GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo 35 Divinidad y Destino
“La Elección de la Luz”
El mármol blanco del templo no brillaba con la luz del sol.
Brillaba como si el mundo respirara a través de él.
Emily permanecía inmóvil frente al Heraldo.
Su figura era humana, sí… pero demasiado quieta. Demasiado precisa. Cada gesto parecía ejecutado por alguien que había olvidado cómo se siente ser mortal.
Su armadura no reflejaba la luz.
La consumía.
Cuando habló, no fue con voz.
Fue con certeza.
—Has sido elegida.
Emily sintió cómo esas palabras parecían atravesar algo más profundo que la carne.
—No por tu fuerza.
No por tu linaje.
Sino porque elegiste iluminar… incluso cuando nadie miraba.
El Heraldo la observó.
No con juicio.
Con algo peor: con expectativa divina.
—La divinidad —continuó— no exige perfección. Solo obediencia.
Una luz suave descendió sobre ella, como un contacto que no pertenecía a este mundo.
—Desde hoy, deberás:
• Proteger a los mortales de los peligros que enfrenten.
• Guiar su esperanza cuando todo lo demás falle.
• Y caminar sin desvío bajo la voluntad de mi Señora.
Emily abrió los ojos. No habló. Respiró.
Entonces, el Heraldo dio un paso hacia ella. El aire pareció detenerse.
—Y tengo autorización —dijo, extendiendo la mano— para liberar el juramento que te une a ese hombre.
La marca desaparecería.
Tu destino sería completamente… divino.
—No… —susurró.
El Heraldo la observó en silencio.
—¿Guardas sentimientos por él?
—Guardo… gratitud —respondió Emily sin dudar, aunque su voz tembló—.
Cuando ya no veía luz… él fue quien me la mostró.
El Heraldo inclinó apenas la cabeza.
No en señal de rechazo.
Sino como quien analiza una variable inesperada.
—Los sentimientos pueden ser una fortaleza… o una herida.
Confío en que sabrás distinguirlos cuando llegue el momento.
Emily asintió con una reverencia.
—Si mi fe debe guiarme… entonces dejaré que también ilumine aquello que siento.
Si la Luz es compasión… que lo sea por completo.
Un silencio profundo.
Y entonces, la luz cayó sobre ella con plena fuerza.
Emily cayó de rodillas, no por debilidad… sino por reverencia.
El templo estalló en cantos. Afuera, miles creyeron presenciar el nacimiento de una santa.
Ella lloró en silencio.
No por miedo.
Sino porque comprendió… que la luz que había elegido seguir algún día podría ponerla frente al hombre que había aprendido a amar.
Y tal vez entonces…
En algún lugar del templo, algo la observó en silencio. No con devoción… sino con interés.
“Héroes Frente a la Corona”
Unos días más tarde, el deber la reclamó lejos del templo.
El gran salón del palacio real tenía el silencio de una catedral antes de una plegaria.
Los nobles observaban desde los balcones.
Los generales permanecían de pie, firmes.
El rey Felipe Erkhan, con la mirada cansada por semanas de crisis, reposaba en su trono.
Entonces las puertas se abrieron.
Cuatro figuras avanzaron por la alfombra carmesí.
Emily —con un halo de luz tenue rodeándola—
Alejandro —el fuego vibrando en su respiración—
Leonardo —eléctrico, impaciente—
Kara —sólida como una fortaleza.
Tras ellos, los Heraldos.
No caminaban.
Avanzaban como si el aire los sostuviera.
Sus armaduras no reflejaban luz. La devoraban.
El Heraldo de la Luz se adelantó, sin inclinarse, pero con solemnidad.
—Majestad. —su voz no resonó en la sala… resonó dentro de los presentes—
Los dioses han escuchado el clamor de los mortales.
Y en su misericordia… han respondido.
Una exhalación contenida recorrió la sala.
—Pero los héroes no son dioses. —continuó el Heraldo—
Son su voluntad, encarnada.
Por eso… requieren del apoyo de toda la humanidad.
Los sacerdotes repitieron en coro, en el fondo:
«Sin fe, no hay milagro.
Sin unidad, no hay salvación.»
El rey asintió con respeto.
—Que este reino los respalde, entonces.
Que el fuego, la luz, la fuerza y el rayo encuentren aquí un hogar.
Parecía una ceremonia perfecta.
Hasta que Alejandro dio un paso al frente.
—Majestad… —su voz sonó dura—
¿Ese respaldo también alcanzará… a quienes han cometido atrocidades contra la humanidad?
La tensión cayó como un ancla.
Sus ojos se dirigieron, sin disimulo, hacia Lusian Douglas, que observaba desde el lateral junto a algunos duques. y aunque sus manos temblaron ligeramente se mantuvo firme.
Algunos nobles murmuran. Otros esperaban.
Leonardo avanzó un paso más.
