GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo 31 El Fenómeno del Maná
“EL CIELO SE ESTÁ CAYENDO”
La primera señal no fue el rugido.
Ni siquiera el temblor.
Fue un niño gritando.
Un solo grito, agudo y desgarrado, que atravesó la calle principal como un cuchillo:
—¡MAMÁ… EL CIELO SE ESTÁ CAYENDO!
Y todos levantaron la vista.
El cielo, normalmente azul sobre la ciudad de cien mil almas, estaba abriéndose en grietas negras, como si algo enorme lo estuviera desgarrando desde dentro.
Las campanas comenzaron a sonar.
Primero una… luego dos… luego todas.
ALERTA ROJA.
ATAQUE DE MONSTRUOS.
Pero ya nadie escuchaba las órdenes.
Porque entre las nubes que se partían, tres sombras colosales extendieron sus alas.
Dragones.
Uno enorme como una montaña viviente, cubierto de escamas de piedra negra que brillaban con fissuras de maná.
Y dos más pequeños, pero igual de monstruosos, volando a su flanco.
Cuando el dragón principal rugió, las ventanas estallaron en toda la ciudad.
Su aliento era tierra hecha sonido, poder puro vibrando en el aire.
Los ciudadanos corrieron sin saber a dónde.
Las madres abrazaban a sus hijos.
Los ancianos caían al suelo porque la tierra temblaba demasiado.
Las murallas vibraron.
Los guardias retrocedieron por puro instinto.
Y entonces…
EL DRAGÓN PRINCIPAL DESCENDIÓ
Su sombra cubrió tres manzanas.
Un solo batir de sus alas levantó un vendaval que arrojó personas por los cielos como muñecos, chocando contra paredes, techos, postes.
—¡A CUBIERTOOOO! —rugió un capitán desde la barrera occidental.
Pero ya era tarde.
El dragón abrió sus fauces…
y un haz de maná terroso, denso como un rayo de montaña fundida, cayó sobre el barrio sur.
Toda una calle desapareció.
No destruida.
No quemada.
Borrada.
Casas enteras aplastadas por columnas de roca que surgieron del suelo como lanzas gigantescas.
La gente ni siquiera alcanzó a gritar.
En la plaza central, 2.000 guerreros rasos (nivel bajo, sin aura sólida) formaban líneas temblorosas, escudos reforzados con runas débiles.
—¡FORMEN BARRERAS! ¡ESCUDOS ARRIBA! —gritó un capitán.
Las placas de aura se encendieron apenas, como chispas débiles.
El dragón Beta descendió…
Y los escudos se hicieron polvo.
Literalmente.
El primer latigazo de cola fue como una avalancha cayendo sobre vidrio.
Treinta hombres desaparecieron en un segundo; no quedaron cuerpos…
solo un hueco humeante donde habían estado.
—¡RECOMPONGAN LA LÍNEA! ¡NO DEJEN—!
Un fragmento de muro, del tamaño de un carro, cayó y aplastó al capitán sin siquiera romperse.
La línea colapsó.
Los soldados retrocedían sin orden.
Tropezaban entre ellos.
Algunos lloraban abiertamente.
—¡SON MUY FUERTES!
—¡NO PODEMOS NI DAÑARLOS!
—¡CORRAN! ¡SÁLVENSE!
Desde el corredor norte emergió un escuadrón élite: Fuerzas Especiales Gamma, capas negras ondeando, aura comprimida alrededor del cuerpo.
—¡Gamma Uno, barreras en cruz!
—¡Gamma Dos, apunten al ala derecha del dragón secundario!
Los magos Gamma levantaron pilares de maná sólido:
barreras hexagonales de nivel 40–50, lo más avanzado de la ciudad.
El dragón secundario exhaló un rugido.
Las barreras temblaron como si fueran agua a punto de hervir.
Un mago sangró por la nariz.
Otro cayó de rodillas, respirando como si se ahogara.
—¡No aguanta!
—¡NO RESISTE—!
La barrera estalló, enviando una nube de escombros arcanos que barrió a medio escuadrón.
Un trueno descendió como una lanza desde el cielo.
El General Voltrax, nivel 75, afinidad Delta, apareció envuelto en un manto de electricidad pura. Su aura rugía como una tormenta contenida.
Solo verlo hizo que los soldados detuvieran su huida.
—¡TODOS DETRÁS DE MÍ!
—¡NO CEDAN NI UN PASO MÁS!
El dragón principal giró su colosal cabeza.
Sus ojos de magma se fijaron en él.
Voló hacia la plaza como una montaña cayendo.
Voltrax plantó la lanza en el suelo.
Su aura explotó en un rayo azul gigantesco que iluminó toda la ciudad.
El impacto chocó directamente con la cabeza del dragón.
El estruendo sacudió ventanas a kilómetros.
El dragón cayó de costado, destrozando veinte casas al aterrizar.
Los sobrevivientes gritaron de esperanza.
—¡LO HIRIÓ!
—¡EL GENERAL PUEDE VENCERLO!
—¡ESTAMOS SALVA—!
El dragón se levantó.
Tenía una quemadura superficial en la mejilla.
Y sonrió.
Una sonrisa llena de colmillos como estacas.
Voltrax tragó saliva.
—…Maldita sea.
El rugido del dragón principal hizo vibrar la ciudad entera; dos torres colapsaron sin siquiera ser golpeadas.
En medio del caos, una madre corría con su hija hacia el Puente Este, el único acceso que seguía en pie.
—¡AGÁRRATE DE MI MANO! ¡NO MIRES ATRÁS!
El puente tembló tras otro rugido.
La niña lloraba, la voz rota:
—¡Mamá, tengo miedo!
—Ya casi… ya casi…
Entonces un dragón Beta aterrizó frente a ellas.
El suelo se partió bajo sus garras.
La madre se detuvo en seco.
El dragón inclinó la cabeza, mirándolas como simples insectos que habían tenido la mala suerte de quedar en su camino.
La niña susurró:
—Mamá… ¿Qué hacemos?
La madre no pudo responder, ya que sus vidas se apagaron.
Voltrax seguía luchando con todo su poder.
Cada descarga eléctrica consumía maná a un ritmo aterrador.
