Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 36

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. GUERRA EN EL MUNDO MAGICO
  4. Capítulo 36 - Capítulo 36: Capítulo 36 El Entrenamiento
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 36: Capítulo 36 El Entrenamiento

“El Titán de Luz”

El valle estaba en silencio, cubierto por un crepúsculo dorado, pero la calma era solo un engaño. Frente a Lusian, la tierra vibraba con cada respiración del monstruo. Noceron emergió desde las sombras del bosque, y el mundo pareció encogerse ante su tamaño colosal: un titán de luz, carne, escamas y maná.

Sus alas extendidas llenaban el cielo. El aura luminosa que las rodeaba formaba una coraza casi divina, y cada escama brillaba como cristal iridiscente, absorbiendo y devolviendo la energía que recorría su cuerpo. De sus cuernos negros —retorcidos como ramas antiguas— surgían chispas de luz pura. Sus ojos blancos, profundos y penetrantes, parecían leer la mente de Lusian, buscando la menor señal de miedo.

El aliento de Noceron era magia concentrada: acercarse sin cuidado significaba ser quemado, desgarrado o barrido por sus ráfagas de viento afilado. Su cola, larga y flexible, golpeaba con precisión letal. A pesar de su tamaño imposible, el titán se movía con una gracia inquietante, como si la gravedad fuera una simple sugerencia. Un solo aleteo podía liberar ráfagas de luz capaces de abrir cráteres; un giro del torso, ondas de energía que pulverizaban árboles enteros.

Pero Lusian no veía solo a un monstruo.

Dentro de él, el espíritu de Erwin recordaba cada muerte y cada victoria del juego Guerra en un Mundo Arcano. Erwin había enfrentado a criaturas idénticas a Noceron cientos de veces, memorizando sus fases, patrones y debilidades. Ahora, encarnado en Lusian, esos recuerdos no eran nostalgia: eran armas.

Cada movimiento del titán —cada aleteo, cada giro, cada resplandor— era anticipado antes de ocurrir. Lusian sabía cuándo atacaría con la cola, cuándo levantaría las alas, cuándo liberaría su aliento de luz. No había pánico. Solo estrategia, cálculo y la certeza de quien ha entrenado mil vidas… en otro mundo.

La Espada y la Armadura Ætherion no eran armas comunes. Pertenecían a la categoría Suprema, y solo nobles de alto rango —como Lusian, Duque Douglas— tenían derecho a portarlas. La espada podía imbuirse con magia oscura y penetrar cualquier defensa; la armadura absorbía y desviaba ataques mágicos, volviéndose casi una segunda piel indestructible. Para cualquier persona sin la voluntad y el vínculo necesarios, esos artefactos serían letales incluso en reposo.

En ese campo de batalla, los artefactos parecían despertar. La Armadura Ætherion brillaba débilmente, bebiendo la luz que emanaba de Noceron. La Espada Ætherion latía en su mano como un corazón oscuro, ansiosa por cortar. Lusian sintió el flujo del maná recorrerle la piel; la afinidad Épsilon reducía el coste de cada ataque y afilaba las sombras que lo rodeaban.

Activó Fortalecimiento Físico IV. Sus músculos vibraron, cargados de energía. El tiempo pareció volverse lento. Sus sentidos se expandieron como un radar. Con un movimiento, imbuyó la espada con Arma Imbuida IV, y la hoja se cubrió de un torrente de oscuridad palpitante.

Noceron respondió. Alzó sus enormes alas y un halo de luz formó una coraza radiante, un muro de calor y radiación que quemaba incluso a distancia. La tierra tembló. El aire vibró.

Lusian estaba preparado… pero no tranquilo.

Los recuerdos de Erwin se mezclaban con su propio instinto, y aunque conocía cada patrón del monstruo, nada podía compararse a verlo realmente: gigantesco, vivo, respirando luz. Un sudor helado recorrió su espalda. El miedo se instaló en su pecho, recordándole una verdad simple y cruel:

Esto no era un juego.

Giró, esquivó y saltó mientras un ataque pasaba tan cerca que sintió el aire cortado junto a su mejilla. Su corazón dio un golpe seco.

Debo concentrarme más, pensó, ajustando su respiración.

Había sido un solo descuido. Uno pequeño. Pero suficiente para recordarle que aquí no podía reiniciar, no podía reaparecer en una pantalla de carga.

Si caía allí… era el final.

“La Estrategia del Guerrero”

Lusian se movió primero como una sombra entre destellos de luz. Esquivó ataques que habrían pulverizado a cualquiera, deslizándose entre las ráfagas de Noceron con una precisión casi instintiva. Cada golpe, cada aleteo, cada estallido de luz era anticipado y respondido antes de que ocurriera. Ningún ataque tocó su cuerpo. Era la fusión perfecta entre la experiencia de Erwin y la fuerza física de Lusian.