—Hay sangre que aún clama justicia.
Antes de que otros reaccionaran, Emily habló.
—Los héroes… —se giró hacia ellos con una calma que sorprendió incluso a los sacerdotes—
no hemos sido traídos para juzgar a el pasado…
sino para protegerlos de lo que se aproxima.
Alejandro apretó los puños.
—¿Defender también a quienes destruyeron tus tierras?
Emily no apartó la mirada.
—Defenderé a todos los que aún puedan luchar por el mañana.
El Heraldo de la Luz observó sin intervenir, pero ahí, en el fondo de su expresión… algo se tensó.
Entonces Kara avanzó.
—Si buscan culpables, empiecen por los monstruos. —dijo con frialdad—
En el campo de batalla no vi nobles ni plebeyos… vi soldados muriendo juntos.
Leonardo la miró con desprecio.
—Tú no perdiste tu familia por los Douglas.
—No. —respondió ella, sin pestañear—
Pero, no creo que el odio proteja a nadie.
Un murmullo se expandió. Los nobles respiraron aliviados. Algunos sacerdotes, incómodos.
El Heraldo del Rayo se inclinó levemente hacia Alejandro.
No lo miró.
Solo dejó que su voz —tan suave como el preludio de una tormenta— rozara su oído.
—Héroe… la justicia no se exige.
Se revela cuando el mundo está preparado para aceptarla.
Una pausa. Un silencio que crepitaba entre sus pensamientos.
—La impaciencia es propia de los mortales.
Pero tú ya no perteneces solo a ellos.
Y entonces, casi imperceptible, la última enseñanza:
—Espera.
Quien actúa antes de tiempo… vence una batalla y pierde una guerra.
Alejandro bajó los ojos.
No por sumisión.
Sino porque entendió que lo estaban enseñando a destruir… sin levantar todavía la espada.
El fuego en los ojos de Alejandro se apagó apenas un instante.
Leonardo asintió… pero su mirada seguía clavada en Lusian.
La sala volvió a su solemnidad.
El Heraldo de la Luz levantó ligeramente la mano, concluyendo:
—Hoy, los héroes son presentados ante la corona.
Mañana… ante el mundo.
Los cuatro héroes hicieron una reverencia sincronizada.
La ceremonia pareció un triunfo.
Pero mientras los nobles aplaudían…
dos héroes ya habían trazado una sombra.
Y dos… habían abierto una grieta en el destino.
“La Duquesa y el Hijo Marcado”
en el palacio del ducado Douglas,
La habitación del ala este estaba en semipenumbra. Oía, a lo lejos, las plegarias agitadas de la ciudad: un murmullo inquieto, como un enjambre que no sabía si suplicar o condenar. Sofía había cerrado las cortinas para apagar la luz, como si la claridad misma le irritara.
Lusian reposaba con la cabeza sobre sus piernas, y ella le acariciaba el cabello con una suavidad que contrastaba con la tensión en su mandíbula. Sus dedos eran un refugio; el resto de su cuerpo seguía siendo una tormenta contenida.
—Ese… héroe —escupió la palabra como si fuera veneno—. Señalarte así. Frente a la corte. Como si tuviera derecho a juzgarte. Casi se me olvida que no debo matar niños, aunque se crean elegidos.
Sus manos se tensaron, pero su voz no se quebró.
Lusian no respondió de inmediato. Sabía que su madre estaba haciendo un esfuerzo enorme por no dejar que la furia la dominara. La sentía arder bajo la piel, latiendo en cada palabra.
—Mamá… —empezó con cautela.
—No digas nada —lo interrumpió, bajando la vista hacia él—. Si abría la boca allá afuera, juro por lo que quieras que ese “héroe” habría salido del salón sin lengua. O sin cabeza. Y luego tendría que haber lidiado con el resto de la corte mirándome como si fuera un monstruo.
Respiró hondo. Le tembló ligeramente la mano sobre el cabello de su hijo, no por debilidad, sino por la violencia que seguía conteniéndose.
Lusian tragó saliva, no porque temiera a su madre… sino porque comprendía perfectamente que decía la verdad.
—Intentó humillarte —susurró—. Y yo… no tolero que nadie toque lo que es mío. Humanos, héroes, heraldos… no me importa. No voy a permitir que te hagan daño.
Lusian tragó saliva. No quería que ella lo viera asustado… pero lo estaba. Porque lo que había visto en el “juego” de su destino no era un simple presentimiento: era una muerte anunciada. Y cada día, cada intervención divina, cada héroe nuevo, parecía mover las piezas hacia ese final.
—Lo sé —dijo—. Pero, mamá… no podemos quedarnos aquí.
Sofía alzó la mirada, lenta, como un animal amenazado.
—¿porque? —preguntó, con un filo casi peligroso.
Lusian fue cuidadoso. Más que nunca.
—Creo que… aquí ya no estamos a salvo.
