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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 32

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Capítulo 32: Capítulo 32 – Entre Sombras y Luz

“Un respiro después del miedo”

El aire de la tarde era fresco.

Por primera vez en días, no olía a humo, sangre ni miedo.

Solo a tierra húmeda, al murmullo distante de la gente reorganizándose dentro de la ciudad.

Emily caminaba a paso lento junto a Lusian, bordeando el patio interior de la fortaleza. Las murallas estaban detrás de ellos, sostenidas por parches de magia y tablones improvisados. Pero ya no se escuchaban rugidos, ni golpes, ni gritos.

Por primera vez, el silencio era un alivio.

Lusian rompió la quietud con un comentario sencillo:

—Parece que están reparando el pozo del patio.

Emily lo miró de reojo.

No era el tema que esperaba, pero… era agradable oír algo normal.

—Sí… —respondió, casi en un susurro—. Se rompió el segundo día del asedio. Hubo peleas por un poco de agua. Nunca pensé que viviría algo así.

Lusian asintió.

No dijo nada como “yo sí”, ni trató de corregirla con experiencia militar.

Solo escuchó.

Después de unos pasos, él preguntó:

—¿Descansaste anoche?

Emily respiró hondo.

—Dormí… algo. —Sus labios temblaron, recordando las noches anteriores—. No fue como antes. No desperté por los gritos. Eso ya es… mucho.

—Me alegra. —La voz de Lusian sonó más suave de lo habitual—. Mereces dormir tranquila.

Emily bajó la mirada.

Era extraño: un noble hablándole como si fuera una igual.

Pero no sentía peligro.

No con él.

—Tú también deberías descansar, ¿sabes? —murmuró ella con un pequeño intento de humor—. Desde que llegaste, no has parado.

—Si me detengo, mis hombres también lo harán. —Lusian soltó una leve sonrisa—. Y no sé si viste la cara de Albert cuando le dije que revisara los suministros… parecía a punto de desmayarse.

Emily rió, muy bajito.

Había olvidado cómo se sentía reír sin miedo.

Caminaron un poco más.

A su lado, Lusian se llevó las manos a la espalda.

—Supongo que… —dijo él con cierta torpeza—. Debo agradecerte por mantener a la gente viva. No debió ser fácil.

Emily se detuvo un instante.

Algo en sus palabras la atravesó.

—No lo logré del todo. —Su voz se quebró un poco—. Muchos no me escucharon. Otros… ya es tarde para ellos.

Lusian no la corrigió. No dijo “hiciste lo mejor que pudiste”.

Tampoco la consoló con frases vacías.

Solo respondió:

—Los que están aquí, están vivos por ti. No lo olvides.

Emily aspiró profundamente.

—No estoy tan acostumbrada a que me elogien —dijo después de unos segundos, tratando de suavizar la emoción—. Ni siquiera sé cómo responder sin sonar tonta.

—Entonces solo acepta que lo digo porque es verdad —comentó él.

Ella frunció los labios… y finalmente sonrió.

Siguieron caminando.

El sol comenzaba a caer detrás de las murallas, tiñéndolo todo de rojo y dorado. El viento agitaba suavemente el cabello de Emily, todavía desordenado por días de tensión. Pero sus pasos ya no temblaban.

—¿Sabes? —dijo ella mientras observaba el cielo—. No pensé que volvería a sentirme… segura. Ni aunque fuera por un momento.

Lusian ladeó la cabeza.

—Mientras yo esté aquí, no dejaré que nada te pase.

Emily sintió el corazón apretarse.

No era una promesa vacía.

No sonaba como un noble hablando por obligación.

Era simple.

Sincero.

Y después de todo lo vivido… eso bastaba.

—Gracias, Lusian. —Sus palabras salieron casi como un suspiro—. Realmente… gracias.

Él solo asintió, y ambos siguieron caminando, sin necesidad de decir más.

Por fin, después de tantos días de oscuridad, la ciudad Carter respiraba.

Y Emily también.

La plaza central estaba distinta.

No porque algo hubiese cambiado en su estructura —las mismas casas de piedra, las mismas tiendas cerradas, las mismas fuentes agrietadas—

sino porque el sonido había cambiado.

Hace apenas unos días, Emily solo escuchaba llantos, gritos, órdenes desesperadas.

Ahora…

—¡Jonah, deja eso! Te dije que no comieras más carne de monstruo, ¿quieres enfermarte?

—¡Pero mamá, tengo hambre!

—¡Y yo tengo miedo de que te dé fiebre de maná!

Gente regañando.

Niños corriendo.

Ancianos susurrando una oración de agradecimiento mientras recibían un plato caliente.

No era alegría.

Pero sí un respiro.

Un respiro que nadie había tenido hace una semana.

Emily caminaba a paso lento a través de la plaza junto a Lusian. Las personas los miraban con una mezcla de alivio y agotamiento, como si aún temieran que todo fuera un sueño.

Lusian observaba la escena sin decir nada, solo confirmando quién comía, quién necesitaba ayuda, quién parecía débil.

Emily bajó la mirada.

—A veces pensé… —dijo en voz baja— que no volvería a ver la ciudad así. Con ruido. Con gente viva.

