GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 37
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Capítulo 37: Capítulo 37 REUNIÓN SECRETA: DEMONIO + HERALDOS
“Cenizas de Victoria”
El silencio tras la batalla no fue paz. Fue quebranto.
Las llamas aún ardían en las ruinas, teñidas de un matiz azulado por el exceso de maná en el aire. Las criaturas caídas seguían evaporándose como bruma corrupta. Los ciudadanos caminaban entre los restos, buscando nombres, buscando cuerpos… buscando esperanza.
Emily permanecía en pie en el centro de la plaza, respirando con dificultad. La bendición divina había estabilizado el maná durante unos minutos… y ahora lo sentía regresar con el peso de un océano. Se apoyó en su espada luminosa, oculta bajo la apariencia de calma, y aunque nadie lo notaba, la reliquia parecía resonar con su pulso, como si reconociera su dueña.
Un niño se acercó tambaleando.
—Señorita… mi mamá no se despierta… —murmuró, sosteniendo una mano ensangrentada.
Emily se agachó, aun cuando cada movimiento la hacía temblar.
—Te lo prometo —susurró, posando su mano sobre su cabeza—. Nadie más va a caer hoy.
Detrás de ella, Alejandro caminaba entre los escombros como un cometa apagado. El fuego que había detenido a la bestia Omega se extinguía a cada paso, y el aura de su espada —el Arcanum divino aún en llamas— resonaba con su furia, dejando rastros de luz a su alrededor. Leonardo revisaba a los heridos con expresión fría, aunque su mirada cargaba culpa. Kara observaba a las criaturas muertas… como si evaluara cuántos golpes le faltaron.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Alejandro, apretando los dientes—. La horda sigue activa al norte. Si no vamos al Ducado Douglas, estos monstruos volverán… ¡y con más fuerza!
Emily negó con la cabeza, la mano sobre su espada como ancla.
—Primero debemos atender a los sobrevivientes. La ciudad necesita estabilización, y los heridos no pueden esperar. Esa es nuestra prioridad.
Leonardo cruzó los brazos, voz fría como el acero.
—Emily tiene razón en cuidar a los civiles. Pero si no eliminamos la fuente, esta masacre se repetirá. Nada cambiará mientras el Ducado permita que el maná se descontrole.
Kara, que había permanecido en silencio, habló apenas un susurro.
—Deberíamos descansar, evaluar los daños… y planear con cabeza fría.
El comentario encendió a Alejandro. Su puño chispeó con una pequeña llamarada de maná, suficiente para que un niño a lo lejos apartara la mirada.
—¡Descansar! —rugió—. ¿Después de que la ciudad arde y la gente muere? No puedo esperar mientras ellos siguen en peligro.
Emily puso una mano en su brazo, deteniendo su impulso.
—Alejandro… ahora no se trata de lo que quieres tú.
El aire se cargó de tensión. Por primera vez tras la victoria, los héroes dudaban el uno del otro. Por primera vez, sus caminos no estaban alineados. Los ciudadanos los observaban como salvadores, sin percibir el conflicto que hervía entre ellos.
Y entonces ocurrió.
—Con todo su poder… y aun así la ciudad se perdió —dijo un sacerdote en voz baja, creyendo que los héroes no podían escucharlo—. ¿Qué será cuando el maná siga creciendo? ¿Quién responderá por esto?
Emily se giró, pero Alejandro fue más rápido.
—¿”Responder”? ¿Acaso crees que no hemos dado todo? —rugió, con el puño inflamándose de nuevo.
—¡Alejandro! —intervino Emily de inmediato.
Leonardo frunció el ceño.
—Ella tiene razón —dijo, sin mirarlos—. Detuvimos la catástrofe… pero no evitamos la tragedia.
El ambiente se tensó aún más.
Los templos se acercaron. El barón de Valther, con el rostro aún manchado de sangre, habló con dureza:
—La horda venía del norte. Del Ducado Douglas. ¿Debemos entender que fueron expulsados… sin prever las consecuencias?
Alejandro miró a Emily.
Emily bajó la vista.
Leonardo habló primero:
—Si eso es cierto… el ducado deberá asumir responsabilidad directa.
Kara alzó la mirada hacia el cielo.
—Está llegando.
—¿Quién? —preguntó el barón.
Antes de que alguien respondiera, el suelo comenzó a vibrar. No como antes, por terror… sino por orden.
Columnas de tierra se fracturaron mientras estandartes negros con dos lobos surgían a lo lejos. Miles de soldados marcharon en formación impecable, armaduras rúnicas reforzadas por el nuevo flujo de maná.
Al frente, tres criaturas gigantes se sobresalían: Thunder, un corcel eléctrico que chispeaba con rayos en cada paso; Umber, un lobo negro que parecía absorber la luz a su alrededor; y Larriet, un imponente león que irradiaba pura fuerza física, capaz de devastar a cualquier enemigo con sus zarpazos.