Aun así, el error que casi cometió seguía resonando en su mente: incluso los más preparados siguen siendo humanos.

Noceron atacaba sin descanso, drenando su propio maná en cada explosión luminosa. Lusian no se exponía. Se movía entre los destellos como si conociera la coreografía de la bestia, manteniéndose fuera de alcance mientras devolvía golpes precisos, calculados, obligando al monstruo a mantener su coraza de luz activa. La Espada Ætherion susurraba en cada corte, dejando chispas oscuras que siseaban al impactar contra la defensa luminosa.

El primer roce fue mínimo. Lusian calculó mentalmente unos 400 puntos de daño, apenas un arañazo, pero suficiente para obligar a Noceron a gastar más maná. El segundo impacto fue más ligero: unos 220, según sus propios cálculos, y la coraza comenzó a titilar, pequeñas oscilaciones de luz que delataban el agotamiento del monstruo.

Por un instante, bajo ese parpadeo irregular, las escamas de Noceron revelaron un cansancio que antes parecía imposible.

El tercer golpe fue más certero: alrededor de 410, estimó, sintiendo la vibración del impacto en su brazo. Noceron gruñó con furia; su coraza luminosa se debilitaba, incapaz de sostener la energía que la mantenía estable. Por primera vez, el titán mostraba vulnerabilidad real.

Lusian fluía entre ataques y defensas como agua entre rocas. Cada movimiento estaba medido, optimizado, consciente del consumo de su propio maná y del desgaste del enemigo. Esta no era una batalla de fuerza bruta, sino una partida de estrategia llevada a la perfección. Todo el conocimiento de Erwin —sus memorias, patrones y reacciones aprendidas— se manifestaba en cada esquiva y cada golpe. El aire olía a luz quemada y energía oscura. La tensión entre ambos combatientes era casi tangible.

Noceron rugió, un sonido que hizo vibrar la tierra. Sus ataques eran devastadores: ráfagas de luz pura capaces de aniquilar a cualquier humano y ondas de energía que distorsionaban el espacio a su alrededor. Lusian saltaba, giraba y se deslizaba entre ellas, sintiendo el calor cortante de la magia pasar a centímetros de su piel. La Armadura Ætherion absorbía parte de la radiación luminosa, mientras el maná oscuro en su interior seguía intacto, esperando el momento oportuno para contraatacar.

Cada evasión no solo lo mantenía con vida, sino que obligaba a Noceron a gastar más maná, desgastando lentamente al monstruo. Cada golpe lateral de la Espada Ætherion drenaba un poco más de su energía. La coraza de luz empezaba a fracturarse, titilando como una llama que estaba a punto de extinguirse.

Lusian lo sintió: Noceron estaba cansado. Su fuerza disminuía, su defensa se desmoronaba. Cada decisión, cada corte medido, lo acercaba a la victoria.

El valle entero vibraba con la batalla. El calor, la luz intermitente y la tensión hacían que cada segundo se estirara. Ya no era un simple combate: era un duelo de maná y voluntad, donde la estrategia valía más que cualquier golpe.

Finalmente, Noceron agotó su maná. La coraza se colapsó en un parpadeo y desapareció por completo.

Lusian no dudó.

Saltó envuelto en un aura de maná oscuro, su cuerpo convertido en un proyectil de energía contenida. La Espada Ætherion brilló con un filo sombrío y descendió directamente al corazón de la bestia.

El impacto fue brutal: 865 puntos de daño directo. La luz que rodeaba a Noceron se apagó de golpe.

El rugido final retumbó por el valle…

y luego, solo quedó silencio.

Un silencio pesado. Absoluto.

“La Promesa de un Hijo”

Mientras el cuerpo de Noceron se apagaba como una estrella vencida, Lusian sintió la tensión abandonar su pecho. No era triunfo lo que llenaba su mente, sino una inquietud profunda. Si los dioses podían bendecir a los héroes y empujarlos más allá de sus límites…

¿Qué ocurriría el día en que posaran la mirada sobre él?

No había ganado una batalla. Solo había comprado tiempo. Y en algún lugar, alguien lo estaría observando.

Lusian descendió al suelo con suavidad, aunque respiraba con dificultad. Sus músculos temblaban por la tensión y la descarga de energía. Frente a él, el coloso derrotado yacía inmóvil, vencido por una mezcla perfecta de estrategia, fuerza y cálculo.

En sus ojos se mezclaban el cansancio, el alivio y la certeza de haber dominado la situación. Cada movimiento había sido anticipado, cada ataque esquivado, cada golpe medido con precisión casi quirúrgica. En ese momento, el mundo se reducía a él, a su Espada y Armadura Ætherion… y a la mente que conocía todos los secretos del monstruo.