Lusian asintió levemente.

—Supongo que todos pensaron lo mismo.

Ella soltó un suspiro tembloroso.

—Hice todo lo que pude… pero aun así… se sentía como si nada fuera suficiente.

—Nadie habría hecho más —respondió él, con calma.

No dijo “lo hiciste bien”, ni “hiciste lo correcto”.

Solo algo sencillo, pero firme.

Algo que no sonaba como consuelo vacío.

Emily señaló las carretas cubiertas, donde soldados descargaban sacos y cajas.

—¿Todo eso es la comida que trajiste? Parece mucho más de lo que esperaba.

—Debería haber sido más —admitió él, sin dramatismo.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Lusian tardó un segundo antes de responder.

—En el camino encontramos gente. Más de la que imaginaba… demasiada. —Pasó una mano por su cuello, como si reviviera la escena—. Familias escondidas bajo casas derrumbadas, en sótanos, en pozos… esperando a que algo los encontrara. Un monstruo o… cualquier cosa.

Emily no necesitó más detalles. Bastaba la forma en que lo dijo.

—¿Y usaste parte de las provisiones para ellos?

—No podía dejarlos morir —respondió simplemente.

No había arrepentimiento.

Pero tampoco orgullo.

Solo una decisión que tomó porque no habría dormido si hacía otra cosa.

Emily sintió un nudo en la garganta.

—No tienes que disculparte. —Habló despacio, midiendo las palabras—. Parte de esa gente… pertenece a mi territorio. Si tú no los salvabas, nadie habría llegado a tiempo.

Lusian bajó la mirada un instante, casi como si confirmara que sus acciones habían valido la pena.

—Quería contártelo personalmente —dijo él.

Ella asintió, respirando más tranquila.

Y por primera vez desde el asedio…

se dio cuenta de que no se había preocupado por Lusian.

Había asumido que él llegaría.

Que sobreviviría.

Que vencería.

Como si fuera inevitable.

Ahora entendía que no lo era.

A su alrededor, los soldados abrían barriles que vibraban levemente por las runas incrustadas en ellos.

Anillos, brazaletes y pequeñas cajas metálicas pulsaban con una luz suave cada vez que un soldado extraía un saco o contenedor desde su interior oculto.

Emily reconoció de inmediato las ondas de maná espacial.

Después de todo, aún llevaba en su dedo el anillo Ætherion que la familia Sneider le había obsequiado para el compromiso.

Uno de los artefactos más valiosos de todo el reino.

Aun así, se agachó para tocar uno de los barriles metálicos.

El contenedor vibró bajo sus dedos, como si retuviera un río comprimido en su interior.

—No había visto tantos artefactos juntos… —admitió con un leve sobresalto—. Ni siquiera en la mansión Sneider.

Lusian sonrió con un dejo de orgullo contenido.

—Es que no son comunes. Los Arcanum —señaló los anillos y brazaletes que usaban sus soldados— requieren un grabado muy preciso. Los Douglas invertimos en ellos desde hace generaciones.

Y esa carreta de allá… —indicó la estructura reforzada con placas negras— …es un Relicto. Incluso para nosotros, tener uno operativo es un lujo.

Emily asintió lentamente.

—Los Ætherion que nos dieron los Sneider… —miró su anillo, brillante bajo la luz— …eran lo más alto que había visto. No pensé que existiera algo más allá.

—Los Ætherion son categoría única, casi siempre hechos a pedido —explicó Lusian—, pero su capacidad suele ser menor que la de un Relicto. Los Sneider priorizan estabilidad y eficiencia. Los Relicto, en cambio, son reliquias antiguas: enormes, impredecibles y poderosos.

Emily tragó saliva, impresionada pero sin perder la compostura.

Ya no era algo desconocido para ella… pero sí algo que jamás hubiera imaginado ver en funcionamiento.

—Necesitaremos todo esto… —murmuró más para sí misma que para él—. Y aun así, puede no alcanzar.

El tono serio regresó a su voz.

—La ciudad no puede depender de carne de monstruo. Cuando ustedes se vayan… si no recuperamos los campos, moriremos de hambre.

—Albert está afuera limpiando los alrededores con la mitad de la tropa —respondió Lusian, igual de serio—. Si todo sale bien, podrán cultivar por algunas semanas antes de que las criaturas vuelvan.

Emily dejó escapar el aire, apenas, como quitándose un peso.

—Gracias… de verdad.

Él solo la miró, sin necesidad de palabras.

A veces una mirada bastaba.

“La ciudad que volvió a hacer ruido”

De pronto, un soldado apareció corriendo hacia ellos.

—Lady Emily… su madre desea verla.

Emily se sobresaltó.

—¿Mi madre? ¿Está bien?

—Está bien, mi lady. Solo… quiere agradecer al heredero Douglas.

Lusian asintió, componiendo una postura más formal.

—Será un placer hablar con Lady Marienne.

Así que caminaron juntos unos pasos hasta que la figura de la condesa apareció bajo el arco que llevaba al barrio central.

Lady Marienne Carter aún llevaba su vestido azul remendado, digno pese al desgaste. Sus ojos, cansados pero lúcidos, se suavizaron al ver a su hija sana.

