GUERRA EN EL MUNDO MAGICO - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 38 El Ataque al Ducado Douglas
“Aquello que se Acumula en el Cielo”
La noche cayó de manera anormal sobre el Ducado de Douglas.
Las nubes estelares, usualmente ondulantes y brillantes, parecían suspendidas en el cielo, congeladas por una fuerza invisible.
Los magos de las torres defensivas, acostumbrados a leer cada pulso de maná en la atmósfera, levantaron la vista con confusión.
—La Nube… se está comportando extraño —susurró un aprendiz, sus dedos temblando sobre el cristal de maná.
—Demasiado quieta… —respondió otro, observando cómo la luz se comprimía en un resplandor ominoso.
No era quietud. Era contención.
Alguien la estaba usando como tapa, apretando su energía, preparándola para un estallido que podría romper dimensiones.
Desde los bosques circundantes, los vigías detectaron los primeros movimientos de las criaturas que habían sido convocadas.
—¡Grietas al este!
—¡Y al norte también!
—¡Tres… cuatro… seis! —las voces se multiplicaban con la alarma—. ¡Son demasiadas!
El comandante de la guardia, con la capa marcada por símbolos de maná, activó el protocolo:
“Amenaza de nivel calamidad. Toda ciudad en alerta máxima. Que las trompetas de maná despierten a los guerreros y a los domadores.”
A dos días de viaje hacia el Ducado, en un claro oculto del bosque profundo, los Heraldos y sus aliados demoníacos se encontraban reunidos.
La escena parecía un mal sueño hecho realidad: criaturas de todos los tamaños y formas, desde demonios menores hasta bestias corrompidas por la nube de maná, se agrupaban en círculos concéntricos.
Cada paso que daban dejaba marcas incandescentes en el suelo, mientras maná oscuro y podrido emanaba de sus cuerpos.
El líder demoníaco alzó su brazo, y un rugido ancestral resonó entre los árboles.
—Escuchad —dijo, su voz reverberando como roca fracturada—. La Duquesa no está sola, pero sus aliados están divididos. Larriet es su único guardián presente. Thunder y Umber protegen al joven Douglas. Pero incluso Larriet no puede enfrentarse a nuestra horda.
Los Heraldos, vestidos con túnicas bordadas con símbolos de su dios, asintieron con solemnidad.
—Los ejércitos de monstruos, dispersos y hambrientos de maná, serán nuestra punta de lanza —agregó uno de ellos—. Las ciudades intermedias enviarán mensajeros, pero no llegarán a tiempo.
Un demonio de alto rango, cuya piel estaba marcada por runas brillantes, hizo un gesto:
—He alimentado a las bestias con maná concentrado de la Nube Estelar. Sus niveles han subido exponencialmente. Pronto, los herbívoros y carnívoros energizados nos seguirán como una ola que arrasará el bosque. Incluso los humanos que intenten resistir serán arrastrados.
—Y los cultistas en la periferia de las ciudades —añadió otro—. Han colocado trampas, invocaciones menores y barreras de maná que retrasarán a las tropas del Ducado. La capital estará aislada cuando la horda llegue.
Durante tres días, el claro se transformó en un cuartel de planificación:
mapas de maná dibujados en círculos, esferas de visión mágica para prever la llegada de patrullas humanas, y runas que detectaban cualquier concentración de domadores de bestias.
Cada criatura, cada demonio, cada heraldo tenía un rol. Cada movimiento calculado con precisión mortal.
En el salón administrativo del Ducado, un espacio amplio y solemne en el corazón de la capital, Sofía se mantenía de pie frente a un mapa desplegado sobre la mesa, señalando rutas, ciudades y los puestos avanzados. A su alrededor, jefes de guarnición, magos estrategas y domadores de bestias discutían cada detalle.
—Los informes de los exploradores llegan desde las ciudades periféricas —dijo un capitán—. La actividad de monstruos ha aumentado en los bosques cercanos; herbívoros de maná alto huyen en estampida y los depredadores han empezado a concentrarse.
Sofía frunció el ceño, calculando tiempos y distancias. Cada ciudad estaba a entre 30 y 40 kilómetros de la capital, lo que permitía un desplazamiento rápido para mensajeros y patrullas, pero cualquier retraso podría ser fatal.
—Refuercen las patrullas en los pasos entre ciudades —ordenó—. Que cada explorador lleve un informe detallado y vuelva de inmediato. Los jinetes de bestias deben estar listos para escoltar cualquier convoy y reaccionar ante cualquier ataque.
Se hizo un silencio breve, mientras todos procesaban la magnitud del problema. La capital estaba preparada para coordinar la defensa, pero incluso con su ejército y los jinetes de bestias entrenados, el Ducado estaba frente a algo que no podían subestimar.
—Haremos todo lo posible por contenerlo —dijo uno de los magos—, pero si esto llega a la ciudad principal… será un desastre.