Sofía lo sostuvo por el mentón, obligándolo a mirarla. Sus ojos tenían la dureza de quien ha sobrevivido a demasiadas guerras, pero el dolor de quien solo teme una cosa: perder a su hijo.
Ella lo observó en silencio, evaluándolo.
Era así siempre: primero entendía la emoción, luego exigía la estrategia.
—Habla —ordenó suavemente.
Lusian respiró hondo.
—Desde que llegaron los Heraldos… siento que me observan. Como si buscaran algo. No sé qué quieren… pero sé que para su orden, el ducado Douglas es una pieza incómoda.
Sofía frunció el ceño, pero su reacción fue fría.
—Entonces debemos tener cuidado no solo con el héroe —dijo—. también a los que lo respaldan.
—Exacto. Aquí… soy el objetivo perfecto. En el ducado, en cambio… puedo crecer. Entrenar. Alcanzar un nivel en el que ellos no puedan alcanzarme. Mientras los héroes “crecen”, no podrán hacer nada contra mí. Pero si sigo en la capital… tarde o temprano querrán atacarme. Y si los heraldos deciden intervenir…
Hizo una pausa.
—Y si los Heraldos deciden intervenir… si sus creyentes los apoyan…
—Morirías —terminó ella, sin suavizar la palabra.
Lusian bajó la mirada.
—Sí.
Sofía inhaló profundo. Y cuando exhaló, la furia se transformó en algo más útil: un plan.
—Volveremos al ducado —sentenció—. Y lo haremos de manera impecable, sin una sola sombra de sospecha. Lo que necesites para crecer, lo tendrás. Maestros, recursos, territorio, escoltas. Y fortaleceremos las defensas. Si desean atacarte… lo pagarán caro.
Se inclinó hasta dejar su rostro frente al de él.
—Y escucha bien esto, Lusian.
Aunque las iglesias ganen poder, aunque los templos se inflen con la devoción del pueblo, aunque los Heraldos se crean jueces del mundo… ninguna fe escrita podrá tocarte. No mientras yo esté aquí.
Si un héroe quiere enfrentarte… tendrá que cruzar tus tierras. Y los Douglas no perdonan.
Un escalofrío lo recorrió.
—Gracias, madre.
—No me agradezcas —lo corrigió—. Eres mi hijo. Lo más importante que tengo.
Se puso de pie, con esa elegancia letal que caracterizaba a los Douglas, y añadió con un brillo afilado en los ojos:
—Vamos a casa. Al ducado. Donde el poder no lo tiene la fe… sino tú. Su señor.
El salón estaba en calma. Solo el rey Felipe, la reina Adelaine y dos consejeros observaban cuando Sofía entró. Cada paso de la duquesa resonaba con autoridad serena; no imponía, simplemente recordaba que su palabra tenía peso en cada rincón del reino.
—Majestad… —inclinó apenas la cabeza—. Vengo a informar que… partiré mañana hacia el ducado.
Felipe frunció el ceño, evaluando cada sílaba.
—¿Tan pronto? —dijo, casi dudando—. La capital sigue frágil, y el pueblo confía en… en lo que usted y su hijo han hecho.
Sofía hizo un pequeño gesto con la mano, leve, que calmaba y afirmaba al mismo tiempo.
—Y lo seguirá recibiendo —dijo despacio, midiendo cada palabra—. Pero no desde aquí. El ducado… nos necesita. Y mi hijo más que nunca.
Adelaine asintió suavemente, la preocupación escondida tras años de amistad y confianza mutua.
—Duquesa Sofía… si hoy podemos respirar sin hambre, es gracias a sus caravanas y a su previsión. El reino no olvidará eso.
Sofía bajó apenas la mirada, midiendo la tensión en la sala, y luego la levantó con determinación:
—Era nuestra responsabilidad. —Hizo una pausa—. Pero ahora debemos pensar en lo siguiente. No solo contener a los monstruos… también a los héroes. Sus bendiciones, sus seguidores… —Se interrumpió, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Si no actuamos con cautela, cualquier error… podría desestabilizar todo el reino.
Felipe asintió lentamente, compartiendo la preocupación:
—Lo sé… su potencial es enorme, pero impredecible. —Se apoyó levemente sobre el respaldo de su sillón—. Y si los dioses deciden intervenir directamente… la balanza podría romperse.
Sofía inhaló, conteniendo la furia y la tensión en un hilo fino de serenidad, y habló con voz clara:
—La llegada de los dioses puede traer cosas buenas… o desastres. —Sus dedos se apoyaron suavemente sobre la mesa—. Por eso debemos movernos rápido, y con precisión. Nada debe depender solo de la fe o la devoción del pueblo.
Adelaine bajó la mirada, entendiendo la gravedad sin necesidad de palabras.
—Que tengan un viaje seguro… y gracias, Sofía. El reino confía en ustedes.
—Gracias —respondió la duquesa, dejando que la pausa cargara el silencio—. Lo seguro ya no existe. Pero lo controlable… sí. Mientras yo esté con mi hijo, mientras el ducado permanezca bajo nuestra guía… nada humano o divino decidirá su destino sin pasar por nosotros.
Felipe respiró hondo, confiando en la certeza que emanaba Sofía.
—Que sea como dices. Y que este viaje fortalezca al reino.
Sofía se enderezó con elegancia, la determinación visible en cada gesto:
—Vamos a casa. Al ducado. —Hizo un leve movimiento con la mano, como dibujando un límite invisible—. Allí el poder no lo tiene la fe… sino nosotros.
Y con ese gesto, el salón quedó en un silencio respetuoso, consciente de que, tras la calma, Sofía trazaba la línea entre la estabilidad y el caos que acechaba al reino.
“Promesa de un Futuro Robado”
La habitación de la princesa se llenó de un silencio denso, casi reverente. Lusian cayó exhausto sobre la cama; Elizabeth, aún respirando rápido, se dejó caer sobre él, con la frente apoyada en su clavícula como si necesitara anclarlo a la realidad.
Sus brazos lo rodearon con una fuerza que jamás mostraba ante nadie.
—No otra vez… —susurró, pero no con debilidad, sino con un orgullo herido—. No pienso volver a esperarte ocho meses, Lusian. Ya… ya me bastó una vez.
Lusian sintió su agarre.
No era el abrazo de una mujer frágil.
Era el de una princesa acostumbrada a que nadie le contradijera… salvo él.
Él cerró los ojos un momento, dejándose envolver por su presencia.
Elizabeth olía a lirios… pero también a algo que reconocía sin saber por qué: una sensación, un eco, un rastro de memoria que no era suya, pero que el cuerpo que habitaba parecía recordar.
Fragmentos vagos.
Sombras de una niñez que él no vivió, pero que este cuerpo guardaba como cicatrices suaves.
Imágenes borrosas:
La niña que lo miraba desde lo alto de una escalera esperando que él se inclinara.
La frustración de ella al descubrir que él no lo hacía.
La pequeña guerra silenciosa entre ambos… una guerra que el Lusian original conoció, aunque Erwin solo pudiera sentirla como un pulso lejano.
Eran recuerdos ajenos, pero el peso emocional seguía ahí, atrapado en el cuerpo y en la forma en que ella lo tocaba ahora.
—Sé que no quieres separarte —murmuró él—. Y yo tampoco. Haré lo necesario para volver pronto. Esta vez… me alejo para prepararme. Cuando todo esto pase… te llevaré conmigo al ducado.
Ella levantó la mirada de golpe, los ojos brillantes pero tensos, como si temiera que aquello fuera una mentira.
Elizabeth nunca suplicaba.
Nunca dudaba.
Pero ahora… estaba temblando contra él.
—¿Lo juras? —preguntó, y la pregunta tenía filo—. Y no quiero un juramento vacío, Lusian Douglas. No de ti.
Lusian le tomó la mejilla, con una caricia lenta que contrastaba con el orgullo feroz de ella.
—Lo juro. Y tú sabes que, incluso cuando te ignoraba… nunca rompí mi palabra.
Ella apretó los labios, como intentando contener algo que jamás admitiría en voz alta.
—Siempre me ignorabas… —susurró con una mezcla de rencor y nostalgia—. Todos los demás se inclinaban, todos querían complacerme… menos tú.
Se acercó más, apoyando su frente en la de él.
Su respiración temblaba.
—Y ahora eres… el único que no quiero que se aleje.
Lo besó entonces, pero no con dulzura.
Fue un beso contenido, desesperado, lleno de rabia y miedo y orgullo quebrado.
Un beso que decía no te vayas, sin que ella tuviera que pronunciar la humillación de esas palabras.
Sus dedos se aferraron a su espalda como cuando, de niña, lo atrapaba por el abrigo para obligarlo a escucharla.
Solo que ahora lo hacía para no perderlo.
—Te esperaré —dijo, pero su voz se endureció para protegerse—. Aunque tarde. Aunque todo esté en contra. Pero no te permito desaparecer otros ocho meses. No otra vez.
Lusian sintió el peso de su promesa, y el filo de sus palabras.
—No desapareceré —respondió—. Ni héroes, ni heraldos, ni reyes van a decidir por mí esta vez.
Elizabeth hundió el rostro en su cuello, respirando profundo, como quien memoriza un olor que no sabe cuándo volverá a sentir. Su agarre no cedió. Su cuerpo seguía tenso, como si soltarlo fuera admitir la posibilidad de perderlo.
Cuando él se incorporó para vestirse, ella le tomó la muñeca con una mano firme, casi dolorosa.
Ya no quedaba rastro de princesa perfecta.
Solo una mujer a punto de romperse.
—Lusian… —susurró, sin máscara alguna—. No tardes.
Las palabras, dichas por la princesa que había hecho arrodillarse a medio reino, tenían un poder devastador.
Él la besó en la frente con una suavidad que solo existía entre ellos.
—Volveré antes de que puedas intentar molestarme otra vez.
Ella soltó una respiración entrecortada, mitad risa, mitad llanto.
Y mientras la puerta se cerraba detrás de él, Elizabeth se quedó sentada en la cama, apretando las sábanas con los dedos, sintiendo que el mundo volvía a separarlos…
Pero esta vez, estaba dispuesta a pelear contra el destino, los dioses y la corona misma si hacía falta.
“Despedida Bajo la Luz”
La caravana estaba lista para partir.
Lusian ajustaba los guantes cuando sintió la luz.
No una luz fuerte… sino esa presencia cálida, delicada, pero indiscutible, que hacía que su propia magia se encogiera como sombra al amanecer.
Emily llegó acompañada de tres sacerdotes. Los tres irradiaban un brillo tenue: la marca visible de la bendición divina.
Estos sacerdotes recibieron la bendición de la diosa, pensó lusian.
Casi seguro… ahora son Épsilon. Bendecidos a la fuerza para proteger a la heroína.
Emily se detuvo frente a él.
—¿Te vas sin despedirte? —preguntó, con una leve sonrisa que intentaba ser orgullosa… pero no lograba ocultar la herida.
Lusian respiró hondo.
—Venía a hacerlo ahora.
Los sacerdotes no hablaban. Lo observaban.
Siempre lo observaban.
Porque sabían algo:
Lusian tenía afinidad Épsilon natural.
Un regalo dado por su madre desde el nacimiento.
Y si alguien como él recibía una bendición divina…
Épsilon + 1 = Omega.
El mismo nivel que la heroína.
El mismo nivel que un elegido divino.
Un noble heredero con Omega sería un peligro para los templos.
Una amenaza política imposible de controlar.
Un posible rival directo de los Heraldos.
Ellos lo sabían.
Y él también.
Emily dio un paso más cerca, ignorando la tensión de sus acompañantes.
—El templo esperaba que te quedaras —dijo suavemente—. El reino está en un momento crítico, Lusian. Y tú… siempre has sido importante para él.
Ella no lo decía por política.
Él lo sabía.
Pero la realidad era otra.
Emily había recibido un don que nadie más tenía:
Delta + 2 niveles por ser heroína = Omega.
Omega… y además con un rastro de divinidad.
Una bendición que ningún otro podría igualar.
“Divinidad contra divinidad”, decían los textos.
Lusian, aun siendo fuerte…
a su lado se sentía como un mortal frente al cielo.
—El reino tiene héroes —respondió él—. Y el ducado me necesita para mantenerse en pie. Los monstruos no esperan.
Emily bajó la mirada.
—No quiero que te vayas —susurró—. No después de… todo.
Él apretó la mandíbula.
Lo último que quería era que ella se viera como una enemiga…
pero no podía ignorar que posiblemente:
Emily, con luz Omega, sería quien encabezara el ataque destinado a acabar con él.
No porque lo odiara.
Sino porque los templos lo ordenarían.
Debo hacerme más fuerte… si no lo hago, no sobreviviré a lo que viene, pensó, mientras observaba a Emily.
Ella levantó la cabeza de inmediato.
—Lusian, yo… yo, si necesitas mi ayuda, dímelo. Iré de inmediato —susurró, la voz temblorosa por la preocupación.
—No te preocupes —la interrumpió suavemente—. Debes priorizar tu seguridad. Los dioses te eligieron, pero no te excedas… no eres inmortal.
Emily apretó los puños, firme.
—Yo me cuidaré.
Lusian esbozó una sonrisa cargada de tristeza.
—Me alegra escucharlo.
Los sacerdotes detrás de ella tensaron la postura, atentos a cada movimiento.
Emily respiró hondo. Su luz tembló apenas, un halo de vulnerabilidad apenas perceptible.
—Entonces… prométeme que volverás.
No era un mandato.
No era un capricho.
Era miedo. Temor real.
—Volveré —dijo él, con una sonrisa que apenas podía ocultar la preocupación.
Ella dio un paso inconsciente hacia él, Su mano rozó la suya, buscando algo, como si algo dentro de ella se quebrara. Los labios temblando apenas, lo besó, breve y cargado de sentimiento, a la vista de todos.
—Ten cuidado en el viaje —susurró, los ojos brillando, luchando contra el orgullo que la había definido toda su vida.
Se dio la vuelta, los pasos rápidos y apresurados, sonrojada, y desapareció tras los corredores del palacio, dejando a Lusian con un nudo en la garganta
“El Juicio de los Templos”
En una habitación del Templo de la Luz
La puerta se cerró suavemente detrás de Emily cuando se marchó, dejando solo a los sacerdotes. Caminaron hasta la sala interior, donde el Heraldo de la Luz los esperaba con las manos cruzadas detrás de la espalda, mirando un mural dorado de la diosa.
Los sacerdotes hicieron una reverencia antes de hablar.
—Un heredero Épsilon… —murmuró uno, aún perturbado—. Es demasiado poder para un noble.
—Si llegara a recibir una bendición… —añadió otro, inquieto.
El tercero negó lentamente.
—No la recibirá. Para eso tendría que viajar hasta el Imperio. Y la diosa de la Oscuridad lo rechazaría de inmediato.
El Heraldo volvió la cabeza apenas, atento.
Uno de los sacerdotes, confundido, preguntó en voz baja:
—¿Por qué lo rechazaría, maestro? Si su afinidad es de oscuridad… ¿no sería compatible?
El Heraldo sonrió. Una sonrisa tranquila, suave… y profundamente inquietante.
—Porque no se trata de compatibilidad —respondió con calma—. Se trata de propósito.
Los sacerdotes guardaron silencio.
—Los nobles, con sus linajes cerrados y poder heredado, estancan la voluntad del mundo —continuó el Heraldo—. Ellos no cambian. No evolucionan. No obedecen.
Se acercó al mural, posando una mano sobre la figura luminosa de la diosa.
—Los dioses no los crearon para gobernar eternamente.
Su voz se volvió un susurro afilado:
—Los nobles son una enfermedad antigua…
y este nuevo ciclo existe para purgarla.
Los tres sacerdotes inclinaron la cabeza con reverencia, algunos con fervor, otros con miedo.
—La heroína —dijo el Heraldo—. Ella será la luz que revele las sombras de este reino. Y cuando llegue el momento… sabrá a quién debe enfrentar.
Nadie pronunció el nombre de Lusian.
Pero todos pensaron en él.
El aire olía a hierro quemado y a tierra húmeda. No había tormentas ni ráfagas extrañas, solo un silencio inquietante que parecía absorber todo sonido. A medida que los héroes avanzaban con sacerdotes y devotos a su alrededor, comenzaron a percibir las señales: marcas rituales en la tierra, quemaduras negras que formaban símbolos antiguos y cadenas rotas que habían contenido algo mucho más fuerte de lo normal. Algunos de los héroes habían combatido con criaturas menores apenas unos metros atrás, pero esto era distinto.
—Esto no es naturaleza… es intervención —murmuró uno de los sacerdotes de la Luz, observando con gravedad los restos—. Alguien está alimentando estas criaturas con algo que no pertenece a este mundo.
Emily bajó la vista y vio a un aldeano atrapado entre los escombros. Sus ojos se llenaron de compasión:
—No todo lo que se corrompe está perdido… algunos pueden salvarse.
Alejandro, observando de reojo, frunció el ceño. Para él, la fe significaba purificación inmediata.
—Quemar todo lo impuro es la única forma de recordarles quién protege este mundo —dijo, su voz cortante, mientras lanzaba un hechizo de fuego que incineraba monstruos y terreno a su paso.
Emily, arrastrando al aldeano a un lugar seguro, replicó en voz baja:
—Quemar no es lo mismo que proteger.
Leonardo, en cambio, buscaba llamar la atención. Se lanzó imprudentemente hacia un grupo de monstruos, con la luz del templo del Rayo envolviendo sus brazos. Cada ataque era espectacular, pero arriesgado, dejando claro que buscaba protagonismo más que eficiencia.
—Controla tu impulso. Cada vida cuenta, no solo tu gloria —lo reprendió Emily, mientras apartaba al aldeano del peligro.
Kara permanecía vigilante, observando con los ojos fríos y calculadores. La arrogancia de Alejandro y Leonardo despertaba algo de rabia en ella. No era por ellos, sino porque la imprudencia podía costarle la vida a alguien más.
De repente, un monstruo similar a un topo emergió del suelo, sus garras buscando a Alejandro. Él no lo vio venir; su ataque lo había dejado vulnerable. En un instante, Kara se lanzó desde su posición elevada, partiendo al monstruo por la mitad con un golpe preciso.
—¡Ten más cuidado, idiota! —gruñó, antes de volver a su postura, alerta y fría—. La fuerza sin control no protege a nadie.
Kara avanzaba entre las criaturas más pequeñas con pasos firmes. Cada enemigo que intentaba rodear a Emily o a los sacerdotes era aplastado, lanzado o interceptado con una eficacia aterradora. Su furia era controlada, estratégica, una fuerza que equilibraba la imprudencia de los demás.
La horda de monstruos avanzaba desde la distancia. Grandes bestias deformes, con extremidades extrañas y ojos brillando con un fuego antinatural, se movían con sincronía, como si una mente oscura tirara de sus hilos. Cada caída de los monstruos no era el fin; siempre parecía haber otro preparado para reemplazarlo.