Luego miró a Lusian.

Y allí, su expresión cambió.

Una mezcla de alivio y reconocimiento sincero.

—Lord Lusian Douglas —dijo inclinándose apenas—, agradezco profundamente lo que ha hecho. Por mi hija, por mi gente… por todos los que encontramos refugio gracias a usted.

Lusian respondió con la misma cortesía.

—Lady Marienne. Solo hice lo que debía hacerse.

La condesa sonrió, un gesto frágil pero genuino.

—Aun así —añadió tranquila—, estoy en deuda con usted. El territorio entero lo está.

Emily observó a su madre…

y luego a Lusian.

Y sintió algo extraño, cálido, pero sutil.

Por primera vez desde que el mundo se volvió un infierno…

no tenía miedo.

El conde Daniel Carter avanzaba sin descanso.

Su caballo respiraba con dificultad, su pelaje cubierto de sudor blanco.

Los ochocientos soldados que lo seguían —los mismos veteranos que habían sobrevivido a la guerra contra el Imperio— apenas mantenían formación, pero ninguno se atrevía a pedir una pausa.

El conde no la habría concedido.

No mientras la imagen de su esposa y de su hija Emily seguía repitiéndose en su mente con un pulso desesperado.

Ya había perdido a su hijo, Manuel, meses atrás.

A veces, aún despertaba en medio de la noche con las manos temblando, escuchando el eco de un grito que ya no existía.

No podría soportar perderlas también.

Por eso, cuando en el camino encontraron a sobrevivientes —mujeres con ropa desgarrada, niños famélicos, ancianos apenas en pie— el conde endureció el corazón.

Las súplicas lo persiguieron durante kilómetros.

—¡Por favor, mi señor! ¡Llévenos!

—¡Los monstruos volverán! ¡No podemos quedarnos aquí!

—¡Mi niño… mi niño no puede caminar más…!

Sus hombres lo miraron, esperando una orden.

Pero Daniel miró hacia el horizonte.

Hacia su hogar.

—Avanzamos —ordenó, sin volverse.

Las miradas de horror, de desesperanza, de traición silenciosa…

sabía que lo perseguirían por el resto de su vida.

Pero si perdía a su familia, nada importaría.

Cuando las murallas de su ciudad aparecieron entre la neblina azulada, Daniel tiró con fuerza de las riendas.

—¿Qué…? —murmuró uno de sus capitanes.

El campo frente a la ciudad estaba carbonizado, como si un gigante hubiera arrojado fuego y hielo al mismo tiempo.

Cráteres humeantes.

Trozos de monstruos calcinados.

Hechizos de una potencia que sus magos jamás podrían igualar.

¿Quién los había lanzado?

Al avanzar, notó otra cosa aún más imposible:

No había monstruos.

Ni uno solo.

Al cruzar las puertas, se preparó para escuchar llantos, gritos, órdenes desesperadas…

Pero lo que encontró lo dejó inmóvil.

Niños corriendo.

Madres regañando.

Soldados cargando sacos de comida.

Pan horneado.

Risas.

Risas.

Su corazón, que llevaba días latiendo con miedo, se volvió un puño apretado en su pecho.

—Mi señor… —susurró un soldado—. Están… bien.

Un niño pasó corriendo, con un palo a modo de espada, gritando:

—¡Mírenme! ¡Soy un Douglas! ¡Tomen esto, monstruos!

El conde Carter frunció el ceño.

Ese nombre…

A su lado, Alejandro Jones, quien había acompañado al conde desde la capital, casi rechinó los dientes.

Douglas.

El clan que había destruido a su familia.

El nombre que significaba sangre, muerte y ruina para él.

Ver a los niños jugando como si los Douglas fueran héroes…

La ira lo atravesó como una lanza.

Cuando llegaron al castillo, Daniel casi cayó de rodillas.

Las banderas del condado ondeaban.

Pero junto a ellas…

Las banderas Douglas se alzaban orgullosas.

Impecables.

Incontrastables.

Daniel tragó saliva.

—Entonces… —susurró con voz ronca—. Fueron ellos…

Alejandro apretó los puños hasta que sus nudillos palidecieron.

—¿Héroes? —pensó con amargura—. Para mí… son asesinos.

Al entrar, Lady Emma Carter corrió hacia él.

No caminó.

No avanzó con dignidad.

Corrió.

—¡Daniel!

El conde la atrapó entre sus brazos, sintiendo por primera vez en semanas que la tierra dejaba de hundirse bajo sus pies.

Ella le contó todo entre lágrimas y palabras entrecortadas:

El asedio.

El hambre.

La desesperación.

La llegada de Lusian Douglas.

La salvación.

Daniel cerró los ojos con un peso inexplicable.

Si él hubiera llevado a los sobrevivientes que encontró en su camino…

si hubiera tenido un poco más de fe…

tal vez estarían ahora recibiendo pan caliente, en vez de…

Sacudió la cabeza.

Era tarde.

Todo era tarde.

Mientras el conde y la condesa se reunían, Alejandro caminó por los pasillos de piedra pulida.

