GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 34
- Inicio
- Todas las novelas
- GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
- Capítulo 34 - Capítulo 34: Capítulo 34 Las Leyes del Cielo y el Inicio del Colapso
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 34: Capítulo 34 Las Leyes del Cielo y el Inicio del Colapso
“El Reencuentro”
Lusian llegó al castillo real acompañado por Sofía. No habían dado más de tres pasos cuando una sirvienta —confidente de la princesa Elizabeth— se acercó con una reverencia apresurada.
—Su Alteza desea hablar con usted en privado, mi lord.
Sofía le guiñó un ojo, con ese descaro elegante que pocas duquesas podían permitirse.
—Ve —le dijo, entre divertida y cómplice—. Estas reuniones son insoportables, y ya conozco tus propuestas mejor que tú mismo. Te representaré dignamente.
Lusian suspiró con resignación y siguió a la sirvienta.
La sala donde lo condujeron no era un despacho ni un salón de audiencias.
Era una antigua cámara privada: amplia, silenciosa, aislada del caos exterior por gruesas cortinas.
La luz tenue dejaba en el aire motas de polvo que flotaban como maná muerto.
Y allí, en medio de aquel silencio, estaba ella.
Elizabeth.
De espaldas. Inmóvil. Respirando como si cada inhalación le pesara demasiado.
Cuando se giró, Lusian sintió un golpe en el pecho.
Elizabeth ya no era la joven alegre que dejara atrás ocho meses antes.
—Lusian… —susurró.
Su voz… rota.
Su mirada… agotada.
Su cuerpo… tenso como un arco que estaba a punto de partirse.
Y sin embargo, en cuanto lo vio, todas las barreras que había construido simplemente colapsaron.
La princesa dio un paso.
Luego otro.
Luego corrió.
Se estrelló contra él con un abrazo desesperado, enterrando el rostro en su cuello.
Temblaba.
No de miedo… sino de alivio.
—Pensé… —su voz se quebró— pensé que tal vez no nos volveríamos a ver.
Lusian la sostuvo fuerte, como si la protegiera del mundo entero.
—Estoy aquí, Elizabeth.
Ella lo separó apenas para mirarlo.
Sus ojos estaban húmedos, encendidos, dominados por un deseo que había sido reprimido durante demasiado tiempo.
—Ocho meses… —dijo— ocho meses sin poder tocarte… sin siquiera saber si volverías…
Sus dedos recorrieron la cara de Lusian.
El silencio se volvió denso.
Cargado.
Inevitable.
Elizabeth se puso de puntas y lo besó.
Un beso que no buscaba permiso.
Ni calma.
Ni control.
Un beso de reencuentro.
De necesidad.
De supervivencia.
Lusian respondió con la misma intensidad.
El peso de los meses, de las batallas, de las noches vacías cayó sobre ambos de golpe.
Las manos de Elizabeth temblaban mientras lo abrazaba cada vez con mas fuerza.
—No sabes… cuánto te extrañé.
Y lo besó otra vez.
Y otra.
Cada una más profunda.
La respiración se mezcló.
Los cuerpos se acercaron por inercia.
La tensión de meses estalló como una tormenta contenida.
Después del abrazo y los besos, la cercanía entre ambos volvió irrelevante cualquier barrera, incluso la ropa.
Tras varios minutos de entrega silenciosa, los dos quedaron exhaustos, recostados uno junto al otro, compartiendo el mismo aliento. Entonces, mientras descansaban, comenzaron a hablar.
—Nunca pensé que terminaríamos así —murmuró Lusian, con una sonrisa cansada.
Elizabeth rió suave.
—Yo sí. Bueno… quizá no tan pronto. Pero siempre supe que… tú eras el único hombre con el que podía mostrarme así.
Lusian la envolvió entre sus brazos, provocándole un leve estremecimiento divertido.
—¿El único? ¿Eso crees?
—Lo sé —respondió, dándole un suave empujón con el hombro—. Aunque seas insoportable.
—Y aun así me soportas…
—Tch. No me recuerdes mis malas decisiones.
Ambos rieron. El ambiente, cálido y tibio, parecía haber olvidado el mundo exterior.
Entonces ella lo miró, con una sinceridad que lo desarmó.
—¿Sabes cuándo me enamoré de ti?
Lusian parpadeó.
Ella continuó antes de que pudiera hablar:
—Desde la primera vez que no bajaste la cabeza ante mí. Todos los demás lo hacían… todos… —su voz se volvió un susurro vibrante— excepto tú.
—…
—Mi madre siempre dijo que los Douglas eran iguales a los Erkhan. Que son los únicos a quienes una princesa no puede mirar por encima.