—¡Que comience el juicio! —rugió Alejandro, su espada envuelta en llamas, proyectando sombras danzantes sobre las ruinas—. ¡Ardan todos los que se opongan a la fe!
Cada golpe de Alejandro era devastador. Quemaba monstruos por docenas, pero la horda se reorganizaba, como si alguien le enseñara a sobrevivir a sus ataques. Leonardo, buscando protagonismo, lanzaba rayos con precisión espectacular, pero dejaba flancos expuestos que Emily debía cubrir con escudos y curaciones rápidas.
Kara apretó los dientes al ver la imprudencia de sus compañeros. No era miedo lo que sentía; era la certeza de que la arrogancia podía costarles la vida, y que cada decisión impulsiva debilitaba al grupo en conjunto.
Un monstruo enorme, casi humano pero con extremidades retorcidas, apareció desde un flanco. Sus ataques buscaban dividir a los héroes, y cada movimiento parecía anticipar sus defensas. Emily desplegó un rayo de luz cegador, desviando un ataque que habría alcanzado a Leonardo, mientras al mismo tiempo curaba a un sacerdote herido cerca de Alejandro.
—¡Muévanse! —gritó Alejandro—. ¡No dejen que los rodeen!
Kara no movió un músculo, observando y analizando. Cada héroe tenía poder, sí, pero el desequilibrio, la falta de control, podía volverse fatal. Su furia era fría y calculadora, lista para manifestarse cuando fuera necesario.
Cuando finalmente la horda fue derrotada, el campo estaba cubierto de cadáveres: monstruos, sacerdotes caídos, escombros humeantes y heridas sangrantes. La coordinación de los héroes había sido suficiente, pero no sin pérdidas ni miedo.
Emily se inclinó sobre los sacerdotes heridos, curando lo que podía, mientras los demás recuperaban el aliento. La evidencia era clara: los monstruos sobrevivían, se reorganizaban y atacaban con inteligencia. Nadie dudaba de que habían sido manipulados por alguien o algo ajeno a la naturaleza.
—Esto… no fue un accidente —susurró un sacerdote de luz—. Alguien controla estas criaturas. Alguien que no pertenece a este mundo.
Kara bajó la mirada por un instante, con los puños apretados. No era sorpresa lo que sentía, sino un impulso de determinación: la fuerza debía usarse con control, y si los otros no lo entendían, alguien tenía que enseñarlo.
Cuando los informes llegaron desde la capital, Lusian se retiraba al ducado. En la reunión de héroes y clero, Emily lo defendió abiertamente:
—Mientras nosotros luchamos aquí, él sostiene la vida de miles en su tierra. No podemos condenarlo por proteger lo que es suyo.
Alejandro, rojo de ira y sangre, replicó:
—Un cobarde que se oculta tras sus muros. No hay valor en la pasividad.
Las voces se elevaron, la tensión se volvió política. La bendición divina fortalecía a los héroes, pero también profundizaba grietas internas, y la corrupción demoníaca era apenas la primera señal de un conflicto mayor, invisible y calculado.
El silencio que siguió a la reunión no trajo paz.
Los héroes se dispersaban lentamente, cada uno cargando más con sus pensamientos que con las heridas. Los sacerdotes recogían los cuerpos, cantando oraciones de purificación, pero el incienso apenas podía ocultar el hedor a carne quemada y magia corrupta.
Emily permaneció hasta el último momento junto a los heridos. Su mirada se posaba en cada sacerdote y aldeano, evaluando quién podía sobrevivir, quién necesitaba su ayuda inmediata. Su corazón se tensó al recordar la horda: monstruos coordinados, inteligentes, guiados por algo que no era natural.
Alejandro caminaba unos pasos delante, la espada todavía caliente de su magia, los hombros rígidos como si cargara todo el peso del mundo. Cada paso golpeaba el silencio del campo de batalla, resonando más fuerte que cualquier grito de victoria. Sus ojos, a veces, se posaban en Emily. Una chispa de furia ardía por dentro, no contra los monstruos abatidos, sino contra Lusian, y contra sí mismo por la impotencia que había sentido ante la corrupción demoníaca.
En su mente, Emily le pertenecía de alguna manera que ni él se atrevía a decir en voz alta; verla a su lado como prometida de Lusian era como un hierro candente clavado en su pecho. La bendición que los dioses le habían dado parecía insuficiente, pero también un recordatorio cruel: el poder sin justicia todavía era impotente.
—Quemar todo lo impuro es la única manera de recordarles quién protege este mundo —dijo, con la voz tensa, sin mirar a nadie mientras hacía un gesto sobre un cadáver que aún se estremecía, como si quisiera purificarlo antes de que alguien cuestionara su acción. La rabia y la frustración se filtraban en cada palabra, disfrazadas de fe.