Sofía levantó la mirada, fría y decidida.
—Entonces asegurémonos de que no llegue. Cada hombre, cada bestia y cada hechizo cuenta. Este Ducado no caerá mientras yo respire.
El Ducado de Douglas no era solo un territorio, era un organismo vivo. Se extendía como un diamante: la ciudad capital en el centro, y seis bastiones estratégicos alrededor, cada uno vigilando rutas clave y protegiendo a las aldeas y ecosistemas circundantes.
Cada bastión era un nudo de poder defensivo:
Barreras de maná, que podían repeler tanto proyectiles físicos como ataques mágicos.
Hechizos de área defensiva, capaces de atrapar y quemar bestias salvajes antes de que tocaran la muralla.
Escudos anti-maná, bloqueando cualquier intento de saturar la zona con energía externa.
Torres de arquería mágica, cuyos proyectiles incandescentes podían atravesar criaturas de nivel 50 con facilidad.
Runas anti-monstruo, capaces de desintegrar presas o animales corrompidos por el maná demoníaco.
En circunstancias normales, cualquier horda de monstruos sería aniquilada antes de llegar siquiera a los muros. La alerta de los exploradores solo habría significado un desfile de llamas y destrucción controlada, con pocas bajas humanas.
Pero esta vez… nada era normal.
Desde las grietas abiertas en los bosques y ríos, una ola invisible de energía demoníaca se extendía como una marea, saturando el aire, el agua y la tierra. Cada criatura que tocaba esa onda mutaba, y su poder se multiplicaba de forma no lineal, sino exponencial.
Los herbívoros de nivel 20 se convirtieron en depredadores de nivel 50.
Los carnívoros de nivel 40 ascendieron a 70, con músculos y sentidos afinados por la energía corrupta.
Los monstruos de nivel 60 alcanzaron 85, desarrollando colmillos más largos, garras más densas, y auras mágicas que distorsionaban el maná circundante.
Algunas élites… los apex del ecosistema mutado, superaban el nivel 90, capaces de destruir edificios pequeños o atravesar las barreras de maná con ataques coordinados.
La fuerza del Ducado era formidable: entre 5000 y 7000 soldados de rango Lord y Magister, cada uno entrenado para el combate y el manejo de maná. Pero frente a miles de monstruos de igual nivel, corrompidos, coordinados y motivados por la voluntad demoníaca, incluso esa cifra parecía insuficiente.
Los comandantes del Ducado observaban los informes con creciente alarma: los patrones de la horda no eran aleatorios. Las bestias se movían en enjambres tácticos, flanqueando y concentrando ataques como si tuvieran un único objetivo en mente: romper la defensa central y llegar a la ciudad capital.
El aire olía a ozono y magia pura, y desde la capital se podía sentir la vibración del poder de la horda en los bosques y montañas cercanas. Cada paso de un monstruo de nivel 70 hacía temblar la tierra. Cada rugido, resonando entre los valles, dejaba una sensación de impotencia en los soldados más experimentados.
Sofía estaba sola con su Larriet, mientras los otros dos guardianes mágicos estaban con Lusian, fuera del Ducado. Incluso con 500 jinetes de bestias entrenadas, la magnitud del ataque era tal que una sola falla podía significar la caída de la ciudad central.
Los defensores del Ducado no solo enfrentaban monstruos. En el aire flotaba un peligro invisible: la corrupción demoníaca, un virus mágico que aceleraba la mutación de cada criatura, y deformaba los ecosistemas enteros a su paso. Bosques enteros cambiaban de forma, ríos burbujeaban con energía pura, y las colinas se agrietaban como si la tierra misma estuviera gritando de dolor.
La amenaza no era solo física. Era apocalíptica.
“En la Intimidad También se Tiembla”
El sol se estaba ocultando cuando Lusian y los héroes avanzaban por un tramo del bosque cercano al Ducado. Los informes de los exploradores hablaban de criaturas menores mutadas por la saturación demoníaca: lobos con ojos incandescentes, ciervos cuyas astas chispeaban con energía pura, y un par de monstruos de nivel medio que habían sido atraídos hacia el bosque por la corrupción.
La misión era clara: eliminar o dispersar a estas criaturas antes de que alertaran a los asentamientos de los alrededores. No era un combate que pusiera en riesgo la vida de Lusian, pero sí servía para salvaguardar la vida de los ciudadanos de los pueblos.
—No podemos permitir que lleguen a la ciudad —dijo Emily, ajustando su bastón de luz mientras miraba a los árboles que crujían de manera antinatural—. Si estas criaturas se combinan con las otras que acechan el Ducado, será un desastre.
Lusian asintió, con el ceño fruncido, y dio órdenes precisas a sus bestias. Thunder y Umber respondieron al instante, coordinándose de manera perfecta con Larriet, que los esperaba al otro lado de la pequeña barrera de árboles.