Y cuando crecí… quise ser vista así por ti.
Entreabrió los dedos y entrelazó los suyos con los de él.
—Lusian… ¿sabes cuántas veces pensé en huir al ducado contigo?
—Elizabeth…
Ella apoyó su frente contra la de él.
Y por un instante, el mundo dejó de existir.
No hubo reino.
No hubo presión.
No hubo destino.
Solo ellos dos, respirando en el mismo latido.
Horas después, cuando el eco del reencuentro aún latía en su pecho.
“El Consejo en Ruinas”
El gran salón del consejo olía a incienso viejo y a preocupación.
Los nobles —ojerosos, demacrados, vestidos con ropas que alguna vez simbolizaron poder— discutían entre gritos rotos y susurros temblorosos.
El maná ya no era un fenómeno extraño.
Era una sentencia.
La Reina Adelaine lo anunció con voz quebrada:
—El maná… alcanzó su punto crítico.
Nadie respiró.
Porque todos habían visto los síntomas, aunque fingían no entenderlos:
Bosques enteros amaneciendo retorcidos, troncos doblados en espirales imposibles.
Ríos tiñéndose de un brillo púrpura, como si algo viviera bajo la superficie.
Criaturas nuevas, hambrientas, nacidas de mutaciones aceleradas.
Era el preludio.
La antesala del caos.
En medio de la desesperación general, solo la duquesa Sofía permanecía firme, erguida, con el porte de quien no teme ser escuchada.
A diferencia de los demás territorios, el suyo —el Ducado Douglas— no estaba muriendo.
Estaba floreciendo.
La duquesa Sofía, madre del nuevo duque Lusian Douglas, se alzó con una serenidad que contrastaba con el desorden del salón.
—El pánico solo acelerará la caída —dijo con firmeza—. Traigo pruebas de que aún podemos resistir.
Los nobles se giraron hacia ella como náufragos hacia un faro.
—Las plantas que mi hijo Lusian y yo desarrollamos en el ducado —continuó— crecen con maná, no a pesar de él. Producen frutos constantes incluso en fase crítica. Son fáciles de cultivar y replican su producción en semanas.
Un murmullo incrédulo recorrió la sala.
Fue entonces cuando el conde Daniel Carter —padre de Emily y testigo directo del trabajo de Lusian— dio un paso adelante.
—Confirmo cada palabra —declaró—. El joven duque llevó esas plantas a mi territorio. Mis invernaderos, antes muertos, ahora están llenos de vida. Los frutos son comestibles, nutritivos… ¡y resisten la corrupción del maná!
Su voz cayó como un golpe de esperanza.
Las discusiones estallaron al instante:
—¡Véndanos semillas, duquesa!
—¡Páganos lo que quieras!
—¡Nuestros territorios no resistirán otro mes!
Casi suplicaban.
Sofía levantó una mano. El silencio obedeció.
—Y eso nos lleva a la segunda innovación: las Plantas–Piedra.
La tensión se hizo palpable.
—Durante nuestras investigaciones —explicó— descubrimos especies mutadas capaces de fusionarse con la piedra. No la rompen. No la corroen. Se cristalizan dentro de ella.
La nobleza contuvo el aliento.
—Sus raíces minerales absorben maná agresivo, lo purifican y lo redistribuyen. Este proceso fortalece las murallas entre un veinte y un treinta y cinco por ciento. Más densas. Más resistentes. Inmunes a la erosión manática.
Un consejero golpeó la mesa, incrédulo.
—¿Y eso reduce ataques…?
—En un cuarenta por ciento —respondió Sofía—. Al disminuir la presión manática, las criaturas cercanas se vuelven menos agresivas.
El salón estalló nuevamente:
—¡Eso podría salvar nuestras ciudades!
—¡Eso podría salvar al reino!
—¡Compártenos la técnica, de inmediato!
Pero Sofía, más tranquila que todos juntos, respondió:
—Lo haremos. Pero no hoy. Debemos organizar una distribución controlada, o el caos consumirá al reino antes de que las murallas puedan crecer.
El silencio volvió.
Un silencio denso.
Esperanzado.
Tembloroso.
Y entonces, como una sombra que se filtra por debajo de la puerta…
Afuera, en los caminos cercanos a la capital, otra historia se desarrollaba.
La última risa antes del fin**
A pocos kilómetros de allí, en el Bosque Grisáceo, tres aventureros nivel 42–48 disfrutaban una cacería tranquila, ajenos al destino que se acercaba.
Rusk (guerrero, nivel 48), Mara (hechicera, nivel 45) y Finn (arquero, nivel 42).