Emily lo observó, apretando los labios con firmeza. Su afecto por él era sincero, pero no romántico; conocía la naturaleza de su fuego, literal y figurativamente:
—Quemar no es proteger —replicó, mientras ayudaba a un sacerdote a incorporarse—. La fuerza sin compasión puede matar más que los monstruos.
Alejandro apretó la mandíbula, sintiendo cómo cada palabra de ella lo atravesaba, y sin embargo no podía apartar la mirada. En su mente, las llamas que llevaba no solo purificaban a los monstruos; eran un recordatorio de todo lo que había perdido, de todo lo que aún quería recuperar… y de que Lusian no tendría derecho a nada de eso.
Leonardo se adelantó, los rayos del templo del Rayo abrazando sus brazos como un halo de arrogancia y desafío. Sus ojos brillaban con la intensidad de alguien que siempre había vivido a la sombra de otro, el heredero que acaparaba todo reconocimiento, el hermano al que siempre le habían dicho que su sangre era “superior” pero que nunca se le permitía demostrarlo.
Cada ataque que lanzaba era un grito silencioso: mírenme, soy capaz, soy mejor, merezco esto. Las criaturas caían bajo su furia eléctrica, pero su necesidad de destacar dejaba flancos abiertos que Emily debía cubrir con curaciones y escudos rápidos.
—¡Maldito Lusian! —murmuró entre dientes, mientras un rayo atravesaba un monstruo—. No puedo hacer nada cuando era un niño, y ahora… ahora todo cambia. Recuperaré lo que nos arrebataron. Isabella, el trono… él pagará por todo.
Su orgullo no conocía límites; no había estrategia que pudiera contener su impulso de demostrar superioridad. Cada golpe era espectacular, calculado para que todos lo vieran, para dejar claro que la fuerza que la sangre le había dado no sería ignorada por más tiempo.
Emily, arrastrando a un sacerdote herido a un lugar seguro, lo reprendió con suavidad:
—Controla tu impulso. Cada vida cuenta, no solo tu gloria.
Leonardo la miró por un instante, la tensión entre respeto y desafío reflejada en su mirada. Su impulso no era capricho; era el fuego de alguien que había sido relegado toda su vida y que ahora tenía la oportunidad de reclamar lo que le pertenecía, aunque el precio fuera la paciencia y la prudencia de otros.
—Cada monstruo que cae es un paso más hacia mi justicia —pensó, con los dientes apretados—. No me detendré ante nadie
Kara, en cambio, permanecía sobre una colina cercana. Su mirada fría barría el campo de batalla. Observaba la imprudencia de Alejandro y Leonardo, el cuidado de Emily, y su mente calculadora no encontraba satisfacción. Cada acto impulsivo era un riesgo, cada exceso de fuerza un peligro. Cuando un monstruo topo emergió de la tierra directamente hacia Alejandro, la situación podría haber terminado fatal. Con un salto preciso, Kara partió al monstruo por la mitad.
—¡Ten más cuidado, idiota! —gruñó, antes de regresar a su vigilancia—. La fuerza sin control no protege a nadie.
Emily suspiró, conteniendo un pequeño reproche: conocía la tensión que se había acumulado entre ellos. Alejandro frunció el ceño, herido en su orgullo, pero no dijo nada; sus ojos seguían buscando a Emily, mientras su rabia hacia Lusian se mezclaba con su frustración.
Un sacerdote, apoyado en un muro derruido, murmuró:
—Esto no es natural… alguien dirige a estas criaturas. Alguien que no pertenece a este mundo.
Kara bajó la mirada por un instante, consciente del peligro invisible que acechaba más allá de la horda. La fuerza debía ser usada con control, y si los demás no lo entendían, alguien tenía que imponerlo.
Mientras los héroes finalmente se retiraban hacia la capital, cada uno lo hacía en un estado diferente: Alejandro con rabia y celos contenidos, Leonardo con orgullo herido, Emily con cuidado y compasión, y Kara con frío cálculo y determinación. Cada paso reflejaba su personalidad y la fisura creciente dentro del grupo.
Muy lejos, en la oscuridad, alguien observaba. Sus ojos no eran humanos, su voz un susurro que el viento llevó solo a sí mismo:
—Dividir antes de destruir.
Cuando el silencio finalmente cayó sobre el campo, no fue de victoria.
Fue del tipo de silencio que antecede a la revelación.
Emily observó los restos calcinados, el cielo quieto, y por primera vez desde su nombramiento… sintió frío.
No en la piel.
En la luz.
—Esto… no era un ataque —murmuró.
Kara, aún con la espada en mano, la miró.
—Entonces, ¿Qué era?
Emily levantó la vista hacia el horizonte. La luz en sus ojos titiló, como si dudara un instante antes de responder.
—Una advertencia.
Y muy lejos de allí, en las tierras donde los Douglas ya viajaban rumbo al ducado…
Algo abrió los ojos.
No con devoción.
Sino con hambre.
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