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GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 33

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Capítulo 33: Capítulo 33 La Ascensión del Duque

“Acero, Sangre y Orgullo”

La mañana avanzaba tranquila, pero Emily caminaba por los pasillos del castillo con pasos distraídos y un nudo persistente en el estómago.

Desde la noche anterior, cuando Lusian le informó que partiría hacia el Ducado en tres días, no había logrado ordenar sus emociones.

Se había acostumbrado a él.

A su presencia.

A la seguridad silenciosa que irradiaba.

Y ahora que se iba…

Había un vacío incómodo, casi doloroso, justo bajo su pecho.

Emily suspiró mientras giraba por el corredor que conducía al ala donde se alojaban Lusian y su escolta. Pero al acercarse, escuchó algo inesperado:

Steel vs steel.

El choque rítmico de espadas, acompañado de una voz femenina…

una voz que ella nunca hubiese asociado con entusiasmo:

—¡Vamos, mi señor! ¡Esta vez lo vencerás! —gritó Adele con una energía impropia de su semblante frío.

Emily parpadeó.

¿Adele… animando?

Era un lado de ella que solo había descubierto hacía poco:

cuando se trataba de Lusian, todo lo demás desaparecía.

Emily se acercó al patio de entrenamiento, asomándose sin hacer ruido.

Y allí estaban.

Albert, el espadachín más fuerte del reino, moviéndose con una gracia feroz.

Y frente a él, Lusian, empuñando su espada con una fluidez que no tenía un mes atrás… pero aun así claramente superado.

—¡Haaah! —Albert embistió, desviando el ataque de Lusian con facilidad.

Lusian retrocedió varios pasos, golpeado por el impacto.

Cayó al suelo, rodó, se levantó de inmediato y volvió a atacar.

Una y otra vez.

Sin quejarse.

Sin pedir tregua.

Emily observó, y con cada embate, con cada caída, con cada golpe brutal, su ceño se fruncía más y más.

¿Por qué Albert lo trataba así? ¿Acaso no era su subordinado? ¿Por qué lo golpea tan fuerte?

¿Y por qué Lusian lo permite?

Albert detuvo un ataque y aprovechó el impulso para lanzar un puño directo al rostro de Lusian.

CRACK.

La sangre brotó de la boca de Lusian.

Adele dejó de animar de inmediato.

El aire alrededor de ella y de su tigre se heló, literalmente. El felino blanco se cubrió de un manto de maná que levantó polvo y piedras del suelo.

Emily, sin darse cuenta, corrió hacia Lusian.

Se arrodilló frente a él, tomó su rostro con ambas manos y lo inclinó hacia la luz.

La sangre resbalaba por su labio.

—Lusian… —su voz tembló— ¿estás bien?

Sus rostros estaban demasiado cerca.

Demasiado.

A un lado, Adele estaba furiosa.

—¡Te excediste, Albert! —gritó, la lanza en mano y lista para abalanzarse.

El tigre rugió, una nota grave que hizo vibrar el aire.

Albert no movió siquiera un músculo.

Solo suspiró, ladeando la cabeza con fastidio.

Pero antes de que Adele pudiera avanzar, Lusian alzó una mano.

—No interrumpan —ordenó él, sin pizca de enojo—. Es solo entrenamiento.

Emily lo miró, incrédula.

¿Solo entrenamiento? Le rompieron la cara…

Aun así, activó un hechizo de luz y dejó que su maná corriera por la piel de Lusian, cerrando la herida con cuidado. Mientras lo hacía, su pulgar rozó su mejilla sin querer.

Albert se apartó y se sentó junto a Garet, el maestro de magia oscura.

Este lo miró de reojo.

—Te pasaste un poco —murmuró Garet.

Albert sonrió.

—Solo observa.

Ambos dirigieron la mirada a donde Emily seguía inclinada sobre Lusian, manos aún en su rostro, concentrada en sanarlo.

Cuando terminó, Emily le lanzó a Albert una mirada de puro desprecio. Luego volvió la vista a Lusian.

—N-no deberías esforzarte tanto… —balbuceó— Y tus subordinados no deberían golpearte así. Aunque sea entrenamiento… podrían tener algo de respeto.

Lusian solo sonrió suavemente. Pero por dentro ¿Por qué Emily vino corriendo?

—Estoy bien. Y no puedo flojear. Si quiero avanzar, debo aguantar esto.

Emily sintió que el corazón le daba un vuelco.

Lo miró a los ojos… y entonces se dio cuenta de que seguía sosteniéndole la cara.

Saltó hacia atrás con un respingo, roja como un atardecer.

—M-mis padres quieren hablar contigo —dijo atropelladamente—. Te esperan cuando termines.

Y salió casi corriendo del patio.

Adele, en cambio, se acercó sin el menor apuro.

Inspeccionó a Lusian con toda la seriedad del mundo, revisando cada centímetro de su rostro y cuello.

Luego levantó la mirada hacia Albert.

Una mirada afilada.

Asesina.

Prometedora de desgracias.