El enfrentamiento duró apenas unos minutos. Cada criatura fue neutralizada con rapidez, sin que los héroes sufrieran daño. El silencio volvió al bosque, solo interrumpido por el murmullo de la brisa y el eco de la magia residual de los combates.
De regreso al campamento, Lusian fue recibido por Adela, quien se acercó con una sonrisa radiante:
—¡Feliz cumpleaños, mi señor! —exclamó, inclinándose respetuosamente.
Lusian sonrió por primera vez en horas. Emily, que llegaba justo detrás de él, se detuvo un instante, alarmada. Con todo lo que había pasado en los últimos días, había olvidado por completo la fecha. Sonrojada, se acercó y dijo en voz baja:
—Feliz cumpleaños… Lusian.
Esa noche, Emily se acercó nerviosa a la carpa del duque.
En la privacidad de la carpa, con las bestias descansando fuera y el murmullo del campamento como único testigo, Emily respiró hondo Como no había preparado nada, y era demasiado tarde para ello, y, con un acto de confianza absoluta, le entregó su obsequio y más que eso: se entregó a él. Entre ellos, no había testigos, no había fuerzas externas, solo la intimidad de su vínculo, el calor compartido y la certeza de que ese momento marcaría sus vidas.
Esa noche, el duque Lusian recibió su regalo de cumpleaños, y la heroína de la luz descubrió un nuevo capítulo en su vida.
La intimidad de ese momento, en medio del caos que se avecinaba, los acercó de una manera inesperada y definitiva.
“Cuando el Enemigo ya Está Adentro”
En tres aldeas cercanas, cultistas disfrazados de civiles activaron sus artefactos demoníacos: las Runas Disonantes.
Un zumbido oscuro recorrió el aire. Las runas emitían ondas de choque en frecuencias anti-maná, vibrando las barreras de las ciudades. En apenas treinta segundos, la defensa se debilitó un 40 %.
Los capitanes Douglas intercambiaron miradas de horror.
—¡Esto no es normal!
—¡Están rompiendo la barrera desde adentro!
—¿Quién autorizó estos artefactos?
—¿Cómo… cómo entraron en el Ducado?
Los cultistas levantaron la voz, gritando al unísono:
—¡Por el renacimiento del Señor del Abismo!
Y luego se inmolaron. Una explosión de maná oscuro los consumió, y en su estallido las barreras defensivas cedieron un 60 % adicional. Ya no había contención: miles de monstruos nivel 80–90 podían atravesar los muros sin restricción.
Los tambores resonaron en la distancia. Los cuernos llamaron a la guerra. La tierra tembló bajo el rugido del caos que se acercaba.
La destrucción de la ciudad defensiva era evidente: torres caídas, casas incendiadas y humo negro elevándose hacia el cielo. Los tambores de guerra resonaban mientras los monstruos nivel 80–90 avanzaban con coordinación letal. Los jinetes de bestias mágicas y el ejército Douglas apenas podían contenerlos, y la sensación de peligro se hacía abrumadora.
Entonces, sobre la línea del horizonte, surgió un resplandor blanco.
Un corcel blanco, relinchando con fuerza mágica, avanzaba con paso firme. Sobre él, Sofía Douglas de Mondring sostenía su lanza con elegancia y determinación. Detrás de ella, su león nivel 92, musculoso y con melena resplandeciente, rugió dominando el campo de batalla como un rey natural.
La multitud gritó al unísono:
—¡La Duquesa llegó!
—¡Sofía está aquí!
—¡Abran paso! ¡Abran paso!
El aura de Sofía se expandió. No era solo un brillo; era una declaración de autoridad, un llamado que resonó en cada corazón y cada bestia aliada. Con un gesto de su mano, activó su habilidad única: “Sintonía Alfa – Vínculo de Manada”. En un instante, el poder de los jinetes y sus bestias se amplificó, duplicando su fuerza y sincronía. Los rugidos y relinchos se entrelazaron en un estruendo armónico que hizo vacilar incluso a los monstruos más feroces.
Los alfas de manada guiaban a sus descendientes, reptiles colosales rompían ramas y piedras con cada paso, aves gigantes surcaban los cielos con auras que cegaban por un instante, lobos y felinos mágicos corrían en perfecta formación, y dragones menores irradiaban energía pura que hacía temblar el aire. Incluso los monstruos más altos y élites retrocedieron, confundidos, como si la simple presencia de Sofía hubiera alterado las leyes mismas del combate.
Detrás de ellos, la élite del ejército Douglas emergió de la ciudad central: 5 000–7 000 guerreros Lord en formación impenetrable, 300–500 Magister conjurando relámpagos, fuego y barreras de maná que danzaban entre ellos, y un puñado de Champions cuya sola aura parecía absorber la luz del sol. Escuadrones élite maniobraban con precisión letal, la artillería mágica lanzaba proyectiles que reducían colinas enteras a polvo, y los arqueros de afinidad Delta y Épsilon disparaban flechas que surcaban el aire como rayos controlados.
