GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 30
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Capítulo 30: Capítulo 30 – Entre Imperios y Monstruos
“La Fortaleza Imposible”
Los estandartes imperiales avanzaban como sombras marchitas sobre el paisaje.
Cien mil soldados…
y aun así, el silencio que los acompañaba se sentía como el de un ejército derrotado.
Tardaron dos días en alcanzar el nuevo frente.
No por distancia… sino por miedo.
La retirada nocturna del Reino había sembrado paranoia entre los hombres.
Cada árbol parecía un escondite de los Douglas.
Cada sombra, un filo listo para desgarrar gargantas.
No marchaban como conquistadores.
Marchaban como perseguidos.
Los rumores corrían entre las filas como una enfermedad incurable:
—”Los hijos de la noche…”
—”Dicen que se mueven sin hacer ruido…”
—”Los que matan sin dejar sombra…”
—”Si dejan caer tu nombre… ya estás muerto…”
Algunos soldados temblaban incluso bajo el sol del mediodía.
Naira avanzaba al frente, montando un corcel negro, con la mirada fija y fría.
Pero por más que intentara ignorarlo, el estado de sus tropas era evidente.
Los legionarios tenían los ojos hundidos.
Las armaduras manchadas por días de batalla.
El alma rota.
Ya no parecían el glorioso ejército del Imperio.
Y el golpe más duro era el contraste.
Al principio de la campaña, el Imperio había llegado con más de doscientos mil hombres.
Ahora… apenas superaban los cien mil.
Y aun así…
Cuando por fin ascendieron la última colina…
cuando la bruma matinal se disipó…
Naira sintió como si el mundo se le helara.
Allí, ante ellos…
la nueva fortaleza del Reino.
Majestuosa.
Imponente.
Inexpugnable.
Una estructura doble, murallas altas, anchas, pulidas con magia reciente.
Los emblemas del Reino flameaban como si jamás hubieran conocido la derrota.
Sellos brillaban sobre las piedras, tejiendo un campo de protección que ninguno de sus magos había visto antes.
Un general a su lado murmuró, con voz quebrada:
—Mi princesa… esto es… más grande que Dara.
Otro tragó saliva.
—El Reino… ¿cómo…? ¿Cómo han levantado esto en tan poco tiempo?
Pero la pregunta que realmente heló a todos fue otra:
—¿Y de dónde han sacado tantos soldados… otra vez?
Naira apretó las riendas.
Los números no mentían.
La última vez que los vio, el Reino tenía menos de catorce mil en pie.
Ahora…
los exploradores estimaban veintidós mil o más detrás de esas murallas.
Idéntico al inicio de la guerra.
Como si nada hubiera pasado.
Como si las pérdidas del Reino nunca hubieran existido.
El contraste era un insulto.
Un golpe directo a la moral imperial.
El viento sopló, moviendo el estandarte azul del Reino como si se burlara del Imperio.
Naira sintió hervir la sangre.
Sus dientes rechinaron.
Este lugar…
esta muralla…
este regreso numérico imposible…
todo era una declaración.
El Reino estaba listo.
Ellos no.
Y aunque aún comandaba un ejército enorme…
por primera vez desde que llegó a estas tierras…
Naira sintió algo que nunca admitiría en voz alta:
Ella tenía miedo.
“La Presencia del Dragón”
Cuando el estandarte imperial de dos dragones entrelazados apareció en el horizonte, algo cambió en el campamento.
No fue un grito ordenado, ni un toque de trompeta.
Fue instintivo.
Miles de soldados, que apenas podían mantenerse de pie, se incorporaron con la espalda recta.
Los heridos dejaron de gemir.
Los jóvenes reclutas se esforzaron en parecer enteros.
Los veteranos levantaron el mentón.
La moral subió como una llamarada repentina.
La presencia del Emperador era leyenda viva.
Para el Imperio, él no caminaba… imponía realidad.
La Guardia Carmesí avanzaba abriendo paso, sus armaduras rojas y negras brillando incluso entre la tierra y las cenizas. Cuando el Emperador cruzó el campamento, miles de soldados lo siguieron con la mirada como si, con solo observarlo, recordaran que eran el ejército más poderoso del mundo.
Naira estaba de pie en una pequeña elevación, con la fortaleza del Reino recortada a lo lejos.
La había observado por horas.
Cada torre reforzada, cada muralla ampliada, cada rastro de magia… era un recordatorio vivo de su fracaso.
No se dio cuenta de que habían llegado hasta que escuchó la única voz que siempre podía quebrar su compostura:
—Hija mía.
Naira giró inmediatamente.
Ahí estaba él.
Su padre.
El Emperador del vasto Imperio Continental… pero ante ella, solo un hombre con el rostro cansado y la mirada orgullosa.
Ella respiró hondo.
—Padre… —se inclinó ligeramente, como marca la etiqueta, pero la sonrisa que él le dedicó rompió todo protocolo.
—Déjate de formalidades —dijo él, acercándose para ajustar con suavidad un mechón rebelde de su cabello—. Me alegra verte entera.
Era un gesto pequeño… pero solo él podía hacerlo.
Y Naira sintió una mezcla de alivio y vergüenza.
—He oído todo. —El Emperador posó una mano en su hombro—. Los días de combate, la retirada ordenada del reino, y luego la marcha nocturna de dos días sin descanso. No subestimes lo que aprendiste.
—Pero todo lo que hice, no fue suficiente —respondió ella, mirando la fortaleza—. Ellos crecieron… mientras mis soldados caían.
El Emperador sonrió con una calidez que no mostraba ante nadie más.
—Has tenido días difíciles.
Naira apretó los labios.
—Días… y humillaciones, padre. —Señaló la fortaleza a lo lejos—. ¿Desde cuándo sabías que el Reino estaba construyendo… esto?