Albert fingió no verla.

El amanecer del día de la despedida llegó con un cielo limpio, teñido por un tenue brillo azulado: un síntoma más del incremento del maná en el ambiente. Lusian, de pie sobre la plaza central, observaba por última vez a las tropas recién formadas del condado. Habían avanzado mucho en apenas un mes, pero aún tenían un largo camino por recorrer. Él había hecho cuanto le era posible; lo que viniera después dependería de su disciplina y voluntad.

Detrás de él, los carruajes de almacenamiento —junto con los demás artefactos mágicos para conservar víveres— permanecían abiertos y completamente llenos. Había provisiones suficientes para tres meses, cuidadosamente distribuidas entre granos, carnes preservadas y agua purificada. No se los llevaría. Todo quedaba para el condado.

Gracias a las reformas de Lusian, ya no dependían exclusivamente de los campos exteriores. Dentro de las murallas se había habilitado una extensa zona de cultivos protegidos, y además se había implementado un sistema nuevo para este mundo: los Invernáculos Arcanos, una adaptación de una de las tecnologías avanzadas del juego.

El conde y sus consejeros los miraban con asombro incluso ahora.

Sobre los tejados de las casas, torres y almacenes crecían plantas de la especie manavid trepadora, un cultivo de hojas gruesas y frutos nutritivos que prosperaba con el flujo aumentado de maná. Se enroscaban en soportes elevados, cubriendo los techos con un manto verde esmeralda que hacía parecer a la ciudad una colina viviente.

Desde lejos, cualquiera hubiese pensado que no había urbes en la región, solo un bosque compacto abrazando las murallas. La ilusión era tal que, si no fuera por las torres de vigilancia, sería imposible adivinar que 30.000 personas vivían allí.

Lusian contempló la escena con una mezcla de satisfacción y nostalgia.

En el juego, esos sistemas habían sido introducidos tarde, demasiado tarde. Las ciudades cayeron una tras otra cuando la gente ya no podía salir a cultivar ni cazar sin arriesgar la vida. El hambre había diezmado más población que los propios monstruos.

Pero aquí… aquí todavía estaba a tiempo de cambiar la historia.

El carruaje que lo llevaría de regreso al ducado ya estaba listo. Adele esperaba cerca, recta como una lanza, observando todo con la expresión estoica característica de la casa Douglas.

Cuando Lusian se giró para dar el primer paso hacia la salida, encontró a Emily esperándolo junto a la puerta del carruaje.

La joven llevaba la mirada baja y los dedos entrelazados con tensión. Habían pasado semanas desde que se vieron por primera vez en aquella cena incómoda, y ahora parecía otra mujer: más firme, más consciente… y también más confundida.

Se quedaron en silencio. Uno largo.

Emily respiró hondo, intentando ordenar las palabras que llevaba días ensayando.

—Cuídate mucho —murmuró al fin, sin levantar la mirada.

—Claro… tú también —respondió Lusian, suave.

El silencio volvió a caer, esta vez más espeso. Era una despedida que ninguno de los dos sabía cómo manejar.

Y entonces, sin advertencia alguna, Emily dio un paso adelante, tomó a Lusian del cuello de su capa… y lo besó.

No fue un beso tímido ni robado. Fue firme. Lleno de decisión. Y también de miedo.

Lusian no se sorprendió del gesto, pero algo dentro de él se tensó. No era el sabor de sus labios, sino la certeza de lo que significaba. Emily no había jugado. No había duda.

Quedó paralizado. Era cierto que se habían besado el día del compromiso, pero aquello había sido formal, un gesto político.

Este, en cambio, era real.

Cuando Emily se separó, tenía las mejillas encendidas, los ojos firmes… y un leve temblor en los labios.

—Lo siento… pero no pienso renunciar a lo que soy. Soy tu prometida. —Apretó los puños—. Y voy a reclamar ese lugar, sin importar quién más esté a tu lado. Incluso… aunque la princesa Elizabeth ya haya ocupado tu corazón.

Lusian inhaló lentamente. No sabía qué responder. No en ese momento.

Caminó unos pasos en silencio, recordando su mirada. “Si la dejo pensar que esto ya es algo… mañana otra podría usarlo como excusa. ¿Y yo?”

Sacudió la cabeza. No podía permitirse responder solo al deseo. Juramentos, linajes, vidas… todo se enredaba con un simple beso.

Emily se apoyó en la puerta, respirando entrecortada. Él respiró hondo, sin decir nada. No era momento de palabras heroicas. Solo de sopesar lo que estaba en juego.

Ella dio un paso atrás, dejando el camino libre.

Lusian subió al carruaje sin mirar atrás.

Pero alguien sí miraba.

A varios metros, oculto entre las sombras de una torre parcialmente reconstruida, Alejandro observaba la escena con los ojos ennegrecidos por la ira. La mano le temblaba alrededor de la empuñadura de su espada, y cada latido parecía un tambor de guerra.

El carruaje de Lusian comenzó a moverse.