Su objetivo: cazar alces manáticos, criaturas herbívoras y dóciles que se habían vuelto una fuente constante de ingresos.
—Les dije que este lugar era seguro —río Finn mientras limpiaba su flecha—. Los alces ni siquiera atacan si no los provocas.
Mara, siempre sarcástica, rodó los ojos.
—Claro, y por eso uno casi te embiste hace dos días.
—¡Estornudé! ¡Creyó que era una amenaza!
Rusk bufó entre risas, cargando el cadáver de la presa.
—Deberíamos agradecer que el maná solo volvió a estos bichos más gordos. Podríamos cazar aquí todo el mes…
En ese instante, el bosque quedó en silencio.
No un silencio natural.
Uno antinatural.
Profundo. Cortante. Frío.
Mara levantó la vista primero.
—…Rusk… Finn… ¿oyeron eso?
El suelo tembló.
Una grieta se abrió a dos pasos de ellos.
Algo… salió.
Algo enorme, de piel oscura y ojos vacíos, como un animal que nunca debió existir en ningún mundo.
Nivel 78.
Rusk dejó caer el cuerpo del alce.
—…Esto no es posible.
Finn retrocedió, pálido.
—¿Monstruos… de ese nivel… tan cerca de la capital?
La criatura rugió.
Y la risa de los aventureros murió allí mismo.
No fue solo una aparición aislada.
Un mensajero irrumpió corriendo en el salón, cubierto de barro y sangre seca.
—¡Monstruos! —jadeó—. ¡Criaturas de nivel… setenta! ¡Ochenta! ¡Aparecieron al sur de la capital!
Nadie respiró.
—Las ciudades fronterizas… cayeron —soltó, con la voz rota—. En horas, mis señores… en pocas horas…
Un silencio absoluto.
Un vacío terrible.
Los sabios asesores del rey, se levantaron, casi al unísono.
Y pronunciaron la sentencia que sellaría el rumbo de la humanidad:
—Si la tendencia continúa… —dijo Adelaine con los labios temblorosos— la especie humana desaparecerá en menos de dos años.
Nadie habló.
Porque lo peor…
lo peor apenas estaba comenzando.
“El Reino Respira”
El salón secundario del castillo, pequeño y cálido, con luz anaranjada filtrándose por los vitrales, era el único lugar donde la reina y la duquesa podían dejar de lado la máscara del poder.
Adelaine suspiró al ver entrar a su vieja amiga.
—Por fin llegaste, Sofía. Me estaba marchitando en esa reunión.
—Y yo que pensé que estabas acostumbrada a ver morir gente lentamente —bromeó Sofía, dejando escapar una risa cansada.
Adelaine sonrió, sin corona, sin protocolo.
—¿Qué traes ahí?
—Un detalle para ti, Alimentos. Conservas, granos, raíces manáticas estabilizadas… suficiente para un mes para toda la capital —dijo Sofía, dejando un brazalete rúnico sobre la mesa—. No solo en artefactos. Treinta carretas entraron anoche por la Puerta Oeste. Y en este sello… —lo tocó con un dedo— hay reservas concentradas para emergencias: granos, raíces estabilizadas, harina y carne preservada.
Un mes entero para la capital… siempre que se racionen con cuidado.
Adelaine exhaló, casi temblorosa.
—Sofía… esto… —La reina hizo una pausa, incapaz de encontrar palabras—. Es demasiado. Es… una salvación.
—Distribúyelos como quieras —respondió la duquesa, apoyando una mano sobre la de ella—. Tú decides cómo sostener a tu gente. El ducado puede producir más.
Adelaine suspiró, emocionada.
—No sé cómo lo haces.
—Tampoco yo —rió Sofía—, pero Lusian se esforzó mucho, así que agradéceselo a él.
Hubo un silencio cómplice, cálido.
Adelaine bajó la mirada un instante antes de preguntar:
—Sofía… ¿y tú? ¿Cómo estás con lo de Lawrence?
La duquesa se cruzó de brazos, pensativa.
—No lo sé. Me dio tristeza, sí. Fue… una historia que ya terminó. Pero mi prioridad siempre ha sido Lusian. Él es mi mundo, mi primer y último deber.
Adelaine la observó con cariño genuino.
—No eres tan dura como pareces.
—Tampoco tú eres tan santa como te pintan —replicó Sofía con una sonrisa pícara.
Ambas rieron.
Entonces, la puerta se abrió.
Elizabeth y Lusian entraron tomados de la mano.
La reina apenas disimuló un suspiro.
Elizabeth ya no tenía el aura frágil de los últimos meses; ahora había algo en ella… decisión. Luz. Un fuego secreto que solo una mujer enamorada y dispuesta a desafiarlo todo podía llevar en los ojos.