Por un instante, Lusian no era solo un guerrero: era la experiencia de Erwin hecha carne, enfrentando por primera vez un mundo que antes solo había sido un juego.

El valle quedó en silencio. El maná residual del titán se dispersó en el aire, dejando tras de sí una calma pesada. Lusian respiró hondo, su espada aún en mano, la armadura brillando débilmente.

Sofía se acercó con pasos lentos. Sus ojos recorrían cada centímetro de su hijo, como si confirmara que seguía entero. Su corazón latía acelerado, quizá por el miedo tardío… quizá por un orgullo que ya no podía ocultar.

Durante toda la batalla estuvo lista para intervenir con sus tres bestias mágicas si Lusian caía. Pero no fue necesario. En los últimos cuatro meses, desde su regreso de la capital, él había cambiado. Entrenó sin descanso. Cazó. Dominó su maná. Creció.

Y ella había estado allí para verlo.

Lo tomó suavemente del brazo. Solo entonces permitió que su rostro se relajara.

—¿Estás bien… hijo? —preguntó con un hilo de voz.

Lusian exhaló, dejando que el cansancio aflorara un momento.

—Sí, madre. Estoy bien —respondió con una sonrisa tranquila—. Solo hice lo que me enseñaste.

Sofía negó suavemente, acariciándole el hombro.

—Ya luchaste suficiente por hoy. Ahora déjame cuidarte yo.

—Supongo que incluso los guerreros necesitan descansar —murmuró Lusian mientras se dejaba llevar.

Ella rió suave y le rozó la mejilla.

—Sí, y yo voy a asegurarme de que lo hagas. No permitiré que te extralimites, por muy fuerte que seas.

Lusian la miró con gratitud. No era solo la fuerza o la magia lo que lo mantenía en pie. Era ella. Su madre. Siempre allí.

Minutos después, estaba inclinado sobre el agua caliente del río, limpiando la sangre y el polvo de la batalla. El vapor se elevaba, envolviéndolo lentamente.

—¿Te duele? —preguntó Sofía desde la orilla, observando cada magulladura.

—No demasiado —mintió con media sonrisa—. Solo necesitaba esto.

Ella lo miró en silencio unos segundos.

—Prométeme que no pelearás como si estuvieras solo —dijo al fin—. Porque no lo estás.

Lusian levantó la vista y encontró sus ojos. Por primera vez en días, dejó que el agotamiento se asomara en su voz. Quiso responder… pero el silencio lo retuvo un instante. Luego asintió.

—Lo prometo.

La calma volvió entre ambos, pero no era una paz real.

Era la quietud previa a que el mundo exigiera, una vez más, más de lo que cualquiera de los dos quería dar.

“EL REY Y EL HIJO QUE NO DEBE SER REY”

El salón del trono estaba iluminado por la luz filtrada de los vitrales, proyectando destellos dorados y rojizos sobre los tapices que narraban las glorias de la dinastía Erkhan. El rey Felipe Erkhan, de rostro endurecido y mandíbula tensa, escuchaba en silencio mientras su canciller le entregaba el informe diario.

—Majestad —dijo el canciller, con un hilo de voz impregnado de preocupación—, los templos han crecido en influencia con una rapidez que supera cualquier registro previo. En especial, el templo del dios de la electricidad ha movilizado a multitudes que ya no se conforman con adorar… exigen ser gobernadas por su elegido: el tercer príncipe, Leonardo.

Felipe frunció el ceño y apoyó ambas manos sobre el trono. Cerró los ojos por un instante. No sabía si temía más a la divinidad… o a la ambición que podía despertar en el corazón de su propio hijo.

—Explícame la magnitud de este “movimiento”, Edran —dijo al fin, con voz firme pero levemente quebrada por la alarma—. ¿De cuántos ciudadanos estamos hablando?

—Alrededor del veinte por ciento de la población se ha adherido activamente a los templos —respondió el canciller—. De ellos, más de la mitad reconoce a Leonardo como un héroe divino y empieza a cuestionar la autoridad del trono. Sus seguidores exigen que gobierne bajo la guía de los templos. Ya se han presentado peticiones formales… y algunas han derivado en disturbios.

—No sabemos si el propio príncipe alimenta ese fervor —agregó el consejero militar—, o si simplemente lo permite. Pero si continúa, contenerlo será cada vez más difícil.

Felipe se levantó y caminó lentamente frente al estrado.

—No es solo fe… es una amenaza a la corona. —Sus dedos se cerraron sobre la madera tallada del respaldo—. Mi hijo está siendo usado como símbolo de poder. Y Andrew… Andrew siente la presión. La sombra de su hermano crece sobre el heredero legítimo.