Y con él, el odio de Alejandro creció un poco más.

“Unidad en la Caza”

La caravana del ducado avanzaba por el viejo camino.

Entre los árboles, el viento traía un olor extraño… un olor nuevo.

El regreso hacia el ducado había comenzado hacía varios días, pero el ambiente entre soldados y aventureros ya no era el mismo que al principio del viaje de ida.

Un mes entero en el condado Carter había cambiado todo.

Patrullas mixtas.

Guardias nocturnas compartidas.

Batallas improvisadas contra monstruos que aparecían casi a diario.

Los soldados del ducado habían aprendido a confiar en la intuición de los aventureros para detectar peligro antes de que ocurriera…

Y los aventureros habían aprendido a admirar la disciplina, la formación cerrada y la capacidad destructiva de las unidades Douglas.

Ahora marchaban juntos.

Ya no como grupos diferentes…

sino como un engranaje único.

Ese día, al borde de un bosque extraño y distorsionado por el exceso de maná, un explorador llegó a toda velocidad.

—Mi lord —jadeó—, en el flanco derecho… demasiados monstruos. Se están agrupando.

Lusian entrecerró los ojos. Podía sentirlo.

Las vibraciones bajo la tierra.

El maná en el aire.

Albert murmuró:

—Podría ser una manada.

Pero Lirianne, que llevaba semanas cooperando con los exploradores del ducado, negó sin dudar.

—Es una caza en espiral —dijo con tono experto—.

Los monstruos están empujando a sus presas hacia un punto… y ese punto somos nosotros.

Ningún soldado discutió.

Todos sabían que, cuando se trataba de monstruos, los aventureros tenían la última palabra.

Lusian preguntó:

—¿Qué propones?

Lirianne respiró hondo. Ya no temía hablar; se había ganado ese derecho.

—Una unidad mixta.

Aventureros rápidos, exploradores con baja carga de armamento.

Si derribamos al Alfa, la espiral colapsa.

Si no lo hacemos… nos embestirán todos a la vez.

El capitán del ducado, que antes habría protestado, simplemente asintió.

—Tiene sentido. Ellos conocen estas tácticas.

Lusian sonrió levemente.

—Entonces, Lirianne Velmont. Dirigirás la unidad.

La aventurera inclinó la cabeza con formalidad, aunque ya no estaba nerviosa como en el primer encuentro.

—A su servicio, mi lord.

Treinta combatientes partieron.

Quince soldados —ligeros, entrenados estos últimos días en incursiones forestales—.

Quince aventureros —entre ellos las cinco de Corriente Azul—.

Para cualquiera que los hubiera visto un mes atrás, habría parecido imposible.

Pero ahora…

Los soldados avanzaban en silencio, cubriendo ángulos, asegurando líneas.

Los aventureros se movían como sombras, leyendo las huellas, midiendo distancias, controlando el gasto de maná.

Era una unidad mixta completamente funcional.

Y luego lo oyeron.

Un rugido largo, húmedo, cargado de odio.

El Alfa.

Un ciervo mutado, gigantesco, con astas de hueso afilado y músculos tensos bajo la piel negra. Sus ojos vacíos emanaban un brillo antinatural.

Lirianne levantó la mano.

—¡Formación delta mixta!

¡Aventureros a los flancos, exploradores en cobertura!

¡Corten las articulaciones, no el torso!

Los soldados obedecieron con la precisión que les caracterizaba.

Pero ahora lo hacían sin cuestionar las órdenes de una aventurera.

Kaela saltó desde una rama, su cuchillo de maná azul desviando la embestida.

Los exploradores del ducado cerraron la ruta de escape del monstruo con movimientos fluidos.

Dos estilos.

Dos mundos.

Una sola unidad.

El Alfa giró, furioso, cargando de nuevo…

y Lusian lanzó una lanza de luz pura que atravesó su cuello de lado a lado.

El monstruo cayó.

El silencio regresó al bosque.

Y luego, los gritos.

No de miedo.

De triunfo.

Aventureros chocando los puños con soldados.

Soldados felicitando a las mujeres de Corriente Azul.

Risas cansadas.

Respiraciones temblorosas.

Lirianne se acercó a Lusian, limpiándose el sudor de la frente.

—Buen tiro, mi lord.

—Buen rastreo —respondió él con tranquilidad.

Ambos siguieron caminando hacia el resto del grupo.

Ni uno, ni otro, pensó demasiado en lo que acababa de pasar.

Era simplemente lo que funcionaba.

“Un Ducado Verde”

Cuando la caravana cruzó finalmente las murallas, Lusian se quedó quieto por un instante… como si hubiera entrado en otra ciudad.

El ducado entero estaba envuelto en verde.

No un verde decorativo.

No un verde ornamental.

Era verde de supervivencia.

En los tejados, en balcones, sobre arcadas y pasarelas, crecían los largos tallos flexibles de las Lianas Nutrián, una planta que ningún botánico de este mundo había visto antes de la Tormenta del Maná. Para la gente eran una extraña bendición reciente; para Lusian, en cambio, eran un recurso crítico que conocía demasiado bien del juego.