La batalla, que hasta hace un instante parecía perdida, comenzó a equilibrarse.
“No es Estrategia, es Familia”
El mensajero llegó justo cuando Lusian revisaba mapas y estrategias en el campamento de campaña. Extendió un paquete envuelto en telas blancas, cuidadosamente sellado, y lo dejó ante él.
—Mi señor… un regalo de cumpleaños de su madre, la Duquesa Sofía… y… noticias del Ducado —dijo el joven con voz temblorosa.
Lusian abrió el paquete y encontró un detalle personal, cuidadosamente preparado. Una sonrisa tenue se dibujó en su rostro:
—Gracias… —murmuró, apenas audible—. Mamá siempre sabe cómo hacerme sentir especial.
Pero la sonrisa se desvaneció al escuchar la segunda parte del mensaje. Lusian se incorporó, su mirada endurecida:
—¿Qué sucede con el Ducado? —preguntó, cargando cada palabra de preocupación.
El mensajero tragó saliva y relató la situación: las ciudades defensivas habían sido atacadas, los cultistas y los demonios avanzaban, y Sofía lideraba la defensa en la ciudad capital.
Lusian se levantó de un salto, dejando el regalo de Sofía sobre la mesa. Sus ojos brillaban con determinación.
—Preparen a los hombres —ordenó a sus subordinados—. Partimos al Ducado.
En ese momento, Alejandro y Leonardo llegaron justo cuando las tropas comenzaban a organizarse. Sus miradas se cruzaron con la de Lusian, incrédulos.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Alejandro, con alarma evidente.
—¿Vas a abandonar la campaña del reino? —añadió Leonardo, enfadado.
Lusian respiró hondo y señaló al mensajero que acababa de entregar el paquete de Sofía.
—Mi madre… la Duquesa —dijo, con voz firme—. Ha llegado un informe del Ducado. Runas demoníacas activadas en aldeas cercanas, cultistas infiltrados, barreras de maná debilitadas… una horda de monstruos de niveles extraordinarios se acerca y amenaza con destruir la ciudad.
Los héroes intercambiaron miradas tensas. La gravedad de la situación se hizo evidente.
—¡Aun así no puedes irte! —replicó Alejandro, alzando la voz—. El Ducado puede defenderse, pero hay vidas que debemos salvar. ¡No podemos dejar que mueran inocentes mientras tú…!
Lusian los miró con calma. Su postura y mirada no eran las de un joven noble, sino de un líder que no abandonaría a su gente ni a su territorio.
—Escúchenme bien —dijo, pausando para que cada palabra golpeara—. Yo no soy solo un comandante aquí. Soy el Duque Douglas. Mi prioridad es mi tierra, mi gente… mi familia. La campaña del reino puede continuar sin mí, pero si mi Ducado cae, no habrá nada que proteger.
Alejandro se tensó, pero no replicó. Leonardo respiró hondo, consciente de que discutir más sería inútil.
Emily se acercó, seria, con una chispa de determinación en los ojos.
—Voy contigo —dijo—. Puedo ayudar con mi magia de sanación si es necesario.
Kara apareció junto a Lusian, con su capa ondeando suavemente por el viento de la tarde. Se inclinó levemente, con respeto y preocupación.
—Suerte. Si necesitas ayuda, avísanos —susurró.
Con un asentimiento, Lusian reunió a sus soldados: varios cientos de élite Lord y Magister, junto a sus mejores escuadrones de caballería y magia de apoyo. Cada paso que daban hacia la salida del campamento resonaba con determinación y solemnidad.
Mientras se alejaban, Alejandro y Leonardo se quedaron atrás, mirándolo irse con expresiones que mezclaban enojo, frustración y comprensión a regañadientes. La tensión entre deber y lealtad, entre lo estratégico y lo personal, se sentía en el aire.
“El Vacío Que Devora al Mundo”
Justo cuando el Ducado parecía estar logrando resistir, un silencio extraño se apoderó del campo. No era un simple vacío; era como si el aire mismo hubiera dejado de moverse.
Entonces algo descendió. No desde una grieta en la tierra ni desde los bosques circundantes. No desde ninguna estructura conocida. Surgió desde la Nube Estelar, suspendida sobre el cielo del Ducado, quieta y ominosa como un ojo que todo lo veía.
El demonio moribundo, alimentado por la energía divina de un dios menor, comenzó a materializarse. No formó un cuerpo completo, pero sí un epicentro de gravedad mágica. Un colapso viviente, un agujero de maná que absorbía todo a su alrededor.