Sofía vio a su hijo.
Con esa expresión…
Y entrelazado a la princesa del reino.
La duquesa fingió fruncir el ceño.
—Vaya, Lusian Douglas… pareciera que estuviste ocupado, ¿no?
Él tragó saliva.
—Madre…
Pero sus ojos no coincidían con su gesto: brillaban de pura alegría, alivio, orgullo.
Adelaine ni siquiera intentó mantener la compostura.
—Sofía, deja de fingir. Se nota que estás feliz por los dos.
La duquesa soltó una carcajada suave.
—Bueno, ¿qué puedo decir? Mi hijo siempre fue un rompecorazones.
Elizabeth apretó la mano de Lusian, avergonzada, pero sin soltarla.
Los alimentos enviados por el ducado salvaron miles de vidas.
Los invernaderos inspirados en los Douglas comenzaron a levantarse uno tras otro.
Las murallas recibieron la Flora Petrificante de Tipo III, drenando el maná agresivo como si la ciudad respirara por primera vez en meses.
La capital volvió a oler a pan.
A ruido de mercados.
A vida.
Pero no todo era simple.
Por la mañana, el inevitable encuentro ocurrió. Lusian había intentado postergarlo tanto como le fue posible, consciente de que cada palabra pronunciada frente a ella podía alterar el futuro que conocía. Sin embargo, al llegar al punto de reunión, ya no había escapatoria.
Emily lo esperaba. Estaba de pie, ligeramente rígida, con la serenidad impostada de alguien que ensayó aquella escena más de lo que admitiría. Tal vez en el condado fui demasiado audaz… quizá debí ser más cautelosa, pensó. No. Este es el momento. Si retrocedo ahora, lo lamentaré toda la vida.
Lusian avanzó acompañado por su escolta.
Albert encabezaba el avance con porte implacable, seguido de treinta guerreros entre nivel 70 y 75 —todos con afinidad mágica, como exigía el protocolo para escoltas del duque—. A su lado, Adela marchaba con su tigre, ahora en nivel 66. Detrás, diez magas de nivel 65 a 70, expertas en sanación y defensas. El lobo de Sofía Umber, ya nivel 80, cerraba la formación con mirada intimidante.
Emily observó todo aquello… y aun así, lo único que sintió fue el latido acelerado en su pecho.
Cuando él estuvo frente a ella, ambos se inclinaron apenas, siguiendo la etiqueta. Un saludo contenido, casi frío… demasiado correcto para lo que fueron.
—Lady Emily —murmuró Lusian, intentando mantener su voz firme—. Ha pasado tiempo.
—Lo ha hecho, Su Alteza —respondió ella con torpeza. Por qué sonó tan distante…
Un silencio incómodo. Él, sin saber cómo tratar a quien el futuro convertirá en su verdugo. Ella, avergonzada, incapaz de borrar de su mente el recuerdo del beso compartido meses atrás.
—¿Cómo ha ido tu estancia en el territorio Carter? —preguntó Lusian, esforzándose por sonar cordial.
—Bien… eficiente. Aunque… —tragó saliva— el viaje de regreso fue más tranquilo de lo que esperaba. No hubo peligro.
Lusian asintió. Por un instante, sus ojos descendieron involuntariamente hacia los labios de ella. Recordó su suavidad. Emily lo notó. Y su rostro se tiñó de rojo.
—He preparado un lugar para comer —dijo ella apresuradamente—. Pensé que… podríamos ir al mismo restaurante de la última vez.
Lusian tardó un segundo en reaccionar.
—Sí… recuerdo ese lugar.
Ella respiró hondo. Soy su prometida. Esto está bien, se dijo, reuniendo el valor que había afinado en batalla y no en sentimientos. Entonces, delicadamente, tomó el brazo de Lusian.
Hubo un instante de tensión. Él no se apartó.
Sintió el leve contacto de su cuerpo. Suavidad. Calidez.
Y caminaron juntos.
Sin mirarse. Sin hablar.
Con miles de cosas que decir… Pero aún no.
Caminaron juntos hacia el restaurante.
El lugar estaba más concurrido que la última vez. Nobles y aventureros llenaban las mesas, reflejo del clima de tensión que se respiraba en el reino.
Ascendieron al piso exclusivo para la nobleza, donde los ventanales daban vista al horizonte teñido por el atardecer.