Frutos pequeños y ovalados pendían en racimos, siempre maduros, siempre listos. Su sabor era simple, nada especial… pero bastaba para mantener con vida a toda una ciudad sin depender de campos abiertos.

Exactamente como en las ciudades humanas que sobrevivían en el juego.

Y ahora, ese conocimiento secreto de Lusian florecía aquí, en su mundo real.

—Ahora somos elfos… —murmuró para sí, al ver cómo una rama cargada de frutos se enroscaba alrededor de una chimenea de piedra.

La broma tenía peso:

en el juego, los elfos fueron quienes enseñaron a los humanos a comer estas plantas y a cultivarlas sobre las estructuras urbanas para sobrevivir al encierro.

Para los ciudadanos, aquello era novedoso y práctico.

Para Lusian… era un sistema indispensable para evitar el hambre masiva.

Pero más allá de la vegetación, lo que realmente impactaba eran las nuevas casas: bloques enteros levantados en apenas semanas, con techos reforzados para soportar las Lianas Nutrián y patios comunes convertidos en pequeños invernaderos urbanos improvisados.

Miles de refugiados caminaban por las calles, mezclándose con los habitantes originales. Miradas cansadas, manos ocupadas… pero vivas.

Vivas gracias al trabajo del ducado.

Y a la información que solo Lusian poseía.

Al pie de la escalinata del castillo, su madre lo esperaba.

Sofía corrió hacia él apenas lo vio, abrazándolo con tanta fuerza que casi le cortó la respiración.

—Estás bien… —susurró contra su hombro, como si hubiera contenido ese aliento por un mes entero.

Lusian la sostuvo.

No necesitaba explicarle que estaba sano, ni que el viaje había sido seguro.

Aunque Albert, a unos pasos detrás, cargaba en silencio con una caja negra metálica: el artefacto espacial de emergencia. Una pieza legendaria, parte de un conjunto de dos. Una estaba ahí, con Albert. La otra… en la torre arcana del castillo.

Un solo uso.

Cinco personas.

Un valor tan alto que podía comprar un territorio pequeño.

Solo Sofía y Albert sabían de su existencia.

Y aun así, Sofía siguió temiendo cada día que su hijo no regresara.

—Estoy aquí, madre —respondió Lusian suavemente.

Ella se separó un poco, lo tomó de la cara y lo observó con ojos húmedos, como si necesitara confirmar que no era una ilusión.

—Tu ascensión será en una semana —dijo finalmente, intentando retomar compostura—. Ya han llegado los nobles para el juramento. Solo esperaban… que volvieras.

Lusian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El juramento del duque no era simbólico.

Era un contrato de vida… y muerte.

Él juraría proteger el ducado y el reino.

Y los nobles del ducado jurarían servirlo con lealtad hasta su último aliento.

Un peso que se sentía casi físico sobre sus hombros.

Al llegar a sus aposentos, encontró a Isabella esperándolo.

La joven estaba de pie junto a la cama, envuelta en una bata casi transparente que no ocultaba nada. Su mirada cálida y segura contrastaba con la torpeza que él aún tenía en asuntos de intimidad.

Isabella sonrió apenas.

—Bienvenido a casa, mi lord.

Lusian tragó saliva… y la distancia entre ellos desapareció.

Lusian no era de piedra.

Nunca lo había sido.

Y después de semanas enfrentando muerte, tensión y responsabilidad… el calor humano resultaba imposible de ignorar.

Se saludaron…

y la intimidad se hizo inevitable, natural, buscada por ambos.

La puerta quedó entreabierta por accidente.

Adela subía las escaleras con una pequeña sonrisa.

Como cada noche en el viaje, pensaba dormir cerca de Lusian, tomada de su mano, escuchando su respiración para sentirse segura.

Era lo más parecido a un ritual para ella.

Pero lo que vio la dejó helada.

Isabella y Lusian estaban muy juntos.

Demasiado juntos.

Sus cuerpos entrelazados…

Los gemidos suaves.

Isabella aferrando la espalda de Lusian.

Las piernas enredadas.

La piel contra piel.

Un movimiento rítmico que ella no comprendía.

Adela abrió mucho los ojos, su rostro rojo como una manzana recién arrancada.

Para ella, que solo entendía la compañía, la lucha y el vínculo, aquello era desconocido… y confuso.

—¿Qué… están…? —susurró, pero la voz se le quebró.

Sus mejillas se volvieron rojas.

No entendía lo que veía… pero sabía que no era algo para interrumpir.

Retrocedió de inmediato, cerrando la puerta sin hacer ruido.

No estaba molesta.

Solo… avergonzada.

Y sin entender.

Con la mano temblando, se llevó los dedos a los labios, intentando comprender qué era esa cercanía tan extraña que acababa de ver.

No sabía ponerle nombre.

Solo sabía que no quería molestar.

Y se alejó en silencio por el pasillo.