Escuchó risas.

Un sonido suave, cálido, imposible días atrás.

Las risas de Emily.

Se detuvo frente a la puerta entreabierta.

La vio sentada, relajada… sonriendo.

Y a su lado, Lusian Douglas, conversando con ella como si se conocieran desde siempre.

Emily parecía en paz.

Segura.

Feliz.

Alejandro sintió que algo dentro de él se torcía.

Un pensamiento fugaz, cruel, nacido del dolor y del miedo lo atravesó:

Tal vez habría sido más fácil encontrarla muerta que verla sonreír junto a un Douglas.

Esa sombra oscura se quedó en él.

Y no se iría pronto.

“En la mesa del salvador”

La noche cayó sobre la capital Carter como un suspiro agotado.

Después del caos, del miedo y del hambre, el castillo brillaba con una luz cálida que casi parecía un milagro.

Cuando Lusian Douglas cruzó el umbral del comedor principal, los sirvientes se apresuraron a inclinarse.

El gran salón —de techo alto, lámparas de maná suave y mantel blanco recién cambiado— se silenció de inmediato.

El asiento principal, frente al de los condes, estaba ya preparado.

Para él.

No por cortesía.

Por jerarquía.

Era el heredero del ducado Douglas.

Y con la muerte de Lawrence, sería el duque legítimo.

El poder militar que traía con él —dos mil soldados, todos de nivel superior al promedio del condado— eclipsaba sin esfuerzo los mil doscientos soldados de Daniel Carter.

No había duda de quién ocupaba el lugar de mayor rango en esa mesa.

Lusian lo aceptó con naturalidad y se sentó.

Emily, a su derecha.

Emma Pierce, la condesa, frente a él.

Daniel a su lado.

Y más lejos, casi al borde de la mesa como un adorno olvidado, Alejandro Jones.

La cena comenzó con platos calientes que parecían un lujo después del asedio.

Pan tierno.

Caldo aromático.

Carne de monstruo de bajo nivel preparada con técnicas para neutralizar el exceso de maná.

El ambiente era tranquilo, casi irreal.

La condesa Emma sonreía de manera sincera, y cada tanto dirigía a Lusian una mirada cálida, maternal incluso.

—Lord Lusian —dijo con voz llena de gratitud—, no tengo palabras para agradecer todo lo que ha hecho por nuestra gente… y por mi hija. Su llegada fue una bendición enviada por los cielos.

Lusian respondió con una inclinación suave de cabeza.

—Solo cumplí con mi deber, mi lady. El territorio Carter es aliado del ducado Douglas. No podía quedarme de brazos cruzados.

Emma llevó una mano al pecho.

—Y aun así lo hizo con más corazón del que esperaba. Emily nos ha contado cómo protegió a su gente en el camino. No muchos nobles habrían actuado así.

Emily casi se atragantó con el agua.

El rubor en sus mejillas era evidente.

Lusian sonrió apenas —una sonrisa pequeña, honesta—.

—Los nobles solemos olvidar que bajo los títulos… todos somos personas. No podía dejarlos atrás.

Emma soltó un suspiro admirado.

—Mi futuro yerno tiene un alma noble.

Emily abrió la boca.

—Mamá…

Pero la condesa continuó sin darle oportunidad.

—El ducado Douglas será afortunado de tener a alguien como usted al mando, Lord Lusian. La gente seguirá a un líder así incluso en la oscuridad más profunda.

Daniel Carter asintió.Intentó disimularlo, pero había un respeto nuevo en su mirada.

La ciudad se había salvado gracias a él.Y ese hecho hablaba más fuerte que cualquier protocolo.

—Lord Lusian… ¿ya se ha enterado de lo de su padre?

Lusian frunció levemente el ceño.

—Mi padre… —repitió—.Si la guerra terminó, debería estar de regreso en el ducado.Pero luego me contará cómo vencieron al Imperio.

Daniel apretó los labios.La incomodidad fue evidente.

—Lord Lusian… —dijo al fin—.Lamento ser portador de malas noticias.Su padre falleció. Murió como un héroe.

Lusian abrió los ojos apenas un instante.Luego exhaló.

No hubo grito.No hubo negación.

Asintió una sola vez.

Se puso de pie, inclinó la cabeza en una despedida breve y se retiró sin decir una palabra.

Emily se levantó de inmediatoy lo siguió.

Más lejos, Alejandro Jones apretó los cubiertos tanto que sus nudillos se pusieron blancos.

Cada frase de agradecimiento le caía como veneno.

Cada mención a la nobleza de los Douglas le revolvía el estómago.

“Futuro yerno.”

“Líder noble.”

“Bendición.”

Las palabras rebotaban en su mente como martillazos.

Mientras la condesa sonreía a Lusian como si fuera un héroe…

Alejandro veía algo más.

Un monstruo.

Entonces la conversación cambió.

La noticia se deslizó por la mesa sin alzar la voz.La muerte del padre de Lusian.

Alejandro bajó la mirada.

No sonrió.No dijo nada.

Pero algo dentro de su pecho se aflojó por un instante.

Una calidez breve. Indeseada.Vergonzosa.