—Majestad, los fanáticos han comenzado a organizarse —advirtió el consejero militar—. Forman células, patrullan calles, y cada sermón intensifica su fervor. Algunos se han enfrentado a la guardia. Si esto escala… podríamos tener una insurrección.

El rey se detuvo, cerrando los ojos con pesar.

—Esto ya no es política… es fe. Y los dioses han empezado a jugar con los corazones de mis ciudadanos. La ciudad está al borde de dividirse entre la lealtad al trono… y la devoción a un hijo que no es el heredero.

—¿Qué ordenará, Majestad? —preguntó Edran, conteniendo el aliento.

Felipe alzó la mirada hacia los vitrales teñidos por la luz del atardecer.

—Controlaremos la narrativa. Que se respete el templo y la fe, pero sin permitir que un hijo mío sea exaltado por encima de la corona. Leonardo debe entender su deber como héroe, no como gobernante. Y Andrew recibirá apoyo. No permitiremos que su posición se debilite mientras los fanáticos crecen.

—Sí, Majestad —asintió Edran—. Redactaré un decreto y reforzaremos la guardia alrededor de los templos. Informaremos a los maestros de la corte: deben contrarrestar la exaltación desmedida del héroe.

—El príncipe Andrew ha solicitado audiencia —añadió con cautela—. No mencionó a su hermano. Pero todos lo notaron: llegó antes del amanecer.

Felipe volvió a sentarse, dejando escapar un suspiro contenido.

Si un dios elige a un hombre… ¿cuánto tardarán los fieles en intentar destronar al rey?

—Que nadie lo olvide —dijo en voz alta—: un dios puede bendecir… pero un rey mantiene el control. Este trono sigue siendo mío, aunque deba enfrentar a hijos, devotos… y dioses.

Su voz descendió hasta un susurro más pesado que cualquier decreto.

—Que los dioses bendigan, si así lo desean. Pero recordad todos: este reino no se gobierna desde los altares… sino desde este trono.

Mientras el silencio caía sobre la sala, Felipe pensó:

No temo a la divinidad… sino a los hombres que creen hablar en su nombre.

La luz rojiza cruzó los vitrales, rasgando los tapices como una herida abierta.

“LECCIÓN DE MUERTE Y MANÁ”

Unos días después, la noche cubría el bosque con un manto de sombras densas. Lusian avanzaba entre los árboles con pasos silenciosos, preciso, letal. Cada criatura que caía ante él lo hacía sin comprender qué la había tocado; su magia de oscuridad lo envolvía hasta volverlo casi invisible. Allí, entre las raíces y el follaje, parecía la muerte misma caminando sin prisa.

Garet lo observaba desde la distancia, los brazos cruzados y una sonrisa orgullosa en el rostro.

«Así se hace», pensó. No solo era la destreza física de Lusian lo que lo impresionaba, sino la manera en que calculaba mentalmente el maná, ajustando cada hechizo con exactitud quirúrgica.

—Mira bien, Lusian —dijo, su voz firme resonando entre los troncos—. No se trata solo de derribar monstruos. Cada hechizo tiene un coste. Si no lo calculas, te quedarás sin maná antes de la mitad del combate. Esta noche aprenderás eficiencia.

El bosque guardó silencio cuando Lusian concentró su energía, como si incluso las sombras esperaran.

Garet señaló con un gesto al alce monstruoso que pastaba entre los arbustos.

—Nivel cincuenta. Maná base: quinientos. Con tu afinidad Épsilon, cada lanza consume veintiún puntos… multiplicado por cinco… y luego reducido a la mitad.

Lusian hizo el cálculo al instante.

—Cincuenta y dos —dijo con seguridad—. Justo lo necesario.

Seis lanzas negras surgieron del vacío. El alce apenas alcanzó a levantar la cabeza antes de desplomarse.

Garet asintió, satisfecho.

—Eso es. Inteligencia antes que fuerza.

Luego continuó, su tono más didáctico:

—La magia no sirve solo para causar daño, sino para administrarlo. Nunca gastes más de lo necesario. Cada conjuro debe tener un propósito. Cada movimiento debe estar pensado. Así se distingue a un simple Legionario de un verdadero Magister.

Lusian absorbió cada palabra con atención. El bosque, las criaturas derrotadas, las sombras que lo rodeaban… todo se convertía en una clase sobre estrategia, control y disciplina.

—Recuerda esto —añadió Garet—: el maná es finito. Incluso con afinidad Épsilon, si te excedes, quedarás vulnerable. Un guerrero no es el que derriba monstruos; es el que lo hace con precisión, economía y sangre fría. Como la muerte cuando camina sin ser vista.