Por primera vez desde que conoció a Lusian…

no supo qué debía hacer.

La plaza central del Ducado Douglas estaba irreconocible.

Miles de personas —refugiados, artesanos, soldados, nobles y campesinos— llenaban cada rincón. Banderas color verde oscuro, teñidas con el emblema del lobo de la casa Douglas, ondeaban sobre los balcones. Las murallas interiores estaban cubiertas de hojas vivas; las plantas que Lusian había introducido daban a la capital un aire antiguo, casi sagrado.

Al centro, sobre la plataforma ceremonial, descansaba una armadura ennegrecida por la sangre y el tiempo.

La armadura del duque Lawrence Douglas.

Era una tradición más antigua que el propio reino:

antes de que un nuevo duque fuera nombrado, toda la nobleza debía rendir homenaje al duque caído.

No recordaban la última vez que un duque Douglas había muerto de viejo.

Ese no era el destino de su linaje.

Siempre morían antes, siempre con la espada en la mano.

Albert avanzó primero. Se arrodilló ante la armadura y colocó el yelmo sobre el pecho, en silencio.

Uno a uno, los nobles siguieron el ejemplo.

Sin palabras.

Solo respeto.

Solo historia.

Cuando el último noble se levantó, el silencio dominaba la plaza. Ni los niños se atrevían a respirar demasiado fuerte.

Un heraldo anunció:

—¡Se aproxima Lusian Douglas, heredero del ducado!

Lusian caminó hasta el centro de la plataforma.

La capa verde profundo rozaba la piedra.

Sentía los ojos de treinta mil personas encima de él.

El peso lo aplastaba.

No el de la capa.

El del nombre.

El del deber.

Cuando se encontró frente a la armadura de su padre, su pecho se cerró. No lo había conocido realmente, pero el eco de su legado lo atravesaba.

Un sacerdote militar dio un paso adelante.

—Lusian Douglas, hijo del duque Lawrence.

Ante tu pueblo, ante la tierra que pisas, ante los muros que protegen estas vidas… ¿juras otorgar tu vida, tu espada y tu alma a este ducado, sin pedir nada a cambio?

Lusian exhaló.

—Lo juro.

Por mi gente.

Por los que han caído.

Por los que aún viven.

Y por los que nacerán mañana.

Un murmullo recorrió la plaza.

Como viento.

Como un suspiro colectivo.

Entonces ocurrió lo impensable.

Sofía Douglas —la Duquesa, la mujer que había rechazado inclinarse ante reyes, príncipes, generales o templos— avanzó.

Se colocó frente a su hijo.

Y se arrodilló.

El murmullo se volvió un rugido ahogado. Era un acto sin precedentes.

Su voz temblaba, pero no de miedo.

—Mi duque —dijo, con la cabeza inclinada—.

Aquí juro servirte con todo lo que soy, con mi vida y con mi honor, como lo más fiel de tus vasallos.

El sonido del corazón de Lusian retumbó en sus oídos.

Estaba helado.

Confundido.

Aterrorizado.

No por el poder…

Sino por la responsabilidad que representaba ese gesto.

Uno a uno, los nobles repitieron el acto.

Luego los caballeros.

Luego los soldados.

Luego el pueblo entero.

Decenas de miles arrodillándose como una sola criatura, como un solo suspiro que buscaba tocar el cielo.

Un rugido nació de las gargantas de todos:

—¡Larga vida al Duque Douglas!

—¡Larga vida al protector del ducado!

—¡Larga vida a Lusian!

El grito fue tan fuerte que parecía sacudir las montañas.

Lusian… no sabía qué sentir.

Orgullo.

Miedo.

Esperanza.

Duda.

Todo se mezclaba en un torbellino que le oprimía el pecho.

«¿Seré digno de esto?»

La pregunta se quedó flotando en su mente mientras el pueblo celebraba.

El ducado seguía respirando bajo un cielo verde.

No era solo la vegetación que trepaba por las casas:

era el maná mismo, vivo, alterando el ritmo del mundo.

Lusian caminaba por los pasillos del castillo con Adela siguiéndolo como su sombra, mientras el sacerdote de Sagmus —un hombre seco como una ramita vieja— preparaba la siguiente ceremonia de juramento.

Habían pasado semanas desde la ascensión, pero el trabajo no terminaba nunca.

Los nobles del ducado venían por grupos, día tras día, a realizar el juramento de sangre.

Era tradición.

Era ley.

Era la base del poder Douglas.

Y Lusian… apenas estaba empezando a comprender el peso.

El sacerdote trazó el círculo con polvo dorado.

Un noble menor —el barón Kellir— se arrodilló.

—Juro por Sagmus, dios de la verdad —dijo el barón con voz trémula— que serviré al duque Lusian Douglas con lealtad absoluta.

El sacerdote cortó su palma, vertió dos gotas en el cuenco y susurró un antiguo canto.

Una marca de luz se encendió en el antebrazo del noble, como una cuerda brillante que se anudaba bajo la piel.

Contrato sellado.