La aplastó de inmediato, clavando el tenedor en el plato con más fuerza de la necesaria.

Nadie lo notó.

Y aun así, Alejandro supo que esa reacciónlo condenaba más que cualquier pensamiento anterior.

El apellido Douglas era la sombra que había destruido su hogar.

El eco de gritos y sangre que lo había dejado sin familia.

Ver a Emily sonreírle…

Ver a su señor, el conde, hablarle con respeto…

Ver a toda la ciudad celebrarlo…

Le hizo hervir la sangre.

Un pensamiento oscuro, casi imperceptible, brotó como una grieta.

“Tal vez debieron dejar que la ciudad cayera.”

Él mismo se estremeció al pensarlo, pero no lo rechazó.

Nunca había sentido tanta rabia.

Nunca había querido tanto que el mundo estuviera equivocado.

La puerta del comedor se cerró suavemente detrás de Lusian. Los sirvientes se dispersaron como sombras entrenadas; la atmósfera, antes cálida y ceremoniosa, se volvió pesada.

Alejandro permaneció sentado, con los puños tensos sobre las rodillas. Emily, que había regresado de tratar de consolar a Lusian, notó esa rigidez familiar: ese gesto que él siempre hacía cuando estaba a punto de perder la calma.

—Alejandro… —comenzó ella con un suspiro—. ¿Podemos hablar?

Él no respondió; simplemente se levantó y caminó hacia la terraza del corredor lateral. Emily lo siguió. Solo cuando estuvieron lejos del personal, Alejandro habló.

—¿No te das cuenta? —soltó, la voz baja pero vibrante—. ¡No deberías confiar en él así como así!

Emily cerró los ojos por un instante. Ya esperaba esto.

—Alejandro —dijo con tono suave, pero firme—, no tiene sentido que lo odies. Lusian era un niño cuando ocurrió lo de tus padres. Es muy probable que ni siquiera sepa nada.

Alejandro giró hacia ella, los ojos inflamados de frustración.

—¿En serio dices eso…? ¿Tú? —Se llevó una mano al pecho, como si le ardiera—. Emily, hemos sido amigos desde que apenas sabíamos caminar. ¡Tú y yo! Siempre juntos, siempre apoyándonos. Y ahora… ¿lo estás defendiendo a él?

Emily mantuvo la calma, aunque su mirada se llenó de tristeza.

—Lo estoy siendo justa —respondió—. Y honesta contigo.

Alejandro chasqueó la lengua, mirando hacia otro lado para ocultar la herida.

—Parece que nuestra amistad vale menos que un título —murmuró, amargo—. Menos que ese heredero perfecto.

El aire se tensó. Emily dio un paso hacia él.

—Alejandro… Lusian es mi prometido. No puedo… no voy a ponerme en su contra para hacerte sentir mejor. —Hablaba con serenidad, pero había dolor en cada palabra—. Yo no quiero terminar nuestra amistad. Eres importante para mí, lo sabes. Pero si me pones entre la espada y la pared…

Ella tomó aire, tragándose el nudo que se formaba.

—No tendré opción. Porque Lusian será mi esposo.

Alejandro la miró como si todo el suelo bajo sus pies se hubiese quebrado.

—Así que eso es —susurró él, con la voz rota—.

—Eso es —confirmó ella, bajando los ojos.

Un silencio largo se extendió entre ambos, lleno de historias compartidas, risas de la infancia, secretos susurrados a escondidas… y un futuro que ya no les pertenecía.

Finalmente, Alejandro dio un paso atrás.

—Entiendo —dijo, sin entender nada—. No te preocupes, Emily. Yo… no volveré a molestarte con esto.

Se dio media vuelta.

Emily no lo detuvo. Sabía que si lo hacía, solo empeoraría todo.

Cuando Alejandro se alejó por el pasillo, su sombra pareció encogerse. En el juego, ese era el momento en que nacía la grieta que lo llevaría, años después, a enfrentarse al Lusian demonizado junto a Emily, como héroes bendecidos por la luz y el fuego.

Pero ahora…

Ahora ese futuro se estaba reescribiendo.

Y nadie sabía en qué terminaría.

Lusian avanzaba junto al conde Daniel sobre la muralla exterior recién reforzada.

Adele los seguía a unos pasos, tan silenciosa como una sombra. A su lado, el tigre blanco —ya del tamaño de un gran felino adulto, ojos azules como fragmentos de hielo— observaba cada movimiento del entorno con atención casi humana.

Bajo la dirección de Lusian, la ciudad estaba transformándose a una velocidad nunca antes vista.

Un segundo muro se levantaba a unos metros del primero, grueso y sólido, construido con piedra recién cortada.

Entre ambas murallas, los trabajadores excavaban un foso profundo que pronto sería llenado con agua desviada del río.

—Nunca imaginé que reforzaríamos la ciudad a este nivel… —murmuró el conde. En su voz convivían alivio y un temor que no se atrevía a admitir.

Emily se encontraba cerca, observando cómo Lusian dirigía a ingenieros, capataces y soldados con una seguridad inquebrantable.

—¿Funcionará? —preguntó, acercándose a él.