De inmediato, el campo reaccionó. El maná comenzó a drenarse a un ritmo aterrador. Los magos de las torres cayeron de rodillas, incapaces de sostener siquiera sus conjuros más básicos. Las bestias de los jinetes rugieron y retrocedieron, temblando. Las barreras de maná de las ciudades defensivas se resquebrajaban, desmoronándose como vidrio fino. Las técnicas Lord se deshacían en el aire, los escudos Magister se fragmentaban, y los artefactos de guerra dejaban de funcionar, como si su esencia misma fuera absorbida por aquel vacío.
Larriet, el león solar, retrocedió unos pasos, mostrando por primera vez un miedo genuino y palpable.
En medio de aquel abismo de energía corrupta apareció él. El demonio. Sus ojos ardían con un fuego que no pertenecía al mundo, y la distorsión de maná a su alrededor hacía que la tierra misma pareciera retorcerse.
Sofía lo observó sin un parpadeo, su lanza alzada y el aura de la Sintonía Alfa envolviéndola. Sus palabras cortaron el aire como un filo:
—Así que este era el verdadero peligro…
El cielo entero ardía. No era fuego, sino maná desbordado, distorsionado, retorciéndose como serpientes luminosas que estrangulaban la realidad misma. Fragmentos de tierra flotaban en el aire, árboles mutados rugían como bestias, y ríos enteros hervían bajo la influencia demoníaca.
El mundo se había convertido en un caos vivo. Cada criatura, cada humano, cada defensor del Ducado podía sentirlo: aquel no era un enemigo que pudieran derrotar con tácticas normales. Esto era algo más antiguo, más oscuro, más absoluto.
La ciudad principal del Ducado parecía un campo de batalla entre mundos.
Los jinetes de bestias mágicas luchaban hasta la muerte: aves colosales chocaban contra monstruos alados, serpientes de maná devoraban demonios menores, y felinos mágicos de nivel 70–80 peleaban incluso sin sus jinetes.
Magos Douglas canalizaban hechizos de área gigantescos, incendiando kilómetros de terreno, mientras guerreros Lord caían rodeados de enemigos nivel 85–90.
El mundo vibraba. Como si el planeta mismo gritara.
Pero frente a ellos… el demonio sin forma. Un vacío viviente. Un agujero negro dimensional que devoraba todo: magia, tierra, aire, luz, vida. La presión era tan brutal que los Magister cercanos colapsaban con solo estar a cien metros.
No obstante, había un límite. Cada segundo que esta forma parcial permanecía en el plano mortal drenaba su propia esencia. Su existencia era precaria, sostenida solo por la energía residual del dios menor que lo había materializado y por el maná que absorbía del campo. Cada instante que pasaba, su estabilidad disminuía; si Sofía y Larriet lograban mantenerlo a raya aunque fuese por unos minutos, la criatura no podría sostenerse indefinidamente.
Sofía apretó la lanza con fuerza, consciente de que no había tiempo que perder. Su cuerpo sangraba, su armadura estaba hecha jirones, pero su determinación ardía más fuerte que nunca. Larriet rugió a su lado, y con cada zarpazo rechazaba con fuerza pura los ataques del demonio, desintegrando sus tentáculos de oscuridad y protegiendo a los soldados y magos que aún resistían.
Era una batalla de titanes. Cada hechizo, cada golpe, cada onda de choque consumía segundos preciosos. Mientras el demonio intentaba absorber el maná de Sofía, Larriet lanzaba embestidas devastadoras que destrozaban las corrientes de energía negra. Los árboles flotaban, los ríos hervían, y aún así, la Duquesa avanzaba, técnica tras técnica, sin dar tregua.
Cada minuto contaba. Cada segundo que el demonio sobrevivía, más vidas del Ducado se perdían: aldeanos atrapados entre ataques, soldados Douglas cayendo bajo hordas de monstruos corrompidos, magos drenados por la distorsión de maná. Cada instante era una carrera contra la muerte.
Sofía comprendió que la victoria no podía depender de la fuerza absoluta, sino de la precisión y la velocidad. Cada técnica debía ser perfecta, cada orden debía sincronizarse con el rugido y los movimientos de Larriet. Era un baile mortal, una coreografía de poder y desesperación, donde un segundo de error significaba una vida perdida.
Aun así, a pesar del caos y del hambre insaciable del demonio, la Duquesa no cedió. Cada ataque lanzado, cada defensa ejecutada por Larriet, acortaba el tiempo de vida del monstruo. Su existencia era limitada; su victoria, potencial pero no segura.
La batalla estaba lejos de terminar, pero un hilo de esperanza brillaba: mientras Sofía y Larriet resistieran, mientras mantuvieran cada segundo con todo su poder, el demonio podría ser contenido… y quizá, vencido.
el demonio pareció entender que su tiempo se agotaba. Su forma parcial comenzó a brillar con un maná oscuro concentrado, y desde su epicentro surgieron ondas de energía demoníaca como maremotos de pura destrucción. Árboles estallaban en llamas de maná corrupto, rocas y fragmentos de tierra eran lanzados a kilómetros de distancia, y la misma atmósfera vibraba con su furia.