Cada rayo dejaba el aire vibrando…
pero el dragón principal apenas retrocedía.
Su núcleo mágico era simplemente demasiado.
El escuadrón Gamma estaba casi destruido.
Los guerreros intentaban acercarse, pero un simple movimiento del dragón los mandaba volando como muñecos.
Los civiles corrían sin entender:
…por qué el suelo los tragaba
…por qué llovían rocas arcanas del tamaño de casas
…por qué tres criaturas comparables a dioses elegían su ciudad para aplastar todo a su paso.
El cielo ardía.
La ciudad crujía.
Las esperanzas se hacían pedazos.
La humanidad estaba en peligro.
pero no lo sabían.
La ciudad imperial seguía ardiendo.
El humo se elevaba en columnas negras que oscurecían la luz del amanecer.
Los cadáveres de monstruos y humanos formaban montañas, pero la proporción era abrumadora:
por cada dragon caído había cientos de cadáveres humanos.
El ecosistema había cambiado.
Y nadie lo sabía todavía.
Excepto el maná.
Porque aquella tarde…
El aire latió.
No como un viento.
No como un temblor.
Sino como el corazón del mundo apretándose y soltándose, lentamente.
Los magos imperiales lo sintieron primero.
—…¿Sentiste eso? —preguntó un Gamma temblando.
—No fue un temblor… —susurró otro—. Fue mana. El mana… respiró.
El cielo cambió de color.
El viento se espesó.
Un niño que lloraba dejó de hacerlo, mirando al vacío como si algo invisible lo estuviera observando.
Y entonces ocurrió:
Los monstruos dejaron de atacar por un instante.
Todos giraron sus cabezas en la misma dirección.
Hacia el norte.
Hacia el bosque.
“NEGOCIACIÓN BAJO UN CIELO QUE LATE”
El pabellón de negociación estaba cargado con olor a tinta, sudor y resentimiento.
Afuera, las tropas imperiales y reales se observaban con un silencio venenoso.
Dentro, dos reyes se sentaban frente a frente.
El emperador Ferrussi, imponente, cansado, con la corona sobre el ceño fruncido.
El rey Felipe Erkhan, endurecido por meses de guerra, mirada de depredador herido.
A la derecha del emperador, la princesa Naira, con los dedos crispados sobre su falda, sin poder contener la frustración:
Estaban a punto de ganar.
Mientras los escribas revisaban las últimas cláusulas, el emperador habló, casual, pero con una tensión que todos sintieron.
—Rey Felipe… ¿cómo se encuentra mi hija Alessia?
Un silencio pesado cayó sobre la mesa.
La princesa Alessia.
La concubina imperial enviada al reino para sellar alianzas, para encantar al rey.
Para que su hijo —sangre imperial mezclada con sangre real— reclamara el trono y evitara una guerra de generaciones.
Pero ese plan había muerto.
El rey Erkhan levantó la mirada, fría y sincera como una espada.
—Alessia está bien, gracias por preguntar por mi esposa su majestad.
El emperador respondió —bien, bien— cerrando los ojos un instante.
Fue en ese momento cuando los primeros golpes se escucharon.
¡BUM… BUM… BUM!
No era un tambor.
Ni un monstruo.
Ni magia humana.
Era el maná.
El maná del mundo… latiendo.
Las cortinas se agitaron con una brisa espesa, casi líquida.
Naira apretó el pecho.
—Padre… ¿sientes eso?
Felipe se levantó de su asiento.
—Esto no es normal.
Nadie pudo decir más.
Tres horas después, el campamento imperial era un caos.
Jinetes cubiertos de sangre, mensajeros exhaustos, magos en pánico.
Pero nada fue más impactante que el Delta que entró tambaleándose a la tienda imperial.
Era un hombre prestigioso, un erudito de maná.
Ahora parecía un vagabundo moribundo.
Cayó de rodillas.
—Mi… mi señor… —jadeó—. No es solo esta ciudad…
El emperador se inclinó hacia él.
—Habla.
El mago tembló. Tenía los ojos dilatados, las venas marcadas por exceso de maná.
—En todas partes… ESTÁ OCURRIENDO LO MISMO.
Un murmullo heló la tienda.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ferrussi.
El mago tragó saliva.
—Estampidas… migraciones masivas…
Ciudades evacuadas…
Cosechas destruidas…
¡El maná está aumentando en oleadas sincronizadas!
Un silencio absoluto.
—Las zonas de maná bajo ya no existen, mi señor —continuó—.
El maná está subiendo… en todas partes.
Naira palideció.
Felipe entrecerró los ojos,
El mago levantó la vista, llorando sin lágrimas.
—Los humanos sobrevivimos tantos años porque habitamos zonas pobres en maná.
Es nuestra única ventaja.
Se escucharon exclamaciones de horror.
—Pero si el maná sube… —musitó Naira.
El mago terminó la frase por ella.
—Los monstruos ya no tendrán razones para quedarse en bosques, valles y montañas.
Entrarán a las ciudades.
A todas.
El emperador preguntó con voz de piedra:
—¿Qué tan grave es?
—Mi señor… —el mago respiró hondo, con un temblor que recorría sus manos—
Si nada cambia… en menos de diez años no habrá un solo humano vivo fuera de las capitales reforzadas.
El emperador cerró los ojos.
Porque sabía… que su cálculo era optimista.
Esta vez, no hay ciudades cayendo.
No hay criaturas Épsilon.
No hay caos absoluto.
Pero todos entienden que lo que ven es…
el aviso.
La advertencia del cielo.
El comienzo de un ciclo que podría destruir a la humanidad en una generación.
El emperador apoyó ambas manos sobre la mesa de negociación.
—El mundo está cambiando —dijo, con voz tensa—.
Y ninguno de nuestros reinos está preparado.
Felipe lo miró, entendiendo por primera vez que sus fronteras… ya no tenían sentido frente a un fenómeno global.
La princesa Naira apretó los dientes.
—Si este es el inicio…
Nadie respondió.
Porque la verdad era simple:
Ninguno de ellos tenía una respuesta.
“EL HEREDERO QUE DESAFÍA EL DESTINO”
El mundo entero temblaba sin saber por qué…
pero en la capital del Ducado Douglas, el heredero ya había comenzado a moverse.