Los tres superaban el nivel 90. Y detrás de ellos, montando con expresión tan majestuosa como implacable… Sofía Douglas….
Y a su flanco, Lusian.
Emily dio un paso atrás. Alejandro apretó los dientes. Leonardo desvió la mirada. Kara simplemente observó.
Lusian descendió del corcel, avanzando entre los escombros, mirando a los civiles heridos… a los héroes… a las ruinas.
Sus ojos reflejaron algo entre culpa y resolución.
Se detuvo en el centro de la plaza.
—Lo que ocurrió aquí —dijo Lusian, con voz grave— no fue una tragedia inevitable… sino una consecuencia.
Alejandro avanzó, puños humeantes.
—¿Consecuencia? ¡Tú estabas a cargo! ¡Estas muertes podrían haberse evitado si hubieras actuado con responsabilidad!
Leonardo se unió, implacable.
—Miles murieron. Y todo apunta a decisiones que no tomaste… o que tomaste demasiado tarde.
Emily dio un paso al frente.
—No es justo. Ustedes lo culpan como si hubiera esperado sentado. ¡Pero venía persiguiendo a la horda desde su territorio! Nadie habría podido detener algo así.
Alejandro gruñó, colocando un pie en falso entre escombros.
—Emily, no estamos diciendo que él sea un cobarde. Estamos diciendo que falló. Y su falla costó vidas.
Leonardo ladeó la cabeza con una frialdad calculada.
—No cuestiono su honor. Cuestiono sus decisiones.
Emily apretó los puños.
Dolía más de lo que mostraba.
Kara se colocó entre ellos en un movimiento casi imperceptible, firme pero calmada.
—Ya basta —dijo, sin elevar la voz—. No estamos en condiciones de juzgar nada todavía. Él venía detrás de la horda, ustedes lo vieron llegar con Thunder, Umber y Larriet y su ejercito —Miró a Alejandro, luego a Leonardo—. Podemos señalar culpables después… cuando no haya heridos muriendo a metros de nosotros.
Alejandro respiró hondo, pero no bajó la mirada. Leonardo tampoco.
Emily, con el pecho ardiendo, se volvió hacia Lusian. Él no dijo una palabra. No necesitaba excusarse; su llegada lo había hecho por él.
Un leve brillo rodeaba las armaduras de los héroes y las armas que portaban, como un recuerdo sutil de su origen divino. Nadie mencionó el detalle; no hacía falta. Todos lo sentían.
“La Madre del Lobo”
Sofía estaba instruyendo a sus tropas para atender a los heridos cuando los gritos la detuvieron y la obligaron a mirar hacia el círculo central.
Larriet abrió las fauces… y rugió.
El rugido fue como un trueno quebrando la tensión.
Toda la plaza quedó en silencio.
Incluso los soldados del Ducado se detuvieron en seco.
Sofía Douglas avanzó con una furia que no intentaba ocultar. Sus pasos hacían temblar las piedras, y su presencia —envolviendo a las tres bestias mágicas— parecía capaz de aplastar voluntades.
Sus ojos, tan fríos como un filo rúnico, se clavaron en Alejandro y Leonardo.
—¿Te atreves… —su voz era un arma— a hablarle así a mi hijo?
“Los soldados del Ducado abrieron paso instintivamente, como si incluso ellos temieran interponerse entre Sofía y su objetivo.”
Alejandro, pese a su carácter, retrocedió un paso sin querer.
Leonardo bajó la mirada.
—No me importa si te crees un héroe —continuó Sofía, cada palabra cargada de autoridad brutal—. Si dices una sola palabra más… morirás aquí.
Larriet avanzó medio paso, gruñido profundo, dejando claro que no era una amenaza vacía.
Los civiles se apartaron.
Los sacerdotes quedaron paralizados.
Incluso Lusian cerró los ojos un segundo, como si temiera lo que su madre estaba a punto de desencadenar.
Los héroes bajaron la cabeza uno por uno.
Todos menos Emily.
Ella dio un paso adelante… directo hacia Sofía.
—Suegra, por favor —dijo Emily con suavidad, aunque la tensión le temblaba en la voz—. Este no es el momento.
Sofía volvió lentamente la mirada hacia ella.
No había en sus ojos odio, sino un dolor feroz, materno, ancestral.
Emily respiró hondo, manteniendo el contacto visual.
—Ellos están lastimados. Están agotados. Todos perdimos algo hoy.
Pero pelear entre nosotros… solo abrirá más heridas.
Sofía apretó la mandíbula. Thunder relampagueó. Umber gruñó más fuerte.
Pero aun así… dio un paso atrás.
Lusian la miró, sorprendido.
Emily había logrado lo que nadie más se atrevía:
detener a la poderosa Sofía Douglas.
Sin decir palabra, Lusian se apartó. Su armadura aún vibraba con restos de energía, pero su mirada estaba muerta.
Cuando todo volvió a calmarse —o al menos, a detenerse por un instante— Emily lo buscó.