Un vínculo unilateral.

Solo él quedaba obligado.

El duque no.

Así era la tradición de Douglas.

Lusian respiró hondo.

Le pesaba.

Pero fingía calma.

Su madre, Sofía, ya le había dicho mil veces:

—No te preocupes, hijo. Aún no debes cargar todo. Yo aún estoy aquí.

Y era verdad: Sofía seguía gobernando de facto, atendiendo audiencias, resolviendo disputas, gestionando recursos y reorganizando territorios arrasados.

Lusian… entrenaba, estudiaba y observaba.

Albert lo sometía a sesiones brutales de combate y medicina de guerra;

Adela lo acompañaba a todas partes, silenciosa, pegada a él como si temiera que desapareciera.

“Promesas y Reclamos”

Lusian terminó su jornada exhausto. Apenas se dejó caer sobre la cama, sintió cómo el peso de los juramentos, la responsabilidad y los entrenamientos le apretaban el pecho. Cerró los ojos solo un instante.

La puerta se abrió con suavidad.

Adela entró despacio.

No llevaba armadura, ni ropa ceremonial, solo una túnica ligera. El cabello suelto. El rostro… distinto. Mezcla de vergüenza, decisión y una confusión que le hacía temblar los dedos.

—Adela… —Lusian se incorporó—. ¿Ocurrió algo?

Ella negó lentamente. Dio un paso. Después otro.

—Yo… —tragó saliva—. No sé qué estoy sintiendo.

Se sentó en el borde de la cama, cerca pero sin tocarlo.

—Lo que vi aquella noche… —susurró—. No lo entendí. Pero… me dolió aquí. —Se llevó una mano al pecho, como si el gesto fuera suficiente explicación—. Y no sé por qué.

Lusian la observó en silencio. No había inocencia infantil en ella, sino una mujer que nunca había tenido un espacio para entender sus propios sentimientos.

—Adela… —murmuró con suavidad—. Dime qué quieres.

Ella lo miró directo a los ojos. Le temblaban las pestañas, pero no apartó la vista.

—Quiero estar contigo —dijo con una honestidad casi dolorosa—. No como deber. No como guardiana. No como la niña que te sigue a todas partes. Quiero… —buscó palabras, torpemente— …quiero ser importante para ti.

Lusian sintió cómo se le apretaba la garganta.

Adela respiró hondo.

—No sé cómo se hace. No sé qué significa. No entendí lo que vi… pero sé que… —extendió una mano, temblando— …quiero que tú me enseñes. Quiero saber lo que realmente significa estar contigo… si tú también lo quieres.

Lusian tomó su mano. No por instinto. No medio dormido.

Con plena claridad.

—Adela —dijo—. Mírame.

Ella lo hizo.

—No quiero que actúes porque viste algo. Ni porque creas que es tu deber. Solo si tú lo deseas. Solo si entiendes que esto cambia cosas. Que no es parte de tu entrenamiento. Que no es obediencia.

Adela apretó su mano con fuerza.

—Lo deseo —susurró, casi como una confesión—. No entiendo todo… pero quiero aprender contigo. Quiero… elegirlo.

El silencio que siguió fue cálido, intenso, limpio.

Lusian la atrajo con suavidad, acercándola por primera vez sin que fuera un hábito, una rutina o un gesto inocente. Ella apoyó la frente en su pecho, dejando que su respiración se acomodara a la de él.

Ese fue el primer paso.

No una imitación.

No una reacción impulsiva.

No un acto mecánico.

Sino una decisión compartida.

Esa noche no se convirtió en algo precipitado.

Fue lenta, hablada, consciente.

Un descubrimiento emocional entre dos personas que, por primera vez, se veían como iguales.

A la mañana siguiente, Adela despertó abrazada a él, no como animal asustado buscando refugio, sino como mujer que había entendido—aunque fuera un poco—lo que había elegido.

Y por primera vez desde que era niña…

no tomó su mano por instinto.

La tomó porque ella quiso.

Los meses pasaron rápido.

Las cosechas —reforzadas por los cultivos de techo que Lusian implementó gracias al conocimiento del juego— fueron abundantes.

Los tejados verdes del ducado ya eran parte del paisaje, un símbolo silencioso de supervivencia humana.

Pero las buenas noticias se acababan ahí.

Los informes que llegaban eran cada vez más inquietantes:

• Manadas de monstruos más grandes.

• Mutaciones más agresivas.

• Carreteras bloqueadas.

• Pueblos aislados.

• Regiones enteras sin contacto.

Y algo peor:

Las zonas “seguras” del mapa estaban encogiéndose.

Albert resumió lo que todos temían:

—Mi lord… el reino está entrando en una fase crítica.

Lusian sentía un escalofrío cada vez que veía los mapas.

Sabía lo que seguía.

Lo vivió en el juego.

Y lo más peligroso estaba por comenzar.

En el patio central del castillo, Lusian dio un anuncio que resonó en todo el ducado.

—A todos los aventureros, rango bronce en adelante:

El Ducado Douglas solicita voluntarios para escoltar una caravana hacia Acropolis, capital del reino.

Los aventureros se miraron entre sí.

Acropolis.

El lugar donde se decidiría el destino humano… en el juego y ahora en la realidad.

—Llevaremos informes al alto mando —continuó Lusian—.

Y quiero que vengan preparados.

Lo que enfrentarán allá no será simple.

A su lado, Lirianne y su grupo Corriente Azul intercambiaron sonrisas tensas.

—¿Nueva aventura? —preguntó Kaela.

—Nueva guerra —murmuró Lirianne.

Martha estaba sentada en el suelo, rodeada de botellas vacías.

Desde la muerte de Lawrence… desde la desaparición de la marca de juramento… su mundo se había vuelto gris.

Cuando la puerta se abrió, lanzó un grito:

—¡Lárgate! ¡Dije que me dejaran sola!

Pero la figura que entró no era un sirviente.

—Lady Martha… —dijo Lusian en voz baja.

Ella levantó la cabeza.

Lo miró.

Y su rostro se quebró.

—Lawrence… —susurró, temblando.

Lusian dio un paso adelante, pero no llegó a tocarla. Martha fue quien cayó sobre él, abrazándolo con una fuerza desesperada. Lloraba, reía, temblaba.

—¿Por qué me dejaste? —sollozó—. Caleb… tú… ¿por qué todos se van?

Lusian quiso separarla suavemente.

—No soy Lawrence… soy—

—¡No digas eso! —gritó, aferrándose a su pecho—. Solo… solo déjame sentir que no estoy sola…

Su cuerpo se desplomó contra él, agotado por la bebida, la pena y la falta de sueño.

Lusian la sostuvo, sin poder hacer más.

No hubo más palabras.

No hubo nada inapropiado.

Solo una mujer rota… y un joven cargando un deber demasiado pesado.

Cuando Martha se quedó dormida, Lusian la llevó a su habitación, la arropó y cerró la puerta con un suspiro.

La promesa que le hizo a Lawrence pesaba más que nunca.

El castillo Douglas estaba más silencioso de lo habitual aquella mañana.

No era un silencio triste… sino denso, como si las murallas mismas entendieran que algo importante estaba a punto de comenzar.

Adela apretó la mano de Lusian con una mezcla de emoción y terror contenido.

Su tigre blanco, hecho un ovillo a sus pies, levantó las orejas al percibir la tensión.

—¿De verdad… tendremos que ir tan lejos? —susurró ella.

—Sí —respondió Lusian con una sonrisa suave—. Es hora de movernos.

Adela no soltó su mano.

Desde una ventana alta, Isabella los observaba mientras ordenaba a las doncellas preparar su equipaje. No dijo nada, pero sus ojos seguían a Adela con una calma calculada, consciente de que ahora compartían un mismo hombre… y un mismo viaje lleno de incertidumbres.

Un piso más arriba, Sofía Douglas ajustaba los arneses de sus tres bestias mágicas.

Su expresión era un nudo de emociones: orgullo, preocupación y un leve enojo consigo misma por no poder encerrar a su hijo en una caja fuerte hasta que todo el caos del mundo desapareciera.

—No puedo detenerlo —murmuró con resignación—. Ya no es un niño… es el duque.

Albert, impecable en su uniforme de comandante, supervisaba la formación de la escolta. Cien caballeros, doscientos soldados ligeros, cincuenta aventureros de élite… y un puñado de magos seleccionados del círculo interno. Era la primera vez que Lusian viajaba como duque, y todos los ojos del ducado estarían atentos al menor error.

Pero en el fondo, ninguno de ellos era la razón por la que Lusian tenía el corazón acelerado.

La razón estaba lejos.

A ocho meses de distancia.

Elizabeth.

Ocho meses sin ver su sonrisa.

Sin escuchar su voz.

Ocho meses desde aquella noche bajo las estrellas donde los dos, sin decirlo, aceptaron que estaban destinados.

El reencuentro sería en Acrópolis, la capital del reino.

El centro del poder.

El corazón de los nobles.

El lugar donde el cambio del mundo empezaría a notarse incluso entre las murallas doradas del palacio.

Lusian respiró hondo.

—Es hora —dijo.

Y mientras los portones del castillo se abrían con un retumbar solemne, él avanzó al frente de su escolta, sin mirar atrás, llevando consigo:

A Isabella, la mujer que lo deseaba sin máscaras.

A Adela, la muchacha que lo amaba sin entenderlo.

A Sofía, la madre que lo protegería incluso del destino.

A Albert, su espada y escudo.

A todo un ducado que acababa de depositar su futuro en sus manos.

Y en la distancia…

Esperando como un amanecer.

Elizabeth.

La capital sería el reencuentro.

“Un Nuevo Viaje”

El rey Felipe Erkhán había envejecido diez años en apenas unos meses.

No era solo cansancio.

Era quebranto.

Era la clase de peso que solo carga un hombre que ve su reino morir en cámara lenta.

Cuando regresó de la guerra contra el Imperio, lo hizo con la esperanza de estabilizar la capital y reorganizar el reino.

Pero al poner un pie en Acrópolis…

…comprendió que la guerra había sido apenas el prólogo del desastre real.

La capital, orgullo de generaciones, había cambiado de forma brutal.

Las avenidas antes pulidas por magia ahora estaban resquebrajadas, cubiertas por raíces negras que brotaban sin control.

Edificios enteros habían sido devorados por enredaderas mutadas que crecían día y noche como si quisieran tragar la ciudad.

Lo peor no eran los monstruos.

Era la gente.

Las calles estaban llenas de familias enteras que habían huido de los territorios destruidos.

No eran refugiados organizados.

Eran masas.

Desesperados, hambrientos, con niños esqueléticos y adultos demasiado débiles para sostenerse.

Algunos hacían colas interminables en los templos esperando recibir comida bendecida—pequeñas porciones que apenas retrasaban la muerte.

Otros mendigaban agua, un saco de harina, una fruta sin mutar.

Y muchos… simplemente se desplomaban en las calles, incapaces de seguir.

La sobrepoblación había convertido la ciudad en un polvorín.

Casas abarrotadas con veinte o treinta personas dentro.

Cloacas desbordadas.

Enfermedades nuevas surgidas de insectos mutados.

Bandas emergentes que robaban comida para sobrevivir.

Comerciantes que vendían migajas de pan a precio de oro.

Los soldados reales apenas mantenían el orden en los distritos más cercanos al castillo.

El resto de la ciudad había quedado a la suerte de los aventureros.

La mayoría de los aventureros no eran héroes.

Eran oportunistas con experiencia para sobrevivir afuera.

Pero, irónicamente, eran quienes mantenían viva Acrópolis.

Organizaban:

cacerías controladas fuera de las murallas para traer carne.

rutas seguras para transportar hierbas comestibles.

protección de barrios enteros, a cambio de refugio o favores.

Algunos incluso enseñaban a los niños a usar maná básico para encender fuegos o detectar criaturas.

El reino colapsaba…

Pero los aventureros prosperaban.

Era el inicio del mundo que Lusian conocía del juego.

Felipe Erkhán no dormía más de dos horas al día.

Pasaba las noches leyendo reportes:

Ciudades aisladas por bosques mutados.

Señores menores devorados en ataques nocturnos.

Bestias nunca antes vistas apareciendo en manadas.

Caravanas enteras perdiéndose sin dejar rastro.

Escuelas de magia informando que los hechizos estaban empezando a fallar o mutar.

El rey estaba al borde de la locura.

Y lo único que lo mantenía cuerdo…

era su esposa Adelaine.

Ella había sostenido la capital mientras él estaba en la guerra.

Ella había mantenido de pie a los templos.

Por eso, la convocatoria.

El rey no llamó a los nobles para debatir política.

Los llamó porque el reino estaba muriendo…

…y él no tenía idea de cómo salvarlo.

Una orden urgente cruzó todo el territorio:

“Todos los nobles deberán presentarse en Acrópolis en un plazo máximo de treinta días.”

No había protocolo.

No había cortesías.

Era una súplica disfrazada de decreto.

Felipe necesitaba a Lusian.

Necesitaba al Ducado Douglas.

Necesitaba a todos.

Porque si la capital caía…

Todo el reino la seguiría.

Lusian esperaba encontrar caos.

Pero lo que vio superó incluso sus peores recuerdos del juego.

En el camino, encontró pueblos casi vacíos:

solo ancianos demasiado débiles para migrar, y niños que apenas hablaban.

Encontró carreteras cubiertas de cadáveres de monstruos… y de personas.

Encontró familias que habían perdido a todos menos a uno o dos sobrevivientes.

Y encontró algo curioso:

Aventureros fuertes guiando grupos enteros de civiles.

No por bondad.

Ni por heroísmo.

Sino porque esos civiles les servían como:

recolectores de raíces comestibles

cargadores

informantes

o simples “monedas de intercambio” para entrar en ciudades sobrepobladas

El mundo estaba mutando hacia el que él conocía del juego.

Lentamente.

Sin que nadie lo entendiera.

Excepto él.

Cuando Lusian cruzó las murallas de la capital…

El olor lo golpeó primero.

Podredumbre, humo, sudor y sangre seca.

Las murallas estaban agrietadas, cubiertas de hongos mutados que brillaban débilmente de noche.

Y al verlo llegar con cientos de soldados, aventureros y refugiados detrás…

La gente cayó de rodillas.

No por respeto.

Por desesperación.

Rogaban:

“¡Llévenme con ustedes!”

“¡Somos leales al duque Douglas!”

“¡Por favor, mi familia morirá aquí!”

“¡Déjeme servirle, señor, por favor!”

Lusian no tuvo corazón para rechazarlos.

Y así, la casa Douglas en la capital recibió docenas de nuevos sirvientes,

gente quebrada…

pero viva.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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