Lusian respiró hondo. Sintió el flujo de maná recorriéndolo con exactitud perfecta. Esa noche, bajo la mirada de su mentor, no solo cazaba: se estaba forjando, aprendiendo a dominar su mente tanto como su magia.

“Conspiración Celestial”

La sala celestial brillaba con una luz etérea que no provenía de ninguna fuente visible. El mármol flotante bajo sus pies parecía hecho de voluntad divina. Cuatro figuras se alzaban en torno al círculo sagrado: fuego, fuerza, luz y electricidad, cada una irradiando la esencia de su heraldo.

—Comencemos —dijo Seraphon, heraldo de la Luz, con voz firme y serena—. Las ciudades esperan la apertura oficial de nuestros templos. Si queremos consolidar la fe antes de que surjan resistencias, debemos actuar pronto.

—Algunas ciudades no aceptarán nuestra presencia tan dócilmente —respondió Ignivar, su figura chisporroteando como una hoguera contenida—. Si creen que imponemos nuestra voluntad, se rebelarán. Debemos persuadir… o encenderemos una llama que no podremos controlar.

Tharos, heraldo de la Fuerza, bufó con desgano.

—Yo abro templos donde me llaman. Lo demás no me importa. Ni sus políticas… ni sus quejas.

Seraphon sostuvo el silencio un instante antes de ceder la palabra a Voltaris.

—Hay un territorio que merece atención prioritaria: Douglas —dijo el heraldo de la Electricidad—. Su lealtad hacia su señor es absoluta. La magia de oscuridad domina más del setenta por ciento de la región. No basta con templos ni promesas de protección divina. Sería como tratar de iluminar un muro hecho de sombra.

Ignivar asintió lentamente.

—Entonces debemos avanzar con cautela. Si Douglas nos percibe como invasores, la resistencia se volverá un incendio extendido.

Tharos se encogió de hombros.

—Digan dónde me necesitan… y allí estaré. Pero no esperen que me dedique a convencer aldeanos.

Seraphon tensó la luz a su alrededor.

—Y hay otro problema: el Oráculo Divino sigue sin dar visiones claras. Algo bloquea su alcance. Estamos moviéndonos sin ver el camino, y eso vuelve cada decisión más peligrosa.

El aura de Voltaris vibró como una tormenta contenida.

—He revisado los registros. Hay una distorsión activa. No sabemos quién o qué la produce, pero oculta eventos clave y altera las predicciones. Es como navegar sin estrellas.

Ignivar inspiró hondo, su voz ardiente de determinación.

—Entonces, además de los templos, debemos investigar esa interferencia. Rastrearla. Y eliminar su origen.

Tharos se irguió con un suspiro resignado.

—Está bien. Digan el lugar y haré lo que deba hacerse.

Seraphon levantó la mirada con firmeza.

—Abriremos los templos con cautela, especialmente en Douglas. Y paralelamente rastrearemos la anomalía que bloquea al Oráculo. Neutralizar al responsable será prioritario.

Voltaris extendió la mano y un arco eléctrico iluminó sus rostros.

—Avancemos. Que cada templo sea un faro… y que quien se esconda en esta sombra entienda que nuestra justicia no llega: cae.

Tharos inclinó la cabeza, sin entusiasmo, pero sin objeciones.

La reunión concluyó.

La luz celestial titiló, como si incluso los dioses sintieran el peso de lo que se avecinaba.

Abrir templos era solo el principio.

El verdadero desafío ya había comenzado…

y entre las sombras, alguien escuchaba.

“EL DUCADO QUE NO SE ARRODILLA”

El Ducado Douglas estaba formado por seis ciudades fortificadas, cada una con tradiciones propias y una identidad profundamente arraigada. Eran tierras de disciplina, autonomía y, sobre todo, de una lealtad incuestionable hacia su señor. Su pueblo no aceptaba injerencias externas ni palabras que pusieran en duda el honor de la familia Douglas. Cerca del setenta por ciento de la población dominaba la magia de oscuridad, empleándola tanto en la defensa del territorio como para preservar su cultura.

Cuando los sacerdotes y heraldos de los templos llegaron a la primera ciudad, lo hicieron confiados, creyendo que su autoridad divina bastaría para ganarse obediencia. Pero cometieron un error grave: insinuaron, en sus discursos, que Lusian Douglas y su linaje debían rendir cuentas por “atrocidades del pasado”.

Era el ocaso. La plaza central rebosaba de gente regresando de sus labores, caminando entre los puestos y las casas de piedra oscura. Al aparecer los heraldos con estandartes y pergaminos solemnemente desplegados, el silencio cayó sobre la multitud.

—¡Ciudadanos! —proclamó uno de los sacerdotes—. Ha llegado la hora de enfrentar la verdad. Los dioses han elegido a sus portavoces y nosotros venimos a guiarlos hacia la justicia…

Al principio, la multitud escuchó con cautela, algunos inclinando la cabeza, otros solo observando.