Lo encontró lejos del resto, sentado sobre un fragmento de muro, con la mirada perdida en las ruinas iluminadas por brasas agonizantes. Sus manos temblaban levemente, no por cansancio… sino por algo más profundo.
Ella se acercó despacio.
—Lusian… —susurró.
Él no levantó la vista al principio. Solo respiró hondo, como si cada palabra fuera un peso que no sabía cómo soportar.
—Emily… —murmuró finalmente—. No debí llegar tan tarde.
Ella se sentó a su lado sin decir nada, esperando.
Esa paciencia suya siempre lo quebraba.
Lusian apretó los puños.
—Yo… estaba protegiendo mi territorio. Una bestia mágica Omega apareció en la frontera. No podía ignorarla. Si la dejaba avanzar… —sacudió la cabeza, con la voz rota—. Douglas habría quedado en ruinas.
Emily apoyó una mano sobre la suya.
Él siguió.
—Mientras peleaba, un grupo de monstruos menores pasó cerca. Debían haber huido al ver la batalla. Y… cada vez que avanzaban, más se les unían. Como un río que arrasa con todo. —Inspiró tembloroso—. Para cuando pude matar al Omega… ya era demasiado tarde.
La horda se había convertido en algo inmanejable.
Su voz se quebró del todo.
—Cuando quise perseguirlos… cuando finalmente pude… —tragó saliva, con rabia hacia sí mismo—. Ya habían llegado aquí. Y tú estabas peleando. Y la ciudad cayéndose.
Y yo… no estuve.
Emily lo miró con un dolor que no era reproche, sino empatía.
—Lusian… no podías estar en dos lugares a la vez. Hiciste lo que tenías que hacer. Protegiste tu hogar… tu gente.
—¿Y esta? —susurró él, mirando los escombros de Valther—. ¿Quién protege esta?
Emily no respondió con palabras.
Se acercó, despacio, con ese gesto que solo hacía con él.
Apoyó su cabeza contra su pecho, rodeándolo con los brazos.
Lusian tardó un segundo en reaccionar. Luego dejó caer su frente sobre el cabello de ella, cerrando los ojos con un suspiro quebrado. Las manos de Emily se movieron por su espalda en un abrazo suave, firme, como un ancla.
—Las cosas se salen de control a veces —dijo ella, en voz baja—. No importa lo fuerte que seas, ni cuánto lo intentes.
Lo importante es que viniste.
Que estás aquí ahora.
Lusian inhaló lentamente, como si el mundo pesara un poco menos.
—Emily… no quiero que pienses que fallé porque no me importaba.
Ella levantó la mirada, su rostro tan cerca que él podía sentir su respiración.
—Jamás pensaría eso —susurró—. Conozco tu corazón mejor que nadie.
Él cerró los ojos con un gesto de alivio doloroso, y la sostuvo, apoyando una mano en su espalda como si temiera que el abrazo fuera lo único que lo mantenía de pie.
—Gracias… —murmuró—. Por entender.
Emily no respondió, solo lo abrazo mas fuerte.
“El Juicio de los Heraldos”
El Salón Solar retumbaba con las voces airadas de los Heraldos.
Sus túnicas blancas, marcadas con los símbolos de los dioses, brillaban bajo la luz que descendía desde la cúpula dorada. Eran la autoridad espiritual del reino, maestros directos de los héroes… y ahora, enemigos abiertos de la nobleza.
El rey Felipe, sentado en su trono de marfil y acero, mantenía el ceño fruncido mientras los Heraldos avanzaban un paso.
—Majestad —tronó el Heraldo Primus, su voz portando una fuerza casi sagrada—. ¿Cómo puede un noble de su propio reino actuar con semejante irresponsabilidad?
La sangre de miles mancha sus manos.
El rey respiró profundo, intentando mantener la compostura.
—El Ducado Douglas jamás buscó ese resultado. Fue un accidente derivado del aumento del maná. La situación—
—¡No lo niegue! —interrumpió el segundo Heraldo, golpeando su báculo contra el mármol—. El aumento del maná es real, sí, pero la negligencia también.
¡Una horda descontrolada cruzó sus tierras sin contención adecuada!
Murmullo general entre consejeros, nobles y guardias.
El rey endureció la mirada.
—Aun así, el duque actuó. Mató a la bestia Omega y persiguió a la horda hasta Valther.
—¡Tarde! —rugió el Heraldo Primus—. Tarde, y por ello murieron familias enteras.
Los dioses exigen responsabilidad. Y la exigimos nosotros en su nombre.
Otro Heraldo avanzó, más anciano pero con un aura que helaba los huesos.
—El Ducado merece una sanción ejemplar.
Un murmullo de escándalo recorrió a los nobles presentes.
El rey se incorporó levemente.
—Imposible. Un ducado no bajará la cabeza ante una sanción que lo humille. Provocaría una guerra política, incluso una rebelión territorial.
El Heraldo anciano clavó sus ojos en él.
—Entonces el ducado deberá pagar con servicio, no con humillación.
La sala quedó en silencio.
—Explíquese —ordenó el rey.
El Heraldo Primus levantó su báculo, y una luz tenue marcó las palabras como un decreto divino.
—Que el duque —
varios nobles murmuraron el nombre de Lusian
—acompañen a los héroes en sus misiones.
Que limpien los territorios infestados por monstruos.
Que actúen como apoyo militar y estratégico cada vez que se requiera.
Otro Heraldo añadió, firme:
—Y que el Ducado suministre ayuda inmediata a Valther: alimentos, medicinas, refuerzos, y recursos para reconstrucción.
Es una compensación justa por la negligencia.
El rey abrió la boca para protestar… pero el anciano Heraldo alzó una mano.
—No es una súplica, Majestad.
Es una advertencia.
Los guardias se tensaron.
—Si un noble puede condenar ciudades enteras por irresponsabilidad —continuó el Heraldo—, entonces los dioses exigirán equilibrio.
Si el Ducado Douglas evita su deber… será considerado herejía.
El rey apretó el puño.
—¿Están… amenazando al trono?
—No, Majestad —dijo el Heraldo Primus, inclinando apenas la cabeza—.
Estamos señalando que incluso un duque está por debajo del querer divino.
Los héroes son la herramienta elegida por los dioses para restaurar el orden.
Y el duque, que falló en su deber… deberá servirlos.
La sala entera quedó congelada.
Un consejero susurró:
—Esto cambiará todo…
El rey cerró los ojos un instante, consciente de que no tenía salida.
—Muy bien —dijo al fin, con voz cansada—.
Convocaré al duque Douglas.
Y si él acepta… será asignado a los héroes en su próxima campaña.
Los Heraldos inclinaron la cabeza apenas, pero sus expresiones no mostraron triunfo… sino severidad.
Como si esta fuera solo la primera de muchas exigencias.
La luz del amanecer apenas rozaba las murallas negras del Ducado cuando una comitiva real llegó a galope. No traían estandartes festivos, ni trompetas. Solo un sello dorado del Reino y un silencio demasiado pesado.
En el salón privado del castillo, Sofía Douglas rompió la cera del sobre con un movimiento brusco. Sus manos, capaces de quebrar acero, temblaron levemente mientras leía el contenido.
Y entonces… el rugido.
Un rugido humano, visceral, que retumbó en las paredes y en los corazones de todos los presentes.
—¡¿Qué pretenden estos insolentes?! —tronó Sofía, machacando la mesa de piedra con un puño que la resquebrajó—. ¡Mi hijo no será tratado como un criminal! ¡Ni servirá de peón político para esos farsantes divinos!
Los guardias se mantuvieron a distancia. Los comandantes agacharon la cabeza. Incluso Larriet, a su lado, gruñó inquieto ante la furia de su ama.
Pero en medio del caos, una voz suave y firme se impuso:
—Madre.
Lusian se acercó despacio, vestido con la armadura negra del Ducado. Se sentía exhausto; cargar un título ducal era un peso enorme, pero no tenía otra opción.
Sofía lo miró, aún respirando con dificultad, y vio en él el reflejo de su difunto esposo.
—No permitiré esto, Lusian. No dejaré que los Heraldos te usen, que te culpen por lo que no fue culpa tuya…
—Pero sucedió bajo mi nombre —dijo él con voz grave—. Y ahora… soy el Duque.
Sofía apretó los puños. Era cierto: Lusian tenía razón.
El silencio cayó.
Lusian tomó la carta, la leyó por completo y luego se volvió hacia su madre con una calma que contrastaba con el temblor de su mano.
—Quieren que acompañe a los héroes, que ayude en la limpieza de territorios infestados, que aporte tropas, recursos y presencia.
—Quieren exponer tu vida —espetó Sofía—. Vigilarte. Humillarte.
—No si nosotros decidimos cómo hacerlo.
Sofía parpadeó; la rabia se quebró un instante, dando paso a la reflexión. Los heraldos y los templos están adquiriendo demasiado poder. Controlan recursos, ejércitos y la moral del Reino. Y si no seguimos sus demandas, cualquiera podría acusarnos de herejía.
—Entonces estamos atrapados —murmuró Lusian—. No podemos rechazar, pero tampoco permitir que nos pisoteen.
Sofía asintió, con la mirada fija en los mapas sobre la mesa.
—Exactamente. Por eso debemos hacer esto a nuestra manera. Cumplir con lo que piden, sí, pero usando cada recurso del Ducado para que esto no debilite nuestra posición. Cada tropa, cada bestia, cada estrategia saldrá de aquí. Yo decidiré cómo y dónde se despliega. Los heraldos no verán nada hasta que sea demasiado tarde para cuestionarlo.
Lusian respiró hondo.
—Confío en ti, madre.
Sofía colocó una mano firme sobre su hombro.
—Entonces hagámoslo bien. Los templos pueden exigir, pero el Ducado sigue siendo nuestro. Nosotros determinamos cómo enfrentamos el peligro.
Comenzó a dar órdenes precisas:
—Albert, serás jefe de la escolta de Lusian… Nivel 85. Así nadie podrá aprovechar de su juventud e inexperiencia.
Albert se inclinó, mostrando respeto y lealtad inquebrantable.
—Adela —continuó Sofía—, irás con él. Tu tigre mágico estará a su lado. No permitas que el peligro te distraiga de tu deber.
Adela asintió, y su tigre blanco gruñó suavemente.
—Thunder y Umber te acompañarán —dijo Sofía, volviendo a Lusian—. Con su fuerza y velocidad estarás protegido.
Lusian respiró, asintiendo, dejando que su madre organizara la estrategia.
—Madre… gracias —dijo, esbozando una leve sonrisa—. Confío en tu juicio.
Sofía colocó su mano sobre su hombro.
—Eres joven, sí. Pero eres mi hijo. Este Ducado es tuyo. No dejaremos que los heraldos dicten cada paso, pero tampoco podemos ignorar sus demandas. Lo haremos a nuestra manera.
Los soldados se alinearon bajo sus instrucciones. Thunder relinchó, Umber aulló, y el tigre de Adela se movió con sigilo, esperando la señal de su líder.
—Entonces partirán —dijo Sofía con autoridad—. No como castigados, sino como Douglas. Que todo el Reino recuerde quiénes somos.
Lusian respiró hondo y asintió. La maquinaria del Ducado estaba lista, organizada por la mujer que había forjado su fuerza, su mente y su determinación.
“Manada de Sombras”
El valle fronterizo estaba sumido en un silencio tenso, roto solo por el crujir de la madera quemada y el murmullo de los supervivientes. La aldea, a cientos de kilómetros del Ducado, parecía un tablero abandonado, donde cada pieza estaba a punto de caer.
Lusian avanzaba al frente, montado en Thunder. A su lado, Umber olfateaba la bruma que se filtraba entre las ruinas. La escolta de 500 soldados del Ducado se había desplegado siguiendo la estrategia de Sofía: formación en líneas defensivas, patrullas en semicírculo y grupos de reacción rápida listos para cualquier emergencia. Albert, su jefe de escolta, mantenía la disciplina con un ojo implacable. Adela permanecía a un costado, su tigre atento a cualquier movimiento sospechoso.
Emily caminaba junto a Lusian. No lo soltaba ni un instante. Su mirada lo acompañaba, y su mano descansaba sobre la empuñadura de su espada, lista para intervenir.
Alejandro y Leonardo observaban desde la retaguardia, sus miradas cargadas de odio y desconfianza. Cada movimiento de Lusian les resultaba irritante. Si pudieran, lo eliminarían allí mismo. Sin embargo, estaban obligados a contenerse. Kara mantenía silencio, analizando cada sombra y cada posible escenario de combate.
—Se acerca la noche —susurró Emily, notando cómo el sol se escondía detrás de las montañas—. La manada no atacará hasta que la oscuridad caiga por completo.
Lusian asintió, sus dedos se cerraron con firmeza sobre la empuñadura de su lanza.
—No subestimemos a estos animales —dijo, con voz grave—. Son depredadores inteligentes. Están rodeando la aldea, esperando un momento de descuido.
Los soldados del Ducado reforzaban las barricadas, colocaban centinelas y preparaban líneas de fuego. Cada grupo tenía instrucciones precisas, y cada decisión era vigilada por Lusian y Emily.
Alejandro y Leonardo vigilaban desde la distancia, sus miradas filosas como cuchillas.
—Si muere —dijo Alejandro en voz baja, con veneno en el tono— al menos será por algo que él mismo provocó.
—Eso sería conveniente —respondió Leonardo, sin levantar la vista—. Pero no tan conveniente como que sobreviva… para asumir el castigo político después.
Ambos miraron al joven duque con un odio que ni se molestaban en ocultar.
Kara, a unos metros, murmuró:
—Como perros esperando que otro perro caiga para atacar… Patético.
Los primero sonidos llegaron desde el bosque.
Caminos quebrados. Huesos mordidos. Respiraciones pesadas.
Albert dio la señal.
—¡Formación! ¡Protejan a los civiles! La manada está rodeando el perímetro.
Fieras enormes, de pelaje gris oscuro y ojos amarillos, se movían entre los árboles. Sus cuerpos eran alargados, sus mandíbulas demasiado grandes, sus garras capaces de abrir carne y metal por igual.
Depredadores de nivel alto.
Pacientes.
Silenciosos.
A la espera de la noche total.
Emily frunció el ceño.
—No atacarán todavía. Están esperando que caiga la oscuridad por completo.
Lusian bajó la mirada hacia sus manos, donde sombras internas ya comenzaban a agitarse como tinta en agua.
—Emily… —dijo él, con voz baja—, mantente lista, pero no uses hechizos de luz de área. No ilumines demasiado el perímetro. Solo obsérvame.
Emily asintió, confundida pero obediente.
—¿Qué… qué harás?
Lusian no respondió. Sus ojos se perdieron en la línea de árboles que rodeaba la aldea.
El cielo se oscurecía. La luz del día se consumía.
La sombra crecía alrededor de él como si lo llamara.
—Cuando caiga la noche —susurró finalmente, apenas audible—, saldré. Solo eso… confía en mí.
Emily frunció el ceño, sin comprender del todo, pero sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
Las criaturas en el bosque parecían moverse con impaciencia, como si supieran que algo llegaba.
—¿Qué… qué es? —preguntó en voz baja.
Lusian no respondió. Solo respiró profundo, y la oscuridad lo abrazó.
El mundo se volvió un poco más silencioso, un poco más peligroso.
En el bosque, Lusian fijó la mirada en la criatura. No calculó conscientemente el maná; su cuerpo ya lo había aprendido. El flujo, el costo, la trayectoria… todo ocurrió en un suspiro.
Alzó la mano. Tres lanzas de oscuridad surgieron del vacío. No una más. No una menos.
El monstruo cayó antes de siquiera entender que había sido cazado.
“Lo que la Noche Calló”
La primera luz de la mañana se filtraba entre los árboles, pálida y fría, iluminando la aldea que había estado al borde del desastre. Los héroes, exhaustos, con el rostro marcado por la falta de sueño y la tensión de la noche, se miraban entre sí. Nadie decía nada; todos compartían la misma incomodidad, la misma sensación de que algo había sucedido, algo que no comprendían.
Lusian regresó solo. Su armadura, cubierta de polvo y sombras de la noche, apenas reflejaba la luz matutina. No había heridos visibles, no había rastros de combate. Solo él.
—¿Dónde… dónde estabas? —preguntó Emily, su voz temblando entre el cansancio y la preocupación.
Lusian no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el horizonte, como si aún buscara algo que nadie más podía ver.
—La manada… —dijo finalmente, en voz baja, casi un susurro—. No verán la luz de este día.
Los héroes intercambiaron miradas confusas. Alejandro frunció el ceño, Leonardo apretó los labios. La noche había estado en silencio, sin ataques, sin emboscadas… excepto por los lamentos que se escuchaban a lo lejos, ecos distantes de un terror que desaparecía antes de poder ser enfrentado.
Emily notó algo extraño en el aire, un vacío donde debería haber habido conflicto. Solo el eco de criaturas cayendo, de gritos apagados por la oscuridad, de algo… cazando.
—Algo… estuvo cazando a la manada —susurró, más para sí misma que para los demás—. Y no era un héroe que pudiéramos ver.
Lusian no respondió. Solo la observó, dejando que la gravedad de sus palabras y la evidencia silenciosa de la caza hicieran su efecto. La oscuridad había estado viva durante la noche, y los héroes comprendieron, aunque no del todo, que la presencia de Lusian convertía la noche en algo que nadie más podía enfrentar sin morir.
El aire estaba cargado de preguntas sin respuestas, de miedo y admiración mezclados. Algo había ocurrido bajo la oscuridad, algo que solo Lusian podía controlar. Y eso los dejó a todos, héroes incluidos, con un sentimiento inquietante: la noche era peligrosa si lusian estaba allí.
—Me voy a dormir —dijo Lusian, con la voz grave y cargada de cansancio—. Estoy agotado.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia su tienda de descanso, moviéndose con la calma de alguien que ya había enfrentado la noche y había sobrevivido a lo impensable.
Adela lo siguió sin dudar. Sus pasos eran silenciosos, determinados. —Yo lo protegeré mientras descansa —murmuró para sí misma, con un brillo en los ojos que ocultaba algo más que lealtad.
Emily también quiso acercarse, su instinto de compañera y guardiana la empujaba hacia él.
—Aún no estamos seguros de que sea seguro —intervino Alejandro, con el ceño fruncido y los músculos tensos—. Mejor patrullemos el área.
Emily, aunque no quería separarse de Lusian, asintió, dejando que la razón sobre el impulso la guiara.
Cuando el pequeño grupo salió del bosque, la escena que encontraron los dejó sin aliento.
Los monstruos estaban tirados, muertos, esparcidos por el terreno. Ninguna señal de combate visible
El viento susurraba entre los árboles, y por un instante todo pareció contener la respiración. Incluso los más valientes sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Emily tragó saliva, incapaz de apartar la mirada. Alejandro apretó el puño, frustrado y temeroso a la vez.
En silencio, Lusian descansaba dentro de su tienda, mientras Adela yacía a su lado, respirando todavía con agitación.
“Juramentos que No Mueren”
Las misiones continuaron durante semanas.
La purga de monstruos se volvió rutina, una rutina teñida de sangre y tensión silenciosa. Los héroes avanzaban por territorios devastados mientras las tropas del Ducado protegían flancos y aldeas. Y, entre todo aquello, pequeñas fricciones crecían… algunas ridículas, otras peligrosas.
Thunder pastaba tranquilamente en un claro, su pelaje relampagueando con chispas plateadas. Cada respiración del corcel creaba una vibración eléctrica en el aire, como si el mismísimo cielo estuviera atento a su humor.
Leonardo observó a la bestia desde lejos, el ceño fruncido.
Ese corcel… esa criatura divina… no la merece alguien como Lusian.
—Debe ser mío… —murmuró.
Con paso firme, se acercó. Sabía que Thunder era orgulloso; también sabía que la bestia mágica había pertenecido a Sofía antes que a Lusian… y aun así, si él lograba que lo reconociera…
Él poseía la bendición del dios del rayo.
Compartían elemento.
Era un elegido.
—Vamos, hermoso… —susurró, extendiendo la mano—. Tú y yo somos iguales. Me reconocerás.
Thunder levantó apenas la cabeza. Sus ojos azules chispearon como tormentas gemelas… y en un parpadeo, su pierna trasera se movió con una velocidad que ni el propio Leonardo pudo anticipar.
PUM.
El impacto sonó como un trueno.
Leonardo salió disparado por el aire y cayó de espaldas, diez metros más atrás, tragando polvo.
—¡Agh! —tosió, retorciéndose.
Thunder bufó, una pequeña descarga eléctrica recorriendo su melena como burla.
Leonardo escupió sangre y un insulto.
—Maldito… maldito animal… ¡ese caballo es un demonio! ¡Lusian maldito!
Thunder solo giró la cabeza con elegancia, ignorando al estúpido humano.
En otro punto del campamento, Alejandro presenció algo que no se veía todos los días.
Albert, el anciano jefe de escolta, practicaba con su espada. Los cortes de acero producían ráfagas de fuego controlado; cada movimiento era preciso, cada paso una declaración de disciplina absoluta.
Era como ver a una tormenta atrapada en el cuerpo de un hombre viejo… y aun así, no había nada debilitado en él.
Alejandro se acercó, impresionado.
—Nunca había visto a alguien manejar el fuego con tanta precisión —admitió—. Eres… increíble, anciano.
Albert detuvo su movimiento y lo observó con ojos grises, fríos pero respetuosos.
—Hago lo que debo —respondió simplemente.
Alejandro tragó saliva.
Ese hombre emanaba autoridad.
Un aura que imponía más respeto que muchos héroes.
—Albert… —comenzó—. He estado pensando. Si vienes conmigo al Templo de Ignivar, el dios del fuego podría bendecirte.
Tu afinidad aumentaría… tu poder se multiplicaría.
Y ya no servirías a un simple mortal… sino a un dios.
Era una oferta poderosa.
Casi prohibida.
Albert no parpadeó. Luego soltó una risa seca, casi triste.
—Servir a un dios… —repitió—. Esa no es mi senda.
Alejandro frunció el ceño.
Albert cerró los ojos y dejó que los recuerdos regresaran, cálidos y pesados como acero al rojo vivo. Recordó los días de su juventud, cuando servía a la joven Sofía en la casa Mondring.
“Cuando era una niña, Sofía corría por los salones con risas que sonaban como campanas. Yo estaba allí, siempre a su lado. No por obediencia… sino por lealtad. No solo a su familia, sino a su destino.”
Memoria y deber se entrelazaban.
Él la escoltó cuando, al casarse con los Douglas, dejó su hogar para comenzar una vida distinta.
Conocía cada temblor en sus manos, cada duda oculta tras su compostura noble.
Y luego vino Lusian.
Albert lo vio nacer.
“Recuerdo su primer llanto, su respiración temblorosa. Sofía me miró con una determinación que no pidió palabras y dijo: ‘Protégelo’. Ese mandato pesó más que cualquier juramento real. Prometí ser su guardaespaldas… su maestro. Su segundo padre.”
Desde entonces, cada guardia, cada herida, cada sacrificio no fueron por el Ducado, fueron por Sofía.
Por ese niño que creció bajo su sombra, que cayó y se levantó, que hoy cargaba con el título de duque.
Albert clavó su espada en el suelo, firme, solemne.
—Ese niño creció bajo mi vigilancia —dijo—. Lo entrené. Lo vi llorar, reír, sangrar, levantarse… Lo vi convertirse en duque.
Dio un paso hacia Alejandro.
—Mi espada no pertenece a un dios.
No pertenece al Reino.
No pertenece a los Heraldos.
Tomó su arma, la alzó y la apoyó en su hombro.
—Mi espada pertenece a Lusian Douglas de Mondring.
Y cuando yo muera… morirá con él.
Un escalofrío recorrió a Alejandro.
Nunca había presenciado una convicción tan absoluta.
Albert volvió a su práctica, dándole la espalda.
—Búscate otro candidato, muchacho —concluyó—. A mí no me arrancarás de mi deber.
Con un movimiento perfecto, su espada trazó un arco de fuego que iluminó el campamento.
Alejandro apretó el puño.
No era odio lo que sentía.
Era respeto.
Respeto… y miedo.
“Los Que Deciden el Destino”
La luz del mundo mortal no alcanzaba aquel lugar.
El cielo era una mezcla de nubes púrpuras, fracturas dimensionales y destellos de maná crudo.
En el centro, sobre un terreno que flotaba entre realidades, un círculo de runas divinas ardía con un brillo antinatural.
Los Heraldos esperaban.
Cinco figuras con túnicas blancas decoradas en oro, rostros ocultos tras máscaras que imitaban los rostros de sus respectivos dioses.
No respiraban.
No hablaban.
No pestañeaban.
Hasta que la grieta se abrió.
Un desgarrón en la realidad, como si la misma Nube Estelar fuera una tela demasiado tensa.
De su interior emergió… la Nada.
Un remolino oscuro.
Un ojo sin pupila.
Una presencia que no tenía forma ni sombra.
Solo hambre.
El Heraldo Principal dio un paso adelante.
—Ven, demonio —dijo con voz solemne—. Sabemos que tu tiempo se agota.
La oscuridad vibró… como si hubiera respondido con un susurro en un idioma que ningún humano debería comprender.
Pero los Heraldos sí lo comprendían.
Habían sido bendecidos para ello.
—Quieres regresar al Cielo —continuó el Heraldo—. Pero tu esencia está demasiado debilitada. Eres un… recuerdo.
Una sombra de lo que fuiste.
Un temblor atravesó el vacío dimensional.
Una ola de odio puro.
De resentimiento.
De ira ancestral.
El demonio habló al fin.
Su voz no sonaba.
Se sentía.
“Un acuerdo fue sellado.
Cumplid vuestra parte…”
El Heraldo Principal asintió.
—Lo cumpliremos.
Pero antes… explícales.
De la grieta surgió una segunda presencia.
Un brillo dorado.
Suave.
Engañosamente puro.
Era un avatar parcial de un dios menor, su imagen proyectada como un eco.
No podía descender corporalmente —moriría como mortal—, pero su “sombra divina” era suficiente para la reunión.
El dios habló con una voz tranquila y dulce:
—Mis hermanos en el Cielo no sospechan nada.
Creen que este demonio se extinguirá pronto…
y que vosotros, Heraldos, estáis extendiendo mi palabra en silencio.
Una pausa.
La voz se volvió fría.
—Pero vosotros y yo conocemos la verdad.
Nos necesitamos mutuamente.
Los Heraldos inclinaron la cabeza.
—Queremos estabilidad —dijo el heraldo de la máscara azul—.
Pero para lograrla… debemos eliminar amenazas al orden divino.
El dios asintió.
—Y la duquesa Sofía Douglas de Mondring… es una amenaza.
El demonio se agitó violentamente, como si hubiera reconocido el nombre.
Larvas de oscuridad surgieron de la grieta, retorciéndose.
“Su alma…
es perfecta.”
El Heraldo Principal continuó:
—Sus bestias mágicas están divididas.
Solo Larriet, el león, está con ella.
El momento es ahora.
—Los Douglas no rezan —añadió otro Heraldo—.
Son un símbolo de independencia humana.
De autarquía.
De orgullo.
Si la duquesa vive, Lusian crecerá como un líder que no necesitará dioses.
El dios menor apretó su mano luminosa, dejando escapar destellos.
—La fe está cayendo.
Debo recuperarla.
Si el mundo cree que ni los héroes ni los nobles pueden protegerse del maná…
rezarán aún más.
El demonio avanzó unos centímetros.
Sus bordes quemaban el espacio físico.
“Traedla.
Traedla…
y yo abriré un camino al Cielo.”
El Heraldo Principal levantó la mano y mostró un mapa del Ducado Douglas, hecho de luz divina.
—Nuestros espías ya están infiltrados en aldeas cercanas.
Cultistas demoníacos realizarán rituales menores.
Atraerán monstruos mutados.
Debilitarán las barreras.
Otro Heraldo añadió:
—Parece un desastre natural del fenómeno de la Nube Estelar.
No habrá sospechas.
Los humanos creerán que… simplemente fue mala suerte.
El dios menor sonrió.
—Y cuando Sofía muera…
El demonio terminó la frase.
“…yo renaceré.”
“…y yo ascenderé.”
agregó el dios.
“…y nosotros gobernaremos.”
cerraron los Heraldos.
La alianza impía quedó sellada.
Las runas brillaron con intensidad enferma.
La grieta vibró como un corazón.
El dios menor desapareció.
Y el demonio, fortalecido por las promesas, se expandió con un rugido silencioso.
Los Heraldos empezaron a retirarse.
Pero antes de irse, el Heraldo Principal murmuró:
—Sofía Douglas de Mondring…
que tu caída sea gloriosa.
Y que tu muerte…
sea solo el inicio.
La grieta se cerró.
Y la oscuridad se extendió hacia el Ducado.
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