Mientras el murmullo de la sala envolvía el ambiente, Emily, esforzándose por mantener una conversación ligera sobre el avance de la reconstrucción en el territorio Carter, reía suave, con esa timidez que la hacía ver aún más joven. Por un instante, pareció olvidar que él era el duque de Douglas, aunque en sus ojos se percibía esa inquietud cada vez que la joven desviaba la mirada al recordar el beso.
Lusian la miraba con cautela, consciente de la delicadeza de cada palabra. Si Emily no fuese quien es, si no cargara la bendición de la luz… tal vez ya habría aceptado esos pequeños pasos que daba hacia él. Tal vez…
Por un instante, parecía que la tensión comenzaba a disiparse con la conversación trivial…
Hasta que una voz conocida desgarró esa falsa calma.
—Vaya, qué coincidencia encontrarte aquí, Lusian —dijo con tono seguro.
Él giró el rostro con lentitud.
Kara Bourlance.
Belleza indomable, postura altiva, sin esperar invitación. Simplemente tomó asiento junto a ellos, como si fuese la anfitriona.
El ambiente cambió.
Emily parpadeó, sorprendida. Lusian la observó con calma —esa calma fría que usaba para tratar con alguien peligroso o molesto— mientras una sombra de nostalgia cruzaba fugazmente su mirada. Recordaba aquellos días en la academia, donde Kara lo perseguía sin descanso para retarlo una y otra vez… y él, al estilo de Albert, la derrotaba con brutalidad.
—Si no me equivoco —dijo él, elevando apenas la barbilla—, tengo el honor de compartir mesa con la futura heredera del Ducado Bourlance.
—Felicitaciones por tu ascenso, Lusian —respondió Kara con voz firme y distante—. Y… mi más sentido pésame por la muerte de tu padre.
Emily, a su lado, se congeló.
Su respiración se entrecortó.
No… no le he dicho nada. Ni lo felicité. Ni siquiera… le di mi pésame…
Kara continuó como si la mesa le perteneciera, sirviéndose con total naturalidad.
—Mi padre me habló de la batalla. —Sus ojos brillaron con respeto genuino—. Lawrence Douglas fue un verdadero héroe. Y los hombres de tu ducado… murieron junto a él sin retroceder. Honraron su nombre.
Un silencio solemne cayó sobre la mesa.
Y entonces…
—¡LUSIAN! —retumbó un grito desde el salón.
El tercer príncipe, Leonardo Erkhan Ferrussi, se acercaba con paso agresivo, sin guardar etiqueta ni decoro.
—¿Dónde está Isabella? —espetó con desdén.
Antes de que diera otro paso, una espada se detuvo a centímetros de su cuello.
Albert.
En un instante, todos los escoltas de Lusian desenvainaron sus armas. 30 guerreros de nivel 70–75, 10 magas expertas, el imponente tigre de Adela, el lobo de Umber a nivel 80. El salón quedó en un estado de guerra contenido.
Los escoltas del príncipe palidecieron.
Lucian suspiró para sí, impasible.
¿Qué es este día… una reunión de héroes?
Si este principito supiera lo que le hago a Isabella por las noches… me pediría la cabeza antes del amanecer.
Umber instintivamente dio un paso y se situó a su lado. El aire se volvió pesado.
Las personas alrededor retrocedieron. El mana eléctrico del príncipe chisporroteaba… pero la presión que despedía Albert era como una montaña.
—Su alteza —dijo el jefe de escolta de Lusian, con voz dura—. Exijo respeto. Está frente al duque Douglas.
El general del príncipe intentó intervenir. Se notaba temblor en su tono.
—Sacar espada ante un miembro de la familia real… no es correcto…
Pero sabía que decía aquello por protocolo, no por convicción. Nadie quería medir su espada contra Albert.
Lusian, por su parte, seguía comiendo.
Sin mirar al príncipe.
La tensión cedió lentamente. No hubo batalla.
Los escoltas del príncipe retrocedieron con visible turbación, y el general —con el rostro pálido y los dedos temblorosos aún sobre la empuñadura— inclinó la cabeza.
El príncipe Leonardo, con la mandíbula apretada y chispas de electricidad recorriéndole los brazos, clavó sus ojos en Lusian…
pero este simplemente llevó una copa a sus labios y bebió, como si la escena no mereciera siquiera su atención.
Ese gesto —la absoluta indiferencia frente a su ira— lo golpeó más que cualquier palabra.
—Esto no termina aquí, Douglas… —escupió entre dientes el príncipe.
Lusian dejó la copa sobre la mesa con calma, sin mirarlo.
—Tampoco empezó hoy —respondió, sin variar el tono.
El silencio que siguió fue más contundente que un desafío.
Leonardo frunció el ceño, pero dio media vuelta. Cada paso suyo resonó pesado, más por el orgullo herido que por el enojo.
Kara observó todo con una media sonrisa…
había visto a Lusian ganar muchas batallas, pero pocas con tan poco esfuerzo.
—Sigo esperando aquel combate que no me diste en la academia —murmuró al levantarse.
—Cuando dejes de buscar pelear… quizás entonces estés lista para hacerlo —respondió él sin siquiera mirarla.
Ella soltó una breve carcajada, una que sonó casi nostálgica, y se marchó.
Cuando la puerta del salón se cerró tras ellos, el murmullo volvió lentamente. Pero nadie volvió a hablar en voz alta cerca de Lusian.
No esa noche.
“El Beso Frente al Mundo”
Más tarde, Lusian acompañó a Emily hasta la residencia Carter.
El carruaje se detuvo y, al bajar, ella lo miró con decisión. Esta vez no dudó.
Se acercó. Lo tomó del rostro.
Y lo besó.
Fue breve al inicio.
Hasta que él la sujetó de la cintura y el beso se prolongó.
La luz del atardecer pintaba sus siluetas. Emily, avergonzada, fue la primera en separarse. Bajó la mirada, murmuró un tímido “hasta luego…”, y entró apresuradamente al palacio con el corazón desbocado.
Al llegar a su habitación Emily cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra ella, sintiendo que apenas respiraba.
Lusian permaneció quieto unos segundos, observando como se alejaba ella. Confundido y un poco arrepentido, por dejarse llevar por el momento. No por el beso… sino por lo que sintió.
Solo entonces advirtió la presencia de los condes Carter, que lo habían visto todo desde la entrada. Ambos hicieron una leve reverencia —respetuosa y discreta— antes de retirarse sin decir palabra.
Con el eco de ese momento aún en la mente, Lusian subió al carruaje reservado para él.
Fue entonces cuando Adela entró sin anunciarse.
Se inclinó ligeramente y, con un pañuelo de seda, limpió con suavidad el rastro del beso que otra mujer había dejado.
Luego, sin palabras, lo besó. No con ternura… sino con ese deseo marcado por los celos contenidos.
Él la sujetó, esta vez por la nuca, y correspondió sin reservas. El beso se prolongó más de lo debido, hasta que ambos quedaron sin aliento.
Adela temblaba, pero no de miedo.
—Esa osadía… —murmuró Lusian, con voz baja y firme mientras sus ojos oscuros la recorrían—. La pagarás esta noche.
Ella solo asintió, las mejillas encendidas.
El carruaje partió hacia el palacio de los Douglas.
Al llegar, Lusian caminó directamente a sus aposentos llevando a Adela del brazo.
Allí, en la penumbra de la habitación, esperaba Isabella.
—Pensé que te quedarías en casa de tus padres —comentó él, ligeramente sorprendido.
Isabella se acercó sin prisa, rodeó el cuello de Lusian con los brazos y lo miró con determinación.
—No puedo quedarme allí. Este es mi hogar ahora —dijo, lanzando una mirada desafiante a Adela—. Y hoy tengo deberes que cumplir con mi señor…
—No —interrumpió Adela con frialdad—. Esta noche es mía.
Lusian tosió ligeramente, sin interés en prolongar esa disputa.
—Isabella, mañana charlaremos.
Ella no insistió. Sonrió. Sabía que mañana llegaría.
Una noche…
el cielo se quebró.
No con luz.
No con fuego.
Sino con un silencio absoluto.
Un silencio tan opresivo que las aves cayeron de los árboles como si hubieran olvidado volar.
Los sacerdotes se arrodillaron, llorando sin comprender.
Los magos sintieron el maná vibrar dentro de ellos, como si una mirada ajena los examinara… alma por alma.
Y fue entonces que el velo de la noche se desgarró.
Los Heraldos descendieron.
En diferentes reinos.
En distintas tierras.
Pero bajo un mismo mandato.
Altos. Imponentes. Cubiertos con armaduras que no reflejaban la luz…
reflejaban recuerdos.
Láminas antiguas, cargadas de guerras que ningún historiador escribió.
Cicatrices abiertas, no sobre sus cuerpos… sino sobre la realidad que los envolvía.
Coronas flotantes, sostenidas no por magia, sino por pura voluntad rota.
No eran ángeles.
No eran salvadores.
Eran héroes.
Héroes de otros mundos.
Tomados. Vacíos. Refinados por el dolor y encadenados para obedecer.
Algunos con los ojos cargados de una tristeza tan profunda que parecía infinita.
Otros con fanatismo ardiente, como antorchas humanas de fe ciega.
Y unos pocos…
…susurraban sin voz una súplica imposible de escuchar.
Pero todos actuaban movidos por una fuerza inevitable:
el mandato de sus dioses.
Pero la gente no vio eso.
Ellos vieron milagros.
Entonces, el mundo escuchó una voz.
No provenía del cielo.
Ni del mundo.
Sino de un lugar tan profundo que parecía nacer en el alma.
“Hijos amados…
hemos visto su dolor.
Sentido su miedo.
La oscuridad ha devorado sus esperanzas, y sus fuerzas están al límite.”
“Por ello, los dioses hemos decidido descender nuestra voluntad.
A través de estos portadores, nuestra luz, nuestro fuego, nuestra fuerza, nuestra tormenta… se manifestarán.”
“Aproximaos a nuestros templos.
Recibid nuestras bendiciones.
Alzad vuestras armas, enfrentad la calamidad.
Y superad este desafío.”
“Porque no estáis solos.”
En el reino, el Heraldo del Fuego descendió sobre el templo como un rey reclamando su trono.
igualmente, la Heraldo de la Luz aterrizó entre oraciones, y los enfermos se levantaron creyendo estar curados.
El dios de la Fuerza hizo crujir el mármol bajo su llegada…
Y el Heraldo de la Electricidad iluminó la plaza entera como si anunciara el inicio de una nueva era.
Y así, en cada reino, en el imperio, en ciudades y fortalezas perdidas…
Emergió la esperanza.
Los pueblos clamaron su llegada como salvación.
Los nobles juraron lealtad.
Los ejércitos renovaron su moral.
Nadie entendió lo que realmente había pasado.
Que el mundo ya no era dueño de su destino.
Que los dioses habían movido la primera pieza.
Y que la verdadera crisis…
…ni siquiera había comenzado.
“La Anomalía del Destino”
Y Lusian en lo alto del balcón… simplemente observó.
No se arrodilló.
No rezó.
Cuando sintió una presencia detrás de él… como una sombra que no proyectaba oscuridad, sino silencio.
Su respiración se detuvo.
Kheris.
El dios que lo mató.
El que lo arrojó a este mundo.
—¿Sabes qué contemplan todos? —continuó la voz, sin emoción—. Salvación. Esperanza. Bendiciones…
Una pausa.
—pero en cambio… son cadenas.
Lusian apretó la mandíbula. No habló. Si lo hacía, temía que su voz temblara.
Por un instante quiso reír.
Él, arrancado de su vida, convertido en alguien que no quería ser… como si todo fuera una broma demasiado cruel.
—Desde el origen —prosiguió Kheris— los dioses no viven por su poder, sino por la fe de los mortales. La adoración les da fuerza. El olvido… los mata.
Una grieta oscura cruzó fugazmente el cielo. Nadie más lo notó.
—Por eso jamás descienden. Si lo hicieran… dejarían de ser divinos.
Lusian susurró, apenas audible:
—¿Entonces qué son esos?
—Marionetas —respondió Kheris—. Avatares. Herramientas usadas para seguir la voluntad divina, obedientes. Héroes traídos de otros mundos.
El corazón de Lusian retumbó con fuerza.
—¿Por qué me trajiste aquí, entonces?
La respuesta llegó envuelta en una calma antinatural.
—Porque necesito una brecha.
Lusian frunció el ceño.
—No entiendo.
—Te arrastré a este mundo porque no existes en el destino —reveló Kheris—. Todas las almas nacidas aquí están marcadas por los dioses. Su vida les pertenece. Sus muertes también…
Otra pausa.
—Pero tú no. Tú no tienes marca. Eres impredecible. Por primera vez en eras… los dioses están ciegos.
Un escalofrío lo recorrió entero.
—¿Y qué esperas de mí? —preguntó con tono áspero—. ¿Qué te sirva?
Sintió la sonrisa dentro de su mente. Una sonrisa sin alma.
—No quiero que me sirvas. Solo quiero que vivas.
—¿Eso es todo? —escupió Lusian—. ¿Me arrancaste de mi mundo… solo para eso?
—Porque si mueres —dijo Kheris en un susurro que retumbó como trueno—, todo mi esfuerzo será en vano.
El viento pareció detenerse.
—No te acerques a los Heraldos.
—¿Por qué?
—Ellos reconocerán lo que eres. Una anomalía. Un alma ajena. Intentarán destruirte.
El silencio se volvió espeso.
—¿Y qué soy exactamente?
—La única persona en este mundo que es libre… que no es controlada por el destino.
Lusian apretó los puños. Vellones de mana se arremolinaron a su alrededor.
—¿Y a eso le llamas libertad? —gruñó—. Yo nunca pedí esto.
—Lo sé —respondió Kheris—. Pero aun así, nadie te controla.
Los Heraldos tocaron tierra mientras la multitud se inclinaba.
Lusian cerró los ojos.
Y, como en su renacimiento… sintió miedo.
Adela abrió lentamente los ojos.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por el resplandor azulado que entraba desde el balcón.
Extendió la mano.
Lusian no estaba a su lado.
Se incorporó, aún con la piel marcada por la noche anterior, y lo vio de pie, apoyado contra la barandilla… inmóvil.
No era el gesto de un hombre contemplando el amanecer.
Era la posición de alguien que miraba algo que nadie más podía ver.
Adela caminó en silencio.
Se acercó por detrás y lo rodeó con los brazos, apoyando su mejilla en su espalda desnuda.
—Mi señor… —susurró— ¿no puede dormir?
Lusian no respondió al instante.
Sus manos descansaban sobre la baranda, tensas. El viento acariciaba su cabello, pero sus ojos… estaban perdidos en otra parte.
Adela sintió un estremecimiento.
No por frío.
Sino porque, por primera vez, el cuerpo de Lusian estaba allí…
…pero su alma parecía estar muy lejos.
—Todo está cambiando —dijo él al fin, en voz baja, casi irreconocible—. Y no sé si lo que viene… es salvación o condena.
Adela lo apretó con más fuerza.
—Mientras esté a su lado —susurró con firmeza—… podrá enfrentarlo.
Lusian cerró los ojos.
Por un instante, volvió a sentir tierra bajo sus pies. El peso del destino. El eco de una voz oscura aún susurrando en su mente.
Kheris.
—Adela —dijo, girándose hacia ella.
Ella levantó la mirada y se encontró con unos ojos que ya no pertenecían del todo al joven que había amado desde niña.
Había sombra.
Y determinación.
—Si todo se desmorona… —murmuró— necesito que te mantengas fuerte.
Adela sonrió, aunque sentía miedo.
—No importa lo que pase, mi señor… yo siempre estaré a su lado.
Lusian levantó una mano y acarició su rostro. Después la acercó hasta su pecho, dejando su frente apoyada contra la de ella.
Muy bajo, como si temiera que el mundo lo escuchara, dijo:
—No sé cuánto tiempo tendremos… así que, pase lo que pase…
No terminó la frase.
No hizo falta.
Adela lo besó.
No con pasión desbordada como la noche anterior.
Sino con una calma profunda.
Como quien promete… que aunque el cielo vuelva a quebrarse, lo hará tomándolo de la mano.
Varios días después…
Los templos eran ahora mares de gente.
Familias enteras esperando de pie, nobles y plebeyos mezclados por igual, sacerdotes incapaces de controlar la multitud. Algunos lloraban, otros gritaban plegarias… pero la mayoría solo aguardaba, con la desesperación de quien sabe que quizá esa bendición sea lo único que los mantenga con vida un día más.
Entre los murmullos, una frase repetida sin cesar:
“Los Heraldos buscan a quienes liderarán a la humanidad.”
“Elegirán héroes… aquellos con destino.”
Emily avanzó entre la multitud hasta quedar frente al Heraldo de la luz.
Era alto como una torre, con una armadura blanca que no brillaba… sino que parecía absorber el amanecer mismo. No tenía rostro visible, solo un vacío sereno donde debería estar.
Cuando la mirada de aquel ser se posó en ella… el mundo pareció contener la respiración.
Emily sintió cómo algo dentro de su pecho se encendía. Una llamarada, una luz que no quemaba… sino que purificaba.
Sus rodillas flaquearon.
Entonces el cielo se abrió.
No con truenos.
No con fuego.
Con un resplandor suave, tan cálido que incluso los moribundos alzaron sus rostros.
Y una voz habló desde lo alto.
Una voz que no era humana. Ni siquiera parecía sonido.
—Emily Carter.
Hija del amanecer.
Te observo desde antes de tu primer llanto.
He visto tu miedo, tu valor… y cómo aún con el corazón roto, sigues intentando sanar el de otros.
Te escojo a ti.
Para que lleves mi luz allí donde la humanidad ha olvidado cómo amanecer.
No como salvadora.
Sino como guía.
Representa mi voluntad.
Y cuando llegue la noche eterna… sé la primera en encender una llama.
El Heraldo inclinó una rodilla ante ella.
La multitud cayó de rodillas al unísono.
Emily lloró. No por gloria… sino porque, por primera vez, sintió el peso real de la esperanza de un mundo entero.
Y en algún lugar —muy lejos de allí— Lusian observaba el cielo.
Sin saber por qué…
Su corazón se estremeció.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com