—Nada detiene para siempre a un monstruo de alto nivel —respondió sin alzar la voz—. Pero podemos retrasarlos. Y sobrevivir es una cuestión de tiempo… y de preparación.

Emily lo observó largamente.

Había algo inquietante en su convicción, en cómo hablaba del futuro como si lo hubiera presenciado ya.

—Si la primera muralla cae, la segunda nos dará margen de maniobra —continuó Lusian, marcando con tiza las zonas donde colocarían anclajes y refuerzos—. No es perfecto… pero aumentará nuestras posibilidades.

Soldados y campesinos trabajaban día y noche en la construcción del segundo muro. El golpeteo de martillos, el crujir de maderas y los gritos de coordinación llenaban el aire.

Entonces, el mundo tembló.

BOOM.

Un estruendo sordo retumbó en la distancia.

Le siguió el galope desesperado de varios caballos.

Una patrulla emergió del camino polvoriento, cruzando el portón principal a toda velocidad. Las armaduras de los hombres estaban arañadas y manchadas de sangre. Uno de ellos apenas podía mantenerse sobre su montura.

—¡Abran paso! ¡Urgente para el señor del territorio! —gritó el capitán.

Lusian y el conde descendieron de la muralla justo cuando la patrulla desmontaba apresurada.

El capitán, jadeante y con el rostro pálido, cayó de rodillas ante su señor.

—Mi lord… nuevas bestias han aparecido. No son como las de la semana pasada… estas son… de nivel mucho mayor.

El conde sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Cuánto mayores? —preguntó, intentando mantener la calma.

El capitán levantó la vista.

El terror en sus ojos desmentía cualquier exageración.

—Entre nivel 55 y 60, mi lord. Y no era una… eran muchas. Demasiadas. Como si… como si el bosque las hubiera expulsado.

El silencio se volvió denso, sofocante.

Lusian cerró los ojos un instante.

Así había empezado todo, en el juego.

El preludio del colapso mundial.

—Mi señor —dijo finalmente, con una seriedad que heló la sangre de los presentes—. La calamidad apenas comienza.

Adele apretó la mandíbula. Su tigre gruñó, erizando el lomo, como si percibiera el peligro más allá de los árboles.

—Debemos preparar a las tropas —continuó Lusian—. Y evacuaen las persona que estan fuera de la muralla cuanto antes. No estamos enfrentando monstruos comunes… esto es solo el inicio.

El conde y Emily intercambiaron una mirada.

La tranquilidad del territorio Carter había terminado.

“La grieta de los aliados”

En las semanas que llevaba en el territorio Carter, Lusian había vuelto el ejército local irreconocible.

Lo que antes era un conjunto de guardias dispersos, cazadores improvisados y campesinos armados, ahora empezaba a tomar la forma de una fuerza militar organizada.

Bajo su mando directo, surgieron nuevas divisiones:

Unidades de choque reforzadas, equipadas con armaduras de placas y escudos pesados, diseñadas para enfrentar monstruos de embestida brutal.

Escuadras de apoyo mágico, compuestas por los pocos magos del condado y reforzadas por tres magos Douglas, capaces de lanzar descargas de maná a larga distancia.

Grupos de defensa rápida, veloces y ligeros, entrenados para evacuar civiles y cerrar brechas en las murallas.

Un cuerpo de exploradores, expertos en sigilo, encargados de detectar mutaciones en los bosques y predecir los patrones de movimiento de las bestias.

Entrenaban desde el amanecer hasta la noche.

La disciplina, que antes era un lujo, ahora se respiraba en el aire.

Lusian caminaba entre las formaciones, corrigiendo posturas, ajustando estrategias, repitiendo una y otra vez:

—Contra monstruos, la coordinación es más fuerte que la espada.

El conde Daniel observaba desde las gradas, abrumado.

—Tu territorio estará entre los más preparados del reino —aseguró Lusian, sin levantar la voz.

Daniel tragó saliva, profundamente consciente de la realidad.

—Te debemos demasiado… —susurró, con una mezcla de gratitud y cierta vergüenza.

Porque, hasta hacía muy poco, había albergado resentimiento hacia Lusian por asuntos del corazón.

Y aun así, ese joven estaba salvando su hogar.

Mientras tanto, las tropas Douglas permanecían en retaguardia.

No participaban directamente en el entrenamiento:

solo sus magos, expertos en combate a distancia, lanzaban descargas controladas para simular ataques reales.

Los caballeros Douglas observaban desde lejos, listos para intervenir si la situación se salía de control, pero sin opacar el entrenamiento del condado.

Lusian había sido claro:

—Ellos deben aprender a defenderse por sí mismos. Si los protegemos demasiado… morirán en la primera batalla real.

Nadie se atrevió a discutirle.

Y gracias a esa decisión, el día en que las bestias de nivel 55+ llegaron rugiendo desde el bosque…

Los hombres del condado no huyeron.

No se dispersaron.

No cayeron en caos.

Tomaron formación como Lusian les había enseñado.

Los magos Douglas elevaron círculos mágicos en la retaguardia.

Los exploradores escalaron la muralla interna para observar las rutas de embestida.

Las unidades de choque clavaron escudos y lanzas en el suelo.