—…y es necesario reconocer los actos cometidos por el duque Lusian Douglas y su familia. Durante años, su gobier—

Un golpe seco interrumpió la frase.

Un hombre robusto, cubierto por la capa negra que identificaba a los magos de oscuridad, dio un paso al frente y golpeó el suelo con su bastón.

—¡Cierra la boca! —tronó su voz, resonando por toda la plaza—. ¿Cómo osas mancillar el nombre de nuestro señor? ¡Lusian Douglas protege estas tierras con su vida! ¡Ni tú ni tus dioses tenéis derecho a juzgarlo!

El murmullo se convirtió en rugido. La multitud avanzó, empujando a los sacerdotes. Una mujer de cabello gris —veterana de antiguas campañas— arrojó su cesta vacía hacia ellos.

—¡Fuera de nuestra ciudad! ¡Y agradezcan que solo sea una cesta!

Los sacerdotes intentaron calmar a la multitud, pero fueron rodeados por jóvenes con palos y escudos improvisados. Un mago concentró energía oscura, provocando un temblor bajo los pies de uno de los heraldos.

—Por nuestro duque —dijo con fría determinación—. Si volvéis a pronunciar su nombre con desprecio, será la última vez que tengan voz para hablar.

El silencio volvió. Uno de los sacerdotes, pálido, levantó las manos.

—No buscamos confrontación… solo deseamos…

Una lluvia de frutas, piedras y exabruptos lo obligó a retirarse. Con estandartes tirados en el suelo y la dignidad hecha trizas, los heraldos emprendieron el camino de regreso.

No era solo una derrota. Era un recordatorio. En el Ducado Douglas, la lealtad no se compra con discursos ni bendiciones. Se gana con actos… y se defiende con la vida.

La noticia se propagó rápidamente. Las demás ciudades respondieron de igual manera: murallas cerradas, hechiceros vigilando desde las torres y poblaciones que respetaban la fuerza… pero rechazaban cualquier intento de manipulación. Los heraldos comprendieron que la familia Douglas no era simplemente gobernante: era el símbolo de la voluntad de un pueblo que no se arrodilla ante promesas divinas ni amenazas de altar.

En la sala de estrategia del castillo Douglas, la luz temblorosa de los candelabros bañaba mapas, informes y cristales de maná extendidos sobre la mesa central. Nadie hablaba. Incluso el aire parecía contener la respiración.

Lusian permanecía de pie, una mano apoyada sobre el mapa del ducado, los ojos fijos en los límites de sus ciudades. No necesitaba palabras para imponer respeto. A su lado, la duquesa Sofía lo observaba en silencio, brazos cruzados, la mirada tan afilada como una hoja recién desenvainada.

El conde Harven, de Rasten, fue el primero en romper la quietud.

—Es indignante —gruñó—. Llegaron con falsa cortesía y luego se atrevieron a mancillar el nombre de nuestro ducado. ¡Deberían estar encadenados en las murallas!

Sofía lo interrumpió, gélida:

—¿Y desatar así una guerra con cuatro templos? —preguntó—. ¿Sacrificarías a tu gente por orgullo, Harven?

El conde apretó los dientes y guardó silencio.

Lady Mara de Argös, joven pero firme, añadió:

—Tampoco podemos dejar sin respuesta ese ultraje. Si callamos, creerán que el Ducado Douglas puede ser pisoteado sin consecuencias. Mi ciudad está furiosa.

—Que estén furiosos —replicó Sofía—. Prefiero la furia a las tumbas que deja una guerra santa.

Las voces chocaron como espadas. La noche avanzaba silenciosa más allá de los ventanales, mientras los argumentos se cruzaban en la sala.

Lusian permaneció inmóvil, escuchando. Antaño habría respondido con acero y sangre; ahora cada palabra se ponderaba con la precisión de un estratega que valora la vida de su pueblo como un tesoro.

Levantó la mano. El silencio volvió, pesado y expectante.

—Los templos cometieron un error —dijo con calma—. Pero no vamos a cometer uno mayor.

Algunos condes bajaron la vista.

—Ningún heraldo volverá a entrar en nuestras ciudades sin autorización —continuó—. Esa será nuestra postura. Pero no iniciaremos un conflicto que pueda consumir al ducado… ni al reino entero.

Sofía lo observó de reojo. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa aprobatoria, casi imperceptible.

Lusian ya no reaccionaba como un guerrero que busca la victoria en la fuerza. Estaba aprendiendo a gobernar como líder.

Desplegó un pergamino.