Cada golpe, cada ráfaga de energía, parecía diseñado para triturar y devorar todo a su paso. Incluso Larriet y Sofía sintieron el impacto directo; el suelo temblaba, y la presión del vacío aumentaba con intensidad insoportable.
El león respondió con otro rugido, más profundo y feroz que nunca, canalizando su fuerza pura para contener el asalto demoníaco. Sofía, con la lanza ardiendo de maná, sincronizó su poder con Larriet, creando un escudo de resistencia que aguantaba, minuto a minuto, el ataque desesperado del demonio.
Sofía resistió, aunque cada segundo le costaba la vida. La presión del vacío demoníaco comenzaba a desgarrarle la piel; la carne ardía como si el maná distorsionado penetrara hasta los huesos. Cada respiración era un esfuerzo, cada movimiento un desafío titánico.
Larriet rugió con un poder que hacía temblar la tierra misma, y el sonido se mezcló con el aullido de las bestias y los gritos de los soldados del Ducado.
—¡LARRIET! ¡Retírate! —ordenó Sofía, su voz rota por el cansancio y el dolor.
Pero Larriet no la obedeció. Su lealtad era absoluta. Ella era su líder, su vínculo de manada. Sus zarpas destrozaban los ataques del demonio, su cuerpo irradiaba maná puro que protegía a los aliados cercanos, y su mirada brillaba con la furia de alguien dispuesto a darlo todo.
No podía retroceder. No podía dejar sola a Sofía.
Cada embestida que Larriet lanzaba generaba ondas de choque que contenían al vacío, desviando su hambre de maná. Cada rugido, cada salto, cada golpe, mantenía la esperanza viva mientras la Duquesa luchaba por mantenerse en pie.
—¡No… no puedo dejar que esto termine… aquí! —susurró Sofía entre dientes, sintiendo cómo el tiempo se escurría entre sus dedos—. ¡Aguanta, Larriet… un poco más!
Por un instante, antes de que la presión la ahogara, una imagen se abrió en su mente: Lusian, de niño, señalando el cielo con los ojos brillantes, diciendo con la convicción de un héroe:
—Algún día protegeré este lugar contigo, mamá.
El recuerdo le dio fuerza. Un destello de luz en medio del caos.
Larriet sintió la voluntad de Sofía. Con un rugido que hizo temblar los cimientos del Ducado, se lanzó al ataque. Su embate fue brutal: un arco de zarpazos que habría pulverizado a cualquier monstruo se abatía sobre el demonio, pero cada movimiento drenaba más y más la energía del león. Sus músculos ardían, su respiración se volvía un esfuerzo titánico… y aun así, no cedía.
El demonio, consciente de que su tiempo en el plano mortal era limitado, intensificó su ataque. Una explosión de maná negro, pura corrupción concentrada, se extendió como un tsunami hacia ellos. El aire se volvió sólido, pesado, y las piedras comenzaron a levitar, flotando y retorciéndose en la gravedad distorsionada que emanaba del epicentro.
Sofía apretó los dientes, sosteniendo su lanza con todas sus fuerzas.
—¡Larriet, bloquea su ataque! —ordenó.
El león rugió y se lanzó, absorbiendo el impacto con la fuerza combinada de su cuerpo y maná. La onda expansiva los golpeó a todos, lanzando por los aires a varios soldados Douglas cercanos.
Pero había un límite: el vacío que el demonio había creado no podía sostenerse mucho más tiempo en el plano mortal. Cada ataque, cada hechizo absorbido, debilitaba su ancla a este mundo. Sofía luchaba con cada fibra de su ser, comprando tiempo, mientras Larriet protegía a los suyos con una fuerza que parecía sobrenatural.
El cielo, las montañas y las calles temblaban ante el choque de titanes. La batalla por el Ducado apenas comenzaba.
“Cenizas y Promesas”
Lusian llegó al Ducado y abrió los ojos…
Su mundo se rompió.
Cadáveres de soldados Lord y Magister yacían esparcidos entre montones de escombros.
Jinetes muertos permanecían junto a sus bestias, algunas aún respirando con dificultad.
Montañas partidas, árboles destrozados y grietas dimensionales surcaban el cielo.
—No… —susurró Lusian, con la voz rota por la impotencia.
Emily se tapó la boca, incapaz de contener el terror ante semejante devastación, sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Lusian… —murmuró, con los ojos llenos de angustia—.
Por primera vez en su vida, Lusian se sintió impotente. La magnitud de la batalla lo reducía a una simple hormiga ante la vorágine demoníaca.
Thunder empujó a Lusian con la cabeza, instándolo a moverse. Con Emily a su lado, el joven descendió del corcel y, apenas pudieron, se apartaron del epicentro del desastre.
El corcel canalizó su poder único:
“Galopar Celestial — Descarga Letal”.
Cada vez que Thunder galopaba, el aire chispeaba a su alrededor. Todo lo que tocaba o se acercaba al corcel recibía una descarga eléctrica brutal. Monstruos menores y hasta criaturas de alto nivel caían convulsionando, incapaces de continuar su ataque.
Umber, el lobo oscuro, activó su propia habilidad. Sus garras cortaban el aire como cuchillas de maná; sus dientes trituraban carne y hueso de cualquier enemigo que se interpusiera. Su aullido resonó entre los escombros, amplificando su poder, como si el mismo maná del campo se alineara con su furia.
Thunder relinchó violentamente. Umber lanzó un aullido desgarrador.
Instintivamente, ambos corrieron hacia Sofía, quien permanecía en el corazón del campo de batalla, firme y desafiante, un faro de voluntad entre el caos.
Lusian avanzaba casi desesperado, con las lágrimas surgiendo sin permiso. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta impotencia y, a la vez, tanta determinación. Emily lo acompañaba; nunca había visto este lado de Lusian, y le recordaba a ella misma en su territorio. Sabía exactamente cómo se sentía.
Hacia la mujer que había protegido el Ducado con cada fibra de su ser.
Finalmente, Thunder y Umber llegaron al lado de Sofía.
La Duquesa apenas lograba mantenerse en pie. Su armadura estaba hecha jirones, los brazos sangraban sin cesar, y la lanza temblaba como una extensión de su propio agotamiento. Aun así, sus ojos seguían ardiendo con una determinación que no conocía rendición.
Larriet, cubierto de profundas heridas, dejó escapar un rugido que estremeció el aire. Con un zarpazo brutal, liberó una onda de choque que retumbó en el suelo y arrancó un grito de la tierra misma.
El demonio —una masa amorfa de oscuridad y vacío— tambaleó.
El espacio que lo rodeaba se deformó, distorsionando la realidad a su alrededor.
Su epicentro tembló, como si la misma esencia de su poder estuviera a punto de quebrarse.
Las tres bestias mágicas atacaron al unísono:
Thunder descendió como un relámpago, rasgando el aire con un estruendo que hizo temblar la tierra.
Umber se lanzó en un salto mortal, las fauces abiertas y llenas de un maná oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor.
Larriet soltó su rugido más poderoso, un rugido capaz de hacer vibrar montañas enteras, reverberando hasta en los huesos del mundo.
El demonio cedió ante la fuerza combinada.
Su forma se agrietó, surcada por fracturas que dejaron filtrar una luz antinatural, fría y penetrante.
Y entonces… explotó.
Un estallido de energía iluminó la oscuridad, haciendo que el aire mismo pareciera arder, y el suelo temblara bajo el impacto de la liberación final.
Larriet, aun al borde del colapso, saltó y se interpuso entre Sofía y la explosión.
El impacto lo lanzó decenas de metros, su cuerpo rodando entre polvo y sangre.
La onda alcanzó a la Duquesa.
El suelo se astilló bajo ella.
Su cuerpo cayó sobre una rodilla.
Thunder y Umber rodearon a su líder, temblando, intentando protegerla aunque ya no pudieran hacer mucho más.
Fue en ese instante cuando Lusian llegó.
Corrió entre los restos humeantes, tropezando, sin notar las lágrimas que le desbordaban los ojos. Emily logró alcanzarlo, respirando con dificultad, con el rostro empapado y la ropa cubierta de polvo y ceniza.
Cuando Lusian vio a su madre, el mundo pareció detenerse.
—Madre… —susurró, con la voz quebrada y temblorosa, apenas un hilo de sonido en medio del silencio pesado.
Sofía levantó el rostro.
Y sonrió.
Una sonrisa suave.
Una sonrisa que contenía años de amor, miedo y alivio.
Una sonrisa de madre.
—Lusian…
El joven cayó de rodillas frente a ella, aferrando su mano con desesperación, como si el contacto pudiera sostener el mundo entero.
—Emily puede ayudarte… ella… ella puede… —su voz temblaba tanto que casi se perdía entre los escombros y el humo.
Emily se apresuró a su lado y comenzó a canalizar luz divina. Sus manos brillaron como pequeños soles, derramando magia de sanación y purificación.
Pero cada hechizo que tocaba a Sofía… se desvanecía.
La luz se deshacía en el aire.
Se absorbía en algo invisible.
No quedaba nada.
—No… —murmuró Emily, horrorizada—. Su alma… su alma está dañada… algo… algo la está consumiendo desde adentro…
Lusian sintió cómo el aire escapaba de sus pulmones. Su corazón latía con violencia, como si quisiera romper su pecho.
—Madre… por favor… no te vayas… por favor…
Sofía levantó una mano temblorosa.
Y, con una ternura que le desgarraba el alma, le pellizcó suavemente la mejilla… como cuando él era un niño.