Lusian —o más bien Erwin dentro de su cuerpo— actuaba sin dudar.
Había visto este futuro.
No en sueños, no en profecías…
sino en un juego, una simulación creada por ese maldito dios.
Lo que él no sabía era que esa “visión” tenía un 40% de margen de error.
Que muchos eventos podían no ocurrir.
Que el dios que creó aquel juego… tampoco estaba seguro.
Pero para Erwin, todo era real.
Todo era inminente.
Todo era una sentencia de muerte si no actuaba.
Y con eso en mente comenzó su plan.
Su orden resonó por todo el ducado:
—Censo total. Nadie queda fuera.
Funcionarios, administradores, escribanos, soldados… todos se lanzaron a registrar población, oficios, granjas, almacenes, rutas, familias enteras.
Muchos creyeron que se estaban preparando para continuar la guerra contra el imperio.
pero nadie cuestionó la orden.
En el ducado Douglas, la familia ducal era sagrada.
Y Lusian, el heredero, su palabra es ley.
Nadie imaginaba que esta decisión dictaría quién viviría… y quién no.
Tras la orden que estremeció al ducado,
Todas las aldeas rurales se trasladaron a las ciudades principales.
donde Prepararon refugios temporales.
Nadie quedo expuesto.
El impacto fue inmediato… y colosal.
Las ciudades triplicaron su población.
Se habilitaron almacenes, cuarteles, establos como dormitorios masivos.
Se montaron cocinas comunitarias día y noche.
El transporte de alimentos se volvió una operación militar.
El ducado gastó en treinta días lo equivalente a dos años de presupuesto.
Los nobles informaban de la falta de recursos.
Pero Sofía, la duquesa.
Ella vio algo en los ojos de su hijo…
esa mezcla de miedo, urgencia y certeza, por lo que decidió creer en su hijo, aunque el se equivocara ella solucionaría todo,
Así que no preguntó nada.
No dudó.
Se puso de su lado.
Su experiencia política, su dominio administrativo y su férrea lealtad hicieron posible un milagro logístico que ningún otro territorio habría logrado.
Sin ella, el plan habría sido un caos imposible de sostener.
Con ella… El ducado Douglas resistió.
Y entonces… el fenómeno comenzó.
La nube estelar cargada de maná empezó a envolver el mundo.
Primero, apenas un susurro.
Un leve resplandor en el cielo.
Un temblor en las plantas.
Pero las plantas fueron las primeras en cambiar.
Absorbieron el maná como agua en tierra seca.
Y con ellas vinieron los herbívoros mágicos.
Criaturas que normalmente jamás se acercarían a asentamientos humanos…
ahora atraídas como polillas a la luz.
Y tras ellos, inevitablemente, los depredadores.
En el imperio y el reino, aldeas enteras fueron atacadas.
Granjas arrasadas.
Pueblos devorados en la oscuridad.
Pero en el ducado…
Los pueblos estaban vacíos.
Las granjas, abandonadas.
Las familias, detrás de murallas.
El ejército, aunque reducido a la mitad por la guerra reciente, tenía rutas despejadas y posiciones centrales.
Hubo bajas, sí.
Accidentes.
Conflictos.
Temor.
Pero comparado con el resto del mundo…
El ducado Douglas estaba intacto.
Un territorio que se preparo sin saber lo que estaba ocurriendo, con gente que no sabia lo afortunada que era, Salvado por un heredero que actuaba siguiendo un objetivo, sobrevivir.
ISABELLA — UNA VIDA QUE DEJÓ DE SER SUYA
Han pasado meses…
y aún me cuesta aceptar lo que soy ahora.
De hija del conde Armett…
a sirvienta personal de Lusian Douglas The Mondring.
El cambio fue tan abrupto que, al principio, pensé que no sobreviviría a la vergüenza.
Antes me levantaba a la hora que quería.
Tenía doncellas, cocineros y criadas a mi disposición.
Ahora… soy yo quien hace todo eso.
Despertar en plena madrugada.
Preparar el baño de mi señor.
Elegir su ropa, lavar, doblar, ordenar su agenda.
Tener listo el té antes de que abra los ojos.
Organizar las comidas, mantener sus armas limpias, vigilar sus horarios, asegurar que nada falte.
Cosas que de niña pensé que jamás haría.
Pero esta es mi nueva vida.
Y tenía que aceptarla.
No porque quisiera…
sino porque, si no fuera por él, yo estaría muerta igual que mi familia.
Le debo la vida.
Aun así… nada cambia el hecho de que esto es difícil.
Muy difícil.
Creí que dentro del territorio Douglas todo sería igual al exterior:
Miedo.
Odio.
Rechazo.
Así nos enseñan en el reino:
Los Douglas son monstruos. Tiránicos. Inhumanos.
Una familia a la que debes temer.
Pero cuando cruzamos la frontera… todo lo que creía empezó a desmoronarse.
La gente salió a saludar la caravana.
Con sonrisas.
Con respeto.
Con absoluta devoción.
En cada pueblo, en cada aldea, en cada ciudad…
Los habitantes se inclinaban ante Lusian como si fuera un héroe.
No por miedo.
Sino por lealtad.
Por amor genuino.
Y yo, sentada en el carruaje a su lado, veía manos ondear, niños emocionados, ancianos llorando de alegría.
Cuando llegamos a la capital…
fue como presenciar una coronación.
Flores, vítores, campanas repicando.
Aclamaciones que retumbaban en las murallas.
Ese día entendí que los Douglas no eran odiados.
Eran venerados.
Y lo que impresionaba aún más…
El ducado era inmenso.
Antiguo.
Rico como ninguna región del reino.
Comparado con el castillo de mi padre…
mi hogar parecía la casa de un mendigo.
Luego me enteré:
Los Douglas llevan casi 2.000 años acumulando riqueza y poder.
Ante eso… mi linaje, con apenas unas generaciones, es una broma.
Y entonces ocurrió aquello… lo que cambió todo en mi corazón.
Había olvidado dejar la toalla en su baño.
Me apresuré a regresarla…
Pero cuando abrí la puerta, Lusian ya había salido del agua.
Estaba de pie.
Completamente desnudo.
Lo vi…
todo.
Me quedé congelada un segundo, como una idiota, y luego salí corriendo, roja como un tomate.
Pero ya era tarde.
Esa imagen se quedó grabada en mí.
Su rostro hermoso.
Su cuerpo marcado por el entrenamiento.
Su porte… tan distinto de cualquier noble que haya conocido.
Y entonces… nació un pensamiento que no debería haber tenido:
¿Y si pudiera ser algo más que su sirvienta?
No su esposa.
Eso es imposible.
Pero una concubina…
en un ducado como este, incluso una concubina vive mejor que cualquier noble promedio del reino.
El problema era otro:
Había muchas mujeres buscando lo mismo.
Hijas de condes, barones, incluso marqueses.
Todas con la excusa de “visitar” o “ofrecer apoyo”.
Ridículas, desesperadas, pero hermosas… y peligrosas.
Y Lusian… bastaría que moviera un dedo para que cualquiera de ellas corriera a su cama.
Ese miedo me consumía.
Y entonces… todo cambió de rumbo.
Lusian ordenó un censo.
Todo el ducado se movilizó.
Al principio pensé que estaba preparando un nuevo ejército para ayudar a su padre, el duque Lawrence, en la guerra contra el imperio.
Pero no.
Estaba preparándose para monstruos.
Convocó aventureros, expertos en criaturas mágicas, exploradores de bosques profundos.
Todo era tan… extraño.
Hasta que ocurrió.
Una enorme estampida de criaturas apareció en el territorio.
Y no solo en el ducado.
También en el reino.
Me preocupé por mi madre…
por mis hermanos…
Ya estaba sufriendo por mi padre, que seguía en la guerra contra el imperio…
Pero ahora esto.
Y para empeorarlo todo, Lusian reunió un ejército:
1.500 guerreros y magos.
500 aventureros.
Los mejores cazadores de monstruos que encontraron.
Partiría hacia el Condado Carter.
Sin mí.
—Quédate aquí. Es más seguro —me dijo.
Yo… yo no quería quedarme atrás.
No quería alejarme de él.
Porque para ese momento… ya era su mujer.
Su sirvienta.
Su sombra.
Pero él no me dejó.
Y ahí fue cuando mi pecho empezó a doler.
No era miedo a quedarme sola.
No era rabia ni frustración.
Era algo más profundo.
Dolor.
Ansiedad.
Vacío.
El tipo de dolor que solo sientes cuando temes perder a alguien que ya es parte de ti.
Ese día lo entendí:
Me había enamorado de él.
“EL EJÉRCITO DEL AMANECER”
La noche cayó sobre la ciudad ducal, pero Lusian seguía en su despacho, con documentos abiertos y mapas marcados con líneas de migración de monstruos.
Era un caos que crecía demasiado rápido…
pero para él, nada de esto era realmente una sorpresa.
Lo había visto antes.
En el juego.
Y en aquella historia, había un territorio que jamás olvidaría:
El Condado Carter.
El hogar de Emily.
La joven con la que, desde hacía años, existía un acuerdo de compromiso entre sus casas.
Un acuerdo sellado con cláusulas claras:
Si el condado Carter solicitaba ayuda, los Douglas debían responder.
Pero en el juego…
no lo hicieron.
El Ducado, ocupado enfrentando su propia crisis, ignoró la petición de auxilio.
El resultado fue siempre el mismo:
el condado fue destruido, la madre de Emily murió y, aunque Emily jamás lo dijo abiertamente,
su corazón guardó un rencor frío hacia los Douglas.
Hacia él.
Ese rencor se transformaría, con el tiempo, en la espada que lo mataría.
Lusian cerró los ojos un instante, recordando esa escena del juego.
—Si dejo que todo ocurra igual… —murmuró— ella nunca me perdonará. Y con razón.
Pero esta vez él estaba allí.
Esta vez sabía lo que iba a suceder.
Y esta vez tenía una oportunidad.
No solo de salvar el condado.
No solo de pagar la deuda del compromiso.
Sino algo más importante:
Evitar que Emily creciera odiándolo.
Evitar que la futura portadora de la magia de Luz se convirtiera en su enemiga mortal.
Porque si la historia seguía su curso original…
Ella sería la única persona capaz de destruirlo.
Con esa certeza fría y amarga, Lusian se puso de pie.
Salió de su despacho.
Los comandantes ya lo esperaban.
—Preparen a las tropas —ordenó, su voz firme y calculada—. Partimos al amanecer hacia territorio Carter.
Los oficiales se tensaron.
—Mi lord, ¿por qué tanta prisa?
Un pulso de luz cruzó el cielo: una vibración del maná.
El preludio del desastre.
Lusian lo observó con expresión grave.
—Porque si no llegamos a tiempo —dijo— el condado Carter no sobrevivirá esta semana.
Los comandantes no entendían cómo lo sabía.
Pero él no necesitaba que lo entendieran.
Solo necesitaba evitar que la historia del juego se repitiera.
El amanecer apenas despuntaba cuando el patio principal del ducado se llenó de movimiento.
La columna de 1.500 guerreros y magos, todos de nivel Lord o superior, avanzaba en formación perfecta.
A su lado, las dos bestias más temidas del territorio:
Thunder, el corcel eléctrico de ojos azules, nivel 80.
Un relámpago con forma de caballo.
Umber, el lobo de pelaje oscuro como un eclipse, nivel 78.
Una sombra viviente.
Ambos esperaban a su amo, inquietos, como si presintieran el peligro que se avecinaba.
Sofía, la duquesa, ajustó el manto sobre los hombros de su hijo, y luego—como si él siguiera teniendo diez años—le pellizcó la mejilla.
—Ya te dije que no te alejes de Thunder y de Umber. ¿Entendido?
Su tono no admitía discusión.
Lusian suspiró.
—Madre…
—No. “Madre” no. —Lo miró con esos ojos que hacían temblar generales—.
Si sales de este ducado, sales protegido.
Esos dos te seguirán a todas partes, y Albert vigilará que no hagas ninguna estupidez heroica.
Albert, su mano derecha, inclinó la cabeza con una media sonrisa.
—Haré cumplir la orden, mi lady. No se preocupe.
Detrás de él, Adela acariciaba las orejas de su tigre blanco, nivel 51, que resoplaba nubes frías.
Era la más joven del grupo… pero también la más feroz.
Sofía volvió a centrar su atención en Lusian y le acomodó un mechón de cabello como si fuera un niño.
—No importa que este ejército pueda arrasar un reino —susurró, con voz que solo él escuchó—.
Yo solo tengo un hijo, Lusian.
Regresa completo.
Él asintió, tragando la tensión en su garganta.
Y entonces…
Isabella apareció entre los soldados.
Llevaba un abrigo grueso y los ojos hinchados por no haber dormido.
Caminó hacia él con pasos pequeños, indecisos, hasta quedar justo frente a su pecho.
—Lusian… —murmuró.
Él ya sabía lo que venía.
—Isabella, no puedo llevarte. Donde voy habrá monstruos, riesgo, caos. No es seguro.
Ella hizo un puchero muy digno de una hija de conde… o de una joven desesperada.
—Pero… pero yo quiero estar contigo. Yo… —su voz tembló— yo ya soy tuya. No quiero quedarme atrás.
Lusian alzó una mano, acariciándole la mejilla con suavidad.
—Precisamente por eso te dejo aquí. En el ducado estarás protegida. Afuera… no puedo asegurarlo.
Isabella apretó los labios.
Luego, sin poder contenerse, apoyó su cabeza en el pecho de él, aferrándose a su capa como si se fuera a romper.
—Entonces… prométeme que volverás.
Prométeme que vas a cuidarte mucho.
Lusian la sostuvo por los hombros, sin separarla.
—Lo prometo.
Ella aspiró profundo, como si quisiera memorizar su olor.
Y cuando por fin lo soltó, sus ojos brillaban.
Albert dio un paso adelante.
—Mi lord. Las tropas están listas.
Lusian montó a Thunder con un movimiento fluido.
El corcel chisporroteó en electricidad pura.
Umber se colocó a su lado como una sombra protectora.
El ejército entero se cuadró.
Lusian miró a su madre.
Luego a Isabella, que lo observaba con el corazón en los ojos.
Luego al horizonte.
—Marchamos.
“El Ducado Quebrado”
Los sonido de cascos, acero y magia resonó como el primer latido de una guerra que estaba a punto de comenzar.
El ejército avanzaba como una flecha perfecta hacia el territorio Carter.
Pero esa flecha pronto empezó a deformarse.
Los primeros días dentro del ducado fueron fluidos.
Los monstruos que migraban eran rastreados, clasificados y eliminados con eficacia quirúrgica.
Escuadrones coordinados, magos con rutas asignadas, bestias mágicas bajo control…
un territorio limpiado de forma casi militar.
Pero al cruzar la frontera del ducado…
…el orden del mundo se rompió.
El aire era más pesado.
El maná se agitaba como un océano salvaje.
Y en los bosques, ojos brillantes parpadeaban entre las sombras.
El primer encuentro ocurrió al segundo día fuera del ducado.
Monstruos herbívoros gigantes
—¡No ataquen! —ordenó Lusian, levantando la mano.
Decenas de criaturas enormes, similares a ciervos de tres metros con cuernos de piedra y musgo, pastaban en una llanura.
Sus ojos brillaban con un verde suave: herbívoros mágicos.
El ejército siguió avanzando en silencio.
Los gigantes apenas se giraron para ver pasar la caravana.
Pero la calma no duró.
Un rugido quebró la tarde.
Luego otro.
Luego tres más.
De los árboles surgió una manada de depredadores: lobos de hueso expuesto, felinos de fuego azul… criaturas carnívoras, hambrientas, erráticas.
Los herbívoros entraron en pánico.
La pradera se transformó en un infierno.
La estampida avanzó directamente hacia la caravana.
—¡¡Escudos!! ¡¡Bloqueen la línea frontal!! —rugió Albert.
Thunder relinchó, cargado de electricidad.
Umber emergió como una sombra viva.
El choque fue brutal.
Decenas de criaturas gigantes se estrellaron contra los muros de escudos del ejército Douglas…
y el ejército no retrocedió ni un centímetro.
Las armas mágicas cortaron tendones.
Thunder lanzó rayos que derribaron bestias enteras.
Adela y su tigre congelaron el suelo, deteniendo a los carnívoros.
En menos de diez minutos, el caos se volvió silencio.
“Los Que Sobrevivieron Entre Sombras”
Y después vino lo inesperado.
A medida que avanzaban, el silencio de las ruinas comenzó a romperse.
Primero fue un susurro.
Luego, un sollozo.
Personas emergían de donde ningún ser humano debería vivir:
Bajo vigas quemadas.
Dentro de pozos secos.
En cuevas improvisadas entre rocas.
Atrapadas entre raíces gigantes como insectos asustados.
Mujeres con las manos llenas de tierra.
Niños cubiertos de hollín y sangre seca.
Ancianos tan delgados que parecían sombras vivas.
Habían pasado días escondidos, respirando apenas, esperando que cada ruido fuese su final.
Y ahora, al ver los estandartes del Ducado, algo empezaba a quebrarse en ellos.
Esperanza.
Una mujer salió tambaleando desde lo que antes fue una casa. Sus piernas temblaban. Sostenía un bebé contra su pecho como si el mundo intentara arrebatárselo.
—¿Eres… eres del ducado Douglas? —preguntó con voz rota, incapaz de creerlo.
Lusian desmontó sin pensarlo.
No como un duque.
No como un noble.
Sino como un ser humano que no podía mirar hacia otro lado.
—Sí —dijo suavemente—.
Ya están a salvo.
La mujer cayó de rodillas, llorando con una mezcla de alivio y desesperación reprimida. El bebé también lloró, pero ese llanto sonaba… vivo.
A su alrededor, más personas emergían con el mismo sonido:
sollozos, gritos, plegarias.
Eran los sonidos de quienes habían esperado la muerte durante noches interminables…
y de pronto encontraban una salida.
En el siguiente pueblo arrasado, la historia se repitió.
Una niña de seis años abrazaba un muñeco de trapo sin ojos. No lloraba. No sonreía. Solo observaba. Como si a su corta edad ya hubiese entendido que el mundo podía desaparecer en una sola noche.
Albert se acercó a Lusian, hablando en voz baja.
—Mi lord… —miró a los civiles que se amontonaban detrás de la escolta— si seguimos recogiendo sobrevivientes, la marcha se retrasará.
Lusian no respondió de inmediato.
Miró a su alrededor.
A la niña sin lágrimas.
A la anciana apoyada en un tronco, respirando con dificultad.
A los cientos que, sin él, no durarían un día más.
Y sintió que el pecho se le apretaba.
Erwin, dentro de Lusian, gritaba.
Gritaba que sería monstruoso dejarlos atrás.
Gritaba que solo alguien vacío y frío podría abandonarlos.
—Albert… —dijo finalmente, con la voz más baja que nunca—.
Si los dejo atrás… mueren.
Ese era el dilema.
Ayudarlos significaba retrasarse.
Retrasarse significaba arriesgar la vida de la madre de Emily.
Ayudar a Emily significaba dejar morir a inocentes.
No había una elección limpia.
No había un camino sin sangre.
Albert tragó saliva, comprendiendo el peso de esa decisión.
Lusian respiró hondo.
—Soy muchas cosas… —murmuró, mirando la columna de niños que lo seguían con los ojos llenos de esperanza—.
Pero no soy alguien que abandone mujeres y niños para morir solos.
Sus manos temblaban ligeramente, aunque nadie lo vio.
Ese era su conflicto.
Ese era su humanidad.
—Formen grupos. —ordenó—. crear refugios temporales. Atenderán a los heridos.
Seguiremos avanzando…
pero nadie queda atrás.
Albert asintió con respeto.
La gente comenzó a llorar otra vez.
Esta vez de alivio.
De esperanza pura.
Y Lusian avanzó entre ellos, sintiendo el peso de cada mirada, cada vida, cada alma que ahora dependía de él.
No era un héroe.
Ni un santo.
Pero en ese camino lleno de cenizas, rodeado de inocentes que aún temblaban…
Lusian decidió ser humano.
El viaje de ocho días…
se extendió a diez…
luego doce…
luego quince.
La caravana de 2.000 personas terminó siendo de más de 7.000, moviéndose lentamente como una ciudad ambulante.
Por suerte, los monstruos caídos servían de alimento.
Magos culinarios preparaban la carne.
Niños comían sopa caliente por primera vez en días.
“La Noche Reclama a su Hijo”
Cuando el sol caía, algo empezó a despertar en Lusian.
No era simple magia.
Era un pulso.
Un llamado.
La oscuridad lo reconocía.
Garet Douglas avanzaba a su lado, apoyándose en su bastón de hierro ennegrecido. Sus ojos, profundos como pozos sin luna, brillaban con un orgullo silencioso. Desde que había comenzado a enseñarle a Lusian los secretos de la oscuridad, el antiguo legado de los Douglas, no podía evitar maravillarse: las sombras parecían inclinarse ante el joven, respondiendo a él con una devoción que ni siquiera Garet había logrado en su mejor época, aquel anciano que había sido el terror silencioso de las guerras fronterizas. El asesino sin nombre. El maestro que entrenó a Lawrence.
El guardián de los Douglas.
—Mi lord —gruñó Garet, sin suavidad alguna—. En este ducado jamás ha existido un heredero con afinidad épsilon. Nunca.
Ni Lawrence.
Ni los antiguos duques.
Garet se detuvo frente a él, apoyando todo su peso en el bastón ennegrecido.
—La oscuridad… siéntala. Entiéndala. Únase a ella —dijo con voz grave—. Conviértase en la noche misma. No desperdicie esta bendición. Úsela.
Lusian tragó saliva y asintió.
No por humildad.
Sino porque sabía que Garet no exageraba.
Podía sentir algo dentro de él… inexplicable, palpable. No era una voz ni una sombra ajena, sino su propio maná, brotando desde lo más profundo de su ser. Una fuerza que se movía como si fuera otro músculo, otra extremidad, una parte tan natural de él como su brazo o su pierna… y que respondía a su voluntad con una obediencia perfecta.
La oscuridad vibraba a su alrededor como una criatura viva.
El anciano chasqueó los dedos, le recordó el hechizo.
Y Lusian sintió el tirón.
Su sombra se extendió…
se estiró…
se deshizo como tinta derramada sobre agua…
Y entonces ocurrió.
La oscuridad nocturna lo envolvió, aceptándolo como a uno de los suyos. El hechizo —una técnica antigua que solo puede despertar bajo la ausencia de luz— se activó con una suavidad casi orgánica.
En un parpadeo, Lusian dejó de ser un cuerpo visible.
No se ocultó detrás de la sombra.
Se convirtió en ella.
Gracias a su afinidad con la magia oscura, la noche lo reclamó por completo, volviéndolo invisible a cualquier mirada
Ni un sonido.
Ni un rastro de maná.
Ni siquiera Garet —quien le estaba enseñando el hechizo— pudo sentirlo. La oscuridad lo había envuelto por completo.
En ese estado, Lusian simplemente no existía.
Para sus enemigos, no habría advertencia alguna, ni un susurro de movimiento, ni una vibración de maná que delatara su presencia.
Solo sentirían la hoja atravesarlos… y luego nada.
Los soldados guardianes que observaban desde la distancia murmuraban entre sí, con temor reverente:
—Es como Lawrence…
Pero solo Garet sabía la verdad.
Sabía que era mucho más.
Sabía que la noche no solo lo ocultaba:
lo reclamaba como suyo.
—Es como si la noche lo quisiera para sí —susurró uno de los veteranos, estremecido.
Garet sonrió apenas cuando Lusian reapareció a su lado, devolviendo una forma nítida al lugar donde antes solo había sombra.
—Eso, mi lord… —dijo con un orgullo silencioso— …es solo el comienzo.
Esa misma noche, un grupo de depredadores mágicos intentó acercarse a la zona de entrenamiento.
No alcanzaron a dar un segundo paso.
Lusian levantó la mano.
Un círculo oscuro se abrió bajo sus pies, imperceptible en la noche.
Lanzas de oscuridad.
Completamente invisibles.
Completamente silenciosas.
Un destello violáceo.
Un suspiro ahogado.
Un cuerpo cayendo sin entender lo que lo había atravesado.
Los monstruos murieron sin siquiera saber que habían sido atacados.
Garet asintió, satisfecho.
—Esa habilidad… le salvará la vida algún día.
Y se la quitará a otros.
Lusian volvió caminando, sin una gota de sangre.
Respirando tranquilo.
Thunder le bufó orgulloso, relámpagos recorriendo su melena.
Umber lamió sus colmillos, moviendo la cola como un lobo que reconoce a un alfa.
Adela, a lo lejos, observaba en silencio al tigre de hielo —nivel 51— que mantenía su mirada fija en Lusian con un respeto casi instintivo.
El joven duque había dominado algo que ni él mismo comprendía del todo…
Ser invisible, indetectable, y letal.
Un fantasma en la noche.
Una anomalía incluso dentro de los Douglas.
Y esto…
apenas era el primer paso de su crecimiento.
El décimo día de viaje, cuando el cielo se teñía de rojo, Lusian observaba cómo una parte de la caravana se adelantaba para despejar el camino. Entre ellos iban varias docenas de aventureros:
cazadores, magos, exploradoras… hombres y mujeres que habían decidido unirse al movimiento masivo del ducado.
El gremio había emitido una orden: explorar e informar sobre lo que estaba ocurriendo en la región.
Casi al mismo tiempo llegó una solicitud desde el ducado. Necesitaban un grupo de exploradores para una misión de reconocimiento.
La coincidencia fue una salvación.
Gracias a ello, los exploradores pudieron aceptar ambas misiones sin exponerse al peligro extremo que implicaba viajar solos. Porque andar aislados en aquellas tierras era una sentencia de muerte.
Pero ir junto al heredero Douglas y dos mil soldados…
Era sobrevivir.
Uno de esos grupos era Corriente Azul, cinco aventureras de rango medio-alto que hasta ese momento se habían mantenido a distancia, haciendo su trabajo con disciplina, pero sin cruzar palabras con Lusian.
Ese día, sin embargo, algo cambió.
Un temblor sacudió la tierra delante de ellos.
Gritos.
Choque de magia.
El sonido húmedo de carne siendo desgarrada.
Albert levantó la mano.
—Aventureros peleando… su unidad está justo al frente.
Lusian espoleó a Thunder.
Al coronar la colina, los vio.
Las cinco aventureras estaban luchando contra un Garrakom, un reptil colosal con placas óseas. Lo estaban conteniendo… pero estaban tan centradas en el frente que ninguna vio al depredador más pequeño que se deslizaba por detrás, girando con sigilo.
En un descuido, todo se torció.
Un Garrakom mantenía ocupadas a las cinco aventureras… pero ningúnas vio al depredador secundario que emergía entre los arbustos, silencioso, preparado para saltarles por la espalda.
Lusian lo notó.
Thunder también.
—Thunder.
¡CRACK!
Un rayo cayó como una lanza divina, pulverizando al depredador antes de que tocara a la última aventurera.
El monstruo principal quedó aturdido.
—Remátenlo —ordenó Lusian, su voz firme pero serena.
Las mujeres reaccionaron al instante:
agua, hielo y acero se combinaron, y el monstruo cayó.
Silencio.
Las aventureras se inclinaron de inmediato, casi arrodillándose.
La líder dio un paso adelante con la cabeza baja.
—Mi lord… Lirianne Velmont. Aventurera de rango Delta… a su servicio. Gracias por la intervención.
El tono era respetuoso, casi cuidadoso.
Lusian desmontó.
—Su grupo pelea bien. Solo hubo un descuido.
Lirianne tragó saliva, sin levantar la vista.
—Asumimos toda responsabilidad, mi lord. Estamos… avergonzadas por haber puesto en riesgo la marcha.
Lusian negó suavemente con la cabeza.
—Viajamos juntos. Si uno cae, todos perdemos.
La aventurera abrió los ojos apenas un poco, sorprendida por sus palabras.
No lo mostró, pero su voz se suavizó.
—Es… generoso de su parte, mi lord.
Lusian observó la caravana detrás: mujeres agotadas, niños dormidos sobre carretas improvisadas, ancianos que caminaban con dificultad.
—La situación exige que todos cooperemos. Nobles, soldados, aventureros… no hay diferencias en medio de una crisis así.
Lirianne bajó aún más la cabeza, pero esta vez por respeto genuino.
—Mi lord… si me permite decirlo… su modo de actuar… es digno de admiración.
No muchos nobles… —se corrigió rápido— perdón…
Quería decir que… no estamos acostumbradas a ver a un heredero preocupándose por la gente común.
Lusian no comentó.
Solo dijo:
—Cuando lleguemos al territorio Carter, lo necesitaremos todo de ustedes. Preparación. Precisión. Valentía.
Lirianne puso una mano sobre el pecho, inclinándose.
—Corriente Azul responde a su llamado, mi lord. Lucharemos donde usted ordene.
Thunder bufó.
Umber asomó los colmillos en gesto de reconocimiento.
Lirianne dio un pequeño paso atrás, respetuosa, pero con los ojos brillando.
—Entonces… —dijo con una reverencia formal—
seguiremos caminando bajo su protección.
La barrera invisible entre “aventureros” y “nobles” no desapareció…
pero se volvió más delgada ese día.
“La Capital Resistirá”
— Perspectiva de Emily Carter
El eco de los llantos aún resonaba en su cabeza.
Emily Carter llevaba días sin dormir, caminando de un lado a otro dentro de la capital, intentando sostener un territorio que se desmoronaba como arena entre sus dedos.
Siguió el consejo de Lusian Douglas.
Había reunido a los poblados, enviado mensajeros, suplicado que todos se replegaran a la ciudad…
Pero la gente rara vez escucha hasta que ya es demasiado tarde.
Algunos obedecieron.
Otros negaron el peligro.
Otros se escondieron en sus casas, convencidos de que “las bestias pasarían de largo”.
Emily no necesitaba que nadie se lo dijera.
Sabía que esos ya estaban muertos.
El interior de la capital estaba repleto.
Demasiadas personas.
Demasiados gritos.
Demasiado miedo.
La falta de soldados era una condena firmada mucho antes de que todo empezara:
más de la mitad había marchado a la guerra contra el Imperio.