El Emperador sonrió muy despacio.
No con burla.
Con esa sonrisa peligrosa de alguien que domina más información de la que debería existir.
—Años.
La respuesta golpeó a Naira como una lanza.
—¿A-años? —repitió ella, incrédula—. ¡¿Años y jamás me dijiste nada?!
Él elevó una ceja, sin perder la serenidad.
—Si te lo hubiera dicho, ¿Qué habrías aprendido?
¿A temer?
¿A depender de mis ojos en vez de los tuyos?
Naira dio un paso hacia él, indignada, sorprendida, dolida.
—¡Me enviaste a una guerra ciega!
El Emperador acercó su mano y la apoyó en su mejilla, obligándola a calmar su respiración.
—No, hija. Te envié a abrir los ojos por primera vez.
Ella tembló. De rabia. De emoción. De amor. De humillación. Todo a la vez.
—¿También sabías sobre los Douglas? —preguntó entre dientes—. ¿Sobre sus tácticas nocturnas? ¿Sobre su resistencia? ¿Sobre su… salvajismo?
—Sé más sobre los Douglas que el mismo Rey Erkhan —respondió él, serio al fin—. Tengo espías en cada tribunal, en cada caravana, en cada banquete. Conozco sus fortalezas… y sus fallas.
Y sí… sabía de su fuerza.
El silencio fue absoluto.
Naira sintió un vacío en el estómago.
—Entonces… ¿me dejaste perder? —susurró, incapaz de contener la mezcla de furia y tristeza.
El Emperador negó con suavidad.
—No te dejé perder. Te permití equivocarte bajo condiciones controladas.
—¿Controladas? Murieron miles… ¡Miles, padre!
—Y morirán millones cuando seas emperatriz si no aprendes ahora. —Su voz se volvió más grave—. La guerra forja… o destruye. Y el futuro del imperio recae en tus hombros.
Naira tragó saliva con fuerza.
Sus ojos ardían.
Él se acercó más.
—Si quería arrasar este Reino, habría enviado seis legiones adicionales. Esta campaña no es para conquistar tierras… es para pulirte a ti. Para darte experiencia real, no teorías de biblioteca. Si te doy todo masticado, serás fuerte… pero no sabia.
Y como la futura emperatriz debes ser ambas cosas.
La respiración de Naira tembló.
Con la mano cerrada en un puño, habló con voz ronca:
—Entonces… ¿todo esto? ¿Cada derrota, cada trampa, cada noche perdida… era una lección?
El Emperador asintió.
—Una lección que aunque dolorosa, es necesaria.
Naira lo miró fijamente.
El padre.
El emperador.
El estratega supremo que manipula reinos… solo para que su hija aprenda a dominarlos.
—Padre… —susurró, con el pecho ardiendo—. Te juro que no volveré a ser tomada por sorpresa. Te juro que creceré lo suficiente como para que no necesites protegerme más.
Él sonrió con auténtico orgullo.
—Esa es mi hija.
La futura emperatriz.
Un viento frío sopló desde la fortaleza del Reino.
El Emperador se giró hacia ella, con la mirada afilada.
—Dime, Naira…
—¿Sí? padre.
—¿Qué vas a hacer ahora que sabes lo que realmente enfrentamos?
Naira inspiró hondo, y por primera vez desde el inicio de la guerra… sonrió.
—Voy a devolvérselos.
Todo.
Y multiplicado.
El Emperador soltó una carcajada grave, satisfecha.
—Bien.
Muy bien.
“Ecos del Norte”
En Acrópolis – A kilómetros de la zona de guerra
La capital respiraba un aire extraño: mezcla de expectativa, preparación y ese silencio espeso que solo antecede a las catástrofes. Las campanas de la Ciudad Alta repicaban sin descanso; cada nuevo toque anunciaba otro mensaje urgente, otra orden, otro desastre en camino.
Las calles eran ríos humanos: soldados marchando con tensión en la mandíbula, arcanos con grimorios temblando entre las manos, mensajeros exhaustos que parecían no dormir desde hacía días, y civiles evacuando zonas rurales antes de que las cosas que se movían en los bosques llegaran a ellos.
El eco del conflicto con el Imperio estaba lejos…
Pero el maná del ambiente vibraba sin descanso.
Los magos de investigación lo llamaban “presión del ecosistema”: cuando demasiadas criaturas afinadas a maná se desplazaban, el ambiente reaccionaba como si un gigante invisible zarandeara el continente.
Y aquello ya estaba ocurriendo.
Andrew, Elizabeth y los generales reales en la Sala Estratégica del Bastión Central, un enorme mapa flotaba sobre la mesa: miniaturas de luz representaban movimientos de tropas, caravanas de civiles y focos de ataques monstruosos.
Andrew apoyó ambas manos en el borde de la mesa, clavando la mirada en una cadena de puntos que avanzaba desde los bosques del noroeste hasta casi tocar la frontera sur.
—Esto se está acelerando —murmuró.
Elizabeth señaló un punto violeta que palpitaba como un corazón enfermo.
—Aquí desapareció una manada entera. Y aquí… —otro punto, rojo brillante— …un poblado arrasado. Pero lo más preocupante es esto: criaturas de bajo nivel huyendo al sur. No atacando. Huyendo.
Los generales intercambiaron miradas tensas.
En ese momento, entró un mensajero empapado de sudor. La voz le temblaba al leer:
—”…nuevo informe. Aldea de Woodpine completamente destruida. Cuarenta y tres viviendas arrasadas. No se encontraron cuerpos humanos. Señales de ataque de tres… no, cuatro especies distintas. Análisis preliminar: migración violenta.”
Elizabeth y Andrew levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Cuatro especies? —preguntó Andrew—. ¿De hábitats diferentes?
—Sí, mi señor. Lobo del Ocaso, Ciervos Gamma, Serpientes Tallavida… y rastros de Cornamentas Negras. Todas desplazándose en la misma dirección. Todas… huyendo.
El silencio cayó con el peso de una sentencia.
Elizabeth exhaló muy despacio.
—Solo hay dos razones para una migración forzada de ese calibre. O una criatura de nivel altísimo invadió su territorio… o…
—…apareció un monstruo nivel Omega —completó Andrew con voz grave.
Incluso el veterano McKenna, que había pasado cuatro guerras sin temblar, empalideció como si hubiera escuchado la palabra prohibida.
La sala estratégica del Bastión de Mármol estaba cargada de tensión contenida.
Los nobles formaban un semicírculo firme frente al rey Erkhann:
Ducado Bourlance – guerreros con armadura pesada, recién retornados del sur.
Ducado Sneider – guardianes de rutas comerciales.
Ducado Briggs – logística del Reino.
Condes Stanley, Armett, Kesller, Brown, Macallister, Carter y Mondring.
Todos esperaban.
Erkhann habló sin rodeos:
—El Emperador llegó al frente.
No significa un cambio para nosotros.
Nuestra misión sigue siendo la misma: resistir sin ceder un solo paso.
Bourlance se adelantó, golpeando el pecho con el puño.
—Mis guerreros ya está aquí, Majestad. El frente central volverá a sostenerse. No permitiremos que avance ni un metro más.
Laurence añadió:
—El Imperio está enviando tropas frescas cada día. Su estrategia es simple: presión continua. No buscan flanquearnos todavía… quieren rompernos por desgaste.
Briggs confirmó:
—Nuestras líneas han resistido, pero el frente central sufrió pérdidas importantes. El regreso del Ducado Bourlance nos da un respiro… pero no durará si no ajustamos la defensa.
El rey señaló el mapa.
—Los tres frentes permanecerán como están.
Frente derecho: los Douglas, especialistas en choque pesado.
Frente central: Ejército Real + Caballería Bourlance.
Frente izquierdo: Yo mismo dirigiré la línea.
Luego se giró hacia Carter:
—Conde Carter. Los magos permanecerán dentro de la fortaleza. No quiero a ninguno disperso. Necesito los hechizos de área operativos cada vez que el Imperio lance oleadas masivas.
Carter inclinó la cabeza.
—Mis arcanos ya están ubicados, Majestad. Si las tropas se mantienen cerca, los conjuros devastarán a las formaciones imperiales antes de que se acerquen.
—Así debe ser —sentenció Erkhann—. Quien se aleje de la fortaleza, morirá. Su número es mayor al nuestro; nuestra única ventaja es la fortaleza y aprovechar al máximo los hechizos de área.
Erkhann levantó la voz, retumbando en la sala como un trueno:
—Desde este momento, entramos en Estado de Guerra Absoluta.
El Imperio no pasará.
No mientras este Reino respire.
Los nobles golpearon el suelo con los puños.
—¡Por el Reino!
Y las puertas se abrieron.
La guerra real había comenzado.
“Estado de Guerra Absoluta”
El campo de batalla era una pesadilla interminable.
Tres días, cuatro noches, siete cargas frontales.
Las murallas resistían.
Los magos devastaban oleadas completas.
Los Douglas mantenían la derecha con un salvajismo casi animal.
Desde una colina alejada, bajo un dosel imperial, el Emperador y la Princesa Naira tomaban té, serenos, como si la masacre frente a ellos fuera solo un espectáculo más.
Los estandartes del Imperio ondeaban como llamas.
Los cadáveres se acumulaban como montañas.
Naira observó el frente derecho del Reino.
—Los Douglas no retroceden… —murmuró, sorprendida.
El Emperador asintió.
—Y no lo harán.
Probó un sorbo más de té.
—Ya es hora de que su líder muera.
Naira dejó la taza.
—Enviaré a los generales, padre.
El Emperador sonrió… suave, casi divertido.
—No.
No será necesario.
Se puso de pie.
—Yo me encargaré de él.
El aire tembló.
La tierra pareció congelarse.
La sombra del Emperador se extendió sobre todo el campo de batalla…
Y el destino del Duque Douglas acababa de sellarse.
Las murallas dobles de Acrópolis brillaron como un coloso mágico cuando los primeros batallones imperiales cruzaron el umbral.
Las runas talladas por el conde Carter se activaron al instante: sellos de presión, campos de maná ralentizado, trampas de contención que desgarraban armaduras y huesos con la precisión clínica de los arcanos reales.
Cientos de soldados imperiales quedaron atrapados, aplastados o mutilados antes de siquiera levantar sus escudos.
La magia del Reino, concentrada y despiadada, rugía por cada grieta del Bastión.
Pero el Imperio no titubeó.
Naira, desde una colina lejana, levantó la mano.
—Inicien el despliegue de élite.
Y como si sus palabras fueran una orden divina, las unidades más temidas del Imperio avanzaron:
La Vanguardia Carmesí, los Tigres de Alabastro, los Hechiceros de Sangre, y detrás de ellos, como un eclipse viviente…
el Emperador.
El campo entero vibró.
La superioridad por linaje… no era una metáfora. Era una presión viva.
Entre las filas del Reino, Laurence Douglas ya había abierto un camino sangriento entre legionarios imperiales.
Se movía como un demonio de las sombras, su espada negra partiendo armaduras, su magia delta chispeando como relámpagos controlados.
Cada movimiento era un recuerdo de por qué los Douglas eran temidos desde la antigüedad.
Hasta que ocurrió.
El campo de batalla quedó en un silencio antinatural.
Las flechas dejaron de volar.
Los cánticos mágicos murieron en las gargantas.
Incluso la sangre que corría por la tierra pareció detenerse.
Laurence Douglas acababa de derribar a tres legionarios imperiales con un solo movimiento, su espada cubierta de sombras que destellaban como fuego negro. Y fue entonces cuando todos lo sintieron: la presencia.
“El Duelo”
El Emperador caminó entre los cadáveres como si fueran piedras en un jardín.
No corría.
No temblaba.
No mostraba prisa alguna.
Solo avanzaba, seguro, absoluto.
Laurence escupió a un lado y levantó su espada.
Cuando los ojos de ambos se encontraron, era evidente que aquello no era un duelo.
Era el choque de dos historias opuestas destinadas a chocar desde hacía siglos.
—Ríndete —dijo el Emperador al detenerse a unos pasos de él—. Jura lealtad al Imperio. Jura lealtad a mí… y tú y tu ducado vivirán.
Su voz sonaba tranquila, casi amable.
Como quien ofrece un trato razonable.
Laurence no movió ni un músculo.
—Un Douglas jamás jura lealtad a un hombre —respondió con firmeza—. Juramos lealtad al Reino y al Ducado. A nadie más.
Un suspiro decepcionado escapó del Emperador.
—Es una lástima. Guerreros como tú son escasos.
Pero tendré que conformarme con tu hijo.
Laurence sonrió… una sonrisa oscura, peligrosa.
—Vas a desilusionarte. Jamás podrás poner tus manos sobre Lucian.
El aire explotó.
Comienza el combate
Chocaron.
El impacto generó una onda de choque que arrastró tierra, escudos y cuerpos.
Durante los primeros cinco minutos, el intercambio fue feroz, afilado, casi imposible de seguir para un ojo humano. Las sombras de Laurence intentaban envolver, cortar, devorar… pero cada una era deshecha por el maná puro del Emperador.
Delta contra Épsilon
Y entonces el narrador invisible del campo de batalla se manifestó en la diferencia que siempre había estado allí:
Afinidad Delta — la de Laurence —
Un maná poderoso, estable, entrenado con años de disciplina. Altamente eficiente… pero limitado. Un Delta podía dominar técnicas avanzadas, pero su maná se agotaba a un ritmo normal.
Afinidad Épsilon — la del Emperador —
Un maná que no solo era superior: era desbordante.
Los Épsilon nacían con canales de maná mucho más amplios, capaces de regenerarse incluso en medio del combate. Era un linaje que rozaba lo monstruoso, una herencia de magia casi divina.
La diferencia era simple:
un Delta podía igualar a un Épsilon… durante un rato.
Pero jamás podía superarlo en resistencia.
Quince minutos de infierno
Laurence lo sabía.
Por eso se lanzó con todo desde el primer segundo.
Cada golpe suyo buscaba un punto vital.
Cada hechizo, una abertura mortal.
Quería terminarlo antes de terminarse a sí mismo.
Cruzaron acero una y otra vez, generando destellos que iluminaban la muralla como relámpagos. Los soldados que observaban retrocedían sin quererlo.
Diez minutos.
Laurence había acertado dos cortes. Pequeños, pero sangrantes.
El Emperador respondió con una ráfaga de maná tan densa que quebró el suelo y lanzó a Laurence por los aires.
Quince minutos.
Parecían igualados.
Pero solo parecían.
El límite de Laurence
Laurence apoyó la mano en el suelo.
Sintió el vacío.
El maná dentro de su cuerpo se apagaba.
Su pecho ardía.
Sus brazos pesaban como si una montaña los aplastara.
El Emperador, en cambio… parecía eterno.
Su respiración era tranquila.
Su mirada, fría.
Su maná, inagotable.
—Tu linaje es digno —admitió el Emperador—. Pero inferior al mío.
Laurence sonrió, jadeante.
—No lo suficiente para que pudieras matarme rápido… ¿eh?
El Emperador entornó los ojos.
Y murmuró un encantamiento antiguo.
El hechizo prohibido
Un susurro arcano.
Un brillo dorado imposible de mirar de frente.
La manifestación del linaje imperial en su forma más pura.
La espada del Emperador atravesó el pecho de Laurence.
La sangre de Douglas cayó sobre el suelo tembloroso.
Los soldados contuvieron el aliento.
Pero algo inesperado sucedió.
“La última furia de un Douglas”
Incluso con la hoja incrustada en su cuerpo…
Laurence levantó su brazo.
Su espada cruzó el aire con un grito metálico.
Y hirió al Emperador.
No fue un corte grande.
Pero fue suficiente para arrancarle una exclamación de sorpresa y una gota de sangre imperial.
El rostro del Emperador se deformó entre furia y asombro.
—Me quedaré con tu hijo —escupió.
Laurence, de rodillas, mientras la vida se le escapaba, lo miró con desprecio puro.
—Cuando pongas un pie en el Ducado…
conocerás lo que es el infierno.
Y entonces… comenzará el fin de tu imperio.
Laurence Douglas murió de pie.
Como un guerrero.
Como un monstruo de las sombras.
Como el último muro contra el Imperio.
El cuerpo de Laurence Douglas aún no había tocado completamente el suelo cuando algo… se quebró dentro del ejército del Ducado.
Un silencio antinatural cayó sobre el campo.
Pesado.
Sofocante.
Como si el mundo entero hubiera quedado suspendido en un único latido.
Y entonces…
el infierno se abrió.
Los caballeros Douglas —herederos de una tradición más antigua que el propio Reino— levantaron sus espadas al unísono.
El maná estalló de ellas.
Llamas negras, relámpagos rojos, filamentos de energía cruda… cada hombre canalizaba su dolor como combustible, como si la muerte de su señor hubiera desbloqueado algo prohibido dentro de su sangre.
Un rugido atravesó el aire.
—¡¡¡POR EL DUQUE!!!
No fue un grito humano.
Fue un aullido ancestral, nacido del duelo y la furia de cientos de guerreros ligados por un juramento eterno.
La línea imperial se estremeció.
Los Douglas no cargaron.
Se catapultaron hacia adelante, impulsados por ráfagas de maná que estallaban bajo sus pies como pequeños cráteres.
No había formación.
No había estrategia.
Solo pura ferocidad, amplificada por magia.
Un Douglas chocó contra un escudo imperial y el simple impacto de su espada imbuida reventó el acero, lanzando al soldado diez metros hacia atrás, huesos triturados por la vibración del maná.
Otro recibió una lanza que atravesó su abdomen…
y aun así avanzó, envolviendo su brazo en un aura roja ardiente mientras partía el asta, se abalanzaba sobre el lanzador y lo decapitaba de un solo corte.
Sus rostros estaban bañados en lágrimas, sangre y luz.
Era como si cada hombre estuviera ardiendo desde dentro, consumido por un poder que jamás debían haber usado… pero que ahora, liberado, no podía detenerse.
La palabra “berserker” no bastaba.
Aquello era otra cosa.
Algo más oscuro.
Más viejo.
Más temible.
Un susurro recorrió las filas imperiales:
—No… no son humanos…
Son… ¡son demonios del maná!
Los magos del Imperio reaccionaron de inmediato.
—¡Pared ígnea!
—¡Tormenta de fuego!
—¡Compresión de aire!
Columnas de llamas, explosiones de presión y esferas de energía estallaron sobre los Douglas.
Pero ellos…
Atravesaron la magia.
Cubiertos de quemaduras, con la carne abierta por cortes que habrían matado a cualquier hombre, siguieron avanzando, sus espadas brillando con una luz vibrante y antinatural.
Un Douglas, envuelto en llamas conjuradas, saltó entre tres hechiceros imperiales, hundiendo su espada en el pecho del primero y liberando una explosión de maná en área que desintegró a los otros dos.
Los generales imperiales palidecieron.
—Replieguen el centro. ¡Ahora!
—No podemos contenerlos, no así…
—¡¿Qué clase de maldita magia usa ese Ducado?!
Pero no era magia.
Era lealtad absoluta.
Era dolor sin límite.
Era el eco del último mandato silencioso de su señor:
No dejen que su muerte sea en vano.
Los Douglas convertían cada metro del campo en un baño de sangre, empujados por una furia que les permitía ignorar heridas mortales, luchar con los huesos expuestos, y golpear con suficiente fuerza para quebrar hechizos.
Cada grito, cada estallido de luz, cada choque de acero llevaba una única intención:
Vengar a su señor.
Vengar al último Douglas caído.
Vengar al hombre que jamás se arrodilló ante el Imperio.
Y en ese momento…
Hasta los dioses habrían retrocedido.
“Los Demonios del Maná”
La masacre continuó.
Los Douglas, cubiertos en fuego, sangre y maná desbordado, siguieron avanzando sin retroceder ni un solo paso.
Pero no era porque esperaran ganar.
Ni porque quisieran sobrevivir.
Era porque ya habían aceptado su destino en el instante en que vieron caer a Laurence.
Vivían con su señor… o morían con él.
Aquel era el juramento antiguo del Ducado.
Un juramento más fuerte que la magia, que la política, que la vida misma.
Y ese día, ninguno de ellos pensó en quebrarlo.
Uno tras otro, los Douglas siguieron enfrentando a decenas, a cientos de soldados imperiales.
Algunos, sin piernas, siguieron peleando de rodillas.
Otros, con la visión nublada por la sangre, golpeaban guiados solo por instinto.
Hasta los imperiales —entrenados en disciplina férrea— sintieron un terror primario.
—¡Están… están peleando con las tripas de fuera!
—¡Ese debería estar muerto!
—¡Retrocedan, retrocedan, maldita sea!
Era inútil.
Los Douglas no retrocedían.
No negociaban.
No pedían clemencia.
No buscaban gloria.
Buscaban morir junto a su señor.
Porque para ellos, el Ducado era una familia, no una institución.
Laurence no era un duque.
Era su líder.
Su sangre.
Su razón de existir.
Un capitán imperial, horrorizado, gritó:
—¡Alto! ¡Alto, ya están muertos! ¡Están peleando como cadáveres!
Y, en efecto, muchos ya estaban más allá de lo humano.
Lo único que los movía era el maná residual alimentado por un último impulso emocional: la lealtad absoluta.
La batalla se volvió un cementerio vivo.
Los cuerpos de los Douglas, uno por uno, fueron cayendo…
pero cada caída era acompañada por diez imperiales muertos, mutilados o quemados.
Y pese a la carnicería…
ni un solo Douglas retrocedió.
Ni uno solo pidió ayuda.
Ni uno solo intentó huir.
Cuando finalmente el último de ellos cayó, con la espada aún brillando por un fragmento de su maná, el campo de batalla quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Casi sagrado.
Los soldados imperiales, jadeando, apenas podían creerlo.
Un general murmuró, con la voz rota:
—Ni uno regresó…
Ni uno…
Otro, temblando, añadió:
—Nunca… nunca había visto algo así…
Estos hombres…
Estos demonios…
Ellos… eligieron morir…
Y esa verdad se propagó por el ejército imperial como una sombra.
Los Douglas no habían perdido.
Habían cumplido.
Habían muerto como vivieron:
siendo una muralla de voluntades indoblegables, incapaces de abandonar a su señor incluso ante la muerte.
Ese día, el Ducado Douglas desapareció del campo de batalla…
Pero el Imperio comprendió algo que nunca olvidaría:
no se puede conquistar un hogar que está dispuesto a morir entero para proteger su nombre.
El estruendo final de la batalla se disolvió en un silencio casi antinatural.
Solo entonces los soldados imperiales se atrevieron a mirar hacia su emperador.
El duelo con Laurence Douglas había sido breve a ojos de los soldados…
pero para quienes tenían sensibilidad al maná, había sido una monstruosidad.
“El Tsunami Vivo”
Y ahora, al acercarse, vieron la verdad.
El Emperador estaba herido.
Gravemente.
Su armadura dorada estaba partida en varios puntos.
Sobre su abdomen, un corte profundo, imposible para un “simple duque”.
A través del tajo, manaba una luz roja y dorada: la sangre imperial, saturada de un maná tan denso que vibraba en el aire.
—P-Padre… —Naira fue la primera en llegar, su voz rota entre incredulidad y miedo.
El Emperador no respondió de inmediato.
Estaba de rodillas, una mano apoyada en el suelo, respirando con dificultad.
Y entonces todos lo sintieron.
El maná.
Su maná.
Descontrolado.
Hiriente.
Como un sol en miniatura a punto de estallar.
La Guardia Carmesí reaccionó al instante.
—¡Retiren a Su Majestad! ¡Ahora!
—¡El maná está inestable, aparten las lanzas!
—¡Proteged a la princesa!
Naira tomó el brazo de su padre, temblando.
Era la primera vez, en toda su vida, que lo veía vulnerable.
No vencido… pero sí afectado.
Porque Laurence Douglas había logrado algo imposible:
había herido al hombre con afinidad Épsilon.
Uno de los hombres mas fuertes del linaje humano.
Los oficiales imperiales observaban, horrorizados, cómo el maná alrededor del Emperador se distorsionaba, provocando chispas de luz y pequeños temblores en el aire.
—Majestad… —susurró uno de los generales mayores—. Necesitamos estabilizarlo. Si su maná sigue oscilando…
El Emperador lo silenció levantando una mano temblorosa.
Su voz, aun herida, seguía siendo imponente:
—Estoy… bien.
Era mentira.
Todos lo sabían.
Cada respiración suya hacía crujir la tierra.
Cada latido liberaba una oleada de energía que obligaba a los soldados a retroceder.
Naira apretó los dientes.
—¿Quién… quién le hizo esto? —preguntó en voz baja, aunque conocía la respuesta.
El Emperador se incorporó con lentitud.
Sus ojos, antes templados, ahora ardían con una furia silenciosa.
—Laurence Douglas.
Las tropas murmuraron.
No podían creerlo.
El duque del norte, de afinidad Delta… había atravesado la defensa del hombre más poderoso del continente.
El general Varghen, con la mandíbula tensa, habló:
—Ese hombre… luchó como si fuera un monstruo.
El Emperador lo corrigió:
—No.
Luchó como un Douglas.
Y murió como tal.
Apretó el puño, y una gota de su sangre ardiente cayó al suelo, evaporándolo.
—Pero me dejó un mensaje —continuó él, la voz cargada de fuego—.
Naira lo observó, esperando.
El Emperador recordó las últimas palabras de Laurence, dichas con sangre en la boca y ojos llenos de desprecio:
“Cuando pongas un pie en el Ducado…
conocerás el infierno.”
Una amenaza.
Una advertencia.
Un juramento.
El Emperador apretó la mandíbula, sintiendo una mezcla de rabia, respeto… y una sombra de duda, arrodillado, apoyándose en su espada.
El impacto final del duelo contra Laurence había desgarrado su abdomen, y la onda expansiva de maná le desestabilizaba el corazón arcano.
Sangre negra, espesa, caía por su armadura dorada.
Y justo frente a él, como un muro viviente, los Douglas enloquecidos se abalanzaban.
La Guardia Imperial actuó al instante.
—¡PROTEGED AL EMPERADOR!
—¡FORMACIÓN ESCUDO DE HIERRO!
Apenas lograron interceptar la furia desatada.
Docenas de guardias se interpusieron y fueron cortados en pedazos sin que los Douglas disminuyeran ni por un segundo su velocidad.
La Guardia Élita chocó con los guerreros del Ducado, y el estruendo de ese impacto fue como un trueno.
Los generales gritaban órdenes que nadie escuchaba.
Cuando el Emperador vio cómo luchaban esos hombres sin su territorio… una punzada de duda, por primera vez en años, lo atravesó, tal vez las ultimas palabras de Lawrence tenían sustentó Porque si eso era lo que los Douglas podían hacer fuera de su territorio, entonces, ¿Cómo sería enfrentarlos en su propia tierra?
Finalmente, su guardia logró retirarlo, abriéndose paso a la fuerza.
Dejaron atrás un camino manchado de rojo y pedazos de armadura.
Ya fuera del frente, el campamento imperial tenía un silencio que parecía un funeral.
Naira entró a la tienda del Emperador.
Se detuvo al verlo: vendado, pálido, respirando con dificultad.
Una mezcla de preocupación, ira y desconcierto cruzó su rostro.
—Padre… —susurró Naira, tensando los puños—. Hoy… hemos perdido a demasiados hombres. Esta campaña… contra el reino… ha sido un desastre.
El Emperador abrió los ojos lentamente.
—No ha sido un desastre —respondió con voz ronca—. Ha sido… una prueba necesaria.
—¿Prueba? —Naira casi escupió la palabra—. ¡Cientos de muertos! ¡Y los Douglas…! Ninguno retrocedió, ninguno pidió piedad. ¡Morían sonriendo, padre! ¿Qué clase de…?
—Una clase de enemigo que ya conocía —la interrumpió él.
Naira retrocedió un paso.
El Emperador exhaló despacio, como si le costara incluso eso.
—Escúchame bien, Naira… Nada de lo ocurrido hoy estaba fuera de mis cálculos.
El Reino caerá.
El Ducado caerá.
Pero no en un día ni en una sola ofensiva.
—¿Entonces…? —preguntó ella.
—Seis legiones —susurró él, con un tono que heló el aire—.
Seis legiones ya vienen en camino.
Las más disciplinadas… y las más fanáticas.
Y no tardarán en llegar.
Naira se quedó inmóvil.
El Emperador continuó:
—El ejército descansará. Repondrá fuerzas.
Y cuando las legiones arriben… avanzaremos.
Tres días después de la caída de Laurence Douglas, el horizonte se volvió negro.
Cincuenta mil soldados imperiales, las seis legiones completas, marcharon como una muralla viviente que hacía temblar la tierra.
Sus tambores sonaban como golpes de juicio final.
Sus estandartes ocultaban el cielo.
Y desde la fortaleza del Reino… nadie tenía fuerzas para gritar o mostrar orgullo.
El ambiente estaba muerto.
La sala de conferencias estaba llena, pero el silencio era tan aplastante que incluso el crepitar de una antorcha parecía irrespetuoso.
El rey Felipe se sentó al centro, con ojeras profundas y el rostro marcado por noches sin dormir.
Delante de él, los oficiales y comandantes leían los reportes con voces pesadas.
—En total… —comenzó un general, tragando saliva— hemos perdido más de dieciséis mil hombres durante la ofensiva del Imperio.
El silencio se hizo aún más denso.
Otro añadió:
—La moral está por el suelo. Los soldados creen… que sin el Duque Douglas… la fortaleza caerá inevitablemente.
El rey cerró los ojos un instante.
Sí.
Todos lo temían.
Pero entonces llegó el reporte que hizo a varios levantar la mirada con incredulidad.
—Majestad… —dijo un capitán, con expresión entre absurda y aterrada— hubo un incidente con los magos Douglas.
Felipe frunció el ceño.
—Habla.
—Ochocientos magos del Ducado intentaron abrir las puertas y salir de la fortaleza para atacar a las legiones imperiales. Decían… que debían morir junto a su señor. Que quedarse aquí era una deshonra.
Un silencio incómodo recorrió la sala.
—¿Ochocientos…? —susurró un comandante, pálido.
—Sí. Fue una locura, Majestad. Por suerte, tras la muerte del duque, habían drenado casi toda su reserva de mana al atacar al Emperador. Pudimos detenerlos solo porque apenas podían mantenerse de pie. Fueron encerrados para evitar una catástrofe.
Felipe se llevó una mano al rostro.
Los conocía.
Conocía a esa gente.
Los Douglas no eran simplemente un ducado.
Eran un culto de lealtad peligrosa.
Una devoción tan extrema que convertía a hombres y mujeres en sombras vivientes.
Finalmente, el rey habló:
—Abran las celdas.
Todos lo miraron con horror.
—Majestad…
—Eso sería permitir suicidio.
—¡Son ochocientos magos! ¡Volverán a lanzarse a morir!
Felipe golpeó la mesa.
—¡Y exactamente eso es lo que desean hacer! —rugió—. No podemos quitarles su honor. Ellos no viven sin su señor.
—Pero… —intentó un general.
—No. —Felipe se puso de pie—. Cuando comience la batalla… dejadlos salir. Fuera de las murallas.
Su voz se volvió casi un susurro lleno de respeto—. Que continúen su camino. Que acompañen al Duque Douglas.
Nadie discutió más.
Porque aunque era cruel…
también era justo.
Al amanecer del cuarto día, las legiones imperiales desplegaron sus máquinas de asedio.
hechizos chocaban en el cielo y en la tierra cubriendo la fortaleza.
Torre tras torre fue debilitada.
Tanques arcanos imperiales abrieron grietas en las murallas.
Los magos reales se protegían, pero estaban exhaustos.
Y lentamente…
muy lentamente…
El Imperio comenzó a subir por las murallas.
Gritos.
Explosiones.
El sonido de roca cediendo.
Naira, sobre una torre, observaba con el corazón encogido.
—¡Padre! —gritó Naira desde la torre más alta—. ¡La muralla ha caído!
El Emperador, aún debilitado por su duelo contra Laurence, observó la brecha y frunció los labios.
Su presencia, incluso herido, llenó de moral a los suyos.
La marea de soldados imperiales avanzó por la brecha como un torrente imparable.
La batalla dentro del muro comenzó.
Cuerpos chocando.
Gritos.
Metal contra metal.
Explosiones de hechizos.
Por primera vez en días…
el Imperio estaba ganando.
Y entonces…
cuando la victoria parecía inevitable…
Al principio fue un murmullo bajo la tierra.
Como si algo respirara desde las profundidades.
El polvo levantado por la batalla empezó a vibrar en el aire.
—¿Qué…? —murmuró Naira, sintiendo un escalofrío.
—¿Un terremoto? —gritó un ingeniero imperial.
Pero no.
No era la tierra.
Era el bosque.
Algo enorme se movía en él.
Algo múltiple.
Innumerable.
Los soldados imperiales en la brecha se detuvieron, confundidos.
Las escaleras crujieron.
Las catapultas se sacudieron.
La brecha se volvió un silencio expectante…
“Manadas Colosales”
Y entonces, desde el polvo del valle…
aparecieron sombras gigantescas.
Manadas Colosales
Primero una docena.
Luego cien.
Luego miles.
Criaturas herbívoras del tamaño de casas:
bestias con cuernos de granito, ojos ardientes, piel espesa como la corteza de un roble centenario.
Venían corriendo.
No…
arrastrando un continente consigo.
—¡¡¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESO?!!! —gritó un legionario, horrorizado.
Las torres imperiales dispararon flechas encantadas, pero estas rebotaron como si la piel de las bestias fuera hierro vivo.
—¡¡ESTÁN EN ESTAMPIDA!!
—¡¡RETROCEDAN!!
—¡¡RETROCEDAN AHORA!!
Pero el valle estalló antes de que pudieran obedecer.
El Tsunami Vivo
Las bestias chocaron contra el ejército imperial con la fuerza de un cataclismo:
Escuadrones enteros desaparecieron bajo patas del tamaño de escudos.
Máquinas de asedio fueron aplastadas como juguetes.
Soldados volaron por los aires como muñecos de tela.
El suelo se hundió bajo los impulsos de miles de toneladas en movimiento.
Imperiales.
Reales.
Cualquiera que estuviera en medio…
moría.
Y detrás de ellos…
Llegó el Verdadero Infierno
Lobos de roca, felinos ígneos, aves rapaces con plumas metálicas…
de todas direcciones, los monstruos carnívoros salieron del bosque, atraídos por la estampida.
La primera oleada eran las montañas vivas.
La segunda era la cacería.
Un general imperial, cubierto de polvo y sangre, gritaba órdenes que nadie escuchaba:
—¡¡FORMEN BARRERAS DE MANÁ!!
—¡¡NO DEJEN QUE NOS ENVUELVAN!!
—¡¡¿DE DÓNDE SALIÓ TODO ESTO?!!
Nadie sabía que, al morir Laurence Douglas…
algo más que un hombre había caído.
Un pilar antiguo.
Un equilibrio silencioso.
El bosque, el territorio, las criaturas que durante siglos respetaron la frontera del Ducado…
Ahora estaban desatadas.
No por hambre.
No por instinto.
Por duelo.
Por un llamado antiguo que resonaba en sus corazones bestiales.
La tierra se partió.
El cielo se oscureció.
La batalla dejó de ser batalla…
Y se convirtió en pura supervivencia.
El Imperio había estado a un paso de la victoria.
Pero ese paso desapareció bajo millones de kilos de furia salvaje.
El caos continuó durante horas.
Hombres del Reino y del Imperio, que minutos antes se estaban degollando, ahora luchaban hombro con hombro para no ser tragados por la estampida y las criaturas carnívoras.
No era una alianza.
No era amistad.
Era supervivencia.
Un soldado real empujó a un legionario para sacarlo del camino de un lomo pétreo que cayó como un meteorito.
Un capitán imperial levantó una barrera de maná para cubrir a un escuadrón real que huía de lobos blindados.
Gritos.
Sangre.
Hechizos lanzados sin importar si salvaban a enemigo o aliado.
Era la primera vez, desde que comenzó la campaña, que ambas fuerzas se entendían sin palabras:
Los monstruos no negociaban.
Los monstruos no daban tregua.
Los monstruos no tenían piedad.
Y en medio de esa carnicería, un mago imperial corrió tambaleándose hacia el Emperador.
Su túnica quemada.
Sus piernas temblorosas.
Su rostro blanco de puro terror.
—M–mi… E-emperador… —tosió sangre—. T-tengo… un informe… urgente…
Naira lo sostuvo antes de que cayera.
El Emperador, aún vendado y sostenido por su guardia, lo observó con un ceño severo.
—Habla —ordenó.
El mago tragó saliva y extendió un cristal de transmisión hecho añicos, incapaz de estabilizarse.
—E-esto no es normal, mi señor…
No solo aquí…
Su voz se quebró.
—¡En todo el Imperio están ocurriendo estampidas!
El silencio que siguió fue más aterrador que los rugidos.
Incluso los soldados, jadeantes y cubiertos de sangre de monstruo, se giraron para escuchar.
El Emperador entrecerró los ojos.
—Explica.
El mago respiró hondo, como si contarlo lo hiciera real:
—Ciudades arrasadas…
Regiones enteras sin control…
Comunidades enteras evacuando…
Los bosques están expulsando criaturas como jamás se ha visto…
Lagos… ¡lagos completos!… están hirviendo maná…
No es un ataque…
No es magia enemiga…
—Entonces ¿qué es? —preguntó Naira, con la voz quebrada.
El mago la miró con desesperación absoluta.
—…es el mundo, mi princesa.
El mundo se está desbordando.
Las estampidas…
No son locales…
Son globales…
Sus piernas cedieron y cayó de rodillas.
—No podremos contener esto solos, mi emperador…
Ni siquiera con diez legiones…
El Emperador guardó silencio.
Su mirada viajó por el campo de batalla:
Hombres del Reino y del Imperio combatiendo juntos, sin quererlo.
Monstruos despedazando formaciones enteras.
La tierra misma rebelándose.
Y entonces habló, por primera vez sin arrogancia imperial…
sino con un tono frío y calculado, consciente de la magnitud del desastre:
—El Reino y el Imperio…
no están en tregua.
Naira lo miró sorprendida.
El Emperador apretó los dientes, su sangre imperial temblando aún por la herida de Laurence.
—Están condenados por igual.
Y si no colaboran…
ambos caerán.
Un oficial real, cubierto de sangre y polvo, se acercó al ver que el Emperador no atacaba.
—¿Qué… qué órdenes debemos seguir? —preguntó con dificultad.
El Emperador respondió:
—Ordenen alto el fuego.
Reagrupen heridos.
Compartan barreras y posiciones.
A partir de este instante…
Miró la devastación del valle:
—Reino e Imperio defenderán este frente juntos.
No por honor.
No por lealtad.
Sino porque no hay otra opción.
Y así, en el lugar menos improbable…
en la peor hora imaginable…
dos enemigos ancestrales bajaron sus armas no por paz…
Sino porque la muerte venía en oleadas, y no distinguía banderas.
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