—Enviaremos cartas. Diplomáticas, respetuosas… pero firmes. Explicaremos que el comportamiento de sus sacerdotes provocó tensiones innecesarias y que, por el bien de todos, ningún representante volverá a entrar sin acuerdo previo.

Un murmullo recorrió la sala. Lusian elevó la voz, marcando cada palabra:

—Esto no es debilidad. Es control. Nosotros marcamos el ritmo. Nosotros imponemos las reglas. No ellos.

Harven habló de nuevo, con cautela.

—¿Y si deciden ignorar la carta?

Lusian sostuvo su mirada sin pestañear.

—Entonces aprenderán —dijo con calma pesada, más que cualquier grito— lo que significa desafiar al Ducado Douglas. Pero antes, cumpliremos con lo correcto.

El silencio que siguió no era miedo. Era respeto.

Uno de los capitanes de frontera dio un paso adelante.

—Mi señor, los monstruos siguen aumentando. Se han avistado criaturas de nivel Épsilon y Omega más al norte.

Lusian asintió.

—Preparen el ejército. Lo enviaremos.

Un silencio de respeto se extendió por la sala. Sofía colocó una mano sobre el hombro de su hijo. No hacía falta decir nada.

—El ducado está en buenas manos —pareció susurrar con la mirada.

Lusian tomó la pluma, la sumergió en tinta y dijo:

—Preparad las cartas —ordenó—. Y reforzad las patrullas. No por los templos… sino por lo que se mueve en la noche, bajo esta Nube de Maná.

Con la pluma en la mano y el peso del futuro sobre sus hombros, Lusian no habló como heredero. Habló como Duque.

Como líder.

Como un hombre que ya no reacciona al mundo… sino que lo gobierna.

“CUANDO LOS MUROS CALLAN”

La Ciudad Valther, capital del Marquesado del Este, siempre había sido un bastión de orden y calma. Sus murallas blancas, reforzadas con runas, sus torres arcanas, academias de magia elemental y templos resplandecientes eran símbolos de una civilización próspera y segura. Pero esa noche, incluso la magia pareció contener la respiración.

En lo alto de las murallas, los vigías se congelaron al ver una sombra avanzar desde el horizonte. Una ondulación oscura, demasiado grande para ser niebla, demasiado viva para ser humo. Uno de ellos tragó saliva, incapaz de apartar la vista.

—¿Alguien… más ve eso? —susurró.

Cuando la horda entró en el rango de las torres rúnicas, la verdad los golpeó como un puñetazo de hielo: monstruos. Miles. Decenas de miles. Ciervos azules saturados de maná, jabalíes de colmillos cristalizados, lobos menores de pelaje endurecido. Todos corrían como huyendo de algo mucho peor.

—¡ALARMA ARCANA! ¡ACTIVAD LAS TORRES! —rugió el capitán.

Las torres rúnicas destellaron con violencia, disparando proyectiles de energía que evaporaron a los primeros monstruos. Pero el aire estaba tan saturado de maná que los núcleos comenzaron a chispear; cada disparo se deformaba y explotaba antes de impactar.

—¡Las torres están fallando! —gritó un técnico rúnico—. ¡No soportan tanta saturación!

Los magos de la academia corrieron a las murallas para reforzar el ataque, pero apenas conjuraban, el maná los desgarraba desde dentro. Uno cayó de rodillas, sangrando por los ojos. Otro conjuró una esfera de fuego que colapsó sobre sí misma, estallando en su cara.

—¡No puedo… no puedo controlarlo! —gimió una maga joven antes de desmayarse.

La archimaga superior perdió toda compostura.

—¡Retiraos! ¡El maná nos está matando! ¡RETIRAOS AHORA!

Pero ya era tarde. Las filas mágicas colapsaron en un caos de gritos y convulsiones.

Los caballeros rúnicos tomaron entonces el relevo, descendiendo por las calles.

—¡Escudos al frente! ¡Línea férrea, maldita sea! ¡No dejéis pasar a ninguno! —ordenó el comandante.

Sus lanzas de maná perforaban a los monstruos menores, y sus escudos absorbían cargas que habrían partido a cualquier otro soldado. Pero era inútil: los ciervos arrollaban filas enteras con astas brillantes; jabalíes irrumpían en casas destruyendo puertas y muros; lobos dispersos atacaban a familias que huían entre gritos desesperados.

—¡Mi hija! ¡Alguien ayude a mi hija! —chilló una mujer, cargando a una niña herida.

—¡Atrás! ¡ATRÁS! ¡No podemos contenerlos! —rugió un caballero mientras un alce de maná le partía el escudo.

Un rugido profundo resonó desde el bosque, un sonido tan antinatural que los soldados quedaron inmóviles. Incluso las bestias menores vacilaron.

Entonces aparecieron los apex.