—Mi pequeño… has crecido tanto… —la voz de Sofía era un susurro cálido, lleno de amor y melancolía.
Lusian apretó su mano con fuerza, como si pudiera aferrarse a ella para siempre.
—No… no me dejes… no puedo… no puedo sin ti… —su voz se quebró en un sollozo ahogado.
Ella lo miró con una calma que parecía iluminar todo a su alrededor, un faro de ternura en medio del desastre.
—Tienes que seguir adelante, Lusian… —susurró—. Yo ya no podré acompañarte… pero tú… vive. Vive por mí… y sé feliz…
Thunder bajó la cabeza, temblando, incapaz de comprender del todo la pérdida.
Umber aulló un lamento profundo, desgarrador.
Emily se dejó caer de rodillas, llorando sin control, mientras la luz de Sofía se desvanecía entre sus brazos.
El silencio que siguió fue absoluto. Un vacío pesado, que se sentía en cada piedra, en cada centímetro de aire.
A lo lejos, Larriet trató de incorporarse.
Sus ojos dorados brillaban con una luz feroz, encendida por el dolor.
Vio a su líder… a la mujer que lo había criado… y lanzó un rugido tan desgarrador que pareció partir el cielo en dos.
Sofía se inclinó hacia su hijo, un gesto lleno de ternura y sacrificio. Era su último esfuerzo, su despedida.
—Te amo… hijo mío… —susurró con voz débil, cargada de todo el amor que había guardado durante años.
Su mano perdió fuerza.
Cayó lentamente.
Y el pecho de Sofía Douglas de Mondring dejó de moverse.
Lusian la abrazó contra su pecho, como si pudiera sostenerla y evitar que se desvaneciera.
Al principio no gritó. No habló.
Solo se quebró, dejando que el dolor lo consumiera.
Luego, el grito emergió, feroz e incontenible.
Un grito que atravesó el campo entero, que sacudió a soldados y bestias, y que incluso hizo que Thunder y Umber respondieran con lamentos igual de desgarradores.
Emily se arrodilló a su lado, ocultando su rostro entre las manos, incapaz de detener las lágrimas que no dejaban de fluir.
A la distancia, el ejército Douglas llegó finalmente al lugar… solo para encontrar a su Duque arrodillado entre cenizas, sosteniendo el cuerpo apagado de la mujer que había protegido al Ducado toda su vida.
Y allí, en medio de aquel silencio roto…
nació en Lusian algo que no pertenecía a la línea original del destino.
Algo frío.
Algo oscuro.
Algo absoluto.
Un juramento.
Una guerra.
Un nuevo camino.
Y Larriet, a unos metros…
también dejó de respirar.
Su pecho se detuvo con un último estremecimiento.
Sus ojos dorados, antes llenos de furia y lealtad, se apagaron lentamente como brasas que pierden su luz.
Su vida había estado enlazada a la de su maestra.
Y cuando Sofía cayó…
él la siguió.
El viento se detuvo.
El polvo quedó suspendido en el aire.
Los sonidos del combate se apagaron como si alguien hubiese cubierto el campo con un manto pesado.
Los monstruos restantes retrocedieron sin comprender.
Algunos huyeron.
Otros simplemente se desplomaron cuando la energía maldita del demonio desapareció por completo del plano mortal.
Las grietas dimensionales comenzaron a cerrarse, tragándose a sí mismas con un crujido profundo.
El cielo recuperó lentamente su color, aunque parecía más gris… más vacío.
Thunder bajó la cabeza.
Un sollozo eléctrico recorrió su cuerpo, chispas cayendo como lágrimas líquidas.
Umber levantó el hocico hacia el cielo y aulló.
No era un lamento animal.
Era un grito que condensaba pérdida, soledad y furia.
Uno que se clavó en el corazón de todos los soldados que llegaban, haciéndolos caer de rodillas.
Emily cayó al suelo, apoyando las manos ensangrentadas.
Sus ojos estaban hinchados de dolor, su luz divina temblaba, inestable, como si fuera a romperse en cualquier momento.
Pero Lusian…
Lusian no emitió sonido alguno.
No lloró.
No tembló.
No respiró durante unos segundos.
Solo miró el lugar donde su madre había muerto.
Su mirada se vació por completo, como un lago que pierde su reflejo.
El brillo cálido que siempre lo acompañaba desapareció, devorado por un abismo silencioso que nadie sabía que existía en él.
Y algo dentro de él…
Algo frágil, algo humano, algo que lo hacía joven…
Murió junto con Sofía.
Thunder dio un paso hacia él.
Umber se acercó lentamente, en silencio, presintiendo que nada volvería a ser igual.
El ejército, al fin reunido, se detuvo detrás de Lusian.
Nadie habló.
Nadie se atrevió a acercarse.
Porque en ese silencio, en ese abismo recién nacido…
Se estaba formando algo.
Algo que el mundo pronto conocería.
Algo inevitable.
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