Los primeros rugidos sacudieron la tierra antes de que los monstruos salieran del bosque.

Sombras enormes, cuerpos tensos, ojos brillando con inteligencia salvaje.

Nivel 55.

Nivel 57.

Nivel 60.

Demasiado fuertes para un territorio rural.

Pero los hombres del condado Carter no retrocedieron.

A la orden del capitán, levantaron escudos y lanzas, formando la muralla improvisada que Lusian les había enseñado.

—¡Primera línea, firme! ¡No cedan! —gritó el capitán.

El choque fue brutal.

Las garras chocaron contra los escudos, los hombres temblaron bajo la embestida, pero resistieron.

Por un momento… parecía posible.

Hasta que no lo fue.

Un monstruo del tamaño de un carro rompió la formación de la derecha. Otro saltó por encima de los escudos, cayendo sobre dos lanceros. Gritos. Sangre. Caos.

Desde la muralla, Lusian analizó la situación con la velocidad fría de un estratega.

«Aún no están listos. Si los dejo ahí… los perderé.»

A su lado, Adele tensó su lanza, su tigre blanco erizado, pero Lusian levantó la mano.

—Tú no. Mantén tu posición —ordenó con firmeza.

Ella asintió al instante, sin protestar. Era su escolta. Su única misión era protegerlo.

Lusian alzó la voz, proyectando autoridad sobre toda la muralla:

—¡Magos Douglas, avancen! ¡Ralentizamiento en área, YA!

Tres círculos mágicos se encendieron detrás de él.

Runa tras runa se encendió como un sol desbordante.

—Ṃȳr—Khal Vërr! —entonaron al unísono.

Una onda de maná se expandió como un estallido azul.

Los monstruos tropezaron, sus movimientos ralentizados por una pesadez invisible.

—¡Tropas del condado, retirada ordenada! —gritó Lusian—. ¡Entren a la ciudad! ¡No rompan formación!

Los capitanes repitieron la orden, y los hombres retrocedieron paso a paso, sudorosos, temblorosos, pero disciplinados.

Ya no eran campesinos dispersos.

Eran soldados retirándose sin colapsar.

Justo cuando los monstruos estaban a punto de abalanzarse sobre ellos…

Lusian levantó un brazo.

—¡Caballeros Douglas, AVANCEN!

Las tropas del ducado irrumpieron desde el portón oeste como una ola de acero.

Más de doscientas unidades élite, cada una de nivel superior.

El suelo tembló con la carga.

Los escudos Douglas chocaron contra los monstruos con fuerza devastadora.

Lanzas reforzadas atravesaron piel endurecida.

Los magos del ducado continuaron desde la retaguardia, lanzando proyectiles de maná y barreras temporales que desviaban ataques.

Adele se mantuvo detrás de Lusian, lista para matar a cualquiera que se acercara demasiado.

—Es suficiente —murmuró él, observando cómo sus tropas ejecutaban maniobras de precisión quirúrgica—. No permitiremos bajas innecesarias hoy.

En menos de quince minutos, la balanza había cambiado.

En treinta, los monstruos estaban muertos o huyendo de regreso al bosque.

Un silencio pesado cayó sobre el terreno.

El olor a sangre y a tierra quemada impregnaba el aire.

Lusian descendió por la muralla y caminó entre los heridos.

Adele lo siguió como una sombra fiel, el tigre blanco vigilante.

—Lleven a los heridos al puesto médico —ordenó Lusian—. Magos de sanación, prioricen a los que puedan volver a levantarse pronto.

Los hombres de Daniel, exhaustos, lo miraban con una mezcla de respeto y vergüenza.

Él simplemente dijo:

—Hoy hicieron lo mejor que podían. No es culpa de ustedes que el mundo haya cambiado… y no esperará a que estén listos.

El conde Daniel cerró el puño con fuerza.

—Lusian… gracias. Sin tus tropas, habría sido una masacre.

Lusian negó con la cabeza.

—Aún no celebramos nada. Esto fue solo un test. Los monstruos de verdad están por venir.

Y todos, desde Daniel hasta el soldado más joven, sintieron un escalofrío recorrerles el alma.

“Entre el Deber y los Sentimientos”

La noche cayó sobre el castillo del condado Carter como un manto silencioso.

Lusian caminó hacia su habitación agotado por la batalla, por las órdenes, por el peso del futuro que solo él conocía.

Adele lo seguía a tres pasos, tan silenciosa que parecía deslizarse.

Al cerrar la puerta, ocurrió lo de siempre.

Adele se adelantó sin una palabra.

Dejó su lanza en la pared.

Encendió la lámpara de esencia.

Preparó agua caliente.

Revisó la temperatura de la habitación.

Colocó la ropa nocturna en la cama.

Con movimientos suaves, casi rituales.

Adele era siempre así cuando estaban solos:

seria, impecable… y extrañamente cercana.

Como una mezcla entre sirvienta devota, guerrera disciplinada…

y algo más profundo que ella misma no entendía.

Cuando Lusian se sentó, ella se arrodilló para retirarle las botas.

—Adele… —intentó detenerla—. No es necesario que hagas todo esto.