Los pocos que quedaban estaban exhaustos, heridos, o demasiado jóvenes.
Y aun así, Emily estaba orgullosa de ellos.
—¡Resistan! —ordenaba una y otra vez—. ¡No dejen ningún punto sin vigilancia!
Pero la realidad era cruel:
no tenían suficiente gente para cubrir todo.
Los monstruos se acumulaban como moscas alrededor de un cadáver.
Cada hora que pasaba, el rugido de las criaturas aumentaba.
Cada noche, las murallas crujían bajo la presión.
Cada amanecer había menos soldados en las filas.
La comida se volvía escasa.
Las calles estaban llenas de madres abrazando a sus hijos, ancianos murmurando plegarias, hombres con la mirada perdida.
Parecía que todos esperaban la muerte.
Un final inevitable.
Emily apretó los puños.
“Hice lo que pude.”
El estruendo en el ala este la sacó de sus pensamientos.
—¡Capitana! —gritó un soldado jadeante—. ¡La muralla este… los soldados… están gritando!
El corazón de Emily se detuvo.
—¿Entraron? —susurró.
El soldado tragó saliva.
—No lo sé.
Emily no esperó más.
Corrió.
Con los pocos soldados de reserva a su lado, cruzó callejones llenos de gente llorando y bardas destruidas.
El miedo le quemaba los pulmones.
“No… no ahora…”
“No al amanecer…”
Subió los escalones de piedra dos y hasta tres escalones por vez.
El rugido de los soldados se hacía más y más fuerte.
Pero no sonaba a miedo.
Sonaba a…
¿euforia?
Emily llegó a la cima de la muralla lista para ver sangre, cadáveres, una brecha abierta.
Pero lo que encontró…
No tenía nada que ver con lo que temía.
—¡ESTÁN AQUÍ! —gritaban los soldados—. ¡LAS BANDERAS! ¡MIREN LAS BANDERAS!
Emily sintió que sus piernas flaqueaban.
Allá, más allá del océano de monstruos…
entre la niebla del amanecer…
Se alzaban estandartes negros y dorados flameando con orgullo.
Los Douglas.
No uno.
Ni dos.
Decenas de ellos.
Y al frente…
Emily lo reconoció sin necesidad de verlo con claridad.
Su postura.
Su aura.
La forma en que incluso la distancia parecía abrirse a su paso.
Era él.
El heredero Douglas.
Lusian…
cumplió su palabra.
Un nudo se formó en su garganta.
—Vino… —susurró con la voz quebrada—. Él… realmente vino…
Las lágrimas que había contenido por días cayeron sin permiso.
Los soldados reían, lloraban, chocaban sus armas entre sí.
La desesperación se transformó en un estallido de esperanza tan fuerte que tembló la muralla.
Emily se apoyó en la piedra fría.
“Entonces no estoy sola.”
“Entonces… quizás aún podemos sobrevivir.”
La llanura tembló cuando Lusian levantó su brazo.
Su voz resonó como un trueno.
—¡MAGOS! Formación en abanico. Hechizos de área. Quiero el cielo cubierto.
—¡A la orden, mi lord!
Cientos de círculos mágicos se encendieron a la vez.
Piedras envueltas en llamas cayeron como meteoros.
Lanzas de hielo descendieron silbando.
Rayos rasgaron el aire como serpientes azules.
El suelo vibró con cada impacto.
La primera línea de monstruos fue pulverizada.
—¡GUERREROS! —gritó Lusian—. Escudo firme.
Ni una criatura pasa.
¡Mantengan la formación!
Los guerreros clavaron los pies en la tierra.
Escudos rúnicos chocaron entre sí formando un muro de acero y magia oscura.
Los monstruos embistieron.
Un rugido colectivo sacudió la llanura.
Pero los Douglas no cedieron ni un centímetro.
A los costados, los aventureros ya estaban en movimiento.
Cortaban, perforaban, congelaban, quemaban…
Respondían a cada criatura que intentaba flanquearlos.
Eficientes.
Letales.
Coordinados.
Lusian estaba en el centro, Thunder avanzando como si caminara sobre una tormenta.
Umber corría en círculo, saltando sobre cadáveres, derribando depredadores mayores como si fueran presas fáciles.
—¡SIGAN DISPARANDO! —ordenó Lusian a los magos—.
Quiero una brecha limpia frente a nosotros.
La tierra explotó en una línea recta, despejando el camino hacia la ciudad.
—¡AHORA! ¡AVANZAMOS!
¡PRIORIDAD: CIVILES!
¡ASEGUREMOS SU ENTRADA A CARTER!
El ejército Douglas rugió detrás de él.
La columna avanzó como una corriente oscura imparable.
Los monstruos retrocedieron bajo la lluvia mágica.
Los guerreros empujaron la brecha abierta.
Los aventureros aseguraron los flancos.
Y finalmente…
la puerta este de la capital Carter se abrió.
Desde arriba, Emily Carter observaba sin creerlo.
Primero vio la brecha.
Luego la formación perfecta.
Luego el estandarte negro.
El lobo.
Los relámpagos.
Lusian.
Cuando lo vio entrar por la puerta, algo dentro de ella se rompió.
—¡Mi Lady, espere! —gritó un soldado.
Pero Emily ya había bajado corriendo las escaleras de la muralla—tropezando, jadeando, sin importarle la dignidad, la postura, nada.
Cruzó el patio interno y lo vio desmontar de Thunder.
Lusian levantó la mirada.
Y ella… simplemente corrió hacia él.
Lo abrazó con toda la fuerza de alguien que había aguantado demasiado.
Las lágrimas estallaron sin permiso alguno.
—Pensé… que nadie vendría… —logró decir, ahogándose en un sollozo.
Lusian no la apartó.
No la corrigió.
No dijo nada héroico.
Sólo la sostuvo.
Firme.
Sereno.
Como un muro al que por fin podía recargarse.
—Estás a salvo —murmuró él—.
Llegué.
Emily apretó más sus manos en su ropa.
Durante días había sido la líder fuerte, la responsable, la voz que calmaba a un pueblo entero.
Pero en ese momento…
solo era una chica que tenía miedo.
Y por primera vez desde que los monstruos aparecieron…
El miedo desapareció.
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