Un felino de obsidiana que partió una torre rúnica con un zarpazo. Una serpiente colosal de aura azul que aplastó calles enteras con su cuerpo. Un lobo bicéfalo envuelto en niebla negra, cada respiración un eco de muerte. Niveles 60, 70, 80. La cadena alimenticia misma había descendido sobre la ciudad.

—¡ESO NO PUEDE SER REAL! —balbuceó un soldado, dejando caer su lanza.

—¡Retirada! ¡RETIRADA! ¡LOS MUROS NO LOS DETIENEN! —gritó otro antes de ser arrastrado por un jabalí gigante.

Los templos abrieron sus puertas cuando las barreras se activaron, pero el impacto de los apex las quebró como cristal.

—¡Rezad! —gritó un sacerdote—. ¡Rezad, los dioses escucharán!

Una mujer empujó a su hijo hacia él, desesperada.

—¡Protégelo! ¡Por favor! —sus manos temblaban sin control.

Ni plegarias ni sellos funcionaron. El exceso de maná los ahogaba.

—¿Los dioses nos salvarán? —sollozó un niño.

La sacerdotisa que lo sostenía no respondió. Tenía los ojos vidriosos. Ella también temblaba.

El suelo comenzó a vibrar. No como un temblor, sino como el paso de algo inmensamente pesado. Silencio absoluto. Soldados, civiles y monstruos menores quedaron inmóviles, sintiendo una presencia que aplastaba incluso su instinto de supervivencia.

Desde las profundidades del bosque emergió una criatura que no pertenecía a este mundo. Una sombra inmensa, con ojos brillantes como estrellas rotas, saturada de maná hasta deformar el aire a su alrededor. Los humanos cayeron de rodillas involuntariamente. Algunos murieron solo al mirarlo.

—Eso… —susurró un guardia con voz rota—. Eso no es… vida…

La bestia levantó una garra del tamaño de una torre y la sombra cubrió medio distrito. Valther estaba a un instante de ser borrada del mapa.

Pero el cielo se partió antes de que la garra descendiera.

Una columna de luz atravesó las nubes con un estruendo que hizo vibrar el mundo. No era divina. Ni natural. Era humana. Tan densa, tan pura, tan concentrada que el aire silbó como si fuera cortado.

Todas las bestias se detuvieron. Incluso la sombra colosal.

Un círculo gigantesco de runas brilló sobre la plaza, iluminando la ciudad como un segundo sol.

—¡Ciudad Valther… resistid! La ayuda ha llegado —resonó una voz clara, firme, incontestable.

Los ciudadanos alzaron la vista, entre lágrimas y desesperación. Cuatro siluetas emergieron del círculo de luz, descendiendo como estrellas que se negaban a morir.

Emily, la Heroína de la Luz, cayó primero. Su cuerpo proyectaba un resplandor blanco que obligó a monstruos y humanos a apartar la mirada. No era violencia: era pureza. El aire mismo pareció estabilizarse a su alrededor.

—Mientras yo respire —dijo con voz firme—, la oscuridad no devorará este reino.

La segunda figura aterrizó envuelta en llamas doradas que se arremolinaban sin quemar. Alejandro, el Héroe del Fuego, golpeó el suelo con un puño ardiente; de la explosión nació un muro de ceniza luminosa que detuvo la estampida como si chocaran contra un amanecer sólido.

—¡BESTIA OMEGA! —rugió—. ¡HOY NO TENDRÁS ESTE TERRITORIO!

Un chasquido eléctrico rasgó el cielo cuando Leonardo, el Héroe de la Electricidad, apareció. Su cuerpo estaba rodeado de arcos azules que serpenteaban como criaturas vivas, cargando el aire de ozono y poder. Con un movimiento exacto trazó una barrera que crujió como una tormenta atrapada.

—Sobre mi cadáver cruzas esta muralla —dijo, cada palabra retumbando como un trueno.

La cuarta figura descendió sin ruido alguno. Kara, la Heroína de la Fuerza. Delgada, elegante, casi frágil a primera vista… pero cada paso hacía vibrar la tierra. Las piedras se levantaban como polvo bajo la presión invisible de su poder. Su mirada se clavó en el coloso Omega sin un rastro de temor.

Ella avanzó, y el monstruo retrocedió un paso.

—Si buscabas una presa fácil… —susurró, inclinando apenas la cabeza— elegiste la ciudad equivocada.

Los ciudadanos rompieron a llorar. Los sacerdotes cayeron de rodillas, sin saber si contemplaban a humanos o a algo más grande. Los templos, impotentes minutos antes, permanecieron en un silencio absoluto.

Entre los escombros, una mujer cubrió la boca con las manos mientras las lágrimas le corrían por el rostro.

—Los dioses nos salvaron… —murmuró.

—Enviaron a los héroes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo