extraño ver a su madre, la duquesa Douglas, sonreír de esa forma.
Pero todo tenía una explicación.
Desde la fundación del reino existía un juramento ancestral entre la Corona y el Ducado Douglas: proteger juntos la estabilidad del reino. En teoría, era un pacto sagrado. En la práctica, las cosas habían cambiado.
El actual rey, Felipe Erkhan Stanley, había heredado más rencor que sabiduría.
Su hermano menor, el príncipe Jeremy, intentó usurpar el trono al liderar una revuelta con varios nobles, entre ellos el vizconde Ricardo Jones. Para evitar una guerra civil, el entonces duque Damián Douglas, abuelo de Lusian, ejecutó a Jeremy con la aprobación del regente de ese tiempo, Adrián Erkhan Brown, padre de Felipe.
Aun así, Felipe jamás perdonó a los Douglas.
Desde entonces, el rey evitaba cualquier trato directo con el ducado, delegando todo a su esposa, la reina Adelaine. Laurence Douglas hacía exactamente lo mismo, confiando esas tareas a Sofía.
Por eso, lo que parecía una charla entre amigas era, en realidad, la reunión de las dos verdaderas intermediarias del poder.
Lusian estaba tan inmerso en sus pensamientos que no notó cuando alguien se acercó a él.
—¿Té? —preguntó una voz suave.
Parpadeó y levantó la mirada. Frente a él estaba la princesa Elizabeth, sosteniendo una taza con elegancia. Su cabello dorado caía en cascada sobre los hombros y sus ojos azules brillaban con una chispa vivaz, casi traviesa.
Por un instante, Lusian se quedó sin palabras.
Elizabeth Erkhan Stanley.
La reconoció al instante. En el juego, ella era la Reina Demonio: la princesa secuestrada por un culto, convertida en recipiente de una entidad infernal. Su historia era la más trágica… y, en cierto modo, la más humana.
—¿Sucede algo? —preguntó Elizabeth con una sonrisa divertida—. ¿Tengo algo en la cara?
—No, alteza —respondió él, recuperando la compostura—. Me distraje un momento.
Pero la sonrisa de Elizabeth se volvió más astuta… peligrosa, incluso. Y no estaba sola.
Al otro extremo del salón, el príncipe Andrew lo observaba con la misma expresión entretenida, brazos cruzados y ceja levantada. Claramente estaban tramando algo.
Elizabeth suspiró con una dramatización impecable, llevándose una mano al rostro.
—Oh, Lusian… ¿pensabas en tu prometida? ¿De verdad vas a abandonarme por ella?
Antes de que él pudiera reaccionar, Andrew se acercó y le dio una palmada exagerada en la espalda.
—¡Así que hiciste llorar a mi hermana! Primero la enamoras y luego la ignoras. ¡Qué hombre tan cruel eres, Douglas!
Lusian lo miró sin comprender. ¿De verdad estaban haciendo esto?
Recordó, de golpe, fragmentos del Lusian original: escenas parecidas, con los dos príncipes molestándolo siempre que podían. Ahora entendía por qué los evitaba.
Miró a su madre buscando ayuda, pero Sofía seguía conversando animadamente con la reina. Ni una mirada en su dirección.
Suspiró.
—Dime, alteza —preguntó sin emoción—, ¿Cuándo exactamente la enamoré?
Elizabeth puso cara pensativa.
—Fue amor a primera vista. ¿Acaso no vas a aceptar mis sentimientos y hacerte responsable?
Lusian entrecerró los ojos.
—¿Y desde cuándo nació ese amor?
—Desde que tenías siete años —respondió ella con absoluta firmeza—. Eras tan tierno… me enamoré entonces.
¿Siete años? Eso significaba que ella tenía nueve.
Muy bien. Si querían jugar, él también sabía hacerlo.
Con un tono suave, seductor y completamente intencional, respondió:
—¿Por qué no me lo dijiste antes, mi dulce princesa? Habríamos podido anunciar nuestro compromiso aquel mismo día.
Elizabeth se sonrojó apenas, pero no retrocedió.
—No te lo había dicho antes… pero me gustas, Lusian.
Andrew levantó una mano como si realizara un acto solemne.
—Como futuro monarca, apruebo oficialmente esta unión.
Lusian lo miró con calma.
—Insoportables —murmuró.
Y sin pensarlo demasiado, hizo algo que en su vida anterior siempre le funcionaba cuando alguien lo fastidiaba más de la cuenta:
Le dio una patada en la espinilla al príncipe heredero.
—¡Agh! —Andrew soltó un pequeño grito ahogado, doblándose de dolor.
Lusian, completamente tranquilo, se sentó al lado de Sofía con total inocencia. La reina Adelaine y la duquesa Sofía, que habían visto la escena, intercambiaron una mirada divertida. La reina soltó una risita; Sofía pellizcó la mejilla de su hijo.
—Compórtate, Lusian —le susurró con una sonrisa indulgente.
Andrew se sobaba la pierna, indignado, mientras Elizabeth reía sin disimulo.
—Parece que Lusian ha cambiado, mamá —comentó.
—Sí, hija —respondió Adelaine con serenidad—. Ya no es el niño tímido al que solían molestar. ¿Verdad, Andrew?
El príncipe gruñó algo ininteligible. Las dos mujeres sonrieron, cómplices. El pequeño Douglas ya no era un niño.
Esa noche, cuando Lusian y Sofía regresaron a la mansión Douglas, el silencio del carruaje fue reconfortante. Al llegar a su habitación, Lusian se dejó caer sobre la cama, exhausto.
No pensó en política, ni en compromisos, ni en dioses.
Solo murmuró una palabra antes de quedarse dormido:
—…insoportables.
Y así, entre risas, secretos de sangre y un destino que empezaba a moverse, terminó el día en que la vida de Lusian Douglas comenzó a cambiar.
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