Ella levantó la vista. Su rostro firme se rompió por un instante en un rubor leve.

—Es mi deber —susurró—. No… mi obligación. Así me lo enseñó la duquesa.

Luego bajó la mirada, como si hubiera dicho algo indebido.

Lusian suspiró. Sabía que discutir era inútil.

Desde pequeños había sido así.

Para Adele, servirlo no era una tarea, sino una parte de su identidad.

Cuando él se recostó, ella apagó la lámpara y, como cada noche desde que llegaron al condado, se deslizó en la cama junto a él.

No para “hacer” nada.

Ni para buscar algo físico.

Solo para tomarle la mano, como si ese acto la mantuviera viva.

Lusian sintió su mejilla apoyarse en su brazo.

El calor suave.

La respiración agitada por la timidez.

—Adele… en serio. No tienes que dormir aquí.

Ella tembló apenas.

—Si duermo lejos… siento que fallo en protegerte.

Eso no era todo.

Lusian lo sabía.

Cualquiera lo sabría con un mínimo de sensibilidad.

Pero Adele… era inocente.

Peligrosamente inocente.

A veces, cuando ella se acomodaba contra él, Lusian veía los enormes ojos azules del tigre blanco reflejados en los de ella:

devoción absoluta.

Lealtad sin condiciones.

Y, sin proponérselo, pensó:

«El Lusian original… ¿por qué nunca se enamoró de ella?

Es hermosa… valiente… fiel hasta la muerte.

Quizá… sí lo hizo, pero nunca se dijo en la historia.»

La idea le atravesó la mente como un relámpago.

«¿Y si Adele era su amante…?

¿Y si esa lealtad imposible no venía solo del deber?»

Adele lo abrazó por la cintura, inocente, sincera, apoyando el rostro en su pecho.

—Buenas noches… mi señor —susurró con una ternura que ella misma no entendía.

Lusian cerró los ojos, sin responder.

Dormir con Adele era…

peligroso.

Por lo que él sentía.

Y por lo que ella creía.

Porque Adele, criada por Sofia Douglas, había sido educada con una idea antigua:

“Sirves a tu señor con tu vida… y con tu corazón.”

Y Adele, con quince años cuando empezó a dormir a su lado, realmente creía que:

abrazarlo

tocar su mano

compartir su cama

…era la forma natural en que una mujer quedaba embarazada.

Una niña creciendo al lado de un monstruo gentil.

Sin entender el mundo.

Convencida de que ya pertenecía a Lusian.

Al día siguiente, mientras desayunaban en el salón principal, Emily no pudo evitar observar a Adele.

La joven douglas estaba de pie, unos pasos detrás de Lusian, como siempre: silenciosa, atenta, cuidando cada detalle sin necesidad de órdenes. Su tigre blanco descansaba a su lado, respirando con calma, pero con los ojos siempre vigilantes.

Había algo en esa imagen —esa sincronía perfecta— que no dejaba en paz la mente de Emily.

Finalmente, se inclinó un poco hacia Lusian.

—Lusian… —preguntó en voz baja—. ¿Qué tipo de vínculo tienen ustedes? No hablo solo de escolta y maestro. Es más profundo, ¿verdad?

Lusian dejó la taza sobre la mesa con un leve suspiro.

No era una pregunta inesperada… solo inevitable.

—Sí —respondió con serenidad—. Adele y yo hemos estado juntos desde hace muchos años, cuando tenía ocho años, su aldea fue destruida por una bestia mágica.

Una tigresa de alto nivel. Arrasó con todo.

Adele sobrevivió escondida bajo los restos de su casa.

Emily bajó la mirada, conteniendo un estremecimiento.

—Mi madre llegó allí durante una expedición —continuó Lusian—. Montaba a Thunder, y su bestia guardiana iba a su lado.

Mató a la tigresa.

Luego sonrió—apenas.

—Pero encontró algo más: un cachorro.

Un tigre blanco de afinidad épsilon. Una bestia destinada a convertirse en una calamidad viviente.

Emily abrió los ojos, impresionada.

—¿Y tu madre lo entregó a Adele?

Lusian asintió.

—También descubrió que Adele tenía afinidad gamma para la doma de bestias. Era perfecta para él.

Desde entonces crecieron juntos… lentamente al principio.

Mi madre controló el crecimiento del tigre para que Adele pudiera manejarlo.

Pero ahora, con el fenómeno del maná… ya no hay límites.

Ha subido del nivel 52 al 60 en solo semanas.

Emily observó a Adele desde lejos.

La chica acariciaba al tigre como si fuera parte de su alma.

—¿Y por eso ella te sirve? —preguntó Emily suavemente.

Lusian bajó la mirada.

—Mi madre le dijo que su misión sería protegerme… hasta el día en que muriera.

Adele tomó esas palabras como un voto.

No como un deber.

Emily sintió una punzada de compasión al ver a la chica —tan fuerte en batalla, tan tímida con Lusian— observándolo siempre como si respirara por él.

Algo más profundo que un juramento.

Más antiguo que una promesa.

Lealtad absoluta.

Cariño silencioso.

Y un amor que Adele no sabía expresar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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